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1701. Discurso de Juan Carlos de Borbón al ser proclamado Rey




En esta hora cargada de emoción y esperanza, llena de dolor por los acontecimientos que acabamos de vivir, asumo la corona del Reino con pleno sentido de mi responsabilidad ante el pueblo español y de la honrosa obligación que para mí implica el cumplimiento de las leyes y el respeto de una tradición centenaria que ahora coinciden en el trono. Como rey de España, título que me confieren la tradición histórica, las Leyes Fundamentales del Reino y el mandato legítimo de los españoles, me honro en dirigiros el primer mensaje de la Corona que brota de lo más profundo de mi corazón.

Una figura excepcional entra en la historia. El nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del Estado. Su recuerdo constituirá para mí una exigencia de comportamiento y de lealtad para con las funciones que asumo al servicio de la patria. Es de pueblos grandes y nobles el saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda la existencia a su servicio.

El cumplimiento del deber está por encima de cualquier otra circunstancia. Esta norma me la enseñó mi padre desde niño, y ha sido una constante en mi familia, que ha querido servir a España con todas sus fuerzas. La Monarquía será fiel guardián de esa herencia y procurará en todo momento mantener la más estrecha relación con el pueblo. La institución que personifico integra a todos los españoles y hoy, en esta hora tan trascendental, os convoco porque a todos nos incumbe por igual el deber de servir a España. Que todos entiendan que nuestro futuro se basará en un efectivo consenso de concordia nacional.

El Rey es el primer español obligado a cumplir con su deber y con estos propósitos afirmo solemnemente que todo mi tiempo y todas las acciones de mi voluntad estarán dirigidos a cumplir con mi deber. Pido a Dios su ayuda para acertar siempre en las difíciles decisiones que el destino alzará ante nosotros. Con su gracia y con el ejemplo de tantos predecesores que unificaron, pacificaron y engrandecieron a todos los pueblos de España, deseo ser capaz de actuar como moderador, como guardián del sistema constitucional y como promotor de la justicia. Que nadie tema que su causa sea olvidada, que nadie espere una ventaja o un privilegio. Juntos podremos hacerlo todo si a todos damos su justa oportunidad.

Guardaré y haré guardar las leyes, sabiendo que el servicio del pueblo es el fin que justifica toda mi función.

Soy plenamente consciente de que un gran pueblo como el nuestro pide perfeccionamientos profundos. Escuchar, canalizar y estimular estas demandas es para mí un deber que acepto con decisión. La patria es una empresa colectiva que a todos compete, su fortaleza y su grandeza deben apoyarse por ello en la voluntad manifiesta de cuantos la integramos. Pero las naciones más grandes y prósperas, donde el orden, la libertad y la justicia han resplandecido mejor, son aquellas que más profundamente han sabido respetar su propia historia. La justicia es el supuesto para la libertad con dignidad, con prosperidad y con grandeza. Insistamos en la construcción de un orden justo, un orden donde tanto la actividad pública como la privada se hallen bajo la salvaguardia jurisdiccional. Un orden justo, igual para todos, permite reconocer dentro de la unidad del Reino y del Estado las peculiaridades regionales, como expresión de la diversidad de pueblos que constituyen la sagrada realidad de España. El Rey quiere serlo de todos a un tiempo y de cada uno en su cultura, en su historia y en su tradición.

Esta hora dinámica y cambiante exige una capacidad creadora para integrar en objetivos comunes las distintas y deseables opiniones, que dan riqueza y variedad a este pueblo español, que lleno de cualidades, se entrega generoso cuando se le convoca a una tarea realista y ambiciosa. La Corona entiende como un deber el reconocimiento y la tutela de los valores del espíritu.

Como primer soldado de la nación, me dedicaré con ahínco a que las fuerzas armadas de España, ejemplo de patriotismo y disciplina, tengan la eficacia y la potencia que requiere nuestro pueblo.

La Corona entiende, también, como deber fundamental, el reconocimiento de los derechos sociales y económicos, cuyo fin es asegurar a todos los españoles las condiciones de carácter material que les permitan el efectivo ejercicio de todas sus libertades. Por lo tanto, hoy, queremos proclamar, que no queremos ni un español sin trabajo, ni un trabajo que no permita a quien lo ejerce mantener con dignidad su vida personal y familiar, con acceso a los bienes de la cultura y de la economía para él y para sus hijos. Una sociedad libre y moderna requiere la participación de todos en los foros de decisión, en los medios de información, en los diversos niveles educativos y en el control de la riqueza nacional.

El Rey, que es y se siente profundamente católico, expresa su más respetuosa consideración para la Iglesia. La doctrina católica, singularmente enraizada en nuestro pueblo, conforta a los católicos con la luz de su magisterio. El respeto a la dignidad de la persona que supone el principio de libertad religiosa es un elemento esencial para la armoniosa convivencia.

España es el núcleo originario de una gran familia de pueblos hermanos. Cuanto suponga potenciar la comunidad de intereses, el intercambio de ideales y la cooperación mutua es un interés común que debe ser estimulado.

La idea de Europa sería incompleta sin una referencia a la presencia del hombre español y sin una consideración del hacer de muchos de mis predecesores. Europa deberá contar con España y los españoles somos europeos. Que ambas partes así lo entiendan y que todos extraigamos las consecuencias que se derivan. Es una necesidad del momento,

No sería fiel a la tradición de mi sangre si ahora no recordase que durante generaciones, los españoles hemos luchado por restaurar la integridad territorial de nuestro solar patrio. El Rey asume este objetivo con la más plena de las convicciones. Os prometo firmeza y prudencia.

Confío en que todos sabremos cumplir la misión en la que estamos comprometidos.

Si todos permanecemos unidos, habremos ganado el futuro. ¡Viva España!


Juan Carlos de Borbón
22 de noviembre de 1975









987. Monarquía, los ecos que conviene escuchar

La multitud se agolpa en la barcelonesa plaza de Sant Jaume, el 14 de abril de 1931


El jueves será coronado Felipe VI como undécimo monarca de los Borbones, una dinastía que ha atravesado los tres últimos siglos del devenir de España. El historiador Julián Casanova traza en este artículo un recorrido por una época llena de periodos convulsos en los que el empuje del pueblo desembocó en revueltas e incluso guerras. Y la historia emite ecos que merecen ser escuchados.


Julián Casanova / 15 Junio 2014 / elperiodico.com

Hay quienes todavía ven la historia como el reino de la política y de las clases dirigentes, un relato de las acciones y aspiraciones de los notables inextricablemente unido a los hechos militares y políticos. El pueblo, las clases sociales, la cultura popular tienen un interés histórico secundario. Solo el mundo de las élites, de aquellos que toman decisiones, formulan y ejecutan la política, constituye un asunto legítimo de estudio.

Y aunque la democratización y el surgimiento de la sociedad de masas nos obligaron a los historiadores a cambiar nuestros discursos y objetos de estudio, lo que permanece en muchos medios de comunicación y en libros de texto difundidos en los centros de enseñanza es esa tradición secular de historia política, concebida como una narración de los acontecimientos vinculados al núcleo de lo político-diplomático-militar. El código de opiniones que se difunden sobre la monarquía de Juan Carlos I, una especie de registro de verdades casi inalterable, es buena prueba de ello. La historia de España de los últimos dos siglos, sin embargo, anima a adentrarse por otros territorios.

Entre el final del reinado de Carlos IV, en 1808, y el comienzo del de Alfonso XII, en 1875, España pasó por diferentes tipos de revueltas populares, revoluciones, guerras civiles, pronunciamientos militares e incluso 11 meses de República. Por el camino se quedaron varias constituciones promulgadas y abolidas y se resolvió, con sonados conflictos, avances y retrocesos, la pugna entre el modelo político y social del Antiguo Régimen y el del liberalismo. De todo ello salió un orden liberal caracterizado por una mezcla de modernización y atraso político, de intentos de otorgar soberanía a la nación con otros autoritarios, y un Estado centralista con un papel fundamental del Ejército.

La crónica de la monarquía borbónica que restauró el pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto, el 29 de diciembre de 1874, y que cayó el 14 de abril de 1931, es fundamental para entender la persistencia de algunos valores tradicionales en España y para explicar el pobre bagaje democrático que la derecha y la monarquía de Juan Carlos podían exhibir en el momento de la muerte de Franco, tras 40 años de dictadura.

Cuando Alfonso XIII nació, en 1886, España era un viejo imperio venido a menos. Al acceder al trono en la primavera de 1902, acababa de perder Cuba, Filipinas y Puerto Rico, y ese Desastre de 1898,como se le llamó al derrumbe definitivo del imperio, a la pérdida de las últimas colonias, incrementó el pesimismo entre los contemporáneos, aunque el debate sobre cómo regenerar a la nación abrió también nuevos caminos para la democratización de las instituciones políticas y de la sociedad.

Fueron décadas, esas de finales del siglo XIX y comienzos del XX, de falseamiento electoral, de compra de votos y pucherazos, con redes tejidas por los amigos políticos y un Parlamento alejado del principio de soberanía nacional. Era un sistema en el que se turnaban en el poder dos partidos de notables, liberales y conservadores, que controlaban la administración a través de un entramado político basado en el caciquismo, el patronazgo, un modelo clientelar que estaba entonces también vigente en otros países del ámbito mediterráneo como Italia o Portugal.

El reto para Alfonso XIII y para las elites políticas era emprender una reforma del sistema político desde arriba, para evitar la revolución des de abajo, que ampliara las bases sociales sin poner en peligro su dominio. La historia política del reinado de Alfonso XIII es la crónica de ese fracaso. El rey intervino en política, tratando de manejar a su gusto la división interna de liberales y conservadores, con facciones, clientelas y cacicatos enfrentados por el reparto del poder. Por otro lado, a los problemas heredados del siglo XIX, como el clericalismo o el militarismo, se añadieron otros nuevos como la guerra de Marruecos, el nacionalismo catalán, la aparición de un republicanismo más radical o el crecimiento del movimiento obrero organizado.

Entre 1900 y 1930, España vivió un período de notable modernización y crecimiento económico. La sociedad que apareció como consecuencia de esos cambios era también diversa y compleja. En la cúspide estaban las buenas familias de la burguesía, que controlaban por medio de la banca a las grandes industrias e influían en la política económica de los gobiernos del reinado de Alfonso XIII, y la oligarquía rural, una nueva clase de propietarios rurales, grandes terratenientes en el sur, que habían adquirido tierra a partir de las desamortizaciones decimonónicas. Un bloque social dominante al que pertenecían también los herederos de los antiguos estamentos privilegiados, la aristocracia y la Iglesia católica. Y de ese bloque procedía la mayoría de los gobernantes de un sistema político frente al que germinó la semilla republicana, anarquista y socialista, sembrada ya en la las últimas décadas del siglo XIX. 

El sistema político que presidía Alfonso XIII no pudo o no supo ensanchar su base, canalizar a través del parlamento los diversos intereses de esas clases sociales salidas de la industrialización, la modernización y el crecimiento urbano.

El pueblo, las clases trabajadoras, con sus organizaciones, acciones colectivas y movilizaciones, aparecieron en el escenario público y pidieron persistentemente que no se les excluyera del sistema político. Lo que al principio no pasaba de ser un lejano eco, culminó en abril de 1931 en la quiebra de la cúspide de ese sistema.

Antes, el rey y los militares habían intentado evitarlo, con una dictadura implantada por el general Miguel Primo de Rivera en septiembre de 1923, pero cuando ese dictador cayó, el 26 de enero de 1930, abandonado por el rey, la hostilidad frente a la monarquía se extendió como un huracán imparable por mítines y manifestaciones por toda España. «La Monarquía se había suicidado», declaró Miguel Maura, el hijo de Antonio Maura, antiguo líder conservador, y por eso él y otros ilustres monárquicos decidieron a lo largo de 1930 incorporarse a la República. Porque era mejor defender dentro de una República «los principios conservadores legítimos», que dejar el campo libre a los partidos de izquierda y a las organizaciones obreras.


Una tormenta que no pasó

La jornada del 12 de abril de 1931 se convirtió en un plebiscito entre Monarquía o República. «Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo», dejó escrito Alfonso XIII en la nota con la que se despedía de los españoles, antes de abandonar el Palacio Real la noche del martes 14 de abril de 1931. Cuando llegó a París, declaró que la República era «una tormenta que pasará rápidamente». Tardó en pasar más de lo que Alfonso XIII pensaba, o deseaba. Más de cinco años duró esa República en paz, antes de que una sublevación militar y una guerra la destruyeran por las armas.

Desde el exilio, Alfonso XIII favoreció desde el principio la causa de los militares sublevados –«su primer soldado soy yo», le dijo a los generales Mola y Franco– y donó 10 millones de dólares, una parte del dinero que había conseguido transferir al extranjero tras su caída. Y su hijo Juan de Borbón no pudo cumplir su firme deseo de luchar al lado de los rebeldes. Primero lo impidió Mola, cuando, procedente de Cannes, se presentó en Burgos, apenas 15 días después de la sublevación militar, para incorporarse al frente. Y después Franco, que no le permitió servir como voluntario en el acorazado Baleares, porque, según se encargó de divulgar convenientemente la propaganda, esa sabia decisión del Generalísimo impidió que el heredero del trono quedara comprometido por haber luchado en uno de los bandos en la guerra.

En realidad, desde la ley de sucesión de la jefatura del Estado, aprobada por las Cortes franquistas el 31 de mayo de 1947, España se convirtió en un reino sin rey, dominado por un Caudillo «por la gracia de Dios» que no mostró ningún interés en ceder a nadie la imagen de salvador y redentor que le equiparaba a los santos más grandes de la historia. Y cuando nombró sucesor, lo hizo obligado por la edad y la decadencia física.

A finales de los años 60, Franco había comenzado ya a mostrar claros síntomas de envejecimiento, agravados por la enfermedad de párkinson. Ante ese panorama, Carrero Blanco, que había sustituido en septiembre de 1967 al general Muñoz Grandes como vicepresidente del Gobierno, aceleró su plan de atar la institucionalización de la dictadura con la designación por Franco de un sucesor a título de rey.

Desde comienzos de los años 60, y después de haber soportado múltiples presiones para que designara a don Juan, padre de Juan Carlos, Franco lo había descartado como sucesor, así como a cualquier miembro de la dinastía carlista. Fue Carrero Blanco quien, sobre todo a partir de enero de 1968 –cuando Juan Carlos cumplió los 30 años, edad establecida para poder reinar por la ley de sucesión a la jefatura del Estado de 1947–, convenció a Franco para que tomara la decisión de nombrar al «príncipe de España» como su sucesor, al frente de una «monarquía del Movimiento Nacional, continuadora perenne de sus principios e instituciones».

El 21 de julio de 1969 Franco presentó a Juan Carlos como sucesor ante el Consejo del Reino y un día después a las Cortes, que aceptaron la propuesta del dictador por 491 votos afirmativos, 19 negativos y 9 abstenciones. El 23 de julio el príncipe juró «lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento y las Leyes Fundamentales». El nombramiento respondía por fin a la pregunta de «después de Franco, ¿quién?» y parecía asegurar una continuidad de los principios e instituciones de la dictadura.


Desbandada de reformistas

Cuando Franco murió, el 20 de noviembre de 1975, su dictadura se desmoronaba. La desbandada de los llamados reformistas o aperturistas en busca de una nueva identidad política era ya general. Muchos franquistas de siempre, poderosos o no, se convirtieron de la noche a la mañana en demócratas de toda la vida. Era improbable que el franquismo continuara sin Franco, pero Arias Navarro y su Gobierno mantenían intacto el aparato represivo y tenían a su disposición ese ejército salido de la guerra, educado en la dictadura y fiel a Franco. Ese equilibrio «desigual e inevitable» entre el legado autoritario del franquismo y las aspiraciones democráticas enmarcó los primeros años de la transición.

Dos días después, a las 12 horas y 35 minutos, los acordes del himno nacional anunciaron la entrada del príncipe Juan Carlos de Borbón y Borbón, vestido con el uniforme de capitán general, en el hemiciclo de las Cortes franquistas. El presidente de las Cortes y de los Consejos del Reino y de Regencia, Rodríguez de Valcárcel, procedió a tomar juramento al nuevo rey según lo dispuesto en la ley de sucesión de 1947: «Juro por Dios y sobre los Evangelios cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional».

En el discurso que siguió, de apenas 12 minutos, Juan Carlos I recordó con respeto y gratitud la figura de Franco, manifestó su deseo de alcanzar un «efectivo consenso de concordia nacional» y los aplausos más largos los obtuvo, tras invocar el buen nombre de su familia y la tradición monárquica al servicio de España, cuando recordó la lucha «por restaurar la integridad territorial de nuestro suelo patrio».


Mitos duraderos

La «nueva etapa en la historia de España» que anunció entonces tardó bastante tiempo en avanzar. Las primeras elecciones democráticas llegaron más de un año y medio después, el 15 de junio de 1977, y la Constitución tuvo que esperar hasta diciembre de 1978, más de tres años después de la muerte de Franco. Al nuevo Rey se le protegió frente a las críticas y el debate público. El éxito de la transición a la democracia gracias a lo bien que la condujo, al piloto del cambio, fue siempre puesto en contraste con la mala reputación de la República, la causa de todos los conflictos que habían llevado a la guerra civil, una operación de propaganda y de consolidación de mitos que ha sido capaz de sobrevivir, sin mayores cambios, durante más de tres décadas de democracia.

El 22 de noviembre de 1975, cuando el príncipe Juan Carlos de Borbón y Borbón se convirtió en Juan Carlos I, no había ningún guión escrito, ningún camino fijado de antemano para pasar de una dictadura de 40 años a una democracia. Las cosas evolucionaron en esa dirección, pero podrían haberlo hecho de forma muy distinta porque fue un proceso incierto y conflictivo, producto de un pacto de los sectores que provenían de la dictadura con los políticos de la oposición, pero también de las coacciones y amenazas de los poderes fácticos –con un ejército, casi sin excepciones, profundamente franquista– y de la presión ejercida por los movimientos sociales desde abajo.

Han pasado más de tres décadas de democracia y una buena parte de la clase política –y de los medios de comunicación que la apoyan– no quieren emprender cambios y reformas que mejoren la calidad de la democracia, refuercen la participación ciudadana y abran un debate sobre los usos y excesos del poder.

Hace tiempo que muchos historiadores comenzaron a reclamar una historia que dejara de concentrarse en las vidas y acciones de los dirigentes y prestara atención, por el contrario, a amplios segmentos de la población y a las condiciones de vida bajo las que vivían. De esa forma, al desplazar el foco de interés desde las élites a las vidas, acciones y experiencias de la mayoría de la población, el estudio del pasado se democratizó. Nada estaba escrito en 1975 y nada está escrito ahora, tras la abdicación de Juan Carlos I. Y la historia nunca se repite, pero conviene escuchar sus ecos.


Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza y autor, junto con Carlos Gil Andrés, del libro ‘Historia de España en el siglo XX’ (Ariel)









980. Discurso de Juan Carlos de Borbón al ser nombrado "sucesor al título de Rey"




«Mi General, señores Ministros, señores Procuradores:

Plenamente consciente de la responsabilidad que asumo, acabo de jurar, como Sucesor a título de Rey, lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y Leyes Fundamentales del Reino.

Quiero expresar en primer lugar, que recibo de Su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo Franco, la legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936, en medio de tantos sacrificios, de tantos sufrimientos, tristes, pero necesarios, para que nuestra patria encauzase de nuevo su destino.

España, en estos últimos años, ha recorrido un importantísimo camino bajo la dirección de Vuestra Excelencia. La paz que hemos vivido, los grandes progresos que en todos los órdenes se han realizado, el establecimiento de los fundamentos de una política social son cimientos para nuestro futuro. El haber encontrado el camino auténtico y el marcar la clara dirección de nuestro porvenir son la obra del hombre excepcional que España ha tenido la inmensa fortuna de que haya sido, y siga siendo por muchos años, el rector de nuestra política.

Pertenezco por línea directa a la Casa Real española y, en mi familia, por designios de la Providencia, se han unido las dos ramas. Confío en ser digno continuador de quienes me precedieron.

Deseo servir a mi país en cauce normal de la función pública, y quiero para nuestro pueblo: progreso, desarrollo, unidad, justicia, libertad y grandeza, y esto sólo será posible, si se mantiene la paz interior. He de ser el primer servidor de la Patria en la tarea de que nuestra España sea un Reino de justicia y de paz. El concepto de justicia es imprescindible para una convivencia humana, cuyas tensiones sean solubles en la Ley y se logren dentro de una coexistencia cívica en libertad y orden.

Ha sido preocupación fundamental de la política española en estos años la promoción del bienestar en el trabajo, pues no puede haber un pueblo grande y unido sin solidaridad nacida de la Justicia Social. En este campo nunca nos sentiremos satisfechos.

Las más puras esencias de nuestra gloriosa tradición deberán ser siempre mantenidas, pero sin que el culto al pasado nos frene en la evolución de una sociedad que se transforma con ritmo vertiginoso en esta era apasionante en que vivimos. La tradición no puede ni debe ser estática: hay que mejorar cada día.

Nuestra concepción cristiana de la vida, la dignidad de la persona humana como portadora de valores eternos, son base y, a la vez, fines de la responsabilidad del gobernante en los distintos niveles del mando.

Estoy muy cerca de la juventud. Admiro en ella, y comparto, su deseo de buscar un mundo más auténtico y mejor. Sé que en la rebeldía que a tantos preocupa está viva la mejor generosidad de los que quieren un futuro abierto, muchas veces con sueños irrealizables, pero siempre con la noble aspiración de lo mejor para el pueblo.

Tengo gran fe en los destinos de nuestra Patria. España será lo que todos y cada uno de los españoles queramos que sea, y estoy seguro de que alcanzará cuantas metas se proponga, por altas que éstas sean.

La Monarquía puede y debe ser un instrumento eficaz como sistema político si se sabe mantener un justo y verdadero equilibrio de poderes y se arraiga en la vida auténtica del pueblo español.

A las Cortes Españolas, representación de nuestro pueblo y herederas del mejor espíritu de participación popular en el Gobierno, les expreso mi gratitud. El juramento solemne ante vosotros de cumplir fielmente con mis deberes constitucionales es cuanto puedo hacer en esta hora de la historia de España.

Mi General: Desde que comencé mi aprendizaje de servicio a la Patria me he comprometido a hacer del cumplimiento del deber una exigencia imperativa de conciencia. A pesar de los grandes sacrificios que esta tarea pueda proporcionarme, estoy seguro que "mi pulso no temblará" para hacer cuanto fuere preciso en defensa de los Principios y Leyes que acabo de jurar.

En esta hora pido a Dios su ayuda y no dudo que Él nos la concederá si, como estoy seguro, con nuestra conducta y nuestro trabajo nos hacemos merecedores de ella.»


Juan Carlos de Borbón
23 de julio de 1969












973. Juan Carlos de Borbón jura lealtad a Franco y a los Principios del Movimiento Nacional

Juan Carlos de Borbón jura en las Cortes lealtad al Jefe del Estado y fidelidad a los principios del Movimiento y a las
Leyes Fundamentales del Reino, ante la mirada del dictador. Foto EFE


Eran las siete de la tarde del 23 de julio de 1969 cuando Franco anunció que se iba a proceder a tomar juramento a Juan Carlos de Borbón.

Ante Francisco Franco y el presidente de las Cortes, el sucesor hincó las rodillas sobre un cojín de terciopelo granate colocado sobre una tarima de madera. Sobre la mesa, el libro de los Santos Evangelios, el mismo en el que prestaron juramento la Reina María Cristina, como Regente y el Rey Alfonso XIII, bisabuela y abuelo, respectivamente de Juan Carlos de Borbón.

El presidente de las Cortes, Antonio Iturmendi Bañales, preguntó al futuro Rey:

– En nombre de Dios y sobre los Santos Evangelios, ¿juráis lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás leyes Fundamentales del Reino?

Juan Carlos de Borbón respondió:

– Sí, juro lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales del Reino.

El presidente de las Cortes, concluyó:

– Si así lo hiciereis que Dios os lo premie, y si no, os lo demande.















793. Atado y bien atado


 
“... acabo de jurar, como sucesor, a título de Rey, lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y Leyes Fundamentales del Reino.

Quiero expresar, en primer lugar, que recibo de Su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo Franco, la legitimidad política surgida del 18 de julio de 1936, en medio de tantos sacrificios, de tantos, sufrimientos, tristes, pero necesarios, para que nuestra Patria encauzase de nuevo su destino.

(…)

Mi General: Desde que comencé mi aprendizaje de servicio a la Patria me he comprometido a hacer del cumplimiento del deber una exigencia imperativa de conciencia. A pesar de los grandes sacrificios que esta tarea pueda proporcionarme, estoy seguro que 'mi pulso no temblará' para hacer cuanto fuere preciso en defensa de los Principios y Leyes que acabo de jurar”.

Jura como sucesor en la Jefatura del Estado
23 de julio de 1969


“Mi pensamiento va en estos momentos a nuestro Jefe de Estado, que con mano firme y segura ha marcado el camino por donde deben discurrir los destinos de nuestra patria”.

En la cena ofrecida por el alcalde de Barcelona
7 de febrero de 1970


“Vosotros estáis integrados en una organización que, de acuerdo con el artículo 8 de los Estatutos del Movimiento, hace de vuestras tareas un servicio activo a los Principios del Movimiento y Leyes Fundamentales del Reino, Habéis jurado servir a España; yo, también; habéis jurado fidelidad a los Principios del Movimiento y a las Leyes Fundamentales; yo, también; habéis jurado lealtad a Franco y a lo que Franco significa; yo, también; queréis para España el esfuerzo continuado que le asegure su grandeza y su lealtad; yo también quiero lo mismo”.

En el acto de clausura del Consejo General de la guardia de Franco
10 de febrero de 1970


“Habéis luchado durante más de un siglo por mantener las más puras esencia de nuestra Gloriosa Tradición y encontraréis en la Monarquía la expresión fiel de los ideales que con tanto esfuerzo y generosidad habéis buscado”.

Audiencia de los Requetés
13 de febrero de 1970


“La tarea en que estamos comprometidos responde a las constantes históricas de nuestra Monarquía secular y, por ello, Franco ha querido dejar bien sentado que sea esta forma de gobierno tradicional la que herede al Estado surgido con el esfuerzo y la sangre de los mejores. He jurado lealtad a los Principios Fundamentales del Movimiento, ideales por los que murieron vuestros compañeros en la Cruzada. Sobre estos ideales tenemos que basar el desarrollo del país, buscando sin desmayo la grandeza de España”.

A los alféreces provisionales
3 de marzo de 1970


“... hasta la propia vida, en un haz de virtudes que difícilmente se encuentran juntas y de las que tenemos el mejor ejemplo en el Generalísimo Franco, que nos ha dado constantes muestras a lo largo de una vida entregada a la Patria”

Acto de imposición de fajas a la CLXVI promoción de la Escuela de Estado Mayor
4 de mayo de 1970

“Recuerdo al heroico general Millán Astray, que con el apoyo de mi abuelo el Rey Alfonso XIII fundó la Legión; al que fue vuestro segundo jefe, el coronel Valenzuela, muerto en campaña, y, sobre todos, al Generalísimo Franco, Capitán vuestro, Capitán de España en momentos azarosos y difíciles, del cual os traigo un cariñoso saludo. Seguid siempre su ejemplo, imitadle en sus virtudes, mantened su espíritu (...)”

Cincuentenario de la fundación de la Legión
19 de septiembre de 1970


“Mi recuerdo y el de todos vosotros va en estos momentos hacia el comandante de la primera Bandera, nuestro Generalísimo Franco, de quien os traigo un cariñoso saludo. Su prestigio militar, alcanzado en estas tierras, su victoria en la Cruzada, su obra ingente en la paz señalando la base de nuestro desarrollo y nuestro progreso, hacen que aquí, ante esta guarnición de Ceuta y ante la Legión, a la que tanta gloria dio, le expresamos el profundo reconocimiento de los soldados de España”.

A la guarnición de Ceuta en el L Aniversario de la Legión
21 de septiembre de 1970


“Aquí murieron, como en tantos lugares de la Patria, lo mejor de nuestras juventudes, encuadradas en unidades del Ejército, Banderas de Falange y Tercios de Requetés, unidas por unos ideas que en lo fundamental nos hermanan a todos. Esta unidad en los Principios Fundamentales la tenemos que mantener siempre, como tantas veces nos ha repetido el Generalísimo”

Visita a la ciudad de Belchite
13 de octubre de 1970


“Al recibir con emoción profunda esta Gran Cruz con que Su Excelencia el Generalísimo ha querido distinguirme, la tomo más que como un premio, como una obligación que me impongo de trabajar, cada día con más entusiasmo si cabe, para mejor cumplir la misión que me han encomendado”.

Al serle impuestas las insignias de la Gran Cruz de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo 17 de mayo de 1971


“Al evocar las virtudes castrenses, quiero rendir el respetuoso y sincero homenaje al Generalísimo, cuya vida entregada por completo a la Patria ha de servirnos de guía en nuestra vida familiar”

Entrega de despachos a nuevos sargentos en la Escuela de Aplicación del Ejército de Tierra
29 de abril de 1972



“Creo que, junto con el mantenimiento de la paz y de la unidad, la gran tarea de nuestra generación consistirá en continuar y perfeccionar la política social emprendida por el régimen. (…) España posee las Leyes Fundamentales, que indican el camino que deberá seguir el desarrollo político en el futuro”

Entrevista concedida a la revista italiana Famiglia Cristiana
18 de diciembre de 1972


“En esta Capitanía General de Canarias, desde donde salió el Generalísimo para dirigir el Movimiento que habría de librar a la Patria del caos y del desorden, quiero testimoniaros sus saludo más afectivo, como expresamente me lo ha encargado, y al mismo tiempo pediros que mantengáis viva vuestra fe en un espléndido futuro, que será el premio al trabajo y al esfuerzo de todos los que soñamos con la grandeza de España”

Salón del trono del Palacio de Capitanía de Tenerife
1 de marzo de 1973

 


Del libro: “Palabras de su Alteza Real el Príncipe de España Don Juan Carlos de Borbón y Borbón”
Ediciones del Movimiento, 1974