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1733. Saludo a Rafael Alberti






Mi descubrimiento de la poesía moderna de nuestra lengua -una empresa inacabable: todavía ahora descubro islas poéticas sepultadas y constelaciones desconocidas- comenzó cuando yo tenía unos 16 o 17 años y estudiaba el bachillerato en San Ildefonso. Una de mis primeras lecturas fue la de Rafael Alberti. Al leer sus poemas penetré en un mundo en donde las viejas cosas y las gastadas realidades, sin dejar de ser las mismas, eran otras. Habían cambiado de piel y parecían acabadas de nacer, animadas por un entusiasmo contagioso. Leí aquellos poemas - incluso los más tristes y misteriosos- con júbilo, como si cabalgase una ola verde y rosa sobre la movible llanura del mar, poblada de toros, delfines, sirenitas, tritones y muchachas caídas del cielo, intrépidas nadadoras de todos los bósforos del amor -para no hablar de las náyades de la estratósfera, como Miss X, enterrada en el viento del oeste. Fue un ejercicio vital: aprender a beber la luz de cada día, pensar con la piel, ver con la yema de los dedos.

Por esos años un grupo de jóvenes aprendices y poseídos por ideas radicales -Salvador Toscano, Rafael López Malo, Arnulfo Martínez Lavalle y yo, al que pronto se unieron Manuel Moreno Sánchez, José Alvarado, Enrique Ramírez y otros pocos más- publicamos dos revistas: BarandalCuadernos del Valle de México. En la segunda aparecieron algunos poemas de Alberti, uno de nuestros poetas favoritos y cuya reciente adhesión al comunismo nos había entusiasmado. Dos años más tarde, en 1935, llegaron a México Rafael Alberti y María Teresa León.

Inmediatamente los fuimos a ver e inmediatamente nos conquistaron. Animados por su cordialidad -rara en el mundo literario mexicano- los visitamos con frecuencia en su minúsculo apartamento del recién construido Edificio Ermita, en Tacubaya. Recuerdo algunos paseos con Rafael y fragmentos de conversaciones sobre lo humano y lo divino, más sobre lo primero que sobre lo segundo, Quevedo y Neruda, García Lorca y Sánchez Mejía -muerto hacía poco y al que yo, niño, había visto torear en la Plaza de Puebla-. Aquí terminó Alberti su elegía a la muerte del gran torero, Verte y no verte; aquí la publicó en una preciosa edición ilustrada por Manuel Rodríguez Lozano, el gran dibujante; y aquí la firmó en la antigua plaza de El Toreo, teatro de las batallas de Ignacio Sánchez Mejía y Rodolfo Gaona. La estancia de los Alberti fue memorable y dejó, entre las montañas y el aire fino del Altiplano, un poco del mar de Cádiz, revestido de armadura azul y jinete en un caballo de sal.

He mencionado a Cádiz y debo hacer un brevísimo paréntesis: yo me siento un poco paisano de Alberti no sólo por la poesía, cuya sangre, aunque invisible, nos vuelve hermanos a todos los poetas, sino por la tierra: mis abuelos maternos eran de la provincia de Cádiz, mi abuelo de Medinasidonia y mi abuela del Puerto de Santa María. Por esto, quizá, cuando leí por primera vez sus poemas, me pareció que no sólo descubría una poesía nueva sino que recobraba un pasado muy antiguo y que, siendo ajeno, también era mío.

Mi segundo encuentro con Rafael Alberti fue en Madrid, en 1937. Recuerdo las bombas y los escombros, las calles a oscuras y la gente con hambre, un batallón de soldados muertos de sueño doblando una esquina y las colas de las mujeres en las panaderías; también recuerdo la extraña, alegre animación de la ciudad martirizada, la fiebre y la pasión compartidas, la terca esperanza -única sobreviviente en los diarios desastres-, la melancólica conversación durante algún paseo por el Parque del Retiro, las carreras entre la arboleda y las yerbas altas de Niebla, el hermoso perro de Rafael (debería haberse llamado, por sus saltos en zig zag, Rayo). Hubo un tercer encuentro, fugaz, en 1967, en Spoletto, en el Festival de Poesía, al que concurrió también Stephen Spender, otro de los sobrevivientes de aquel Madrid de 1937. Para entonces ya la historia, siempre cruel, nos había separado. Por honradez debo decirlo. No reviven querellas; tampoco reniego de lo que pensé y pienso; digo, simplemente, que siempre he visto a Rafael Alberti, desde la otra orilla que es mi orilla, como uno de nuestros pararrayos poéticos, en el sentido que daba Rubén Darío a esta palabra:

Torres de Dios, poetas,
pararrayos celestes...

Ahora la misma historia -o para llamarla con otro de sus nombres, tal vez el verdadero: el destino- nos ha vuelto a unir: Rafael Alberti ha regresado a las altas tierras de México. Lo saludo y le ofrezco, simbólicamente, una pluma azul y verde de colibrí, el pájaro que bebe la sangre del sol, para que la deje caer, como una semilla, en la tierra de Cádiz. Se convertirá en un árbol y a su sombra conversarán los poetas de América y de España.


Octavio Paz
México, agosto de 1990


Texto leído por Carlos Fuentes en el homenaje que se realizó en agosto de 1990 al poeta gaditano, en el teatro Julio Jiménez Rueda de la ciudad de México.



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