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2316. El 14 de abril y la República

Miguel Gila con sus amigos en una de sus excursiones a Hoyo de Manzanares. Los chicos marcados con una “X” César y Carlos 
fueron fusilados al finalizar la Guerra. Fuente: www.miguelgila.com


Alfonso XIII abandona Madrid

Ya estábamos en el mes de marzo, yo cumplí los doce años, luego vendrían las vacaciones, acabaría la cuarta clase y ya me quedarían solamente dos para terminar el colegio y buscar un trabajo en cualquier oficio, que era lo que yo quería y lo que querían en mi casa.  

En abril de ese año leímos en el periódico una noticia que habría de provocar grandes cambios en el país.

El rey Alfonso XIII ha abandonado Madrid con su familia, rumbo a un puerto del Mediterráneo desde el que se supone saldrá para el extranjero. Aunque no ha abdicado ni renunciado formalmente al trono, Alfonso XIII antes de partir ha manifestado que acepta la voluntad nacional. El que hasta ahora fue comité revolucionario, compuesto por Niceto Alcalá Zamora, Manuel Azaña, Indalecio Prieto, Largo Caballero, Miguel Maura y algunos otros dirigentes republicanos, se ha erigido en Gobierno provisional de la República. El cambio de régimen, que se ha celebrado en toda España con gran entusiasmo, se ha llevado a cabo sin alteraciones de orden público y sin que haya habido que lamentar incidentes de ninguna clase.

Había un gran revuelo en las calles, gentes que gritaban. Los obreros de Boetticher y Navarro abandonaron el trabajo dando vivas a la República. Era el 14 de abril. Hacía un mes que yo había cumplido los doce años, ya sólo me faltaban dos para estar entre aquellos obreros, porque mi tío Manolo ya había hablado para que al cumplir los catorce entrara de aprendiz. Uno de los obreros me colgó un letrero al cuello que decía: "¡Viva la República!" Nos acercamos hasta la casa de don Niceto Alcalá Zamora, en Martínez Campos casi esquina a Zurbano.

Yo no tenía idea de qué significaba la República, ni de si era buena o mala, pero como vi a los obreros tan contentos, imaginé que era buena, y me uní a ellos coreando los gritos y los vivas.

Alcalá Zamora se asomó a uno de los balcones de su casa y después de un saludo con la mano, nos dirigió un breve discurso. Desde ahí nos fuimos a la Puerta del Sol. La Puerta del Sol estaba abarrotada de gente. Llevaban pancartas que, como en la que a mí me habían colgado del cuello, se leía: "¡Viva la República!"

Ya en el barrio, un grupo de gente me incitó a que pusiera una bandera republicana en la mano de la estatua del general Concha, conmemorativa de la batalla de Castillejos, que está en la Castellana, entre Abascal y María de Molina. Haciendo grandes esfuerzos y ayudado por algunos chicos del barrio, conseguí subir hasta la estatua, pero cuando me deslizaba por el brazo hacia la mano del general, perdí el equilibrio y caí desde aquella altura hasta el suelo, me hice una brecha en la cabeza y me dejé la mitad de un diente en el pedestal de piedra de la estatua. No me maté de milagro, pero me aplaudieron como si hubiera ganado una batalla.

Desde abril de 1931 hasta el comienzo de la Guerra Civil, ocurrieron muchísimas cosas que para mí resultaban muy confusas. En mi casa, como cada noche durante la cena, comentaban los acontecimientos del día, y yo, aunque seguía siendo nada más que un chico sin voz ni voto, empezaba a tomar conciencia de que algo grave iba a pasar en España.

Seguía yendo al colegio, pero había habido cambios: algunos frailes se pusieron del lado de la República y continuaron dando clases, otros habían abandonado el colegio y no se sabía nada de ellos. Juanito García Sellés y yo seguíamos, cartera al hombro, con nuestros cuatro viajes diarios de casa al colegio y del colegio a casa. En el mes de junio, como cada año, nos dieron las vacaciones y como cada verano nos lo pasamos en la calle jugando al fútbol hasta que se hacía de noche y no se veía la pelota.

Alguno de mis tíos, no sé cuál de ellos, me hizo de una cosa que no sé si era del Partido Socialista o del Partido Comunista, algo así como, después, durante la dictadura, los Flechas y Pelayos. Se llamaba Salud y Cultura y nuestro uniforme era nuestra ropa de diario, pero llevábamos en la cabeza un gorro como el de los marinos americanos, que llamaban "merengue" y en el que mi abuela me había bordado con hilo rojo las siglas S. C. También llevábamos en el cuello un pañuelo rojo. Bajábamos por la cuesta del parque del Oeste hasta la Casa de Campo, cantando:

Somos de Salud y Cultura  
nos queremos como hermanos  
y el que nos quiera pegar  
en la Casa Campo estamos.  
Se le empinó, se le empinó
 se le empinó para marchar,  
para marchar,  
y aunque venga la Legión,  
va adelante el batallón.  
Se le empinó,  
se le empinó.

En la Casa de Campo nos daban charlas sobre el mal trato que le daban los patronos a los obreros, sobre la explotación de los campesinos a manos de los terratenientes y que esto se iba a acabar, que España era el país con más analfabetos del mundo y que un político republicano había dicho que España no sería una nación hasta que, en los pueblos, la escuela fuese más alta que la torre de la iglesia; que nosotros éramos el futuro y que teníamos que aprender a defender los derechos de los trabajadores.

Después nos daban una merienda y jugábamos hasta el final de la tarde, que volvíamos a casa.

Y en una de esas tardes en que volvía a casa, me llegó la liberación: mi tío Ramón se había alistado al cuerpo de Guardias de Asalto y le habían destinado a Málaga. Se fue tres días después. Para mí, aquello era un sueño, se acabaron los pedos y los sustos. Toda la habitación y la cama eran sólo y exclusivamente para mí.

Se crearon las escuelas de Artes y Oficios nocturnas; como a mí me gustaba mucho el dibujo, me anoté en una de estas escuelas en la calle de la Palma, y aunque a mí el dibujo que me gustaba era el artístico, mi tío Manolo me convenció para que estudiara dibujo lineal, argumentando que cuando empezara a trabajar en Boetticher y Navarro me iba a ser muy útil. Y así fue como todas las tardes, después del colegio, me iba hasta la calle de la Palma a estudiar dibujo lineal. Esto me quitaba muchas horas de juego con los amigos del barrio, pero el dibujo me iba gustando cada día más. Mi tío me había comprado una caja de dibujo con un compás y un tiralíneas, una goma de borrar, un lapicero, un cuaderno, un cartabón y una regla. Aquel material era para mí un tesoro. Durante muchos años había soñado con tener una de esas cajas.

Y alternando el colegio con las clases en la escuela de Artes y Oficios y mis juegos con mis dibujos llegó 1932. En marzo había cumplido los trece años, me faltaban sólo tres meses para terminar la quinta clase y en otro año más la sexta y última, Ya con catorce años dejaría el colegio y empezaría a trabajar de aprendiz. Pero cometí la torpeza de gastarle una broma pesada al hermano Serafín, el de la quinta clase. Yo estaba, como era mi costumbre, haciendo modificaciones en el libro de Historia. En una ilustración estaban los Reyes Católicos recibiendo a Cristóbal Colón a su regreso de las índias. Pinté un globo sobre la cabeza de Isabel la Católica y dentro del globo una frase que decía: "Si no fuese porque mi marido es muy celoso, le daba un beso en el morro que se lo destrozaba". Y de la boca del rey salía otro globo que decía: "Pues por mí no lo dejes, que si te apetece, me hago el tonto

El hermano Serafín era alto y gordo, pero tenía voz de vicetiple, era como si en lugar de hablar él lo hiciera un enano que llevara oculto debajo de la sotana. Cuando más nos hacía reír era cuando se enfadaba, porque parecía como si al enano que llevaba debajo de la sotana se le atiplara más la voz.

No sé cómo lo hizo, ni le oí acercarse, pero de un tirón me quitó de las manos el libro de Historia, miró el grabado de los Reyes Católicos, leyó lo que yo había puesto en boca de cada uno de ellos, cerró el libro y me hizo extender la mano con la palma hacia arriba. Intentó darme un golpe con la regla de madera, pero retiré la mano y dio un reglazo en el vacío. Había puesto tanto énfasis en el golpe que debió hacerse daño, porque sin soltar la regla, con un marcado gesto de dolor, se llevó la mano al hombro derecho. Se enfureció más, y aunque el enano que suponíamos llevaba debajo de la sotana no dijo nada, en el rostro del hermano Serafín se reflejó la mala leche por el fallo. Con un reglazo certero me golpeo con saña en la espalda, luego me ordenó que me sentara en la tarima donde él tenía su mesa. Me dolía la espalda del golpe. No dije nada, no quise darle el gusto de que disfrutara del castigo, apreté los dientes y disimulé el dolor, pero se la guardé. Dejé que pasaran unos días y me porté bien, hasta que una vez, aprovechando que pasaba junto a mi pupitre, le enganché en la sotana con un alfiler, a la altura del culo, un letrero que decía: "No tocar, peligro de pedo". No se dio cuenta, pero cada vez que nos daba la espalda, la clase era una carcajada unánime. Ni él ni el enano que suponíamos llevaba debajo de la sotana sabían el porqué de aquellas carcajadas, porque cuando se volvía de cara, los chicos, aunque con grandes esfuerzos, contenían la risa. Al final descubrió el cartel, no anduvo con interrogatorios, vino derecho hacia mi pupitre con la regla en la mano. No le di la oportunidad de llegar, comencé a dar vueltas alrededor de las mesas. El hermano Serafín, regla en alto, detrás de mí. Los chicos me pusieron los libros y los cuadernos sobre el pupitre más cercano a la salida, los cogí en mi carrera y abandoné la clase y el colegio.  

Aún faltaban dos meses para las vacaciones de verano, los dos meses me los pasé yendo a El Retiro, al río Manzanares y a otros lugares, esperando el mes de junio.

Para no cargar con la cartera, me llevaba un único libro, argumentando que ese día sólo teníamos Gramática, Cálculo o Geometría.

Y así llegó el mes de junio, las vacaciones y con ellas mi liberación. Lo que haría al año siguiente prefería pensarlo cuando llegara el momento.

El Gobierno de la República mandó construir varios grupos escolares, uno de ellos en la calle Cea Bermúdez, cerca de mi casa. Yo pensaba que tal como estaban las cosas -las huelgas y la quema de conventos-, acabarían por cerrar los colegios de frailes y con ello se me daría la oportunidad de terminar mis estudios en un colegio nuevo, sin tener que explicar en mi casa lo que me había pasado con el hermano Serafín.

Pero el colegio de la Inmaculada Concepción seguía en pie y al final del verano abriría sus puertas.

Todo lo que ocurrió durante la República está en los libros de historia y en las hemerotecas. La quema de conventos, la renuncia del príncipe de Asturias a la Corona, su matrimonio con la cubana Edelmira Sampedro, el levantamiento anarcosindicalista en Madrid, Cataluña y Valencia, la huelga general revolucionaria y las sublevaciones en Asturias y Cataluña o la represión en Casas Viejas. No voy a relatar nada de lo que, políticamente, aconteció en aquellos años, porque creo que esa labor le corresponde a los historiadores y porque sé que existe un gran abismo entre la visión de los hechos contados por un historiador y mi visión de chico. Aparte de que estoy convencido de que los historiadores escriben la historia influenciados por su ideología. He leído muchos libros de historia y en todos ellos hay una tendencia a contarla según el pensar y el sentir de cada historiador, de la misma manera que cada lector acepta como cierta la que más se adapta a lo que él piensa y a lo que siente. En estos últimos años han salido unas seis biografías de Franco, ninguna es coincidente, en todas el biógrafo cuenta a su manera o condicionado por su ideología, la vida del que fue durante la dictadura el caudillo de los españoles.

Pretendo solamente contar mis vivencias de aquel entonces usando, como único medio, lo que esté archivado en el desván de mi memoria. Y lo que está archivado, en lo que a política se refiere, es muy poco, que en las elecciones de febrero de 1936 todos los chicos del barrio y yo fuimos al colegio de Sordomudos en el paseo de la Castellana, donde habían instalado las urnas para emitir los votos y le gritábamos a la gente que había que votar al Frente Popular. A esa edad, aunque en mi casa a la hora de la cena se hablaba de política, yo no tenía ni la menor idea de qué era y qué significaba el Frente Popular ni qué era la CEDA o la FAI, ni quiénes eran Berenguer o Sanjurjo. Tan sólo trato de rescatar del desván de mi memoria aquellos aguafuertes de las cosas que más me impactaron.


Miguel Gila
Entonces nací yo. Memoria para desmemoriados











2181. La disciplina como arma eficaz



Por un decreto o una orden del Gobierno había que hacer un cambio en las tropas de la República. Teníamos que pasar de ser milicianos a ser soldados. Nada de "¡Oye tú!", ni "compañero", ni ninguna de esas libertades tan libertinas, valga la redundancia, que usábamos los milicianos. La única forma de ganar la guerra era poniendo en funcionamiento el mismo sistema de disciplina que usaban las tropas de Franco. Para este fin enviaron unos oficiales instructores, que nos enseñarían cómo había que entender la disciplina: se trataba de cambiar el "¡Oye tú!" por el "¡A sus órdenes!"  

Como primera clase nos pusieron como tarea la petición de un permiso a un superior, dando a conocer el motivo. Se suponía que éste tenía que ser un problema grave, así que cada uno de nosotros tratamos de encontrar un problema grave que justificara la petición.  

El teniente instructor, militar de carrera, se colocó en un lugar que se suponía que era el puesto de mando, y cada uno de nosotros entraba para pedir el permiso. Aquello más que una clase teórica fue lo más parecido a un circo. Entró el primero, y de entrada -no había puerta- con la boca imitó el ruido de una llamada, "tam, tam", al tiempo que golpeaba en el aire con el puño. Los que esperábamos turno no pudimos evitar una carcajada, pero el teniente instructor no se dio por enterado y dijo:

 ¡Adelante soldado!  

El soldado, un madrileño castizo de Vallecas, pero bruto bruto, dijo:

A tus órdenes, oye, teniente.  

El teniente, con mucha paciencia, le explicó lo de el usted a los superiores y le dijo que suprimiera el "oye" y lo cambiara por "mi teniente", luego le mandó salir y entrar de nuevo. El de Vallecas obedeció y volvió a golpear en el aire con el puño y otra vez con la boca el "tam, tam". Y el teniente:

¡Adelante soldado!  

Y entró el de Vallecas. Esta vez al pie de la letra:  

¡A sus órdenes, mi teniente!  

Nos dieron ganas de aplaudirle.  

¿Qué desea, soldado?  

Quiero que me des, o sea que..., coño me se olvida lo del usté, que me dé usté permiso pa irme a mi casa, porque han bombao el Puente Vallecas y a mi hermana lan jodío una pierna.  

El teniente le corrigió:  

Han bombardeado.  

Bueno, sí, eso.  

Está bien, soldado, tiene usted cinco días de permiso. El siguiente.  

Y el siguiente, más bruto que el de Vallecas, dijo:  

¿Da su permiso pa entrar?  

Adelante.  

Muchas gracias, teniente mío.  

Aquello nos provocó otra carcajada.

El teniente también estuvo a punto de reír, pero su condición de teniente se lo impidió; no obstante, con un gran sentido del humor, dijo:

Procura decir "mi teniente" en lugar de "teniente mío", porque lo de teniente mío se presta a que yo te conteste: "Pasa vida mía".  

Las peticiones de permiso eran de lo más variado y absurdo, pero de algún modo intentábamos alcanzar esa disciplina de obediencia a los superiores.

Subidos en los camiones, cantando las mismas canciones de siempre, nos trasladaron a Somosierra, concretamente a Buitrago. Ahí nos destinaron a distintos lugares de la sierra. Hicimos parapetos con sacos de tierra y se cavaron algunas trincheras. Nos distribuyeron por varios pueblos: Paredes de Buitrago, Gandullas... El enemigo estaba en algún lugar; pero, lo mismo que me había pasado en Sigüenza, yo no lo veía, aunque se sabía que estaba por allí. De vez en cuando surgía lo que llamábamos un tiroteo ciego. Algún centinela creía haber visto algo que se movía y disparaba su fusil. De inmediato se armaba un tiroteo y nadie sabía el porqué. Disparábamos hacia adelante, disparos inútiles que sólo servían para gastar munición.  

Durante el día, como nos aburríamos, disparábamos a una botella o a una lata que habíamos colocado a cincuenta metros. Esto hizo que los mandos nos descontaran una peseta del duro diario que cobrábamos los que éramos voluntarios por cada bala que nos faltara al hacer el recuento de la munición. Se moderó el juego de tirar al blanco. Otro de los entretenimientos era matar los piojos que nos devoraban. Yo, y creo que mis compañeros tampoco, no los conocía. Alguna vez, cuando niño, se habían nombrado los piojos de la cabeza, algunos chicos los tenían en el colegio; los del cuerpo los tenían los vagabundos que dormían en los solares. Por mucho que lavábamos las camisetas, los piojos sobrevivían, la única manera de acabar con ellos era cociéndolas, junto al jersey, en una lata grande, pero las liendres sobrevivían, anidaban en las costuras de la ropa y la única forma de exterminarlas era quemándolas. Poníamos un palo en el fuego, y cuando en el palo se formaba ascua, lo pasábamos por las costuras y las liendres explotaban.

Y ahí, en el frente de Somosierra, pasaban los días y las semanas. De vez en cuando nos visitaba Rafael Alberti o Miguel Hernández, nos sentábamos y ellos nos recitaban poesías al tiempo que nos animaban a combatir.

Nos enseñaron a hacer bombas de mano con las latas de tomate vacías. Decían que era un invento de El Campesino. Las latas se llenaban de pólvora o dinamita, dentro se metían clavos, tuercas o trozos de pedernal, luego se colocaba una mecha, se cerraba la lata herméticamente, con el cigarro prendíamos la mecha y cuando la llama llegaba a nuestro dedo pulgar, lanzábamos la lata bomba; algunos se precipitaban y la arrojaban apenas habían encendido la mecha, esto retrasaba la explosión, y entonces venía la bronca del teniente, que nos decía: "Si hacéis eso, el enemigo os la puede mandar a vuelta de correo".  

Un día vino a visitarnos La Pasionaria, se acercó a mí, me midió con la mirada y me preguntó:  

¿Cuántos años tienes?  

Mentí:  

Dieciocho.

Mentí porque en la guerra, si una madre reclamaba a un hijo porque no había cumplido los dieciocho años, lo mandaban a casa. Yo temía que mi abuela lo supiera y hablara con mi madre para que me reclamara por ser menor. Me parece que La Pasionaria no me creyó, pero disimuló. Yo tenía en mis manos una de las latas bomba que había hecho. Ella me preguntó qué era eso que tenía en la mano y se lo expliqué. La Pasionaria me dio un mechero que tenía en un costado la piedra y en la tapa una mecha de algodón.  

Toma, para que enciendas la mecha sin tener que usar el cigarro. Eres muy joven para fumar.

La mirada profunda y la voz de aquella mujer me quedaron grabadas para siempre. No obstante, debo confesar que cuando estaba en el campo de prisioneros de Valsequillo y nos llegaron las noticias de que la guerra había finalizado y que muchos políticos, entre ellos La Pasionaria, habían huido al extranjero, recordé aquella frase suya que decía: "Es mejor morir de pie que vivir de rodillas", y pensé por qué, no solamente ella sino todos los que se habían ido al exilio, no se habían quedado ni a morir de pie ni a vivir de rodillas. Para mí, aquello era como si me hubieran traicionado.  

Años más tarde, siendo profesional del humor, en un viaje que hice a Chile por razones de trabajo, tuve un enfrentamiento con un exiliado que me reprochó el que yo fuese a La Granja a trabajar para Franco. Le recordé la frase de La Pasionaria y le dije que yo me había quedado a morir de pie y terminé viviendo de rodillas. Eso le cerró la boca, la bocaza diría yo.  

Luego, cuando ya tuve un conocimiento más claro de la política, entendí aquel exilio de los que de haberse quedado en el país habrían sido fusilados y no hubieran tenido la posibilidad de regresar en algún momento a España y continuar la lucha contra la dictadura.  

En diciembre de 1985, con motivo del noventa cumpleaños de La Pasionaria, en el Palacio de Deportes de Madrid se celebró un acto homenaje a esta mujer, que tanto luchó por los desposeídos. El acto fue presentado por Pepe Sacristán, Imanol Arias y Enriqueta Carballeira. Cantamos La Internacional. María Asquerino, con voz emocionada, recitó el poema de Miguel Hernández "Pasionaria". Yo dije algunas palabras que no recuerdo bien; pero me emocioné y ahí, en ese momento, me alegré de que se hubiera ido a Rusia. De otra manera no hubiéramos podido tenerla de nuevo con nosotros. Recordaba las palabras que me había dicho en Somosierra cuando me regaló aquel mechero:  

Toma, para que enciendas la mecha sin tener que usar el cigarro. Eres muy joven para fumar.


Miguel Gila
Entonces nací yo. Memorias para desmemoriados









2140. Sigüenza

Estábamos en Sigüenza, mi primer frente de batalla, donde curiosamente no había ningún frente de batalla, ni siquiera sé si había enemigos; tal vez, puede que sí que los hubiese, pero yo no vi a ninguno, o estaban muy lejos o se escondían en alguna parte, el caso es que la primera misión que me fue asignada como combatiente fue hacer de centinela en un lugar del viejo castillo en el que había unas tumbas de momias, vaya usted a saber desde qué época y de quién. Por un agujero que habían abierto en el suelo de una especie de patio cubierto circular se veían las momias, que habían sido sacadas de sus ataúdes y estaban recostadas en las paredes o esparcidas por el suelo. Parece ser que alguien, no sé si gente del pueblo o milicianos, había intentado encontrar algún tesoro oculto en aquel cementerio, en el que estaban enterrados varios obispos, cardenales y algunos nobles, que eran parte de la historia de Sigüenza. A mí, aquellos esqueletos esparcidos por el suelo y todos aquellos ataúdes abiertos me tenían aterrorizado. Durante las dos horas que me asignaron como centinela de aquel lugar, me produjeron más terror los muertos que la posibilidad de que un enemigo se presentara de improviso. Yo sabía que el fusil que tenía en mis manos era capaz de matar a un hombre, pero tenía mis dudas sobre si ese fusil era capaz de acabar con alguna de aquellas momias, que aparentemente estaban quietas, pero que a mí, después de mirarlas fijamente durante varios minutos, me daban la impresión de que se movían.  

Me senté frente al agujero por el que se veían las momias, con la espalda contra la pared, una pared en la que había dos ventanas con rejas; me senté entre las dos ventanas y, durante las dos horas que duró mi guardia, no perdí de vista el pequeño cementerio en semipenumbra. Cuanta más atención ponía en las momias, más grande era la sensación de que se movían, de que me estaban mirando, de que en cualquier momento me iban a atenazar con sus huesos, cubiertos de aquella piel apergaminada, y me iban a meter en uno de aquellos ataúdes de donde las habían sacado a ellas.

Pensaba que aquello no tenía nada que ver con guerra alguna, al menos con las que yo había visto en el cine, como Sin novedad en el frente.  

Durante el día también hacíamos guardia; pero yo seguía sin ver ningún enemigo. Estuvimos varios días sin establecer contacto con nadie. De vez en cuando se producía un tiroteo ciego y después, de nuevo la calma.  

Queríamos ordeñar una vaca, ninguno de nosotros tenía ni la más remota idea de cómo se hacía aquello. Habíamos vivido siempre en la capital. Lo intentaron algunos, apretaban las ubres del animal, pero de allí no salía nada. Yo había visto alguna vez a Kananga -el lechero de mi barrio que tenía apellido de jefe de tribu africana- ordeñar, y recordaba que se escupía en la palma de la mano antes de cerrarla sobre uno de los pezones después de haber doblado el dedo pulgar; al tiempo que apretaba, daba un pequeño tirón, de esa manera salía un chorrito de leche que iba a parar al cántaro o al cubo que tenía colocado bajo la teta de la vaca.

Yo, imitando a Kananga, me escupí en la mano, doblé mi dedo pulgar, cogí uno de los pezones de la teta y comencé a apretar con fuerza, al mismo tiempo que estiraba. Se produjo el milagro, comenzó a salir un chorro blanco que, con fuerza, iba cayendo en el cubo que habíamos puesto justo debajo de la ubre.

Aquello fue como cuando en una película, después de muchos días de perforar el suelo de un desierto, sale un chorro de petróleo. Todos mis compañeros daban saltos de júbilo y gritaban a mi alrededor. Algunos, los más ansiosos, metieron la cabeza debajo de la vaca y bebieron la leche sin dejar que ésta llegara al cubo.  

Apoderarse de algo que no nos pertenecía se llamaba "requisar". Así, en las casas donde había corral y que nos decían que eran propiedad de algún facha, "requisábamos" todo lo que fuese comestible, gallinas, conejos, cerdos... Algunos "requisaban" objetos o ropas y otras muchas cosas más que no eran comestibles. En aquel entonces no imaginábamos que más adelante, pasados dos años, nos veríamos obligados a comer cigüeñas y gatos. Muchas casas, las de gente de dinero, habían sido abandonadas por sus dueños, que se habían ido por temor a ser ejecutados por los rojos. En su huida se habían llevado lo justo para sobrevivir. Lo que hacíamos tenía más de saqueo y atraco que de "requisa". Aunque yo no era muy culto, desde mi niñez había aprendido a tener respeto por todo lo que me pertenecía, y mucho más por lo que pertenecía a otra gente. En ese ayudar a mi abuelo en sus chapuzas íbamos a casas donde había cuadros, lámparas, relojes, y, sobre algunos muebles, objetos de valor o pequeñas esculturas de bronce o mármol, y fue de mi abuelo de quien aprendí el valor de aquellas pinturas o de aquellas lámparas y objetos, hechos todos por artistas de gran talento, y el respeto por todo aquello que formaba parte de la cultura. Así, cuando me negaba a participar en alguno de los saqueos, que para mí no tenían otra finalidad que la destrucción, alguno de mis compañeros me decía: "¿No será que eres fascista?" Y pensaba yo qué tenía que ver la destrucción de un piano, la quema de cuadros, de libros y de imágenes con la defensa de la República; pero el hecho de no participar en alguno de aquellos actos era motivo de sospecha para mis compañeros.

Y llegó el primer enfrentamiento con el enemigo. La Guardia Civil y algunos militares se habían hecho fuertes en la catedral y ahí, sin ningún tipo de disciplina militar por nuestra parte, tuvo lugar, como bautismo de fuego, una de las batallas más absurdas que me tocó vivir. Aquello era lo menos parecido a lo que yo pensaba que era una guerra. Disparábamos hacia no se sabía dónde ni contra quién. Tampoco yo sabía quiénes ni desde dónde nos disparaban. Corríamos de un lado a otro tratando de esquivar las balas que venían del campanario o de los ventanales, y disparábamos contra el campanario y los ventanales. Todo sucedía en un desmadre absoluto. Los heridos pedían socorro, algunos con amputaciones importantes; los menos graves también pedían ayuda, más por el pánico que por la importancia de sus heridas. En aquel desorden se evacuaba a los que se podía. Los muertos quedaban tendidos y abandonados sobre el mismo lugar donde habían caído. A fin de cuentas, en una guerra un muerto es un soldado que ya no sirve para matar. Aquello era lo más parecido al infierno de Dante.  

Al día siguiente, alguien con voz de mando ordenó la retirada. Obedecimos y salimos de Sigüenza en los mismos camiones que nos habían traído de Madrid. Nunca he sabido si aquella batalla la ganamos nosotros o el ejército enemigo. Ni si los disparos que hice con mi fusil alcanzaron a algún soldado enemigo. Es más, ni siquiera me he tomado la molestia de buscar en los libros de historia si después de aquello Sigüenza quedó en poder de las tropas franquistas o de los rojos. Para mí, lo más importante de aquel traslado era dejar de contemplar las momias que me tenían acojonado.

Nuestro siguiente destino fue Navalcarnero, donde se instaló nuestro cuartel general. Desde allí nos mandaron a combatir contra las tropas que avanzaban por la carretera de Extremadura hacia Madrid. Llegamos hasta Calzada de Oropesa. Allí entablamos el primer combate, del que salimos malparados. Retrocedimos hasta Oropesa, nos hicimos fuertes en Talavera de la Reina, pero los continuos disparos de la artillería nos obligaron a retirarnos hasta Santa Olalla y más tarde a Maqueda. Ahí, en Maqueda, vimos por primera vez los aviones enemigos. Lanzaban algo que brillaba con el resplandor del sol.  

-¡Están tirando panfletos de propaganda! -decíamos.  

Hasta que escuchamos el silbido de las bombas, que nada tenían que ver con los panfletos. Seguimos en retirada, las bombas lanzadas por los aviones y el fuego de la artillería del enemigo eran muy superiores a nuestro armamento y no servía de nada el valor, ni sirvió de nada el famoso tren blindado que se suponía que sería capaz de detener el avance de las tropas traídas de Marruecos, adiestradas para combatir.  

Los días 27 y 28 de agosto los aviones alemanes bombardeaban Madrid por primera vez. Aquello influyó en nosotros en dos sentidos: de un lado provocó las ganas de acabar con aquellos mercenarios traídos de áfrica, y por otro desató el temor de que aquellos bombardeos -como así ocurrió- se hicieran costumbre diaria. Tratamos de hacer frente a aquellas tropas que avanzaban hacia Madrid, pero nuevamente nos vimos obligados a retirarnos. Las columnas del ejército de áfrica llegaron a Talavera de la Reina.

Nos instalamos a las afueras de Santa Cruz del Retamar, tratando de reponer fuerzas y a la espera de un armamento que no llegaba; ya no teníamos nada con qué combatir, estábamos sin munición y sin nada que comer, ni siquiera teníamos agua para beber. Intentábamos apagar la sed comiendo sandías, y hasta las usábamos para lavarnos las manos, que nos quedaban pegajosas. Allí aguantamos un par de días, pero, de nuevo, los bombardeos de los aviones y el fuego nutrido de la artillería nos obligaron a una retirada más, hasta llegar a Valmojado, muy cerca ya de Navalcarnero. Ahí, tal vez para reponer fuerzas, el ejército enemigo detuvo sus ataques. El teniente Galindo, que sentía por mí un gran aprecio, me dijo:  

-Chaval, esto es muy duro para ti. Quédate conmigo como asistente y no vayas más al frente.  

Pasaron algunos días sin que el enemigo diera señal de vida o, dicho de otra manera, sin que diera señal de muerte.

De pronto, al sargento que hacía de ayudante del teniente Galindo le llegó la noticia de que dos mil anarquistas se habían negado a obedecer las órdenes de Riquelme y se retiraban hacia Madrid en autocares. El teniente Galindo no estaba en el puesto de mando, había ido a primera línea a conectar con los milicianos.  

El sargento me dio una pistola y me dijo:

-Toma. Ponte en la carretera, y a los que intenten alejarse del frente, les das el alto, y si no te obedecen, dispara, pero nada de disparar al aire, dispara a matar.  

Y obedeciendo la orden y con mi ingenuidad de diecisiete años me coloqué a un costado de la carretera, dispuesto a disparar a quienes intentaran huir del frente. De pronto apareció una muy larga columna de autocares y, asomando por las ventanillas, los anarquistas, con sus pañuelos rojos y negros al cuello o en la cabeza, al estilo de los piratas, y los fusiles apuntando hacia adelante. Por supuesto que ni se me ocurrió darles el alto. Me limité a saludarlos.  

Los combates quedaron paralizados en aquella zona.


Miguel Gila
Entonces naci yo. Memorias para desmemoriados









2086. El tiro en el culo

Al Ignacio, el de Campo de Criptana, le dieron un tiro en el culo. Nos meábamos de risa. Decía:

Estaba cagando tan tranquilo y estos hijos de puta me han dado un tiro en el culo -y añadía-: A traición, porque no tienen cojones para atacar de frente.  

Y el Ferrán, que era un cachondo le replicó:  

Pues tú tampoco estabas muy de frente, porque estabas mirando al enemigo con el ojo del culo. O sea, que estabas cagando en retirada.  

Le sacaron la bala que se le había alojado en una nalga, le taponaron la herida y, como no le podían vendar el culo, le pusieron una gasa con un esparadrapo en forma de cruz. El cachondeo fue en aumento.  

Ahora mira dónde cagas, porque con la equis en el culo eres como un tiro al blanco.

Entre el lugar donde nosotros estábamos parapetados y el lugar donde se suponía que estaba el enemigo, había un valle, y en el valle un pequeño pueblo abandonado, creo recordar que se llamaba Sieteiglesias. Durante el día y con mucho cuidado, nos acercábamos hasta el pequeño pueblo y entrábamos en un bar abandonado en el que había un organillo. Tocábamos el organillo y el enemigo de inmediato nos disparaba, con fusiles o con ametralladora. Por la distancia no nos llegaban las balas, pero disfrutábamos haciendo que gastaran su munición. En esa aldea nos encontramos una cabra flaca, nos la llevamos de mascota y le pusimos de nombre Margarita. La cabra no tenía leche ni para un cortado. Sus ubres estaban arrugadas y secas y era imposible ordeñarla como habíamos hecho en Sigüenza con la vaca. Nos encariñamos con aquella cabra. Le dábamos de comer para ver si engordaba y se llenaba de leche, pero ni por esas. De Madrid no nos llegaban provisiones, ya habíamos terminado con todo lo comestible, y allí, en la sierra, no había dónde buscar comida. Después de discutirlo, se llegó a la conclusión de que la única solución para matar el hambre era comernos la cabra. Pero, ¿quién tenía valor para matar a Margarita? La cabra, cada vez que nos acercábamos a ella, dejaba de comer hierba, levantaba la cabeza y nos miraba con una mirada muy particular. Nadie se atrevía a terminar con la mascota, unos por superstición -"Matar a la mascota nos va a traer mala suerte", argumentaban-, otros por razones humanitarias. De todos modos, por una u otra razón, nadie tenía valor para matar a aquella cabra flaca que, estoy convencido, había adivinado nuestras intenciones.  

Y pasaron los meses con tiroteos y desplazamientos cortos, vino el mes de diciembre y empezaron los fríos. La sierra se cubrió de nieve. Como no nos llegaban alimentos, decidimos comernos a Margarita. Alguien tuvo coraje para matarla, trocearla y asarla al fuego. Yo me sentí incapaz de comer aquella carne, y como yo, algunos más; otros no tuvieron ningún reparo en hacerlo. Y como para que nos sintiéramos culpables de aquella crueldad, al día siguiente nos anunciaron el envío de mantas y comida.


Miguel Gila
Entonces nací yo. Memoria para desmemoriados









2042. Miguel Gila y el 5º Regimiento

Miguel Gila Cuesta
(Madrid, 12 de marzo de 1919 - Barcelona, 13 de julio de 2001)


"Con la mano izquierda se sujeta el fusil a la altura de la cintura, se tira del cerrojo hacia arriba, después se corre hacia atrás, se coloca el cargador, se empuja el cerrojo hacia adelante, se gira hacia abajo y ya tenemos una bala en la recámara. Después se apoya la culata contra el hombro, aseguraos de que la culata esté bien apoyada en el hombro, porque si no lo hacéis así, el retroceso del fusil puede romperos la clavícula. Se apunta con un solo ojo, observando que esta ranura de arriba coincida con el punto de mira, se aprieta el gatillo y de esta forma se dispara. El gatillo tiene dos tiempos, uno que prepara el percutor y otro que golpea en el casquillo de la bala. Cada vez que se termina el cargador, se vuelve a hacer la misma operación. Es muy conveniente durante el combate tener la bayoneta calada por si tenéis que entrar en el cuerpo a cuerpo. ¿Enterados? Bien. ¡Rodilla en tierra! ¡Carguen! ¡Apunten! ¡Fuego!" 

 "Para lanzar las granadas de mano se aprieta esta palanca, se saca el seguro tirando de la anilla y una vez quitado el seguro, siempre con la palanca apretada, se espera el momento de lanzarla; cuando llega ese momento, antes de arrojarla se suelta la palanca abriendo la mano, contáis diez segundos y la lanzáis. No lo hagáis antes de contar diez segundos porque os la pueden devolver". 

Estas fueron todas las instrucciones que recibimos durante cinco días; después, con tres cartucheras llenas de balas, un fusil Mauser con su machete y dos granadas de mano, nos subieron a los camiones. Yo buscaba a Pedro Tabares. No lo veía por ninguna parte.  

Adelante milicianos   
a luchar con el valor   
que nos da nuestro coraje   
empujando el corazón.   
A aplastar a los fascistas,  
la canalla sin igual,   
que por no ceder sus fueros   
quiere ahogar la libertad.   
Camaradas, camaradas,   
todos juntos a luchar   
en la vanguardia.   
Venceremos, venceremos,   
que es de acero el Regimiento Pasionaria.   
venceremos, venceremos,   
nuestra consigna es aplastar,   
a traidores y a fascistas,   
que jamás han de pasar.  

Y me preguntaba yo: si me he alistado en el 5º Regimiento de Líster, ¿qué hago en el Regimiento Pasionaria? ¡Qué más da! Lo importante es luchar contra los fascistas. Hacía mucho calor por aquella carretera en la que apenas había árboles, pero en el camión, con el aire, ni se notaba. Y seguí cantando como todos los demás: 

¡Ay, ay, ay tirano burgués!   
¡Ay, ay, ay, qué mal te vas a ver!   
¡Ay, ay, ay, que viva nuestra unión   
que somos comunistas   
hasta el corazón!  

O sea, que por lo que cantábamos, yo no era socialista, era comunista. Pero, pensaba yo, si pertenezco a las Juventudes Socialistas, ¿quién me ha hecho comunista? En fin, tampoco era momento de cuestionarme si era comunista o era socialista. Ni siquiera sabía cuál era la diferencia entre una cosa y otra.

Y así, subidos a los camiones, íbamos hacia el frente. Ese frente que iba a ser nuestro bautismo de fuego.   

Yo seguía tratando de encontrarme con Pedro Tabares, pero alguien me dijo que lo habían destinado al Batallón Alpino. Lo mismo que me pasaba con lo del comunismo y el socialismo, no tenía ni idea de qué quería decir lo de "batallón alpino", si le habían destinado a un pinar o a los Alpes. 

Cuando llegamos a Sigüenza, nos dividieron en pelotones y cada pelotón en escuadras de cinco individuos. Vimos gente corriendo de un lado a otro alocadamente. Algunos hombres llevaban escopetas de caza y otros esgrimían armas rudimentarias, sables, hoces, horquillas de hierro de las usadas para recoger las parvas, hachas, azadones, piquetas. Nos dijeron que estaban buscando fascistas. Aquello parecía la escenificación de algún cuadro de El Bosco. Mi escuadra la componíamos Fernando, Fraguas, Medrano, Cabral y yo. Llegamos hasta una casa en la que había un gran revuelo, se oían gritos de mujeres. Entramos, cruzamos el comedor y fuimos hasta la cocina. En la cocina había una puerta trasera que daba a un pequeño campo mezcla de huerta y corral. En el suelo, en un gran charco de sangre, dos cuerpos tendidos, uno de ellos llevaba puesto el uniforme de la Guardia Civil, el otro una camisa y un pantalón, habían sido abatidos a tiros de escopeta; la cara del guardia civil era un amasijo irreconocible, la del otro, la del que vestía camisa y pantalón, tenía el espanto en sus ojos desmesuradamente abiertos, había recibido los disparos en el vientre y sobre la camisa se podían ver sus intestinos. Los hombres que los habían matado estaban con sus escopetas bajo el brazo y una sonrisa en el rostro. Nos recibieron en actitud de héroes, con su cara, su boina o su gorra quemadas de sol. Nos miraban a nosotros y a los dos hombres que yacían en aquel charco de sangre, y sujetaban sus escopetas bajo el brazo sin dejar de sonreír, solamente les faltaba poner un pie sobre cada uno de los muertos para hacerse una fotografía, como si hubieran ido a un safari y hubiesen capturado dos leones. Unas mujeres, con los ojos cegados por el llanto, contemplaban a aquellos dos hombres caídos, mientras daban gritos desgarradores. Unos niños se abrazaban a las piernas de las mujeres, en sus caras se reflejaban el terror y la incomprensión. 

Uno, nos dijeron los de las escopetas, era el boticario y se llamaba Betegón, el otro era un teniente de la Guardia Civil, los habían cazado, ésa fue la palabra que utilizaron, cuando trataban de huir por la parte trasera de la casa. Eran, nos dijeron, dos fascistas.

La visión de los intestinos del hombre con camisa y pantalón y la cara del guardia civil completamente destrozada me provocaron un vómito que no pude evitar. Comencé a sospechar que la guerra iba a ser dura y sangrienta. Cuando tomé la determinación de alistarme como voluntario no supuse que esa guerra civil iba a ser aprovechada por muchos para realizar una serie de venganzas llevadas a cabo con la disculpa de estar del lado de la derecha o del lado de la izquierda.   

Si dijera que al enrolarme lo hice apoyado en un profundo conocimiento de la política o de la ideología, estaría faltando a la verdad. A pesar de mi escuchar, de mi leer y de mi preguntar, tanto mis conocimientos ideológicos como políticos eran muy limitados, tan limitados que no sabía distinguir entre el comunismo y el socialismo, lo único que tenía claro, porque así me lo habían explicado en mi casa, era que los trabajadores corrían el riesgo de perder los derechos conseguidos gracias a la República, y que por eso había que defender la República, aunque para ello fuese necesario jugarse la vida.

Mi ideología se iría formando más adelante, durante los primeros meses de vivir la guerra con todos sus horrores, después de que me llegara la noticia de los fusilamientos de Badajoz, después del bombardeo de Guernica por la aviación alemana, después de los continuos bombardeos de Madrid, donde las mujeres aterrorizadas corrían con sus hijos en los brazos a buscar refugio en las estaciones del metro, y se afirmaría algunos meses antes de terminar la guerra, después de ser testigo directo del cruel comportamiento de los mercenarios traídos por Franco de África, después de las humillaciones que padecí y vi padecer a otros hombres jóvenes como yo en los campos de prisioneros y en las improvisadas cárceles de la dictadura. Porque aunque algunos traten de negarlo, la posguerra fue muchísimo más cruel que la guerra misma. Si durante la guerra hubo muchas venganzas personales, la posguerra la superó con creces en ese tipo de ajuste de cuentas. 

Yo, a mis diecisiete años, pensaba que la guerra, aun tratándose de una guerra civil, iba a ser una lucha limpia entre dos bandos con distinta ideología o con distinta forma de pensar. Y de lo que estaba plenamente convencido era de que el levantamiento de Franco contra la República iba a ser cuestión de días. 


Miguel Gila
Entonces nací yo. Memorias para desmemoriados










1363. Memorias de un exilio

Miguel Gila Cuesta
(Madrid, 12 de marzo de 1919 - Barcelona, 13 de julio de 2001)


«Los que hemos tenido la fortuna de vivir en Argentina sabemos del culto que se hace a la amistad. Cuando recién llegado a Buenos Aires, los hombres, los amigos, me besaban, yo pensaba: «¿Qué pasa aquí?, ¿los hombres son maricones?» Para un español, con ese machismo nuestro, heredado de los más de cuatro siglos de dominación árabe, el que los hombres te besen resulta en principio chocante, hasta que descubres que ese beso de un amigo es un acto de cariño que nace espontáneamente. En Buenos Aires es normal que te digan «no seas maricón», cuando se quiere decir a alguien «no seas cobarde» o «no tengas miedo», pero la expresión nunca se asocia con la homosexualidad, tan criticada en la España machista que viví desde niño. En Buenos Aires te pueden llamar «negro», «gordo», «flaco», «gallego» o «taño» sin que ninguno de estos apelativos signifique un insulto, sino una demostración de cariño. 

Recordándoles la advertencia de que mis aguafuertes no tendrán un orden cronológico, me van a permitir que rebobine y vaya al principio, por qué fuimos a Buenos Aires. Tal vez ya lo he contado en alguna ocasión, pero no me importa repetirlo una vez más. 

En 1962 tenía un empacho de dictadura que estaba a punto de convertirse en una grave indigestión. Aclaro que más que por la situación política —puesto que yo, aunque con gran sacrificio, una vez que salí de la cárcel de Torrijos, y luego de cumplir cuatro años de servicio militar, había conseguido por méritos propios un lugar en el trabajo que me permitía, dentro de lo que significa una dictadura, ganarme la vida sin tener que mendigar, al tiempo que, muy disimuladamente, no podía ser de otra manera, con el arma que tenía en mis manos, el humor, seguía luchando contra esa dictadura que había mutilado mi juventud—, por vivir en pareja con la mujer a la que amaba, tras la separación de mi primera mujer, lo que suponía una constante y molesta persecución. Como es conocido por la gente de mi generación, el pacto de la Iglesia con Franco condicionó la vida y el comportamiento de todos los españoles. Recuerdo algunas frases famosas de grandes hombres de la Iglesia. El obispo de Cartagena dijo, en 1936: «¡Benditos sean los cañones si en las brechas que abren florece el Evangelio!» Yo, que tuve la oportunidad de asomarme a alguna de esas brechas, lo único que pude contemplar fue el interior de alguna humilde casa destruida y algunos cadáveres mutilados, en la mayoría de los casos de mujeres y niños, pero, por más esfuerzos que hice, no vi florecer el Evangelio. Y ese mismo año, el arcipreste de Burgos dijo: «¡Nada de perdón a los enemigos de la Iglesia y de los santos padres. Que su semilla sea destruida, su maldita semilla, la semilla de Satanás!» No lo tengo muy claro, pero supongo que con lo de la semilla se refería a los espermatozoides, de lo que se deduce que el arcipreste de Burgos no era muy experto en espermatozoides, porque no es fácil cargarse a un espermatozoide si no es con un fusil de mira microscópica o con una masturbación.»


Miguel Gila
"Memorias de un exilio", 1998