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3495. Romance de la Guardia Móvil francesa




Federico García Lorca
que estás ya bajo la tierra,
ministro de Faraón,
Gran Mago de las Estrellas,
Rey David de los Gitanos
por lo salmista y profeta:
tu voz me llega a través
de mi almohada de arena
y me grita hasta ponerme
enfermo de la cabeza.
Tú la viste, tú la viste,
la Guardia Móvil francesa.
No fue la Guardia Civil
española lo que vieras.
Tú en oráculos egipcios
dijiste cosas herméticas;
antes, muchas lunas antes
de tu muerte las dijeras.
Y yo voy desentrañando
la voz de tu adormidera
que me canta, arena arriba,
hasta llegar a mi oreja.
Tu Ciudad de los Gitanos
ya siento bien hoy lo que era
(Que te busquen en mi frente,
juego de luna y de arena):
¡ay, playa la de Argelès
dentro de tu calavera!


Celso Amieva
La almohada de arena, 1960







3314. Poeta en la arena

Campo de concentración de Argelès sur Mer, febrero 1939



Aquí está el Español a solas ... 
hiel en el pecho y en la boca sal, 
acorralado en una triste playa extranjera.
Aquí está el Español,
hiel en el pecho y en la boca sal,
acorralado en una triste playa extranjera.
El saldrá por la Pascua o por la Trinidad.
Descubríos ante las alambradas
que acordonan este arenal,
pueblos sin alma que os estáis
mirándonos
sin ver jamás jamás, jamás...


Celso Amieva (José María Álvarez Posadas)







3260. Maquis




Aquel pastor francés no nos quería...
Mas no por guerrilleros,
pues el pastor al nazi aborrecía.
Éramos sospechosos, forasteros,
nativos de otra tierra... Y él temía
por sus gordos corderos.
¡Aquel pastor francés no comprendía!

Aquel pastor francés no nos quería.
“hay muchos extranjeros
en Francia —se decía—
y vino el mal de ahí: de aventureros
que Francia hizo franceses un mal día
y la vendieron por treinta dineros”.
¡Aquel francés no distinguía!

Aquel pastor francés no nos quería.
Nunca, ni a precio de oro, nos vendía
uno de sus corderos.
“españoles en esta serranía,
yo me pregunto qué hacen —repetía—
¡Al fin aventureros!”
Aquel pastor, ¡qué mal nos conocía!

A otro “maquis”de aquella cercanía,
los nazis carniceros
atacaron con tanques a porfía.
Mozos franceses sin veteranía
sucumbieron lo mismo que corderos.
Ni uno solo escapó de la sangría.
¡Y el buen pastor francés lloró aquel día!
Dado lo bien que todo les salía,
los nazis en blindados altaneros
volvieron hacia nuestra crestería
sus rugientes aceros.
Y el pastor, cuando vio lo que subía,
“no queda español vivo”—se decía.
Aquel pastor, ¡qué mal nos conocía!


Celso Amieva