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2636. Aub y Malraux: los distintos colores de la esperanza

Max Aub (izquierda) y André Malraux durante el rodaje de 'Sierra de Teruel'


Accésit al Premio Internacional El Correo de Euclides (2003), de artículos periodísticos sobre la figura de Max Aub (Fundación Max Aub), en conmemoración del centenario de su nacimiento.

Antoni Cisteró, el autor de este artículo ha dirigido y coordinado las “Converses a Barcelona: Max Aub, un testimoniatge del segle XX”. que se han celebrado durante el mes de noviembre del 2003, organizadas por el Institut de Cultura de Barcelona, en conmemoración del centenario del nacimiento de este prolífico escritor. Sirva este artículo de homenaje a su obra y a su pensamiento.


Febrero de 1939. Carretera de Le Perthus. Una mujer arrastra con dificultad un carrito de niño mientras con la otra mano retiene a una niña de corta edad que no cesa de llorar. Detrás de él, unos hombres, cubiertos con una manta a rayas, cargados con paquetes mal atados, blasfeman. Hace tres días que andan. Desde que dejaron el coche por falta de gasolina, cerca de La Sellera. Otros han dejado el carro, la bicicleta, las maletas, la ropa, los recuerdos, todo lo que tenían. Han perdido la esperanza, les queda el miedo. Hace rato que los italianos no los ametrallan, posiblemente a causa de la lluvia. Les esperan los Pirineos nevados y su viento helado. Como ellos, cientos, miles y miles de personas desfilan hacia un destino idéntico.

Oyen un claxon. Se apartan maquinalmente. Sólo la niña se vuelve. Grita: “¡Mira mamá!”. Un camión jadeante, cargado con la carcasa de la parte delantera de un avión hecha de contrachapado y celofán, monstruosa, esperpéntica. Por los bordes, colgando, los ojos desorbitados de una cámara cinematográfica. En la cabina, sin puertas, se acurrucan cuatro hombres. Dos de ellos: André Malraux y Max Aub. Un escritor francés, premio Goncourt y un español, secretario del Consejo Nacional del Teatro.

No han podido terminar la película que filmaban en Barcelona: Espoir-Sierra de Teruel. Malraux, ayudado por el español, quería hacerla para promover la ayuda a la República; para conseguir que la presión popular acabara con la No-Intervención. No han llegado a tiempo. La obra quedó a medio hacer. Pero no desisten. La acabarán en París, incluso después de que Franco haya anunciado el final de la guerra y a pesar de la oposición de las autoridades francesas. Los empuja una fuerza que los protege del desánimo, una fuerza que ha dado nombre a la famosa novela del francés y que también llevará la película: La Esperanza.

Nos dice el diccionario Alcover-Moll: “Esperanza: Acto de esperar, de confiar que ha de venir o suceder aquello que se desea o que se considera bueno”. ¿Pensaban así aquellos cineastas ocasionales? –fue la primera y última película de André Malraux-. ¿Qué les empujó a terminar aquel trabajo tan arduo?, ¿qué lleva a los hombres a seguir luchando más allá de cualquier vislumbre de victoria?. La coincidencia de Max Aub y André Malraux en una serie de hechos históricos y su distinta posición hacia éstos nos podrá servir para reflexionar sobre el tema.

1r. punto. El encuentro: Julio de 1936. El pueblo de Madrid acaba de rechazar el golpe fascista. Max Aub está allí, ha vivido los hechos en directo, no volverá a Valencia, donde reside, hasta unas semanas después. André Malraux, enterado del golpe y azuzado a la acción por el ministro francés del Aire, Pierre Cot y su jefe de gabinete Jean Moulin –futuro héroe de la Resistencia-, sale hacia Madrid el 22 de julio, en un avión pilotado por su amigo y futuro productor de la película, Edouard Corniglion-Molinier. Se informa de la necesidad de aviones para la República y vuelve a París el 28 para empezar a preparar inmediatamente lo que después se denominará “Escuadrilla André Malraux”. Acción; respuesta práctica; artículos en la prensa para contrarrestar la propaganda derechista que da por vencedor al bando de Franco. Meses después, en una entrevista hecha con ocasión de la aparición de su novela “L’Espoir” –base de la película que mencionamos- Malraux dirá a un periodista:

-La République vaincra. Le nouveau gouvernement est decidé a “faire la guerre”.

Y cuando el periodista, jugando con el nombre de la novela, le pregunta:


-L’Espoir?

Responderá:

-Non, la certitude[i].

La acción como respuesta a una necesidad histórica, más allá de la esperanza espontánea que puede engendrar dudas y debilidades. Ésta era la posición de quien ha sido considerado un creador de historias, de mitos que conduzcan a la acción. Malraux, el forjador de esperanzas para empujar a la sociedad hacia un fin.

Los dos hombres se encontrarán por primera vez en Madrid, presentados por José Bergamín. Aub, también hombre de acción –cultural, que no bélica- lo fundaba todo en su búsqueda de un futuro mejor, motor de la esperanza. Pero no una esperanza adquirida en sermones ajenos, no una esperanza prefabricada, surgida de mitos extraños. Él era agnóstico y eso le hacía rechazar la falsa esperanza que no surge de las propias convicciones. Decía: “Ha habido dos pueblos elegidos: el judío y el español. Ambos han querido imponer su religión al mundo. Ambos lo han esperado todo del milagro –y en el fondo sus sentimientos lo esperan todavía-. Prodigiosa esperanza... De eso morimos matando (Diarios. 17-1-41)”.

2º punto. Ganar la guerra. 1937. El país partido en dos. También la parte republicana se enfrentaba a dos caminos divergentes: la ilusión lírica –nacida del interior de cada cual- o la organización –externa- de la Apocalipsis, según las palabras de Malraux. ¿Era necesario dejarse llevar por el impulso inicial? Las masas oprimidas intuían la posibilidad de hacer reales los sueños que las habían mantenido vivas durante siglos de represión. Pero delante tenían a un ejército organizado, con ayudas internacionales –fascistas- importantes, ¿podrían ganar la guerra sólo gracias a aquel empuje, aquel entusiasmo casi suicida que paró el golpe franquista en el 36? Malraux, al mismo tiempo que manda la escuadrilla citada, escribe este año su novela L’Espoir, llena de diálogos y reflexiones sobre este dilema, el cuál se extendía por toda Europa generado por los graves conflictos bélicos y políticos. Para el autor francés, la esperanza es un asunto colectivo: “los hombres unidos a la vez por la esperanza y la acción tienen acceso, como los hombres unidos por el amor, a ámbitos a los que no tendrían acceso en solitario. El conjunto de esta escuadrilla es más noble que casi todos los que la componen[ii], pero a la vez, es necesario que alguien –y en esto difiere profundamente de Max Aub- controle, module, rectifique si es preciso, este latido en beneficio de la eficacia. El personaje de su novela que más directamente representa esta posición es Manuel –inspirado en el músico Gustavo Durán- que nos dice en el último párrafo: “Manuel escuchaba por primera vez la voz de aquello que es más grave que la sangre de los hombres, más inquietante que su presencia en la tierra; la posibilidad infinita de su destino[iii]. Introduce un elemento nuevo: el destino. Para Malraux es preciso que la esperanza encaje con el destino, es necesario que el impulso nos lleve al puerto que se considera adecuado. El hombre no siempre sabe cuál es este puerto, es necesario que alguien –el partido político en el caso histórico que nos ocupa- se lo indique y si es preciso reconduzca la esperanza. No puede matarla: el impulso se secaría, pero si puede, intenta, dirigirla. Dice en una conferencia en Madrid, durante el año 1936: “Lo que los hombres expresan mediante la palabra “cultura” está contenido en una sola idea: transformar el destino en conciencia[iv]. La cultura como medio para que la conciencia individual ande en el mismo sentido que la necesidad colectiva.

Por su parte, durante el 37, Max Aub es el agregado cultural de la embajada española en París –donde ha impulsado el Pabellón de la República en la Exposición Internacional y ha contratado y pagado a Picasso su Guernica-. De vuelta a España, ha sido una de las almas de la organización del “Congreso Internacional de escritores para la defensa de la cultura”. Trabajo, trabajo y trabajo en función de una convicción interna que se impone sobre la incertidumbre del resultado final de la guerra: “... ni desesperado ni desesperanzado, pero sí sin lograr avizorar un próximo futuro claro, fenómeno que es, por otra parte, uno de los signos de nuestro tiempo[v]. Pero reniega de la acción de los partidos –él era socialista, de cariz más liberal que el estalinismo al uso- que quieren condicionar esta pulsión interna: “Si vino la República, si he contribuido en cuanto pude a establecerla, es para gloria del espíritu, de la razón, de la verdad, de la cultura. Sin eso, ¿para qué?... Hoy, en el umbral de un tiempo nuevo, ahí tiene usted a sus correligionarios los comunistas, que igual repudian a sus padres que estarían dispuestos a abandonar su patria si su Partido se lo pidiese, que no se lo pide. Les admiro porque todavía no tienen más dios que la justicia social, es decir, algo en potencia y no tangible, como lo es lo prometido por el Vaticano –aunque fuese el otro mundo- o los Bancos. Pero a través de todos los tiempos hubo algunos hombres que sólo buscaban la verdad, la transigencia, el respeto a los demás, la decencia, la honorabilidad, soy de esos y no pienso transigir[vi], dice uno de sus personajes. De nuevo podemos ver la divergencia entre los dos amigos.

El 38, Malraux propone a Aub que colabore en la filmación de Sierra de Teruel. Éste acepta. Trabajan con todo el denuedo posible: “Un trabajo como el que hicimos sólo puede llevarse a cabo con una entrega total. Laborábamos sin reservas, sin pensar, empecinados, consagrados, aplicando los residuos mismos del ingenio, empleándonos a fondo, sin otra intención que hacer lo que fuese lo mejor posible[vii]. Aún, hasta el último momento, se podía intuir la utilidad del trabajo bien hecho: “En julio del 38, cuando empezamos a filmar, no dudábamos de la victoria; cuando pasamos la frontera creímos que la volveríamos a cruzar si no victoriosos, a luchar.”[viii], nos dice Max Aub.

3º. La derrota: Pasan la frontera a primeros de febrero del 39. Con el atrezzo que comentaba al principio. Con la voluntad de continuar. Pero ya no se respira aquel aire romántico de los inicios, aquel que hacía decir a Malraux: “esta noche cargada de una esperanza turbia y sin límites, esta noche en que cada hombre tiene algo que hacer en la tierra[ix]. El que ahora ha de hacer cada hombre es salvar el pellejo, comer, sobrevivir. Max Aub pasa muchas penalidades. Incluso el hecho de quedarse en París hasta haber terminado la película le hace perder alguna oportunidad de acceder al exilio mejicano que después tardará tres años en conseguir, tras pasar por múltiples cárceles y campos de concentración.

La terminan. Los mismos días en que hay un giro decisivo para muchos hombres y mujeres de izquierda. Nos lo explica el historiador Gérard Malgat: “Sierra de Teruel se termina a finales de junio de 1939. Se organizan algunas presentaciones privadas durante julio... El 23 de agosto, Malraux y Aub presentan el film al presidente Negrín. La proyección se realiza en el cine París, en los Campos Elíseos. Después, los dos cenan juntos y se enteran de la noticia del día: La Unión Soviética ha firmado un pacto con Alemania. “La revolución a este precio, no” comenta Malraux a Aub que comparte su punto de vista. Aub escribirá: “tanto para Malraux como para mí, un intelectual es una persona para la que los problemas políticos son problemas morales[x]. No es ya sólo la derrota bélica, sobre los espíritus se cierne también la derrota moral. La desaparición del mito que había hecho posible tantos sacrificios. El desmembramiento de la estructura ideológica que había soportado el paso de la ilusión lírica –la esperanza individual- a la organización del Apocalipsis –el objetivo colectivo que sacrifica la voluntad individual. Como consecuencia, Malraux se desentenderá totalmente de sus lazos con la Unión Soviética y, después de participar –con una intensidad sobre la que discrepan sus biógrafos- en la Resistencia francesa, será nombrado Ministro de Cultura por el general De Gaulle, de derechas y profundamente anticomunista. Max Aub, hecha la película, ve cerradas todas las puertas del exilio, siendo perseguido por los franquistas y por los alemanes a raíz de una denuncia anónima que lo califica de “comunista” –lo que no había sido nunca- y “revolucionario de acción”. Pero sostenido por su convicción interna, Max Aub seguirá empeñado en su tarea: “O la historia tiene sentido, o no lo tiene. O el hombre, por el hecho de serlo, tiende y va hacia su fin por medio del progreso o, por el contrario, las generaciones se siguen sin fin y sin fin ninguno. Creo con toda razón en lo primero, base indestructible de mi optimismo[xi].

4º. Epílogo: Han pasado los años. Max Aub, con múltiples tareas de tipo cultural –guionista de cine y radio, tipógrafo, pero por encima de todo y siempre, escritor: novelas, obras de teatro, poesía- ha seguido en su exilio mejicano. Le asquean los exiliados que, como en el caso de Malraux, han perdido la fuerza interior, y pasan el tiempo culpando a los demás del desmoronamiento. Este rechazo le servirá de argumento para uno de sus cuentos más famosos: La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco[xii]. En él, un camarero de casino, harto de oír las peleas de los exiliados españoles, se gasta todos sus ahorros para ir a España y, disfrazado de general, disparar sobre el Caudillo. Después, tranquilamente, regresa a Méjico. Pero allí constata que a pesar de haber conseguido su objetivo, los exiliados continúan con sus pendencias de café. Aub sigue empecinado, a pesar de que su experiencia lo lleva a decepcionarse de los resultados de su acción: “Yo no soy político. A mí me interesa la justicia y el buen castellano; con eso, comprenderéis, no se va muy lejos[xiii]. Intentará volver a Francia, cosa que no conseguirá por estar aún vigente (¡quince años después!) la ficha policial originada por la denuncia mencionada. Y eso a pesar de tener un amigo ministro. Max Aub nos explica que Malraux, por su lado, decía: “Lo que importa es luchar contra el destino. Vencer, conquistar”. Y añadía: “Et puis, pour le reste, on s’en fout[xiv]. Ha perdido la esperanza. Ha dejado la lucha como exigencia moral. Se ha dedicado a la “cultura” oficial –se ha de reconocer que consiguió objetivos importantes, especialmente en infraestructuras-, la creada por el progreso de los que aceptan subir a su carro. La ha “organizado”, de la misma forma que, en su época filoestalinista –no fue nunca miembro del partido- organizaba el Apocalipsis. Entretanto, Max Aub, en Méjico, escribía: “Nada duele tanto como la esperanza, cuando la esperanza pende de un hilo”. Pero tozudo, consiguió que este hilo, el hilo de la integridad moral, el hilo del convencimiento interno de estar en el camino adecuado, no se rompiera durante toda su vida, empezada ahora hace cien años.


Antoni Cisteró


______________________

[i] LACOUTURE, Jean. Malraux. Une vie dans le siècle. Éditions du Seuil. 1976. Pàg. 252
[ii] MALRAUX, André. La Esperanza. Ed. Cátedra. Madrid. 1995. pàg.383).
Nota de l’autor: He traducido los textos de Malraux y otras citas, respetando el rico castellano de Max Aub
[iii] Ibid. pàg. 551
[iv] MIRAVITLLES, Jaume. Més gent que he conegut. Destino,. Barcelona. 1981. Pàg. 180.
[v] AUB, Max. Hablo como hombre. Fundación Max Aub. Segorbe. 2002. Pág. 75
[vi] AUB, Max. Campo Abierto. Alfaguara. Madrid. 1978. Pág. 277
[vii] Sala de espera. Nº 3. Pàg. 3
[viii] Hablo como hombre. Pàg. 158.
[ix] La Esperanza. Pág. 96
[x] Présence d’André Malraux. Nº 1. Pàg. 53
[xi] Hablo como hombre. Pàg. 86
[xii] La Fundación Max Aub ha publicado el cuento, acompañado de un CD donde el propio Max Aub lo lee (2001).
[xiii] AUB, Max. La Gallina ciega. Alba Ed. Barcelona. Pàg. 202
[xiv] Sala de espera. Nº 3. Pàg. 3








2304. Malraux en España. El intelectual y su compromiso




Es un tema largamente debatido: ¿Hasta dónde debe llegar el compromiso del intelectual ante situaciones de crisis social? ¿Basta con textos bien escritos?

A mi entender, las tres estancias en España que André Malraux realizó durante la Guerra Civil son un ejemplo de cómo un intelectual relevante dio respuesta a las preguntas citadas. Nos dice el autor francés en su libro Les Noyers d’Altenburg: “L’intellectuel est celui qui pense à partir des idées et au sein des idées. C’est pourquoi il ne sait pas que l’action ne se pense pas qu’en termes d’action”. ¿Acción? ¿Qué significa “acción” en nuestros días?, ¿Podemos establecer un paralelismo con la España de 1936? Y sobre todo: ¿Cómo se da el salto de las ideas a la acción?

Porqué ahí reside el gran mérito de André Malraux. Personaje polifacético, caleidoscópico, autodidacta, escritor premiado, activista en varios frentes, compañero de viaje del comunismo, resistente al nazismo, y también ministro gaullista, a quién se deben numerosos centros culturales, museos y auditorios. Paso a analizar la evolución que, según el autor francés, debiera experimentar el intelectual (y no sólo él), frente a las situaciones de crisis, razonamiento que será la base de mi conferencia en el Instituto Francés de Madrid, el próximo día 5 de abril.


1ª ETAPA.- De la experiencia a la acción. La escuadrilla: ¿Cómo se da el salto? Malraux visita España en mayo de 1936, y luego durante los primeros días después del golpe de estado franquista. Para él no hay duda: la República necesita aviones. Pues bien, regresa a Francia y en tres semanas consigue que con dinero de la República y la anuencia del gobierno francés, una treintena de aviones pasen la frontera y, con personal técnico voluntario y contratado, estén operativos ya a mediados de agosto. El último avión llega a España el mismo día en que Francia firma el ignominioso tratado de No Intervención, que hubiera impedido su paso. Acción surgida de la constatación de los hechos. Nos dice en L’Espoir: “Dites donc, commandant, qu’est-ce qu’un homme peut faire de mieux de sa vie, selon vous ? -Transformer en conscience une expérience aussi large que possible, mon bon ami” El intelectual está especialmente indicado para tal tarea, su capacidad de análisis debe ponerse al servicio de un pueblo que sufre las circunstancias pero carece de los instrumentos para extraer causas y soluciones. Malraux percibe cómo el pueblo llano ha levantado la bandera de la ilusión y la esperanza al darse cuenta de la voluntad de la República de una mayor justicia social, proceso que en aquel momento fuerzas retrógradas están poniendo en peligro. Nos dice: Il faut tenter de donner conscience aux hommes de la grandeur qu’ils ignorent en eux.

2ª ETAPA.- La fraternidad. Congreso de Valencia. Ahora bien, de poco sirve la tarea del intelectual, incluso en el caso de que pase a la acción (por relevante que sea, como la compra de aviones), si no es compartida. El intelectual no está encerrado en su torre de marfil; como un ciudadano más, está inmerso en el mismo mar que zarandea la frágil embarcación social. Las olas de un destino que se nos quiere imponer, un destino que, aquellos días significaba volver a las vejaciones de carácter feudal de la España de siempre. Apunta Malraux en L’Espoir: “Le contraire d’être vexé c’est la fraternité”.

Su primera estancia, con la escuadrilla, termina en febrero de 1937, cuando protege la huida del pueblo republicano de Málaga. Pero se da cuenta que la acción no basta, e inicia su labor intelectual de difusión, divulgando sus experiencias en diversos países. Visita Estados Unidos y Canadá, da conferencias en Francia e inicia la redacción de L’Espoir, su última novela, en la que por un lado narra hechos vividos durante los primeros meses de guerra, y por el otro intercala reflexiones sobre el compromiso desde diversos puntos de vista.

Asimismo, participa muy activamente en la organización y desarrollo del II Cogreso de Escritores en Defensa de la Cultura, que tiene lugar en Valencia, Madrid y Barcelona, en julio de 1937. En uno de sus discursos afirma: “El espíritu no se defiende únicamente por medio de los escritores consagrados a la lucha antifascista, sino también por esos hombres que sin tener una gran cultura saben de qué lado está la justicia y la dignidad”. El intelectual y el ciudadano, unidos en su lucha por ser dueños de su destino, frente a quienes quieren imponer otro basado en la imposición y la vejación.

3ª ETAPA.- La obra de arte. Novela y película: Malraux percibe trazos comunes en las crisis de todos los tiempos. No basta con plantar cara en una circunstancia concreta, incluso si se trata de algo tan grave como un levantamiento militar y su continuación en una guerra civil. La lucha continuará más allá. Y por lo tanto, el posicionamiento del intelectual también debe perdurar. Para ello, no basta con la acción puntual, ni tan sólo con la fraternidad de los que participan de una lucha común. Es preciso transcenderlo mediante la obra de arte. Nos dice: “L’art est un anti-destin”. Y por ello, comprometido hasta el fondo con la causa republicana, publica L’Espoir, y en el verano de 1938, inicia en Barcelona el rodaje de Sierra de Teruel.

Pero las innumerables dificultades para su filmación, en plena debacle republicana, hacen que no esté terminada cuando, el 29 de enero de 1939, pasa la frontera junto a casi medio millón de ciudadanos republicanos. Pero persiste en su idea: hay que dejar una huella de lo que ha pasado: de la solidaridad del pueblo ante su destino, de las causas del ahogo de la República por parte de gobiernos timoratos, de la ayuda nazi y fascista a los golpistas… Así que continua con el montaje de la película, hasta terminarla precariamente, con 28 de las 39 escenas previstas.

Las vicisitudes del film no terminan ahí. Prohibido por las autoridades francesas, posteriormente los ocupantes nazis ordenan su destrucción. Por vericuetos insospechados, logra salvarse una copia que, finalizada la guerra, ganará el Premio Louis Delluc. He reflejado tal peripecia en mi novela: Campo de esperanza (Premio Film-Historia de la Universidad de Barcelona).

En resumen: Experiencia, Consciencia, Acción, Fraternidad y Trascendencia mediante la obra de arte: un ejemplo de la trayectoria de un intelectual comprometido con la sociedad del momento, que sigue vivo como elemento de reflexión en la actualidad donde, de nuevo, fuerzas antidemocráticas y oligarquías prepotentes intentan determinar el destino de la población mundial. Sí, el ciudadano sufre y, a lo sumo, se indigna. Pero, ¿y el intelectual?


Antoni Cistero








2196. Madrid, 2 de diciembre

Hospital de San Carlos, Madrid


Delante de la ventana, hay dos muertos. Al herido lo han tirado hacia atrás por los pies. Cinco compañeros sostienen la escalera, con sus granadas de mano junto a ellos. Una treintena de internacionales está en el cuarto piso de una casa rosada. 

Un altavoz enorme, de aquellos que transportan los camiones republicanos para la propaganda y cuya bocina los llena, grita en la tarde de invierno que ya declina: ¡Camaradas! ¡Camaradas! ¡Conservad vuestras posiciones! Los fascistas ya no tendrán municiones esta tarde: la columna Uribarri les ha hecho saltar esta mañana treinta y dos vagones. 

¡Camaradas! ¡Camaradas! Conservad… 

Los fascistas no tendrán más municiones, pero por el momento las tienen: han contraatacado y ocupan los dos primeros pisos. El tercero es neutral. Los internacionales ocupan el cuarto. 

—¡Basuras!, —grita en francés una voz que sube a través de la chimenea—. ¡Ya veréis si no tenemos bastantes municiones para reventaros!

Abajo, es el Tercio. Las chimeneas son buenos tubos acústicos. 

—¡Cochinos a diez francos diarios!, —contesta Maringaud, que se ha puesto a cuatro patas: hasta el fondo del apartamento, las balas llegan a la altura de la cabeza. Él tuvo en otra época el romanticismo de la Legión. Los refractarios, los enérgicos. Abajo tiene a la Legión española, venida a defender no sabe qué, borracha de vanidad guerrera. El mes anterior, en el Parque del Oeste, Maringaud ha atacado a la bayoneta. ¿Y cuándo el Tercio? Esa jauría adiestrada en sangre, servil a no sabe qué, le produce horror. Los internacionales son también una legión, y lo que más odian es la otra. 

Los 155 republicanos tiran sobre lo que fue el hospital. 

El apartamento, donde Maringaud y sus compañeros buscan «ángulos de tiro» entre ruidos cristalinos de vidrio roto, es el de un dentista. Una puerta está cerrada con llave. Maringaud es tan fornido que parece gordo, y tiene cejas espesas sobra una nariz chiquita en una cara de bebé de publicidad. Cuando derriban la puerta, aparece el gabinete de trabajo, un moro indolentemente tendido en el sillón de operaciones, muerto. Ayer eran los republicanos los que ocupaban la planta baja de la casa. Esta ventana es más ancha y menos alta que las otras; las balas enemigas sólo han roto hasta tres metros del suelo la vidriera del dentista. Desde allí se puede ver y tirar. 

Maringaud no tiene todavía mando: no ha hecho su servicio militar. Pero no le falta autoridad en su compañía: todos saben que era secretario de fábrica de una de las más grandes manufacturas de armas. Los italianos habían encargado allí dos mil ametralladoras destinadas a Franco; el patrón de la fábrica, fanático de armas, no las dejaba encajonar «porque no estaban a punto». Todas las noches, terminado el trabajo, una parte de la fábrica se iluminaba por encima de la ciudad, y el viejo patrón, apasionado, modificando sólo una bisagra de una máquina minúscula en su taller, ponía a punto la pieza decisiva que debía hacer de esas ametralladoras «ametralladoras que no necesito decirle cómo». Y a las cuatro de la mañana, uno después de otro, militantes obreros, siguiendo las instrucciones de Maringaud, llegaban para falsear, con algunos limazos, la pieza pacientemente elaborada. Seis semanas. Durante cuarenta noches se prosiguió en esa fábrica de armas ese combate paciente entre la pasión técnica (el patrón de Maringaud no era fascista; sus hijos si lo eran) y la solidaridad. 

Todos los de la brigada habían por experiencia que no era un trabajo inútil. 

Los compañeros de Maringaud vienen a instalarse encima de las balas. 

Esa casa, donde se combate desde hace diez días, asaltada o sitiada, es inexpugnable, salvo por la escalera donde se relevan cinco internacionales con sus granadas. La perspectiva no permite poner un cañón en batería, y en cuanto a las balas… Quedan las minas. Pero, mientras el Tercio esté abajo, la casa, incluso minada, no saltará. 

Los cañones de 155 de los republicanos continúan tirando.

La calle está vacía. En una docena de casas, se insultan por las chimeneas. A veces, un ataque, de uno o de otro lado, trata de ocupar la calle, fracasa, se retira; los centinelas, que la muerte no distrae, esperan, ociosos, detrás de las ventanas; si un infeliz periodista viniera a observar aquí, tendría de inmediato su balazo en el cuerpo. 

Hay un fusil o una ametralladora detrás de cada ventana, el altavoz cubre con sus gritos enronquecidos los insultos de la chimenea, y la calle está vacía como para la eternidad.

Pero, a la derecha, está el hospital, la mejor posición fascista del frente de Madrid. Ese sólido rascacielos, aislado en medio del césped, domina todo el barrio residencial. Desde su cuarto piso, los compañeros de Maringaud ven a los republicanos, en cada calle, a cuatro patas en el barro; y aunque no vieran el hospital, adivinarían su presencia por la altura que ningún cuerpo vivo puede sobrepasar. 

Como las casas de la calle, el hospital, cuyas ametralladoras tiran incesantemente, parece abandonado. Este rascacielos melancólico y asesino, ruina de torre babilónica, sueña como un buey entre los obuses que lo abofetean con escombros. 

Uno de los internacionales, buscando en todos los armarios, acaba de encontrar unos gemelos de teatro. 

Las granadas estallan en la escalera. Maringaud va hasta el rellano.

—No es nada —dice uno de los internacionales de guardia, en medio del estruendo de los obuses. 

El Tercio ha intentado subir una vez más.

Maringaud toma los gemelos. Visto de más cerca, el hospital cambia de color, se vuelve rojo. Debe su forma nítida únicamente a su masa: bajo cada golpe del 155 que lo bombardea, se hunde, se abolla o se achata levemente, como el hierro al rojo bajo los golpes del martillo. Sus ventanas, más visibles, le dan ahora un aspecto de colmena cuyas abejas han huido. Y sin embargo, muy lejos, en torno de ese baluarte en minas, los hombres se arrastran por las
calles lluviosas o trepan por los troles herrumbrados del tranvía. 

—¡Dios mío, Dios mío!, —grita Maringaud alzando sus fuertes brazos—. ¡Ya está, ya está! ¡Lo atacamos!… 

Están pegados unos a los otros, entre el moro muerto en su sillón de dentista y la ventana. Las manchas negras de los dinamiteros y de los lanzadores de granadas surgen de la tierra en torno al hospital, alzan los brazos, entran de nuevo en el barro, reaparecen donde estaba cinco minutos antes el rosario rojo de la dinamita y de las granadas. 

Maringaud corre hasta la chimenea, grita al Tercio: 

—¡Miren un poco lo que ocurre en el hospital, zopencos! 

Y vuelve corriendo a su lugar. Los dinamiteros están muy cerca; de la colmena hundida corre hacia las líneas fascistas todo un pueblo de insectos perseguidos por sus propias ametralladoras.

La chimenea no ha contestado. Un checo, más inclinado que los otros internacionales, el máuser al hombro, tira, tira, tira. En las casas de la otra acera desde donde son asediados, los internacionales tiran también: rozando la pared, los del Tercio huyen de la casa rosada: la casa está minada y va a estallar.

El Negus avanza en la contramina. Desde hace un mes, no cree ya en la Revolución. El Apocalipsis ha terminado. Queda la lucha contra el fascismo y el respeto del Negus por la defensa de Madrid. Hay anarquistas en el Gobierno; otros, en Barcelona, defienden ásperamente doctrina y posiciones. Durruti ha muerto. El Negus ha vivido tanto tiempo de la lucha contra la burguesía que ahora vive sin mayor trabajo de la lucha contra el fascismo: las pasiones negativas siempre han sido las suyas. Y sin embargo, eso no va ya. Oye a los suyos hacer por radio la llamada a la disciplina y envidia a los jóvenes comunistas que hablan después, y cuya vida no ha sido transformada en seis meses… Combate aquí con González, el gordo compañero con quien Pepe atacaba a los tanques italianos frente a Toledo. González es de la C.N.T., pero todo eso le es indiferente. Hay que hacer polvo a los fascistas y discutir después. «Tú comprendes —dice el Negus—, los comunistas trabajan bien. Yo puedo trabajar con ellos, pero quererlos, no. En vano echo los bofes, no hay nada que hacer…». González era minero en Asturias y el Negus obrero de los transportes en Barcelona. 

Después del lanzallamas del Alcázar, el Negus se ha refugiado en ese combate subterráneo que quiere, donde casi todo combatiente está condenado, donde sabe que morirá, y que conserva algo de individual y de romántico. Cuando el Negus no sale adelante con sus problemas, se refugia siempre en la violencia o en el sacrificio; en los dos a la vez, mejor aún.

Avanza, flaco, seguido por el gordo González, en una contramina que debe terminar un poco más lejos que la casa rosada. La tierra se vuelve cada vez más sonora: o la mina enemiga está muy cerca (pero no oye golpear), o… 

Arma una granada.

El último golpe de pico se hunde en el vacío, y el cavador se desmorona,
arrastrado por su impulso a un gran hueco profundo. La linterna eléctrica del Negus busca a su alrededor como la mano de un ciego: tinajas, altas como hombres. Un sótano. El Negus apaga y salta. Frente a él, otra linterna busca también. El que la tiene no ha visto la luz del Negus, la primera en apagarse. Un fascista. ¿Tirar? El Negus no ve al hombre. La casa rosada está casi encima de ellos. González se encuentra todavía en el pasillo. El Negus lanza su granada. 

Cuando el humo que gira sobre sí mismo a la luz de la linterna de González se disipa, dos fascistas se han hundido, la cabeza por encima de un lago pegajoso de aceite o de vino, de donde salen pedazos de vasijas enormes, y que sube, en la luz fija de la linterna eléctrica, hasta sus hombros, hasta sus bocas, hasta sus ojos. 

El contraataque republicano ha terminado: Maringaud y sus compañeros están libres. González y los suyos vuelven a la permanencia de la brigada. Hay que atravesar parte de Madrid. 

Ya se ha adquirido la costumbre del bombardeo; en cuanto los paseantes oyen un obús desaparecen por una puerta y después vuelven a seguir su camino. Acá y allá, las fumarolas que inclina un viento suave ponen en la tragedia una paz de chimeneas de pueblo a la hora de la cena. Un muerto ha caído a través de la calle, con un portafolio de abogado apretado bajo el brazo que nadie se atreve a tocar. Los cafés están abiertos. De cada estación del metro sale una población semejante a la de un asilo de noche siniestra; una población desciende por ella con colchones, toallas, carritos para niños, carretillas cargadas de batería de cocina, mesas, retratos, niños con toros de cartón; un campesino trata de empujar un asno tozudo. Desde el 21, los fascistas bombardean diariamente, en los alrededores de Salamanca, extraordinarias componendas se elaboran para colarse dentro de las casas… A veces, el montón de escombros se mueve y aparece una mano con los dedos extraordinariamente tensos, pero los niños juegan a los aviones de caza junto a los bombardeos, entre las caras agobiadas por la huida. Las mujeres vuelven a Madrid en espuertas y colchones, como las de los cuentos árabes. Un conductor de tranvía que se ha unido a los soldados para ir al servicio permanente de las brigadas, le dice a González:

—Como vida, comprendes, es vida; pero como oficio no es un oficio: sales, haces tu trabajo, llegas al final con la mitad de tu clientela, la otra se ha muerto en el camino. Te lo repito: no es un oficio…

El conductor se detiene, González se detiene, Maringaud se detiene. Todos los transeúntes se detienen o corren a refugiarse bajo las puertas: cinco Junkers, protegidos por catorce Heinkels, llegan sobre Madrid. 

—No hay que tener miedo —dice una voz—, uno se acostumbra. 

Y antes de que González y Maringaud hayan visto sea lo que fuere sobre el cielo gris de la tarde, una multitud enorme sale de los refugios, de los sótanos, de las casas, de las estaciones del metro, el cigarrillo en la boca, las herramientas o los papeles en la mano, en suéter, en chaqueta, en pijama, o cubiertas con frazadas.

—¡Son los nuestros!, —dice un civil. 

—¿Cómo lo sabes?, —pregunta González. 

—¡Me suena mejor que antes! 

Del otro lado de Madrid, por primera vez, llegan treinta y seis aviones de caza republicanos. 

Por fin llegan los aviones vendidos por la U.R.S.S. después que ésta ha denunciado la no intervención. Algunos ya han combatido en Getafe, y los aparatos reparados de los internacionales han echado folletos sobre Madrid para anunciar la reorganización de la aviación republicana; pero esas cuatro escuadrillas de nueve aviones, que llegan en losange, dirigidos por Sembrano, son, por primera vez, la guardia de Madrid.

El Junker que va a la cabeza tuerce a la derecha, tuerce a la izquierda, vacila. Las escuadrillas republicanas se precipitan a toda velocidad sobre el grupo de bombardeo. Las manos de los hombres se crispan sobre el hombro o la cadera de las mujeres. Desde todas las calles, desde todos los tejados, desde todos los orificios de los sótanos, desde todas las estaciones del metro, aquellos que hace ya dieciocho días esperan de hora en hora las bombas, miran. Por fin la escuadrilla enemiga da media vuelta hacia Getafe, y un grito de quinientas mil voces, salvaje, inhumano, liberado, sube hacia el cielo gris donde se hunden los aviones de Madrid.

Heinrich mira por la ventana, al caer la noche, la multitud de soldados separados de sus unidades que acaban de hacerse reincorporar. Ante él, el mapa donde lleva las indicaciones que le transmite Albert, pegado al teléfono, como de costumbre. Por todas partes se confirma que los fascistas, privados por el coronel Uribarri del tren con municiones, no tienen más municiones. 

—El ataque a Pozuelo y Aravaca ha sido rechazado, mi general.

Heinrich anota en el mapa las nuevas posiciones. Los pliegues de su nuca blanca parecen sonreír. 

—El ataque a Las Rozas ha sido rechazado —trasmite otro oficial de Estado Mayor. 

De nuevo el teléfono: 

—Muy bien, gracias —contesta Albert. 

El ataque a la Moncloa ha sido rechazado. 

Todos tienen ganas de congratularse. 

—¡Coñac general en el próximo éxito!, —dice Heinrich.

El Ministerio de Guerra transmite el orden de las posiciones en el receptor de Albert; las brigadas llaman por el otro aparato. 

—¡Dadme coñac!, —dice Albert—: Avanzamos en la Puerta de Hierro; la carretera de La Coruña está despejada. 

—¡Villaverde está reconquistado! 

—¡Marchamos hacia Quemada y hacia Garalito, mi general!


André Malraux
La esperanza (L’espoir), 1937










2187. Sangre de izquierda



Shade estaba en la Central: era la hora de transmitir su artículo. Los obuses caían en todo el barrio, pero aquí todos se sabían apuntados.

A las cinco y media, la Central había sido alcanzada. Ahora, golpe tras golpe, los obuses la cercaban. La habían alcanzado, después perdido, y la buscaban de nuevo. Telefonistas, empleados, periodistas, mensajeros, milicianos se sentían en el frente. Los obuses estallaban a muy cortos intervalos, como repercute el ruido del trueno. Quizá los aviones volvían de nuevo al ataque. Caía la tarde, y las nubes estaban bajas. Pero bajo todos los ruidos de las centrales telefónicas no se oía la vibración de ningún motor.

Un miliciano vino a buscar a Shade: el comandante García convocaba a los periodistas en una de las oficinas de la Central; todos los corresponsales de alguna importancia estaban allí y esperaban. ¿Por qué ahora?, —se preguntaba Shade—. Pero era costumbre de García, cuando tenía que habérselas con la prensa, de ir a donde la consideraba más expuesta.

En una de las oficinas de la antigua dirección de la Central, cuero, madera y níquel, García se hacía comunicar cada día las copias de los artículos enviados de Madrid. Se los traían en dos legajos: «Política» y «Hechos». Mientras esperaba a los corresponsales, hojeaba el segundo, cansado de ser hombre: tal era la atrocidad que todos los artículos rebosaban de ello.

PARA PARIS-SOIR: «Antes de llegar a la Central —leía—, acabo de asistir a una escena de una atroz belleza.

»Esta noche, cerca de la Puerta del Sol, han encontrado un niño de tres años que lloraba, perdido en las tinieblas. Ahora bien, una de las mujeres refugiadas en los subsuelos de la Gran Vía ignoraba qué había sido de su hijo, un niñito de la misma edad, rubio como el niño encontrado en la Puerta del Sol. Le dan la noticia.

»Corre a la casa donde guardan al niño, en la calle Montera. En la semioscuridad de una tienda con las cortinas bajas, el niño chupa un pedazo de chocolate. La madre avanza hacia él, con los brazos abiertos, pero sus ojos se agrandan, adquieren una fijeza terrible, demente. 

»No es su hijo. 

»Permanece inmóvil largos minutos. El niño perdido le sonríe. Entonces se precipita sobre él, lo estrecha en sus brazos, lo lleva pensando en el niño que no han encontrado».

«Esto no pasará», pensó García.

La tarde rojiza llenaba las ventanas con los vidrios rotos.

PARA REUTER: «Una mujer llevaba a una pequeña de dos años a la cual le faltaba la mandíbula inferior. Pero la pequeña vivía aún, con los ojos muy abiertos, y parecía preguntar con asombro quién le había hecho eso. Una mujer atravesó la calle —el niño que llevaba en brazos no tenía cabeza…».

García no ignoraba, por haberlo visto, el ademán aterrador por el cual una madre protege lo que le queda de su hijo. Hoy por hoy, ¿cuántos ademanes hay como ése?

Tres obuses lejanos estallaron sordamente como tres golpes de teatro; la puerta se abrió, los corresponsales entraron. Sobre una mesa baja, unas flores artificiales de vidrio, todavía intactas, vibraban a cada detonación. Como los vidrios estaban hechos trizas, el olor de la ciudad incendiada entraba con el humo por las dos ventanas.

—En caso de que una línea estuviera libre —dijo García—, el que la ha pedido será inmediatamente prevenido desde aquí. No ignoran ustedes que no los convoco jamás sino para comunicarles documentos. Antes de comunicarles aquel para el cual los he llamado, permítanme que les llame la atención sobre lo siguiente: desde el comienzo de la guerra hemos destruido, según los comunicados fascistas, aviones enemigos en nueve aeródromos. Es más fácil bombardear Sevilla que el aeródromo de Sevilla; ahora bien, si ha ocurrido que algunas de nuestras bombas, errando su objetivo militar, hayan herido civiles, por lo menos jamás una ciudad española ha sido sistemáticamente bombardeada por nosotros.

»Vayamos ahora al documento. Se lo leeré a ustedes. Les ruego que cada uno tome conocimiento del original. Que por lo demás nos ocuparemos de exponerlo en Londres y en París, pueden ustedes estar seguros… Es una pequeña circular dirigida a los oficiales superiores rebeldes, simplemente. Este ejemplar ha sido encontrado el 28 de julio en posesión del oficial Manuel Carrache, hecho prisionero en el frente de Guadalajara.

Una de las condiciones esenciales de la victoria consiste en quebrantar la moral de las tropas enemigas. El adversario no dispone ni de bastantes tropas ni de bastantes armas para resistir; a pesar de ello es indispensable seguir estrictamente las siguientes instrucciones:

Para ocupar el hinterland es indispensable inspirar a la población cierto horror saludable. 

Una regla se impone: todos los medios empleados deben ser espectaculares e impresionantes.

Todo lugar que se encuentra en la línea de retirada del enemigo y, de una manera general todo lugar situado detrás del frente enemigo debe considerarse como zona de ataque. A este respecto no podrá haber diferencia en que las localidades alojen o no tropas enemigas. El pánico reinante en la población civil que se encuentra en la línea de retirada del enemigo contribuye grandemente a la desmoralización de las tropas.

Las experiencias hechas en el curso de tal guerra demuestran que los daños provocados por descuido en las ambulancias y en los transportes de enemigos provocan un fuerte efecto de desmoralización en la tropa.

Después de la entrada en Madrid, los jefes de las unidades deberán instalar inmediatamente en los tejados de los edificios que dominan los distritos sospechosos, comprendiendo entré ellos los edificios públicos y los campanarios, nidos de ametralladoras que puedan dominar todas las calles adyacentes.

En caso de veleidades de resistencia de la población, se tirará inmediatamente sobre los opositores. Dado el gran número de mujeres que combaten del lado adverso, no podrá tomarse en consideración el sexo de esas militantes. Mientras más rigurosa sea nuestra actitud, el aplastamiento de toda resistencia de la población será más rápido, y más cercano el triunfo de la renovación de España.

—Agrego —dijo García— que, desde el punto de vista fascista, encuentro esas instrucciones lógicas. Mi opinión personal es que el terror forma parte de los medios empleados sistemáticamente, técnicamente, por los rebeldes, desde el primer día, y que ustedes asisten aquí al drama del cual Badajoz fue el ensayo general. Pero dejemos las opiniones personales.

Y , en tanto que los periodistas salían:

—Recibirán también la entrevista de Franco del 16 de agosto, la que comienza por: «Nunca he de bombardear Madrid: allí hay inocentes…».

Seguían cayendo obuses, pero a un kilómetro; en la Central ya no les hacían caso. 

Entró un secretario.

—¿Ha telefoneado el coronel Magnin? —preguntó García. 

—No, comandante: los internacionales combaten en Getafe. 

—¿No ha venido el teniente Scali? 

—Han telefoneado desde Alcalá: pasará hacia las diez. Pero el doctor Neubourg está aquí, comandante.

Jefe de una de las misiones de la Cruz Roja, el doctor Neubourg venía de Salamanca. García y él se habían encontrado antes en dos congresos, en Ginebra. El comandante no ignoraba que Neubourg había visto muy pocas cosas en Salamanca, pero que había visto por lo menos, y largamente, a Miguel de Unamuno. 

Franco acababa de destituir de su cargo de rector de la Universidad al más grande escritor español. Y García no ignoraba hasta qué punto el fascismo amenazaba en adelante a este hombre que había sido un ilustre defensor.


André Malraux
La esperanza (L’espoir), 1937