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2024. María Lejárraga, in memoriam

«Las mujeres socialistas debemos enseñar, enseñar sobre todo una asignatura única: La solidaridad humana»
María Lejárraga


Recordamos a María Lejárraga en el aniversario de su muerte el 28 de junio de 1974 en el exilio.

Es necesario hablar a todas las mujeres, sean o no de nuestra clase. la mujer obrera necesita menos que nadie de estos actos de propaganda, porque sabrá cumplir con su deber, como lo ha cumplido siempre, ayudando a su compañero en lucha porque con él comparte las alegrías y las fatigas. Voy a habalr, por tanto, más que en solicialista, en mujer, para todas las que me escuchan, sean de la clase que sean, sean de la clase media (a veces más triste que la clase pobre), sean de la clase elevada, que alguna puede haber en este local. Voy a hablar de este modo para destacar unas cuantas verdades que exigirán a la mujer votar la candidatura.

La situación de España, como la situación de todo el mundo, es realmente temerosa. El sistema capitalista, la economía del siglo, se derrumba… Hay en el mundo millones de seres humanos que no pueden satisfacer las necesidades más importantes de su vida. Y esto ¿tal vez es porque la humanidad se ha multiplicado más que los medios de la vida? De ningún modo. La humanidad tiene medios de producir tan eficientes que existe una superabundancia de productos. Hay demasiado de todo, pero lo producido se halla acumulado, cerrado en un solo almacén, del que se ha perdido la llave. La llave que abre este almacén es el dinero. El dinero se gana trabajando. Pero como hay más productos que necesidades no hace falta que todos trabajen. Hay parados. Y el que está parado, al no trabajar, no compra y no consume. El que tiene el dinero, el poderoso, el privilegiado, puede usar todos los bienes necesanes.  El resto de la Humanidad, la Mayoría, carece casi absolutamente, o absolutamente, de lo necesario para peder vivir.

En esta situación, llegamos las mujeres a intervenir en la vida pública del mismo que una ama de casa que al llegar a su habitación por vez primera se encontrase con que estaba cási destruída por un temblor de tierra. Lo mismo que haría esta mujer ante tal espectáculo, procurar remediarlo, es lo que vemos a hacer las mujeres en la vida política, a la que llegamos por vez primera: remediar el desarreglo en lo posible, para poder vivir un poco mejor.

Hay que peeecindir de personalismos, de achacar la culpa de esto a las personas. El sistema economico, desarreglado, sufre esté desarreglo porque la Humanidad toda se equivocó. Y, con buena fé, debemos correr todos a remediarlo. Ahora, con nuestro voto, que e slo necesario, para llegar prestas a un porvenir mejor.

Hemos de unirnos todas las mujeres, principalmente las trabajadoras, con las de la clase media. La mujer de esta clase sufre una obcecación no dándose cuenta de que su lugar está entre los trabajadores. De nada servirá que pretenda acercarse a los de arriba, porque los de arriba siempte la mirarán mal. Si se acerca a los de abájo, a nosotros, encontrará una organización que la proteja y la defienda. Porque el partido político de los de abajo, el Partido Socialista, tiene en su programa la transformación del sistema económico capaz de resolver su actual estado de cosas.

Es necesario transformar la economía. La Humanidad, hoy, exige una economía dirigida. Como se produce más de lo necesario para el consume, hay que dirigir el empleo de este producto de forma que la libre contratacion, el trabajo libre, no haga que los hombres se dividan en dos clases como están dividisos hoy: los que no trabajan y consumen, y los que no trabajan pero no consumen. El desarrollo de la Himanidad exije esta dirección para su normal funcionamiento.

Por ello, es preciso que la mujer acuda al partido que tiene en su programa esta solución económica: al partido Socialista, en beneficio del cual todas las mujeres que sufran las angustias de esta mala distribucción deben deporsitar su voto en las próximas elecciones.

Quizá las esposos de la mujer de la clase media se vean obligados a votar por el capitalista. Ye digo a está mujer lo mismo que en la iglesia le dicen: «Salvad su alma, a pesar suyo», ahora puede decírsele: «Salvadle, a pesar suyo.»

Votad por el Partido Socialista sin temor a nada, tque el voto ee secreto  y puede votarse callando, son disimulo, nosotras que somos maestras en el arte de disimular. 


María Lejárraga
Mitin Feminista organizado por la Agrupación Socialista Madrileña en la Casa del Pueblo, el 27 de octubre de 1933
Recogido en El Socialista, de 28 de octubre de 1933, Pág. 3











1963. ¡Viva la República!

José Ortega y Gasset
(Madrid, 9 de mayo de 1883 - 18 de octubre de 1955)


Creo firmemente —ya lo he dicho— que estas elecciones contribuirán a la consolidación de la República. Pero andan por ahí gentes antirrepublicanas haciendo vagos gestos de triunfo o amenaza, y de otro lado hay gentes republicanas que sinceramente juzgan la actual situación peligrosa para la República. Pues bien: suponiendo que con alguna verosimilitud sea esto último el caso presente, yo elijo la ocasión de este caso para gritar por vez primera, con los pedazos que me quedan de laringe: « ¡Viva la República! ». No lo había gritado jamás: ni antes de triunfar ésta ni mucho menos después, entre otras razones porque yo grito muy pocas veces.


Quién es el que grita

Pero como todo anda un poco confundido, y los españoles del día tenemos poca memoria, quiero recordar o hacer constar algunas cosas que hasta ahora he callado o no he querido subrayar. Desde el fondo de mi largo y amargo silencio, estrujándolo como un racimo lleno de jugo, quiero rememorar a mis lectores y a todos los españoles —porque tengo tanto derecho como cualquiera otro para dirigirme a ellos— quién es el ciudadano que ahora, precisamente ahora, grita: «¡Viva la República!»

El que grita se sintió en radical desacuerdo desde el día siguiente al advenimiento de la República con la interpretación de esta y la política que iniciaban sus gobernantes. Yo no puedo demostrar con documentos la verdad literal de esta frase. Dejémosla, pues, como una frase y nada más. Pero lo que sí puedo demostrar con documentos es que ya el 13 de mayo —por tanto, al mes justo de la proclamación del nuevo régimen— protesté airadamente, junto a Marañón y Pérez de Ayala, contra la quema de conventos, que fue una faena aún más que repugnante, estúpida. Esto el 13 de mayo; pero el 2 de junio publicaba yo un artículo titulado: «¡Pensar en grande!», invitando a tomar la República en forma y formato opuestos a los que empezaban a adoptarse. Y en 6 de junio, convocados a elección los ciudadanos, apareció otro artículo mío titulado: «¡Las provincias deben rebelarse contra los candidatos indeseables!» El 25 del mismo mes mi discurso electoral en León, donde, contra todo mi deseo, había sido presentado candidato, comenzaba así, según la transcripción algo incorrecta de los periódicos leoneses:

«¿Queréis, gentes de León, que hablemos un poco en serio de la España que hay que hacer?

Con profunda vergüenza asisto a la campaña electoral que se está llevando a cabo en toda la Península. Trátase, nada menos, que de unas elecciones constituyentes. Se moviliza civilmente al país para que elija a unos hombres que van a fabricar el nuevo Estado. Es un gigantesco edificio el que hay que construir, y no hay edificio si no hay en la cabeza un plano previo de líneas vigorosas.

Lo que me parece vergonzoso es que los cientos de discursos pronunciados en España no enuncien una sola idea clara, que defina algo sobre ese Estado que hay que construir. Solo se han pronunciado palabras vanas y hueras prometiendo en palabrería fantástica, sin saber si se puede o no realizar. Porque esto importa poco a esos palabreros, que solo quieren hostigar a las masas con palabras vanas e insensatas para que, como un rebaño de ovejas, vayan a las urnas o, como un rebaño de búfalos, vayan a la revolución. Y a eso se le llama democracia.»

Con esto llegamos al 13 de julio, es decir, aún no transcurridos los tres meses desde el 14 de abril. Pues bien: en esa fecha leyeron los lectores de Crisol otro artículo mío titulado: «Hay que cambiar de signo a la República». Y en 9 de septiembre, este otro: «Un aldabonazo». Y en 6 de diciembre pudo oírse en el «cine» de la Ópera mi discurso sobre «Rectificación de la República». Y el 13 del mismo mes, en las primeras consultas del Presidente recién elegido, fue el que ahora da su grito el único que pidió la formación de un Gobierno sin colaboración socialista, que preveía funesta para la República y para el socialismo. No mucho después, en el periódico antedicho, se imprimieron unos párrafos bajo el lema: «Estos republicanos no son la República», etcétera, etc., etc...

Estos recuerdos precisarán un poco en la mente del lector la fisonomía del que ahora grita «¡Viva la República!», y le harán pensar que, si lo grita, es a sabiendas y a pesar de lo que ha sido durante esta primera etapa la política republicana. Corregirán de paso un error que he oído más de un a vez, según el cual yo consideraria haberme equivocado al recomendar en cierta hora a los españoles que se constituyesen en República, que había perdido la ilusión, que juzgaba sin remedio la política republicana y demás suposiciones igualmente superficiales. Los datos ahora rememorados, con la impertinencia de sus fechas exactas, demuestran que no me fué necesario esperar a que los gobernantes republicanos de la primera hora comenzasen a desbarrar par a saber que lo iban a hacer: que, de tal modo esperaba  y presumía por anticipado su descarrío, que me adelanté a insinuar mi discrepancia, como me adelanté a echar en cara a las provincias que iban, por inconsciencia, a elegir diputados indeseables, como me situé, desde luego, y por innúmeras razones, en posición de no actuar durante el primer capítulo de la historia republicana, según hice constar desde mi primer discurso en la Cámara, que fué, entre paréntesis, el primer discurso de oposición a la política del Gobierno. Pero no me interesa de todo esto lo que signifique como demostración vanidosa de capacidad previsora. Lo que me interesa es refutar con esos hechos y con esos datos incontrovertibles el error en que están los que suponen que yo recomendé la instauración de la República "porque" creyese que, desde, luego. iban a ir preciosamente las cosas. No sólo no lo creía, sino que —y éste es el motivo de las anteriores recordaciones— no acepto en persona que presuma de alguna seriedad que pretenda juzgar las posibilidades históricas de un régimen por lo acontecido en los dos años y medio después de su natividad. Y es sencillamente grotesco que intenten hacer tal cosa los monárquicos defensores de un régimen extranjero, que no durante dos años y medio, sino durante dos siglos y medio ha maltraído a España en desmedro, decadencia y envilecimiento lamentables y constantes, haciéndola llegar a esta República en un estado tal de desmoralización y de falta de aptitudes por parte de masas y minorías, que él ha sido, en definitiva, la causa de estos dos años y medio pesadillescos.


Porque si han sido tales para el labrador andaluz y para el cura de aldea, no crean estos señores que el que grita ahora "¡Viva la República!" los ha pasado en un lecho de rosas. Durante ellos se me ha insultado y vejado constantemente desde las filas republicanas, y, claro está, también desde las otras. Algunos sinvergüenzas, algunos insolentes y algunos sotaintelectuales que son lo uno y lo otro, y que hasta ahora, por lo que fuera, no se habían resuelto a atacarme, han aprovechado la atmósfera envenenada de esos años para morderme los zancajos. Pero hay más: los hombres republicanos han conseguido que por vez primera después de un cuarto de siglo, no tuviera yo periódico afín en que escribir. Y esto no significaba sólo que me hubiesen quitado la vihuela para mi canción, sino que me planteaba par añadidura los problemas más tangibles, materiales y urgentes. ¿Me entiende el labrador andaluz a quien han desecho su hacienda y el cura de aldea a quien han retirado su congrúa?


Pues con esto termina mi argumento "hominis ad hominem". Este hombre es el que grita ahora: "¡Viva la República!"


Por qué lo grita

¿Lo hará por misticismo republicano? Tampoco. En materia de política no admito misticismo, ni siquiera admito que se sea republicano, como suele decirse, "por principios". Siempre he sostenido qué en política no hay eso que se llama principios. Los principios son cosas para la Geometría. En política hay sólo circunstancias históricas, y éstas definen lo que hay que hacer. Yo sostuve hace tres años, y sostengo hoy con mayor brío, que la única posibilidad de que España se salve históricamente, se rehaga y triunfe es la República, porque sólo mediante ella pueden los españoles llegar a nacionalizarse, es decir, a sentirse una Nación. Y esto es cosa Infinitamente s importante que las estupideces o desmanes cometidos por unos gobernantes durante la anécdota de un par de años. Ya a estas horas, en estas elecciones, aunque los electores, todavía torpes, envían al Parlamento gentes en buena parte tan indeseables como las anteriores, han sentido que actuaban sobre el cuerpo nacional, han despertado a la conciencia de que se trataba de su propio destino. Todavía no han votado por y par a la nación, sino movidos reactivamente por intereses particulares, de orden material o de orden espiritual, la propiedad o la religión —para el caso da lo mismo, porque ambos intereses, aunque sean respetables, son particulares, no son la Nación—. Mas por ahí se empieza: es el aprendizaje de la política que termina descubriendo la Nación como el mis auténtico, s concreto y más decisivo interés político, porque es el interés de todos.

Muchas veces, una de ellas en plena Dictadura, he afirmado que la República es el ún¡co régimen que automáticamente se corrige a sí mismo, y en consecuencia, no tolera su propia falsificación. La República, o expresa una realidad nacional, o no puede vivir. La República es, quiérase o no, sinceridad histórica, y ésa es la suprema fuerza a que puede llegar un pueblo. Cuando éste ha conquistado su propia sinceridad, cuando cobra esa radical conciencia de sí mismo, nada ni nadie se le puede poner enfrente. Las Monarquías, en cambio, fácilmente se convierten en máscaras que un pueblo se pone a si mismo, y no le dejan verse y sentirse y ser y a lo mejor bajó el antifaz, remilgado de una Corte se van muriendo y pudriendo por dentro.

Esténse, pues, quedos los monárquicos. Tenemos profundo derecho —¡qué diablo, derecho!—, tenemos inexcusable obligación los españoles de hacer a fondo la experiencia, republicana. Y esta experiencia es larga como todo lo que posee dimensiones históricas. Tienen que pasar muchas cosas. Lo primero que tenía que pasar era que vomitasen las llamadas "izquierdas" todas las necedades que tenían en el vientre. Que esto haya acontecido es ya un avance y una ganancia, no es pura pérdida. Ahora pasará que van a practicar la misma operación con las suyas las llamadas "derechas". Luego, España, si desde ahora la preparamos, tomará la vía ascendente.

Como tenemos, pues, la obligación de hacer esa gran experiencia, sépanlo, estamos resueltos a defender la República. Yo también. Sin desplantes ni aspavientos, que detesto. Pero conste: yo también. Yo, que apenas si cruzo la palabra con esos hombress que han gobernado estos años. algunos de los cuales me parecen no ya jabalíes, sino rinocerontes.

Pero ¿qué queríais, españoles? ¿Que hubiesen estado ahí esperando, armados de punta en blanco, hombres maravillosos para gobernaros? Pero ¿qué habíais hecho antes para tener esos hombres? ¿Creéis que esas cosas se regalan, que lograrlas no supone dolores, esfuerzos, angustias a los pueblos? Si queréis regalos, si queréis manteneros en vuestra concepción de la vida estrecha, interesada, sin altitud y sin arrestos, sin anchura de horizonte delante, sin afán de fuertes empresas, sin claridad de cabeza, tenéis que contentaros por los siglos de los siglos con elegir entre D. Marcelino Domingo y el señor Goiooechea.


Los republicanos que no eran la República

Los hombres que han gobernado estos dos años y que querían para ellos solos la República, no eran en verdad republicanos, no tenían fe en la República. Como no me refiero a nadie en particular, no tengo por qué hacer las excepciones que la justicia "nominatim" reclamaría. Eran incapaces de comprender que las trasformaciones verdaderamente profundas y sustantivas de la vida española, las que pueden hacer de este pueblo caído un gran pueblo ejemplar, son las que el régimen republicano, como tal y sin más, produciría a la larga y automáticamente. Por eso necesitaban con parentoriedad otras cosas, además de la República, cosas livianas, espectaculares, superficiales y de una política ridiculamente arcaica, como la expulsión de los jesuítas, la descrucifixión de las escuelas y demás cosas que por muchas razones y en muchos sentidos —conste, en muchos sentidos— han quedado ya bajo el nivel de lo propiamente político. Es decir, que no son siquiera cuestión. Otras, que son más auténticas, y que, quiérase o no, habrá que hacer, como la reforma agraria, tenían que haber sido acometidas bajo un signo inverso, sin desplantes revolucionarios, bajo el signo rigoroso de la más alta seriedad y competencia.

Se ha visto que esos hombres, al encontrarse con el país en sus manos, no tenían la menor idea sobre lo que había que hacer con ese país. No habían pensado ni siquiera en la Constitución que iban a hacer, la cual, al fin y al cabo, es lo más fácil, por ser lo más abstracto de la política.


La opinión pública y sus representantes de ahora

Ahora bien: exactamente lo mismo acontece a las fuerzas ahora triunfantes, como tendremos ocasión de ver en los meses próximos. ¿Es que en serio pueden presentarse ante los españoles, como gentes que saben lo que hay que hacer con España, los grupos supervivientes de la Dictadura que la han tenido siete años en sus manos sin dejar rastro de fecundidad y menos después de muerto el único de esos hombres que poseía alma cálida y buen sentido, que era el propio general Primo de Rivera? Y con más vehemente evidencia hay que decir lo propio de los monárquicos.

Como todo esto es un poco absurdo, me es forzoso desde ahora repetir lo mismo que desde la iniciación de la República decía yo a sus gobernantes: que erraban si creían que los electores los habían votado a ellos. Tampoco ahora han votado a los candidatos triunfantes. Han votado sus propios dolores, sus irritaciones sus afanes, sus imprecisos deseos, pero no a los monárquicos, ni a los dictatoriales ni a la C.E.D.A., ni a la nebulosa de los agrarios. Los diputados de "derecha" representan hoy, sin duda, una gran porción de la opinión pública, como representaron todavía mayor volumen de ella los que comenzaron a gobernar en julio de 1931. Pero la opinión pública, como las palabras de la sibila, es siempre enigmática, y hay que saber interpretarla.


Contra todas las demagogias

Mi grito: "¡Viva la República!" no va, pues, dirigido a ninguna galería. Al contrario: yo lo lanzo hoy contra todas las galerías, contra todas las masas, contra todas las demagogias. Porque la propaganda de "derechas " ha sido tan demagógica, tan vergonzosa y tan envilecedora de las masas como aquella contra la cual protestaba yo en mi discurso de Leónn. No basta tener razón, como la han tenido, en encresparse contra las violencias y la frivolidad de un Gobierno insensato. Es preciso, además, tener razón ante España, ante el decoro nacional, que reclama de todos nosotros desesperados esfuerzos para levantar el nivel moral de nuestra vida pública. Al frenesí del obrerismo va a suceder la exacerbación del señoritismo, la plaga más vieja y exclusiva de España.

Pero, repito, nada de esto que ha pasado y pasa es tiempo perdido e inútil desastre. Todo eso será necesario para que un número suficiente de españoles llegue al convencimiento de que es preciso empezar desde el principio, y, reuniéndose en grupo apretado como un puño, iniciar una política absolutamente, limpia y sin anacronismos.

La política del halago a las masas, a cualquier masa, nstá terminando en el mundo. El fascismo y el nacionalsocialismo son su últimia manifestación, y a la par, el tránsito a otro estilo de organización popular. Hay que ir más allá de ellos y evitar a todo trance su imitación. Un pueblo que imita, que es incapaz de inventar su destino, es un pueblo vil. El mimetismo de rancias políticas francesas ha sido la "gran viltá" de las "izquierdas". Un pueblo que imita está condenado a perpetuo anacronismo. Tiene que esperar a que los otros ensayen sus inventos, y cuando él quiere copiarlos ya ha pasado la hora de ellos.


La afirmación de la moral de la nación

Cada pueblo renace hoy de afirmar lo que más falta le hacía; por eso tiene que descender, en profundo buceo de sinceridad, al sótano de sus angustias, de sus lacras y de sus defectos, y luego emerger de nuevo en un ansia gigantesca de corrección y perfeccionamiento. En España no ofrece duda que es lo que más falta: moral. Es un pueblo desmoralizado en todos los sentidos de la palabra —el ético y el vital—. Sólo puede renacer de una política que comience por ser una moral, una moral exasperada, exigentísima, que reclame al hombre entero y lo sature, que arroje de él cuanto en él hay de encanallamiento, de vileza, de chabacanería, de chiste e incapacidad para las nobles empresas.

Porque es bien claro —basta mirar sobre las fronteras—que tampoco puede hoy la política fundarse en los intereses. Tendrá que contar con ellos, pero no fundarse en ellos. Esa política que hostiga y sirve a los intereses de grupos, de clases, de comarcas es precisamente lo que ha fracasado en el mundo. Uno tras otro, los intereses parciales —el capitalista, el obrerista, el militarista, el federalista— al apoderarse del Estado han abusado de él, y abuso con abuso han acabado por neutralizarse, dejando el campo franco a la afirmación de los valores morales en torno a la idea de Nación.

¿Serán los jóvenes españoles, no sólo los dedicados a profesiones liberales, sino los jóvenes empleados, los jóvenes obreros despiertos, capaces de sentir las enormes posibilidades que llevaría en si condensadas el hecho de que en medio de una Europa claudicante fuese el pueblo español el primero en afirmar radicalmente el imperio de la moral en la política frente a todo utilitarismo y frente a todo maquiavelismo? ¿No sería esa la empresa que para el pueblo español —el gran decaído y gran desmoralizado—estaba a la postré guardada? ¿De qué otra cosa podría renacer una raza pobre y de larga, larga experiencia, un pueblo viejo, y que cuando ha sido de verdad lo que ha sido, ha sido, sobre todo, digno? Hablando en serio, y en última lealtad, ¿qué otra cosa puede hacer el español si quiere de verdad hacer algo sino ser de verdad "honrado e hidalgo"?

Eso por lo pronto. Luego podría ser todo lo demás.


José Ortega y Gasset
El Sol,  3 de diciembre de 1933









1192. El 19 de noviembre de 1933 amaneció con sufragio universal



«Para orgullo de la superioridad masculina
estamos seguros de que ellas nunca podrán
superar nuestros absurdos»
Wenceslao Fernández Flórez



María Torres/ 18 noviembre 2014

Hace 81 años, 6.800.000 mujeres españolas (más de la mitad del censo electoral) votaron por primera vez en las elecciones legislativas del 19 de noviembre de 1933. Unos días antes lo habían hecho las mujeres vascas en el referéndum del Estatuto de Autonomía.

Antes y después de su aprobación, el voto femenino gozaba de un amplio rechazo entre la mayoría de los hombres que no veían ni querían el momento de la equidad para las mujeres. Incluso llegaron a afirmar que la concesión del sufragio universal tampoco interesaba a las mujeres.

La artífice de ese logro fué Clara Campoamor, que a pesar del aislamiento al que fué sometida por parte de todos sus correligionarios, de los ataques recibidos por la mayoría de diputados y apoyada tan solo por una minoria socialista, consiguiò que el 1 de octubre de 1931 el Pleno del Congreso de los Diputados aprobara el derecho de las mujeres al sufragio por 161 votos frente a 121, ratificado el 1 de diciembre de ese mismo año en una votación aún más ajustada: 131 votos a favor frente a 127. Se consagraba por tanto la “igualdad” entre hombres y mujeres, permitiendo a las mujeres mayores de 23 años participar en las votaciones, no sólo como candidatas sino también como electoras.

Votaron en contra del sufragio femenino el partido Radical (excepto Clara Campoamor y cuatro diputados más), el Partido Republicano Radical Socialista y Acción Republicana. A favor el Partido Socialista (a excepción de Indalecio Prieto con su famosa frase de «se ha dado una puñalada trapera contra la República», y su grupo), el sector conservador de la derecha española y pequeños grupos republicanos como la Agrupación al Servicio de la República)

Aunque el sufragio universal situó a España en la vanguardia de Europa en cuanto a derechos electorales, si repasamos la prensa de la época, comprobaremos la crispación que el asunto del sufragio causaba en los medios, incluso de "izquierda":

«La señorita Campoamor lucha bravamente frente a casi todos los jefes de minorías, pero la impresión es que será derrotada» 
(El Heraldo de Madrid)

«Milite donde milite desde ahora, la mujer lleva a la lucha un espíritu de intransigencia y defiende siempre las soluciones más radicales. Dígase lo que se diga, la mujer española no está preparada para intervenir en la vida pública" "Para otorgar el voto a la mujer española se ha alegado que ya lo tienen la alemana y la inglesa. Bueno; pero da la casualidad de que ni la inglesa ni la alemana van al confesonario»
(El Heraldo de Madrid)

«Y cuidado que, con gusto, en principio, no aceptamos nosotros la concesión del voto a la mujer. Nosotros creemos que el lugar propio de la mujer, de su condición, de sus deberes, de su misión en la vida, es el hogar. Y nos parece mal que de él se la arranque, y aunque en ella se fomenten o despierten vocaciones que la atraigan a la calle. Estamos ciertos de que es desgraciada una sociedad donde la mujer no se contenta con ser esposa y madre.»
(El Debate)

«Segaremos trigo verde» «... Defiende la implantación rápida de los derechos de la mujer. Con ella votarán a favor los socialistas, y en contra es de suponer que los demás sectores de la Cámara, que tienen el justificado temor de que aún la mujer no está capacitada lo suficientemente para acudir a las urnas... Se impone un poco de calma en las damas, y repetimos nuestra creencia, que han de debutar con unas modestas elecciones municipales. Y ya es bastante.» 
(La Voz)

«Se entabló un amplio debate sobre el voto de la mujer. Los partidos radicales, todos, se han mostrado aquí profundamente reaccionarios. Querían conceder el voto a la mujer, pero no en la Constitución, sino en la ley Electoral,  para condicionado y hacerlo desaparecer si les era adverso. Temen que los curas y los frailes influyan decisivamente en la mujer... ¿Y qué hicieron entonces con su labor anticlerical? La Cámara, por una gran mayoría, proclamó el derecho de igualdad. Esto irritó y desconcertó extraordinariamente a los partidos burgueses..., que están dominados por un pesimismo sombrío que los incapacita para la lucha.» 
(El Socialista, 1 de octubre de 1931)

«No se ha otorgado el voto a los jóvenes de veintiún años, olvidándose de que a esa edad la juventud española discierne sobre temas políticos con más preparación y sentido que las mujeres a los cuarenta» "El voto hoy en la mujer es absurdo, porque en la inmensa mayoría de los pueblos el elemento femenino, en su mayor parte, está en manos de los curas que dirigen a la opinión femenina, se introducen en los hogares e imperan en todas partes. Hoy la mujer española, especialmente la campesina, no está capacitada para hacer uso del derecho del sufragio de una manera libre y sin consejos de nadie. Con lo que hoy ha acordado el Parlamento. La República ha sufrido un daño enorme y sus resultados se verán muy pronto.» 
(La Voz, 1 de octubre de 1931)

«La concesión del voto a las mujeres, acordada ayer por la Cámara, determinó un escándalo formidable, que continuó luego en los pasillos. Las opiniones eran contradictorias. El banco azul fue casi asaltado por grupos de diputados que discutían con los ministros y daban pruebas de gran exaltación. Es posible que la trascendental votación de anoche tenga consecuencias graves en otro orden nacional.»
(La Voz, de 2 octubre de 1931)

«Los comentarios después del resultado otorgando el voto a la mujer fueron muy apasionados. En los pasillos los radicales y algunos radicales socialistas anunciaban que, como represalia, no harían ninguna concesión cuando llegue el momento de discutir las relaciones entre la Iglesia y el Estado, llegando incluso a la rebeldía con los jefes si ordenaban cosa que se opusiera a este propósito. Los diputados discutían con varios ministros primera votación, y se distinguían en su apasionamiento los radicales socialistas y los radicales, que estimaban que la concesión del voto a la mujer es un gran peligro para la República.» 
(El Sol, de 2 de octubre de 1931)

«No somos enemigos de la concesión del voto a la mujer. Estimamos que debe concedérsela ese derecho de ciudadanía, pero a su tiempo, pasados cinco años, diez, veinte, los que sean necesarios para la total transformación de la sociedad española. Cuando nuestras mujeres se hallen redimidas de la vida de esclavitud a que hoy están sometidas, cuando libres de prejuicios, de escrúpulos, de supersticiones, de sugestiones, dejen de ser sumisas penitentes, temerosas de Dios y de sus representantes en la tierra y vean independizada su conciencia. La mujer española, en general, por sus condiciones de vida, por su educación, por los limitados horizontes de su apagada existencia, tiene su consuelo en la fe religiosa. Su esperanza en la oración, su refugio en la iglesia... » 
(La Libertad, 2 octubre 1931)

«Resuelta la edad del voto, se discute el voto de la mujer. Aunque al principio más parece que lo que se discute es la edad y no el voto. El Sr. Ayuso dice cosas terribles. Quiere que la mujer no tenga el voto hasta los cuarenta y cinco años, porque en esa edad "se fija por los tratadistas la estandarización de la edad crítica en la mujer latina". Estas palabras indignan a la Srta. Clara Campoamor que arremete contra el Sr. Ayuso y le lanza con voz sorda una palabra antiparlamentaria. Afortunadamente la discusión se eleva rápidamente hasta culminar en una votación desconcertante. Parecía que la opinión de la Cámara era contraria al voto femenino, y, sin embargo, se vota lo contrario. Luego en los pasillos se oyen frases gordas: - ¡Esto ha sido una puñalada a la República! ¡Hemos votado como unos inconscientes! Y quedan las espadas en alto.»
(Crisol, 10 de octubre de 1931)

«Los demócratas burgueses tienen miedo a la democracia... Como sabemos que todo su radicalismo es verbalista no nos ha sorprendido lo ocurrido. Son republicanos, viejos republicanos, defensores de la igualdad de derechos para uno y otro sexo, pero sólo en la verborrea fácil del mitin. Luego se asustan, y cuando la Constitución concede el voto a la mujer, no sólo como un derecho, sino como un deber, tiemblan de pánico.»
(El Socialista, 2 de diciembre de 1931)

Y ahora le toca el turno a los testimonios y manifestaciones de algunos de los representantes de la Cámara, de abrumadora mayoría masculina. No olvidemos que las únicas parlamentarias eran Victoria Kent, del Partido Republicano Radical Socialista y Clara Campoamor del Partido Radical. Más tarde se incorporó Margarita Nelken del Partido Socialista (elegida en las elecciones parciales del 4 de octubre de 1931). Tres mujeres de un total de 465 diputados.

«iSe ha dado una puñalada trapera a la República!»
(Señor Prieto)

«Es lo más grave que se ha votado hasta ahora, porque ha de favorecer enormemente a las derechas.»
(Señor Guerra del Río)  

«Era preciso mantener a toda costa el principio constitucional, que no significaba ningún peligro para la República.» 
(Señor Companys)

«Sin entrar a discutir el fondo del asunto, había que considerar que la política se hallaba ante dos incógnitas: una la aplicación de la nueva ley electoral con sistema proporcional, y otra el sufragio femenino, por lo que era prudente no hacer las dos a la vez.» 
(Señor Martínez Barrios)

«Estoy conforme con el voto a la mujer, pero mi discrepancia es solamente por cuestión de oportunidad. Creo que no estamos aún en tiempo de someter la República española a una experiencia tan peligrosa.»
(Señor Sánchez Román)

«No hay, a mi juicio, motivo alguno de preocupación, sobre todo si la República actúa con habilidad.» 
(Señor Alcalá Zamora)

«No puedo aceptar que el voto de la mujer pueda poner en peligró la República. Lo que estimo absurdo es la actitud de las minorías.» 
(Señor Maura)

«Ha sido una votación inconsciente. Hasta ahora, Alianza Republicana ha venido actuando como conservadora, como conservadora de la República, pero roto el pacto por los socialistas, que en esta votación se han unido a las derechas, nosotros llegaremos a los mayores radicalismos, y si mañana se propusiese que colgasen de los faroles a todos los frailes, nosotros y los radicales lo votaríamos.» 
(Pedro Rico)

«Negar el voto por entender existía el peligro de que votase a los elementos de derecha era negar el principio fundamental de la democracia.» 
(Doctor Marañón)

«La concesión del voto era necesaria en buen principio democrático.» 
(Sr. Albornoz)

«Socialistas y derechas han creído que el voto reforzaría sus sufragios. Los grupos genuinamente republicanos estimaban que a ello se debía ligar después de un intenso período de preparación. Nadie ignora que Francia ha sido siempre una gran escuela de democracia, y si aparta de la lucha electoral a la mujer no es para inferirla un agravio, sino para mantenerla al margen.» 
(Sr. Salazar Alonso)

«He votado en favor porque no solamente es justo, sino también necesario. Los mismos argumentos de peligros ocultos escuchados en la Cámara fueron los que se emplearon en otros países y el resultado es bien patente. No hay ningún peligro para la República con la concesión del voto a la mujer. Tantas reaccionarias y beatas como en España, o más, hay y ha habido en Inglaterra, Alemania, etc., y sin embargo ellas han dado una nota siempre liberal en su actuación.» 
(Jósé Ortega y Gasset)

«Dar el voto a la mujer en España era atentar contra la estabilidad de la República. Las mujeres, en su mayoría, son derechistas. En Inglaterra, desde que tuvieron el voto dieron el triunfo a los conservadores. Las mujeres inglesas han terminado con el histórico partido liberall.»
(Santiago Alba)

Según relata Clara Campoamor en El voto femenino y yo, el voto a la mujer pesaba como losa, más que sobre el corazón, sobre el hígado de muchos españoles. Llovieron las lamentaciones. La juventud republicana de Bilbao dirigió a los jefes de las minorías parlamentarias un telegrama de protesta por entender que el voto femenino suponía para Vizcaya el fracaso de las ideas republicanas y el retraso por varias generaciones. Incluso unos fieles republicanos navarros escribieron al Heraldo manifestando que «era delito de lesa patria conceder el sufragio a la mujer».

El doctor Roberto Novoa de la Federación Republicana Gallega como argumento biológico en contra de la concesión del voto se manifestó así: «A la mujer no la dominaban la reflexión y el espíritu crítico, se dejaba llevar siempre por la emoción y el histerismo no era una simple enfermedad, sino la propia estructura de la mujer.»

Ante la pregunta ¿Qué cartera ministerial le daría a una mujer?, publicada en la Revista Estampa en 1932, transcribimos las repuestas facilitadas por algunos de los entrevistados:


«Ninguna... no son propios de la mujer los cargos que lleven aneja autoridad.» 
(José María Gil Robles)

«Yo le daría la suya: la del espejito y la barra de carmín. Pero si no quedaba más remedio que darle una cartera de ministro a una mujer, le daría la de Estado... Es que en nuestra época la diplomacia no debe tener secretos.» 
(Ángel Lázaro Machado)

«Ninguna. Mejor crearía para ella una que solo por ella pudiera ser desempeñada eficazmente: la de Acción femenina... así podría cumplir sin que la mujer se transformase en una virago pedantesca, ni los hombres quedaran humillados en lo que constituye su legítima superioridad intelectual.»
(José Francés)


El gran dolor de Clara Campoamor fue que la aprobación del sufragio femenino se obtuvo sin el apoyo de los "demócratas" republicanos. 

Pero, ¿que opinaban las mujeres? Las mujeres de cualquier edad y condición estaban interesadas en la política y querían participar en ella.


He aquí algunos ejemplos:

«Las mujeres españolas esperan recibir de los diputados de la República su primera lección de ética política, al vedas mantener las leyes que ellos votaron en el Parlamento concediéndoles el derecho al sufragio en igualdad de condiciones que al varón. ¡Diputados! ¡Sed consecuentes! ¡No malogréis la esperanza de las mujeres republicanas que esperan anhelosas servir a la República con pleno sentido de responsabilidad! ¡No despreciéis su concurso leal!» 
(Benita Asas Manterala, Asociación Nacional de Mujeres Españolas)

«Cuatrocientos cuarenta y cinco diputados y dos diputadas. Cerca de cuatrocientos se llaman de "ideas avanzadas". El resto defiende lo que cree la tradición. Dejando a un lado a los familiares femeninos de 108 electores de derechas y socialistas, quedan los núcleos femeninos de los cientos de miles de electores burgueses, pero "de ideas avanzadas". A estos núcleos tienen miedo los diputados. Estos hombres, los diputados están convencidos de que entre ellos y las mujeres de sus familias y las de sus electores se interpone otro hombre, el cura, por el cual ellos se confiesan vencidos. Pero entonces no deberían presentarse ante sus -electores como capaces de luchar por favorecerlos, cuando tan fáciles de vencer son.» 
(Matilde Huici, El Sol)

«Lo abrigan precisamente aquellos que más y mejor descuidaron el dar a la mujer conciencia de su propia responsabilidad, el valor de su propia estimación y los que la dejaron más indefensa en poder de sus llamados directores espirituales. El hombre de la clase media ha sido en política más o menos avanzado, pero desde luego, en el hogar su intervención desdichadísima ha supuesto siempre el atraco, la reacción y la rutina.» 
(Matilde Muñoz)

«El voto hoy en la mujer es absurdo, porque en la inmensa mayoría de los pueblos el elemento femenino, en su mayor parte, está en manos de los curas, que dirigen a la opinión femenina, se introducen en los hogares e imperan en todas partes.» 
(La Voz, 1 de octubre de 1931)

«En estos momentos, y si se tratara de conceder el voto a las mujeres obreras, no vacilaría. Pero como no es sólo eso y yo desconfío de que las mujeres de las clases media y alta sientan la República, mi voto es resueltamente adverso a la concesión.» 
(Victoria Kent, El Heraldo de Madrid 10 de octubre de 1931) 

«Lo que yo propugno es algo en que las derechas españolas tienen sin remedio que estar absolutamente conformes, por el revuelo que se produjo entre ellas al instaurarse el sufragio universal. Sostenían, y hasta quizá no les faltaba razón, que el pueblo carecía de la preparación necesaria para intervenir de pronto en la política nacional, que muchos de los presuntos electores no iban a tener ni siquiera noción de lo que significaba aquello que se ponía a votación, que el obrero, por falta de preparación, decían entonces esas derechas, iba labrar un campo abonado al caciquismo, y otras muchas cosas más que en este momento no recuerdo. Pues bien; yo he pensado mucho en los argumentos de mis contrarios políticos, y he creído, como ya le he dicho, que quizá tuvieran entonces razón. Y como ahora se presenta un caso exactamente igual, me he dicho: ¿Cómo voy a permitir que la historia se repita ...? »
(Victoria Kent en una entrevista a Josefina Carabias publicada en La Voz, noviembre 1931)


En las elecciones del 19 de noviembre de 1933 ganaron los partidos de centro-derecha y derecha, la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), dirigida por José María Gil Robles, lo que dio lugar al bienio radical-cedista o bienio negro de los años 1933-1936. Muchos pensaron que se confirmaba la teoría de Victoria Kent, que se opuso al voto femenino en aquellos momentos por considerar que estaría influenciado por la iglesia. 

Es absurdo culpar a las mujeres de esta victoria. Además de la desunión de las izquierdas, se pudo comprobar en todas las mesas electorales como votaban los obispos, las monjas y los frailes de clausura. Se compraron votos, se regaló dinero y se ejecutó una eficaz campaña política desde los púlpitos a la vez que se realizaban mítines en las sacristías. Como señalaba en su editorial el periódico Humanitat de 22 de noviembre de 1933: «Ha sido toda una tropa lívida y negra del fanatismo religioso, que ha utilizado una ley de la democracia para apuñalar a la democracia.»

No olvidemos que tres años después, y también con el voto de las mujeres, ganó con sobrada mayoría el Frente Popular.

A Clara Campoamor se la culpó de favorecer el triunfo de las derechas: «A mi pudiéronme cargarse todos los políticos imaginarios de la mujer, y pasárseme todas las cuentas del menudo rencor. Lo que no espero ocurra es que se eleve una voz, una sola, de ese campo de la izquierda, de quien hube de sufrirlo todo, por ser el único que ideologicamente me interesa, y al que aún aislada sirvo» (El voto femenino y yo)

El día que la mujer española pudo votar por primera vez en unos comicios, Clara Campoamor y Victoria Kent perdieron su escaño.