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2286. Reorganización política y sindical del exilio republicano

Dos niñas en el campo de concentración de Argeles sur Mer, febrero 1939


La presión de las tropas franquistas en las primeras semanas de 1939 hizo que los días 5 y 6 de febrero el presidente de la República, Manuel Azaña, el presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio y el presidente del Gobierno, Juan Negrín, así como los presidentes de los Gobiernos autónomos vasco y catalán, José Antonio Aguirre y Lluís Companys, se trasladasen a Francia.

Se celebró una reunión del Consejo de Ministros en Toulouse en la que se tomó la decisión de regresar a la zona de centro-levante, todavía controlada por la República. Así lo hizo el Gobierno, pero don Manuel Azaña decidió desoír el llamamiento de Negrín. Consideraba que la guerra ya estaba perdida. El mismo día que Francia e Inglaterra reconocían oficialmente el Gobierno de Burgos, el 27 de febrero de 1939. Azaña enviaba una carta al presidente de las Cortes presentando su dimisión.

El 1 de febrero se habían reunido por última vez las Cortes de la República en los sótanos del Castillo de Figueras. Respaldaron la política del Gobierno presidido por Juan Negrín.

La siguiente reunión de las Cortes tendría lugar ya fuera del territorio nacional, en París, el 3 de marzo, para dar cuenta de la dimisión de Azaña. Le correspondía al presidente de las Cortes asumir provisionalmente la presidencia de la República, de acuerdo con las previsiones constitucionales. Sin embargo, Martínez Barrio condicionó su aceptación a una consulta previa a Negrín, que no llegó a producirse. De hecho la República quedó acéfala al dejar también Martínez Barrio la presidencia de las Cortes que pasó a manos del vicepresidente primero. De modo que cuando todavía las tropas republicanas seguían luchando en la zona centro-levante, la República quedaba huérfana de las máximas autoridades constitucionales.

Los días 31 de marzo y 1 de abril se reunió la Diputación Permanente de las Cortes en París. Tras la derrota brotaban los enfrentamientos: la Diputación se opuso a Negrín. En una nueva reunión, el 26 de julio de 1939, la Diputación Permanente decidió cesar al Gobierno Negrín y asumir sus responsabilidades. En el trasfondo latía la rivalidad entre Prieto y Negrín, de largas consecuencias. Negrín quedaría descalificado y marginado. Incluso sus antiguos aliados, los comunistas, le dieron la espalda tras la firma del pacto germano-soviético de no agresión el 27 de agosto de 1939.

La Diputación Permanente de las Cortes creó la Junta de Asistencia a los Republicanos Españoles (JARE), un organismo de auxilio a los refugiados que, simultáneamente, sirvió de plataforma política para las corrientes que en el PSOE, UGT y los tres partidos republicanos -IR, UR, PRF- seguían la línea anticomunista y antinegrinista que lideraba Indalecio Prieto. Su gran competidor fue el Servicio de Evacuación de los Republicanos Españoles (SERE), plataforma política de los negrinistas y de sus aliados comunistas.

Similar proceso de desintegración sufrieron los Gobiernos catalán y vasco.

Con la ocupación alemana de una parte de Francia, pocos dirigentes políticos permanecieron en el país vecino. Entre esos pocos estuvo Lluís Companys que permaneció en la zona ocupada. Detenido por los alemanes, fue entregado a Franco. Condenado a muerte, fue ejecutado en Barcelona el 15 de octubre de 1940. La presidencia de la Generalitat la asumió de manera interina el presidente del Parlamento catalán.

El Gobierno vasco continuó funcionando en Francia bajo la presidencia de José Antonio Aguirre, del PNV, hasta la ocupación alemana que sorprendió a Aguirre en Bélgica de donde pasó a Berlín donde permaneció un tiempo oculto hasta que en el verano de 1941 pudo salir hacia América. Terminó estableciéndose en Nueva York.

Los partidos políticos y los sindicatos experimentaron en el exilio procesos similares de división y de desvanecimiento, si bien existieron intentos de reorganización en los mismos campos de concentración, desde los primeros momentos. Los socialistas, por ejemplo, se reunían en Barcarés. En esas reuniones decidieron crear una misma Compañía de Trabajo integrada por unos 250 hombres a la que más tarde se unirá otra, también formada por socialistas, entre ellos Manuel Muiño quien será uno de los pilares de la UGT en el exilio. De ese grupo de socialistas del campo de Barcarés formó parte Paulino Barrabés Galindo, alcalde de Monzón (Huesca) hasta que la localidad fue ocupada por las tropas de Franco. Estos grupos de socialistas recogieron mensualmente entre cuatro y cinco mil francos que distribuían a los mutilados, enfermos y necesitados.

La mayoría de los dirigentes políticos emigraron a América. En líneas generales, aunque hubo excepciones, los dirigentes, los intelectuales y cuadros consiguieron partir hacia América, mientras que en el polvorín europeo permanecieron las bases obreras.

Los sindicatos, una vez perdido el referente laboral y reivindicativo, orientaron su actividad hacia el ámbito político tendiendo a identificarse con los partidos políticos de su sintonía. Fue a partir de la primavera de 1944, cuando el fin de la Guerra Mundial ya se veía próximo, cuando partidos y sindicatos recuperaron una mayor actividad reorganizativa y política.

Los socialistas -la mayoría de cuyos dirigentes, salvo Largo Caballero y Negrín, habían emigrado a los países americanos- reconstituyeron su partido en Francia en el Congreso celebrado en Toulouse los días 24 y 25 de septiembre de 1944 en el que los delegados representaban a 5.277 afiliados. Fue elegido presidente Enrique de Francisco, vicepresidente Trifón Gómez y secretario general Rodolfo Llopis. En octubre de aquel año se reiniciaba en Toulouse la publicación de El Socialista. El segundo Congreso en el exilio tendría lugar, también en Toulouse, en la primavera de 1946. En ambos predominaron los planteamientos políticos de Prieto. La fracción negrinista quedó marginada.

La CNT había empezado también a reorganizarse en los propios campos de internamiento del sur de Francia. Sus órganos de representación los reconstituyeron en México donde a partir de 1942 empezaron a  publicar su órgano de expresión, Solidaridad Obrera.

El Movimiento Libertario Español se reconstituyó en Francia en el otoño de 1944. La diferencia de posiciones ante la colaboración o no con las otras fuerzas del exilio, produjo una escisión.

El PCE, que desde los primeros momentos del exilio contaba con el apoyo del Partido Comunista Francés y de los diplomáticos soviéticos en Francia, intentó controlar toda la actividad política de los exiliados españoles a través de una política de Unión Nacional. Su estrategia implicaba el entendimiento con las fuerzas conservadoras, a excepción de los falangistas. Pusieron en pie la UNE (Unión Nacional Española) en noviembre de 1942 y lanzaron el periódico Reconquista de España. Iniciaron contactos con grupos de la derecha española y organizaron grupos guerrilleros en el interior tras la tentativa de invasión armada en 1944 por el valle de Arán. Las restantes fuerzas políticas exiliadas rechazaron esta estrategia y la UNE fue disuelta a finales de 1945.

La mayoría de los integrantes de los partidos republicanos, gentes de clase media, emigraron a México. En la primavera de 1940 crearon allí un movimiento político, la ARE (Acción Republicana Española) en el que se integraron Izquierda Republicana, Unión Republicana y el Partido Republicano Federal. El intento de convertir ARE en un partido republicano único no tuvo éxito.

Las instituciones republicanas también se reconstituyeron en el exilio. La Diputación Permanente de las Cortes se reorganizó en México, como queda dicho más arriba, en septiembre de 1940. Su actuación de mayor trascendencia fue el acuerdo, suscrito por IR, UR, PSOE, ERC y ARC, para establecer un pacto de unidad para restaurar la República española fundamentado en el acatamiento a la Constitución de 1931 y a los Estatutos de ella derivados. Para desarrollar ese acuerdo se creó la Junta Española de Liberación (JEL), que consiguió la adhesión de numerosos partidos políticos, sindicatos e intelectuales. Su mayor éxito fue el conseguido en la Conferencia de San Francisco en la primavera de 1945 en que se aprobó, el 19 de junio, por unanimidad la condena moral del régimen de Franco y su rechazo como miembro de la ONU.

El éxito de la JEL en la Conferencia de San Francisco propició una reunión de la Cámara de Diputados de la República española en México el 17 de agosto de 1945 a la que asistieron cerca de cien diputados. Se proclamó a Martínez Barrio, presidente de la República. Ante él, Negrín presentó su dimisión como presidente del Gobierno, siendo elegido para sustituirle, José Giral, de IR quien constituyó un Gobierno en el que estaban representados además de los partidos republicanos, el PNV, PSOE, UGT y MLE-CNT, así como los independientes Ángel Ossorio Gallardo y el general Juan Hernández Saravia. Los comunistas se negaron a participar en un Gobierno que no estuviera presidido por Negrín.

El Gobierno Giral inició el proceso de reorganización institucional a pesar de los escasos recursos disponibles. La favorable acogida del Gobierno francés hizo que las instituciones republicanas se trasladaran a París donde en los primeros meses de 1946 quedaron instalados el presidente de la República y el presidente del Gobierno. Tras el fusilamiento por parte de Franco del comunista Cristino García Grandas, uno de los guerrilleros que se habían introducido en el valle de Arán en 1944, y que durante la Guerra Mundial había destacado por su heroísmo luchando en suelo francés contra los alemanes, por lo que el Gobierno francés le había concedido la más alta condecoración, el Gobierno francés se propuso llevar la cuestión española ante el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero desistió ante la posición inglesa y norteamericana que consideraban que no debían injerirse en cuestiones internas del Estado español. Tras la «Nota Tripartita» suscrita en tal sentido por USA, Gran Bretaña y Francia, se desinflaron muchas de las esperanzas que los exiliados españoles habían tenido al término de la Segunda Guerra Mundial.

Un año después el Gobierno en el exilio haría crisis y su presidente, Giral, dimitía tras las tensiones con los sectores del exilio -entre otros el grupo de Prieto- que lo consideraban un obstáculo para las negociaciones con las instancias internacionales. La posibilidad de una alternativa republicana al régimen de Franco se desvanecía.

No obstante, la República española mantuvo en el exilio su continuidad, siquiera fuese de forma simbólica, hasta el año 1977 en que sus órganos representativos se disolvieron al comprobar que la transición democrática iniciada en España iba en serio.


Félix Santos










2284. Combatiendo con los aliados. Salidas a América. Exiliados en la URSS

A. Martínez, Herrero y M. Lozano en  Alemania, 1945


Combatiendo con los Aliados


Iniciada la Segunda Guerra Mundial muchos de esos españoles murieron combatiendo a los alemanes desde las filas del Ejército francés. Otros combatieron en la Resistencia. Los republicanos españoles estuvieron presentes, con actuaciones a veces decisivas, en los episodios más significativos de la guerra: en Narvirk (Noruega), en Dunquerque, en la batalla de Francia, en el Desembarco de Normandía, en el Plateau de Glières, en la liberación de París, en la liberación de Estrasburgo, en la liberación de Burdeos. Sus actuaciones fueron también decisivas para liberar Foix y otras poblaciones del sur de Francia. «No hay región francesa que no esté regada con sangre española en esos años de lucha frente a las tropas hitlerianas», en palabras de uno de los guerrilleros españoles supervivientes.


Los alemanes hicieron prisioneros a unos trece mil combatientes españoles. Al establecerse en agosto de 1940 el primer convenio sobre prisioneros entre Francia y Alemania, el Gobierno francés no quiso reconocerlos como miembros de sus fuerzas regulares por ser extranjeros. El Gobierno español, al que consultó el Gobierno alemán, ya que no se encontraba en guerra con España, se desentendió de ellos. Los alemanes, al negarse estos españoles a trabajar para ellos, en vez de libertarlos o dejarlos donde estaban, les internaron en los «campos de la muerte», en Dachau, Mauthausen, Buchenwald, Oranienbrug, Auschwitz, terribles campos en los que murieron la mayoría. Al llegar a los campos de exterminio, a los españoles les entregaban el triángulo azul de apátridas y la S de España (Spanien, en alemán). (El triángulo rojo identificaba a los presos políticos; el verde, a los ladrones criminales; el marrón, a los gitanos y vagos; el rosa, a los homosexuales; el negro, a los criminales asociales; el violeta, a sacerdotes y objetores; y el amarillo con la estrella de David identificaba a los judíos).


En el campo de Oranienburg fue internado el ex presidente del Gobierno republicano español, Francisco Largo Caballero, dirigente socialista y durante mucho tiempo secretario de la Unión General de Trabajadores. Vivía en París, acogido a la modesta ayuda de la Sindical Internacional Socialista cuando fue detenido por la policía francesa de Vichy que le entregó a los alemanes. Enfermo y ya septuagenario fue trasladado por los alemanes al campo de Oranienburg, en las cercanías de Berlín, donde permaneció hasta el final de la Guerra Mundial. Fue liberado por el Ejército soviético el 24 de abril de 1945. Tenía 76 años. Fallecería al año siguiente en París.



Salidas a América


México, país que se había singularizado por apoyar sin vacilaciones a la República española durante la Guerra Civil, acogió a los refugiados españoles sin limitaciones y mantuvo el reconocimiento oficial de la República en el exilio hasta su extinción en 1977.


La actitud de acogida de los exiliados por parte del general Lázaro Cárdenas, presidente de México, fue contundente. Durante la Guerra Civil abogó en la Sociedad de Naciones por la República española denunciando las flagrantes violaciones de la No Intervención. En el verano de 1937 acogió ya a 500 niños evacuados. Y en 1939, al conocer las condiciones infrahumanas en que se encontraban los refugiados españoles en los campos del sur de Francia, puso en marcha una generosa política de asilo.


A partir de abril de 1939 fueron llegando a México, procedentes de Francia, los barcos Flandra, Sinaia, Ipanema, Mexique, con refugiados españoles. Otro barco, el Champlain, naufragó a la salida de Marsella, alcanzado por un torpedo o por una mina. Quedó inservible.


El número total de refugiados españoles que llegaron a México se aproximó a los 20.000. Eran gente profesionalmente muy cualificada. Allí llegó una parte muy importante de la intelectualidad española que en el primer tercio del siglo había situado a España en un nivel científico, artístico y literario muy elevado: catedráticos universitarios, científicos, escritores, arquitectos, ingenieros, directores de cine, actores y actrices, periodistas, médicos, juristas, historiadores, pedagogos, militares, músicos, traductores, editores. Incorporados a la vida cultural mexicana, dejaron en ella una huella muy transformadora.


También llegaron refugiados españoles a Cuba, Santo Domingo, Colombia, Venezuela y otros países iberoamericanos. Noticia pormenorizada de los acogidos en cada uno de estos países puede encontrarse en el citado trabajo de Vicente Llorens sobre la emigración republicana de 1939.


Este espectacular éxodo de una parte muy significativa de la intelectualidad española supuso una dolorosa mutilación -sangría cultural- la ha llamado Abellán de la que España ha tardado mucho en recuperarse. De esta brutal mutilación nos ocupamos en otro epígrafe. Para los países hispanoamericanos receptores supuso un enriquecimiento muy fecundo. Algunas universidades americanas experimentaron con la incorporación de catedráticos e investigadores españoles, cambios traducidos en un gran salto adelante. Piénsese, por ejemplo, que la Universidad Autónoma de México llegó a tener un 60 por ciento de profesores españoles.



Exiliados en la URSS


La diáspora republicana llevó a la URSS a unos 4.000 españoles, en gran parte miembros del Partido Comunista de España y sus familiares. En esta cifra hay que incluir a los aproximadamente 3.000 niños, en su mayor parte asturianos y vascos, evacuados durante la guerra. La mayoría de estos niños vivieron en Leningrado hasta que la URSS entró en la Guerra Mundial, momento en que fueron trasladados a zonas más tranquilas, sobre todo a Georgia.


Hacia junio de 1941, cuando Alemania invade la URSS, el número de españoles residentes en Rusia, según Enrique Líster, era de 4.221. De ellos, cerca de 3.000 eran niños, 900 exiliados adultos, 122 maestros que cuidaban de los niños, 157 aviadores y 69 marinos. Esta estimación no incluía a los grupos que habían terminado en campos de concentración, a veces por razones nimias que en pleno estalinismo daban pie a acusaciones de antisovietismo: haberse reído de un inofensivo chiste sobre un dirigente, por tener algún fallo en el trabajo, por elogiar cómo se vivía en otros países, o por expresar el deseo de no querer quedarse en la URSS (como les ocurrió a un grupo de pilotos que fueron llevados por esta causa a Novosibirsk, en Siberia).


El núcleo más importante de los españoles adultos que llegaron a la URSS en la primavera y el verano de 1939 lo constituyeron los cuadros del PCE y del PSUC, con sus familiares. A ellos hay que añadir un centenar de empleados en la Embajada soviética en España y algunos combatientes de las Brigadas Internacionales.


Para seleccionar a estos refugiados se creó en Francia una comisión de la que formaron parte Dolores Ibárruri, Irene Falcón, Jesús Hernández, Antonio Mije, Santiago Carrillo, Juan Modesto, Maurice Taurez, André Marty y otros. Actuaron con las siguientes prioridades: jefes militares y políticos, dirigentes del partido y de la JSU, dirigentes de federaciones de la UGT, altos cargos públicos y administrativos, miembros de los Consejos de Empresa y Comités de Control, dirigentes de sindicatos importantes y pequeños y cuadros del partido y de los sindicatos. La mayor parte de los seleccionados estaban en los campos de concentración del sur de Francia. Se incluyeron también a algunos que estaban en África.


Daniel Arasa ha recogido el testimonio de quien había sido secretario de la UGT de Barcelona, Agustí Arcas, que cuenta cómo fue su salida hacia la URSS:


"Estaba en el campo de concentración y por los altavoces anunciaron mi nombre y me comunicaban que me presentara en el puesto de mando del campo. Al llegar allí encontré a unos representantes de la Embajada soviética en Francia que me ofrecieron acogida en la URSS. Les dije que en otro campo destinado a población civil tenía a mis familiares a lo que respondieron que abrían también para ellos las puertas de la URSS".


El viaje a la URSS se hizo en buques que partían casi en todos los casos de Le Havre a Leningrado. A veces se trataba de buques de carga que llevaban también pasaje. En el primero que partió, el María Uliánova, viajaban, entre otros, el aviador Ignacio Hidalgo de Cisneros, máximo responsable de la aviación republicana, Dolores Ibárruri, Palmiro Togliatti, Joan Comorera, Vicente Uribe, Rafael Vidiella.


Entrada la URSS en la Guerra Mundial, los españoles combatieron como voluntarios en las filas del Ejército Rojo, en unidades guerrilleras que tuvieron en jaque a la retaguardia alemana, o como aviadores. Desparramados por el inmenso país, hubo españoles combatiendo en la defensa de Moscú, en la región de Kalinin, por los bosques de Bielorrusia y de Ucrania, por los montes del Cáucaso, por las riberas del Mar Negro y del Báltico, en el Azov, por Crimea y por el Kuban, y por las rutas que condujeron a los soviéticos hasta el mismo Berlín.



Mutilación cultural


El desenlace de la Guerra Civil arrancó de España a un nutrido colectivo de intelectuales, probablemente los más destacados y prestigiosos: catedráticos, escritores, historiadores, artistas, científicos, juristas, periodistas, directores de cine, ingenieros, militares... Fue una mutilación de largas consecuencias para la vida cultural española que quedó fuertemente empobrecida durante varias décadas. El éxodo provocado por la Guerra Civil ha sido el más importante de la historia de España no sólo por sus dimensiones y por sus trágicas circunstancias, también por ese componente intelectual que dejó al país privado de los hombres que habían puesto a la nación en un lugar muy relevante del panorama internacional por su alto nivel creativo y científico en el primer tercio del siglo.


En el ámbito de la filosofía hay que citar a José Gaos, María Zambrano, Joaquín Xirau, José Ferrater Mora, Manuel Granell, José Recasens Siches, David García Bacca, Eugenio Imaz, Augusto Pescador, Adolfo Sánchez Vázquez, Eduardo Nicol, Juan Roura Parella, Jaime Serra Hunter...32 Y a los filósofos sociales: Manuel García Pelayo, Francisco Ayala, Fernando de los Ríos, José Medina Echavarría y Lino Rodríguez Arias.


Si nos referimos a los poetas, casi toda la generación del 27 pasó al exilio: nombres tan relevantes como Luis Cernuda, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Pedro Salinas, Jorge Guillén, José Moreno Villa, Emilio Prados, León Felipe, Juan José Domenchina, Ernestina de Champourcin, Pedro Garfias, Manuel Altolaguirre, Concha Méndez, Arturo Serrano Plaja, Enrique Díez-Canedo, Gil-Albert. La concesión del Premio Nobel en 1956 a Juan Ramón Jiménez vino a ser un reconocimiento a esa poesía española en el exilio.


La nómina de novelistas y escritores también fue muy importante y entre ellos encontramos algunas figuras decisivas de la literatura española contemporánea: Max Aub, Ramón J. Sender, Francisco Ayala, Corpus Barga, Rosa Chacel, Arturo Barea, José Bergamín, Manuel Andújar, Jorge Semprún, Mercé Rodoreda, Joan Sales, Carranque de Ríos, Arconada, Paulino Masip, Corrales Egea, Esteban Salazar Chapela, Agustí Bartra, Ferrán de Pol, Pere Calders... Y hay que añadir un largo etcétera. Hasta setenta y seis nombres de novelistas en el exilio le salieron al crítico Rafael Conte en su artículo «La novela española del exilio» publicado en el año 1969 en Cuadernos para el Diálogo.


En el ámbito científico hay que situar nombres tan destacados como el de Severo Ochoa, Premio Nobel en 1959. Arturo Duperier, Julio Rey Pastor, Francisco Grande Covián, Bosch Gimpera, ex rector de la Universidad de Barcelona, Juan Oró, el ingeniero aeronáutico Emilio Herrera, general de Aviación que sería durante un tiempo presidente de la República española en el exilio, Rafael Rodríguez Delgado, Ignacio Bolívar...


También tuvieron que exiliarse músicos de gran categoría, como el tarraconense Roberto Gerhard, el único discípulo español de Schenberg, Salvador Bacarise, Rodolfo Halffter que fue profesor del Conservatorio en México, Julián Bautista que residió en Argentina, Pau Casals, Óscar Esplá, José Bal y Gay, Tapia Colman. La música española perdió prácticamente  toda una generación, la generación musical del 27.


Los periodistas que partieron al exilio fueron numerosos. Algunos tuvieron menos suerte y terminaron ante el pelotón de fusilamiento como Javier Bueno, Eduardo Castro, Julián Zugazagoitia, Cruz Salido, Agustín Vivero o Manuel Navarro Ballesteros. Algún otro, como Eduardo de Guzmán, fue condenado a muerte y más tarde indultado. Toda la prensa democrática y progresista quedó descabezada. Partieron al destierro Manuel Chaves Nogales, director de Ahora, Corpus Barga, escritor y redactor de El Sol, Luis Araquistain, director de Claridad, Francisco Díaz Roncero, que dirigiría las emisiones en español de Radio París al término de la Guerra Mundial, Justo Cabot, director de El Mirador, Antonio Hermosilla, director de La Libertad, Arturo Mori, redactor de El Liberal, Clemente Cimorra, redactor de El Mundo Obrero, José Luis Salado, director de La Voz de Madrid, Gabriel Trillas, director de Noticias, Isaac Abeytua, José María Aguirre (Américo Vélez), Ernesto Guasp, José Díaz Morales y un larguísimo etcétera.


La relación de intelectuales destacados en las más diversas disciplinas puede hacerse interminable. En Medicina pueden ser citados Urbano Barnés, ginecólogo y obstetra madrileño, Marcelino Pascua, médico vallisoletano, ex embajador de la República en la URSS, José Bernárdez, Julio Bejarano, profesor de Dermatología en la Universidad de Madrid, Antonio Capella, Cristián Cortés, cardiólogo catalán, Isaac Costero, Alberto Folch y Pi, farmacólogo catalán, profesor de la Universidad de Barcelona, etc. Entre los docentes y pedagogos se encontraban Juan Corominas, lingüista catalán, Luis Jiménez de Asúa, catedrático de Derecho Penal en la Universidad de Madrid, Fernando de los Ríos, profesor de las Universidades de Granada y Madrid, Lorenzo Luzuriaga, Ángel Ossorio y Gallardo, distinguido jurisconsulto madrileño, Emilia Elías, directora de la Escuela Normal de Madrid, Domingo Barnés, catedrático de Paidología en la Escuela de Magisterio de Madrid, Antonio Ballesteros, Dantón Canut, Abelardo Fábrega, Martín Navarro, de la Institución Libre de Enseñanza, José Martínez Aguilar, Luis Santullano, Antonio Robles y Soler, Domingo Tirado y un larguísimo etcétera. Entre los historiadores figuraban nombres tan ilustres como Claudio Sánchez Albornoz, catedrático en la Universidad de Madrid, y Américo Castro, catedrático de Historia de la Lengua Española en la Universidad de Madrid ...



Félix Santos

Exiliados y emigrados: 1939-1999










1817. El destino de los exiliados

Refugiados españoles atraviesan el puente colgante de Boulou, en la frontera franco-española, el 8 de febrero de 1939


La diáspora de los republicanos exiliados llevó a estos españoles a los más alejados e insospechados lugares del planeta. Una parte de ellos combatió a los alemanes durante la Guerra Mundial. Unos lo hicieron con los soviéticos a través de toda la Europa del Este. Otros, integrados en las unidades del general Leclerc que desde el norte de África avanzó por territorio francés hasta liberar París y Estrasburgo, o luchando en la resistencia francesa y participando de manera decisiva en la liberación de diversas localidades del sur de Francia. No pocos terminaron en los campos de exterminio alemanes de los que pocos salieron con vida. Otros, más afortunados, llegaron a América desparramándose por casi todos sus rincones.

Francia, que había visto cómo en el curso de los tres primeros meses de 1939 el número de refugiados españoles había sobrepasado el medio millón, intentó desembarazarse del mayor número posible de ellos. El Gobierno francés, agobiado por los problemas que le creaba aquel éxodo de dimensiones inesperadas y por los gastos que le ocasionaba, llevó a cabo campañas entre los refugiados para fomentar su repatriación, buscó nuevos países de asilo y terminó por encuadrar a varias decenas de miles en las CTE (Compañías de Trabajadores Extranjeros) promulgando leyes que disponían el trabajo obligatorio de los refugiados.

De esta manera se produjo una diáspora de los refugiados españoles durante los meses siguientes a la finalización de la Guerra Civil española, lo que hizo que corrieran suertes muy diversas.

Las autoridades francesas consiguieron persuadir a unos 360.000 refugiados que fueron regresando de manera discontinua a España a lo largo de todo el año 1939. En el mes de diciembre de 1939 quedan en Francia aproximadamente 140.000 refugiados españoles, de los que 40.000 son mujeres y niños y 100.000 ex combatientes.

A primeros de junio de 1939 la Confederación Nacional de Ayuda a los Refugiados Españoles había pedido la supresión de los campos de concentración en que estaban recluidos los exiliados españoles en condiciones penosas y que se reintegraran en la vida civil francesa. Esta petición fue desoída. Por el contrario, el Gobierno francés para aliviar los gastos que le ocasionaban y aprovechar su potencialidad a favor de los intereses franceses, decidió utilizar a los que quedaron en territorio francés como mano de obra para fines militares o económicos, para lo que promulgó leyes por las que creó las Compañías de Trabajadores Extranjeros.

También hicieron propaganda en los campos para reclutar voluntarios para la Legión. Los que eligieron ese camino -unos 10.000- fueron destinados al norte de África. El 75 por ciento de ellos perdieron la vida meses después, en 1940, en la batalla de Francia.

Mayor aceptación tuvieron entre los refugiados españoles los Batallones de Marcha y las Compañías de Trabajo. La Legión, los Batallones de Marcha, las Compañías de Trabajo, fueron las fórmulas sucesivas ideadas por las autoridades francesas para encuadrar militarmente a la masa de refugiados españoles, especialmente a los más jóvenes. Cuando comprobaron que los alistamientos a la Legión se hacían con cuentagotas, decidieron la creación de los Batallones de Marcha dirigidos por oficiales franceses. Tampoco tuvieron demasiado éxito, según el testimonio de Pons Prades, porque esos Batallones parecían una copia de la Legión. Como último recurso crearon las Compañías de Trabajadores Extranjeros que incorporaron a oficiales españoles como auxiliares de los franceses.

Estas CTE quedaban a disposición de los generales jefes de las regiones militares y se les encomendó labores de defensa, construcción de fábricas de armamento y sobre todo la construcción de fortificaciones en el Atlántico y en las fronteras con Alemania e Italia.

Pons Prades calcula que de abril del 39 a marzo de 1940 los alistados, voluntarios o forzosos, en estas Compañías de Trabajo fueron unos 75.000. Otros 35.000 se integraron en unidades del Ejército francés, de los que unos 10.000, como queda dicho, se alistaron en la Legión Extranjera.


Félix Santos









1707. Los cinco exilios del 36 al 39



Durante la Guerra Civil de 1936 a 1939, al compás de las vicisitudes de los acontecimientos bélicos, se produjeron cinco movimientos migratorios de desigual envergadura pero siempre muy dramáticos.

El primero de todos ellos se produjo el verano de 1936 al caer Guipúzcoa en poder de los sublevados. En los primeros días de septiembre cayó Irún tras una resistencia desesperada. Las tropas de Franco entraron en una ciudad abandonada por sus habitantes e incendiada por sus defensores. Ese día comenzó el primero de los éxodos que sufriría el pueblo español en esos tres fatídicos años. Miles de mujeres, niños y ancianos, atravesaron la frontera llevando consigo algunos enseres. San Sebastián caería pocos días después, el 15 de septiembre por la tarde. Cuando entraron los franquistas la mayoría de la población había evacuado la ciudad.

De 15.000 a 20.000 españoles vascos huyeron a Francia. Muchos lo hicieron por mar desembarcando en San Juan de Luz y en Bayona. A los pocos días de su huida unos diez mil de esos refugiados regresaron a la zona republicana, por Cataluña. Unos pocos regresaron a la misma Guipúzcoa donde habían quedado sus familias. Quedaron en Francia como refugiados de guerra unos cinco mil.

El segundo de los exilios republicanos afectó ya a unas 125.000 personas. Se produjo a raíz de la victoria de las tropas franquistas en el Frente Norte entre los meses de marzo a octubre de 1937. A la caída de Bilbao (19 de junio), Santander (26 de agosto) y Asturias (Gijón fue tomada el 27 de octubre), se produjo una fuerte desbandada hacia Francia. Se calcula que dos tercios de los fugitivos procedían del País Vasco.

La mayoría de los españoles evacuados a lo largo de 1937 permanecieron en Francia solamente unos días o varias semanas. Las autoridades francesas les estimulaban a que regresasen a España, a la zona de su elección, lo que muchos hicieron. Una parte de ellos, sin embargo, permaneció en Francia o fueron llevados a otros países europeos o a América hacia donde embarcaron a finales de octubre de 1937 pequeños grupos de vascos en edad militar.

La tercera fase de exiliados se refiere a los que por distintos medios de evasión o amparados por la representación diplomática de algunos países consiguieron refugiarse en Francia o en Portugal o en Gran Bretaña. Se calcula que a lo largo de 1936, 1937 y 1938 salieron no menos de 40.000 personas. La mayoría de ellos eran huidos de la zona republicana. Entre ellos figuran algunos célebres escritores que, de una u otra forma, terminaron dando su apoyo a Franco, al menos en aquella coyuntura bélica. Los casos de Ortega y Gasset, Marañón, Pérez de Ayala, Pío Baroja -que pasó una noche aciaga, detenido por los carlistas-, Azorín o Wenceslao Fernández Flórez, fueron paradigmáticos.

Ortega y Gasset había sido firmante, junto con Marañón y Pérez de Ayala, en el año 1931, del Manifiesto al Servicio de la República. Sin embargo pronto apareció como el primer desertor prestigioso del régimen republicano al publicar su célebre artículo «Un aldabonazo» en el que formulaba aquella frase «no es esto, no es esto». Iniciada la guerra, Ortega se había refugiado en la Residencia de Estudiantes de Madrid, lugar que consideró más seguro que su propia casa o las de sus familiares o amigos. A finales de julio de 1936 consintió firmar una nota de adhesión a la República que apareció en el ABC, pero se negó a hablar por Radio América como le habían solicitado. A raíz de ese episodio comenzó a decirse en los periódicos que la filosofía de Ortega había inspirado al fascismo y a José Antonio Primo de Rivera. En cuanto pudo, Ortega huyó a Francia vía Valencia. Llegó a Marsella y tras breve estancia en Grenoble se instaló en París. La República le destituyó de su cátedra de Madrid.

Marañón, al estallar la guerra, fingió un radicalismo izquierdista del que nadie sospechó. Se afilió a la CNT, hizo encendidas proclamas obreristas por radio y preparó la evacuación de intelectuales hacia Valencia. En cuanto pudo, dejó Madrid, en las Navidades de 1936, y se pasó a Francia donde siguió haciendo declaraciones, ahora crecientemente simpatizantes con el caudillo.

Ramón Pérez de Ayala consiguió salir de Madrid en septiembre de 1936, protegidos él y su familia por la Embajada británica. A finales de ese año se instaló en París. En junio de 1937 escribió a Franco ofreciéndole sus servicios. Más tarde, en 1938, se instaló en Londres.

Azorín logró salir de Madrid en agosto de 1936. También se estableció en París donde vivió aislado. En enero de 1939 escribió un «memorial» a Franco en el que le proponía la celebración en París de una Conferencia -para cuya presidencia proponía a Marañón-, que sirviera de aglutinante y cauce para reintegrar a la patria a los intelectuales exiliados. La carta fue interceptada por Serrano Súñer que escribió a Marañón aconsejándole que se desentendiera de «gentes que no pasan por un sincero arrepentimiento de sus errores políticos».

Don Pío Baroja, que el 18 de julio había salido de su casa de Vera de Bidasoa con un amigo médico para acercarse a un pueblo cercano, fue detenido por los carlistas. Estuvo detenido una noche y según su testimonio quisieron matarle allí mismo. Le sacó el coronel Martínez Campos, duque de la Torre. En cuanto recuperó la libertad se pasó a Francia y se instaló en París. Allí fijó su residencia en el Colegio de España, en la Ciudad Universitaria. Tenía 64 años. Su vida en París fue triste y solitaria, como la de Azorín. En el prólogo de Aquí París lo expresa: «Yo he pasado parte de la vejez en el extranjero, muchas horas solo, no teniendo más entretenimiento que mirar por la ventana a la calle, a una carretera o a un descampado». Baroja, desde mediados del 1937 buscó un salvoconducto para regresar a Vera de Bidasoa. Lo consiguió y regresó en septiembre de 1937.

Más tarde, la actitud de estos escritores ante el franquismo fue diversa. Reintegrados todos ellos a España durante la dictadura, Ortega y Pío Baroja mantuvieron una actitud distante con el régimen. Con todo, la trayectoria cívica de estos intelectuales contrastó con la nutrida nómina de escritores, filósofos, profesores, músicos y profesionales de diversas disciplinas que se mantuvieron fieles a la República y se negaron a realizar componendas con la España de Franco: Max Aub, Sender, Alberti, Moreno Villa, Picasso, Pau Casals, Bosch Gimpera, Bacca, Altolaguirre, Corpus Barga, Barea, Mercé Rodoreda, Cernuda y un larguísimo etcétera. Su exilio supuso una verdadera mutilación cultural, a la que me referiré más adelante.

De marzo a junio de 1938 se produjo la cuarta oleada de exilios con ocasión de la caída del frente de Aragón tras la batalla del Ebro. En total pasaron la frontera hacia Francia unos 25.000 hombres casi todos ellos combatientes que una vez en Francia decidieron en su mayoría volver a la España leal por Cataluña para proseguir la lucha. El número total de refugiados españoles en Francia a finales de 1938 ascendía a algo más de 40.000, según las más recientes estimaciones.

Pero fue el éxodo de medio millón de españoles, soldados y población civil, entre enero y febrero de 1939, al ocupar el ejército de Franco Cataluña, el que ofreció las trágicas imágenes de la mayor hecatombe de la historia de España. Los que buscaron refugio en Francia fueron no solamente los soldados y oficiales del ejército de la República, funcionarios del Gobierno, dirigentes políticos y sindicales, obreros y profesionales de todo tipo, sino también en muchos casos, sus familiares, ancianos, mujeres y niños.

Huían aterrados por las atrocidades cometidas por los franquistas vencedores, atrocidades que circulaban de grupo en grupo. La toma de Barcelona y la implacable represión provocó el pánico en las poblaciones. Les llegaban noticias del matadero del Llobregat donde la división mandada por el general Yagüe había ametrallado a quinientos civiles.

La fila de fugitivos cubría kilómetros y kilómetros. En todas las carreteras que llevaban al norte podía verse la misma riada. Interminables filas de soldados harapientos, de mujeres desoladas, de ancianos taciturnos, de niños abatidos por la fatiga, de heridos y mutilados. Entre la Jonquera y Le Perthus la carretera estaba embotellada por millares de coches, camiones, camionetas, tartanas, caballos, que se abrían paso entre una muchedumbre extenuada.

Los refugiados caminaban lentamente. Llevaban consigo lo que habían podido salvar precipitadamente de sus hogares abandonados, fardos improvisados, viejas maletas. La mayoría iban envueltos en mantas para protegerse del frío. Reinaba un grave silencio, roto únicamente por el ruido de los aviones alemanes e italianos que se acercaban volando a baja altura para ametrallar y bombardear a la muchedumbre. Los franquistas no sólo querían la victoria, que ya habían conseguido, sino aniquilar a los rojos. El periódico francés Le Midi socialiste del 29 de enero informaba que 17 niños habían muerto entre Barcelona y Figueras como consecuencia de esos ametrallamientos de la aviación franquista.

El ejército nacional avanzaba ocupando los últimos reductos de Cataluña. Los republicanos, agotados y sin municiones, se limitaban a plantear algunos combates esporádicos con el objetivo de retardar el avance del ejército de Franco y proteger la retirada.

Las carreteras que llevan a Francia estaban cada día más atestadas de todo tipo de objetos: armas, automóviles, ambulancias, bicicletas, animales, que los republicanos intentaban pasar a Francia para que no cayeran en poder de los nacionales. El avance resultaba lento y difícil.

La acogida dispensada a los refugiados españoles por las autoridades y el pueblo francés tuvo altibajos y ambivalencias que describe de manera muy documentada la historiadora francesa Geneviève Dreyfus-Armand.

En estos últimos años siguen apareciendo testimonios escritos de algunos supervivientes de aquel terrible éxodo, españoles que ya con setenta u ochenta y tantos años quieren dejar constancia de cómo fue aquella trágica odisea que vivieron y de sus estados de ánimo en aquellos aciagos momentos. Son testimonios valiosos que permiten reconstruir con fidelidad lo ocurrido. La reproducción de algunos pasajes de sus testimonios ayuda a hacerse una idea bastante precisa de lo que fue aquel grave desgarrón, uno de los episodios más traumáticos en la historia de nuestro país.

Uno de aquellos soldados republicanos fugitivos, Esteban R. Pamies, hoy residente en Nueva York adonde le condujo su largo y movido exilio, ha publicado en 1994 en aquella ciudad norteamericana el libro autobiográfico La importancia de un hombre sin importancia en el que hace una pormenorizada descripción de su cruce de los Pirineos:

Al llegar a la provincia de Gerona, los aviones enemigos se acostumbraron a barrer o ametrallar los convois (sic) que desfilaban por las carreteras. Esteve recuerda la ciudad de Figueras como la última etapa de su peregrinación sobre asfalto. Allí perdió su maleta entre carretas, autocares y bicicletas y muertos que yacían a su alrededor.

Al renacer la calma, se escuchaban gritos de dolor y de espanto que surgían del fondo de unas cunetas repletas de heridos y mutilados indefensos. En los momentos cruciales de una retirada global y desorganizada, no hay médicos ni ambulancias que se presten para auxiliar a los desvalidos.

El temor de caer prisionero, el miedo a ser rechazado en la frontera, el egoísmo que se respira entre miles de fugitivos que parecen competir a quién llega primero, todo influye en la ansiedad del que escapa sin mirar para atrás...

Entre resbalón y caídas, aquella muchedumbre seguía penosamente su único itinerario anhelado por todos. Unos, vestidos con uniformes andrajosos. Otros, con sus ropas habituales de paisano, campesino, citadino o aldeano, se movían como una avalancha desorientada por carreteras, caminos, trillos y también escalando montañas o bordeando lagos y ríos. Había niños, ancianos, mujeres embarazadas, heridos malcurados, mutilados de guerra y moribundos desatendidos.

Aquellos panoramas deplorables incitaban a cuidar y ayudar a los inválidos impotentes de seguir adelante por la carencia de transportes.

La impresión que causaba aquel desbarajuste a los leales, no era compartida por los aviadores nacionalistas, pues que estos gozaban ametrallando y aniquilando los pobres indefensos «rojos». Este apodo, generalizado entre franquistas, fue un despectivo renombre que ensuciaba intencionalmente a todos los sanos republicanos que defendieron heroicamente su patria legal contra los golpistas aristocráticos y clericales.

Cuando ya se hallaba el joven soldado Esteban R. Pamies en suelo francés experimentó sentimientos que cincuenta años después seguía recordando:

De pronto, retumbó un trueno proveniente de la zona española. Todos miraron hacia atrás con tristeza. Detrás de aquellas imponentes montañas se luchaba todavía y se morían españoles nobles y fieles a sus ideales. Los muchachos se hallaban en una zona libre (Francia), pero huraña y extraña. Aquella seguridad vital acusaba a la conciencia de cada uno como reprochando la deserción y el abandono de sus compatriotas.

Bajando la cabeza para esconder las lágrimas, aquellos corazones lloraron nostálgicos por la primera vez. Sus hogares, familias, amistades y amores permanecían en sus puestos valerosamente, mientras que ellos habían huido de la vengativa rabia enemiga.

Aquella tierra santa seguiría persiguiéndoles mientras vivieran afuera. Todos confiaban en volver pronto a su terruño y mentalmente se repetían para consolarse: «volveremos muy pronto».

Los pobres ignoraban que el Generalísimo se mantendría cuarenta años en el poder.

Otro de aquellos fugitivos era Eulalio Ferrer. Tenía entonces 19 años y era oficial del Ejército derrotado. En 1988 publicó el diario que escribió por aquellos días, en el que da testimonio de su emocionado encuentro en la plaza de Banyuls con Antonio Machado y su madre:

Nuestra retirada, desde Figueras, nos había conducido a Port-Bou el 5 de febrero de 1939. La evacuación a Francia ya estaba iniciada. Se asaltaban los camiones y los depósitos de víveres. Millares y millares de gentes en fuga. La ira y el pavor se confundían en los rostros. Jefes y soldados, mujeres y niños. Caravanas interminables de coches. Armas por doquier, cañones, ametralladoras, fusiles, tanques dinamitados. El túnel fronterizo fue el refugio general. Alcanzamos un vagón para dormir y esperar nuestro turno de salida.

Me he hermanado con Luis Cillán, compañero de guardia en el castillo de Figueras. También es capitán y socialista. Madrileño de pura cepa. Es seis años mayor que yo y yo le veo con cierto respeto. Atesora una experiencia que a mí me falta. Me atrae su vida aventurera y su confianza en el futuro, liberados por completo de la guerra. He conseguido provisiones para el viaje: galletas y carne enlatada. Andamos lenta e incansablemente. A primeras horas del 7 de febrero pisamos tierra francesa. Entregamos nuestras pistolas que hacen pirámide con otras. Tropas francesas distribuidas a todo lo largo de la cordillera divisoria. Junto a la bandera gala, la republicana. Muchos se cuadran ante ellas. Otros, lloramos por dentro en el choque silencioso de las miradas. Una idea nos obsesiona y puede más que las demás: ¡la guerra ha terminado! Pero sus canciones nos siguen cargadas de ecos melancólicos. Suenan a despedida. Pasamos Cerbere y acampamos en Banyuls. En la placita del pueblo, sentados en un banco, Luis descubre a Antonio Machado y a su madre. Nos miran con gratitud cuando les hablamos. Nos han prometido que vendrán a recogernos, dice don Antonio. Pero nadie sabe nada de nada. Observa mi capote militar y se lo entrego impulsivamente, como si así quisiera rendir homenaje a este gran poeta que tanto admiro. Lo junta a la manta que cubre los dos cuerpos, necesitados de más abrigo. Alguna palabra musitan, pero sólo percibimos la luz que pasa de unos ojos a otros, patéticamente tristes, buscando la tranquilidad de la despedida. Andando sobre la carretera llegamos a Port-Vendres. El éxodo congestiona el lugar.

Me impresiona el cuadro de unos mutilados de guerra que piden angustiosamente espacio en un camión. Se acerca uno de los carabineros españoles mezclados con pilotos de aviación y los recogen. En otro nos hacen sitio a nosotros y seguimos adelante. ¿Adónde? A este campo de Argelés-sur-Mer. Luis Cillán se niega a entrar y huye. Yo no puedo seguirle porque me atrapan los gendarmes franceses y quedo dentro de un círculo de cientos más. Se nos conduce al otro lado de las alambradas. Allí nos esperan soldados senegaleses con bayoneta calada y gesto feroz, gritándonos: allez... allez... allez! Con nuestros macutos al hombro, nos formamos en grupos de ocho a diez. Trato de escaparme, pero fracaso una y otra vez. Hay alambradas por doquier. Nos llaman con silbatos y se forman filas para recibir pan. Largas filas que se dispersan y amontonan, según se reparten porciones de pan que no llegan a todos.

Al cambiar de fila me encuentro con el paisano Alfonso Orallo y le pregunto por mi padre. Me lleva a otro grupo cercano y allí lo abrazo. Está desde el día anterior en el campo y le siento muy decaído, sin saber nada de mi madre y hermanas. Le beso con cariño estrechándolo fuertemente. Para un hombre de su sensibilidad, forjado en el idealismo, el espectáculo que nos rodea tiene que sobrecogerle. Los pedazos de pan se lanzan desde los camiones de reparto y se disputan por la ley de la fuerza y de la habilidad, que no reconoce escrúpulos morales. Animo a mi padre y le prometo no separarme de él, lo que le tranquiliza. Estar juntos, compartiendo y desafiando los momentos más sombríos de nuestra vida, ha sido no sólo un bien para los dos, sino una satisfacción para mí en el cumplimiento de las obligaciones filiales.

Salvador Ric Darné también fue uno de aquellos jóvenes combatientes republicanos que vivió aquel éxodo. Actualmente reside en Santa Cruz (Bolivia). Cumplidos los ochenta años ha publicado recientemente en aquella ciudad boliviana el libro Las patrias del exilio en el que narra sus vicisitudes de exiliado. Reproduzco su narración del cruce de la frontera y del internamiento en el campo de concentración francés en aquel trágico invierno de 1939:

Era el 13 de febrero de 1939. En ese día cumplía yo 26 años. Los montes Pirineos catalano-franceses estaban cubiertos por la blancura del invierno y las altas cumbres por las nieves eternas. Formando un medio círculo de espaldas a la línea fronteriza con Francia, unos dos mil efectivos de las diezmadas fuerzas republicanas españolas esperábamos órdenes superiores para iniciar el paso de la frontera o dejarnos aniquilar por los regimientos bien armados de Franco. La protección de la concentración fue confiada a mi sección de ametralladoras, con las dos únicas que me quedaban después de la batalla del «Mont Sec». Con la sola dotación de una cinta de 250 municiones cada una, ya bien avanzada la tarde, con el viejo fusil al hombro y sin balas en la cartuchera, iniciamos el descenso hacia la democrática Francia, la que aplicando la política de «No intervención de los claudicantes de Munich», paralizó en la frontera con España, en la población de Cerbére, largas columnas de vagones de ferrocarril cargados con material de guerra con destino a la República, dejando a ésta sin posibilidad de hacer frente a las tropas del caudillo, armadas por la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini.

En interminable fila india emprendimos el descenso de los Pirineos hacia el primer pueblo francés de Prats de Molló al fondo del valle. Fuimos pasando frente a un piquete de la Gendarmería francesa para ser registrados y hacer entrega de nuestros fusiles mauser, los que nos habían acompañado durante cerca de tres años como lanza del viejo Quijote arremetiendo contra los molinos de viento.

Dejar el arma para un soldado era como perder parte de su propia persona; con el fusil en la mano aún podíamos sentirnos hombres libres, al abandonarlo pasábamos a ser exiliados sin patria ni derechos humanos, sujetos a la mediocridad de los políticos internacionales incapaces de ver el avance de los fascistas en toda Europa. Como a simples muñecos de trapo, ahora con la verdad, pero sin el fusil al hombro, nos estábamos enfrentando a un mundo peligroso, pues dementes políticos nos llevarían a una de las guerras mundiales más sangrientas y destructivas en la historia de la humanidad.

En correcta formación militar pasamos por las calles de Prats de Molló bajo la desconfiada mirada de los franceses, influenciados por una prensa estúpidamente reaccionaria, antinacional, que sólo servía para acrecentar el poder expansionista de Alemania.

Ya bien entrada la noche, nos llevaron a lo que sería nuestro primer campo de concentración, unas hectáreas de pasto para el ganado, con manchas de nieve deshaciéndose en aguanieve, lo que anunciaba la llegada de la próxima primavera. Chapaleando entre el barro, bajo una persistente llovizna, con frío y hambre, pasamos los primeros días empapados hasta los huesos.

Cuando nos dimos cuenta de que nuestra permanencia en esta ciénaga sería por tiempo indefinido, empezamos  la construcción de toda clase de chocitas con bloques de tierra y pasto, algo parecido a los adobes, los que una vez terminados eran utilizados para las paredes; el techo lo hacíamos con ramas de árboles que bordeaban el cercano riachuelo.

Aunque precarias, las construcciones nos sirvieron para no dejar el cuerpo en aquel espacio de nuestro primer campo de concentración. Al parecer, en la Francia de los derechos del hombre se podía morir de pulmonía, de diarrea, devorado por piojos o pateado por un caballo desbocado, espantado al habérsele robado la paja en que dormía Pedro o Juan, pero no de hambre, ya que al siguiente día de nuestra llegada se nos repartió unos panes de unos tres o cuatro kilos cada uno, que fueron entregados a los jefes de cada unidad para fraccionarlos de a quinientos gramos por persona.

La organización del campo para el reparto del pan, y más tarde del «rancho», fue trabajo bastante fácil, debido a que la mayoría procedíamos de las mismas unidades y habíamos pasado la frontera juntos, mayormente los de la 26.ª división con mi compañía de ametralladoras.

Los primeros días pasados aquí fueron los peores, tanto moral como materialmente. Mientras duró la guerra, había el ánimo de soportar cualquier sufrimiento producto de lo inhumano de una contienda civil: los bombardeos de los fiat italianos o los messerschmitt alemanes, o también el hambre, pues se comía lo que se podía, o no se comía. La familia uno sabía que la tenía en España, pero ahora en un país extranjero, pisando barro con una mezcla de excrementos secos de ganado, era otra cosa; no había esperanza en nada, por lo que algunos, no pudiendo soportar la humillación de la vida en este campo y con el pensamiento en el hogar, huían al amparo de la noche para no sentir vergüenza por el abandono de sus compañeros, pero decididos, eso sí, a cruzar la frontera, tal vez para realizar trabajos forzados en las compañías de trabajadores de Franco, ir a la cárcel o enfrentar el piquete de fusilamiento. Muchos cayeron en la trampa de las promesas de que habría actos de clemencia y que se terminarían las matanzas, pero el fanatismo nacionalista no tenía límites, desatándose la más brutal represión contra un ejército vencido.

Finalmente hay que hacer referencia a las aproximadamente 12.000 personas que se encaminaron al exilio saliendo de puertos del Levante hacia los puertos de África, o por avión, los últimos días de la guerra, finales de marzo de 1939. Una de las refugiadas de esta última fase, María Lecea, actualmente residente en Málaga tras haber sido durante varias décadas profesora de español en Pekín, ha contado recientemente cómo fue la salida del último barco que zarpó del puerto de Alicante, el Stanbrook, en el que ella consiguió salir junto con su marido:

Yo tenía entonces 17 años recién cumplidos. Nosotros salimos en el último barco que zarpó del puerto de Alicante el 28 de marzo. Se quedó mucha gente en el puerto esperando más barcos que no llegaron y fue allí donde hicieron prisioneros a muchos soldados que iban llegando en camiones y que luego trasladaron al campo de concentración de Albatera. Yo subí al barco y me puse en la proa porque estaba llenísimo. Era un barco parece ser de capitán griego, un poco raro. La República había pagado por él para poder salir. Estaba llenísimo, hasta las cofas, las tres bodegas llenas de gente hasta tal punto que el capitán dijo que como hubiera marejada volcábamos.

Yo estaba pensando bajarme por una cuerda si mi marido no llegaba, porque resulta que a mi marido le había detenido la Junta de Casado y había el peligro de que llegaran las tropas franquistas que ya estaban entrando en Alicante. Afortunadamente iban soltando de la cárcel a poquitos, de a dos, de a tres, y a él con dos mujeres que fueron a los últimos que soltaron y llegó corriendo directo desde la cárcel. Yo le vi llegar. Él no me veía, pero oyó mi voz que le llamé.

Subió al barco, que ya estaba levantando la escala, y hasta que llegó donde yo estaba, el barco estaba llenísimo, tardó mucho, porque estaba toda la gente apretujada y apenas nos podíamos sentar, íbamos de pie en cubierta. Y luego empezaron a disparar, ya habían tomado las baterías de costa. Caían los obuses al agua, formaban surtidores y el capitán iba zigzagueando. Así salimos.

El capitán se enteró por la radio que buscaban este barco porque iban en él militares de alto rango e incluso yo creo que venían en el barco dos ministros de la República, en fin, que iban a mandar barcos de guerra a nuestro encuentro porque sabían que nos dirigíamos a Orán. Entonces el capitán del barco cambió de rumbo y de pronto oímos un gran revuelo: que nos traiciona, que nos lleva a Baleares. Él había puesto rumbo a Baleares para despistar y luego fue como hacia Italia. Pero se metieron allí unos cuantos militares a decirle, qué hace usted, dónde nos lleva, nos lleva con los franquistas. Él lo explicó. Y en vez de ir a Orán, llegamos a Argel. Y allí no nos quisieron admitir.

El capitán griego cambió varias veces de bandera, ponía la inglesa o la francesa o cualquiera, porque hacía todo esto para despistar. Y un viaje que tenía que haber sido de unas horas, pues duró bastante, pasamos la noche en cubierta, además llovía y nos cubríamos con una lona que sosteníamos con la muleta de uno que estaba herido. Nosotros, como éramos jóvenes, íbamos cantando y con la ilusión de volver pronto. Ilusos. Total que llegamos a Argel. No nos aceptaron allí y el barco siguió por la costa rumbo a Orán. Y allí nos dejaron en el muelle del carbón con la bandera amarilla de la peste, porque es verdad que venía gente herida y enferma, pero, en fin, tampoco la peste. Allí nos dejaron en el muelle del carbón. Entonces venía la gente en pequeños barcos porque en Argelia había emigrados de antes, muchos alicantinos, y venían a buscar a sus parientes y traían comida y agua, y si no encontraban a sus parientes, nos la daban.

Y al fin nos dejaron bajar a las mujeres. Ya no me acuerdo cuánto tiempo pasamos allí. Creo que las mujeres y los niños, poco. Nos dejaron bajar y nos llevaron a una antigua cárcel, muy mala, ya inservible. De allí no nos dejaban salir a la calle. De noche cerraban las celdas, que eran de veinte o treinta presos, durmiendo ahí en colchonetas rellenas de paja en el suelo, comiendo rancho y mucho pan, el buen pan francés.


Félix Santos