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3499. Indalecio González Gabriel


 

«
Ves en qué estado estoy, mañana ya no resistiré más, va a acabar conmigo, tengo que despedirme de ti, para mí se ha terminado. Si llegas a salir de este infierno, el mundo entero tiene que saber las atrocidades cometidas por los nazis… y por sus vasallos» (Indalecio González Gabriel)[1]

 

 

María Torres / 27 de enero de 2023

 

Hasta hace poco tiempo se creía que Indalecio González Gabriel había nacido en Santa Cruz de la Zarza, Toledo. Gracias a la investigación de Juan Crespo, de la Mesa de Deportados de Ocaña, y a las gestiones de Ana Esteban, ha sido posible conocer que la localidad natal de Indalecio es un municipio de Cuenca, Torrubia del Campo, que tristemente cuenta con otro deportado que pereció en Mauthausen: Ángel Espada Zamarra.

 

Con la esperanza de que más adelante se pueda ofrecer una completa biografía de Indalecio, y con el objeto de que vea la luz su historia en el Día Internacional de Conmemoración anual en memoria de las víctimas del Holocausto, trazo con urgencia la información disponible hasta la fecha, para recomponer la historia de un joven cuya corta vida se sitúa entre dos pueblos de Castilla-La Mancha, la Guerra de España y una Europa asolada por uno de los conflictos más terribles de todos los tiempos.

 

 

Indalecio de Torrubia

 

En Torrubia del Campo, el pueblo natal de mis antepasados, vino al mundo Indalecio González Gabriel el 1 de agosto de 1919. Nació en una vivienda de la calle Prior a las cinco de la mañana. Su padre Guillermo González Rodríguez, jornalero de 40 años, acudió raudo al Registro civil al día siguiente para dar constancia de su nacimiento. Su madre, Lauriana Gabriel García, tenía 39 años, y por ello es fácil suponer que Gabriel no era su primer hijo. Ambos eran naturales de Torrubia del Campo, al igual que los abuelos paternos (Bonifacio y Águeda) y los maternos (Isidoro y Celestina).

 

Más adelante, la familia se trasladó a Santa Cruz de la Zarza, posiblemente en busca de trabajo y de mejores condiciones de vida.

 

Aunque a la espera de documentarlo, es posible que Indalecio tuviera, al menos, dos hermanos: Manuel[2] y Leocadio[3], éste último campesino y cabo del Ejército de la República, que desapareció en la Guerra de España.

 

Indalecio no realizó el servicio militar obligatorio. Hubiera entrado en la Caja de Reclutas en 1939, pero la Guerra y el exilio se lo impidieron.

 

 

Guerra de España

 

Tras el golpe de Estado de los generales traidores contra el legítimo gobierno republicano, formó parte de las milicias de la República hasta el 1 de abril de 1937, que ingresó en el Instituto de Carabineros con destino a las Brigadas Mixtas de Carabineros.[4] Juan Pedro Yunta, archivero municipal de Santa Cruz de la Zarza, afirmaba que en 1938 era miembro de la Unidad Móvil de Carabineros en Olot (Gerona)[5], dato que no ha sido posible confirmar.

 

Las condiciones para ingresar en Cuerpo de Carabineros durante la Guerra eran ser español, tener entre dieciocho y veinticinco años de edad, de un metro sesenta y cinco centímetros de alto como mínimo y presentar un certificado de buena conducta y otro de lealtad de una organización política o sindical del Frente Popular.

 

Lo cierto que pendientes de indagar y recuperar su periplo en la Guerra de España, hay una imagen que le sitúa en la ciudad de Valencia en 1937, con mono de miliciano, y acompañado de varios santacruceros: Emilio Sánchez Aráez, Félix Valdeolivas, Miguel Sánchez, "El Opera", Antolín Peña Torrijos, Jesús Izquierdo del Moral, Joaquín Arias Loriente, Vitorio Gallo Teruel, Sotero Sotero Piqueras Arribas y Julián Figeroa Valencia.[6]

 

 

Exilio

 

Desconocemos cuándo pasó la frontera francesa y creemos que estuvo en el Campo de Argelés, que se enroló voluntario en la 9ª Compañía de Trabajadores Extranjeros del ejército francés con base en Embrún y así pudo abandonar el campo con destino a los Altos Alpes. Para conocer su periplo, reproducimos lo relatado por José Marfil Peralta en su libro He sobrevivido al infierno nazi:

 

«Con los camaradas que se han alistado nos instalamos en el cuartel. Esta vez de manera correcta. Tenemos mucha necesidad de higiene y además esta estancia nos va a permitir recuperar algo de fuerzas.

 

Una vez equipados subimos hacía un pequeño pueblo situado a dos mil metros de altitud donde vamos a construir una carretera estratégica y un puente. ¡El paisaje es magnífico!»

 

«Durante la estancia en el cuartel nos enteramos de la declaración de guerra, con lo que ahora nos encontramos en guerra contra la Alemania nazi. El estado mayor nos pregunta si queremos alistarnos voluntariamente mientras que dure la guerra. Toda la compañía se alista, sabemos que vamos a luchar contra el fascismo, ese fascismo que ya conocemos de nuestro país.»

 

Más adelante la Compañía recibe la orden de dirigirse hacia la frontera belga. Allí ayudan al 22 Regimiento de Ingenieros a terminar un Blockhaus, ya que según José Marfil el lado belga no tenía ninguna defensa fortificada.

 

«Al poco tiempo de instalarnos, los bombarderos del Reich, lanzan bombas sobre nuestra línea de defensa mientras que el ejército de tierra invade Bélgica. Los acontecimientos se precipitan, ahora la única solución para nosotros es replegarnos hacía Dunkerque a lo largo de la frontera belga.»

 

 

Prisionero de Guerra

 

Tras la invasión de Francia, varias compañías de trabajadores extranjeros se retiraron hacia Dunkerque. Alrededor de 1500 hombres pertenecientes a las mismas quedaron atrapados junto al ejército británico. La mayoría murieron o fueron hechos prisioneros, ya que ni por un momento, dentro de la operación Dynamo, se plantearon rescatar a los españoles de las CTEs, al no considerarles miembros del ejército francés.

 

Indalecio fue capturado por la Wehrmacht el 4 de junio de 1940, el mismo día que partía el último barco de rescate repleto de soldados en dirección al Reino Unido. Su detención figura en la Lista oficial de prisioneros de guerra franceses núm. 46 publicada en París el 30 de noviembre de 1940.[7]

 

Primero fue confinado en el stalag XIII-A en Núremberg y poco tiempo después trasladado al stalag VII-A ubicado al norte de la ciudad de Moosburg (Baviera), uno de los campos de prisioneros de guerra más grandes del antiguo Reich, donde quedó registrado con la matrícula 65066. Según los registros de Moosburg, al menos 451 españoles fueron prisioneros en ese campo, de los cuales 32 pertenecían a la Comunidad de Castilla-La Mancha.

 

Del 5 al 6 de agosto de 1940 los mandos del Stalag VII-A recibieron la orden de deportar 392 prisioneros españoles al KZ Mauthausen. Indalecio fue uno de ellos y pasó a engrosar el primer convoy de españoles que llegó al campo el 6 de agosto. Según datos facilitados por el investigador Juan Crespo, que ha estudiado a fondo los listados de ingresos, de los 392 prisioneros españoles del convoy que llegaron a Mauthausen, perecieron un total de 277 hasta la fecha de liberación del campo en mayo de 1945. 

 

 

Mauthausen / Gusen

 

A su llegada al campo de los españoles es registrado como carpintero de profesión y se le asigna la matrícula 3297. Apenas cinco meses después, el 24 de enero de 1941 es trasladado al infierno de Gusen, donde la esperanza de vida apenas superaba los tres meses, y le reasignan otro número de matrícula, el 9307.

 

Aquel 24 de enero de 1941, fue un día que quedó grabado en la memoria de los prisioneros de Mauthausen: «Ese día, un viernes, que se presentaba como una jornada más de sufrimiento en Mauthausen, los SS realizaron la primera gran selección entre prisioneros. El objetivo era hacer hueco para los dos grandes convoyes de republicanos que iban a llegar durante las siguientes 24 horas. Los oficiales nazis agruparon a los enfermos e inválidos en un extremo del campo. Después formaron al resto de los deportados para completar el cupo, cercano al millar, eligiendo entre los sanos a los hombres de mayor edad.» [8]

 

Cuando José Marfil, hijo de José Marfil Escalona, primer muerto español en Mauthausen, es transferido a Gusen el 21 de abril de 1941 se encuentra a Indalecio González Gabriel, al que no había vuelto a ver desde el repliegue hasta Dunkerque. A partir de su testimonio podemos recomponer una parte de la historia de Indalecio:

 

«Esta noche he visto a un detenido acercarse y con la mirada llena de tristeza decirme: “¡Marfil tú también!”. Es por su voz que lo he reconocido a este amigo de la Novena Compañía, con el que yo había tomado el hábito de salir el domingo en los tiempos del ejército. Físicamente no se puede reconocer, pertenece a la primera expedición del mes de julio y ocho meses de campo han hecho de él un despojo humano. El pobre me cuenta las peripecias que lo han traído aquí. Me describe los detalles, el fin trágico de nuestra compañía, todo esto me da un bajón, sobretodo porque hemos comprendido que nuestra estancia aquí se anuncia sombría. Por otra parte: ¿Se puede hablar aquí del futuro? El toque de queda suena y volviendo cada uno a su barraca prometemos reencontrarnos cada vez que sea posible en el mismo sitio.»

 

«Por la noche, después de pasar lista me encuentro con mi camarada de la Novena Compañía que me anuncia feliz que hace parte de los carpinteros del campo y que todas las tardes recibe una fiambrera suplementaria de sopa. “Mañana, me dice, vienes a buscarme y la compartiremos”. Estoy contento por él porque necesita recuperar muchas fuerzas. Al día siguiente, según lo convenido, voy a su encuentro. Veo de lejos que me espera con su fiambrera de sopa… pero el hambre es terrible y mientras me espera coge una cuchara de sopa, después otra y otra… sólo pude aprovechar las últimas cucharas. Esto dura así algunas semanas. Veo bien para él que desde que está en la carpintería todo ha cambiado a mejor evidentemente. Para mí también todo ha cambiado gracias a su amistad.»

 

José Marfil e Indalecio González hacen por verse cada vez que es posible. Y así describe el primero uno de sus últimos encuentros:

 

«Esta tarde es posible. Pero yendo a su encuentro lo percibo de lejos sin su fiambrera habitual. Al acercarme adivino en su mirada una inmensa tristeza casi con desesperación. Me anuncia que lo han echado de la carpintería. Estoy indignado de no poder hacer nada por él. “Ahora estamos los dos en el mismo barco” me dice él y añade: “Creo que debería inscribirme en el comando Asturias”. Le aviso que es muy arriesgado: “No te das cuenta que ese capo es un criminal, su comando es el peor que hay”. “Lo sé, pero te acuerdas que era mi mejor amigo, hemos hecho la guerra de España juntos en la misma unidad, los dos tenemos el mismo nombre y apellido aunque no seamos parientes. No creo que sea capaz de hacerme mal.»

 

La persona a la que se refiere es a Indalecio González González, apodado el “Asturias”, un minero asturiano que ejerció como kapo en Gusen. Fue condenado a muerte por crímenes de guerra y ejecutado en la horca en la prisión de Landsberg el 2 de febrero de 1949.

 

«Efectivamente ese Asturias era parte de nuestra Compañía y lo habíamos vivido como alguien muy amable. En esa época nos enseñaba a menudo la foto de su mujer y de sus hijos que estaban entonces en Francia. Un día que le dieron permiso, todos nosotros colaboramos para darle un poco de dinero. Con lágrimas en los ojos nos dio las gracias por nuestro gesto.

 

Mi amigo tenía razón no podía haber olvidado esa amistad. Confiando en ese recuerdo decide inscribirse en el comando de Asturias. Un poco inquieto voy a verle tres días más tarde. Habitualmente se encuentra cerca de nuestro punto de encuentro cerca del bloque. Como no le veo le pregunto a un camarada que me lleva junto a él. Está irreconocible. Ese capo desgraciado “su mejor amigo” ha decidido pura y simplemente eliminarlo.

 

Mi camarada me cuenta que se presentó a él con los brazos abiertos, confiando como con un antiguo amigo, con la esperanza de encontrar en su equipo un poco de protección en este infierno. Como respuesta, ese tipo repugnante lo previene sarcásticamente: “No cuentes conmigo, he decidido suprimir todos los testigos de mi pasado. Los alemanes van a ganar la guerra, tengo que hacerles ver que estoy con ellos: es la única forma de salir de aquí vivo, es la única manera de poder algún día ver a mi mujer y a mis hijos.”

 

Mi amigo desesperado al límite de su capacidad me dice, acurrucado en su colchón de paja: “Ves en qué estado estoy, mañana ya no resistiré más, va a acabar conmigo, tengo que despedirme de ti, para mí se ha terminado. Si llegas a salir de este infierno, el mundo entero tiene que saber las atrocidades cometidas por los nazis…y por sus vasallos.»

 

Esas fueron las últimas palabras de Indalecio González Gabriel. Era diciembre de 1941. El día 9, a las 04:40 horas fallece. Según los documentos nazis, la causa de la muerte se produce por «debilidad circulatoria». Su cuerpo fue cremado el 12 de diciembre. Tenía 21 años.

 

José Marfil, terminó este triste capítulo de la historia de Indalecio diciendo: «Escribo estas líneas pensando en él, es por él por el que hago este esfuerzo. Mi vida va ahora muy rápidamente hacía el final, pero si un día queda una sola imagen en mi memoria, será la de su sonrisa y su fiambrera tendida hacía mi hambre.»

 

En Memoria de Indalecio González Gabriel y de todas las personas que sufrieron la deportación.


¡Nunca más!


____________________


[1] Recogido en José Marfil Peralta: He sobrevivido al infierno nazi. Recuerdos, p. 54

[2] BDST-Guadalajara.  Caja 302956  - Expediente 66424

[3] CDMH. Pensiones: Muertos, desaparecidos e inválidos del Ejército de Tierra de la República. Caja 62, folio 362bis

[4] Gaceta de la República,  núm. 93  - 3 Abril 1937, p. 35

[5] Juan Pedro Yunta: En honor a la vida. Por la memoria de un santacrucero. 2013 Archivo Digital ACAME "Joaquín Arias")

[6] Fototeca de ACAME. Archivo visual de Santa Cruz de la Zarza

[7] Gallica. Biblioteca Nacional de Francia

[8] Hernández de Miguel Carlos: Los últimos españoles de Mauthausen, p. 208





3485. Un comandante de veintidós años

Uno de los comandantes más jóvenes del Ejército Popular está en la primera Brigada de choque. Se llama José Aliaga. 

Militante de la Juventud Socialista Unificada de Cartagena, marino de oficio, dejó la brisa de su gremio para oponerse a la sublevación. A través de la lucha en Cartagena, Hellin, Albacete, llega a Somosierra. 

Galán se encargó de nombrarlo alférez. Pasa a las órdenes de "El Campesino" y va ascendiendo hasta comandante. Fué en Majadahonda donde se portó como un discípulo de Coll. Los tanques venían contra nuestras lineas y Aliaga los esperó abrazado a la tierra. Ya próximos, se enfrentó con uno hasta destrozarlo con las bombas de mano. 

Salió herido de la pelea, pero ahora, con el galón de comandante, aprovechó la convalecencia para ir por una cartagenera y obligar al jefe de la Brigada a actuar de casamentero. Esta ha sido su última hazaña. 


Antonio Aparicio
Ahora, 10 de febrero de 1937






3415. Julián Saldaña del Sanz, el guardia nacional que cayó prisionero y consiguió fugarse

Destrozados los pies, con hondas huellas en el rostro del sufrimiento pasado, ha llegado hoy al cuartel general del frente de Talavera este mozo rubio, espigado, de regular estatura, que se llama Julián Saldaña del Saz; es natural de Fuentidueña de Tajo y guardia nacional de los de reciente ingreso. Marchó la semana anterior desde Madrid al frente de Extremadura y pasó con otros compañeros a ocupar una avanzadilla a seis kilómetros de Talavera, en la ruta de Oropesa, en unas viñas, junto al pueblo de Torralba. Caía ya el domingo, las primeras sombras de la noche invadían casi por completo el campo, cuando Julián oyó el paso de camiones por un camino inmediato. 

—Me parece que esos coches son enemigos. Oigo dar vivas al fascio —dijo Julián.

—No. Son republicanos —respondió otro compañero de puesto.

Aún no habían terminado estas frases cuando tuvieron que tirarse precipitadamente al suelo. Con una ametralladora les hacían fuego violento. Se separaron para no presentar blanco. Corrió a campo traviesa el guardia Saldaña, desorientado, y fué a caer en manos de un pelotón de cerca de treinta legionarios, regulares y siete paisanos, al parecer fascistas. 

—A éste vamos a cortarle el cuello —dijo uno de los últimos, al mismo tiempo que lo desarmaban y sacaban los cuchillos. 

Un soldado que iba con ellos se puso delante y llamó: 

—¡Sargento Moreno, un prisionero!... 

Acudió el requerido. Era joven, alto. Llevaba uniforme de Regulares del número 3. Se opuso a que le mataran. Lo cogió del brazo y se lo llevó fuera de aquel circulo de salvajes:

—Son una manada de bestias. Tú, ven conmigo y te llevaré al cuartel general, y que los jefes hagan contigo lo que crean conveniente— le dijo el sargento. 

No hablaron más. Las ametralladoras leales comenzaron a enfilar los grupos rebeldes y éstos se dispersaron; pero obligaron a que el prisionero fuera con ellos, pero prohibiéndole que procurara irse resguardando de la granizada de balas que sobre los facciosos hacían nuestras máquinas. El repliegue llegó un momento en que por el intensísimo fuego que les hacían se convirtió en franca desbandada. Este momento lo aprovechó Saldaña. Nadie se preocupaba de él, buscando la huida. Se arrojó bajo los sarmientos de una cepa. Quieto estuvo durante más de un cuarto de hora. Alzó por fin lo cabeza y vló que moros y Regulares estaban ya muy lejos... Corrió hasta el río Alberche, que no distaba de la viña más que unos treinta metros, y se arrojó al agua y comenzó a nadar para ganar la orilla opuesta. A mitad de camino, otro pelotón fascista que huía le tiroteó fuertemente. No le alcanzaron... Ganó la ribera, y por la Sierra consiguió entrar en San Román... Después pasó a Cardiel, Bayuelas y Real de San Vicente, donde fué recogido por el Comité... Desde allí lo han traído hasta el cuartel general, donde ha comparecido ante los jefes del Mando, donde ha dado informes muy interesantes, sobre los cuales se guarda la mayor reserva. 

Al salir lo hemos detenido unos segundos: 

—Diga usted —nos ha dicho Saldaña— que he pasado horas muy amargas, pero que he conseguido salir con vida de las manos de aquellos canallas de fascistas. Dígalo mañana mismo, para que mi madre lo sepa y duerma tranquila...


José Quilez Vicente
Ahora, 11 de septiembre de 1936







3396. Carmen Fernández, la heroína madrileña

Carmen Fernández  - Foto de Vidal Corella


Carmen Fernández, la heroína madrileña, que ha ganado el grado de teniente combatiendo, y a la que, una de las veces que fue herida, hubo que amputarle una pierna.


Una mujer con uniforme militar

Calle abajo va una muchacha con su traje militar. Llama la atención no sólo porque en su uniforme lleve las insignias de teniente. Llama la atención, dolorosamente, porque le falta la pierna derecha. Anda difícilmente, entre las muletas y auxiliada por una muchacha robusta, que ciñe sobre su brazo la cruz roja. 

—Es una heroína. ¡Brava mujer! Su acción es un episodio hermoso de esta guerra— dice el amigo que me acompaña. 

Para el reportero, una noticia así es de tan suma importancia, que no cesa hasta verse frente a la heroína, dispuesto a obtener la información precisa para hilvanar el reportaje.

Y heme aquí frente a esta muchacha madrileña, dispuesto a no perder detalle de su vida en los frentes de guerra.


Del taller al puesto de enfermera. La primera lucha en los frentes

Carmen Fernández trabajaba en una fábrica de papel de Madrid. Ella y su hermana Consuelo sostenían su casa, ya que sólo ellas tenían trabajo. Pero ello no bastaba. El jornal de la fábrica apenas servía para cubrir las más apremiantes necesidades. Y Carmen Fernández y su hermana Consuelo, después de salir de la fábrica, cosían en sus casas ropa para los sastres: eran pantaloneras. 

El movimiento militar sorprendió a las dos hermanas en casa. Sabían, por reuniones del partido, que se preparaba una rebelión. Por eso, en los primeros momentos en que brotó el chispazo de la contienda Carmen y Consuelo dejaron su hogar para contribuir, en lo que ellas fueran útiles, a la lucha contra los rebelados. Y se incorporaron, como enfermeras, a las fuerzas de Mangada. 

Ya desatada la guerra, las dos muchachas tomaron parte activa en diferentes frentes de lucha. En el de Toledo, Carmen recibió un balazo en el brazo izquierdo. Otra vez fue herida por la metralla en el cuello. Ingresó en el hospital. Pero la estancia allí se hacía larga, y Carmen salió del hospital sin completar la cura, y volvió otra vez al frente. 

En Las Rozas, primero, y en Guadarrama, después, Carmen actuó como responsable del almacén de víveres, subiendo a los parapetos la comida para los muchachos y alternando esta labor con sus servicios de enfermera.

En Tablada y Collado Mediano intervino activamente en la instrucción y organizado de batallones. Recibió el grado de brigada en Peguerinos. Ya había sido ascendida a cabo en Guadarrama. En Cercedilla prosiguió su labor en la organización de fuerzas, y lavaba la ropa de los soldados en las horas de que disponía para el descanso. 


La gesta heroica

Se había enrolado en el Batallón de Acero, y con él entró en fuego en Gargantilla, durante un combate durísimo. Allí se reveló ya su heroísmo. 

Pero donde escribió la página más gloriosa de su actuación fue en Cabeza de Híjar, la posición más alta de la Sierra. 

Carmen Fernández estaba dada de baja, por encontrarse un poco enferma, cuando comenzó el terrible combate. Pero la valiente muchacha acudió inmediatamente junto a sus compañeros y combatió entre ellos. Horas y horas de lucha. Carmen, tomó parte en una descubierta, acompañando a un teniente, un sargento y cuatro soldados. Fue fructífera la acción. Se apoderan de cuatro ametralladoras y de cinco cañones. 

Pero de vuelta a la posición, con la alegría del triunfo, Carmen fué alcanzada por un obús, que estalló a su lado, y cuya metralla le destrozó una pierna. 

Quedó allí tendida, desangrándose. No se le podía recoger porque los facciosos hacían un fuego infernal cuando un soldado intentaba llegar hasta la herida. Pero uno se jugó la vida, y logró recoger a Carmen y llevarla hasta la posición leal. Se vio la gravedad de la herida, y Carmen fue trasladada a Santa María de la Alameda. De allí, en una ambulancia, al Hospital de Sangre. Los médicos se esforzaron en salvarle la pierna. Pero a los cuatro días no hubo más remedio que amputársela. 

Carmen convaleció en Madrid. Pero los ataques de la aviación facciosa destruían hogares, clínicas, hospitales... Y un día, con otros heridos, fué evacuada hacia Alicante, con las insignias de teniente en la bocamanga. 


La lucha en Toledo y el combate de Tablada

Nuestra heroína recuerda fechas de emoción en su magnífica historia guerrera: aquella lucha en Toledo contra el cuartel de la Guardia Civil, durante la cual ella entró en fuego por primera vez. El combate de Tablada, en el que la aviación bombardeó el Sanatorio estando ella curando a unos heridos, hecho que fue el que más impresión causó en el ánimo de la muchacha. 

Todos ellos, y muchos más que relata, emocionantes y gloriosos. Pero ninguno como aquel en que la muchacha madrileña tiñó con su sangre la nieve del Guadarrama.


Vicente Vidal Corella
Crónica, 9 de mayo de 1937








3386. El comandante Joaquín Rodríguez López, fundador del Batallón Alpino

La infancia de Joaquín Rodríguez López le hubiera gustado a Galdos. Y contada ahora por el mismo protagonista, es como una auténtica narración galdosiana.

 —Madrileño, del Madrid más típico y popular. Del barrio de la Latina, en la Ronda de Segovia, frente al Manzanares. Allí nací yo, el 22 de Junio de 1912. ¡Y lo que me gustaba de chico aquella proximidad del río, para corretear por sus orillas y chapotear desnudo entre sus aguas, apenas empezaba, en cada primavera, a templarlas el sol! Pero sin descuidar por ello el aprendizaje de las primeras letras, con la ayuda de mi padre, que no quería hijos analfabetos, acaso porque él mismo leía con dificultad. 

El padre, campesino gallego, había llegado a segar a Madrid. Y aquí se quedó, cambiado su oficio por el de la panadería, para cobrar un jornal de cuatro pesetas, cuando ya tenía mujer y cuatro hijos que mantener. Y como había que ayudarle a sacar la familia adelante, la mujer aportaba también su contribución al sostenimiento familiar con el reparto de pan a domicilio. 

—Pero sin que el trabajo de fuera de casa les hiciera dejar la casa desatendida. Mi madre, cuidadosa siempre del aseo de los hijos; mi padre, de nuestra instrucción. Y cuando ya leía yo de corrido, fui a las Escuelas Laicas Socialistas, de la calle de Tintoreros: las únicas Escuelas Socialistas que había entonces en Madrid, en las que recibí del maestro (don Eleuterio se llamaba) todas las enseñanzas del primer grado. Después pasé a otra escuela que existía en el Paseo de los Pontones, y pronto me distinguí entre los escolares más aprovechados. Yo quería saber... Y el maestro, don Manuel Tomé, una buena persona, aunque muy «cavernícola», advirtiendo mi deseo de ser algo por la instrucción, viéndome siempre pendiente de sus explicaciones, se interesó por mí y se ofreció, una vez que llegara la ocasión de emprender estudios superiores, a costeármelos hasta donde mi capacidad lo consintiera. Pero, poco después, don Manuel falleció. 


Un encargado de oficina con un sueldo de tres reales 

—A los doce años, la situación económica de mi casa me hizo empezar a trabajar. Y me coloqué en una oficina de la plaza de Manuel Becerra, en la que me pagaban tres reales. Estaba lejos de mi casa y había de ir en el tranvía. Pero tres reales no daban para costearme aquel desplazamiento. Y hacía el viaje de ida y vuelta con «billete de tope». Aunque luego, ya en la oficina, mis funciones adquirieran la máxima respetabilidad. Porque a mi cargo estaba todo el trabajo de correspondencia, de contabilidad. Hasta que me di cuenta de que era demasiada categoría para tan poco sueldo. 

Joaquín Rodríguez hubiera seguido siendo oficinista. Le gustaba más que un oficio manual. Pero los padres creían que los oficios son «más seguros». 

—Y entré en un taller metalúrgico, como ajustador. Allí estuve cuatro años. Después me especialicé en máquinas de escribir y calcular. Y de afiliado que era al Sindicato Metalúrgico «El Baluarte», pasé a fundar el Sindicato de mi especialidad, que comenzó siendo independiente, y luego quedó adscrito a la U.G.T.


Años de vida sindical y de acción revolucionaria 

Paralela a la instrucción escolar, está trazada en la vida de Joaquín Rodríguez la formación sindical. El padre, afiliado al Sindicato de las Artes Blancas —en su historia, toda la historia de las luchas obreras—, mientras iba enseñando al hijo a descifrar el alfabeto, modelaba ya en su sensibilidad tierna los contornos de un combatiente por las reivindicaciones del pueblo trabajador. 

—Luego pertenecí a los grupos de Salud y Cultura, con los que, a la vez que satisfacía mi afición al deporte y al campo y a la montaña —en que se había cambiado aquel gusto por las orillas y el baño en el Manzanares de mi niñez—, iba haciéndose más determinada y más resuelta mi actitud revolucionaria. ¡Buena escuela de socialistas los grupos de Salud y Cultura! Y de ellos salí para ingresar en la Juventud del partido, de la que yo era presidente en la barriada del Puente de Segovia al llegar los sucesos de Octubre de 1934. Entonces, con otro hermano mío más pequeño, me procesaron por agresión a la fuerza armada, tenencia de armas y propaganda ilícita. Pero mi hermano se declaró responsable, y yo quedé en libertad. Así pude seguir actuando en una labor de agitación y propaganda, trabajando para las elecciones, hasta el triunfo decisivo de las candidaturas del Frente Popular.


El movimiento popular frente a la sublevación de los militares 

Al estallar el movimiento militar, acudió al Círculo Socialista de la Puerta del Ángel, donde estaban entregándole algunas armas al pueblo. Y de allí salió, con otros camaradas para tomar el Campamento, y luego, Villaviciosa de Odón, Brúnete, San Martín de Valdeiglesias, El Tiemblo, Navalperal...

—Era cuando constituíamos el Grupo Jaime Vera, que más tarde —recuerda Joaquín Rodríguez— sería la base de la columna Mangada. 

Y ya formada la columna, volvió con ella a Navalperal, donde ascendió a alférez, en el Batallón Largo Caballero, al mando de una compañía que hubo de permanecer durante tres días defendiendo la posición frente a los primeros moros que en el ejército enemigo pretendían acercarse a Madrid.

—Los moros del cuarto tabor de Regulares de Larache —añade—, que se batieron bien, aunque no lograron rebajar con su prestigio de guerreros feroces la moral de victoria de los defensores del pueblo. Y cuando el enemigo había tomado Peguerinos, allá fuimos los de la sexta compañía del Batallón Largo Caballero, en la que yo hacía las veces de capitán; otra compañía de Acero y unos cuantos carabineros y guardias de Asalto de Guadarrama, y con bombas de mano y machetes caímos sobre una masa de moros que lo defendían, y los arrebatamos, con una gran cantidad de material de guerra, aquella importante posición. Ni uno sólo de aquellos mercenarios marroquíes escapó con vida. 


De campeón de deportes de montaña a creador del Batallón Alpino 

En los tiempos de paz, Joaquín Rodríguez fué un entusiasta montañero. Campeón de marcha, campeón de esquí, audaz escalador de cumbres. 

—Y el 5º Regimiento me llamo para organizar el Batallón Alpino, del que se me eligió comandante. Con él volví a la Sierra. Y allí, aunque al principio se nos acogió un poco recelosamente, porque para casi todos el deportista montañero era «el señorito» de las meriendas caras en el chalet del Club, pronto los del Alpino supimos hacernos estimar como una unidad de considerable eficacia para la lucha en aquel terreno, que tan bien conocíamos. Y con el Batallón Alpino seguí hasta que se me destinó al Estado Mayor del comandante Modesto —ese jefe admirable que tiene una rara intuición de la estrategia y la táctica militar—, a Humera y Fuenlabrada, por donde estaba intentándose impedir que se acercara a Madrid el enemigo. Pero ya aquel intento tenía que resultar inútil. Y a las puertas de Madrid estaba cuando se logró, al fin, pararlo, 


Con Lister, en la Primera Brigada Mixta del Ejército regular 

Cuando Madrid estaba cerrando su defensa en la misma boca de los cañones del enemigo, el comandante Rodríguez fué destinado como ayudante del Estado Mayor de la Primera Brigada Mixta, que entonces mandaba Enrique Lister. 

—La que después de haber sido jefe de su Estado Mayor, y luego del Estado Mayor de la II División, se encuentra hoy bajo mi mando, encuadrada en la División Lister con la definitiva organización del Ejército regular. 

Y el comandante Joaquín Rodríguez hace un expresivo elogio de este Ejército. 

—Un Ejército en el que todo el antimilitarismo acendrado en las clases populares ha de cambiarse en vocación y en entusiasmo militar. En la guerra y después. Cuando acaso sólo deban quedar en él los indispensables —dice. 

Y añade: 

—Los que se hayan ganado el derecho a quedar. 

Y el comandante Rodríguez no sabe recatar la legítima ambición de ganarse para aquel después este derecho. 


J.R.C. 
Mundo Gráfico, 14 de julio de 1937








3324. Luis Jubert

Corrían los días brumosos de diciembre del 36. Las vertientes de la Sierra de La Serna,  próximas a Belchite, ardían de pólvora y de entusiasmo. La dinámica inteligencia  de un militar iba de una parte para otra, siguiendo el curso de la lucha, señalando nuevas posiciones, alentando con su ejemplo a sus soldados. El enemigo resistía en sus reductos, más el entusiasmo e intrepidez de nuestros hombres, que la importancia del material bélico que éstos empleaban. Una arenga a sus muchachos, una llamada encendida de fe a los corazones, y una tromba humana que se lanza a la conquista de los primeros parapetos enemigos. Una tras otra, son tres las líneas de trincheras que pasan a poder de nuestros soldados. Una nube de pólvora envuelve la arrogante figura de un hombre que avanza solo, como vanguardia audaz del Ejército libertador. Solo, con su pistola de oficial, por todo armamento. Luis Jubert, tal era el hombre, marchaba adelante, cabalgando ya en las alas del triunfo. A las voces de aliento de los camaradas que le seguían, todavía tuvo tiempo para repetirles, entusiasta: «¡La Serna, o yo! ..». Y fué La Serna la que cobró el tributo de sangre de aquel luchador. Herido ya en un brazo, al asaltar un nuevo parapeto, una siniestra ráfaga de plomo mordió en el pecho ardiente del héroe...

Luis Jubert era capitán en el antiguo Ejército. Sus ideas y sus convicciones liberales habían sido causa de que en octubre de 1934, fuera degradado y encarcelado. Allí conoció todavía más de cerca la injusticia de una sociedad cimentada en una desigualdad irritante; ni que decir tiene que sus convicciones antifascistas salieron fortalecidas de la prisión. 

Llegado el 19 de julio, Luis Jubert al trente del Regimiento de Chiclana, fué uno de los primeros militares que se pusieron entusiastamente al lado del pueblo. El supo sacrificar todos sus intereses, sus conveniencias y sus ideas por el triunfo de la libertad que el apetecía. Descendiente de una familia de reconocida historia liberal, Jubert afirmó su lealtad con el sacrificio de cuanto le era querido. «Prefiero que toda mi familia perezca en la indigencia antes que la República se pierda». Así se despidió Jubert de sus amigos, cuando el alto mando le señaló Aragón como teatro de sus heroísmos.

Llegado a Aragón, pronto se destacó por su valor y por el conocimiento magnífico que en el aspecto militar tenía, además de granjearse rápidamente la simpatía de todos sus soldados, que en él tenían el más aleccionador y elevado de los ejemplos. Cuando todo en el campo dormitaba, cuando sólo la vigilancia de los centinelas aseguraba al pueblo de una sorpresa enemiga. Jubert permanecía en su puesto de mando, hasta altas horas de la madrugada, siempre concibiendo algún plan estratégico con que sorprender al enemigo. No conocía el descanso. Todas las horas del día eran hábiles para él.

Repitió varias veces los ataques sobre las posiciones de Monte Lobo, Belchite y La Serna, consiguiendo señalados éxitos en todos ellos. Su preocupación constante era la ocupación de la sierra de La Serna, en cuya conquista cifraba la caída de Belchite. Y el 7 de diciembre concibió el asalto definitivo a aquellas posiciones enemigas, en cuya operación ofrendó su vida, dedicada por completo a la causa del pueblo. 

Los soldados de nuestra división, compañeros en su mayoría del héroe, en aquellos días de emoción y de gloria, perpetuaron su memoria, denominando a su columna «División Luis Jubert»

Nosotros, que no gustamos de prodigar los aniversarios por un simple afán literario, hemos creído un deber de compañerismo y justicia dedicar unas líneas a la memoria del capitán Luis Jubert, que fué, en su vida, uno de los más firmes y reconocidos valores de nuestra División, a la que dedicó sus mayores afanes, y en la que recogió el cariño de sus soldados, que en todo momento le admiraron.

Que el recuerdo del caído estimule a nuestros soldados, para prodigar el heroísmo, el valor y el entusiasmo magníficos que poseía el malogrado compañero Jubert.


25 División
Enero de 1938