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3123. Cinco años de destierro de Unamuno




En el año 1924, las críticas de Miguel de Unamuno a Primo de Rivera en distintas publicaciones y artículos de prensa, provocarían la reacción del Directorio Militar. El Consejo de Ministros celebrado el 20 de febrero de 1924 adoptaría, entre otras medidas, el acuerdo de destierro de Unamuno a la isla de Fuerteventura así como la pérdida de su cátedra. 

A los pocos meses de su confinamiento en la isla llegaría el indulto, que decidió no aceptar al saber que no se le reintegraba en su cargo de Catedrático.  Se destierra voluntariamente a Francia; primero a París y después a  Hendaya hasta 1930.


Cinco años de destierro de Unamuno

Yo no acabaré nunca de entender porqué se desterró a don Miguel de España. No hay nada menos motín sindicalista que este hombre incapaz hasta del grupo mínimo. Nunca se descubrirá ni siquiera al primo de Unamuno, no digamos el cófrade. Su hermoso semblante vuelto religioso por el cotidiano pensamiento superior, pondrá siempre gesto de repulsa a la barricada.

Y si no puede ni siquiera hacer motín, ¿por qué se le creyó, y se sigue creyendo, su presencia dañina en España?

Lo que él allá hacía: decir cada tarde a sus amigos de Salamanca o escribirlo en cartas a los de América, que la dictadura era torpe y medioeval, lo dice en Madrid (yo lo he oído), entre vaso de café y vaso de café, cualquier madrileño, en chacota o en trágico, y el Gobierno se guarda bien de ponerse en ridículo con destierro en masa, a lo Mussolini. Esta dictadura de Primo de Rivera, que se defiende con el dato verdaderamente singular de que no ha decretado ni una pena de muerte ¿por qué es cruel, de una larga y subrayada crueldad con el noble viejo?

El me decía a mí que anda en su asunto odio ácido de mujer (odio que es pequeño y vigilante como el diente del cotoncillo). Y, en verdad, no contiene raciocinio viril ni ademán militar esta persecución insistente de un varón cuya honra es cosa inrayable y con el que cualquier abuso de fuerza se vuelve especialmente odioso.

Dos o tres años quedó vacante su cátedra de griego en Salamanca. Yo separo, para guardado entre los pocos hechos limpios de nuestro tiempo, el ejemplo de esos profesores españoles que dos o cuatro veces leyeron la convocatoria a concurso para reemplazar a su sabio y no se presentaban, haciendo fracasar el concurso. Ha habido profesores pobres (y pobre de España es pobre cabal) necesitados de una plaza; ha habido también maestros con preparación si no igual, próxima a la suya en cultura clásica, que desean ejercer en universidad prestigiosa, y unos y otros huyeron la baja tentación de reemplazar al colega doblemente ilustre por el genio y la civilidad consciente. Era esto muy gesto español, muy golilla alta. A mí me emocionaba más que las arengas del Cid. Pero al fin se halló un candidato y, por desgracia, fue un cura. La plaza se llenó: ¡pobre profesor con semejante sombra a su espalda, en el pupitre! El atolondrado, sea quien sea, ha echado a perder uno de los actos colectivos de honestidad más perfecta.

Pero si se ve como muy problemático el que Unamuno pudiera dañar seriamente a la dictadura viviendo en España, con la creación de un nuevo partido oposicionista, por ejemplo, o con el aguijoneo de los actuales, se advierte a la simple vista que, en Francia, le ha dado golpes mortales por el solo caso suyo, llevado y traído en periódicos, revistas y cuentos literarios.

Fuera de los hispanófilos franceses, que no llegan a la treintena, el público francés se daba el gusto de ignorar al escritor por completo, como ignoró a Eça de Queiroz que vivió en París no sé cuantos años y al que todavía desconoce. Don Miguel no buscó traductor ni editor. Se sabe su probidad literaria, y su áspero desdén de los que talonean tras de la fama, por hedionda comadre que ella sea. Y sin que él buscara nada, ni aún por excusable tentación de poner un éxito en el otro brazo de la balanza que contiene su desgracia, él ha tenido en París a manos llenas editores, crítica efusiva y redondeado triunfo. Se le traducen una novela y otra novela, una colección de ensayos seguida de otra colección. A Dios no se le ha secado la mano para lavar con el aprecio de los mejores, las torpezas de los otros. Con Valle lnclán y Gómez de la Serna, hace el grupo español domiciliado ya definitivamente en esta lengua, que nunca ha tenido hacia la del otro lado despilfarro de generosidades. A los sesenta años, como Chesterton, sólo hace poco traducido, él entra al francés en gran señor del habla menospreciada en todas partes. De este modo el Don Miguel "enemigo de la raza", como dice por ahí cualquier energúmeno fácil, la sirve y la alimenta de honra, la lleva en sí, hecha don Miguel de Unamuno, artista mayor y hombre sin ajadura.

Su condición de desterrado, en país de civilidad tan ejemplar como Francia (Dios se la guarde y el diablo fascista no se la muerda) ha añadido algunos gramos al entusiasmo netamente artístico; pero cuidado con repetir la majadería de un adulón según el cual su éxito literario en Francia viene de izquierdismo malicioso. ¡Qué necesidad tiene un escritor de su tamaño de contar una campaña política para ser aupado por masonerías y leninismos! Cuidado con la envidia, goyescamente bizca, que también querría mellarle esta espada limpia de su éxito.

Sin ningún servilismo hacia la capital literaria en que ha sido festejado, se lo siente, al contrario en la conversación de cinco horas, español hasta la planta de los pies, español aquí en la tierra y en el cielo, más acérrimamente hispano que el Cervantes que comentó.

El podrá estimar otras razas y sentarse a conocerlas como catar un vino algunas semanas. Lo que no logra es amar manos que rice un gesto de pasión castellana y cuyas virtudes tengan otros nombres que él no aprendió y que ya no puede aprender: ponderación, ritmo sin salto, y sentido común a lo La Fontaine.

Me han contado que de su casa de París (de su apartamento sobrio y casi pobre) se iba por el Metro a un café en que tenía españoles e hispanófilos franceses, a conversar, y que de ahí volvía a su casa por el mismo camino sin ver París, sin pedir noticia de music-halls, con una indiferencia fabulosa de la "Ciudad de las Complacencias". Un día no pudo más con los bulevares y la Plaza de Carrousel, y se fue a su Hendaya casi española. Hendaya le ha dado, entre otros, un poema que yo no he podido leer sin llorar, desgarrón de ese corazón setentañero tan robusto como el algarrobo chileno.

Allá se ha ido a vivir, dicen los aduladores, para aprovechar el primer desorden y pasar la frontera.

Allá se ha ido por recibir más pronto la carta de la mujer y de los hijos y, sobre todo, por tener a su alrededor, un pueblo pirenaico, algo siquiera de la costumbre, del traje, del mueble, de la casa, del rostro españoles. Nunca entenderán los patriotas del tipo de "Marcha de Cádiz" la tragedia de este hombre que vivió refunfuñando contra pequeñas fealdades de su raza, por hambre de la patria perfecta, queriéndola como a una mujer intachable, porque era suya, nunca acabarán de entender, digo, esta manera secreta de nostalgia que casi es agonía. Si fuese un plañidero, escribiría día por día su pena en páginas lloronas que conmoverían a sus adversarios. Pero es ultravarón y sólo de tarde en tarde, como en el discurso conmovedor de Montalvo -ese otro azotador- la amargura le atraviesa el espesor de la dignidad arisca y le destapa la garganta.

Con los tres cuartos de España vivía de acuerdo, allá en su Salamanca que de suya, pudiera llamarse como él; con el otro cuarto se peleaba y se sigue peleando. Este hombre no ha escrito en España sino como quien dice, con España, con ella de la mano, de tinta y de papel. El absurdo mayor con que pueda toparse en este mundo es el de Unamuno, español al rojo-blanco; español cuyos tuétanos pueden con su Cervantes, sus místicos y sus capitanes, desposeído de tierra española bajo sus pies.

En 1923, muchos tomamos su destierro en broma. Eso sería una temporada cerca del mar, con viento salino grato a tan rojos pulmones. Y no era eso, sino una verdad que va tomando aspecto de tajadura definitiva. Cinco años, cuando se ha llegado a los sesenta, son cifra importante; los cuenta, día por día, un viejo que tiene muchos -seis u ocho- hijos: los ve pasar, sin parpadeo de olvido, su noble mujer, y muchas veces habrá pensado si se le va a morir lejos de sus ojos el compañero. ¡Y qué campañero de los viejos tiempos en que elegir mujer era solemnidad como de tomar órdenes en religión!

Los que le queremos con cariño aupado en reverencia, hemos callado con no sé qué pueril certidumbre de que un hombre unamunesco no se muere fácilmente, porque contiene metales y cauchos en que la muerte tiene para rato. Pues bien, puede morírsenos en estúpido trance de destierro nuestro viejo amado, y entonces vendrán los desagravios y los reproches de velación de difuntos.

España ha empezado de lleno a ocuparse de la América. Desde allá se sigue con aprecio la obra gubernativa de la Ciudad Universitaria. Sin engreimiento podemos decirle que nos merecemos cuanto comienza a hacer por nosotros, pues también empieza a crecer en América un nuevo orgullo español, un sentido claro, como nunca lo hubo, de la honra que representa llevar nombre, rostro y modo españoles. Se desarrolla una verdadera segunda españolización de Chile, de Colombia, hasta de la Argentina. Pero es necesario decir que durante cincuenta años nuestra única relación con la España olvidada de nosotros, fue conservada y defendida por sus escritores. Para el hispanoamericano que no viaja y no llegará nunca al Escorial y para el que no lee historia, su España viva se la daban Galdós, Pereda y Núñez de Arce primero, después los otros, los Unamuno, los Ors, Los Gasset, los Marquina, los Baroja y la admirable generación última, que ha creado, en parte, nuestra nueva sensibilidad y ha cernido, para nosotros, la cultura de Europa. La política española de acercamiento apremiante que desarrolla el Rey en este momento, tiene, pues, una deuda profunda con cada uno de esos que, a su manera desarrollaron diplomacia vital durante el torpe receso y que evitaron la desvinculación hacia la que se iba derechamente. En jerga oficial esto lo llaman "merecer bien de la Patria".

Unamuno viene a constituir uno de los máximos deudores en este sentido, del Gobierno español.

Que se vea, pues, una cosa naturalísima en el que cualquier hombre o cualquier mujer que escribe en Chile o la Argentina, recuerde con tono angustiado a los dirigentes de España lo que significa el Unamuno suyo y de ella, completando cinco años de destierro. Otra cosa fuera zafarse de los intereses de la raza y probar, en la indiferencia, el descastamiento. Es negocio que nos compete la vida y la dicha de Unamuno.

El hombre que recibe en el viento de Hendaya el olor de su tierra querida de modo casi sobrenatural, tiene derecho a contar con todo el suelo de España, no digamos con los cien metros cuadrados de su casa.

-No conoce usted a Unamuno, si cree que él va a aceptar gracia o cosa parecida, de la dictadura, me dice, mientras escribo, un amigo. El no entrará a España en Unamuno agraciado benévolamente; esperará llegar en Don Miguel de Unamuno, con Don pleno y sin deuda contraída hacia gentes inferiores a él.

Y me deja su reparo en perplejidad. Que vuelva, que vuelva, en todo caso a su tierra que sin él parece como desabrida, porque su sabor más absoluto en él está como en nadie, así hable, o escriba, o dispute, o solamente mire con su ojo severo y limpio de santo ciudadano.


Gabriel Mistral
Montpellier, agosto de 1927
Prosa de Gabriela Mistral. Alfonso Calderón, comp. Santiago: Editorial Universitaria, 1989







2963. Carta de Gabriela Mistral a Miguel de Unamuno




A Unamuno, 1935

Don Miguel, maestro de maestros,

Me gangrena esa cerrazón suya ante nuestro indianazgo. Yo no puedo dejar de insistirle que usted está, más que ignorando, eliminando, un tercio de la población de ciertos países nuestros, y dos tercios de la de otros. Y eso, don Miguel, es como borrar de España a los vascos y a los catalanes...

Usted arguye, a lo sajón, que hay que eliminar los lastres al progreso, e ir así, en aras del bienestar, favoreciendo al blanco, siempre al blanco. Acepto esa política, reteniéndole su buena intención de holgura general, pero no puedo aceptar el que se obliteren lonjas enteras de un país. Soy partidaria de la inmigración europea, como factor de impulso que vaya provocando un mestizaje. Pero entre los derechos del hombre está el de escoger pareja... y ninguna ley podrá forzar la mezcla de sangres.

Ustedes, vomitaron a los moros; al cabo, invasores eran ellos, y patrias tenían a dónde repatriarse. Pero, ¿hacia qué playas echaríamos a nuestros indios? Y ¿podrían los andinos sobrevivir un exilio costeño? Los cóndores no comen algas...

Asumir la sangre como se asume la geografía, no hay otra solución -y honra- sino ésta.

Acepténos el sino. Habremos de extraerles virtudes y con ellas labrar un futuro indo-español. Y si nos vedan la sangre blanca, labraremos un porvenir indo-asiático.

Tristemente.

Su Gabriela









2900. Recado sobre Pablo Neruda




Pablo Neruda, a quien llamamos, en el escalafón consular de Chile, Ricardo Reyes, nos nació en la tierra de Parral, a medio Llano Central, en el año 1904, al que siempre contaremos como de Natividades verídicas. La ciudad de Temuco le tiene por suyo y alega el derecho de haberle dado las infancias que "imprimen carácter" en la criatura poética. Estudió Letras en nuestro Instituto Pedagógico de Santiago y no se convenció de la vocación docente, común en los chilenos. Algún Ministro que apenas sospechaba la cosa óptima que hacía, lo mandó en misión consular al Oriente a los veintitrés años, poniendo mucha confianza en esta brava mocedad. Vivió entre la India Holandesa y Ceylán y en el Océano Indico, que es una zona muy especial de los Trópicos, tomó cinco años de su juventud, trabajando su sensibilidad como lo hubiesen hecho veinte años. Posiblemente las influencias mayores caídas sobre su temperamento sean esas tierras oceánicas y supercálidas y la literatura inglesa, que él conoce y traduce con capacidad prócer.

Antes de dejar Chile, su libro "Crepusculario" le había hecho cabeza de su generación. A su llegada de provinciano a la capital, él encontró un grupo alerta, vuelto hacia la liberación de la poesía, por la reforma poética, de anchas consecuencias, de Vicente Huidobro, el inventor del Creacionismo.

La obra de los años siguientes de Neruda acaba de ser reunida con un precioso esmero por la editorial española Cruz y Raya, en dos muy dignos volúmenes que se llaman "Residencia en la Tierra". La obra del capitán de los jóvenes ofrece, desde la cobertura, la gracia no pequeña de un título agudo.

"Residencia en la Tierra" dará todo gusto a los estudiosos, presentándoles una ligazón de documentos donde seguir, anillo por anillo, el desarrollo del formidable poeta. Con una actitud de lealtad a sí mismo y de entrega entera a los extraños, él ofrece, en un orden escrupuloso, desde los poemas -amorfos e iniciales- de su segunda manera hasta la pulpa madura de los temas de la Madera, el Vino y el Apio. Se llega por jalones lentos hasta las tres piezas ancladamente magistrales del trío de las materias. Recompensa cumplida: los poemas mencionados valen no sólo por una obra individual; podrían también cumplir por la poesía entera de un pueblo joven.

Un espíritu de la más subida originalidad hace su camino buscando eso que llamamos "la expresión", y el logro de una lengua poética personal. Rehúsa las próximas, es decir, las nacionales: Pablo Neruda de esta obra no tiene relación alguna con la lírica chilena. Rehúsa también la mayor parte de los comercios extranjeros; algunos contactos con Blake, Whitman, Milosz, parecen coincidencias temperamentales.

La originalidad del léxico en Neruda, su adopción del vocablo violento y crudo, corresponde en primer lugar a una naturaleza que por ser rica es desbordante y desnuda, y corresponde en segundo lugar a cierta profesión de fe antipreciosista. Neruda suele asegurar que su generación de Chile se ha liberado gracias a él del neogongorismo del tiempo. No sé si la defensa del contagio ha sido un bien o un mal; en todo caso la celebraremos por habernos guardado el magnífico vigor del propio Neruda.

Imaginamos que el lenguaje poético de Neruda debe hacer el escándalo de quienes hacen poesía o crítica a lo "peluquero de señora".

La expresividad contumaz de Neruda es una marca de idiosincrasia chilena genuina. Nuestro pueblo está distante de su grandísimo poeta y, sin embargo, él tiene la misma repulsión de su artista respecto a la lengua manida y barbilinda. Es preciso recordar el empalagoso almacén lingüístico de "bulbules", "cendales", y "rosas"' en que nos dejó atollados el modernismo segundón, para entender esta ráfaga marina asalmuerada con que Pablo Neruda limpia su atmósfera propia y quiere despejar la general.

Otro costado de la originalidad de Neruda es la de los temas. Ha despedido las empalagosas circunstancias poéticas nuestras: crepúsculos, estaciones, idilios de balcón o de jardín, etc. También eso era un atascamiento en la costumbre empedernida, es decir, en la inercia, y su naturaleza de creador quema cuanto encuentra en estado de leño y cascarones. Sus asuntos deben parecer antipáticos a los trotadores de senderitos familiares: son las ciudades modernas en sus muecas de monstruosas criaturas; es la vida cotidiana en su grotesco o su mísero o su tierno de cosa parada o de cosa usual; son unas elegías en que la muerte, por novedosa, parece un hecho no palpado antes; son las materias, tratadas por unos sentidos inéditos que sacan de ellas resultados asombrosos, y es el acabamiento, por putrefacción, de lo animado y de lo inanimado. La muerte es referencia insistente y casi obsesionante en la obra de Neruda, el cual nos descubre y nos entrega las formas más insospechadas de la ruina, la agonía y la corrupción.

Pocos sabores españoles se sacarán de la obra de Neruda, pero hay en ella esta vena castellanísima de la obsesión morbosa de la muerte. El lector atropellado llamaría a Neruda un antimístico español. Tengamos cuidado con la palabra mística, que sobajeamos demasiado y que nos lleva frecuentemente a juicios primarios. Pudiese ser Neruda un místico de la materia. Aunque se trata del poeta más corporal que pueda darse (por algo es chileno), siguiéndole paso a paso, se sabe de él esta novedad que alegraría a San Juan de la Cruz: la materia en la que se sumerge voluntariamente, le repugna de pronto y de una repugnancia que llega hasta la náusea. Neruda no es un adulador de la materia, aunque tanto se restriega en ella; de pronto la puñetea, y la abre en res como para odiarla mejor... Y aquí se desnuda un germen eterno de Castilla.

Su aventura con las Materias me parece un milagro puro. El monje hindú, lo mismo que M. Bergson, quieren que para conocer veamos por instalarnos realmente dentro del objeto. Neruda, el hombre de operaciones poéticas inefables, ha logrado en el canto de la Madera este curioso extrañamiento en la región inhumana y secreta.

El clima donde el poeta vive la mayor parte del tiempo con sus fantasmas habrá que llamarlo caliginoso y también palúdico. El poeta, eterno ángel abortado, busca la fiebre para suplirse su elemento original. Ha de haber también unos espíritus angélicos de la profundidad, como quien dice, unos ángeles de caverna o de fondo marino, porque los planos de la frecuentación de Neruda parecen ser más subterráneos que atmosféricos, a pesar de la pasión oceánica del poeta.

Viva donde viva y lance de la manera que sea su mensaje, el hecho de contemplar y respetar en Pablo Neruda es el de la personalidad. Neruda significa un hombre nuevo en la América, una sensibilidad con la cual abre otro capítulo emocional americano. Su alta categoría arranca de su rotunda diferenciación.

Varias imágenes me levanta la poesía de Neruda cuando dejo de leerla para sedimentarla en mí y verla tomar en el reposo una existencia casi orgánica. Esta es una de esas imágenes: un árbol acosado de líneas y musgos, a la vez quieto y trepidante de vitalidad, dentro de su forro de vidas adscriptas. Algunos poemas suyos me dan un estruendo tumultuoso y un pasmo de nirvana que sirve de extraño sostén a ese hervor.

Las facultades opuestas y los rumbos contrastados en la criatura americana se explican siempre por el mestizaje; aquí anda como en cualquier cosa un hecho de sangre. Neruda se estima blanco puro, al igual del mestizo común que, por su cultura europea, olvida fabulosamente su doble manadero. Los amigos españoles de Neruda sonríen cariñosamente a su convicción ingenua. Aunque su cuerpo no dijese lo suficiente el mestizaje, en ojo y mirada, en la languidez de la manera y especialmente del habla, la poesía suya, llena de dejos orientales, confesaría el conflicto, esta vez bienaventurado, de las sangres. Porque el mestizaje, que tiene varios aspectos de tragedia pura, tal vez sólo en las artes entraña una ventaja y da una seguridad de enriquecimiento. La riqueza que forma el aluvión emotivo y lingüístico de Neruda, la confluencia de un sarcasmo un poco brutal con una gravedad casi religiosa, y muchas cosas más, se las miramos como la consecuencia evidente de su trama de sangres española e indígena. En cualquier poeta el Oriente hubiese echado la garra, pero el Oriente ayuda sólo a medias y más desorienta que favorece al occidental. La arcilla indígena de Neruda se puso a hervir al primer contacto con el Asia. "Residencia en la Tierra" cuenta tácitamente este profundo encuentro. Y revela también el secreto de que cuando el mestizo abre sin miedo su presa de aguas se produce un torrente de originalidad liberada. Nuestra imitación americana es dolorosa; nuestra devolución a nosotros mismos es operación feliz.

Ahora digamos la buena palabra americanidad. Neruda recuerda constantemente a Whitman mucho más que por su verso de vértebras desmedidas por un resuello largo y un desenfado de hombre americano sin trabas ni atajos. La americanidad se resuelve en esta obra en vigor suelto, en audacia dichosa y en ácida fertilidad.

La poesía última (ya no se puede decir ni moderna ni ultraísta) de la América, debe a Neruda cosa tan importante como una justificación de sus hazañas parciales. Neruda viene, detrás de varios oleajes poéticos de ensayo, como una marejada mayor que arroja en la costa la entraña entera del mar que las otras dieron en brazada pequeña o resaca incompleta.

Mi país le debe favor extraordinario: Chile ha sido país fermental y fuerte. Pero su literatura, muchos años regida por una especie de Senado remolón que fue clásico con Bello y seudoclásico después, apenas si en uno u otro trozo ha dejado ver las entrañas ígneas de la raza, por lo que la chilenidad aparece en las Antologías seca, lerda y pesada. Neruda hace estallar en "Residencia" unas tremendas levaduras chilenas que nos aseguran porvenir poético muy ancho y feraz.


Gabriela Mistral
Abril, 1936
En: Gabriela piensa en... Roque esteban Scarpa (comp.), Santiago de Chile, Ed. Andrés Bello, 1978








2512. Los sonetos de la muerte

Gabriela Mistral
(Vicuña, 7 de abril de 1889 - Nueva York, 10 de enero de 1957)



I

Del nicho helado en que los hombres te pusieron,
te bajaré a la tierra humilde y soleada.
Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,
y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

Te acostaré en la tierra soleada con una
dulcedumbre de madre para el hijo dormido,
y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna
al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,
y en la azulada y leve polvareda de luna,
los despojos livianos irán quedando presos.

Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,
¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna
bajará a disputarme tu puñado de huesos!


II

Este largo cansancio se hará mayor un día,
y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir
arrastrando su masa por la rosada vía,
por donde van los hombres, contentos de vivir...

Sentirás que a tu lado cavan briosamente,
que otra dormida llega a la quieta ciudad.
Esperaré que me hayan cubierto totalmente...
¡y después hablaremos por una eternidad!

Sólo entonces sabrás el por qué no madura
para las hondas huesas tu carne todavía,
tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir.

Se hará luz en la zona de los sinos, oscura;
sabrás que en nuestra alianza signo de astros había
y, roto el pacto enorme, tenías que morir...


III

Malas manos tomaron tu vida desde el día
en que, a una señal de astros, dejara su plantel
nevado de azucenas. En gozo florecía.
Malas manos entraron trágicamente en él...

Y yo dije al Señor: –“Por las sendas mortales
le llevan. ¡Sombra amada que no saben guiar!
¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales
o le hundes en el largo sueño que sabes dar!

¡No le puedo gritar, no le puedo seguir!
Su barca empuja un negro viento de tempestad.
Retórnalo a mis brazos o le siegas en flor”.

Se detuvo la barca rosa de su vivir...
¿Que no sé del amor, que no tuve piedad?
¡Tú, que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!


Gabriela Mistral
Desolación, 1922










2325. Árbol de Guernica




Volverá a ser verde y ancho
el roble, el roble nuestro.
Mordido de la metralla,
no del rayo de los cielos,
volverá a brotar contadas
una hoja por cada Euskaro
y será a la semejanza
nuestra y tierno.

Mientras, andamos errantes
sin criar roble en otros suelos,
con un gajo sollamado
que se aprieta contra el pecho.

Volverá a ser en Euskadia
el abra, el árbol y el ruedo
del corro de manos dadas,
y el himno al Dios verdadero,
confesado y silencioso
como la encina sin viento.

Los heridos y aventados
y los que a mitad de ruta
dizque se quedaron muertos,
todos volveremos, todos,
el árbol, al ruedo.

Mientras tanto parecemos
casa en noche de saqueo.
Y desvariados que dicen
en refrán “Guernica” y “fuego”.

Sigue entero y da, mascado
en un brote verde
un sabor de salmuera que resbala
si lo muerden niño o viejo.
Y con él, caído el sol,
comulgan y esperan ellos.

Mientras tanto caminamos
tocando a puertas de acero
de los que han la libertad
y siguen sordos y ciegos.

Crece con nuestras fés y
voluntades y tuétanos.
Crece al día y a la noche
aunque le den pez y fuego
y aunque zumben su despojo
alguaciles y patán ebrio.

Mientras tanto le rezamos
sobre el jergón a dos leños:
el de Cristo y el de Ignacio
entrecruzados y ardiendo.

Por islas, por archipiélagos,
al asar pez y catar
vino bárbaro tenemos
sobre nosotros la sombra
del buen roble que da silbo y oreo.

Cortados como la sarta
y la madeja,
escupidos en la noche tártara
partida del bombardeo,
cada uno caminó
cargando flor y madero
cortado de él y llevándolo.

Mientras que cortamos el aire,
en la lengua sin orígenes
decimos el Padrenuestro
y el roble allá lo corea,
fiel, hirviendo y recto.


Gabriela Mistral











1915. Gabriela Mistral y los niños vascos de la guerra española

Gabriela Mistral
(Vicuña, Chile, 7 de abril de 1889 - Nueva York, 10 de enero de 1957)


Cuando Gabriela Mistral llegó a Madrid en 1933 como cónsul de Chile, se definió como "la india vasca". (Lucila Godoy Alcayaga era su verdadero nombre). El inicio de la guerra española la golpeó profundamente. No fue ajena al dolor de España. Hizo propaganda abierta contra el fascismo y en defensa de La República. Su vinculación con el Comité de Cooperación Intelectual le permitió prestar ayuda a los profesores españoles que habían dejado el país huyendo de la guerra. En 1938, cuando publica su tercer poemario Tala, destina los derechos de autor a los niños vascos dispersos por el mundo.


Razón de este libro

Alguna circunstancia me arranca siempre el libro que yo había dejado para las Calendas por dejadez criolla. La primera vez el Maestro Onís y los profesores de español de Estados Unidos forzaron mi flojedad y publicaron Desolación; ahora entrego Tala por no tener otra cosa que dar a los niños españoles dispersados a los cuatro vientos del mundo. 

Tomen ellos el pobre libro de mano de su Gabriela, que es una mestiza de vasco, y se lave Tala de su miseria esencial por este ademán de servir, de ser únicamente el criado de mi amor hacia la sangre inocente de España, que va y viene por la Península y por Europa entera. 

Es mi mayor asombro, podría decir también que mi más aguda vergüenza, ver a mi América Española cruzada de brazos delante de la tragedia de los niños vascos. En la anchura física y en la generosidad natural de nuestro Continente, había lugar de sobra para haberlos recibido a todos, evitándoles la estada en países de lengua imposible, en climas agrios y entre razas extrañas. El océano esta vez no ha servido para nuestra caridad, y nuestras playas, acogedoras de las más dudosas emigraciones, no han tenido un desembarcadero para los pies de los niños errantes de la desgraciada Vasconia. Los vascos y medio vascos de la América hemos aceptado el aventamiento de esas criaturas de nuestra sangre y hemos leído, sin que el corazón se nos arrebate, en la prensa de cada mañana, los relatos desgarrantes del regateo que hacían algunos países para recibir los barcos de fugitivos o de huérfanos. Es la primera vez en mi vida en que yo no entiendo a mi raza y en que su actitud moral me deja en un verdadero estupor. 

La grande argentina que se llama Victoria Ocampo y que no es la descastada que suele decirse, regala enteramente la impresión de este libro hecho en su Editorial SUR. Dios se lo pague y los niños españoles conozcan su alto nombre. 

En el caso de que la tragedia española continúe, yo confío en que mis compatriotas repetirán el gesto cristiano de Victoria Ocampo. Al cabo Chile es el país más vasco entre los de América. 

La “Residencia de Pedralbes”, a la cual dediqué el último poema de Tala, alberga un grupo numeroso de niños vascos y a mí me conmueve saber que ellos viven cobijados por un techo que también me dió amparo en un invierno duro. Es imposible en este momento rastrear desde la América las rutas y los campamentos de aquellas criaturas desmigadas en suelo europeo. Destino, pues, el producto de Tala a las instituciones catalanas que los han recogido dentro del territorio, de donde ojalá nunca hubiesen salido, a menos de venir a la América de su derecho natural. Dejo a cargo de Victoria Ocampo y de Palma Guillén la elección del asilo al cual se apliquen los pocos dineros recogidos.

Ruego que no despojen a los niños vascos las editoriales siguientes, que me han pirateado los derechos de autor de Desolación y de Ternura, e invoco para ello el nombre de los huérfanos españoles: la Editorial catalana Bauzá y la Editorial Claudio García, del Uruguay son las autoras de aquella mala acción. 


Gabriela Mistral
Tala - Editorial Sur, Buenos Aires, 1938
Páginas 271-273