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3472. Héroes del Tercer Reich

La Legión Cóndor en el Puerto de Vigo


Más de una vez los diplomáticos alemanes han asegurado: "En España no hay soldados nuestros; sólo algún que otro voluntario..." 

A mi lado está un fuerte muchacho. Frente estrecha, ojos de poca expresión, buena musculatura. Es Gunther Loning, sargento del Ejército alemán. El no es entusiasta ni fanático. El es un simple sargento. En los cuarteles de Gripwald mandaba: "Firmes". Bebía cerveza y gritaba "Heil Hitler". Luego vino la orden. A Gunther Loning, y con él a otros sargentos, tenientes y cabos los llevaron a Hamburgo. Los embarcaron en el "Niguea". El capitán ordenó rumbo al Sur: a la primera colonia del tercer Reich, a los puertos ocupados por Franco. 

El 27 de enero, "el Ejército nacional" del general Franco se completó con otro patriota español más: el sargento Gunther Loning empezó a defender las santas tradiciones del Cid y de Cervantes. Para esto le metieron en un "Junkers". Era ametrallador, y cuando tenía ocasión tiraba sobre las mujeres y niños españoles. El tenía ganas de encontrar a su madre.. ¡Qué magníficas palmeras crecen en las colonias alemanas! Pero el capitán Kauffmann dijo: "Se prohibe escribir a la familia; que os encontréis en España". 

Yo pregunto al sargento: "¿Su madre entonces no sabe dónde está usted?" 

Gunther Loning sonríe: "Lo presume". 

El sargento alemán no es tan tonto. ¿Dónde va a estar ahora sino en España "

El 23 de febrero el capitán Kauffmann ordenó bombardear a Puertollano. Cerca de Andújar el "Junkers" tuvo una avería. Perecieron tres alemanes. Gunther Loning se salvó con un sólo chichón en la frente. ¿Por qué ha bombardeado usted Puertollano? Contesta indiferente: "Hemos probado el efecto de las bombas tirándolas de distintas alturas. 

—¿Por qué ha venido usted aquí? 

—Yo soy soldado y obedezco al mando. 

—¿Es posible que no se haya preocupado usted para qué le han traído a España? 

Guniher Loning me mira extrañado: 

—Un soldado alemán nunca debe pensar. 

Tiene veintidós años. Le han enseñado a tirar. Pero a pensar no le han enseñado. En su libreta de notas tiene apuntados con letra gótica los nombres de los tenientes y sargentos. Después siguen las señas de un degenerado burdel de Sevilla. Gunther Loning recuerda con melancolía: "En Sevilla hay un establecimiento con clientela alemana y cocina alemana..." Resulta que los tenientes y sargentos comen, entre las palmeras, salchichas de Francfort. 

¿De qué hablan? ¿De la guerra, del pueblo español, de los ojos rabiosos de la ciudad, donde los fascistas han fusilado la mitad de la población? Gunther contesta ruborizado: "Hemos hablado de las muchachas". 

Se acerca un español. Pregunta al sargento: "¿Por qué hace usted la guerra contra nosotros?" Gunther Loning le miгa por debajo de las cejas. 

Es difícil creer que es un hombre vivo el hijo de un sastre de Hannover, que ha estudiado en un colegio, que tiene el pelo rizado. Todos estos datos son casuales y no tienen importancia alguna. El no es más que un sargento, y la ametralladora que él servía es mucho más viva, tiene más personalidad y es incluso más humana. Gunther es el representante ideal de esta nueva raza fascista que se fabrica ahora en el Tercer Reich. Es terrible y lastimoso al mismo tiempo. Francamente, asesinaba a los españoles sin molestarse en pensar qué daño había hecho esta gente a su infalible "führer". 

¿Qué le importa la vida ajena? En cambio, tiene un interés enorme por la suya propia. Continuamente pregunta: "¿Qué van a hacer de mí?" Y murmura: "Me tratan bien..." 

Llama el teléfono. Los bombardeos alemanes acaban de realizar un vuelo sobre Gandía. Hay nueve muertos, entre ellos dos niños. Gunther Loning mira indiferente a un lado...

Otto Winterer era soldado de Caballería. Es capitán del Ejército alemán. No es un novato. En España se encuentra desde noviembre. En noviembre los alemanes eran mucho más tímidos; a Otto Winterer le ofrecieron, antes de venir, firmar la petición de retiro. Gunther Lonning, que se marchaba en enero, ya no tuvo que firmar nada, ¿para qué estropear el papel en vano? 

Otto Winterer es más blanco y más inquieto que Gunther Lonning. Lleva una raya perfecta. Ha sido piloto en un Heinkel. El 24 de febrero tuvo que hacer un aterrizaje forzoso cerca de Navalmoral. Otto Winterer sonríe a todos: al guardia, a un marroquí preso, al retrato de Largo Caballero. El tiene cinco años más que Gunther. También repite eso de que el soldado alemán no piensa.

Pero tenía un pequeño pensamiento. Por ejemplo, quería ascender al grado inmediatamente superior. Tres abuelas del capitán le eran totalmente arias, pero la cuarta le fastidió. Al capitán no le ascendían; el 25 por 100 de la sangre impura resultaba ser una barricada infranqueable. El capitán calculó —con la sangre de las mujeres españoles podía arreglar su sangre—. Murmura sonriendo: "He calculado mal". Tenía haber pedido el retiro total. Le habían dicho que el vencer a los españoles era un juego, y resultó ser una guerra de verdad. 

Con un desprecio profundo habla del capitán, del general Franco y de los oficiales españoles. "Esto no es el Ejército alemán. No valen nada". 

Sí, no había contado con algunas cosas. No presumía que iba a caer en manos de los republicanos. "Realmente me he equivocado...". No le queda más remedio que regalar sonrisas amables. 

Esto son los héroes del Tercer Reich: el capitán con la raya perfecta, que soñaba con el ascenso, y el sargento que en su vida había conocido más que los discursos de su "führer" y las señas de diversos burdeles. 

Los escombros de Madrid; Cartagena, miles de cadáveres de mujeres y niños. ¿Por qué? 

"Un soldado alemán no debe pensar nunca." 


Ilya Ehrenburg  
Ahora, 11 de marzo de 1937







1734. Las Brigadas Internacionales

Llegada de las Brigadas Internacionales al Cuartel de la Guardia Nacional Republicana (Albacete)


Han venido de diferentes países: de Italia, de Noruega, de Holanda, de Bulgaria. No podían conversar entre ellos. No tenían un idioma común. Pero juntos cantaban La Internacional. Entre ellos había viejos y jóvenes, albañiles y músicos. Combatieron como héroes. Nunca retrocedieron. Vi en una aldea a viejos campesinos abrazar a los extranjeros. Posiblemente hubiesen querido decirles: «¡Sois nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros protectores!». Pero ni húngaros ni franceses entendían español. Las mujeres se asomaban a las puertas, rodeadas de niños, y alzaban el puño, con lágrimas en los ojos.

Algún día, alguno de los héroes supervivientes escribirá un libro deslumbrante sobre el valor y la fraternidad. Será la historia de las Brigadas Internacionales.

Escribo esta historia sentado en un camión. He olvidado qué es una mesa, un tintero. Alrededor, allá arriba, un cielo cuajado de estrellas. Los franceses siguen el compás de La Carmagnole, golpeando en las soperas.

Me encuentro a un bielorruso de Stolbtsy, ex seminarista. Sus padres le decían que era un monstruo. Un día leyó en un diario polaco: «Criminales emigrados polacos luchan en España al lado de los rojos». Consiguió un pasaporte y dinero para el pasaje. Ahora es teniente de artillería.

Un judío de Lvov. Tuberculoso. De profesión, sastre. Tiene veintidós años y ha pasado tres en la cárcel. Llegó a París escondido entre los ejes de un vagón de carga. Completamente tiznado, se arrastró hasta el andén. Lo tuvieron detenido ocho días. Después volvió a esconderse bajo un vagón y llegó a la frontera española. En los combates en los alrededores de Madrid ha hecho prisioneros a dos marroquíes.

Un italiano. 54 años de edad. Empleado. Cuando un orador pronuncia un discurso, asiente con la cabeza. Muy delgado, con una barba rala de chivo.

—Ésta es mi segunda revolución —dice el italiano; la primera fue en el distrito de Tambov. Soy de Trieste. He sido prisionero de guerra y después trabajé en Francia. Espero ver una tercera revolución, en mi tierra.

Un francés, propietario de una tienda en Toulouse. Durante seis semanas leyó en los diarios noticias sobre las «bestialidades» de los marxistas españoles, sobre la «generosidad» del general Franco, sobre las ventajas de la no-intervención. Un día leyó un artículo sobre los niños de Madrid que los mercenarios alemanes habían asesinado. Cerró su tienda y puso un cartel en la puerta: «Cerrado hasta la victoria definitiva del pueblo español». Y se fue a Barcelona. Le habían herido en el hombro.

—Pronto estaré curado y podré volver al frente.

Un pastor de ovejas, eslovaco, dijo: «Contra los aristócratas, por la verdad».

Un alemán, catedrático, especialista en investigaciones sobre la flora subacuática. Comandante del Batallón «Karl Liebknecht», ha arrebatado al enemigo dos ametralladoras.

Un belga, cuarenta y cuatro años. Minero. Dejó mujer e hijos en su tierra.

—Da asco ver cuántos jóvenes se pasean por Valencia. Habría que mandarlos a Asturias, al frente. Allí hay gente de los nuestros que sabe morir.

En la pedregosa tierra de Castilla he encontrado gente de los suburbios de París: Ivry, Villejuif, Saint Denis, Asnières, Suresnes. En las noches heladas los hombres duermen al raso, descubiertos.

Los heridos, en los campamentos médicos de campaña, apretaban los dientes para no gritar. Al morir, todavía alzaban el puño.

Muchas veces no se conseguía entender lo que decían. En la oscuridad, no se distinguían sus caras. Únicamente se sentía el calor de sus manos. Aprendí en lo más profundo de mi ser qué es la fraternidad.

Sus secciones tenían nombres de héroes y mártires: el Batallón «Dombrovski», el Batallón «Garibaldi», el Batallón «Thälmann», la Batería «Edgar André», el Batallón «Fontaine».

En una iglesia semiderruida, a la escasa luz de las linternas, cinco hombres componían el diario de los artilleros. Impreso en cinco lenguas. Un artículo en francés, otro en italiano, el tercero en alemán, el cuarto en español y el quinto en polaco.

El cajista, un parisiense, componía palabras que le resultaban incomprensibles. De tanto en tanto, sonreía al encontrar una expresión familiar: «Fascistas», «Madrid», «Internacional».

El comisario interrogaba a los infractores en una choza helada, vacía:

—Te has emborrachado y has abandonado tu puesto. No necesitamos gente como tú. El batallón ha decidido hacerte volver a Francia.

El voluntario calló. Era un joven obrero metalúrgico de Saint-Étienne. Tenía un rostro agradable, de rasgos algo toscos.

Finalmente dijo:

—No me hagas volver. ¿Me oyes? No me hagas volver. No me iré. He venido a luchar contra los fascistas. Sé bien lo que he hecho. Si es necesario, hazme fusilar para dar ejemplo a los demás, pero no me eches. Me mataré si me obligas a regresar. Mándame a un puesto avanzado, de patrulla; al encuentro del enemigo; a la muerte. A donde quieras, pero simplemente no me hagas volver.

Grandes lágrimas inundaron su cara ancha, simpática. El comisario se dio la vuelta y dijo:

—Está bien, revocaremos la orden.

Entonces el miliciano se secó los ojos, se puso en pie y alzó un puño húmedo.

Los italianos organizaron una fiesta para los campesinos en una pequeña aldea. Cantaron canciones napolitanas y venecianas, hicieron juegos de manos, bailaron. Después, se proyectó una película sonora en la que aparecía Tchapaiev entonando la canción popular rusa del batallón Cuervo negro.

El comandante leyó un manifiesto del general Kléber: «Estoy orgulloso de los triunfos del batallón italiano».

Pronunció su discurso un italiano canoso:

—A la bandera roja, salud. Bajo esta bandera ha vencido Tchapaiev. Bajo esta bandera hemos defendido Madrid. Bajo esta bandera celebraremos en Roma nuestra victoria.

A modo de respuesta, resonó en cientos de gargantas la canción preferida de los obreros italianos: «Vencerá la bandera roja».

Una española de rostro serio, en el que se mostraban la miseria y el hambre, alzó a su niño y gritó: «¡Pues sí, vencerán!».


Ilya Ehrenburg «Las Brigadas Internacionales»
Izvestia, 17 de diciembre de 1936 








1532. Discurso de Ilya Ehrenburg en el II Congreso Internacional de Escritores

Ilya Ehrenburg  (centro) y a la derecha de André Malraux en el II Congreso internacional de Escritores en defensa de la Cultura
 Valencia, Julio 1937 (Foto: Gerda Taro)


Dos años nos separan del primer Congreso de Escritores. Como cada Ejército, nosotros hemos tenido desertores. En París fué el desfile. Aquí es la guerra. Allí, nosotros, los escritores, éramos más numerosos; pero aquí, a nuestro lado, trabajan, piensan, luchan los verdaderos defensores de la cultura, el pueblo español. La cultura no es el inventario de la naturaleza mecánica ni el catálogo de bibliotecas o de Museos. Ni las ciudades, islas de coral.

La cultura es el hombre. Es la piedra, el artífice y la estatua. ¿Hace falta hablar de las destrucciones exteriores en el país donde cada ciudad es una herida fresca? Por el pueblo de Hita, que ha dado al mundo uno de los más grandes poetas, Juan Ruiz, merodean los soldados de Mussolini. Al pasar, como quien roba un pollo, roban los manuscritos raros. Las bombas de los aviadores alemanes destruyen el Palacio del Infantado, en el cual los sueños de mar se han hecho piedra, en el cual las perspectivas del Oriente son juegos de luz y sombra, se unen con la verdad del Renacimiento en su culto del hombre. Pero no es esto la explicación de la muerte.

El fascismo puede respetar los monumentos antiguos mientras no le molesten. Aspira a destruir la base de la cultura: el hombre. Ha localizado al hombre, como el cañón puede localizar una carretera o una casa. En su lugar pone un maniquí que trabaja, un soldado privado de pensamiento y de sentir. El mal no está en que los fascistas alemanes han quemado en su país decenas de miles de libros, sino en que han transformado el alma de los lectores de ayer. Ellos han hecho de los sabios, de los obreros, de los poetas, los destructores de Guernica. Yo he visto a los italianos derrotados cerca de Guadalajara. Yo he conocido el pueblo italiano antes del fascismo. Con vergüenza y cólera he escuchado el balbuceo servil de los cachorros de la loba romana.

Los milicianos del Quinto Regimiento han salvado, bajo el fuego, a los niños mimados del destino: los Infantes, de Velázquez. Un miliciano ha puesto en salvo los trabajos del oftalmólogo Márquez, en la Ciudad Universitaria. El salvamento del tesoro del Prado será aprobado también por los humanitarios ingleses. Pero, ¿qué pueden hacer los artistas del mundo hipócrita y tranquilo? ¿Qué van a crear ellos entre la miseria dorada del espíritu y el vacío confortable? Yo he visto a los obreros de Pozoblanco que continuaban trabajando bajo el bombardeo, como bajo los bombardeos Solana pintaba sus naturalezas muertas. El 5.° Regimiento no ha salvado solamente los valores pasados en su lucha heroica; ha creado también los valores del porvenir. La defensa de la cultura no consiste en el salvamento de las cosas creadas. La nueva Guerra de la Independencia inspira un nuevo Goya aún desconocido.

El hombre se oculta de la muerte bajo la tierra. Es rechazado a la época de las cavernas. Los colores de camuflaje han absorbido a todos los demás colores. Se han perdido las vidas de los héroes, los monumentos, las ciudades, las estatuas, los jardines. El jefe militar sabe que la pérdida de territorio no presupone el resultado de la guerra mientras el Ejército está íntegro. ¿Qué es lo que ha salvado España aceptando estos combates? El pueblo. La cultura española ha sido siempre popular. El inundo del dinero, de la jerarquía, de la vanidad, no ha llegado a envenenarla. La literatura española era para todos nosotros la lección de lo humano. Ciertamente, los hombres no han cuidado durante decenas de años los olivos para que los obuses arrasen los olivares; ciertamente, la tierra generosa española no ha dado al mundo a García Lorca para para que un soldado ignorante lo mate. Pero la guerra no es solamente la destrucción y los cadáveres. España ha encontrado ahora nuevas fuerzas creadoras. Los pueblos, como los hombres, cambian a ojos vistas. Del mundo de las tertulias, España ha pasado a la epopeya

¿De qué han hablado los escritores en París? De la defensa. Cuando la caballería africana recorría las carreteras de Extremadura, los soñadores en Valencia, pegaban carteles: «No deis a vuestros niños soldados de juguete para no despertar en eUos el gusto por el militarismo». Defendiendo la cultura se puede llegar solamente a perderla. La ofensiva, esta palabra, llena ahora España. Que entre también en esta sala. Hay un solo medio de defender la cultura: exterminar el fascismo. Hemos entrado en la época de acción; ¿quién sabe si serán terminados los libros concebidos por muchos de nosotros? Durante años, si no es por docenas de años, la cultura estará en los campos de combate. Puede ocultarse en los refugios; áUí, más pronto o más tarde será atrapada por la muerte. Puede pasar a la ofensiva.

La ruta de cada escritor está marcada por su naturaleza, sus aptitudes, sus fuerzas. Unos han tomado el fusil. En el Pleno de nuestra Asociación, en Londres, Ralph Fox nos ha recibido. Era vagabundo y soñador. Amaba apasionadamente 
la vida. Y precisamente por esto ha muerto en España como un soldado republicano. Lukacs, alegre, vivo, afectivo, bueno... Aquí, con nosotros, Regler, Renn.

¿Qué deben hacer los otros? Jules Valles ha dicho acerca del verdugo de la Comuna, de París: «El que describa la vida de Galiffé lo matará tan solo esto». Debemos cuidar el odio en el corazón de los hombres, para que los vivientes sientan que no se puede existir sobre la misma tierra con los fascistas. Nosotros conocemos la fuerza de los sonidos, de las imágenes, de las palabras. Elevan el alma, hacen nacer el valor. Demos todas nuestras fuerzas al valor del nuevo siglo. Contemos de la vida bella, sabrosa, con el gusto de la cual el hombre va tranquilamente a la muerte. Contemos la dicha de la fraternidad caliente como la lana. Destruyamos la cobardía. Yo hablo, no de los temas, ni de la propaganda, ni de los poemas de ocasión; yo hablo de la pasión, del arte y de la voz.

Si no queremos que todo el mundo se convierta en Madrid, transformemos el corazón de los hombres en el corazón de los combatientes que están ahora a nuestro lado en los parapetos de la Casa de Campo.

He ido esta mañana a Brúñete y a Villanueva de la Cañada, he visto pueblos libertados por heroicos combatientes. Que esto sea el principio de la liberación de las ciudades, de los países, del mundo.


Ilya Ehrenburg
Madrid, Julio 1937

Publicado en Hora de España VIII
Valencia, Agosto 1937










1439. Primavera en España

Ilya Ehrenburg, en el centro, conversa con el coronel Villalba en Bujaraloz


Siempre, desde que era niño, me ha gustado pasear por las calles y mirar por las ventanas iluminadas. La lámpara sobre la mesa camilla, la sopera, un niño, una mujer leyendo, todo ello me parece de la mayor importancia. La vida ajena resulta original y seductora. Hay ahora en España muchas casas cuyo interior queda expuesto a las miradas de los curiosos, sin obstáculos, porque son casas en ruinas. Escaleras que no llevan a ninguna parte, cómodas fantásticas que dan la impresión de pender de un hilo, una taza panzuda milagrosamente intacta en medio de los escombros, una pared con una pequeña mancha marrón en el centro y un reloj que señala la hora de la muerte. Madrid, Cartagena, Albacete, Jaén, Guadalajara, Andújar, Alcalá, Pozoblanco... Y se ven mujeres que vagan constantemente de un sitio a otro. A veces fisgonean entre los escombros, a veces contemplan con ojos sin vida una silla o un marco de espejo. Y siempre completamente mudas. Es probable que estén recordando cómo era su existencia hasta hace poco.

Como todos los años, Madrid se ha visto sorprendida por la primavera meridional, que llega con paso acelerado. Las colinas y los valles se cubren de un verde suave. En pocas semanas el sol habrá agostado la vegetación. La sierra está en flor y hay brotes de un amarillo deslumbrante, violetas y blancos. En los campos de Andalucía estallan las amapolas. Los riachuelos y los arroyos que corren por las montañas han crecido y siguen su rumbo murmurando plácidamente. Junto a los cañones, cantan los pájaros: es la época de su breve amor. He visto a una criatura concebida, albergada en el seno de su madre el tiempo debido, y parida mientras retumbaban los cañones y aullaban las sirenas. Patalea alegremente, no tiene de qué preocuparse. En este país hay de todo: mucho sol, muchachas morenas de ojos azules, muchas naranjas, plantas con un aroma encantador, pereza en las horas de calor del mediodía. La muerte irrumpió de pronto en este país. En un cielo de un azul permanente -no es necesario juzgar por la mañana qué tiempo hará durante el día-, aparecen los bombarderos.

Entre los olivos se ocultan los tanques. Pepe y Paco, quienes por las noches cantaban flamenco ante las ventanas de sus novias, se ocupan ahora de las ametralladoras.

He visto a las mujeres; guardaban silencio. No les pregunté por qué en Jaén los aviadores italianos mataron y mutilaron a más de quinientos hombres. La masacre duró apenas cinco minutos. A un hombre no le dejaban acercase a los escombros porque debajo de éstos yacían su mujer y sus ocho hijos. Balbuceaba:

—Dejadme, que ya no me queda nada.

En Madrid, he visto transportar heridos cada día. Los llevaban al quirófano. Uno de ellos le preguntó a la enfermera:

—No me van a amputar, ¿verdad?

Le aplicaron anestesia local y lo operaron. Al oír el chirriar de la sierra, preguntó:

—¿Ahora?

La enfermera respondió inmediatamente:

—Es el ruido del tranvía.

Respiró aliviado:

—Ahora el tranvía suena de un modo distinto.

He visto sacar torsos destrozados de entre los escombros; unas horas antes los niños jugaban en ese mismo lugar. Y las madres, de pie junto a ellos, contemplaron el horror. En Jaén, una madre encontró una mano de su hija pequeña. La juntó con el torso y empezó a buscar la cabeza. ¿Qué más se puede decir? ¿Que la gente teme pasar las noches en las ciudades? ¿Que pasa las noches en los campos? ¿Que el hombre se ve condenado a llevar una vida animal? ¿Que en las cuevas de Cartagena han parido ocho mujeres? ¿Que los ancianos se esconden en las alcantarillas? La muerte recorre el país. Cuando un avión aparece sobre la ciudad, los perros, aterrorizados, se esconden bajo los bancos. En el Jarama la tierra está pelada. Pasará mucho tiempo antes de que renazcan allí aquellas flores de rabioso color amarillo.

Por la noche, los hombres vagan en la oscuridad. El aullido de las sirenas se hace insoportable: parece una voz humana. Las mujeres resignadamente hacen largas colas, esperando el pan. Cuando los habitantes de Málaga tuvieron que huir a Almería, les sobrevolaban los aviones. Una mujer gritó:

—¿Dónde está mi niño?

Le dieron un niño. No era el suyo, ella no tenía hijos; el terror la había enloquecido. La criatura sonrió. A su verdadera madre no la encontrarían nunca.

En esa casa rosada vive una anciana. A su hijo lo mataron de un tiro en Pozoblanco. En la pared, alguien ha escrito con carbón: «Es mejor morir de pie que vivir de rodillas».

La frase ha hecho fortuna en la prensa y no encaja bien con la ropa lavada de los niños secándose en el balcón, ni con las cotidianas penurias caseras de la anciana. Y, sin embargo, es verdad.

Recuerdo el cadáver de un italiano: mejillas moradas, sangre coagulada, mirada vidriosa en los ojos turbios. En su libreta había apuntado, entre señas de burdeles y elogios al Duce: «¡La guerra es muy alegre!».

Había crecido en un mundo en que los hombres tenían en gran consideración el robo, la violencia y la destrucción. Satisfecho de sí mismo, decía ser un lobezno, de la loba de Roma. Había venido a España a divertirse. Como un lobo recorría un país ajeno, asesinando y robando. Ahora estaba ahí tendido, la cabeza semienterrada en la rala vegetación.

La guerra es algo cruel, maldito. En otra época, una dama de tierno corazón escribió la novela ¡Abajo las armas! Los liberales europeos se entusiasmaban al leer la obra —entre una guerra y otra—. Hoy decimos: «¡Arriba las armas!».

¡Vivan las escopetas viejas! Con ellas repelieron a la muerte los trabajadores y los campesinos de España en julio del verano pasado. ¡Vivan los aviones y los tanques en esta primavera singular! Significan la victoria de la vida.

España no quería vivir de rodillas. Lucha por su derecho a vivir de pie. La vida es vasta y magnífica. Así se la siente aquí, con mucha fuerza, junto a la muerte. Pero más vasta y magnífica es la dignidad que ilumina la existencia humana, tan preciosa que, en comparación, hasta la vida misma de los hombres pierde valor.

Cerca de Zaragata un pastor bajó desde la alta montaña. Su viaje duró tres días. Allá arriba había escuchado que los hombres estaban luchando por la verdad. Preguntó sencillamente:

—¿Adónde tengo que ir?

En el ejército popular he encontrado a ancianos, jóvenes, muchachas. Estaban muy emocionados, tenían mucho ardor y cariño. Guardaban silencio. Apuntaban al enemigo sin pronunciar una palabra.

Maestros alemanes, obreros metalúrgicos parisienses, estudiantes croatas, campesinos de Ohio, polacos, mexicanos, suecos, han venido a España para ayudar a sus hermanos. En Pozoblanco, pasando entre los escombros con dificultad, se me acercó un hombre que me dijo:

—Nos conocemos de Bratislava.

Era uno de los héroes de Floridsdorf, que había llegado hasta la frontera checa con su arma al hombro. Había conseguido salvar su vida en las revueltas de los alrededores de Viena y ahora volvía a arriesgarla por la felicidad de la remota Andalucía.

André Malraux se hizo aviador. Bombardeó el aeródromo de Talavera. Ludwig Renn marchó a la cabeza de un batallón. Conocí al escritor Ralph Fox en Londres. Era un hombre muy alegre y solía contarme historias divertidas cuando nos encontrábamos en un pequeño bar. Amaba la vida intensamente. Por eso murió en los combates del Jarama. Pero, ¿por qué centrarse en los escritores? Podría hablar de ingenieros, albañiles, músicos. Todos han venido hasta aquí para defender la fraternidad humana. Ayer, los obreros berlineses cantaban en las montañas de Andalucía: «No hemos perdido nuestra patria; desde hoy, nuestra patria es Madrid».

Los combates cargan el ambiente, enrarecen la atmósfera. Nunca hubiese creído que pudiese haber tantos héroes en el mundo. Vivían a mi lado, iban a su trabajo, reían en los cines, sufrían penas de amor. Ahora salen a campo abierto bajo el fuego de las ametralladoras, vuelan tanques con granadas de mano y, aun gravemente heridos, aun desangrándose, recogen a sus compañeros caídos.

Un soldado improvisa en las trincheras una banderita roja:

—Es para el Primero de Mayo.

Tal vez esa bandera, dentro de escasos días, se lance en pos de la victoria en la punta de una bayoneta. Las piezas de artillería pesada saludarán el día que en el calendario republicano se señala como «Fiesta del Trabajo». Responde a una verdad profunda: en este mismo momento, los hombres mueren ante Bilbao y Peñarroya por su derecho a trabajar.

En Pozoblanco había una fábrica de tejidos. Los proyectiles de los fascistas agujerearon las paredes. Las bombas derrumbaron el techo. La maquinaria felizmente quedó intacta. Tras la victoria de los republicanos, los obreros regresaron a la ciudad vacía. No temían a los aviadores fascistas. Volvieron a ocupar sus puestos. Sobre sus cabezas, el cielo azul; a través de los orificios de los muros se ven las ruinas de la ciudad. No miran los daños ni los montones de cascotes: trabajan de la mañana a la noche. Hacen mantas para los soldados. Están solos. Se combate en torno suyo. En la ciudad no hay donde albergarse, no hay pan. Pero siguen trabajando. Son las vanguardias del trabajo en el mundo de la muerte.

Jamás olvidaré a un joven que, en el frente, arrojaba granadas. Hasta el principio de la guerra había trabajado en un garaje de Madrid. Le felicitaron por haber destruido tres tanques. Sonrió y dijo, pensativo:

—Tras la victoria, volveré a un garaje a reparar motores...

Este es el programa de la nueva clase.

Dicen los fascistas: «La guerra es divertida...»

Los nuestros les responden con su firme voluntad de vivir: bomba contra bomba, tanque contra tanque. Pero el niño mecánico sabe que sólo el trabajo es alegre, divertido, magnífico, grandioso. Por él, por esa causa, avanza con serenidad, arrastrándose bajo el fuego de las ametralladoras.

Maiakovski escribió, refiriéndose al invierno de 1919, que su rigor, la pobreza y el heroísmo de los hombres habían mostrado con precisión hasta qué punto cabía atribuir el ardor al «amor, la amistad y la familia». A la tierra, helada hasta sus entrañas, confrontó otra tierra, de aire dulce, de la que pudiese marcharse sin remordimientos. En España el aire es inmensamente suave; pero este país conoce ahora un nuevo frío: el de la guerra, el asalto, el hambre, la muerte. En esta primavera cálida, se ha helado por entero. En este país ya no hay lugar para el hombre. Se esconde en cuevas de animales para gozar y conservar un resto de calor. Aquí reconocemos y apreciamos el ardor nacido del «amor, la amistad y la familia», el calor que lleva al campesino extremeño y al estudiante de Oxford a darse un último abrazo. En este mundo de muerte, vemos con claridad la vida, la vida rebosante, ebria de alegría, solemne.


Ilya Ehrenburg «Primavera en España»
Izvestia, 1 de mayo de 1937