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3318. El XX aniversario de Machado

Parece increíble pero es verdad: En la España actual el nombre de Antonio Machado puede convertirse en una piedra de escándalo para sus gerifaltes. Así lo demuestran las diversas maniobras que los medios oficiales han realizado para obstaculizar los homenajes que los escritores y artistas españoles le han rendido con ocasión del XX aniversario de su muerte; y después, cuando comprendieron que esto era imposible, y hasta impolítico, los manejos ya más turbios, con que trataron de tergiversar el sentido de este homenaje. Veamos los hechos.


A principios de febrero, un grupo de intelectuales franceses de la más alta categoría y del más diverso signo (Picasso, Sartre, Mauriac, Aragón, Cassou, etc.), decidió celebrar un homenaje a don Antonio junto a su tumba en Colliure, y se dirigió a los escritores españoles pidiéndoles su asistencia. El diverso signo ideológico de los franceses que firmaban este llamamiento era como un espejo en el que los españoles veíamos nuestro espíritu de reconciliación nacional. El homenaje a Antonio Machado se convertía así en nuestras conciencias, a la vez que en un emocionante recuerdo del más grande de los poetas españoles del siglo, en una reivindicación de lo que este hombre entrañado en el pueblo, digno y a la vez pacífico, encarnaba de nuestras preocupaciones actuales, y de nuestra necesidad de manifestarnos contra el clima de guerra civil en que quiere mantenernos el franquismo.

Muchos escritores españoles, y en especial los residentes en Cataluña, por aquello de que les era más fácil y económico el desplazamiento, acudieron a Colliure. Allí, junto a muchos emigrados, pudo verse a Castellet, Blas de Otero, los Goytisolo, Caballero Bonald, Costafreda, Valente, Barral, Gil de Biedma, etc. Pero a la vez, el mismo día y a la misma hora, otros muchos escritores españoles -éstos con residencia en Madrid- se reunían en la casa de Segovia donde Antonio Machado vivió muchos años.

El hecho de este homenaje segoviano, si se tiene en cuenta que la prensa, la radio y todos los medios de difusión oficiales lo silenciaron, tiene algo de asombroso. ¿Cómo tantos y tantos cientos de personas llegaron a saber de un acto que sólo de boca a boca o de tú a tú fue anunciado, y esto en el brevísimo plazo de cinco días? Indudablemente, sólo porque existe un clima común entre todos los intelectuales españoles.

No se pueden poner puertas al mar. El franquismo lo sabe. Por lo tanto, decidió reducir el mal que no podía impedir. Y esto por dos medios: prohibiendo que en Segovia se celebraran actos públicos en homenaje a Machado y anunciando a bombo y platillo en toda la prensa, otro acto de homenaje, éste de inspiración oficial, que debía celebrarse, siempre el 22 de febrero y a las doce del día, pero en Soria. La diferencia era clara. En Segovia, concentración de la Policía armada y de la Brigada social. Y por si fuera poco, pistoleros de la Falange que dejaban caer la pistola del bolsillo como al desgaire, y la recogían luego del suelo con un gesto de desafío. En Soria, acto oficial, Muñoz Alonso, flores las autoridades y los poetas vendidos (recordemos sus nombres: Rafael Morales, Manuel Alcántara, Luis López Anglada, Salvador Jiménez y Pérez Valiente, todos poetas de segunda fila, dicho sea por otra parte). En Segovia, cientos y cientos de intelectuales, escritores, estudiantes, pintores y actores que no encontraban un lugar lo bastante amplio para reunirse. En Soria, el elemento oficial, los periodistas y las señoritas de la localidad, y los muchachos arrancados de los colegios para llenar en lo posible la sala en donde se celebraba el acto. En Segovia, la verdad de España y el corazón popular de Machado redivivo. En Soria, la mentira y el fracaso de una maniobra con la que se pretendió desfigurar lo que en verdad había que decir y realmente dijeron los intelectuales españoles. ¿Hace falta otro plebiscito? En lo que respecta a los intelectuales, escritores y artistas, evidentemente no.

Pocos días después, los estudiantes de Madrid, que acudieron en masa a Segovia por sus propios medios despreciando los autobuses y la excursión pagada que se les había ofrecido para que fueran a Soria, organizaron un acto de homenaje a don Antonio Machado en el Paraninfo de la Universidad. Firmaban la convocatoria cuatro «grandes» (Menéndez Pidal, Marañón, Montero Díaz, Teófilo Hernando) y cuatro de los que los universitarios llaman «jóvenes maestros» (Vivanco, Celaya, Hierro y Figuera Aymerich). Una vez más, encontrábamos así reunidos en torno a don Antonio, a hombres de las más diversas edades y de las más diversas tendencias. Nada más pacífico. Nada más esperanzador. Nada tan hermoso como ver a Antonio Machado ganando a los veinte años de su muerte este espíritu de reconciliación, regeneración y amor de España. Nada más limpio. Pero...

Cuando ya el acto había sido anunciado, hasta en la prensa, y los estudiantes pletóricos de entusiasmo se agolpaban en el paraninfo, llegó una increíble noticia: el acto había sido suspendido. Unos carteles fijados en las puertas lo anunciaban. Pero con esto nos hallábamos otra vez en las mismas: no se pueden poner puertas al mar. Los estudiantes que abarrotaban la sala decidieron no moverse de allí, y cuando Hierro, Celaya y Figuera Aymerich ocuparon sus lugares en la presidencia, estalló una ovación. Poco después, el rector don Valentín Andrés Álvarez, ante la presión de las circunstancias, revocaba la prohibición y hasta presidía el acto. No podía hacerse otra cosa, so pena de provocar una estrepitosa manifestación estudiantil. Por otra parte, el acto fue planteado en términos académicos. Habló uno. Y luego otro. Y luego otro. Hasta que se levantó Gabriel Celaya y dijo lo que todo el mundo estaba esperando que se dijera y nadie decía por cobardía. Y entonces, el paraninfo se vino abajo de ovaciones. Y se entendió por qué razones las autoridades habían querido suspender el acto.

Muchas revistas y periódicos españoles han recordado estas últimas semanas el nombre de Antonio Machado. Pero las coerciones que pesaron sobre el homenaje de Segovia y sobre al acto de la Universidad, han gravitado aún más fuertemente sobre ellas. Sólo pondré como ejemplo lo ocurrido con la revista «Acento».

«Acento» es una revista del «S. E. U.», pero es una revista que, pese a las subvenciones de que vive, viene mostrando, por el ánimo de sus directores y de su consejo de redacción, un gran espíritu de independencia, valentía y amor a la verdad. Cuando invitó a los escritores españoles a que colaboraran en un número de homenaje a Machado, pocos se negaron. Pero... Ya estamos en el pero. El Director general de Prensa, Adolfo Muñoz Alonso, se alarmó: ¿Por qué? El sabrá. Empezó por exigir que al frente del número de «Acento» figurara un texto suyo. Recomendó -es un decir- que no faltaran los poemas que los cinco traidores habían leído en Soria. Prohibió que se hiciera alusión a los homenajes de Colliure, Segovia, la Sorbona y la Universidad de Madrid. Y a última hora, cuando la revista ya estaba tirada, ordenó la supresión de algunas colaboraciones, a pesar de que ya habían pasado por la censura. Así, por la sencilla razón de que entre los colaboradores habían «demasiados rojos» («nos ganan 11 a 5», fue la frase), se tiró al cesto el maravilloso poema a Antonio Machado que Blas de Otero leyó en la Sorbona, una estupenda y completamente apolítica crónica de Carlos Barral, otro poema de Celaya en el que se evoca la habitación de la pensión de Segovia donde vivió don Antonio, etc.

Varias revistas han publicado o tienen en preparación homenajes a Machado. Y todas han pasado y están pasando por peripecias semejantes a las de «Acento». En el fondo, el juego está claro. El franquismo no puede renunciar a Antonio Machado. Pretende hacerlo suyo, como ha pretendido hacer suyos después de muertos, a todos los grandes españoles que le combatieron y negaron (Unamuno, Falla, Juan Ramón, etc.). Pero esto exige «interpretaciones». Machado tal como fue, tal como se pronunció, y habló, y cantó -y ese Machado en verdad, en verdad, es el que hoy arranca tantos fervores y admiraciones- constituye una piedra de escándalo. Por eso a los veinte años de su muerte siguen sin publicarse en España sus obras completas. Muñoz Alonso le admira, según dice, pero prohíbe, no sólo sus libros, sino hasta los comentarios en prosa, verso o gritos de quienes sabemos lo que significa la verdad y la entereza de nuestro poeta.

España clama por donde puede. Estas últimas semanas lo ha hecho a través de nuestro don Antonio, y a pesar de todos los pesares de la censura, de la policía y de las intervenciones arbitraria y extralegales, ha conseguido decir lo que quería: Antonio Machado fue pueblo. Y porque fue pueblo estuvo siempre contra lo que el franquismo significa. Antonio Machado fue sencillo y a la vez digno; fue pacífico y a la vez insobornable. Fue ese gran poeta y ese gran hombre que en estos momentos difíciles nos sirve de ejemplo y guía.


(España, junio de 1959)
Juan de Juanes

Diálogo de Las Españas. Mexico 3 de julio de 1959







3213. Lágrima

Puerto de A Coruña - Foto de Manuel Ferrol


No veían la lágrima.

Inmóvil
en el centro de la visión, brillando,
demasiado pesada para rodar por mejilla de hombre,
inmensa,
decían que una nube, pretendían, querían
no verla
sobre la tierra oscurecida,
brillar sobre la tierra oscurecida.

Ved en cambio a los hombres que sonríen,
los hombres que aconsejan la sonrisa.
Vedlos
presurosos, que acuden.
Frente a la sorda realidad
peroran, recomiendan, imponen confianza.
Solícitos, ofrecen sus servicios. Y sonríen,
sonríen.
Son los viles
propagandistas diplomados
de la sonrisa sin dolor, los curanderos
sin honra.

La lágrima refleja
sólo un brillo furtivo
que apenas espejea.
La descubre la sed,
apenas, de los ojos
sobre los doloridos
utensilios humanos
-igual como descubre
el río que, invisible,
espejea en las hojas
movidas-, pero a veces
en cambio, levantada,
manifiesta, terrible,
es un mar encendido
que hace daño a los ojos,
y su brillo feroz
y dura transparencia
se ensaña en la sonrisa
barata de esos hombres
ciegos, que aún sonríen
como ventanas rotas.

He ahora el dolor
de los otros, de muchos,
dolor de muchos otros, dolor de tantos hombres,
océanos de hombres que los siglos arrastran
por los siglos, sumiéndose en la historia.
Dolor de tantos seres injuriados,
rechazados, retrocedidos al último escalón,
pobres bestias
que avanzan derrengándose por un camino hostil,
sin saber dónde van o quién les manda,
sintiendo a cada paso detrás suyo ese ahogado resuello
y en la nuca ese vaho caliente que es el vértigo
del instinto, el miedo a la estampida,
animal adelante, hacia adelante, levantándose
para caer aún, para rendirse
al fin, de bruces, y entregar
el alma porque ya
no pueden más con ella.

Así es el mundo
y así los hombres. Ved
nuestra historia, ese mar,
ese inmenso depósito de sufrimiento anónimo,
ved cómo se recoge
todo en él: injusticias
calladamente devoradas, humillaciones, puños
a escondidas crispados
y llantos, conmovedores llantos inaudibles
de los que nada esperan ya de nadie…
Todo, todo aquí se recoge, se atesora, se suma
bajo el silencio oscuramente,
germina
para brotar adelgazado en lágrima,
lágrima transparente igual que un símbolo,
pero reconcentrada, dura, diminuta
como gota explosiva, como estrella
libre, terrible por los aires, fulgurante, fija,
único pensamiento de los que la contemplan
desde la tierra oscurecida,
desde esta tierra todavía oscurecida.


Jaime Gil de Biedma
Compañeros de viaje, 1959







3065. A Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez Mantecón
(Moguer, 23 de diciembre de 1881 - San Juan de Puerto Rico, 29 de mayo de 1958


Unos vienen y otros van. Aquí clavan. Allí cantan.
Nadie cuenta. Todos salvan a su modo la esperanza.

Pablo temblé-dependiente, Pedro a puños jornalero,
Juan que pese a su neurosis logra fijar unos versos.

Hay que crear, hay que dar lo que se puede, avanzando,
sin prisa, como Juan Goethe, y como tú, sin descanso,

día a día, pena a pena, mortalmente trabajando
una obra en la que al cabo quedaremos enterrados.

Todos estamos en ello. Todos juntos conjugando,
Juan si jota, gota a gota tercamente edificando.

Porque a mil vidas perdidas, cien amigos fracasados,
diez poetas y una amante, diste forma y diste estado,

porqué tú, contra tí mismo, fuiste un poco más que un tú
encogido y miserable, ardo en tu cáncer de luz.

Me hablarán de tus defectos... ¿Qué me importa?
Considero tu trabajo, y el que fuiste desaparece en tus versos.


Gabriel Celaya, 1959








2845. Los vivos muertos




A media ladera, España agoniza: en los montes de El Escorial, última escoria y residuo postrero de la Sierra Guadarrama.

Todos están muertos en España. Los unos a su pesar, por oponerse a la tiranía. Los otros por consentirla. ¡Oh, pueblo de España, mira pasar a tus enemigos!... Ceniza son. Formados a media ladera de la montaña, avanzan en busca del Valle de los Caídos, oasis fúnebre, del que trasciende un hálito en cierto modo juvenil, sobre todo si se le compara con el que envuelve a la fila de los enterradores. Parecen éstos obstinados termes, que tratasen de horadar la tierra de España. Franquistas, falangistas, monárquicos, requetés... Se les distingue por sus caparazones, en los que cada grupo, cada especie, lleva pintados los colores de su bandera. Penosamente remontan la pendiente las oscuras jerarquías, el ejército de Franco, el otro ejército, el monárquico. Felipe II, despertado por aquel olor a muerto más reciente, alza su palidez para contemplar al nuevo rey. Aquél es. No, aquel otro. O el de más allá: Franco. Son reyes los tres, Franco, Juan y Carlos, sin serlo ninguno. Los tres al mismo tiempo, pues en España otro de los valores que ha dejado de existir es el tiempo, la noción de tiempo. Veinte años después, España está como veinte años antes. Paralizada, yerta, de regreso a la pétrea inmovilidad de sus toros de Guisando. La crisis del franquismo se plantea ahora con las mismas características que en 1939. España sigue soportando un sistema sin sucesión. Al final del franquismo, cerrando el paso, surge ahora la escollera de los muertos. Es el franquismo como un cardo seco y estéril. El aparato estatal de España semeja un cuerpo desollado que cruzase de un extremo a otro la meseta castellana. Nadie sabe qué hacer con este cuerpo insepulto, atravesado en España y que interrumpe todos los caminos. No se ve una solución. O no se ve más que una solución: la que se evade, la más temida por el franquismo. Mientras se tejen y destejen mil combinaciones, el pueblo español mira cómo remonta el entierro la pendiente.

Van en cabeza los muertos hacia dentro, los desilusionados camisas viejas, que pretendían a su modo revolucionar a España. ¿Qué fue de tanta invención?... Les siguen los que hicieron la apología del franquismo, o los silenciadores de tal iniquidad. Son los intelectuales. Tan apergaminados varones representan la capa más externa y vanidosa del cuerpo muerto, la dermis, todavía sensible. Algunos se rezagan, se hacen los desentendidos, simulan no tener nada que ver con el difunto. Otros se han adelantado, han traspuesto la serranía y han llegado hasta Segovia. Sus siluetas alargadas, temblorosas, de fugitivos, han cruzado bajo los arcos del Acueducto -Jordán en vilo-, creyendo hallar al otro lado la salvación. Se han acordado ahora de Antonio Machado. Otro día se acordarán de García Lorca, de ellos mismos, de lo que fueron en vida.

Los hay que están más íntimamente ligados al organismo agónico, mayormente contaminados. En lo profundo del cuerpo difunto, donde la escarlata sangre se coagula y se hace pegajosa, está el Opus Dei. En el centro de la sombría osamenta está Franco. Un Franco entre azulino y blancuzco, tal como lo ha pintado de mano maestra el pintor Rodríguez Luna.

España incide en la muerte. Mas otra España nace como dijera el poeta. La España al margen, la inmortal e imperecedera. No necesita esta España que el muerto se salve. Le urge, por el contrario, librarse de su pesadumbre, recobrar su libertad. Una España es la que muere. Una España la que habrá que enterrar definitivamente. El cuerpo que parecía tan descomunal, como que se encoge y enjuta al morir. A lo último quedará del franquismo lo que de un cardo requemado y seco, lo que de un sarmiento. Quedará la cripta, la oquedad en el valle. Todo el franquismo es oquedad.

Si la vida se pierde al no afrontarla, España no deberá dejar de afrontar resueltamente la circunstancia que se avecina. Que nada caduco interfiera la vida de la España naciente. El error más grave que podría cometer España sería no consumar la muerte que toda resurrección exige.


D. Aipat
Diálogo de Las Españas. México, 3 de julio de 1959








2843. Los poemas gallegos de Federico García Lorca




Muchas veces en estos veintitantos años, se me ha pedido que publicase la historia de estos poemas, tan insólitos en el conjunto de la obra lorquiana, en vista de que fui yo quien los ha ordenado para su edición. La verdad es que no tenía ningunas ganas de añadirme al moqueo necrofílico -casi necrofágico- de tanto repentino plañidero exitista, de esos que les entra, apenas, la letra y no la sangre, para ponerme a hacer de mi amigo pendón de reclamos personales. En la primera edición de las Obras Completas, (Editorial Losada, S.A., Buenos Aires, 1938), aparecieron con el prólogo explicativo que les puse cuando los publiqué; lo suprimieron en las sucesivas, no sé la razón; y como éstas fueron las más divulgadas y los poemas aparecían allí mondos de origen, el asunto volvió a su misterio. Hasta 1948 no hallé ánimos para ponerme a hablar de Federico con la indispensable objetividad, para no seguir siempre siendo víctimas de su muerte. En todo este tiempo, me mantuve al margen no sólo de los fregados lacriminatorios de los snobs sino también tejemanejes utilitarios de quienes hicieron mercancía o ideología del trance amarguísimo. Incluso las fotografías que le hice en Granada y en Madrid, quedaron en su mayor parte inéditas hasta 1952, resistiendo muchos mercadeos y ofertas, y las que aparecieron, por cierto sin mención de autor, fueron suministradas por otras personas a las que yo había regalado colecciones. Desde 1948, he dictado veinte conferencias sobre diversos aspectos lorquianos, en la Argentina, Uruguay, Chile y Venezuela. En un cursillo de la Universidad de Chile (1950) sobre Poesía Española Contemporánea le dediqué tres de las doce lecciones, y otras en la Universidad de Concepción. Publiqué luego diversos trabajos. Los últimos son: «Evocación de Federico», en La Nación, de Buenos Aires (octubre, 1956) y «Federico García Lorca, después de veinte años», en la Revista de la Universidad Nacional de La Plata, R.A., (junio, 1958). Este es el primer escrito que publico en España desde 1936.

Se habló poco y se murmuró demasiado acerca de estos poemas que para nosotros, los gallegos, revisten importancia cardinal. Incluso alguna vez, tuve que salir al paso, epistolarmente, del malévolo infundio que me atribuía traducción, colaboración, o algo por el estilo. Afortunadamente, guardo los originales. Se ve que han sido escritos en una serie de impromtus -algunos a lápiz- trazados en esos papeles que se sacan del bolsillo en un café o que se atrapan por ahí sobresaliendo de un montón en la mesa de trabajo. El Noiturnio do adoescente morto, en una invitación de L’Ambassadeur de Portugal (r.s.v.p.), a comer, que pone en la parte alta de la cartulina y escrito a tinta roja: Pour rencontrer Mr. Julio Dantas. La Cantiga do neno da tenda, cruzando la mecanografía y los guarismos de una liquidación de la Sociedad de Autores Dramáticos de España, correspondiente a la Romería de los cornudos, derechos que Federico comparte con G. Pittaluga y C. Rivas Cherif. El Romaxe de nosa Señora da Barca, en un sobre ajado con una tarjeta dentro, de alguien que hoy resultaría innombrable en relación con García Lorca... Y así los otros dos.

Me los dio un día de los finales de julio, 1935, en su casa de Madrid, después de leerme Doña Rosita la soltera, recién acabada. Mi artículo en La Nación -de la que fui corresponsal viajero en España desde 1933 hasta diciembre de 1935- fue el primero, creo, dio noticia circunstanciada de esta obra. En septiembre de ese año me había dado, «para pasar en limpio», (con bastantes variantes en algunos versos), buena parte de los orginales de Diván del Tamarit. Tenía yo proyectado, por aquel entonces, un rápido viaje a Granada y Federico quería llevarle los originales del libro a su amigo don Antonio Gallego Burín, a quien él me había presentado en un viaje anterior. Iba a editárselo aquella Universidad y recuerdo cuánta ilusión esto le hacía, pues Federico era granadino de nación y de vocación, y si volviese a nacer volvería a serlo, a pesar de todo y quizá por todo. Luego, no hice el viaje y le devolví los textos mecanografiados, menos cuatro poemas que destinaba a un Almanaque Literario que iban a editar G. de Torre, M. Pérez Ferrero y E. Salazar y Chapela. Si no recuerdo mal, yo mismo se los entregué a Pérez Ferrero.

En cuanto a los Seis poemas galegos, mi tarea se redujo a formalizar la ortografía, a enmendar alguna impropiedad o castellanismo y también a escoger entre las variantes y a proponerle algunos títulos. Romaxe de nosa Señora da Barca no figura en el original, de modo que debe de ser mío. Para Vella cantiga, le propuse Canción de cuna pra Rosalía Castro, morta. Lo veo luego utilizado en un soneto póstumo (Nueva York, 1941): Canción de cuna para Mercedes, muerta.

Todos estaban inéditos menos el Madrigal â cibdá de Santiago. Me lo dio impreso -los tipos de El Pueblo Gallego, de Vigocon una corrección a pluma en el segundo verso de la tercera estrofa: laio (queja) por ceio (cielo). He aquí algún ejemplo de mis enmiendas: En Danza da lua en Santiago, «¿Quen fire caval de pedra -no mesmo umbral do sono?». Yo puse: «¿Quén fire potro de pedra -na mesma porta do sono?», porque caval no es gallego y cabalo resulta largo; y porta porque expresa poéticamente lo mismo que umbral, que tampoco es gallego, y evita el corte elocutivo artificioso en me-um. El verso: «Filla, con el ar do ceio», quedó: «Ai, filla, co ar do ceio», para corregir el castellanismo y ganar la sílaba... Y así otras menudencias sin importancia. Todo le pareció bien.

¿Por qué los escribió? Federico había estado en Galicia durante un viaje escolar (1917), que le dio temas para su primer libro: Impresiones y paisajes (1918). Entre todo aquel tierno y confiado desparramarse juvenil, aún rezumando modernismo, (Canéfora de pesadilla, Romanza de Mendelssohn, Jardín muerto, Jardín romántico...) hay una nota aceda, dolorosa: Un hospicio en Galicia, con este divertido reventón mitinero: «Quizá algún día (la puerta) teniendo lástima de los niños hambrientos y de las graves injusticias sociales, se derrumbe con fuerza sobre alguna comisión de beneficiencia municipal, donde abundan tantos ladrones de levita y, aplastándolos, haga una tortilla de las que tanta falta hacen en España».

Vuelve a visitarla, con ganas más personales y más adecuadas letras, en 1932, en gira de conferencias por el Instituto de Cooperación Intelectual, o algo así. Naturalmente, en esta visita, más sopesada y mejor acompañada, tuvo que apechugar con el tenaz dominio -aunque sea por pocas horas- de aquel manso y tan incisivo, deslumbramiento que mi tierra mete por las canales del sensorio, antes que por la noticia letrada, en las almas capaces de recepción y que es su desquite de tanto dejarla ahí o del pasarla de largo, conformándose con los tópicos dulzarrones -«los mil verdes del paisaje», «la melancolía», «los iños, iñas»- del comento turístico, repetidor al dictado, o de la vacuidad, sin más, de muchos naturales. Federico, «fulminado» -es palabra suya- por Compostela (¡válgame Dios, él granadino!), en vez de los ¡ah!, ¡oh! de la bobería transeúnte o congénita, se alivió con unos versos; porque muchas veces los versos, aun siendo poeta más trabajoso y premioso de lo que se cree, eran su modo interjeccional y exclamativo.

De esta visita es el primer poema, el Madrigal â cibdá de Compostela. Apareció originalmente en Yunque, de Lugo, una de aquellas revistas -parpadeos de entonces, que duraban tanto como el engaño lírico de sus empresarios- la dirigía Angel Fole -tardaba en hacerse desengaño económico, ¡y tan útiles en su apenas nacer! Volvió en 1934 con «La Barraca». La montó en la Plaza de la Quintana -la antigua Quintana dos mortos-, con su loggia renacentista, su barroco desbocado y aquel altísimo paredón de monjas encerradas, con tantas ventanas, todas mirando hacia dentro, en cuya negrura garbea una lápida recordando al Batallón de Literarios, aquellos estudiantes que en 1808 se fueron a la guerra, con guitarras y manteos, como a una tuna. Y esta plaza vino luego a ser escenario del más intenso de los poemas, la Danza da lúa en Santiago.

Otras relaciones con Galicia: En su conferencia del Duende, signa al Maestro del Pórtico entre los tocados por el misterio y ventolera. También se refiere a la romería metepsicósica de San Andrés de Teijido, o San Andrés de Lonxe, de lejos. Yo se la conté, pero ya se la había contado antes Carlos Martínez Barbeito, que la sabe mejor, aunque no haya estado en ella, porque es de La Coruña. Yo estuve, pero soy de Orense.

Federico había leído los cancioneros galaico-portugueses y la poesía tradicional castellana, en la que nuestra juglaría desemboca. Conocía, asimismo, las obras de Gil Vicente, de Saa de Miranda, la lírica de Camoens y muchos románticos gallegos y portugueses. De Rosalía recitaba algunos fragmentos, Curros Enríquez le parecía «poco gallego» (Juan Ramón Jiménez, ya viejo, habló también de la influencia de estos poetas en su formación primeriza, frente a otras más tercamente asignadas). En Madrid, una tarde de 1934, le leí -y traté de aclararle- algunos poemas de Pondal, nuestro más ancho y hondo bardo costero. Recuerdo uno de sus prontos: «¿Dónde estaba este poetazo?». De los nuevos, había leído a Amado Carballo, a Manuel Antonio –le gustaba más el primero–, a Eugenio Montes –Versos a tres cás o neto–, a Álvaro Cunqueiro y a los más significativos de aquella generación. Yo le había mandado mis Romances galegos (Buenos Aires, 1928), coetáneos, en elaboración y en publicación, del Romancero gitano y sin otra semejanza que el título. Sus amigos gallegos fueron, entre otros que no habré conocido, A. Yunque, Cunqueiro, Feliciano Roldán, Luís Seoane, los Dieste, C.M. Barbeito, Castelao, R. Suárez Picallo, A. Cuadrado... Pero yo creo que el incitador decisivo para que escribiese los poemas gallegos -al menos, los cinco que me dio manuscritos- fue Ernesto Pérez Güerra, igualmente gallego, su amigo más íntimo y personal en aquellos días, junto con Rafael Rapún -¡pobre Rafael!- y su camarada muy querido de lances teatrales, Eduardo Ugarte. Lo digo del modo más válido, y tengo buenas razones para ello: sin la presencia e insistencia de Ernesto (el único poema con dedicatoria, a él está dirigido: Cantiga do neno da tenda) éstos no hubieran nacido. (Ernesto era, en aquellos tiempos, estudiantón indiscriminado y tañedor angélico de aires gallegos en la armónica por noches y cafés, ¡ay!, madrileños. Se fue a Nueva York donde, naturalmente, lavó platos, que éste parece ser allí el indispensable comienzo de las grandes cosas. Hoy es, en su Universidad, catedrático-jefe de la sección Lenguas Romances, además de consumado ensayista y fino poeta en portugués y en gallego).

Fueron publicados en un cuaderno de 34 páginas, por la Editorial Nós -volumen LXXIII-, con prólogo de E.B.A. La fecha del colofón es: 27 de diciembre de 1935, pero estaba hecho en noviembre. Los compuso a mano su director Ánxel Casal. Yo compuse los ocho primeros versos de la Cantiga do neno da tenda, poema emigratorio, como homenaje al poeta y a un oficio pueril aprendido en escuela de frailes. Entonces, aun creíamos en esas trazas y símbolos del sentimiento, ¡o mores! Salvo unos pocos ejemplares que se repartieron, el resto de la edición desapareció, junto con el fondo editorial de Nós en el que figuraban los mayores testimonios del renacimiento cultural gallego desde 1920.

¿Qué más? Algo habría que decir de los poemas en sí, por lo pronto esto: No se trata de divertimientos o ejercicios en lenguaje de préstamo, y si fue eso lo que el poeta se propuso, otra cosa muy diferente fue lo que le salió. Porque tampoco se trata del manejo aproximativo de unos sentimientos tanteados con argucias y oficios del pastiche; en primer lugar, porque no es posible hacer tal cosa con lo gallego como lo es con lo andaluz, pongamos por caso, aunque lo sustancial andaluz quede también siempre lejos de esas aproximaciones. No es posible, sin caer en manifiesta inoperancia o en caricatura, por faltarle a lo gallego el adecuado repertorio de convencionalismos mostrencos. Lo gallego se expresa o se caricaturiza, no hay términos medios ni zonas francas donde pueda denunciarse de otro modo. Su reconditez -aun para los gallegos, que andamos ahora en la tarea de autoaclararnos deja poco margen para lo presunto. Pues bien, estos poemas, que en su momento quedaron sin crítica apta, forman parte de lo más esencial que nuestra lírica haya expresado. Con toda exactitud, su esencialidad es su patente misterio circunstancial, además del misterio radical de toda poesía. De un brinco -dejemos aparte todo el cascarón y falacia de las fuentes- se plantan en el entresijo, en el cogollo, en el cerne de nuestra expresión lírica más penetrante y acabada, con una propiedad milagrosa. En cada uno de ellos, en su lineamiento anecdótico y en la bruma que los difumina y aclara -en el sentido especial de la claridad gallega- resultan obra de la más asombrosa naturalidad, sin rastros de esfuerzo ni huellas de ejercicio retórico; son maravilla sobrecogedora. Adrede amontonó los adjetivos de lo increíble, no por aspaviento sino para resalte, para dar con algún modo explicativo de lo que es en sí irracional; quiere decir, de lo que está siendo, sin que sea posible reconstruir racionalmente su itinerario, sin poder decir cómo ha sido. Nunca había ocurrido nada semejante en ninguno de los poetas foráneos de largo avecinamiento y de manejo, in situ, del habla, y a tantos siglos de su uso como medio comunal, instrumental, operístico, por parte de los líricos primitivos españoles.

Esto en el orden discursivo puede girarse a dotes de penetración en los enseres del saber y a cierta destreza y resolución para abarcar dialécticamente sus relaciones. Mas otra cosa es cuando el producto intuido no es mera intelección, sino que sobreviene ligado y connatural a lo que es más indócil al requirimiento, o sea, al espíritu del habla, a lo que ésta porta y trasluce como reflejo del alma de un pueblo; y en el caso presente, del alma de un pueblo que tiene, precisamente, en la poesía su modo mayor, casi único, de declaración. En los poemas gallegos de Federico, eso que con palabras gastadas y maltratadas, pero sabiendo bien qué queremos decir, llamamos lo racial, lo telúrico, resulta evidente, con la evidencia sui géneris de la poesía de un ahí perceptible por quienes llevamos dentro la oquedad adecuada para su resonancia, aunque no podamos decir en qué consiste. La imaginería concreta, figurativa, y a la par empapada en la jugosidad de los tonos e intertonos del habla, en el Romance de nosa Señora da Barca; el tema de la Danza da lúa en Santiago, diluyéndose, atmosferizándose -¡perdón!, en tiempo y espacio conculcados, presencia entre el ser y el no ser, que se repite e integra en la cinética del ritmo; la percepción y expresión de un matiz del tedio emigratorio, en un ámbito concreto -Buenos Aires- confiado a un toque alusivo con el que toda la configuración se resuelve: aquel paseiaban del Romance do neno da tenda.

 «Ao longo das ruas infindas
 os galegos paseiaban
 soñando un val imposible
 na verde riba da Pampa...»

La repentización y hallazgo de aquel ser -clave- de Galicia, en estos versos de Canzón de cuna pra Rosalía, morta:

 «Galicia calada e queda,
 transida de tristes herbas...»

son mucho más que simples aproximaciones emprendidas al socaire de la facilidad. Para los de la infamia menuda -que los escribió en castellano y que yo los traduje- sólo digo que se pongan a intentar la reversión; ahí está, a pesar de su fervor, la traducción del argentino Alberto Muzzio.

Sin duda, persiste en estos «Poemas» la briosa imaginería lorquiana, su gracia, su sorpresa, sus fulgurantes enlaces, pero de tal modo introyectada en el carácter del idioma poético que más que en una artesanía traslaticia, que en unos automatismos de aplicación, nos hace pensar en un nuevo e inexplicable poder. Ante el nuevo objeto, el poeta deviene un nuevo sujeto. «Olla a choiva pola rúa -laio de pedra e cristal», «Santiago lonxe do sol», «Pola testa de Galicia -xa ven salaiando a ialba», «Pombas de vidro traguía -a choiva pola montana», «Non viu o inmenso gaiteiro -coa boca frolida de alas»... son expresiones esenciales a la poesía gallega que antes no estuvieron en nadie y que suponen un poder de penetración y andadura, desentendido de lo temporal y de lo espacial, por lo quieto y feraz del objeto poético, sólo concedidos al genio.

...

He aquí algo de lo que se puede decir sobre el puñado de papeles que Federico me dio una tarde en que nuestras vidas estaban aún tensas frente a su incumplimiento, casi angustiosas al pensar en lo que faltaba...


Eduardo Blanco Amor
Insula, XIV, núms. 152-53, julio-agosto 1959
















2146. ¿Qué es un "guerrillero"?

Ernesto Guevara de la Serna
(Rosario, Argentina, 14 de junio de 1928 - La Higuera, Bolivia, 9 de octubre de 1967)


Quizá no haya país en el mundo en que la palabra «guerrillero» no sea simbólica de una aspiración libertaria para el pueblo. Solamente en Cuba esta palabra tiene un significado repulsivo. Esta Revolución, libertadora, en todos sus extremos, sale también a dignificar esa palabra. Todos saben que fueron guerrilleros aquellos simpatizantes del régimen de esclavización española que tomaron las armas para defender en forma irregular la corona del rey de España; a partir de ese momento, el nombre queda como símbolo, en Cuba, de todo lo malo, lo retrógrado, lo podrido del país. Sin embargo, el guerrillero es, no eso, sino todo lo contrario; es el combatiente de la libertad por excelencia; es el elegido del pueblo, la vanguardia combatiente del mismo en su lucha por la liberación. Porque la guerra de guerrillas no es como se piensa, una guerra minúscula, una guerra de un grupo minoritario contra un ejército poderoso, no; la guerra de guerrillas es la guerra del pueblo entero contra la opresión dominante. El guerrillero es su vanguardia armada; el ejército lo constituyen todos los habitantes de una región o de un país. Esa es la razón de su fuerza, de su triunfo, a la larga o a la corta, sobre cualquier poder que trate de oprimirlo; es decir, la base y el substratum de la guerrilla está en el pueblo.

No se puede concebir que pequeños grupos armados, por más movilidad y conocimiento del terreno que tengan, puedan sobrevivir a la persecución organizada de un ejército bien pertrechado sin ese auxiliar poderoso. La prueba está en que todos los bandidos, todas las gavillas de bandoleros, acaban por ser derrotados por el poder central, y recuérdese que muchas veces estos bandoleros representan, para los habitantes de la región, algo más que eso, representan también aunque sea la caricatura de una lucha por la libertad.

El ejército guerrillero, ejército popular por excelencia, debe tener en cuanto a su composición individual las mejores virtudes del mejor soldado del mundo. Debe basarse en una disciplina estricta. El hecho de que las formalidades de la vida militar no se adapten a la guerrillera, que no haya taconeo ni saludo rígido, ni explicación sumisa ante el superior, no demuestran de manera alguna que no haya disciplina. La disciplina guerrillera es interior, nace del convencimiento profundo del individuo, de esa necesidad de obedecer al superior, no solamente para mantener la efectividad del organismo armado que está integrado, sino también para defender la propia vida. Cualquier pequeño descuido en un soldado de un ejército regular es controlado por el compañero más cercano. En la guerra de guerrillas, donde cada soldado es unidad y es un grupo, un error es fatal. Nadie puede descuidarse. Nadie puede cometer el más mínimo desliz, pues su vida y la de los compañeros le va en ello.

Esta disciplina informal, muchas veces no se ve. Para la gente poco informada, parece mucho más disciplinado el soldado regular con todo su andamiaje de reconocimientos de las jerarquías que el respeto simple y emocionado con que cualquier guerrillero sigue las instrucciones de su jefe. Sin embargo, el ejército de liberación fue un ejército puro donde ni las más comunes tentaciones del hombre tuvieron cabida; y no había aparato represivo, no había servicio de inteligencia que controlara al individuo frente a la tentación. Era su autocontrol el que actuaba. Era su rígida conciencia del deber y de la disciplina.

El guerrillero es, además de un soldado disciplinado, un soldado muy ágil, física y mentalmente. No puede concebirse una guerra de guerrillas estática. Todo es nocturnidad. Amparados en el conocimiento del terreno, los guerrilleros caminan de noche, se sitúan en la posición, atacan al enemigo y se retiran. No quiere decir esto que la retirada sea muy lejana al teatro de operaciones; simplemente tiene que ser muy rápida del teatro de operaciones.

El enemigo concentrará inmediatamente sobre el punto atacado todas sus unidades represivas. Irá la aviación a bombardear, irán las unidades tácticas a cercarlos, irán los soldados decididos a tornar una posición ilusoria.

El guerrillero necesita sólo presentar un frente al enemigo. Con retirarse algo, esperarlo, dar un nuevo combate, volver a retirarse, ha cumplido su misión específica. Así el ejército puede estar desangrándose durante horas o durante días. El guerrero popular, desde sus lugares de acecho, atacará en momento oportuno.

Hay otros profundos axiomas en la táctica de guerrillas. El conocimiento del terreno debe ser absoluto. El guerrillero no puede desconocer el lugar donde va a atacar, pero además debe conocer todos los trillos de retirada así como todos los caminos de acceso o los que están cerrados. Las casas amigas, y enemigas, los lugares más protegidos, aquellos donde se puede dejar un herido, aquellos otros donde se puede establecer un campamento provisional, en fin, conocer como la palma de la mano el teatro de operaciones. Y eso se hace y se logra porque el pueblo, el gran núcleo del ejército guerrillero, está detrás de cada acción. Los habitantes de un lugar son acémilas, informantes, enfermeros, proveedores de combatientes, en fin, constituyen los accesorios importantísimos de su vanguardia armada.

Pero frente a todas estas cosas; frente a este cúmulo de necesidades tácticas del guerrillero, habría que preguntarse: «¿por qué lucha?», y, entonces surge la gran afirmación: «El guerrillero es un reformador social. El guerrillero empuña las armas como protesta airada del pueblo contra sus opresores, y lucha por cambiar el régimen social que mantiene a todos sus hermanos desarmados en el oprobio y la miseria. Se ejercita contra las condiciones especiales de la institucionalidad de un momento dado y se dedica a romper con todo el vigor que las circunstancias permitan, los moldes de esa institucionalidad.»

Veamos algo importante: ¿qué es lo que el guerrillero necesita tácticamente? Habíamos dicho, conocimiento del terreno con sus trillos de acceso y escape, velocidad de maniobra, apoyo del pueblo, lugares donde esconderse, naturalmente. Todo eso indica que el guerrillero ejercerá su acción en lugares agrestes y poco poblados. Y, en los lugares agrestes y poco poblados, la lucha del pueblo por sus reivindicaciones se sitúa preferentemente y hasta casi exclusivamente en el plano del cambio de la composición social de la tenencia de la tierra, es decir, el guerrillero es, fundamentalmente y antes que nada, un revolucionario agrario.

Interpreta los deseos de la gran masa campesina de ser dueña, de la tierra, dueña de los medios de producción, de sus animales, de todo aquello por lo que ha luchado durante años, de lo que constituye su vida y constituirá también su cementerio.

Por eso, en este momento especial de Cuba, los miembros del nuevo ejército que nace al triunfo desde las montañas de Oriente y del Escambray, de los llanos de Oriente y de los llanos de Camagüey, de toda Cuba, traen, como bandera de combate, la Reforma Agraria.

Es una lucha quizás tan larga como el establecimiento de la propiedad individual. Lucha que los campesinos han llevado con mejor o peor éxito a través de las épocas, pero que siempre ha tenido calor popular. Esta lucha no es patrimonio de la Revolución. La Revolución ha recogido esa bandera entre las masas populares y la ha hecho suya ahora. Pero antes, desde mucho tiempo; desde que se alzaran los vegueros de La Habana; desde que los negros trataran de conseguir su derecho a la tierra en la gran guerra de liberación de los 30 años; desde que los campesinos tomaran revolucionariamente el Realengo 18, la tierra ha sido centro de la batalla por la adquisición de un mejor modo de vida.

Esta Reforma Agraria que hoy se está haciendo, que empezó tímida en la Sierra Maestra, que se trasladó al Segundo Frente Oriental y al macizo del Escambray, que fue olvidada algún tiempo en las gavetas ministeriales y resurgió pujante con la decisión definitiva de Fidel Castro es, conviene repetirlo una vez más, quien dará la definición histórica del «26 de julio».

Este Movimiento no inventó la Reforma Agraria. La llevará a cabo. La llevará a cabo íntegramente hasta que no quede campesino sin tierra, ni tierra sin trabajar. En ese momento, quizás, el mismo Movimiento haya dejado de tener el por qué de existir, pero habrá cumplido su misión histórica. Nuestra tarea es llegar a ese punto, el futuro dirá si hay más trabajo a realizar. Guerra y población campesina.

El vivir continuado en estado de guerra crea en la conciencia del pueblo una actitud mental para adaptarse a ese fenómeno nuevo. Es un largo y doloroso proceso de adaptación del individuo para poder resistir la amarga experiencia que amenaza su tranquilidad. La Sierra Maestra y otras nuevas zonas liberadas han debido pasar también por esta amarga experiencia.

La situación campesina en las zonas agrestes de la serranía era sencillamente espantosa. El colono, venido de lejanas regiones con afanes de liberación, había doblado las espaldas sobre las tumbas nuevas que arrancaba su sustento, con mil sacrificios, había hecho nacer las matas de café de las lomas empinadas donde es un sacrificio el tránsito a lo nuevo; todo con su sudor individual respondiendo al afán secular del hombre por ser dueño de su pedazo de tierra; trabajando con amor infinito ese risco hostil al que trataba como una parte de sí mismo. De pronto, cuando las matas de café empezaban a florearse con el grano que era su esperanza, aparecía un nuevo dueño de esas tierras. Era una compañía extranjera; un geófago local o algún aprovechado especulador inventaba la deuda necesaria. Los caciques políticos, los jefes de puesto trabajaban como empleados de la compañía o el geófago apresando o asesinando cualquier campesino demasiado rebelde a las arbitrariedades. Ese panorama de derrota y desolación fue el que encontramos para unirlo a la derrota, producto de nuestra inexperiencia, en la Alegría de Pío (nuestro único revés en esta larga campaña, nuestra cruenta lección de lucha guerrillera). El campesinado vio en aquellos hombres macilentos cuya barba, ahora legendaria, empezaba a aflorar, un compañero de infortunio, un nuevo golpeado por las fuerzas represivas, y nos dio su ayuda espontánea y desinteresada, sin esperar nada de los vencidos.

Pasaron los días y nuestra pequeña tropa de ya aguerridos soldados mantuvo los triunfos de La Plata y Palma Mocha. El régimen reaccionó con toda su brutalidad y el asesinato campesino se hizo en masa. El terror se desató sobre los valles agrestes de la Sierra Maestra y los campesinos retrajeron su ayuda; una barrera de mutua desconfianza asomaba entre ellos y los guerrilleros; aquéllos por el miedo a la represalia, éstos por temor al chivatazo de los timoratos. Nuestra política, no obstante, fue justa y comprensiva y la población guajira inició su viraje de retorno a nuestra causa.

La dictadura, en su desesperación y en su crimen, ordenó la reconcentración de las miles de familias guajiras de la Sierra Maestra a las ciudades. Los hombres más fuertes y decididos, casi todos los jóvenes, prefirieron la libertad y la guerra a la esclavitud y la ciudad. Largas caravanas de mujeres, niños y ancianos peregrinaron por los caminos serpenteantes donde habían nacido, bajaron al llano y fueron arrinconados en las afueras de las ciudades. Por segunda vez Cuba vivía la página más criminal de su historia: la reconcentración. Primero lo ordenó Weyler, el sanguinario espadón de la España colonial; ahora lo mandaba Fulgencio Batista, el peor de los traidores y de los asesinos que ha conocido América. El hambre, la miseria, las enfermedades, las epidemias y la muerte, diezmaron a los campesinos reconcentrados por la tiranía; allí murieron niños por falta de atención médica y de alimentación, cuando a unos pasos de ellos estaban los recursos que pudieron salvar sus vidas. La protesta indignada del pueblo cubano, el escándalo internacional y la impotencia de la dictadura en derrotar a los rebeldes, obligaron al tirano a suspender la reconcentración de las familias campesinas de la Sierra Maestra. Y otra vez volvieron a las tierras donde habían nacido, miserables, enfermos y diezmados, los campesinos de la Sierra. Si antes habían sufrido los bombardeos de la dictadura, la quema de su bohío y el asesinato en masa, ahora habían conocido la inhumanidad y barbarie de un régimen que los trató peor que la España colonial a los cubanos de la guerra independentista. Batista había superado a Weyler.

Los campesinos volvieron con una decisión inquebrantable de luchar hasta vencer o morir, rebeldes hasta la muerte o la libertad.

Nuestra pequeña guerrilla de extracción ciudadana empezó a colorearse de sombreros de yarey; el pueblo perdía el miedo, se decidía a la lucha, tomaba decididamente el camino de su redención. En este cambio coincidía nuestra política hacia el campesinado y nuestros triunfos militares que nos mostraba ya como una fuerza imbatible en la Sierra Maestra.

Puestos en la disyuntiva, todos los campesinos eligieron el camino de la Revolución. El cambio de carácter de que hablábamos antes se mostraba ahora en toda su plenitud: la guerra era un hecho, doloroso sí, pero transitorio; la guerra era un estado definitivo dentro del cual el individuo debía adaptarse para subsistir. Cuando la población campesina lo comprendió, inició las tareas para afrontar las circunstancias adversas que se presentarían.

Los campesinos volvieron a sus conucos abandonados, suspendieron el sacrificio de sus animales guardándolos para épocas peores y se adaptaron también a los ametrallamientos salvajes, creando cada familia su propio refugio individual. Se habituaron también a las periódicas fugas de las zonas de guerra, con familias, ganado y enseres, dejando al enemigo sólo el bohío para que cebaran su odio convirtiéndolo en cenizas. Se habituaron a la reconstrucción sobre las ruinas humeantes de su antigua vivienda, sin quejas, sólo con odio concentrado y voluntad de vencer.

Cuando se inició el reparto de reses para luchar contra el cerco alimenticio de la dictadura, cuidaron sus animales con amorosa solicitud y trabajaron en grupos, estableciendo de hecho cooperativas para trasladar el ganado a lugar seguro, donando también sus potreros, y sus animales de carga al esfuerzo común. En un nuevo milagro de la Revolución, el individualista acérrimo que cuidaba celosamente los límites de su propiedad y de su derecho propio, se unía, por imposición de la guerra, al gran esfuerzo común de la lucha. Pero hay un milagro más grande. Es el reencuentro del campesino cubano con su alegría habitual, dentro de las zonas liberadas. Quien ha sido testigo de los apocados cuchicheos con que nuestras fuerzas eran recibidas en cada casa campesina, nota con orgullo el clamor despreocupado, la carcajada alegre del nuevo habitante de la Sierra. Ese es el reflejo de la seguridad en sí mismo que la conciencia de su propia fuerza ha dado a los habitantes de nuestra porción liberada. Esa es nuestra tarea futura: hacer retornar al pueblo de Cuba el concepto de su propia fuerza, de la seguridad absoluta en que sus derechos individuales, respaldados por la Constitución, son su mayor tesoro. Más aún que el vuelo de las campanas, anunciará la liberación el retorno de la antigua carcajada alegre, de despreocupada seguridad que hoy ha perdido el pueblo cubano.


Ernesto Che Guevara, 1959