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1522. Homenaje a Cataluña IV





Hacía unas tres semanas que estábamos en el frente, cuando llegó a Alcubierre un contingente de veinte o treinta hombres enviados desde Inglaterra por el ILP [Partido Laborista Independiente], y como se decidió que los ingleses estuviéramos juntos en este frente, a William y a mí nos llevaron donde ellos. Nuestra nueva posición estaba situada en Monte Oscuro, varios kilómetros hacia el oeste y a la vista de Zaragoza.

La posición estaba encaramada en una especie de cresta afilada de piedra caliza, con cuevas cavadas horizontalmente en el risco como nidos de golondrinas. Aquéllas se prolongaban increíblemente en la roca, eran muy oscuras y tan bajas que no se podía recorrerlas ni siquiera de rodillas. En los picos situados a nuestra izquierda había otras dos posiciones del POUM, una de las cuales constituía un objeto de fascinación para todos los hombres de la línea de fuego, pues allí se encargaban de la cocina tres milicianas. Estas mujeres no eran precisamente hermosas, pero se consideró conveniente aislarlas de los hombres de otras compañías. Quinientos metros a nuestra derecha, en la curva orientada hacia Alcubierre, en el lugar donde el camino estaba en poder de los fascistas, había un puesto del PSUC. Por la noche podíamos ver las lámparas de nuestros camiones de abastecimiento provenientes de Alcubierre y, al mismo tiempo, las de los fascistas que venían de Zaragoza. A unos veinte kilómetros hacia el sudoeste también Zaragoza era visible: una delgada hilera de luces como ojos de buey de un barco iluminado. Las tropas del gobierno la contemplaban en la distancia desde 1936, y siguen contemplándola todavía.

Nosotros éramos unos treinta (incluido Ramón, un español, cuñado de William), y además una docena de españoles encargados de las ametralladoras. Aparte de una o dos excepciones inevitables —como es bien sabido, la guerra atrae mucha gentuza— los ingleses constituían un grupo excepcionalmente bueno, tanto física como mentalmente. Quizá el mejor de todos era Bob Smillie, nieto del famoso dirigente minero, y que más tarde encontró una muerte tan perversa y absurda en Valencia. Dice mucho en favor del carácter español el hecho de que los ingleses y los españoles siempre se llevaran bien, a pesar de la dificultad idiomática. Descubrimos que todos los españoles conocían dos expresiones inglesas: una era «OK, baby»; y la otra, una palabra utilizada por las prostitutas de Barcelona en su trato con los marineros ingleses y que me temo que los cajistas se negarían a imprimir.

Una vez más, en el frente no ocurría nada, exceptuando alguna bala esporádica y, muy rara vez, el estrépito de un mortero fascista que nos hacía correr hasta la trinchera más alta para ver contra qué colina se estrellaban los proyectiles. Aquí el enemigo estaba algo más cerca, quizá a unos trescientos o cuatrocientos metros. La posición más próxima quedaba exactamente frente a la nuestra, con un nido de ametralladoras cuyas troneras muy a menudo nos tentaban a desperdiciar cartuchos. Los fascistas rara vez molestaban con disparos de fusil, pero enviaban en cambio nutridas ráfagas de ametralladora contra cualquier miliciano que se dejara ver. Con todo, transcurrieron más de diez días hasta que tuvimos nuestra primera baja. Las tropas situadas delante de nosotros eran españolas pero, según los desertores, había algunos oficiales alemanes sin mando. Tiempo atrás estuvieron también los moros —¡pobres diablos, cómo deben de haber sufrido el frío!—, pues en la tierra de nadie todavía quedaba el cadáver de un moro que constituía una de las curiosidades del lugar. Aproximadamente a dos o tres kilómetros a nuestra izquierda, la línea del frente se interrumpía y comenzaba una extensión de terreno, muy baja y cubierta de espesa vegetación, que no pertenecía ni a los fascistas ni a nosotros. Ambos bandos solían realizar allí patrullas diurnas. Aquello no estaba mal como entrenamiento para boy scouts. Yo nunca vi una patrulla fascista a una distancia menor de varios cientos de metros. Después de mucho reptar era posible atravesar en parte las líneas fascistas e incluso ver la granja donde ondeaba la bandera monárquica y que hacía las veces de cuartel general. De cuando en cuando disparábamos nuestras armas y luego nos poníamos a cubierto antes de que las ametralladoras nos pudieran localizar. Espero que hayamos roto al menos algunas ventanas, pero con tales fusiles y desde más de ochocientos metros uno no podía estar seguro de acertarle ni siquiera a una casa.

El tiempo casi siempre era frío y claro; a veces brillaba el sol al mediodía, pero siempre hacía frío. Por todas partes, sobre las laderas, se veían asomar los brotes verdes del azafrán o el lirio silvestre. La primavera se aproximaba, evidentemente, aunque con mucha lentitud. Las noches eran más frías que nunca. Durante la madrugada, cuando volvíamos de la guardia, solíamos reunir lo que quedaba del fuego de la cocina y nos parábamos sobre las brasas al rojo. Era malo para las botas, pero muy bueno para los pies. Sin embargo, había amaneceres en que el espectáculo de la aurora entre los cerros casi nos hacía alegrarnos de no estar en la cama a esas horas desapacibles. No me gusta la montaña, ni siquiera como espectáculo. Sin embargo, aunque uno hubiera estado despierto toda la noche, con las piernas adormecidas hasta la rodilla, y supiera que no había ninguna esperanza de comer durante otras tres horas, a veces valía la pena contemplar la aurora que surgía detrás de las colinas, las primeras estrechas vetas de oro que como espadas atravesaban la oscuridad, y luego la luz creciente y los mares de nubes carmesíes alargándose hasta distancias inconcebibles. En el curso de esa campaña vi amanecer más veces que durante toda mi vida anterior, y que en la que me queda, espero.

Nos faltaban hombres allí, lo cual significaba guardias más prolongadas y mucha más fatiga. Yo comenzaba a sentir la falta de sueño, que resulta inevitable incluso en la más tranquila de las guerras. Aparte de las guardias y las patrullas había constantes alarmas nocturnas. De cualquier manera, no se puede dormir bien en un horrible agujero cavado en la tierra, con los pies doloridos de frío. Durante mis primeros tres o cuatro meses en el frente no creo haber pasado más de una docena de días enteros sin dormir; pero también es cierto que no llegué a dormir una docena de noches sin interrupción. Veinte o treinta horas de sueño por semana representaban una cantidad bastante normal. Los efectos de este tipo de vida no eran tan malos como podría esperarse; uno llegaba a sentirse bastante estúpido, y la tarea de subir y bajar por las laderas se tornaba cada día más difícil, pero nos sentíamos relativamente bien y estábamos constantemente hambrientos, tremendamente hambrientos. Cualquier comida nos parecía sabrosa, hasta las eternas judías que todos en España terminamos por odiar. El agua era muy escasa y nos llegaba desde lejos a lomos de mulas o de sufridos burritos. Por algún motivo, los campesinos de Aragón trataban bien a las mulas, pero muy mal a los burros. Si un burro se negaba a avanzar era normal patearle los testículos. Había cesado ya el reparto de velas y los fósforos escaseaban. Los españoles nos enseñaron a hacer lámparas de aceite de oliva con una lata de leche condensada, una cápsula de cartucho y un pedazo de trapo. Cuando teníamos aceite de oliva, lo cual no era frecuente, estos objetos ardían con una llama vacilante, de un poder equivalente a un cuarto de vela, que alcanzaba apenas para encontrar el fusil.

Parecía no haber ninguna esperanza de una verdadera lucha. Cuando abandonamos Monte Pocero, conté mis cartuchos y así comprobé que, en casi tres semanas, sólo había disparado tres veces contra el enemigo. Se dice que hacen falta mil balas para matar a un hombre y, a ese paso, transcurrirían veinte años antes de que matara a mi primer fascista. En Monte Oscuro, las líneas estaban más cercanas y se disparaba con mayor frecuencia, pero estoy razonablemente seguro de que nunca le acerté a nadie. De hecho, en este frente y durante este período de la guerra la verdadera arma no era el fusil, sino el megáfono. Imposibilitados de matar al enemigo, le gritábamos. Este método bélico es tan extraordinario que requiere una explicación.

En todos los puntos donde las líneas de fuego se encontraban a una distancia que permitiera oírse, se producían frecuentes griteríos de trinchera a trinchera. Desde la nuestra se oía: «¡Fascistas, maricones!». Desde la trinchera fascista: «¡Viva España! ¡ Viva Franco!»; o bien, cuando sabían que entre nosotros había algunos ingleses: «¡Largaos a vuestra casa, ingleses! ¡Aquí no queremos extranjeros!». En el bando gubernamental, en las milicias partidistas, el método de hacer propaganda a gritos para socavar la moral del enemigo se había convertido ya en una verdadera técnica. En todas las posiciones adecuadas, algunos hombres, por lo general los encargados de las ametralladoras, recibían órdenes de dedicarse a gritar y eran provistos de megáfonos. Preferentemente gritaban frases hechas, plenas de intenciones revolucionarias, para explicar a los soldados fascistas que eran meros lacayos del capitalismo internacional, que luchaban contra su propia clase, etcétera, etcétera, e incitarlos a pasarse a nuestro lado. Sucesivos grupos de hombres las repetían una y otra vez, en algunas oportunidades durante toda la noche. No cabía la menor duda de que el método surtía efecto, y todos estaban de acuerdo en que la corriente de desertores del campo fascista se debía, en parte, a la propaganda. Deteniéndose a pensarlo, es fácil comprender que el eslogan «¡No luches contra tu propia clase!», resonando una y otra vez en la oscuridad, debe de haber producido una gran impresión en el ánimo del pobre centinela que tiritaba de frío en su puesto, quizá alistado contra su voluntad y probablemente miembro de un sindicato socialista o anarquista.

Desde luego, tal procedimiento no se ajusta a la concepción inglesa de la guerra. Admito que me sentí sorprendido, atónito y escandalizado la primera vez. ¡Procurar convertir al enemigo en lugar de matarlo! Ahora pienso que, desde cualquier punto de vista, se trataba de una maniobra legítima. En la guerra corriente de trincheras, cuando no existe artillería, resulta en extremo difícil provocar bajas en el enemigo sin perder igual número de hombres. Si es posible inmovilizar cierta cantidad de soldados llevándolos a desertar, tanto mejor; después de todo, los desertores son mucho más útiles que los cadáveres, pues pueden proporcionar información. Pero, al comienzo, tal procedimiento nos desalentó a todos; nos hizo sentir que los españoles no se tomaban esta guerra suficientemente en serio. El que gritaba en el puesto del PSUC establecido a nuestra derecha era un verdadero artista. A veces, en lugar de gritar frases revolucionarias, simplemente contaba a los fascistas cuánto mejores eran los alimentos que nosotros recibíamos. Su descripción de las raciones del gobierno tendía a embellecer un poco las cosas. «¡Tostadas con mantequilla!», podía oírse en los ecos que resonaban a través del valle solitario. «Aquí estamos sentados comiendo tostadas con mantequilla. ¡Deliciosas tostadas con mantequilla!» No dudo de que él, como el resto de nosotros, no había visto mantequilla durante semanas o meses, pero en la noche helada, la imagen de tostadas con mantequilla quizá logró que a muchos fascistas se les hiciera la boca agua. Eso es lo que me ocurrió incluso a mí, aun a sabiendas de que mentía.

Cierto día de febrero vimos aproximarse un avión fascista. Como de costumbre, una ametralladora estaba emplazada al descubierto, con el cañón hacia arriba; nos echamos de espaldas para apuntar mejor. No valía la pena bombardear nuestras posiciones aisladas y, por lo general, los pocos aeroplanos fascistas que pasaban por allí hacían un rodeo para evitar el fuego de la ametralladora. Esta vez el avión voló por encima de nosotros, demasiado alto como para que valiera la pena abrir fuego, y dejó caer no bombas; sino unos objetos blancos brillantes que giraban y giraban en el aire. Unos pocos cayeron en la posición. Eran ejemplares de un periódico fascista, el Heraldo de Aragón, que anunciaba la caída de Málaga.

Esa noche los fascistas llevaron a cabo una especie de ataque por sorpresa. En el momento en que me deslizaba debajo de la manta, medio muerto de sueño, se oyó el silbido de las balas sobre nuestras cabezas y alguien gritó: «¡Están atacando!». Empuñé el fusil y ascendí hasta mi puesto, ubicado en la cumbre de la posición, junto a la ametralladora. El ruido era diabólico. Creo que el fuego de cinco ametralladoras se cernía sobre nosotros, y hubo una serie de pesados estruendos provocados por las granadas que los fascistas arrojaban sobre su propio parapeto de la forma más idiota. La oscuridad era total. Muy abajo, en el valle situado a nuestra izquierda, se podía ver el resplandor verdoso de los fusiles desde donde una pequeña partida de fascistas, probablemente una patrulla, nos disparaba. Las balas volaban a nuestro alrededor en la oscuridad, crac—pfiu—crac. Unos cuantos proyectiles pasaron silbando por encima de nosotros, pero cayeron lejos y, como solía ocurrir en esta guerra, la mayoría de ellos no explotó. Pasé un mal rato cuando una nueva ametralladora abrió fuego desde la colina situada a nuestra espalda. En realidad se trataba de un arma llevada allí para apoyarnos, pero en ese momento parecía como si estuviéramos rodeados. Nuestra ametralladora no tardó en encasquillarse, como ocurría siempre con esos cartuchos, y la baqueta se había perdido en la impenetrable oscuridad. Evidentemente, no se podía hacer nada, excepto quedarse quieto y esperar un tiro. Los españoles a cargo de la ametralladora no quisieron ponerse a cubierto y, de hecho, se expusieron deliberadamente, por lo que me vi obligado a hacer lo mismo. Intrascendente como fue, la experiencia me resultó muy interesante. Era la primera vez que me encontraba literalmente bajo el fuego y, con gran humillación, comprobé que me sentía completamente asustado; he observado que siempre se siente lo mismo bajo el fuego graneado, no se teme tanto el ser herido como no saber dónde se producirá la herida. Uno se pregunta todo el tiempo por dónde entrará la bala, y eso otorga al cuerpo una muy desagradable sensibilidad.

Al cabo de una o dos horas, el fuego fue atenuándose y finalmente cesó. Teníamos una sola baja. Los fascistas habían llevado un par de ametralladoras a tierra de nadie, pero manteniéndose a una distancia prudencial, sin hacer intento alguno por asaltar nuestro parapeto. Ciertamente, no estaban efectuando un ataque, sino tan sólo desperdiciando cartuchos y haciendo mucho ruido para celebrar la caída de Málaga. La importancia central del episodio radicó en que aprendí a leer en los periódicos, con actitud menos crédula, las noticias de guerra. Un día o dos más tarde, los periódicos y la radio anunciaron que un tremendo ataque con caballería y tanques (subiendo por una ladera perpendicular) había sido rechazado por los heroicos ingleses.

Cuando los fascistas nos informaron de que Málaga había caído, lo tomamos como una mentira, pero al día siguiente llegaron rumores más convincentes y algo más tarde se admitió la caída de forma oficial. Poco a poco fuimos conociendo toda la desgraciada historia: la ciudad había sido evacuada sin disparar un tiro y la furia de los italianos no se había descargado sobre las tropas, que ya no estaban, sino sobre la infortunada población civil, algunos de cuyos miembros fueron perseguidos y ametrallados durante unos doscientos kilómetros. Las noticias produjeron escalofríos a lo largo del frente, pues cualquiera que hubiera sido la verdad, todos los milicianos creían que la pérdida de Málaga se debía a una traición. Era la primera vez que oía hablar de traición o de divergencias en cuanto a los objetivos. Comenzaron a despertarse en mi mente vagas dudas acerca de esta guerra en la que, hasta entonces, la cuestión del bien y del mal me había parecido bellamente simple.


A mediados de febrero abandonamos Monte Oscuro. Fuimos enviados, junto con todas las tropas del POUM de ese sector, a integrar el ejército que sitiaba Huesca. Tuvimos que hacer un viaje de noventa kilómetros en camión, a través de la planicie invernal, donde las vides podadas aún no tenían brotes y las espigas de la cebada de invierno apenas asomaban sobre el suelo aterronado. A cuatro kilómetros de nuestras trincheras, Huesca brillaba pequeña y clara como una ciudad formada por casas de muñecas. Meses antes, cuando cayó Siétamo, el comandante general de las tropas gubernamentales había comentado alegremente: «Mañana tomaremos café en Huesca». Resultó estar equivocado. Se produjeron sangrientos ataques, pero la ciudad no cayó, y «Mañana tomaremos café en Huesca» se convirtió en una broma en todo el ejército. Si alguna vez regreso a España, no dejaré de tomar una taza de café en Huesca.


George Orwell
Homenaje a Cataluña, 1938 - Capítulo IV






Primera edición de "Homage to Catalonia". Secker and Warburg, Inglaterra, 1938



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