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2340. Proclamación de la esperanza

"Solo mediante la cultura, mediante el diálogo, se podrá llegar a alcanzar algún día la fraternidad, la solicidaridad" 
Ramón de Garciasol



Ramón de Garciasol era el seudónimo que comenzó a usar el poeta, ensayista y crítico literario Miguel Alonso Calvo al finalizar la Guerra española. La elección del seudónimo no fue casual ya que según explicó: Ramón, como aumentativo de rama fuerte; García, por ser apellido español; y sol, como símbolo de la esperanza.

Hijo de un zapatero, ayudó en casa a coser alpargatas: "Recuerdo que en mis inicios y aprendizaje de zapatillero, cuando daba una mala puntada, decía mi padre convincentemente: 'No seas chapucero Miguel, mejor que hacer las cosas es rematarlas bien'. Fueron mis primeras lecciones de estilo. Durante mis estudios jurídicos aprendí que no es lo mismo una palabra que otra, que la sintaxis da fe de la intención: unos términos conceden libertad, otros cárcel".

Su apoyo a la República y su participación en la Guerra como redactor de UHP, Diario de las Milicias Antifascistas de Guadalajarasirvieron de excusa al régimen para recluirlo en los campos de concentración de Albatera y Murcia. 

Cuando salió en libertad finalizó los estudios de Derecho que había iniciado antes del golpe de estado, pero no quiso ejercer como abogado por considerar injustas las leyes que debería aplicar bajo el régimen de Franco. 


Proclamación de la esperanza

El aire se enrarece, adensa, espesa
hasta hacerse de plomo en los pulmones,
porque se está matando al hombre.

La sangre se entontece y aguachirla
de no salir al mundo y propagarse,
porque se está matando al hombre.

La luz de las estrellas palidece
y no consuela como en nuestra infancia,
porque se está matando al hombre.

La risa se deshoja, mustia, pasa
sin que nadie la coja y la disfrute,
porque se está matando al hombre.

El beso y el amor no tienen gusto,
agusanados de preocupaciones,
porque se está matando al hombre.

La selva está cercando nuestras casas,
y aúlla, brama y hoza en los umbrales,
porque se está matando al hombre.

Porque se está matando al hombre arde mi canto
tal un diluvio de oro por los trigos;
porque se está matando al hombre y nadie grita
quiero clamar hasta tirar las sombras;
porque se está matando al hombre mis palabras
quieren clavarse como puñaladas,
quieren herir, buscar raíces nobles,
dar coletazos que despierten siglos.

Le está doliendo su dolor al hombre,
un dolor que ya no es literatura
ni puede ser espanto y madamismo,
porque no quedará vivo quien cante
el naufragio indecente de las ratas:
porque los que se salven no tendrán memoria.

Está el hombre ante sí, trágicamente solo,
mientras las aguas crecen sin espera
ahogando justamente, santamente
lo que debe morir.

Perecerá quien deba perecer.
El hombre,
desnudo, hacia el mañana, sobre el miedo.

Por eso está mi canto repicando
sobre el fuego, la muerte, y os convoca,
hombres, para que proclamemos la esperanza


Ramón de Garciasol










2239. Tren de frontera

Españoles en la estación francesa de Hendaya tras la toma de Bilbao por las tropas franquistas


Assis parten unos d'otros
como la uña de la carne.
Poema de Mio Cid, v. 375


A medida que avanza a la frontera
el tren, hay más silencio dolorido.
Llega un instante en que parecen muertos
los viajeros, desterrados hijos
de España, que se van echados de hambre.
Esos rostros serenos, tan llovidos
de lágrimas, ¿qué buscan en la niebla,
en el azar, en lo desconocido?
¿Un pan sin alegría que les niega
una Patria madrastra? Y esos niños
que duermen mientras lloran esas madres,
¿dónde tendrán conciencia, qué destino
les aguarda, qué sábanas, banderas?
Debajo del buen ceño sin testigo
de ese trabajador, ¿qué pasa ahora,
qué cantares, qué días, qué designios
para desarraigarse del terruño
donde quedan sus muertos y sus vivos,
la infancia, aún cantando su moneda?
¿Qué verdades no dichas van consigo,
les barren, tal papeles de merienda,
tal polvo de un camino a otro camino,
mordidos por hombría con los dientes
enclavijados, porque uno mismo
se desintegraría si dijera?
¿Qué viejos lloran por el campesino
que cecea guitarras andaluzas?
¿En qué pueblo se rompen los martillos
artesanos, se callan los talleres,
se queda la aceituna en el olivo,
da miedo el campo tan abandonado,
da mal consejo un solitario vino
soñado para fiesta y compañía?
Me despueblan España, sin amigos,
desarbolan mis bosques para leña,
ponen ascuas de pena en mis escritos.
Enceniza pisadas y salivas
un calendario negro sin domingos.
Palidece la luz, duelen los ojos
de no ver lo que vio. Se empoza el río
que rumorea al fondo de esa frente
anubarrada de hombre pensativo.
Soy palabra en la noche. Nadie escucha,
aunque comparten el acedo mío
tantas gentes dispersas. De uno en uno,
mujeres y varones, pobres críos
que se me van, el verso de rodillas
va besando por caras y suspiros,
que se alejan mermándome el coraje,
enlutándome el aire que respiro.
Estoy en un anden llorando, solo.
Al lado, la maleta con los libros
que pensaba leer, por si valía,
y debiera tirar aquí; tan frío
se me ha quedado el corazón de pronto.
Huele en la sombra el mar. Se apaga el ruido
del tren que ya ha pasado la frontera.
Dicen manos adiós, en tanto sigo
lloroso por mi vida en esos hombres
donde la sangre se me va al exilio.


Ramón de Garciasol (Miguel Alonso Calvo)
(Humanes, Guadalajara, 29 de septiembre de 1913 - Madrid, 14 de mayo de 1994)