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1579. Homenaje a Cataluña V

Al este de Huesca nada o casi nada ocurrió hasta finales de marzo. Estábamos a mil doscientos metros del enemigo. Cuando los fascistas fueron obligados a retroceder hasta Huesca, las tropas del ejército republicano que dominaban esa parte del frente no se habían mostrado demasiado fervorosas en su avance, de modo que la línea formaba una especie de bolsa. Más tarde sería necesario adelantarla —tarea muy incómoda bajo el fuego—, pero por el momento el enemigo no parecía existir; nuestra única preocupación consistía en combatir el frío y conseguir suficientes alimentos.

Mientras tanto, la rutina diaria mejor dicho, nocturna—, las tareas cotidianas. Hacer guardia, patrulla, cavar. Lluvia, barro, vientos ululantes y ocasionalmente nevadas. No fue hasta mediados de abril que las noches se tornaron algo más cálidas. Allí arriba, en la meseta, los días de marzo se parecían en su mayoría a los de Inglaterra, con sus brillantes cielos azules y vientos continuos. En el lugar donde la línea del frente atravesaba huertos y jardines desiertos, la cebada de invierno ya tenía unos treinta centímetros de altura, capullos blancos se formaban en los cerezos y, buscando en las zanjas, se podían encontrar violetas y una especie de jacinto silvestre semejante a un ejemplar borde de campanilla azul, inmediatamente detrás de la línea corría un hermoso y burbujeante arroyito verde: era la primera agua transparente que había visto desde mi llegada. Cierto día apreté los dientes y me metí en ella para darme el primer baño en seis semanas. Fue lo que podría llamarse un baño breve, puesto que el agua era principalmente agua de deshielo y la temperatura no debía de andar muy por encima de los cero grados.

Mientras tanto, nada ocurría; jamás ocurría nada. Los ingleses habían adquirido el hábito de decir que ésa no era una guerra, sino una maldita pantomima. Casi nunca estábamos bajo el fuego directo de los fascistas. El único peligro provenía de las balas perdidas, las cuales, como las líneas del frente se curvaban hacia adelante en ambos lados, procedían de varias direcciones. Todas las bajas en ese periodo se debieron a esta causa. Arthur Clinton recibió una bala misteriosa que le aplastó el hombro izquierdo, inutilizándole el brazo para siempre, según me temo. De vez en cuando había algo de fuego de artillería, pero con muy poca eficacia. El silbido y el estallido de los proyectiles era considerado, en realidad, como una especie de diversión. Los fascistas nunca arrojaban bombas sobre nuestro parapeto. Unos centenares de metros detrás de nosotros había un establecimiento de campo, con grandes edificios, llamado La Granja, utilizado como depósito, cuartel general y cocina en nuestro sector. Ése era el blanco de los artilleros fascistas, pero como estaban a cinco o seis kilómetros de distancia y no apuntaban bien, jamás lograron algo más que romper las ventanas y desconchar las paredes. Sólo se corría peligro si uno se encontraba ascendiendo cuando comenzaba el fuego y si las bombas caían a ambos lados del camino. Aprendimos casi enseguida el misterioso arte de adivinar por el sonido de un proyectil a qué distancia caería. Las bombas que los fascistas disparaban en ese período eran vergonzosamente malas. Aunque usaban proyectiles de 150 milímetros, nunca hacían un orificio mayor de dos metros de ancho por uno de profundidad, y por lo menos uno de cada cuatro no explotaba. Corrían los habituales cuentos románticos de sabotaje en las fábricas fascistas y de proyectiles sin explotar en los que, en lugar de la carga, se encontraba un pedazo de papel con la leyenda «Frente Rojo», pero nunca vi ninguno. La verdad es que se trataba de proyectiles viejísimos; alguien encontró una vez una espoleta con la fecha de 1917. Los cañones fascistas eran de la misma construcción y calibre que los nuestros, y a menudo se reacondicionaban los proyectiles sin explotar y se los volvía a utilizar. Se decía que había un viejo proyectil, con un apodo propio, que viajaba todos los días de un lado al otro sin explotar jamás.

Por la noche se solían enviar pequeñas patrullas a tierra de nadie para que se ubicaran en zanjas cavadas cerca de las líneas fascistas y trataran de escuchar sonidos (toques de trompeta, bocinas de automóvil, etcétera), que indicaran actividad en Huesca. Había un constante ir y venir de tropas fascistas, y los informes de esas patrullas permitían calcular, en cierta medida, la envergadura de tales movimientos. Teníamos orden especial de informar sobre el sonido de campanas de iglesias. Según parecía, los fascistas siempre oían misa antes de entrar en acción. Entre los campos y los huertos había chozas de barro abandonadas que era recomendable explorar con un fósforo encendido luego de tapar las ventanas. A veces se encontraba un valioso botín, tal como un hacha pequeña o una cantimplora fascista (mejor que las nuestras y muy codiciadas). También se podían explorar durante el día, pero entonces había que hacerlo casi todo el tiempo a cuatro patas.

Resultaba extraño arrastrarse por esos campos vacíos donde todo se había detenido en el preciso momento de la cosecha. Los cultivos del año anterior no se habían tocado. Las viñas sin podar serpenteaban sobre el terreno, las mazorcas de maíz estaban duras como piedras, la remolacha se había hipertrofiado en enormes masas leñosas. ¡Cómo deben de haber maldecido a ambos ejércitos los campesinos!

A veces, grupos de hombres salían a recoger patatas en tierra de nadie. A dos kilómetros a nuestra derecha, donde ambas líneas estaban más próximas, había un campo de patatas frecuentado por ambos bandos. Nosotros íbamos durante el día, y ellos sólo por la noche, ya que se encontraba dominado por nuestras ametralladoras. Una noche, con gran indignación nuestra, se lanzaron en masa y limpiaron todo el terreno. Descubrimos otro campo un poco más adelante, donde prácticamente no había ninguna protección y teníamos que recoger las patatas de bruces, posición realmente agotadora. Si las ametralladoras fascistas nos descubrían, debíamos aplastarnos como la rata que pasa por debajo de una puerta, mientras las balas desmenuzaban los terrones de tierra a nuestro alrededor. En ese momento parecía valer la pena. Las patatas comenzaban a escasear. Si uno conseguía llenar una bolsa, podía cambiarlas en la cocina por una cantimplora de café Y continuaba sin ocurrir nada, y no parecía que las cosas fueran a cambiar. «¿Cuándo vamos a atacar? ¿Por qué no atacamos?», eran las preguntas que uno oía día y noche entre españoles e ingleses. Cuando se piensa en lo que significa luchar; resulta extraño que los soldados anhelen hacerlo y, no obstante, sin duda, lo desean. En los períodos estacionarios de la guerra, hay tres cosas que todos los soldados anhelan: una batalla, más cigarrillos y una semana de permiso. Ahora estábamos algo mejor armados que antes. Cada hombre tenía ciento cincuenta cargas de munición en lugar de cincuenta, y sucesivamente fueron entregándonos bayonetas, cascos de acero y unas pocas granadas. Corrían constantes rumores sobre inminentes batallas, rumores que, según he pensado desde entonces, eran difundidos de forma deliberada para mantener alta la moral de la tropa. No necesitaba gran conocimiento militar para darme cuenta de que no habría ninguna acción importante en ese lado de Huesca, por lo menos en aquel momento. El punto estratégico era la carretera que conducía a Jaca, en el otro sector. Más tarde, cuando los anarquistas atacaron la carretera de Jaca, nuestra tarea consistió en hacer «ataques de distracción» y obligar a los fascistas a retirar tropas del otro lado.

Durante todo este tiempo, unas seis semanas, sólo se realizó una acción en nuestra parte del frente. Fue un ataque que nuestras tropas de choque dirigieron contra el Manicomio, un asilo para enfermos mentales fuera de uso que los fascistas habían convertido en una fortaleza. Varios cientos de refugiados alemanes que servían en el POUM habían constituido un batallón especial llamado Batallón de Choque, el cual, desde un punto de vista militar; se encontraba a un nivel superior al alcanzado por el resto de la milicia. Sin duda, se parecían más a soldados que cualquier otra tropa que yo haya visto en España, exceptuando la Guardia de Asalto y sectores de la Columna Internacional. El ataque, como de costumbre, se vio frustrado. ¿Cuántas operaciones efectuadas en esta guerra por tropas del gobierno no acabarían por frustrarse? El Batallón de Choque tomó el Manicomio por asalto, pero los hombres de no recuerdo ya qué milicia, encargados de apoyarlo ocupando la colina vecina al Manicomio, sufrieron una derrota aplastante. El capitán que los comandaba era uno de esos militares de carrera, de lealtad dudosa, a quienes el gobierno persistía en emplear. Fuera por miedo o por traición, puso sobre aviso a los fascistas arrojando una granada cuando estaban a doscientos metros. Me satisface poder decir que sus hombres lo mataron en el acto. Pero el ataque perdió su carácter de sorpresa, y los milicianos fueron machacados por un fuego cerrado y expulsados de la colina. Al anochecer; la milicia de choque tuvo que abandonar el Manicomio. Durante toda la noche, las ambulancias enfilaron el abominable camino a Siétamo, terminando de matar a los heridos graves con sus vaivenes.

Por aquel entonces todos teníamos piojos. Si bien seguía haciendo frío, la temperatura ya permitía su aparición. Sobre asquerosos bichos corporales tengo una amplia experiencia y puedo afirmar que, en cuanto a ensañamiento, el piojo sobrepasa a todo lo conocido. Otros insectos, los mosquitos por ejemplo, hacen sufrir más, pero, por lo menos, no son bichos residentes. El piojo a veces se asemeja a un diminuto cangrejo, y vive preferentemente en los pantalones. Aparte de quemar la ropa, no hay otra manera conocida de librarse de él. En las costuras de los pantalones depositan sus brillantes huevos blancos, como diminutos granos de arroz, que originan grandes familias a extraordinaria velocidad.

Creo que a los pacifistas les sería útil ilustrar sus escritos con fotografías ampliadas de piojos. ¡Gloria de la guerra, sin duda! En la guerra, todos los soldados tienen piojos, al menos cuando hace bastante calor. Los hombres que lucharon en Verdún, Waterloo, Flandes, Senlac, Las Termópilas, todos ellos tenían piojos arrastrándose por sus testículos. Nosotros logramos mantenerlos a raya, hasta cierto punto, quemando los huevos y bañándonos con tanta frecuencia como podíamos soportarlo. Nada, sino la existencia de piojos, me hubiera arrastrado hasta ese río helado.

Todo escaseaba: botas, ropa, tabaco, jabón, velas, fósforos, aceite de oliva. Nuestros uniformes se caían a pedazos, y muchos de los hombres carecían de botas y usaban sandalias con suela de esparto. Por todas partes se veían pilas de calzado desgastado. Una vez mantuvimos ardiendo un fuego durante dos días a base de botas, que no constituían u  mal combustible. Por esa época mi esposa se encontraba en Barcelona y solía mandarme té, chocolate y hasta cigarros, cuando era posible conseguirlos; incluso en Barcelona todo escaseaba, en especial el tabaco. El té era un regalo del cielo, aunque carecíamos de leche y casi nunca teníamos azúcar. Desde Inglaterra siempre enviaban paquetes a los hombres de nuestro contingente, pero nunca llegaban; alimentos, ropa, cigarrillos, todo era rechazado por la oficina de correos o confiscado en Francia. Resulta bastante curioso que la única entidad que logró mandar paquetes de té —y, en una memorable ocasión, una lata de bizcochos— a mi esposa fue la Army and Navy Stores. ¡Pobre Army and Navy! Cumplían su deber con notable eficacia, pero quizá se habrían sentido más felices si el contenido hubiera ido a parar al bando franquista de la barricada. Lo peor era la escasez de tabaco. Al comienzo se nos entregaba un paquete de cigarrillos por día, luego sólo ocho cigarrillos diarios y después cinco. Por fin, hubo diez días espantosos en que no se distribuyó nada de tabaco. Por primera vez en España, vi algo que se ve todos los días en Londres: gente recogiendo colillas. Hacia finales de marzo se me infectó una mano; me la abrieron y tuve que llevar el brazo en cabestrillo. Tuve que ingresar en un hospital, pero no valía la pena ir a Siétamo por una herida tan leve, de modo que permanecí en el llamado hospital de Monflorite, que no era otra cosa que un centro de distribución de heridos. Estuve allí diez días, parte de ellos en cama. Los practicantes me robaron casi todos los objetos de valor que poseía, incluidas la máquina fotográfica y las fotos. Todos robaban en el frente, como efecto inevitable de la escasez, pero el personal hospitalario siempre era el más ladrón. Tiempo después, en el hospital de Barcelona un norteamericano, que había viajado para unirse a la Columna Internacional en una nave que fue torpedeada por un submarino italiano, me contó que lo habían llevado herido hasta la orilla y que, mientras lo subían a la ambulancia, los camilleros le robaron el reloj de pulsera.

 Mientras tuve el brazo en cabestrillo, pasé varios días felices vagando por la campiña. Monflorite era el acostumbrado amontonamiento de casas de barro y piedra, con estrechas callejuelas tortuosas semidestrozadas por los cañones hasta el punto de parecerse a los cráteres de la luna. La iglesia había quedado muy mal parada, pero era usada como depósito militar. En toda la vecindad había sólo dos granjas: Torre Lorenzo y Torre Fabián, y sólo dos edificios verdaderamente grandes, sin duda las casas de los terratenientes que alguna vez dominaron la zona; su riqueza contrastaba con las chozas miserables de los campesinos.

Justo detrás del río, cerca de la línea del frente, había un enorme molino harinero con una casa de campo. Sentía vergüenza al ver la enorme y costosa maquinaria oxidándose inútilmente y las tolvas de madera destrozadas para alimentar el fuego. Más tarde, para conseguir leña destinada a las tropas situadas en la retaguardia, se enviaron en camiones grupos de hombres que arrasaron el lugar sistemáticamente. Solían romper el suelo de una habitación arrojando en ella una granada. La Granja, nuestro almacén y cocina, probablemente había sido alguna vez un convento. Tenía grandes patios y dependencias exteriores, que ocupaban poco más de media hectárea, con establos para treinta o cuarenta caballos. Las casas de campo en esa región de España no encierran interés desde el punto de vista arquitectónico, pero sus granjas, de piedra enjalbegada, con arcos redondos y magníficas vigas, son lugares de gran nobleza, construidos de acuerdo con un plan que probablemente no ha sufrido alteraciones a lo largo de siglos. A veces, uno sentía una especie de oculta simpatía hacia los ex propietarios fascistas, al ver cómo trataba la milicia los edificios confiscados. En La Granja, toda habitación que no estuviera en uso había sido convertida en letrina —un horrible amontonamiento de muebles destrozados y excrementos—. La pequeña capilla adyacente, con las paredes perforadas por proyectiles, tenía el suelo cubierto de excrementos. En el gran patio donde los cocineros distribuían las raciones, el amontonamiento de latas oxidadas, barro, bosta y residuos en putrefacción era asqueante. Confirmaba una vieja canción militar: ¡Hay ratas, ratas, ratas, ratas grandes como gatas en el almacén de intendencia!

Las que había en La Granja misma realmente eran grandes como gatos, enormes bestias hinchadas que se tambaleaban sobre lechos de excrementos, demasiado audaces como para huir a menos que se disparara contra ellas.

Por fin había llegado la primavera. El azul del cielo era más suave, el aire se tornó de pronto perfumado. Las ranas chapaleaban ruidosamente en las zanjas. Alrededor del bebedero al que acudían las mulas de la aldea encontré exquisitas ranas del tamaño de un penique, de un color verde tan brillante que la hierba joven parecía opaca a su lado. Los chicos salían con baldes en busca de caracoles, y luego los asaban vivos sobre planchas de hojalata. En cuanto el tiempo mejoró los campesinos comenzaron a aparecer para la labranza primaveral.

Prueba la confusión que envuelve a la revolución agraria española el hecho de que no pude averiguar con certeza si la tierra estaba colectivizada o si los campesinos simplemente se la habían dividido entre ellos. Me imagino que, en teoría, estaba colectivizada, pues era territorio anarquista y del POUM. En cualquier caso, los propietarios habían desaparecido, los campos se cultivaban y el pueblo parecía satisfecho. La cordialidad que nos dispensaban los campesinos nunca dejó de asombrarme. Para algunos de los más viejos la guerra debía de carecer de sentido; evidentemente ocasionaba una escasez general y deparaba a todos una vida triste y monótona. Además, hasta en los mejores momentos, los campesinos odian tener tropas establecidas entre ellos. Con todo, se mostraban invariablemente cordiales; supongo que se debía a la idea de que, por intolerables que pudiéramos resultarles en algunos aspectos, los protegíamos de sus antiguos patrones. La guerra civil es algo extraño. Huesca no estaba ni a diez kilómetros de distancia, era la ciudad mercado de esta gente, tenían parientes allí y todas las semanas de su vida la habían visitado para vender sus gallinas y sus verduras. Y ahora, desde hacía ocho meses, una barrera impenetrable de alambradas y ametralladoras los separaba de ella. A veces olvidaban está situación. En cierta oportunidad, me encontraba hablando con una anciana que llevaba una de esas diminutas lámparas de hierro en las que los españoles queman aceite de oliva. «¿Dónde puedo comprar una lamparilla como ésta?», le pregunté. «En Huesca», me respondió sin pensar, y luego ambos nos echamos a reír. Las chicas de la aldea eran espléndidas criaturas llenas de vida, con negrísimos cabellos y ondulantes andares. Tenían una actitud desenvuelta y franca de camarada, como de hombre a hombre, lo cual probablemente era una consecuencia de la revolución.

Hombres de raídas camisas azules y pantalones de pana negra, con sombreros de paja de ala ancha, araban los campos detrás de las mulas, que sacudían rítmicamente sus orejas. Sus arados eran unos artilugios espantosos que sólo revolvían el suelo, sin abrir nada que pudiera considerarse un surco. Los aperos de labranza eran penosamente anticuados debido al alto precio de todo lo que fuera de metal. Un arado roto, por ejemplo, se arreglaba una y otra vez hasta quedar constituido casi por completo de remiendos. Horcas y rastrillos se hacían de madera. No se conocían las palas en ese pueblo en que casi nadie poseía botas; cavaban con una azada ridícula semejante a las que se utilizan en la India. Había una grada que procedía directamente de las postrimerías de la Edad de Piedra. Estaba hecha de tablones unidos entre sí y tenía el tamaño de una mesa de cocina; en cada tablón se habían hecho centenares de agujeros, en cada uno de los cuales se había colocado un trozo de pedernal tallado con esa forma siguiendo el mismo procedimiento que los hombres solían utilizar hace diez mil años. Recuerdo mi sentimiento cercano al horror la primera vez que vi uno de estos objetos en una choza abandonada en tierra de nadie. Tuve que pensármelo dos veces antes de darme cuenta de que se trataba de una especie de grada. Me enfermó pensar en el trabajo que debía de haber dado la construcción de semejante cosa, y en la pobreza que obligaba a utilizar pedernal en lugar de acero. Desde entonces ha aumentado mi simpatía por el progreso industrial. A pesar de todo, en la aldea había dos tractores modernos, confiscados sin duda al principal terrateniente de la zona.

Una o dos veces fui a pasear por el pequeño cementerio, situado a unos dos kilómetros. Los caídos en el frente se enviaban por lo general a Siétamo, pero allí se daba sepultura a los muertos de la aldea. Era extrañamente distinto de un cementerio inglés. ¡No existía ninguna reverencia hacia los muertos! Por todas partes crecían arbustos y hierbajos, y en más de un lugar se apilaban huesos humanos. La ausencia de inscripciones religiosas en las lápidas era casi completa y esto resultaba tanto más sorprendente porque todas ellas correspondían al periodo anterior a la revolución. Creo que sólo vi una vez el «Rezad por el alma de Fulano de Tal», común en las tumbas católicas. La mayoría de las inscripciones eran puramente seculares, con ridículos poemas sobre las virtudes del difunto. Quizá en una de cada cuatro o cinco tumbas se advertía una pequeña cruz o una referencia formal al Cielo, que algún ateo industrioso generalmente había logrado atenuar con un punzón.

Me sorprendió que la gente de esa región de España careciera de genuinos sentimientos religiosos, en el sentido ortodoxo. Durante toda mi estancia nunca vi persignarse a ninguna persona, a pesar de que ese movimiento llega a hacerse instintivo, haya o no haya una revolución. Evidentemente, la Iglesia española retornará (como dice el refrán: la noche y los jesuitas siempre retornan), pero no cabe duda de que con el estallido de la revolución se desmoronó y fue aplastada hasta un punto que resultaría inconcebible incluso para la moribunda Iglesia de Inglaterra en circunstancias similares. Para el pueblo español, al menos en Cataluña y Aragón, la Iglesia era pura y simplemente un fraude sistematizado. Y es posible que la creencia cristiana fuera reemplazada en cierta medida por el anarquismo, cuya influencia está ampliamente difundida y que, sin duda, posee un matiz religioso.

Precisamente el día en que regresé del hospital hicimos avanzar nuestra línea hasta la que era realmente su ubicación adecuada, unos mil metros hacia delante, siguiendo el arroyuelo situado a unos doscientos metros de la línea enemiga. Esta operación debió haberse realizado muchos meses antes. En ese momento se hacía porque los anarquistas estaban atacando en la carretera de Jaca y nuestro avance obligaba a los fascistas a distraer algunas tropas para hacernos frente. Pasamos sesenta o setenta horas sin dormir, y mis recuerdos se pierden en una suerte de bruma o, más bien, en una serie de imágenes: el espionaje en la tierra de nadie, a unos cien metros de la Casa Francesa, una granja fortificada que pertenecía a la línea fascista. Siete horas tirado en un horrible pantano, en un agua con olor a juncos, donde el cuerpo se hundía cada vez más; el frío paralizante, las estrellas inmóviles en el cielo negro, el áspero croar de las ranas. Aunque era abril, fue la noche más fría que recuerdo de España. A unos cien metros detrás de nosotros, los equipos de trabajo se dedicaban intensamente a su tarea, pero había un silencio total, exceptuado el coro de las ranas. Sólo una vez durante la noche oi un ruido, el sonido familiar de un saco de arena aplastado con una azada. Resulta extraño que, algunas veces, los españoles puedan llevar a cabo una brillante hazaña de organización. Todo el movimiento Se desarrolló según un hermoso plan. En siete horas, seiscientos hombres construyeron seiscientos metros de trinchera y parapeto, a distancias que oscilaban desde ciento cincuenta a trescientos metros de la línea enemiga, y ello en tal silencio que los fascistas no oyeron nada y sólo se produjo una baja. Al día siguiente hubo más, desde luego. Cada hombre tenía asignada una tarea, hasta los ayudantes de la cocina llegaron de pronto, cuando el trabajo estaba ya realizado, con baldes de vino mezclado con coñac.

Y nada más despuntar el alba los fascistas descubrieron que estábamos allí. El bloque blanco y cuadrado de la Casa Francesa, aunque situado a unos doscientos metros, semejaba levantarse por encima de nosotros, y las ametralladoras en las ventanas superiores, protegidas con sacos de arena, parecían apuntar directamente hacia nuestra trinchera. Nos quedamos contemplándola boquiabiertos, preguntándonos cómo era posible que los fascistas no nos vieran. Entonces hubo un horrible remolino de balas y todo el mundo cayó de rodillas y comenzó a cavar frenéticamente, ahondado la trinchera y levantando pequeños montículos en el borde. Mi brazo seguía vendado, no podía cavar, y pasé la mayor parte de ese día leyendo una novela policíaca cuyo nombre era El prestamista desaparecido. No recuerdo el argumento, pero sí, muy claramente, el hecho de estar allí leyéndola; la arcilla húmeda del fondo de la trinchera debajo de mí, el cambio constante en la posición de mis piernas para dar paso a los hombres que corrían agachados, el crac—craccrac de las balas pocos centímetros por encima de mi cabeza. Thomas Parker recibió un balazo en medio del muslo, lo cual, como él decía, estaba más cerca de ser un DSO de lo que le hubiera gustado. Se producían bajas en toda la línea de fuego, pero mínimas en comparación con lo que habría pasado si nos hubieran descubierto durante la noche. Un desertor nos contó después que cinco centinelas fascistas fueron fusilados por negligencia. Incluso en ese momento habrían podido masacrarnos si hubieran tenido la iniciativa de traer unos pocos morteros. Resultaba difícil transportar a los heridos a lo largo de la angosta y abarrotada trinchera. Vi a un pobre diablo, con los pantalones oscuros de sangre, caer de su camilla y jadear agonizante. Había que cargar a los heridos a lo largo de unos dos kilómetros, pues aunque existía un camino, las ambulancias nunca se acercaban mucho al frente. Cuando lo hacían, los fascistas tenían la costumbre de bombardearlas, lo cual podía explicarse por el hecho de que en la guerra moderna nadie tiene escrúpulos en utilizar una ambulancia para transportar municiones.  Y entonces, a la noche siguiente, la espera en Torre Fabián para iniciar un ataque que fue suspendido en el último momento vía telégrafo. En el suelo del granero donde aguardábamos, una delgada capa de granzas cubría gran cantidad de huesos humanos y vacunos mezclados, y todo el lugar estaba invadido por las ratas. Las monstruosas bestias surgían a raudales por todas partes. Si hay algo que odio es una rata corriendo sobre mi en la oscuridad. Aquella noche tuve la satisfacción de darle a una de ellas un buen puñetazo que la mandó volando por el aire.

Y entonces, la espera de la orden de atacar a cincuenta o sesenta metros del parapeto fascista. Una larga línea de hombres agazapados en una zanja, con las bayonetas asomando por el borde y el blanco de los ojos brillando en la oscuridad. Kopp y Benjamín en cuclillas detrás de nosotros, junto a un hombre que llevaba un receptor telegráfico sin hilos a hombros. Hacia el oeste, en el horizonte occidental se veían resplandores rosados, seguidos a los pocos segundos por enormes explosiones.

Y entonces el ruido, pip—pip—pip, procedente del telégrafo y un susurro ordenando que nos retiráramos mientras todavía nos fuera posible. Lo hicimos, pero no con bastante rapidez. Doce infortunados muchachitos de la JCI (la liga juvenil del POUM, correspondiente a la JSU del PSUC), que habían estado apostados a sólo cuarenta metros del parapeto fascista, se dejaron sorprender por la aurora y no pudieron escapar. Tuvieron que yacer allí todo el día, apenas cubiertos por los matorrales, mientras los fascistas disparaban sobre ellos cada vez que se movían. Al caer la noche, siete habían muerto y los otros cinco se las ingeniaron para arrastrarse en la oscuridad hasta nuestra posición.

Y entonces, durante muchas de las mañanas siguientes, el fragor de los ataques anarquistas al otro lado de Huesca. Siempre el mismo fragor. De pronto, en algún momento de la madrugada, el estallido inicial de varias docenas de bombas que explotan simultáneamente —incluso a esa distancia, un estallido diabólico y desgarrante—, y luego el estruendo ininterrumpido de fusiles y ametralladoras, curiosamente similar al de los tambores. Poco a poco, el fuego se iría extendiendo a todos los frentes que rodeaban Huesca, y nosotros nos precipitaríamos a las trincheras para apoyarnos adormecidos contra el parapeto, mientras un fuego carente de sentido pasaba sobre nuestras cabezas.

Durante el día, los cañones tronaban a rachas. Torre Fabián, nuestra nueva cocina, fue bombardeada y parcialmente destruida. Resulta curioso que, cuando uno contempla el fuego de artillería desde una distancia segura, siempre desea que el artillero dé en el blanco, aunque éste contenga la cena propia y la de algunos camaradas. Los fascistas disparaban bien esa mañana; quizá se trataba de artilleros alemanes. Localizaron Torre Fabián con bastante precisión: un tiro pasado, un tiro corto y luego: fsss—¡BUM! Las vigas saltaron por los aires y una plancha de uralita posándose como un naipe arrojado sobre una mesa. El siguiente proyectil arrancó la esquina de un edificio tan limpiamente como podría haberlo hecho un gigante con un cuchillo. Los cocineros sirvieron la cena de manera puntual, hazaña sin duda memorable.

A medida que pasaban los días, íbamos distinguiendo las diferencias de los cañones invisibles, pero audibles. Había dos baterías de cañones rusos de 75 mm que disparaban desde nuestra retaguardia y que, de alguna manera, evocaban en mi mente la imagen de un hombre gordo golpeando una pelota de golf. Eran los primeros cañones rusos que veía o, más bien, oía. Tenían una trayectoria baja y velocidad muy alta, de modo que uno oía la explosión, el silbido y el estallido del proyectil de manera casi simultánea. Detrás de Monflorite había dos pesados cañones que disparaban pocas veces al día, con un rugido profundo y sordo semejante al aullido de distantes monstruos encadenados. En la fortaleza medieval de Monte Aragón, tomada por las tropas leales el año anterior (fortaleza que en toda su historia nunca había sido conquistada, según se decía), y que dominaba uno de los accesos a Huesca, funcionaba un pesado cañón, construido sin duda en el siglo XIX. Sus grandes proyectiles pasaban silbando con tanta lentitud que uno tenía la sensación de que podía correr a la par de ellos. Un proyectil de este cañón sonaba algo así como un ciclista que pasara pedaleando y silbando al mismo tiempo. Los morteros de trinchera, tan pequeños como eran, producían el peor ruido. Sus proyectiles son una especie de torpedo alado, de forma similar a los dardos que se arrojan en los sitios de recreo, y del tamaño de un botellín; explotan con un sonido metálico diabólico, como el de algún monstruoso globo de acero al estrellarse sobre un yunque. A veces nuestros aeroplanos sobrevolaban el lugar y soltaban esos torpedos aéreos cuyo tremendo rugido hace temblar la tierra a tres o cuatro kilómetros de distancia. Los disparos de la artillería antiaérea fascista punteaban el cielo como nubecitas en una mala acuarela, pero nunca vi que se acercaran siquiera a mil metros de un aeroplano. Cuando un avión desciende en picado y emplea su ametralladora, las descargas se perciben desde abajo como un batir de alas.

En nuestro sector no era mucho lo que ocurría. Doscientos metros a nuestra derecha, donde los fascistas se encontraban en terreno más alto, sus tiradores apostados mataron a unos cuantos de nuestros camaradas. Doscientos metros a la izquierda, en el puente sobre el río, tenía lugar una especie de duelo entre los morteros fascistas y los hombres que construían una barricada de cemento que atravesaba el puente. Los pequeños proyectiles funestos pasaban por encima —sss— crash—sss—crash— produciendo un ruido doblemente infernal cuando se estrellaban contra el camino asfaltado. A unos cien metros, se podía estar perfectamente a salvo y observar las columnas de polvo y humo negro que se elevaban como árboles mágicos. Los pobres diablos en los alrededores del puente pasaban gran parte del día ocultos en los pequeños refugios cavados cerca de la trinchera. Pero hubo menos bajas de lo que podría haberse esperado, y la barricada, una pared de cemento de medio metro de espesor, con troneras para dos ametralladoras y un pequeño cañón de campaña, fue construyéndose sin interrupciones. El cemento era reforzado con viejos armazones de cama, aparentemente el único hierro que había podido encontrarse para ese fin.


George Orwell
Homenaje a Cataluña, 1938 - Capítulo V






Primera edición de "Homage to Catalonia". Secker and Warburg, Inglaterra, 1938



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