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2171. Así fué la defensa de Madrid. III - Acciones preliminares (3)



La lucha, el día 7 de noviembre

Se habían dado órdenes imperativas, categóricas: resistir sin ceder un paso. Lo exigía Madrid; y esto no había ocurrido hasta entonces.

Ese día, cuando se inició el ataque, aún se perdió algún terreno porque el desequilibrio de poder material y de organización lo hacía inevitable; pero ya no se cedía gratuitamente; sólo en algún lugar se era arrollado, pero no se dejaba de combatir y se luchaba con mayor vigor.

Los primeros partes llegados al comando acusaban que se combatía en todo el frente, desde Villaverde hasta Pozuelo y Boadilla. Por los agentes de enlace y los comandantes de unidad y de columna se nos informaba que la resistencia era más tenaz y que se replicaba al ataque con el contraataque, aunque no se hiciese con el orden que podía desearse. Pero se luchaba en todo el frente y aparecía clara la enérgica resolución de no dejarse aplastar.

La Brigada 3, en nuestro flanco derecho, empeñaba tímidamente sus elementos avanzados en un frente demasiado amplio y encontraba en el adversario, más que una réplica agresiva, una actitud prudente, de protección, tal vez resultante de la sorpresa motivada por aquella reacción.

Las fuerzas de la Casa de Campo habían sido arrolladas en el lindero, pero contenían la penetración en la zona del bosque.

En los suburbios el combate parecía mostrarse inicialmente de mayor intensidad, pero allí los defensores explotaban el apoyo de edificaciones.

Del conjunto de las precarias informaciones que llegaban al comando, y no obstante la confusión que imponían las noticias contradictorias, se podía sacar la impresión de que el adversario hacía el ataque rectamente sobre la ciudad, frontalmente y por las alas.

La población civil también acusaba una enérgica reacción. En la calle vibraba un nuevo espíritu y en los accesos a Madrid podían apreciarse dos manifestaciones expresivas: la erección espontánea de barricadas y el rechazo hacia el frente de los milicianos que, solos o en grupos, trataban de refugiarse en la ciudad. De este modo, al frente afluía, desde la retaguardia, la contundente expresión de la voluntad de resistir que vibraba en la ciudad.

Del lado adversario, si bien se percibía que acentuaba su presión, aún no dejaba al descubierto el ataque un eje de principal esfuerzo que visase la ruptura; parecía más bien que se trataba de derivar hacia el río la totalidad del frente de contacto.

En suma, se había cedido algún terreno, pero la resistencia había sido más enérgica y eficaz. Era indicio cierto de la intensidad de la lucha la multiplicidad de peticiones, algunas agobiantes, que llegaban de todos los sectores: armas, municiones, reservas, apoyo de Artillería y de Aviación.

A todos los lugares desde donde se reclamaban esas ayudas, especialmente refuerzos, se envió lo que se iba recuperando de la retaguardia, combatientes, cuadros y algún armamento recogido de aquí y de allá, de los cuarteles, de los centros de organización, de los pésimos milicianos que veían en la retaguardia el mejor ambiente para su guerra. En aquella búsqueda y depuración colaboró con extraordinaria eficacia la Inspección de Milicias.

Al terminar la jornada subsistía la confusión, pero se podían apreciar estas satisfactorias realidades: que las riendas de la conducción estaban en manos del Comando de la Defensa, que la moral de lucha no era ficticia, que se había perdido poco terreno y que los atacantes no habían llegado al Manzanares.


General Vicente Rojo
"Así fué la defensa de Madrid"
Capítulo  III - Acciones preliminares (3)
Asociación de Libreros de Lance de Madrid, 2006









1179. El trágico Día "D"

Frente de Madrid. Ciudad universitaria, noviembre 1936


El general Miaja y el coronel Rojo, con los ojos brillantes de júbilo, estudian minuciosamente la orden de operaciones del Cuartel General enemigo, que un venturoso azar ha puesto en sus manos.

—¡No pasarán! —exclama triunfante el defensor de Madrid después de considerar atentamente el plan de ataque del adversario.

Los rebeldes han puesto en línea ante Madrid un ejército de unos treinta o cuarenta mil hombres, distribuidos en pequeñas columnas. Sus bases de partida para el ataque son el Campamento de Ingenieros, el Campamento de Carabanchel, el pueblo de Carabanchel alto y Villaverde. La idea de la maniobra es ingeniosa y de buen estilo.

Dos de las columnas, las señaladas con los números dos y cinco, tienen la misión de atacar Madrid por el Suroeste, en dirección de los puentes de Segovia y Toledo, a las seis de la mañana del día «D». Ahora bien, la verdadera finalidad de este ataque no es otra que la de atraer engañosamente hacia este sector al grueso de las fuerzas republicanas. Se les da orden terminante de no intentar en ningún caso el paso del río y de no emplearse a fondo en una batalla que podría ser costosísima.

El verdadero ataque a Madrid lo darán las columnas número uno, tres y cuatro, que se desplazarán sigilosamente hacia el Noroeste y atravesando por sorpresa la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria, caerán sobre el corazón de Madrid. La columna número cuatro avanzará por la Casa de Campo, siempre hacia el Norte y su misión es contener los posibles ataques de las fuerzas de socorro que los republicanos hagan venir de la sierra. Cubriendo el flanco izquierdo, esta columna se abrirá camino por la Ciudad Universitaria hasta el Hospital Clínico, donde se fortificará. (Esta columna fue la única que consiguió su objetivo; llegó hasta el Hospital Clínico, y allí entre sus escombros, permanece al cabo de año y medio).

La columna número uno, protegido su flanco izquierdo por la columna anterior que le dejará paso, tiene la misión de entrar en Madrid por el Paseo de Moret y el de Rosales, la calle Marqués de Urquijo y la calle de la Princesa. Se fortificará en la Cárcel Modelo y en el cuartel del Infante don Jaime, asegurando el enlace con la columna número cuatro, instalada previamente en el Hospital Clínico y dará paso, a su vez, a la columna número tres, que ocupará la base para el ataque general sobre Madrid, formada por el Paseo de Rosales, las calles Marqués de Urquijo, Ferraz, Princesa y la Plaza de España. Al terminar la operación, esta columna habrá ocupado el Cuartel de la Montaña y tendrá dominados con sus fuegos el Palacio Nacional y la Gran Vía.

Dos columnas más, la seis y la nueve, formadas por moros del territorio del Ifni, el Tabor de la Mehal–la, los Requetés de Navarra, los voluntarios de Sevilla y Canarias y la Guardia Civil, quedan concentradas en Alcorcón, Villaverde, Getafe y Leganés, a las órdenes inmediatas del general en jefe, para acudir en el momento preciso al sitio de peligro.

Madrid está perdido si esta operación se efectúa tal y como está prevista en esta «Orden general número quince», que tiene ahora en sus manos el general Miaja.

—¡Hubiese caído en la estratagema! —exclama el defensor de Madrid con absoluta sinceridad—. ¡La finta del adversario era buena!

La maniobra de los rebeldes era realmente perfecta. Mientras las masas de los milicianos se apelotonaban en los barrios populares del Sur, para contener el simulado ataque contra los puentes de Segovia y Andalucía, el grueso de las fuerzas rebeldes, corriéndose hacia el Norte, se filtraba por la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria para caer de improviso sobre Madrid, en donde entrarían por una zona expedita formada por grandes avenidas, jardines y edificios aislados, que los milicianos serían incapaces de defender. Se daba el caso de que así como en los barrios bajos había una barricada en cada esquina, en el sector por donde se proponían entrar los rebeldes no había ni una garita. Es más: en la misma línea trazada como eje de marcha de las columnas enemigas había en aquellos momentos una extensión de doce kilómetros completamente desguarnecida, sin defensas naturales y sin la más insignificante obra de fortificación. Entrando por las alturas de la Casa de Campo, las lomas de la Ciudad Universitaria y el paseo de Rosales, los Rebeldes llegaban al centro de Madrid por un terreno llano y despejado, mientras que en la zona Sur el cauce de Manzanares constituía un foso terrible, dominado siempre por el hacinamiento de viviendas humildes de los barrios populares, cuyos moradores las defenderían una por una con aquel encono y aquel heroísmo desesperado con que los chisperos supieron defenderse contra los granaderos de Napoleón.

Con la orden de ataque del enemigo a la vista, el general Miaja va cubriendo los puntos amenazados, en los que sitúa a las escasas fuerzas con que cuenta. Los hombres disponibles son pocos. Para llevarlos al Noroeste hay que quitarlos de los sectores del Sur, donde están conteniendo difícilmente los avances enemigos. La verdad es que sobran hombres, pero faltan soldados.

Surge entonces una nueva incógnita. Es lo más probable que el mando rebelde, al advertir, como es lógico, que su plan de operaciones ha caído en poder del enemigo, se apresure a modificarlo. Esto es lo razonable. Lo que ha sido para ellos una contrariedad puede convertirse en una doble finta. Todo el arte de la guerra consiste precisamente en esto, en sacar partido en todas las situaciones y en convertir las contrariedades en ventajas. Si el mando republicano conoce el plan de ataque, tanto mejor; se modifica, se le ataca por otro sitio y se le sorprende aún más desprevenido y desconcertado de lo que estaba. Esta hubiera sido la jugada genial de los militares rebeldes. El Estado Mayor de Miaja la tenía.

Miaja escucha esta prudente advertencia de su Estado Mayor y reflexiona. En este momento culminante entran en juego, a fondo, toda su capacidad profesional, su experiencia, sus dotes psicológicas, su inteligencia, en suma. Cierra los ojos y piensa: ¿Qué capacidad de improvisación, qué agilidad mental es la de los hombres que tengo en frente? ¿Cómo reaccionan habitualmente ante un hecho inesperado? Miaja les conoce bien; ha convivido con ellos muchos años, sabe exactamente de lo que son capaces y lo que les está vedado, sus vicios y sus virtudes, su valor personal, su pereza mental… Una leve sonrisa aparece en sus labios.

—¡Todas las fuerzas al sector Noroeste! —ordena—. ¡El enemigo perecerá en el eje de marcha que él mismo se ha trazado!

En este crítico instante, ni antes ni después, se salvó Madrid.


El día «D»

Al amanecer del tercer día de la defensa de Madrid, se han acumulado en la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria todas las fuerzas que se han podido reunir. Una vez más se ha requerido a los sindicatos y sobre el frente amenazado se vuelcan pelotones y pelotones de voluntarios que por primera vez han tomado un fusil en sus manos horas antes de entrar en fuego. Los directivos sindicales van por los talleres reclutando hombres para el frente. Incluso los barberos jóvenes dejan sus tijeras y navajas para empuñar el fusil y en dos horas forman el pintoresco batallón titulado «Los Fígaros». Estos héroes insospechados dirigen al Ministerio de la Guerra una comunicación que tiene cierta grandeza espartana. Dice así textualmente: «Se ha formado el batallón de “Los Fígaros”, que ha salido para el frente, cumpliendo las órdenes de Vuecencia. Van cuatrocientos cincuenta y tres hombres y llevan cuarenta y un fusiles».

Los dependientes de comercio han organizado otro batallón que lleva el impresionante título de «Los Leones Rojos». Hasta los toreros han formado su unidad de combate.

Se advierte que antes de que amanezca el enemigo ha ido tomando las posiciones que en su orden de operaciones se señalan como punto de partida para el ataque a Madrid. Su artillería formada por dos grupos de baterías del quince y medio, dos de diez y medio y otros dos del seis y medio, rompen el fuego contra las posiciones republicanas. Según estaba previsto, el enemigo comienza atacando por los sectores del Suroeste, como si efectivamente se propusiera pasar el Manzanares por los puentes de Segovia y Andalucía. En la madrugada los milicianos han volado con dinamita el famoso puente de Segovia. El ataque por este lado sigue pareciendo inverosímil al general Miaja. Desde el cauce del Manzanares hasta el núcleo central de Madrid, por la calle de Segovia arriba, hay un desnivel de cincuenta y nueve metros, en poco más de un kilómetro. Subir por la calle de Toledo hasta la Plaza Mayor, recorriendo cerca de dos kilómetros cuesta arriba sería también una temeridad. Por eso, aunque la presión del enemigo en este sector es durísima y los milicianos temen ser arrollados allí, el general Miaja concentra toda su atención en los sectores del Oeste.

Una columna enemiga rompe, efectivamente, las tapias de la Casa de Campo y favorecida por los añosos árboles que pueblan esta antigua propiedad de la Corona, va infiltrándose en dirección de la carretera nueva de Castilla, por donde se propone bajar al Puente de los Franceses, para ganar la Ciudad Universitaria. Los milicianos oponen una tenaz resistencia; pero, paso a paso, tienen que irse replegando ante la acometividad de los marroquíes y los profesionales del Tercio.

El general Miaja, con las manos a la espalda, va y viene a lo largo del vasto salón del Ministerio de la Guerra, siguiendo minuto por minuto las fases del combate. Con acento seguro y reposado, dicta incansable sus órdenes, sin un minuto de desfallecimiento. A pesar de su ceño fruncido y del tono seco y duro de sus palabras, infunde este hombre tal sensación de seguridad, que quienes en torno suyo consideran la defensa de Madrid como una loca aventura, se olvidan de toda inquietud y sugestionados por él, se consagran ciegamente a la labor, con ese encarnizamiento y esa eficacia de quienes saben que su esfuerzo no será vano.

Los momentos llegan a ser angustiosos. Las baterías enemigas cañonean furiosamente los cruces de la carretera de Castilla, La Coruña y El Pardo. Protegidas por el fuego de su artillería, las columnas rebeldes avanzan hacia la Ciudad Universitaria. Las mejores tropas de la República, los veteranos de Líster, Galán, Barceló y Mena tienen que ir cediendo terreno.

Una punta de vanguardia rebelde, dura como el acero, perfora el frente republicano, ocupa el cerro de Garabitas, vadea el Manzanares, sobre el que tiende una pasarela y se abre camino hacia los campos de deporte de la Ciudad Universitaria.

Madrid está a punto de sucumbir.


«¡UHP! ¡UHP!»

La rotura del frente y la infiltración del enemigo en este sector, pudieron ser decisivos. Las masas de milicianos inexpertos habrían abandonado el campo en plena desbandada, si aquel mismo día no hubiese hecho su aparición en Madrid una fuerza nueva, una tropa aguerrida con la que el enemigo no contaba: la Brigada Internacional.
Fueron solo tres mil quinientos hombres. Antiguos soldados de la Gran Guerra muchos de ellos; en su mayoría comunistas alemanes de la columna Thaelman y anarquistas italianos del Batallón de Garibaldi; aquellos tres mil quinientos veteranos que sabían luchar en campo abierto, fueron los que, en la Casa de Campo, el Puente de los Franceses y la Ciudad Universitaria, se pegaron heroicamente al terreno y salvaron Madrid.

Los madrileños les habían visto cruzar horas antes por las calles, arracimados en unos camiones en los que a toda velocidad les habían traído de Albacete y de los acantonamientos próximos a Madrid, adonde habían ido concentrándose.

Con el puño en alto y gritando «¡UHP!» (Unión de Hermanos Proletarios), aquellos hombres venían de los cuatro puntos cardinales de Europa para hacer de los arrabales de Madrid la trinchera mundial de la revolución.


Manuel Chaves Nogales
La Defensa de Madrid - Capítulo 5


La Defensa de Madrid es una recopilación de dieciséis artículos periodísticos de Manuel Chaves Nogales publicados en dieciséis entregas semanales, entre el 5 de agosto y el 22 de noviembre de 1938 en la revista mexicana Sucesos para todos bajo el título Los secretos de la defensa de Madrid con ilustraciones de Juan Helguera. En 1939 fueron publicados en el diario británico Evening Standard bajo el título de The Defender of Madrid, en doce entregas, del 16 al 28 de enero.

María Isabel Cintas Guillén , tras un exhaustivo trabajo de investigación, reunió los artículos en un libro publicado en 2011, editado por Renacimiento.












1176. Madrid se salvo por un papel




Los madrileños se han puesto a levantar barricadas. Cada uno hace la suya a su gusto y según su concepto particular de la estrategia. Los vecinos de cada calle tienen a orgullo que su barricada sea la mejor de todo el barrio. Como cada cual concibe la guerra como un asunto privado y todos creen que la gran batalla para el aniquilamiento del fascismo internacional tendrá lugar a la puerta de su casa, se prescinde alegremente de toda consideración general y las barricadas cortan arbitrariamente la circulación, impidiendo el paso de camiones y retardando los movimientos de tropa y los suministros.

Hombres, mujeres y niños trabajan febrilmente levantando el adoquinado y llenando con tierra los sacos de que disponen; cuando se les acaban los sacos llenan de tierra unas bolsas de papel que han improvisado, los bidones usados, los tiestos, los pucheros, todo cuanto tienen a mano. Durante todo el día los madrileños se entregan frenéticamente a esta tarea, con una tenacidad y un apresuramiento de hormigas. Los aviadores enemigos, que observan constantemente, deben tener la sensación de que Madrid es un hormiguero súbita y colectivamente enloquecido.

Las órdenes del mando no se cumplen porque falta todavía el enlace entre la autoridad recién instalada y el pueblo rebelde. Se carece de organización y sobran, en cambio, iniciativas particulares. ¿Qué hace esa Junta de Defensa?, pregunta despectivamente en un manifiesto el comité de Casas de Vecinos. Más que de las órdenes del Mando, el pueblo se fía de los consejos de sus innumerables comités, que lanzan las más inverosímiles instrucciones para la guerra. Se aconseja al vecindario que prepare botellas con líquidos inflamables para lanzarlas desde las ventanas y balcones. Se organiza la resistencia desde los pisos entresuelos, asegurando que un tanque, en una calle, es inofensivo para quienes estén en alto. Desde las ventanas se puede destrozar a la caballería. Hay que hacer hoyos en las calles, para que los tanques caigan en ellos. Las ventanas, sobre todo, son el gran elemento de esta rudimentaria estrategia; desde una ventana —dicen textualmente las instrucciones— «se puede arrojar sobre el invasor todo lo que se quiera».

En cambio, faltan hombres y elementos para levantar racionalmente las fortificaciones de Madrid.  El general Miaja que, como comandante militar de Madrid, tenía trazado un plan de defensa que no pudo ser llevado a cabo mientras hubo gobierno, encomienda ahora los trabajos de fortificación al coronel Ardid.

Secundado por unos cuatro mil obreros del ramo de la construcción y por unas docenas de arquitectos, maestros de obras y aparejadores que sustituyen a los oficiales de ingenieros que han desertado, el coronel Ardid acomete la obra de fortificar Madrid. Se construyen unos parapetos racionales en las vías auténticamente amenazadas y se convierten en verdaderos reductos fortificados algunos edificios con positivo valor estratégico. Asegurada así en veinticuatro horas la defensa interior de Madrid, el coronel Ardid comienza en las afueras el verdadero sistema de fortificaciones que meses después ha de ser considerado por los técnicos extranjeros como perfecto en su género.

Pero no hay hombres bastantes. Al lado de los voluntarios que van a cavar trincheras y de los que se baten en ellas, siguen haciendo su vida normal muchos miles de ciudadanos que consideran todo aquello como un caso de locura colectiva y se mantienen al margen de los acontecimientos, procurando no significarse en nada que pueda hacerles víctimas de la represión si Franco consigue entrar en Madrid. Se someten dócilmente a las incomodidades y peligros de la guerra, siguen ejerciendo puntualmente sus funciones y toda su preocupación es hurtar el bulto y buscar qué comer. Los exaltados les acosan y les increpan, llamándolos fascistas. Pero no es verdad que lo sean. Ellos, los indiferentes, los inconmovibles, los que se limitan a estar en su puesto y a cumplir con su deber estrictamente, son los que han hecho posible el milagro de que la vida ciudadana continúe indefinidamente con un ritmo casi normal en medio del caos de la guerra. ¡Qué difícil es paralizar la vida de una gran ciudad! ¡Qué inercia formidable tiene el mecanismo de la urbe   moderna! Las cartas llegan a su destino, los cines y los teatros funcionan, se despachan los expedientes de viejos pleitos, se cuidan los jardines y circulan los tranvías. Se da el caso, único en el mundo, de que los milicianos de Madrid van a hacer la guerra en tranvía cuya parada es el frente mismo.

Todo el mundo sigue en su puesto. Lo que no hay es hombres bastantes para trabajar en las fortificaciones. Con los cuatro mil obreros de la construcción no basta. En un momento de peligro, el coronel Ardid dispone que doscientos hombres vayan a cavar trincheras en un lugar por donde se teme una acometida inmediata. No hay los doscientos hombres. Los improvisados oficiales de ingenieros salen del ministerio de la Guerra con los camiones vacíos. No llevan en ellos más que los picos, palas y azadones necesarios para la obra. Cada camión se coloca ante una boca del Metro, los oficiales al pie con la pistola en la mano. Llega un tren y van saliendo incautamente los viajeros, a los que, sin explicaciones, se obliga, de grado o por fuerza a subir al camión. Claman al cielo las protestas:

—¡Yo soy empleado de…!
—Al camión.
—¡Yo soy afiliado al…!
—Al camión.
—¡Yo soy hijo de…!
—Al camión.
—¡Yo soy antifascista!
—Antifascistas son los que hacen falta. ¡Al camión!

Parten los camiones con sus doscientos hombres aterrorizados y llegan hasta las avanzadas.

—Dadles coñac y a trabajar de firme. Mientras más pronto terminen más pronto volverán a sus casas.

Bajo el fuego de la artillería enemiga, aquellos pobres hombres cavan trincheras desesperadamente.

Llega otro camión con una docena de muchachos bien vestidos.

—Estos estaban jugando al póquer. Los manda el general Miaja personalmente, para que se distraigan cavando.

Merced a estos procedimientos expeditivos, se reclutan los hombres que han de ir levantando la inexpugnable línea de fortificaciones. El terror que estas medidas producen ocasiona un movimiento de contracción en la masa neutral. La siniestra fama de las cuadrillas de asesinos que en los primeros tiempos se impusieron por el terror, hace que las familias de los que son llevados a viva fuerza a trabajar en las fortificaciones, pasen horas horribles de angustia, que solo se disipa cuando, al anochecer, ven volver a su deudo, aspeado, molido, lleno de terror y con las manos destrozadas. Pero aquellos hombres han visto el frente y han sufrido el fuego de la artillería y los aviones; esto les basta para sentirse felices y solidarizados con los luchadores, cuando, al volver a sus hogares, piensan que allí, en aquellas trincheras, quedan muchos miles de hombres que han de afrontar la muerte hundidos en el barro. Es la guerra…

La segunda jornada de la defensa de Madrid ha sido durísima. La presión del enemigo se acentúa y caen hombres a docenas bajo el fuego de la artillería enemiga, que bate eficazmente las trincheras y desmonta sistemáticamente las piezas que pone en línea la República. Hay solo un hecho satisfactorio. Desde hace treinta y seis horas se lucha en el mismo sitio. Por primera vez no se ha retrocedido.

Los milicianos de Madrid resisten; aquellos hombres que horas antes no conocían el manejo del fusil, tienen ahora el cuerpo dolorido de tantos disparos como han hecho. Ateridos de frío, rendidos por la fatiga y la tensión de nervios, siguen resistiendo. Las columnas enemigas, al chocar con esta resistencia, se corren hacia su izquierda y sus tanques van abriéndoles un camino hacia la Casa de Campo.

El enemigo más terrible es el tanque. Frente al tanque el miliciano se siente impotente e indefenso. Pero en uno de estos sectores del Oeste ha surgido un hombre providencial, un héroe que pronto tendrá el rango de los hombres legendarios: Antonio Coll.

Antonio Coll era marinero  y estaba prestando servicio en el ministerio de Marina. Destacado en una posición avanzada aguanta el ataque de los tanques enemigos, agazapado en un repliegue del terreno y provisto de un cinturón cargado de bombas de mano. Cuando el artefacto enemigo está a pocos metros, el marinero Coll se endereza súbitamente y una tras otra arroja sobre él sus bombas. Vuelve de un salto a su escondite y ve cómo el tanque se detiene y de su interior comienza a salir una espesa columna de humo. Los milicianos contemplan estupefactos el milagro. ¡Los tanques no son invulnerables! El monstruo acorazado puede ser destruido por un solo hombre si tiene corazón bastante para ponerse ante él a pecho descubierto con una granada en la mano. El mito de David y Goliat revive en las trincheras republicanas y el heroísmo del marinero Antonio Coll crea una moral nueva, la mística del «antitanquista», la psicología del «cazador de tanques», el tipo de soldado mejor y más eficaz que ha tenido la República.

Antonio Coll perece acribillado por las ametralladoras de un tanque al intentar la repetición de su hazaña. Pero el mito está ya creado y de él saldrán divisiones enteras de hombres que se harán matar heroicamente por llevar dignamente el prestigio romántico de este solo título: «Cazador de tanques».


La revelación salvadora.

El general Miaja y el teniente coronel Rojo, su jefe de Estado Mayor, trabajan febrilmente para ir encuadrando las fuerzas de que disponen en una verdadera organización militar. En las avanzadas se soporta difícilmente la presión enemiga, cada vez más fuerte. ¡Si no entran será un milagro!, repite el general Miaja.

Pero este segundo día de batalla se ha producido un hecho que va a tener una influencia decisiva para Madrid; un hecho extraordinario, casi milagroso.

El comandante Trucharte, que manda uno de los batallones de carabineros destacados en las avanzadas de la carretera de Extremadura, anuncia su deseo de entrevistarse inmediatamente con el general Miaja. Este le recibe en el acto y escucha el siguiente informe:

—Durante la noche pasada, un carro de asalto enemigo, que evolucionaba audazmente, ha sido alcanzado por nuestros disparos, que le han inmovilizado a poca distancia de nuestras avanzadas. Un grupo de milicianos ha salido de sus parapetos y se ha apoderado del tanque inutilizado, encontrando en su interior los cadáveres de sus tripulantes. Uno de ellos era un comandante, precisamente el jefe de la sección de tanques del ejército nacionalista. En sus bolsillos se han encontrado varios documentos importantes y, entre ellos, uno importantísimo: la orden de ataque dada a las tropas por el general en jefe que dirige las operaciones sobre Madrid.

El general Miaja coge el documento, le pasa la vista por encima y sus manos tiemblan de emoción. El encabezamiento dice textualmente: «Orden general de operaciones número 15. En mi Cuartel General, a las diez horas del día seis de noviembre de 1936. Misión para el día “D”…».

—¿El día «D»? ¿Cuál será el día «D»?

—El día «D» puede ser mañana.

Miaja, Rojo y sus colaboradores del Estado Mayor se inclinan anhelantes sobre aquel documento revelador que les envía la providencia. Tienen en sus manos nada menos que la salvación de Madrid.


Manuel Chaves Nogales
La Defensa de Madrid - Capítulo IV



La Defensa de Madrid es una recopilación de dieciséis artículos periodísticos de Manuel Chaves Nogales publicados en dieciséis entregas semanales, entre el 5 de agosto y el 22 de noviembre de 1938 en la revista mexicana Sucesos para todos bajo el título Los secretos de la defensa de Madrid con ilustraciones de Juan Helguera. En 1939 fueron publicados en el diario británico Evening Standard bajo el título de The Defender of Madrid, en doce entregas, del 16 al 28 de enero.

María Isabel Cintas Guillén , tras un exhaustivo trabajo de investigación, reunió los artículos en un libro publicado en 2011, editado por Renacimiento.









1170. Así fué la defensa de Madrid. III - Acciones preliminares (2)

Oficina de alistamiento Casa Charra. Calle Alcalá 20 de Madrid . Noviembre 1936  (Foto:  Luis Ramón Marín)


Actividades en el Comando de la Defensa

Situémonos en el ambiente del Estado Mayor: desde la misma noche del 6 de noviembre y de acuerdo con el comandante de la plaza en la interpretación del problema, comprendimos la necesidad de no perder una sola hora en la adopción de algunas medidas de máxima urgencia. Fueron las siguientes:

1. Convocar a los jefes de las fuerzas que operaban cubriendo los ejes de penetración en Madrid, y a los jefes de organismos de retaguardia (Parque de Artillería, Abastecimientos, Sanidad, Transportes, etc.), para obtener información directa y precisa de la situación y de la disponibilidad de medios, y darles órdenes (las transmisiones funcionaban mal y se sospechaba que estaban intervenidas).

2. Informar a los combatientes y a la ciudad del cambio de mando y de los propósitos del comandante que se había designado para dirigir la defensa.

3. Poner orden en el desorden reinante en el frente y en la retaguardia.

4. Asegurar, con elementos de enlace, la relación con los mandos responsables y con las unidades que pudieran localizarse en el frente de lucha, garantizando la continuidad de esa relación mediante un sistema de transmisiones directamente controlado por el comando.

5. Dar vida a una consigna a la que unánimemente se atribuyó la máxima importancia: todos los hombres aptos para la lucha y todas las armas que poseían y se mantenían en la retaguardia, debían desplazarse al frente, porque allí estaba el deber de los primeros y el más eficaz empleo de las segundas.

6. Citación a los jefes y oficiales disponibles en Madrid para ser empleados dando una nueva estructura a la red de mandos.

7. Establecer una permanente y estrecha colaboración con cuantos organismos oficiales o privados pudieran auxiliar al mando o simplificar su libertad de determinación en la conducción de las fuerzas.

8. Resistir sin idea de repliegue. Exigir que todos mantuviesen, a través de jefes responsables, contacto permanente con el Comando de la Defensa. Asegurar enlaces laterales entre las unidades y columnas del frente de combate. Reaccionar sistemáticamente contra las infiltraciones de pequeños grupos. Intensificar las tareas de fortificación en todo el frente y esperar nuevas órdenes, que llegarían dentro de la jornada del 7, tan pronto se aclarase la situación y se estableciese un ordenamiento táctico de las tropas.

Todo ello sería tema de la orden categórica que se daría a los jefes de columna que acudieran al llamamiento indicado en el inciso 1; a los demás se les comunicaría mediante agentes de enlace antes de amanecer.

9. En razón de la manifiesta penuria de medios, recabar del mando Superior las urgentes ayudas que se consideraban indispensables y que se precisarían tan pronto se conociesen las disponibilidades reales de la defensa.

Todo lo indicado se hizoapremiantemente, o quedó prendido con alfileres para su ulterior realización, cuando las circunstancias lo hicieran posible.

Al llamamiento indicado en el inciso 6 respondieron sobradamente los jefes y oficiales disponibles, lo que permitió crear una estructura de mando que tenía estas bases de eficacia: el entendimiento recíproco, la canalización jerárquica de la función de Mando y la restauración del sentido de responsabilidad en el cumplimiento del deber militar, que comenzó a prevalecer sobre cualquier otro tipo de deberes.

La eficacia de las medidas sintetizadas no se hizo esperar, aunque la plenitud de su eficacia se produjese más tarde.

Las primeras doce horas de la defensa fueron tan críticas como fecundas. Desde los primeros cañonazos del atardecer del 6 a las primeras horas del ataque del 7 había transcurrido una noche de verdadera fiebre bélica, para aquel enfermo que era Madrid, y la espiritualidad del enfermo pasaba del máximo desaliento a la máxima exaltación. Fueron horas de extrema confusión y desconcierto; choque de unas voluntades firmes con otras huidizas, desmoralizadoras. A las 12 de la noche aún dominaban en el ambiente las ideas de evasión, afanes de eludir lo que se estimaba un aplastamiento inevitable, porque las manifestaciones de la lucha durante los días 4, 5 y 6 de noviembre habían atraído el fantasma de la derrota con todos sus implacables augurios y mostraban como luz mortecina próxima a extinguirse la del deber político, militar, nacional, humano…

Mas, si para unos era ya un deber imposible de cumplir, porque todo estaba agotado, para otros la tarea había de cumplirse hasta el sacrificio total, porque lo que se defendía no era una entelequia, sino un derecho, el de la soberanía, y un ideal, el de la libertad, encarnados en una ciudad de un millón de almas, que podía conocer, con la vergüenza de la derrota, el horror de las represalias.

A pesar de ello también era cierto que en Madrid había una crisis de moral, crisis de posibilidades, crisis de organización, crisis de disciplina y crisis de pánico. Este último se había producido en la cumbre, pero se resistía a descender hacia abajo, al llano. Había comenzado políticamente en los planos superiores afectando a toda la estructura del Estado y al trascender hacia la masa social, incomprensiblemente, según los más elementales tratados de psicología de muchedumbre, se veía frenado, primero, y rechazado, después. ¿Por qué? Tal vez porque en aquella masa ciudadana de Madrid y en aquella situación vibraban más hondamente las virtudes, era más genuino el patriotismo, más claro y firme el sentido del deber; y tal vez porque por obra de su misma ineducación, al sentirse liberado el hombre de convencionalismos, su conciencia le situaba frente a la imagen de su hogar, la urbe asaltada y los horrores con que la imaginación envolvía a esa imagen provocando en el hombre sencillo la ebullición de los sentimientos nobles que dan la verdadera calidad espiritual.

No caben aquí especulaciones literarias ni metafísicas. Sólo quiero aportar algo de luz sobre una situación y unos hechos que dejaron al descubierto esta verdad indiscutible: el gigantesco espíritu de sacrificio del hombre español, que se disponía a defender Madrid con una abnegación que no sería retórica, sino realidad candente que testimoniarían los hechos mismos.

No cabe duda alguna de que en ese complejo psicológico creado por las múltiples circunstancias, que se han ido señalando, pesaban los ideales políticos, las creencias religiosas y sociales, los intereses de unos y otros grupos involucrados en el problema, las influencias de los agitadores, las consignas, las arengas, el incesante martilleo de la prensa y la radio, las alocadas promesas de los que ofrecían mucho y nada podían dar, el temor a un mañana dramático…, pero insisto en que todo eso se vio superado por la cruda imagen de esta realidad: el hombre ante su deber de hombre, de padre, de hijo, de patriota, de ente vinculado a una empresa, cuyo significado justiciero y digno intuía hondamente, sin que apareciese la duda, pero aunque no llegara a comprenderlo ni supiese explicarlo.


General Vicente Rojo
"Así fué la defensa de Madrid"
Capítulo  II - Acciones preliminares (2)
Asociación de Libreros de Lance de Madrid, 2006










1164. Así fué la defensa de Madrid. III - Acciones preliminares (1)



La maniobra hasta el lindero de la ciudad y sus repercusiones

Fracasado el contraataque de Illescas a primeros de octubre con el cual quiso el mando del Ejército del Centro contener el ataque a Madrid batiendo a la principal columna adversaria que maniobraba teniendo como eje la carretera de Toledo, las fuerzas, replegadas con algún desorden, se reorganizaron en la línea de los Torrejones, a vanguardia de la carretera de Valdemoro a Griñón.

Los elementos más avanzados no llegaron a apoyarse en las fortificaciones que, en forma dispersa y principalmente a base de nidos de ametralladoras, se habían construido precipitadamente para que fueran ocupados por el primer escalón de la defensa de la capital.

La desorganización que se había producido en las fuerzas no les permitió afrontar los ataques incesantes y numerosos que en todo el frente y con manifiesta superioridad llevaban a cabo las columnas enemigas.

Continuó el repliegue sobre Madrid en forma ciertamente desordenada y sólo se ofrecían resistencias localizadas en algunos lugares donde actuaban unidades de moral exaltada o que estaban conducidas por jefes audaces y valerosos.

La confusión fue extraordinaria mientras nuestras tropas se hallaron en campo abierto, y sus esfuerzos resultaban baldíos, porque las pequeñas unidades que los realizaban se veían fácilmente desbordadas y en peligro de ser envueltas, en razón de la mayor aptitud maniobrera de las tropas enemigas y por ser mejor el encuadramiento y la conducción de las mismas. Nosotros, prácticamente, carecíamos de cuadros subalternos de mando.

En tales condiciones y multiplicándose la confusión prosiguió el repliegue hasta la línea Campamento de Retamares–Carabanchel Alto– Villaverde.

Tan categórico era nuestro desconcierto en el montaje y manejo del Sistema de Fuerzas (si así podía llamarse el enjambre de pequeñas unidades dispersas por el sur de Madrid) que una acción de cuña más audaz que hubiera realizado el adversario, por su mayor capacidad de maniobra y empleando más potencia en el centro, habría aclarado su situación favoreciendo la resolución del problema estratégico que se había planteado.

Sin duda le faltó información veraz o pesó en sus determinaciones la dureza de los combates habidos en la región de Talavera de la Reina; lo cierto fue que después de dichos combates, por nuestras dificultades en la conducción de la maniobra de conjunto y por el arbitrario empleo que se hacía de las pocas fuerzas organizadas de que se disponía, nuestro Mando Superior tuvo muy mal cubierto —prácticamente desguarnecido— el eje del esfuerzo principal del atacante (carretera Talavera–Maqueda–Madrid), apenas defendido durante toda una larga semana por unos cuantos centenares de hombres sin reservas.

Pasada esa crisis estimábamos por nuestra parte que en la maniobra enemiga presidían las ideas de seguridad, continuidad y articulación, más que las de audacia, sorpresa y rapidez de la acción con un mínimo de pausas. No obstante, después de la ocupación de Toledo, a medida que se reducía el frente de aplicación de la cuña de maniobra (quedó reducido a la mitad al pasar de la base de partida Bargas–San Martín de Valdeiglesias a la base Pinto–Brunete) aumentaba la potencia de sus golpes, sin que nuestro ya deshecho frente logrará reconstituirse con la mínima cohesión.

En síntesis: las unidades de milicias podían resistir esporádicamente en algunos lugares donde se imponía la energía de algunos jefes, pero esto no impedía que el conjunto fuese incesantemente arrollado y que el repliegue careciese de un mínimo de orden, aunque en la lucha se multiplicasen los actos de valor.

Por eso en muy pocos días pudo pasar a manos enemigas la importante zona de maniobras que se extendía en el espacio comprendido entre su base de partida inicial a primeros de octubre en Maqueda–Bargas y la que alcanzaron el día 6 para el asalto a la ciudad a la altura de Carabanchel.

Como ya se ha dicho, en esos mismos días el Gobierno decidió su desplazamiento a Valencia. Se había discutido en el campo político con opiniones contradictorias (y muy agrias) si procedía efectuarlo. Prevaleció la respuesta afirmativa, y los rápidos progresos de la maniobra atacante en los primeros días de noviembre obligaron a que se llevase a cabo con alguna precipitación.

Tal circunstancia provocó, primero, una crisis que deprimió la moral de la masa ciudadana y después una reacción que sería, en el orden militar, favorable a la defensa, por cuanto el pueblo madrileño comprendió la gravedad del peligro de ver asaltada su ciudad y la necesidad de consagrarse abnegadamente a su defensa.

Tal crisis se manifestaba en unos sectores en forma de exaltación patriótica, vinculada o no a sus ideales políticos, pero ahora con un significado profundamente humano; en otros se descubrían caracteres de negro pesimismo, temor, desconcierto, miedo…; los más eran víctimas de la duda, ¿era posible la resistencia o inevitable la caída?; sin embargo, la crisis era cierta y la ansiedad de saber qué iba a suceder tenía, en los más, signos de angustia.

El resultado de esa crisis dependía realmente de cómo se revelase la voluntad de acción de las masas humanas (combatiente y meramente ciudadana), es decir, de cómo se produjese la revulsión del enfermo que iba a entrar en período de coma, hacia la muerte o hacia la vida. En período de coma las probabilidades de vida son mínimas. Iguales eran, en aquellos momentos, las posibilidades de salvar la capital.

El doctor (Gobierno), al despedirse del paciente, le había recetado simplemente unos paliativos sin trascendencia curativa alguna, dejándolo en manos de Dios para que la fe y la naturaleza hiciesen lo que la ciencia rectora de la política no había sabido o podido hacer. Y fueron esa fe, a través de la moral de guerra, y esa obra de la naturaleza, a través de la voluntad (savia inextinguible en el hombre español, en sus horas difíciles), las que produjeron una exaltación de la moral, a la que contribuyeron poderosamente los dirigentes políticos, viejos y jóvenes, que voluntariamente se quedaron en Madrid conservando sin desmoralizar el espíritu de sacrificio, luchando hasta el fin, y gracias a él, y sus arengas habladas o escritas en la prensa y radio, mantuvieron encendida la pasión de lucha. Todo eso provocó la revulsión necesaria devolviendo al enfermo una vitalidad inusitada, en la que se ponía de relieve que la combatividad del hombre que se batía defendiendo ideales, bien o mal comprendidos, pero ideales al fin, no se había extinguido todavía.

Y pudo ser así porque aquellos fueron momentos en que los factores negativos que podían inclinar la balanza hacia el fracaso se mantuvieron discretamente ocultos. Algunos de ellos se han revelado después, como éste, de un autor ya citado (Zugazagoitia) que muestra crudamente el pesimismo que dominaba en algunas personas y sectores políticos de relieve. Si estos detalles no se conociesen, descritos por quienes les dieron vida, el lector difícilmente podría coordinar todos los factores de aquella crisis de moral. Dice así aquel autor:

Prieto, que hizo un rato de tertulia en nuestra redacción, no recataba su pesimismo. Estaba afligido por la suerte de la capital. La consideraba perdida…

—La noticia de la marcha del Gobierno se conocerá mañana y no habrá quien no crea que se trata de una fuga. El silencio de que se ha rodeado el traslado le da esa apariencia de deserción. En la guerra, las previsiones son inexcusables y es equivocado esperar el último momento, porque en la precipitación se hacen mal las cosas que importa mucho que se hagan bien. ¿Usted qué piensa hacer? 

—Quedarme —le respondí—. Nuestro periódico no puede dejar de publicarse. Una suspensión en estas circunstancias supondría el acabamiento de nuestro partido. Además, que las cosas que hayan de suceder no irán tan rápidas como para que necesitemos salir esta misma noche a uña de caballo. 

—Mañana ni pasado, en efecto, no creo que suceda nada; pero al siguiente día, no se haga Ud. ilusiones, las tropas de Franco estarán en la Puerta del Sol. 

—¿De verdad cree Ud. eso que dice? 

—Sí, de verdad. ¿Piensa Ud. otra cosa? Lo que le he dicho. Dentro de tres días estarán en la Puerta del Sol…

Y poco más adelante perfila el autor el pesimismo que flotaba en el ambiente madrileño, poniendo en boca del cronista de guerra de su diario —que se justificaba por no poder enviarle material publicaba— las siguientes palabras:

—Aquí no se entiende nadie. Esto es una casa de orates furiosos. No quiera saber lo que se dice del Gobierno. Da miedo andar por los pasillos (se refiere al Ministerio de la Guerra). Todo el mundo se va y los que se quedan ¡qué caras tienen! No se incomode conmigo si no le mando nada. Es que no puedo. Materialmente no puedo (…). Si tenemos que levantar el campo lo sabremos los primeros; que eso no le dé cuidado. A cualquier hora del día o de la noche sabrá si tiene que hacer la maleta. Es bueno que siempre tenga un coche dispuesto y las pistolas para defenderlo en la carretera.

La crisis que acabamos de exponer no podía percibirla el adversario, pero por su proceder parece que la intuía. Lo que no podía sospechar ni intuir era la mutación que simultánea e insensiblemente se estaba produciendo en la masa combatiente, ajena a aquel derrotismo.

Pensando con la lógica en la mano, nuestros adversarios veían fácil, llana, rápida la culminación de su obra entrando en Madrid, pues era natural que así lo estimasen después de la experiencia de un mes de operaciones victoriosas y, especialmente, por los resultados que habían obtenido los últimos cuatro días. De aquí que, paralelamente a la elaboración de su Orden de Operaciones para la maniobra de ataque, otros organismos ajenos al Mando Militar redactasen el programa de festejos con que se había de celebrar tan gran acontecimiento, tanto en Madrid como en toda España.

Esperaban como suceso natural y fulminante el derrumbamiento de la moral de su adversario. Pero la verdad, al otro lado del Manzanares, era que la moral se exaltaba de manera pocas veces igualada.

Este hecho, concebido por pocos, provocado no se sabe por quién, pero alentado por innumerables hombres y mujeres de acción, sin distinción de clases ni de matices políticos, y vivificado por la voluntad de cientos de miles de españoles, entre los que naturalmente no contaban los que se habían marchado a Valencia, hizo variar en el curso de media jornada el panorama de la lucha.

Ésta sería una sorpresa para Madrid, para los propios combatientes y especialmente para el adversario: en el orden técnico, fríamente considerado, resulta de difícil explicación. Trataremos de hallarla en este estudio. Por ahora, para comprender lo que ha de venir, sí cabe afirmar de manera categórica que los inmutables principios del arte de la guerra, la voluntad de vencer, la acción de conjunto y la sorpresa, que hasta el comienzo de la batalla de Madrid, «habían brillado por su ausencia» (ausencia que explicaba los reveses), iban a mostrarse a ella con la plenitud de su poder y de su eficacia. He ahí cómo la más breve y confusa de las etapas que dan estructura a dicha batalla iba a resultar la de máxima trascendencia tanto en el orden espiritual como en el material.


General Vicente Rojo
"Así fué la defensa de Madrid"
Capítulo  II - Acciones preliminares (1)
Asociación de Libreros de Lance de Madrid, 2006