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2820. ¡Conciencia!

Albert Camus en la redacción de Combat en 1944. A la derecha, con uniforme, André Malraux


No habrá Europa en tanto que haya Franco; tal es, al menos, mi opinión. Porque no hay unidad posible allí donde la conciencia está desgarrada. Y gran ofensa a la conciencia europea es el mantenimiento de una dictadura ilegal y sangrienta por las mismas naciones que pretendían y pretenden todavía luchar contra las dictaduras.

Los Estados Unidos quieren oponerse al comunismo sosteniendo a Franco. Pero todos los que conocen España saben que el comunismo nunca ha tenido en ella ninguna posibilidad real. El país de la sensualidad y del orgullo no podía acoger profundamente una doctrina en que la razón es deificada y el individuo sometido al proceso histórico. Desde hace tiempo, sin embargo, el mantenimiento cínico de Franco y el trastorno que su impunidad ha producido en las conciencias ha permitido que el comunismo tenga una posibilidad en España: esta se llama “State-Department”.

Por lo demás, para quien no nos ocupamos de estrategia, el problema se plantea de otra manera. Si no hay libertad no hay porvenir ni reposo posibles para cierto número de europeos, entre los que me cuento, en tanto que el más orgulloso de los pueblos sea mantenido en esclavitud y en tanto que el honor se concierta es escarnio en la misma tierra en que ha nacido.


Albert Camus
España Libre, 1944









2664. Hiroshima





El mundo es lo que es, es decir, poca cosa. Es lo que desde ayer todos sabemos gracias al formidable concierto que la radio, los diarios y las agencias noticiosas acaban de desencadenar con respecto a la bomba atómica. En efecto, nos enteramos, en medio de una multitud de comentarios entusiastas, que cualquier ciudad de mediana importancia puede ser totalmente arrasada por una bomba del tamaño de una pelota de fútbol. Los diarios norteamericanos, ingleses y franceses se extienden en elegantes disertaciones sobre el porvenir, el pasado, los inventores, el costo, la vocación pacífica y los efectos bélicos, las consecuencias políticas y aun la índole independiente de la bomba atómica. En resumen, la civilización mecánica acaba de alcanzar su último grado de salvajismo. Será preciso elegir en un futuro más o menos cercano entre el suicidio colectivo o la utilización inteligente de las conquistas científicas.

Mientras tanto, es lícito pensar que hay cierta indecencia en celebrar así un descubrimiento que se pone, primeramente, al servicio de la más formidable furia destructora de que el hombre haya dado pruebas desde siglos. Nadie, sin duda, a menos que sea un idealista impenitente, se asombrará de que, en un mundo entregado a todos los desgarramientos de la violencia, incapaz de ningún control, indiferente a la justicia y a la sencilla felicidad de los hombres, la ciencia se consagre al crimen organizado.

Estos descubrimientos deben ser registrados, comentados según lo que son, anunciados al mundo para que el hombre tenga una idea precisa de su destino. Pero rodear estas terribles revelaciones de una literatura pintoresca o humorística, no es soportable.

Ya se respiraba con dificultad en un mundo torturado. Y he aquí que se nos ofrece una nueva angustia, que tiene todas las posibilidades de ser definitiva. Sin duda se le brinda al hombre su última posibilidad. La bomba atómica puede servir, en rigor, para una edición especial. Pero debiera ser, con toda seguridad, motivo de algunas reflexiones y de mucho silencio.

Además, hay otras razones para acoger con reserva la novela de ciencia ficción que los diarios nos ofrecen. Cuando se ve al redactor diplomático de la Agencia Reuter anunciar que esta invención vuelve caducos los tratados e incluso las decisiones de Postdam, señalar que es indiferente que los rusos estén en Koenigsberg o los turcos en los Dardanelos, no se puede evitar atribuirle a tal concierto intenciones bastante ajenas al desinterés científico.

Entiéndase bien. Si los japoneses capitulan después de la destrucción de Hiroshima y por efectos de la intimación, nos alegramos. Pero nos rehusamos a sacar de tan grave noticia otra conclusión que no sea la decisión de abogar más enérgicamente aún en favor de una verdadera sociedad internacional, en la que las grandes potencias no tengan derechos superiores a los de las pequeñas y medianas naciones, en que la guerra, azote hecho definitivo por el solo efecto de la inteligencia humana, no dependa más de los apetitos o de las doctrinas de tal o cual estado.

Ante las perspectivas aterradoras que se abren a la humanidad, percibimos aún mejor que la paz es la única lucha que vale la pena entablar. No es ya un ruego, sino una orden que debe subir de los pueblos hacia los gobiernos, la orden de elegir definitivamente entre el infierno y la razón.


Albert Camus

Combat, 8 de agosto de 1945










2222. España continúa siendo para nosotros una herida

Albert Camus
(Dréan, Argelia, 7 de noviembre de 1913 - Villeblevin, Francia, 4 de enero de 1960)


Quedo un poco sorprendido, pues Camus en persona está frente a mí con el teléfono en la mano. Fino, el rostro alargado, los cabellos en desorden y la mirada de una extraordinaria vivacidad en este París de las grandes distancias y de la vida complicada.

Es posible que sea esta vida misma la que ha impregnado a Camus, pues no son sólo sus ojos luminosos, sino también su sonrisa, sus mismas frases y sus manos, siempre en movimiento.

Camus ha tenido una juventud difícil. Para hacer sus estudios ha trabajado en las más diversas profesiones: vendedor de accesorios de auto, comisionista marítimo, burócrata y actor, hasta llegar a su condición actual. Como tal ha viajado mucho.

Una vida así bastaría para dar personalidad a un hombre, si no llevara en sí su propia luz.

Camus ha sido, además, una de las figuras representativas de la Resistencia de Francia.

Como puede ser considerado camarada por todos los españoles, y todos los que sufren al otro lado de los Pirineos pueden llamarle su defensor. Es lo uno y lo otro, con toda cordialidad, con una magnifica espontaneidad, sin la menor afectación.

Los problemas de España son para él problemas propios.

– Esto no es nada extraordinario -nos declara-, mi madre es española, de Baleares.

Camus conoce nuestro idioma, nuestros autores, nuestros grandes problemas de emigrados.

Hay muy pocas publicaciones sobre España que, de lejos o de cerca no están más o menos inspiradas por Camus. Es incansable para hablar y escribir en favor nuestro. A pesar de sus actividades aún le queda tiempo y amor para ayudarnos y preparar la edición de nuestros grandes poetas y escritores.

Camus no es solamente un gran escritor que ha triunfado, sino un gran escritor en toda la línea. Calígula es la obra teatral que más puede impresionar a un público. El Extranjero es uno de los libros que más hacen pensar en nuestros profundos problemas sicológicos. El Mito de Sísifo es uno de los ensayos que más pueden iluminarnos sobre los problemas del hombre.

Pero la gran obra de Camus es su cordialidad, nacida, como toda obra de arte, de la comunidad de sentimientos con los hombres. Por ello nuestra charla ha sido extensa y provechosa. Camus, que no es un optimista ve nuestras cosas con una clarividencia que asombra.

– Desde hace nueve años los hombres de mi generación viven la vida de España. Es como una herida que no se cierra. Por España hemos aprendido que puede tenerse toda la razón y ser vencidos. Por ello la guerra de España fue nuestra guerra, pues fue una guerra por la libertad.

Camus se expresa con frases tajante que sus manos subrayan como signos de admiración:

– Aunque muchas de las crueldades de Franco nos hayan llegado a parecer como cosas naturales, después de lo que hemos visto y sufrido los franceses, hay, además, el espectáculo de una justicia sin reparación, el de la pasión de todo un pueblo. Por esto España continua  siendo para nosotros una herida sangrante que nos recuerda nuestra equivocación cuando pensamos que la guerra ha terminado, como nos equivocábamos en 1936 al no querer ver que la verdadera guerra comenzaba entonces.

– En lo que hace referencia a España nuestra indiferencia sería menos reprobable si tuviéramos la conciencia más tranquila. Franco mató a García Lorca, pero Francia dejó morir a Machado a la salida de un campo de concentración. Hasta que esa gran injusticia sea reparada los que hemos sufrido tanto por el asesinato de García Lorca y la muerte de Machado, no podremos recobrar la paz.

– Evidentemente tengo razones personales para esto. España es mi segunda patria por la sangre, pues mi madre es española. En esta Europa avara, en este París en que la pasión es  tenida por una idea ridícula, la mitad de mi sangre sufre por el exilio de la ha sido impuesto desde hace siete años y aspira a recobrar la sola tierra donde me siento plenamente yo mismo, el único país que sabe vivir una existencia superior al amor de vivir, a la desesperación de vivir.

– Pero no es por reacción personal por lo que España me interesa. Toda la inteligencia de Europa se interesa por España. Parece que Europa se da cuenta de que ese país está en posesión del secreto de una gran aspiración que se esfuerza por alcanzar a través de sus guerras y de sus revoluciones.

– ¿Qué sería de la prestigiosa Europa sin la pobre España? Las síntesis y las fórmulas que el Occidente trata de descubrir, desgarrándose. España las produce sin esfuerzo, pero no puede comunicarlas sin el drama de sus insurrecciones. Patria de las sublevaciones, sus grandes obras son grandes gritos desesperados hacia lo imposible. Cada una de sus obras acusa al mundo tanto como la glorifica.

– Pero el mundo, que no puede prescindir de España, la ignora de tal manera que apenas si queda lugar para el asombro. ¿Cómo aceptaríamos, si no el recibir de España solamente lo grotesco? Además, no solamente soportamos lo que es grotesco, sino que firmamos con ella tratados comerciales.

Camus sigue hablando con frases sincopadas. En este momento nos recuerda cuando hace poco tiempo lanzaba sus anatemas a los franceses que cambiaban su horror por algunos kilos de naranjas.

– Las gentes realistas nos dicen que eso no nos importa que no es cosa nuestra, que la democracia consiste en no ocuparse de los otros. Pues, bien, ¡no! Nosotros hemos aprendido que la democracia no tiene fronteras y conocemos mejor que ellos las realidades por las cuales hemos combatido. Hemos combatido para que los hombres libres puedan mirarse sin avergonzarse, para que cada uno pueda ser feliz, sin verse forzado a llevar la pesada carga de la humillación de los otros. ¿Qué hombre podrá sentirse libre mientras que esa tierra de libertad que es España continúe sojuzgada por la arbitrariedad?

– La libertad ha de ser para todos o para nadie. Cada vez que en cualquier parte del mundo se le carga a un hombre de cadenas, nos sentimos nosotros un poco encadenados.

– ¿El porvenir? No lo veo sonriente, pero lo veo seguro. España será libre. ¿Y, entretanto? Entretanto hay que demostrar, sobre todo a los americanos y a los realistas de todos los países que el único orden posible en España es el orden suyo, el orden republicano: y que la sola forma de terminar con los extremismos que les asustan tanto, es que en España y en otros países las gentes puedan ocuparse de su propia felicidad en lugar de acumular el odio y el rencor contra sus gobiernos fascistas y contra los que los toleran. Quiero, simplemente, volver a España, donde me sentiría en mi propia casa más que en parte alguna, pero adonde no iré hasta que el dominio de Franco haya desaparecido.

Evidentemente Camus puede tener la seguridad de que cuando Franco haya desaparecido de España los españoles que tanto le amamos haremos lo necesario para que se encuentre “como en su casa”. Y esto lo comprende él muy bien.


P.E.
España Republicana, 29 de diciembre de 1945









2.200. Albert Camus. Discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura



Al recibir la distinción con que ha querido honrarme su libre Academia, mi gratitud es más profunda cuando evalúo hasta qué punto esa recompensa sobrepasa mis méritos personales. Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se reconozca lo que es o quiere ser. Yo también lo deseo. Pero al conocer su decisión me fue imposible no comparar su resonancia con lo que realmente soy. ¿Cómo un hombre, casi joven todavía, rico sólo por sus dudas, con una obra apenas desarrollada, habituado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad, podría recibir, sin una especie de pánico, un galardón que le coloca de pronto, y solo, a plena luz? ¿Con qué ánimo podía recibir ese honor al tiempo que, en tantos sitios, otros escritores, algunos de los más grandes, están reducidos al silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natal conoce una desdicha incesante?

He sentido esa inquietud, y ese malestar. Para recobrar mi paz interior me ha sido necesario ponerme de acuerdo con un destino demasiado generoso. Y como era imposible igualarme a él con el único apoyo de mis méritos, no he hallado nada mejor, para ayudarme, que lo que me ha sostenido a lo largo de mi vida y en las circunstancias más opuestas: la idea que me he forjado de mi arte y de la misión del escritor. Permitanme, aunque sólo sea en prueba de reconocimiento y amistad, que les diga, lo más sencillamente posible, cuál es esa idea.

Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de cualquier cosa. Por el contrario, si me es necesario es porque no me separa de nadie, y me permite vivir, tal como soy, a la par de todos. A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. Obliga, pues, al artista a no aislarse; le somete a la verdad, a la más humilde y más universal. Y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia más que confesando su semejanza con todos.

El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo hacia los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso, los verdadero artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si han de tomar partido en este mundo, sólo puede ser por una sociedad en la que, según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual.

Por lo mismo el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si en ello consiente. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones, en el otro extremo del mundo, basta para sacar al escritor de su soledad,  por lo menos, cada vez que logre, entre los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trate de recogerlo y reemplazarlo, para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte.

Nadie es lo bastante grande para semejante vocación. Sin embargo,  en todas las circunstancias de su vida, obscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre para poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificará sólo a condición de que acepte, tanto como pueda, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio a la verdad, y el servicio a la libertad. Y puesto que su vocación consiste en reunir al mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira ni a la servidumbre porque, donde reinan,  crece el aislamiento. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia ante la opresión.

Durante más de veinte años de historia demencial, perdido sin remedio, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento hondo de que escribir es hoy un honor, porque ese acto obliga, y obliga a algo más que a escribir. Me obligaba, especialmente, tal como yo era y con arreglo a mis fuerzas, a compartir, con todos los que vivían mi misma historia, la desventura y la esperanza. Esos hombres nacidos al comienzo de la primera guerra mundial, que tenían veinte años  en la época de instaurarse, a la vez, el poder hitleriano y los primeros procesos revolucionarios, Y que para completar su educación se vieron enfrentados a la guerra de España, a la segunda guerra mundial,  al universo de los campos de concentración, a la Europa de la tortura y de las prisiones, se ven hoy obligados a orientar a sus hijos y a sus obras en un mundo amenazado de destrucción nuclear. Supongo que nadie pretenderá pedirles que sean optimistas. Hasta llego a pensar que debemos ser comprensivos, sin dejar de luchar contra ellos, con el error de los que, por un exceso de desesperación han reivindicado el derecho al deshonor y se han lanzado a los nihilismos de la época. Pero sucede que la mayoría de entre nosotros, en mi país y en el mundo entero, han rechazado el nihilismo y se consagran a la conquista de una legitimidad.

Les ha sido preciso forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos, a fin de nacer una segunda vez y luchar luego, a cara descubierta, contra el instinto de muerte que se agita en nuestra historia.

Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sábe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida —en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión—, esa generación ha debido, en si misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que se corre el riesgo de que nuestros grandes inquisidores establecezcan para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la Alianza.

No es seguro que esta generación pueda al fin cumplir esa labor inmensa, pero lo cierto es que, por doquier en el mundo, tiene ya hecha, y la mantiene, su doble apuesta en favor de la verdad y de la libertad y que, llegado el momento, sabe morir sin odio por ella. Es esta generación la que debe ser saludada y alentada dondequiera que se halle y, sobre todo, donde se sacrifica. En ella, seguro de vuestra profunda aprobación, quisiera yo declinar hoy el honor que acabais de hacerme.

Al mismo tiempo, después de expresar la nobleza del oficio de escribir, querría yo situar al escritor en su verdadero lugar, sin otros títulos que los que comparte con sus compañeros, de lucha, vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado de justicia, realizando su obra sin vergüenza ni orgullo, a la vista de todos; atento siempre al dolor y a la belleza; consagrado en fin, a sacar de su ser complejo las creaciones que intenta levantar, obstinadamente, entre el movimiento destructor de la historia.

¿Quién, después de eso, podrá esperar que él presente soluciones ya hechas, y bellas lecciones de moral? La verdad es misteriosa, huidiza, y siempre hay que tratar de conquistarla. La libertad es peligrosa, tan dura de vivir, como exaltante. Debemos avanzar hacia esos dos fines, penosa pero resueltamente, descontando por anticipado nuestros desfallecimientos a lo largo de tan dilatado camino. ¿Qué escritor osaría, en conciencia, proclamarse orgulloso apóstol de virtud? En cuanto a mi, necesito decir una vez más que no soy nada de eso. Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha de ser, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, indudablemente ella me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y también a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad, y por la esperanza de volverlos a vivir.

Reducido así a lo que realmente soy, a mis verdaderos limites, a mis dudas y también a mi difícil fe,  me siento más libre para destacar, al concluir, la magnitud y generosidad de la distinción que acabais de hacerme. Más libre también para decir que quisiera recibirla como homenaje rendido a todos los que, participando el mismo combate, no han recibido privilegio alguno y sí, en cambio, han conocido desgracias y persecuciones. Sólo me  falta dar las gracias, desde el fondo de mi corazón, y hacer públicamente, en señal personal  de gratitud, la misma y vieja promesa de fidelidad que cada verdadero artista se hace a si mismo, silenciosamente, todos los días.


Albert Camus
Estocolmo, 10 de diciembre de 1957



Texto original, en francés

En recevant la distinction dont votre libre Académie a bien voulu m’honorer, ma gratitude était d’autant plus profonde que je mesurais à quel point cette récompense dépassait mes mérites personnels. Tout homme et, à plus forte raison, tout artiste, désire être reconnu. Je le désire aussi. Mais il ne m’a pas été possible d’apprendre votre décision sans comparer son retentissement à ce que je suis réellement. Comment un homme presque jeune, riche de ses seuls doutes et d’une œuvre encore en chantier, habitué à vivre dans la solitude du travail ou dans les retraites de l’amitié, n’aurait-il pas appris avec une sorte de panique un arrêt qui le portait d’un coup, seul et réduit à lui-même, au centre d’une lumière crue ? De quel cœur aussi pouvait-il recevoir cet honneur à l’heure où, en Europe, d’autres écrivains, parmi les plus grands, sont réduits au silence, et dans le temps même où sa terre natale connaît un malheur incessant ?

J’ai connu ce désarroi et ce trouble intérieur. Pour retrouver la paix, il m’a fallu, en somme, me mettre en règle avec un sort trop généreux. Et, puisque je ne pouvais m’égaler à lui en m’appuyant sur mes seuls mérites, je n’ai rien trouvé d’autre pour m’aider que ce qui m’a soutenu tout au long de ma vie, et dans les circonstances les plus contraires : l’idée que je me fais de mon art et du rôle de l’écrivain. Permettez seulement que, dans un sentiment de reconnaissance et d’amitié, je vous dise, aussi simplement que je le pourrai, quelle est cette idée.

Je ne puis vivre personnellement sans mon art. Mais je n’ai jamais placé cet art au-dessus de tout. S’il m’est nécessaire au contraire, c’est qu’il ne se sépare de personne et me permet de vivre, tel que je suis, au niveau de tous. L’art n’est pas à mes yeux une réjouissance solitaire. Il est un moyen d’émouvoir le plus grand nombre d’hommes en leur offrant une image privilégiée des souffrances et des joies communes. Il oblige donc l’artiste à ne pas se séparer ; il le soumet à la vérité la plus humble et la plus universelle. Et celui qui, souvent, a choisi son destin d’artiste parce qu’il se sentait différent apprend bien vite qu’il ne nourrira son art, et sa différence, qu’en avouant sa ressemblance avec tous. L’artiste se forge dans cet aller retour perpétuel de lui aux autres, à mi-chemin de la beauté dont il ne peut se passer et de la communauté à laquelle il ne peut s’arracher. C’est pourquoi les vrais artistes ne méprisent rien ; ils s’obligent à comprendre au lieu de juger. Et s’ils ont un parti à prendre en ce monde ce ne peut être que celui d’une société où, selon le grand mot de Nietzsche, ne règnera plus le juge, mais le créateur, qu’il soit travailleur ou intellectuel.

Le rôle de l’écrivain, du même coup, ne se sépare pas de devoirs difficiles. Par définition, il ne peut se mettre aujourd’hui au service de ceux qui font l’histoire : il est au service de ceux qui la subissent. Ou sinon, le voici seul et privé de son art. Toutes les armées de la tyrannie avec leurs millions d’hommes ne l’enlèveront pas à la solitude, même et surtout s’il consent à prendre leur pas. Mais le silence d’un prisonnier inconnu, abandonné aux humiliations à l’autre bout du monde, suffit à retirer l’écrivain de l’exil chaque fois, du moins, qu’il parvient, au milieu des privilèges de la liberté, à ne pas oublier ce silence, et à le relayer pour le faire retentir par les moyens de l’art.

Aucun de nous n’est assez grand pour une pareille vocation. Mais dans toutes les circonstances de sa vie, obscur ou provisoirement célèbre, jeté dans les fers de la tyrannie ou libre pour un temps de s’exprimer, l’écrivain peut retrouver le sentiment d’une communauté vivante qui le justifiera, à la seule condition qu’il accepte, autant qu’il peut, les deux charges qui font la grandeur de son métier : le service de la vérité et celui de la liberté. Puisque sa vocation est de réunir le plus grand nombre d’hommes possible, elle ne peut s’accommoder du mensonge et de la servitude qui, là où ils règnent, font proliférer les solitudes. Quelles que soient nos infirmités personnelles, la noblesse de notre métier s’enracinera toujours dans deux engagements difficiles à maintenir : le refus de mentir sur ce que l’on sait et la résistance à l’oppression.

Pendant plus de vingt ans d’une histoire démentielle, perdu sans secours, comme tous les hommes de mon âge, dans les convulsions du temps, j’ai été soutenu ainsi : par le sentiment obscur qu’écrire était aujourd’hui un honneur, parce que cet acte obligeait, et obligeait à ne pas écrire seulement. Il m’obligeait particulièrement à porter, tel que j’étais et selon mes forces, avec tous ceux qui vivaient la même histoire, le malheur et l’espérance que nous partagions. Ces hommes, nés au début de la première guerre mondiale, qui ont eu vingt ans au moment où s’installaient à la fois le pouvoir hitlérien et les premiers procès révolutionnaires, qui furent confrontés ensuite, pour parfaire leur éducation, à la guerre d’Espagne, à la deuxième guerre mondiale, à l’univers concentrationnaire, à l’Europe de la torture et des prisons, doivent aujourd’hui élever leurs fils et leurs œuvres dans un monde menacé de destruction nucléaire. Personne, je suppose, ne peut leur demander d’être optimistes. Et je suis même d’avis que nous devons comprendre, sans cesser de lutter contre eux, l’erreur de ceux qui, par une surenchère de désespoir, ont revendiqué le droit au déshonneur, et se sont rués dans les nihilismes de l’époque. Mais il reste que la plupart d’entre nous, dans mon pays et en Europe, ont refusé ce nihilisme et se sont mis à la recherche d’une légitimité. Il leur a fallu se forger un art de vivre par temps de catastrophe, pour naître une seconde fois, et lutter ensuite, à visage découvert, contre l’instinct de mort à l’œuvre dans notre histoire.

Chaque génération, sans doute, se croit vouée à refaire le monde. La mienne sait pourtant qu’elle ne le refera pas. Mais sa tâche est peut-être plus grande. Elle consiste à empêcher que le monde se défasse. Héritière d’une histoire corrompue où se mêlent les révolutions déchues, les techniques devenues folles, les dieux morts et les idéologies exténuées, où de médiocres pouvoirs peuvent aujourd’hui tout détruire mais ne savent plus convaincre, où l’intelligence s’est abaissée jusqu’à se faire la servante de la haine et de l’oppression, cette génération a dû, en elle-même et autour d’elle, restaurer, à partir de ses seules négations, un peu de ce qui fait la dignité de vivre et de mourir. Devant un monde menacé de désintégration, où nos grands inquisiteurs risquent d’établir pour toujours les royaumes de la mort, elle sait qu’elle devrait, dans une sorte de course folle contre la montre, restaurer entre les nations une paix qui ne soit pas celle de la servitude, réconcilier à nouveau travail et culture, et refaire avec tous les hommes une arche d’alliance. Il n’est pas sûr qu’elle puisse jamais accomplir cette tâche immense, mais il est sûr que partout dans le monde, elle tient déjà son double pari de vérité et de liberté, et, à l’occasion, sait mourir sans haine pour lui. C’est elle qui mérite d’être saluée et encouragée partout où elle se trouve, et surtout là où elle se sacrifie. C’est sur elle, en tout cas, que, certain de votre accord profond, je voudrais reporter l’honneur que vous venez de me faire.

Du même coup, après avoir dit la noblesse du métier d’écrire, j’aurais remis l’écrivain à sa vraie place, n’ayant d’autres titres que ceux qu’il partage avec ses compagnons de lutte, vulnérable mais entêté, injuste et passionné de justice, construisant son œuvre sans honte ni orgueil à la vue de tous, sans cesse partagé entre la douleur et la beauté, et voué enfin à tirer de son être double les créations qu’il essaie obstinément d’édifier dans le mouvement destructeur de l’histoire. Qui, après cela, pourrait attendre de lui des solutions toutes faites et de belles morales ? La vérité est mystérieuse, fuyante, toujours à conquérir. La liberté est dangereuse, dure à vivre autant qu’exaltante. Nous devons marcher vers ces deux buts, péniblement, mais résolument, certains d’avance de nos défaillances sur un si long chemin. Quel écrivain, dès lors oserait, dans la bonne conscience, se faire prêcheur de vertu ? Quant à moi, il me faut dire une fois de plus que je ne suis rien de tout cela. Je n’ai jamais pu renoncer à la lumière, au bonheur d’être, à la vie libre où j’ai grandi. Mais bien que cette nostalgie explique beaucoup de mes erreurs et de mes fautes, elle m’a aidé sans doute à mieux comprendre mon métier, elle m’aide encore à me tenir, aveuglément, auprès de tous ces hommes silencieux qui ne supportent, dans le monde, la vie qui leur est faite que par le souvenir ou le retour de brefs et libres bonheurs.

Ramené ainsi à ce que je suis réellement, à mes limites, à mes dettes, comme à ma foi difficile, je me sens plus libre de vous montrer pour finir, l’étendue et la générosité de la distinction que vous venez de m’accorder, plus libre de vous dire aussi que je voudrais la recevoir comme un hommage rendu à tous ceux qui, partageant le même combat, n’en ont reçu aucun privilège, mais ont connu au contraire malheur et persécution. Il me restera alors à vous en remercier, du fond du cœur, et à vous faire publiquement, en témoignage personnel de gratitude, la même et ancienne promesse de fidélité que chaque artiste vrai, chaque jour, se fait à lui-même, dans le silence.










1962. La rebelión histórica



Todas las revoluciones modernas acabaron robusteciendo el Estado. 1789 lleva a Napoleón, 1848 a Napoleón III, 1917 a Stalin, las perturbaciones italianas de la década del 20 a Mussolini, la república de Weimar a Hitler. Estas revoluciones, sobre todo después de que la primera guerra mundial hubo liquidado los vestigios del derecho divino, se han propuesto, no obstante, con una audacia cada vez mayor, la construcción de la ciudad humana y de la libertad real. La omnipotencia creciente del Estado ha sancionado cada vez esa ambición. Sería falso decir que no podía dejar de suceder esto. Pero es posible examinar cómo ha sucedido, y quizá sirva de lección.Aparte de un pequeño número de explicaciones que no constituyen el tema de este ensayo, el extraño y aterrador crecimiento del Estado moderno puede considerarse como la conclusión lógica de ambiciones técnicas y filosóficas desmesuradas, ajenas al verdadero espíritu de rebelión, pero que, sin embargo, dieron origen al espíritu revolucionario de nuestra época. El sueño profético de Marx y las potentes anticipaciones de Hegel o de Nietzsche terminaron suscitando, después de ser arrasada la ciudad de Dios, un Estado racional o irracional, pero en ambos casos terrorista.

A decir verdad, las revoluciones fascistas del siglo XX no merecen el título de revolución. Les ha faltado la ambición universal. Mussolini y Hitler trataron, sin duda, de crear un imperio y los ideólogos nacional-socialistas pensaron, explícitamente, en el imperio mundial. Su diferencia con el movimiento revolucionario clásico consiste en que, siendo herederos del nihilismo, prefirieron divinizar lo irracional, y sólo ello, en vez de divinizar la razón. Al mismo tiempo renunciaban a lo universal. Ello no impide que Mussolini se declare heredero de Hegel, y Hitler de Nietzsche; ilustran en la historia algunas de las profecías de la ideología alemana. A este respecto pertenecen a la historia de la rebelión y el nihilismo. Han sido los primeros que han construido un Estado basándose en la idea de que nada tenía sentido y que la historia no era sino el azar de la fuerza. La consecuencia no se ha hecho esperar. Desde 1914 Mussolini anunciaba la "santa religión de la anarquía" y se declaraba enemigo de todos los cristianismos. En cuanto a Hitler, su religión confesada yuxtaponía sin vacilación al Dios-Providencia y el Walhalla. Su dios era, en verdad, un argumento de mitín y una manera de elevar el debate al final de sus discursos. Mientras tuvo éxito prefirió creerse inspirado. En el momento de la derrota se juzgó traicionado por su pueblo. Entre ambos momentos, nada vino a anunciar al mundo que pudiera nunca considerarse culpable ante ningún principio. El único hombre de cultura superior que dio al nazismo una apariencia de filosofía, Ernst Junger, eligió, por otra parte, las fórmulas mismas del nihilismo: "La mejor respuesta a la traición de la vida por el espíritu es la traición del espírtu por el espíritu, y uno de los grandes y crueles goces de esta época consiste en participar en ese trabajo de destrucción".

Los hombres de acción, cuando carecen de fe, nunca creyeron sino en el movimiento de la acción. La paradoja insostenible de Hitler ha sido justamente querer fundar un orden estable sobre un movimiento perpetuo y una negación. Rauschning, en su Revolución del nihilismo, tiene razón cuando dice que la revolución hitleriana era un dinamismo puro. En Alemania, sacudida hasta las raíces por una guerra sin precedentes, la derrota y la angustia económica, no se mantenía ya en pie valor alguno. Aunque haya que contar con lo que Goethe llamaba "el destino alemán de hacerse todas las cosas difíciles", la epidemia de suicidios que afectó a todo el país entre las dos guerras dice mucho sobre la confusión de los espíritus. No son los razonamientos los que pueden devolver la fe a quienes desesperan de todo, sino solamente la pasión, y en este caso la pasión misma que yacía en el fondo de esta desesperación, es decir, la humillación y el odio. Ya no había un valor a la vez común y superior a todos estos hombres, en nombre del cual les fuese posible juzgarse los unos a los otros. La Alemania de 1933 se decidió, por lo tanto, a adoptar los valores degradados de sólo algunos hombres y trató de imponerlos a toda una civilización. En defecto de la moral de Goethe, eligió y sufrió la moral de la pandilla.

La moral de la pandilla es triunfo y venganza, derrota y resentimiento, inagotablemente. Cuando Mussolini exaltaba a "las fuerzas elementales del individuo" anunciaba la exaltación de las potencias oscuras de la sangre y el instinto, la justificación biológica de lo peor que producue el instinto de dominación. En el proceso de Núremberg, subrayó Frank "el odio a la forma" que anidaba a Hitler. Es cierto que este hombre era solamente una fuerza en movimiento, corregida y hecha más eficaz por los cálculos de la astucia y de una implacable clarividencia táctica. Hasta su forma física, mediocre y trivial, no era para él un límite, pues lo fundía en la masa. Sólo la acción le mantenía en pie. Para él, ser era hacer. Por eso Hitler y su régimen no podían prescindir de enemigos. No podían, petimetres frenéticos, definirse sino con relación a sus enemigos, tomar forma sino en el combate encarnizado que debía destruirlos. El judío, los francmasones, las plutocracias, los anglosajones y el eslavo bestial se han sucedido en la propaganda y en la historia para levantar, cada vez a una altura un poco mayor, la fuerza ciega que marchaba hacia su término. El combate permanente exigía excitantes perpetuos.

Hitler era la historia en su estado puro ("Devenir -decía Junger- vale más que vivir"). Predicaba, por lo tanto, la identificación total con la corriente de la vida, en el nivel más bajo y contra toda realidad superior. El régimen que ha inventado la política exterior biológica iba contra sus intereses más evidentes. Pero obedecía, por lo menos, a su lógica particular. Así, Rosenberg hablaba pomposamente de la vida: "El estilo de una columna en marcha, y poco importa hacia qué destino y para qué fin esta columna esté en marcha". Después de esto, la columna sembrará la historia de ruinas y devastará su propio país, pero por lo menos habrá vivido. La verdadera lógica de este dinamismo era la derrota total, o bien, de conquista en conquista, de enemigo en enemigo, el establecimiento del imperio de la sangre y la acción. Es poco probable que Hitler haya concebido, por lo menos primitivamente, este imperio. Ni por su cultura, ni tampoco por su instinto de inteligencia táctica, estaba a la altura de su destino. Alemania se hundió por haber emprendido una lucha imperial con un pensamiento político provinciano. Pero Junger había advertido esa lógica y dado su fórmula. Tuvo la visión de un "imperio mundial" y "técnico", de una "religión de la técnica anticristiana" cuyos fieles y soldados habrían sido también sus monjes, porque -y en esto Junger se encuentra con Marx-, por su estructura humana, el obrero es universal. "El estatuto de un nuevo régimen de mando sustituye al cambio de contrato social. El obrero es sacado de la esfera de las negociaciones, la compasión y la literatura, y elevado hasta la de la acción. Las obligaciones jurídicas se transforman en obligaciones militares". El imperio, como se ve, es al mismo tiempo la fábrica y el cuartel mundiales, donde reina como esclavo el soldado-obrero de Hegel. Hitler ha sido detenido relativamente pronto en el camino de este imperio. Pero aunque hubiera ido más lejos se habría asistido solamente al despliegue cada vez más amplio de un dinamismo irresistible y al refuerzo cada vez más violento de los principios cínicos, que eran los únicos capaces de servir a ese dinamismo.

Al hablar de esta revolución, Rauschning dice que no es ya liberación, justicia y elevación del espíritu, sino "la muerte de la libertad, la dominación de la violencia y la esclavitud del espíritu". El fascismo es, efectivamente, el desprecio. A la inversa, toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura el fascismo. Hay que añadir que el fascismo no puede ser otra cosa sino renegarse a sí mismo. Junger deducía de sus popios principios que valía más ser criminal que burgués. Hitler, que tenía menos talento literario, pero, en esta ocasión, más coherencia, sabía que es indiferente ser lo uno o lo otro, desde el momento en que no se cree en el éxito. Se autorizó, por lo tanto, a ser lo uno y lo otro a la vez. "El hecho es todo" decía Mussolini. Y Hitler: "Cuando la raza corre peligro de que la opriman... la cuestión de la legalidad no desempeña sino un lugar secundario". Como, por otra parte, laraza tiene siempre necesidad de que la amenacen para existir, nunca hay legalidad. "Estoy dispuesto a firmarlo todo, a suscribirlo todo... En lo que me concierne, soy capaz, con toda buena fe, de firmar hoy tratados y romperlos mañana fríamente si el porvenir del pueblo alemán está en juego". Por lo demás, antes de declarar la guerra, el Führer declaró a sus generales que más tarde no se preguntaría al vencedor si había dicho o no la verdad. El leimotiv de la defensa de Goering en el proceso de Núremberg toma de nuevo esta idea: "El vencedor será siempre el juez, y el vencido, el acusado". Esto puede discutirse, sin duda. Pero entonces se comprende a Rosenberg cuando dice en el proceso de Núremberg que no había previsto que este mito llevara al asesinato. Cuando el fiscal inglés observa que "de Mein Kampf partía el camino directo que llevaba a las cámaras de gas de Maidanek", toca, por el contrario, el verdadero tema del proceso, el de las responsabilidades históricas del nihilismo occidental, el único, sin embargo, que no fue verdaderamente discutido en Núremberg, por razones evidentes. No se puede realizar un proceso anunciando la culpabilidad general de una civilización. Se ha juzgado solamente los actos que, por lo menos, gritaban a la faz de la tierra entera.

Hitler, en todo caso, inventó el movimiento perpetuo de la conquista sin el cual no habría sido nada. Pero el enemigo perpetuo es el terror perpetuo, esta vez al nivel del Estado. El Estado se identifica con "el aparato", es decir, con el conjunto de los mecanismos de conquista y represión. La conquista dirigida hacia el interior del país se llama propaganda ("primer paso hacia el infierno", según Frank), o represión. Dirigida hacia el exterior, crea el ejército. Todos los problemas son, por lo tanto, militarizados y se plantean en términos de potencia y eficacia. El general en jefe determina la política y, además, todos los problemas principales de administración. Este principio, irrefutable en cuanto a la estrategia, se generaliza en la vida civil. Un solo jefe, un solo pueblo, signifca un solo amo y millones de esclavos. Los intermediarios políticos, que son, en todas las sociedades, las garantías de la libertad, desaparecen para dejar lugar a un Jehová con botas que reina sobre multitudes silenciosas, o, lo que viene a ser lo mismo, que aúllan contraseñas. Entre el jefe y el pueblo, no se interpone un organismo de conciliación o de mediación, sino, precisamente, el aparato, es decir, el partido, que es la emanación del jefe y la herramienta de su voluntad de opresión. Así nace el primer y único principio de esta baja mística, el Führerprinzip, que restaura en el mundo del nihilismo una idolatría y lo sagrado degradado.

Mussolini, jurista latino, se contentaba con la razón de Estado, sólo que la transformaba, con mucha retórica, en absoluto. "Nada fuera del estado, por encima del Estado, contra el Estado. Todo del Estado, para el Estado, en el Estado". La Alemania hitleriana dio a esta falsa razón su verdadero lenguaje, que es el de una religión: "Nuestro servicio divino -decía un diario nazi durante un congreso del partido- consistía en llevar a cada uno hacia los orígenes, hacia las madres. En verdad, era un servicio de Dios". Los orígenes están, por lo tanto, en el aullido primitivo. ¿Quién es ese Dios del que aquí se trata? Una declaración oficial del partido nos lo dice: "Todos nosotros, aquí abajo, creemos en Adolfo Hitler, nuestro Fürher, y (confesamos) que el nacionalsocialismo es la única fe que lleva a nuestro pueblo a la salvación." Las órdenes del jefe, alzado en el matorral inflamado de los proyectores, en un Sinaí de tablas y banderas, constituyen la ley y la virtud. Si los micrófonos superhumanos ordenan una vez solamente el crimen, éste desciende de jefes en subjefes hasta el esclavo, que recibe las órdenes sin dárselas a nadie. Un verdugo de Dachau llora luego en su prisión: "No he hecho sino ejecutar las órdenes. Sólo el Führer y el Reichsführer han traído todo esto y luego se han ido. Gluecks recibió órdenes de Kaltenbrunner y, finalmente, yo recibí la orden de fusilar. Me cargaron con todo porque yo no era sino un pequeño Hauptschaführer y no podía transmitirlo más abajo en la fila. Ahora dicen que yo soy el asesino". Goering declaró en el proceso su fidelidad al Führer y que "existía todavía una cuestión de honor en esta maldita vida". El honor consistía en la obediencia, que se confundía a veces con el crimen. La ley militar castiga con la pena de muerte la desobediencia y su honor es la servidumbre. Cuando todos son militares, el crimen consiste en no matar si la orden lo exige.

La orden, por desgracia, exige raras veces que se haga el bien. El puro dinamismo doctrinal no puede dirigirse hacia el bien, sino solamente hacia la eficacia. Mientras haya enemigos, habrá terror; y habrá enemigos mientras exista el dinamismo, para que exista: "Todas las influencias capaces de debilitar la soberanía del pueblo, ejercida por el Führer con ayuda del partido...deben ser eliminadas". Los enemigos son herejes y deben ser convertidos mediante la predicación o propaganda o exterminados mediante la inquisición o Gestapo. El resultado es que el hombre no es ya, si pertenece al partido, sino una herramienta al servicio del Fürher, una rueda del aparato, o, si es enemigo del Fürhrer, un producto de consumo del aparato. El impulso irracional nacido de la rebelión no se propone ya sino reducir lo que hace que el hombre no sea un rodaje, es decir, la rebelión misma. El individualismo romántico de la revolución alemana se sacia por fin en el mundo de las cosas. El terror irracional transforma en cosas a los hombres, "bacilos planetarios", según la fórmula de Hitler. Se propone la destrucción, no solamente de la persona, sino también de las probabilidades universales de la persona, la reflexión, la solidaridad, el llamamiento al amor absoluto. La propaganda, la tortura, son medios directos de desintegración; más todavía: la decadencia sistemática, la amalgama con el criminal cínico, la complicidad forzosa. Quien mata o tortura no conoce sino una sombra en su victoria: no puede sentirse inocente. Por tanto, tiene que crear la culpabilidad en la víctima misma, para que en un mundo sin dirección la culpabilidad general no legitime sino el ejercicio de la fuerza, no consagre sino el éxito. Cuando la idea de inocencia desaparece en el inocente mismo, el valor de potencia reina definitivamente en un mundo desesperado. Por eso es por lo que una innoble y cruel potencia reina en este mundo en el que sólo las piedras son inocentes. Los condenados se ven obligados a ahorcarse los unos a los otros. Es asesinado el grito puro de la maternidad misma, como en esa madre griega a la que un oficial obliga a elegir a aquel de sus tres hijos que será fusilado. Así se ve, por fin, libre. El poder de matar y de envilecer salva el alma de la orquesta de presidiarios en los campos de la muerte.

Los crímenes hitlerianos, entre ellos la matanza de judíos, no tienen equivalentes en la historia porque la historia no contiene ejemplo alguno de que una doctrina de destrucción tan total haya podido nunca apoderarse de las palancas de mando de una nación civilizada. Pero, sobre todo, por primera vez en la historia, hombres de gobierno han aplicado sus inmensas fuerzas a instaurar una mística al margen de toda moral. Esta primera tentativa de una Iglesia edificada sobre una nada ha sido pagada con el aniquilamiento mismo. La destrucción de Lídice muestra bien que el aspecto sistemático y científico del movimiento hitleriano cubre en verdad un empujón irracional que no puede ser sino el de la desesperación y el orgullo. Frente a una aldea que se supone rebelde no se imaginan hasta entonces sino dos actitudes del conquistador: o bien la represión calculada y la ejecución fría de rehenes, o bien la voz salvaje y forzosamente breve de soldados exasperados. Lídice fue destruida por los dos sistemas conjugados. Ilustra las devastaciones de esta razón irracional que constituye el único valor que se puede encontrar en la historia. No sólo fueron incendiadas las casas, fusilados los cientro setenta y cuatro hombres de la aldea, deportadas las doscientas tres mujeres y trasladados los ciento tres niños para educarlos en la religión de Hitler, sino que además, equipos especiales emplearon meses de trabajo para nivelar el terreno con dinamita, hacer desaparecer las piedras, cegar el estanque de la aldea y, por fin, desviar la carretera y el río. Lídice, después de eso, no era ya verdaderamente nada, sino un porvenir puro, según la lógica del movimiento. Para mayor seguridad, se vació el cementerio de sus muertos, que recordaban todavía que había existido algo en aquel lugar.

La revolución nihilista, expresada históricamente en la religión hitleriana, no ha suscitado, por lo tanto, sino una pasión desesperada por la nada, que ha terminado volviéndose contra ella misma. La negación, esta vez por lo menos y a pesar de Hegel, no ha sido creadora. Hitler ofrece el caso, quizás único en la historia, de un tirano que no ha dejado nada en su activo. Para él mismo, para su pueblo y para el mundo, no fue sino suicidio y homicido. Siete millones de europeos deportados o muertos, diez millones de víctimas de la guerra quizá no basten todavía a la historia para juzgarlo: está acostumbrada a los asesinos. Pero la destrucción misma de las justificaciones últimas de Hitler, es decir, de la nación alemana, hace en adelante de este hombre, cuya presencia histórica fue la obsesión durante años de millones de hombres, una sombra inconsciente y miserable. La declaración de Speer en el proceso de Núremberg mostró que Hitler, aunque pudo detener la guerra antes del desastre total, quiso el suicidio general, la destrucción material y política de la nación alemana. Para él, el único valor siguió siendo -hasta el fin- el éxito. Puesto que Alemania perdía la guerra, era cobarde y traidora y debía morir: "Si el pueblo alemán no es capaz de vencer, no es digno de vivir".

Hitler decidió, por tanto, arrastrarla a la muerte y hacer de su aniquilamiento una apoteosis, cuando los cañones rusos derribaban ya las paredes de los palacios berlineses. Hitler, Goering, Himmler, Ley, se matan en subterráneos o celdas. pero esta muerte es una muerte para nada, es como un mal sueño, una humareda que se disipa. Ni eficaz ni ejemplar, consagra la sangrienta vanidad del nihilismo. "Se creían libres -grita histéricamente Frank-. ¡No saben que uno no se libera del hitlerismo". No lo sabían, ni tampoco sabían que la negación de todo es una servidumbre, y la verdadera libertad, una sumisión interior a un valor que hace frente a la historia y sus triunfos.


Albert Camus
Fragmento del capítulo III de «El hombre rebelde»








1699. La situación española

Franco, acompañado de Antonio Correa y dirigentes falangistas, pasa revista a la centuria "Guillermo Lambruschini" delante de la
Jefatura Provincial del Movimiento. Barcelona, 28 de enero de 1942. Pérez de Rozas (AFB)


Franco continua en el poder. Espera seguir en él y, no consiguiéndolo con sus amigos tradicionales, trata de hacerlo con el apoyo de las democracias. Habla de la España falangista como de una “democracia orgánica”, y ha tenido la idea de un “bloque católico”, en el que España sería participante. Con ello cree hacer bastantes concesiones para reclamar un puesto en la Conferencia de la Paz. Ha pretendido que las naciones que han sabido mantenerse en paz han de ser consideradas más aptas para entender en los problemas que plantee la paz misma.

Simultáneamente se iniciaban relaciones para formar un Gobierno de transición. El mismo Franco se ha ofrecido, en vano hasta ahora, al partido monárquico, mientras en París, Miguel Maura se decía mandatario de los republicanos españoles para entrar en contacto con el Caudillo.

Frente a Franco están los republicanos españoles y los Aliados, que han adoptado una actitud ambigua y se relacionan diplomáticamente con España. Monseñor Spelmann utiliza su crédito en favor de Franco, y los conservadores británicos esperaron las proposiciones del dictador para negarle todo derecho moral a participar en la Conferencia de la Paz.

Al mismo tiempo los Aliados favorecen la oposición republicana. La noción de democracia falangista sólo halló en ellos un eco de incredulidad. Y se deja que la Prensa y ciertas personalidades subrayen que España no estuvo nunca en paz, ya que por su no-beligerancia ha retenido divisiones francesas en su frontera, ha combatido contra Rusia y aprovechó la difícil situación de Inglaterra para modificar por un golpe de fuerza el Estatuto de Tanger.

Diversas fracciones de opinión republicana-parlamentaria, movimientos de izquierda republicana y, sobre todo, organizaciones sindicales, C.N.T.-U.G.T., niegan a Unión Nacional el derecho de hablar en nombre de todos. La principal razón que aducen es la presencia en la O. N. U., de hombres del antiguo régimen que tienen algo que ver en la represión de Asturias en 1934.

En todo caso hay más probabilidades de que la unión de los republicanos se haga en torno a Indalecio Prieto, que está en México. Todo esto no impide que los republicanos preparen al unísono la caída del régimen franquista y que se asombren de la incertidumbre de la política Aliada.

Como se ve todavía hay Pirineos. Si hemos de desear que no los haya, habremos de convenir que no será posible hasta el día en que España, sea nuestra amiga. Preguntan algunos lectores el motivo que tenemos para dar esta interpretación a los asuntos de España. Es preciso tomar partido en ciertos casos; y si Francia se ve obligada hoy a guerrear contra el fascismo, ha de hacerlo totalmente o no hacerlo. Queremos que nuestras informaciones sean objetivas; pero en un problema en que el honor de los pueblos libres coincide con el interés de Francia, no debemos permanecer neutrales.

No tenemos por qué intervenir en los asuntos de España. Creemos incluso que los republicanos españoles han de calibrar el momento oportuno para actuar con seguridad. Pero también sabemos que una presión política Aliada bastaría para apresurar la caída de Franco y evitar que se derrame la sangre de uno de los pueblos más generosos de Europa. Y sería una cobardía no hacer lo posible para evitarlo.

Nada perdería Francia. Los únicos amigos que tenemos en España son los republicanos. Pero son los más en número. Entre estos hay seiscientos cuarenta mil que no olvidaremos jamás. Hace seis años que viven desesperadamente en las prisiones franquistas. Los españoles han conocido, como nosotros, la desgracia de luchar sin esperanza. Ellos y nosotros hemos entrado en una comunidad espiritual y cordial que no se eclipsará jamás. No queremos amistades de las que no podamos sentirnos honrados y esta amistad con España nos honra tanto como nos obliga. Francia republicana no puede tener dos políticas, puesto que no tiene más que una palabra.


Albert Camus
Combat, 21 de noviembre 1944