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3220. El amor y la lucha de un anarquista. Entrevista a la viuda de Durruti




Interviú viajó hasta la punta más occidental de Francia, su Finisterre, a entrevistar a una anciana extremadamente inteligente y despierta. Había dos motivos para ello: fue la compañera del legendario militante anarcosindicalista Durruti y jamás había sido entrevistada por la prensa española. Hablamos de todo extensamente, hasta de la oscura y enigmática muerte del leonés: "Nunca creímos que muriese de un accidente", han declarado la compañera y la hija de Durruti.  

¿Desde Madrid has venido sólo para eso? Ahora Durruti es un héroe nacional, ¿no?, lo han convertido en un personaje de leyenda. Ah, me disgusta todo esto, lo rechazo. Mi hija Colette, estuvo en España mil novecientos cuarenta y ocho, en pleno periodo de represión, y unos policías le dijeron: "Su padre era todo un hombre". Claro, hablaban así porque estaba muerto, si hubiera estado vivo le habrían tratado de otra forma. 

Emilienne Morin, setenta y seis años, apenas si dice en español más que "charlar" o "mujeres libres", pero lo entiende a la perfección. Conversamos en su casa y paseando por las calles medievales de Quimper; entramos en una "créperie" y recibe de todos el trato que corresponde a una viejecita, aunque deja tras de si la estela de una cierta sorpresa por una viveza y sentido del humor extraños a su edad. Pasados cuarenta y un años de que Durruti muriera pronunciando la palabra "Mimi" ("Así me lo dijo un día el doctor Santamaría; claro, que no sé si creerlo"), por las calles de una conservadora ciudad de aire gallego cuyas paredes aparecen llenas de pintadas reclamando una Bretaña "autónoma y libertarai", Emiliana habla de aquellos años que permanecieron juntos Durruti y ella, cuando él era Pepe en casa y ella Mimi.

 —Lo conocí en la librería Internacional de París, un día que fui como solía a comprar libros y a ver a Berta, que era la encargada, la que después sería compañera de Ascaso. Fue en mil novecientos veintisiete. Yo buscaba por las estanterías y entraron los dos: Durruti y Ascaso. El me miró, yo le miré... "et voilá".

Ella había nacido veintiséis años antes en Algers, en el Oeste francés, aunque toda su vida había transcurrido en París, donde se hizo secretaria. Educada en las ideas de su padre ("Un anarquista romántico de la vieja época"), frecuentaba los medios sindicalistas libertarios y trabajó con especial empeño en dos comités: el Sacco-Vanzetti y el que se organizó para sacar de la cárcel a Durruti y a Ascaso. "Estaba muy lejos de imaginar entonces, cuando ayudábamos a su abogado, Henri Torez, que nuestras vidas se iban a cruzar. Yo había estado casada, pero muy poco tiempo".

Durruti ya era muy conocido por entonces, no sólo en los medios anarcosindicalistas; también la prensa burguesa se ocupaba a menudo de él. Había huido a Francia en 1917, tras la huelga revolucionaria, y había trabajado en París como mecánico. En 1919 se había fugado de una cárcel española donde cumplía condena como desertor. Ya eran conocidos  sus grupos "Los Justicieros" y "Los Solidarios", uno de cuyos principales objetivos era acabar con Alfonso XII. En 1922 había sido muerto el cardenal arzobispo de Zaragoza, Juan Soldevilla, y en el Banco de España de Gijón habían sido robadas 675.000 pesetas. Ya había vivido la etapa latinoamericana con Ascaso y ambos acababan de ser puestos en libertad en Francia, tras su detención por el plan de atentar contra Alfonso XIII y el dictador Primo de Rivera, cuando aquel día de 1927 se encontró con Emilienne en la librería que precisamente se había fundado unos años antes con dinero que Ascaso y él habían aportado.

—Lo volví ver en casa de Berta una noche que me invitó a cenar, y allí hablamos por primera vez. Estuvimos viéndonos desde entonces hasta que lo expulsaron a Lyon. Luego marchó a Alemania y desde allí me escribía mucho. Después, Ascaso y él fueron a Bruselas, donde les dejaron quedar con la condición de que utilizaran nombres falsos... ¿No es grotesco? La legalidad utilizando la ilegalidad ...entonces me pidió que fuera a vivir con él, algo que ya esperaba desde hacia tiempo. 

Emiliana no lo dudó, pero había problemas económicos en su casa. Cuando la hipoteca que sus padres tenían sobre la casa en que vivían estuvo pagada hizo sus maletas y, con identidad falsa, marchó a Bruselas.

—Una amiga me prestó sus papeles, pasé con su foto y todo. Durruti había sabido comprender lo que yo le había dicho de que no podía ir con él hasta que mis padres salieran a flote.


Durruti, en el hogar

Los tiempos de Bruselas fueron fáciles para la pareja. Durruti no podía tener ningún tipo de actividad sindical, ni ideológica ni política, y, aparte de su trabajo como mecánico, toda su acción se limitaba a largas charlas con los compañeros en el Centro Español. 

—Lo llamábamos "la Casa de las Ocho Horas". Nuestra vida era la de una pareja normal. Yo le hacia leer clásicos en francés, y, a pesar de que él guardaba como con cierto pudor su pasado y lo que había hecho, compartía totalmente conmigo sus sueños e ilusiones. Tenia un sentido del humor muy ácido, reía para adentro: decía de mi, cuando me presentaba a algún compañero, "Ella es sindicalista... a secas". Y sabia que no era así, pero le gustaba tomarle el pelo a todo el mundo; sin molestar, claro.

Emiliana, todavía hoy, es feminista. Se indigna cuando ve que un "spot" de televisión recomienda a las amas de casa, que además trabajan fuera del hogar, un analgésico para calmar sus preocupaciones y cansancio. "¡Es abominable esta publicidad!", dice. Con Durruti también hubo problemas en el hogar. 

—En este sentido tenia la mentalidad de la época. Todos los anarquistas españoles no hacían más que hablar de amor libre y el anarquismo y eran incapaces de cocinar o de bañar a sus hijos. En su casa eran siete hermanos y Rosa la única mujer; hasta que se casó, y ya era muy mayor, no hizo otra cosa que hacerlo todo por ellos; la casa, la ropa, la comida..., ni a la mesa para comer se sentaba. Y a su medre, la abuelita, aún le parecía poco. Durruti sabía que yo tenia razón y por eso no podía llevarme la contraria. Alguna vez bañaba a la niña o me ayudaba a pelar patatas, pero muy de cuando en cuando. Recuerdo un domingo en Bruselas: el se había pasado toda la mañana charlando con sus compañeros y llegó a comer. "No he guisado nada —le dije—; yo también tengo derecho a disfrutar los domingos, ¿no crees? Comeremos en un restaurante". No le gustó mi actitud de momento, pero no pudo decir que no. Hubiera sido un poco violento para un anarquista, ¿no? 

Estuvieron los tres años y medio de Bruselas prestando atención nada más que a lo que en España ocurría. Durruti ya tenia hechas las maletas el 14 de abril de 1931, y al enterarse por la radio del triunfo republicano no lo pensó ni un minuto y se marchó para Barcelona, donde, al llegar, quemó todos sus falsos documentos. 

—Yo tuve que esperar a fin de mes para dar en mi trabajo el preaviso, empaquetar todo y enviarlo a Barcelona; recuerdo que en el traslado se perdió una caja con todos mis libros. Entonces, tras la primera separación, me dí cuenta de que algo había acabado: aquellos hermosos años que, desde un punto de vista egoísta, fueron los mejores de mi vida. Nos seguimos entendiendo, evidentemente, y nos quisimos siempre, pero su vida de militante nos separó totalmente. Yo lo sabía cuando me uní a él y él también, por eso decidimos que no íbamos a tener hijos; sin embargo, Colette nació, en Barcelona ya, el 4 de diciembre de aquel año.


La Revolución española

Emiliana, encinta, llegó en mayo del 31 a Barcelona, y a partir de entonces la vida fue un torbellino para ella. "Durruti pasó mis tiempo detenido que en casa, y cuando estaba en libertad, reuniones, entrevistas, mítines, viajes...". Nació Colette y los problemas aumentaron. 

—Fue la etapa que más miseria pasé en mi vida. A él, tras la proclamación del comunismo libertario en Figols (enero de mil novecientos treinta y dos), lo desterraron a Fuerteventura y yo tenía el problema del español para poder encontrar trabajo como secretaria. Claro que cuando él estaba en casa tampoco marchaba mejor la cuestión económica; él estaba como por encima de estos problemas. La solidaridad de los compañeros, una pequeña ayuda que mis padres podían enviarme y algunos trabajos que encontré nos permitieron sobrevivir.

Primero trabajó en la casa Cinzano lavando botellas, luego hizo limpieza en algunas casas y por fin entró como taquillera en un cine. ¿No era el Goya"Si, era El Goya". Vamos recomponiendo los recuerdos, lugares, fechas. El problema aparece con las casas en que vivió. "Nos cambiamos tantas veces que ni me acuerdo" HortaSants, el Clot, una habitación en casa de García Vivancos, una casita con los Ascaso... La última si la recuerda bien.

—Fue en la calle Espronceda. Cuando pienso en aquel tiempo sólo veo violencia. Los compañeros estaban muy ilusionados, tenían una gran confianza en el pueblo, pero yo no lo veía así; en mi trabajo, al hablar con los que me rodeaban, lo que oía no confirmaba esas ilusiones.

Durruti sabía que el golpe militar se iba a producir. El tenía confianza y yo no. A mí me parecía que las fuerzas reaccionarias, con la Iglesia a la cabeza, eran todavía demasiado fuertes y veía imposible ese salto formidable desde una República, sin republicanos y apenas consolidada, al comunismo libertario. Pero él parecía seguro del triunfo y yo pensaba estar con él hasta el fin porque así lo habíamos decidido cuando nos unimos. Mi padre murió el veinte de noviembre de treinta y cinco —una fecha mágica, ¿no?, el veinte de noviembre— y mi madre vino a Barcelona.

En mayo Durrutí le dijo que se fuera a París con la pequeña, porque aquello estaba a punto de estallar

Y en julio estalló. Emiliana recuerda perfectamente la muerte de Ascaso el 19 de aquel mes. "Yo estaba en las Ramblas, en un sindicato que quizá fuera el de la madera. Hacía un calor tremendo y bajaba pañuelos y trapos a los compañeros, que estaban empapados de sudor. Ricardo Sanz apareció con el cadáver en sus brazos. Ascaso se había lanzado solo, adelantándose a todos, contra el cuartel de Atarazanas, casi como en un acto de exaltación revolucionaria. Siempre fue así: exaltado, nervioso, con un concepto romántico de todo. Durruti, aunque sintió la muerte como la de un hermano, no pudo pararse en sentimientos y empezó a preparar la marcha de la columna hacia el frente de Aragón". 

La columna Durruti-Pérez Farras salió del paseo de Gracia casi a la aventura, sin víveres y con escasas armas. Se hizo un llamamiento por radio y la solidaridad fue extraordinaria.

—De todas partes trajeron comida, incluso gente que ya debía estar sentada a la mesa, porque era la hora de comer. Trajeron paellas, cacerolas llenas de guisos, sopas. Yo me subí a un camión de víveres sin decirle nada a él y me escondí porque no sabía si iba a estar de acuerdo o no. En uno de los altos, todavía en tierra catalana, se acercó el camión, me dirigió una mirada como diciendo; "¿Tú por aquí?", sonrió y se marchó sin decir nada.


El último "adiós"

Emiliana recuerda Bujaraloz, Las Ventas... "En todas partes nos recibían como vencedores, pero yo miraba las paredes de las habitaciones de las casas y descubría las marcas de cuadros que acabaran de ser descolgados, imágenes de santos y de cristos probablemente". Apenas tuvo contacto con Durruti porque no querían beneficiarse de algo que no les era posible a los otros. 

—Hay un capítulo sobre la columna que me gustaría aclarar: es totalmente falso que Durruti hiciera fusilar prostitutas. Efectivamente, llegaron algunas prostitutas por su cuenta y se les hizo regresar a Barcelona ante los temores de contagio de enfermedades venéreas, eso es todo. Esa imbecilidad del fusilamiento la inventó una escritora comunista.

En una ocasión, Emiliana y Durruti volaron juntos a Madrid en la avioneta de Malraux"Iba a pedir armas a Largo Caballero y estaba furioso. ¿Lo ves? —le dije yo—, a eso lleva tu concepción del apoliticismo: el poder en manos de los socialistas, y vosotros, que sois la fuerza, sin armas".

En noviembre la columna marchó a Madrid. Fue la despedida. "Le acompañé al campo de aviación y nos dijimos adiós; recuerdo que él me dijo: 'Hasta pronto', pero ya no le vi más. Cien veces había pensado que podía morir en las huelgas, en las detenciones, cuando fue deportado... Mil veces pudo morir y me fui habituando de tal forma al peligro que ya ni pensaba en él. Cuando llegó su hora fue muy duro y de nada me valió ya haberlo pensado antes, fue tremendamente duro".


La muerte de Durruti

—¿Cómo murió Durruti

—Un accidente. Se le disparó el fusil que llevaba. 

—¿Le vio alguna vez con fusil?

—Nunca. Pero como estaba en el frente...

—¿Cree, de verdad, que murió en un accidente? 

—No. Nunca lo creí, pero nunca tuve otra versión que ésta, la oficial de CNT

El 19 de noviembre de 1936, en la Ciudad Universitaria de Madrid, fuera de la zona de tiro, al subir a un coche en el que viajaban también Julio Graves, chófer, y el sargento Manzana, militar profesional y lugarteniente de Durruti en la columna, éste fue alcanzado por un disparo. El hecho jamás ha sido totalmente aclarado. 

—Se habló de una bala enemiga rebotada... 

—Imposible. El disparo tuvo que ser hecho a unos veinte centímetros. En su cazadora, que me dio el doctor Santamaría y que guardé hasta la ocupación alemana, se apreciaba claramente el halo de fogonazo, señales de pólvora.

¿De dónde surgió la bala que hirió de muerte a Durrutí? No pudo disparársele un fusil que nunca llevó y queda descartado el disparo lejano y la bala rebotada. Había otra arma, la que llevaba el sargento Manzana.

Antonio Bonilla, miembro de la columna, que iba en el coche que estaba parado frente al de Durruti declaró en una entrevista que le hice en julio pasado: "No cabe duda de que la bala que mató a Durruti salió del naranjero que portaba Manzana. Pudo ser casual o intencionadamente. Hoy, a la vista de lo que ocurrió después, opto por creer que fue intencionado el disparo". 

—Lo leí en "Posible". Pero, pruebas, faltan pruebas.

—¿No le parece que dicha versión tiene más lógica que la oficial? 

—¿Por qué ha tardado Bonilla tantos años en declarar esto? ¿Por qué no lo comunicó en seguida? El sargento Manzana siguió gozando de la confianza de CNT, por lo que me han dicho. ¿Cómo entender esto?

—¿Nunca pensó que Durrutí pudiera haber sido asesinado?

—Si, machas veces, pero me pareció algo demasiado grave... Siempre tuve dudas. La madrugada del veinte de noviembre yo estaba con Juanel en el edificio de Capitanía General de Barcelona, cerca del puerto. Abad de Santillán me llamó para decirme que Durruti estaba gravemente herido, pero yo sabia que había muerto, lo intuí. Yo no puedo rebatir nada, no estaba allí y sólo sé lo que me explicaron. 

—Pero se habrá planteado preguntas durante estos años... 

—Muchas. Pero, ¿a quién acusar? Caben todas las suposiciones. La pregunta que siempre me formulé es ¿por qué la CNT no levó a cabo una investigación y esclarecimiento más a fondo? 

—¿Alguna vez planteó esta pregunta a alguien? 

—Si, y nadie ha sabido contestarme. Quizá ahora ya sea demasiado tarde, habría que haberlo hecho desde el principio.  

El entierro fue un espectáculo impresionante, toda Barcelona se volcó a la calle. "Yo iba enfrente del cortejo y no me atreví a mirar ni un segundo atrás. Era algo fantástico. Cuando mi hija era mayor se lo conté y no podía creerlo. Tuvo ocasión de verlo en d 'Morir en Madrid", de Rossif, claro que allí habían unido el entierro con un discurso de La Pasionaria...'' 

Una noticia sorprendente: el cadáver de Durruti no está en la tumba de Montjuich tantas veces fotografiada. 

—Por lo menos así me lo han dicho. Unos compañeros cambiaron el cadáver de lugar cuando las tropas franquistas entraban en Barcelona. 


Lo pasado, ya pasó

Tocan a su fin los dos días de estancia en Quimper, durante los cuales, en varias sesiones, se ha llevado a cabo la entrevista. Una visita con Emiliana a la cercana casa de Colette, la hija, casada y madre de dos chicos. Nuevos recuerdos. 

—El día en que murió papá yo estaba en París y mi madre en Barcelona. Tenía cinco años. Lo recuerdo muy bien: yo jugaba en el jardín y una camarada francesa cruzó la verja y le dijo a mi abuela que entrara en la casa. ¿Por qué?, me dije yo. Fui tras ellas y las oí hablar desde detrás de una puerta: "Durruti ha muerto". La abuela me tomó entre sus brazos llorando y me llenó de besos. ¿Por qué, por qué todo eso?, me decía yo. Más tarde, quizá por una intuición sentimental, dudé de la versión de su muerte; nunca creí que hubiera muerto de un accidente.

Después, Colette fue a la escuela y llegó el contacto con algún profesor de izquierdas. "¿Coletle Durruti?... ¿Eres familia de él?. "Sí, contestaba yo, su hija. Y me parecía algo muy importante". Antes de casarse viajó una vez a España, en 1948, con diecisiete años.

—Guardo un pésimo recuerdo de aquel viaje. Al cambiar de tren en la frontera me encontré a dos policías, esperándome en mí asiento, que me llenaron de preguntas. En Madrid tuve que presentarme tres veces en la Dirección General de Seguridad. Me seguían, era una provocación constante.

Emiliana es muy nerviosa, pero en casa de su hija fuma mucho menos que a solas. "¿Otro pitillo, mamá?". Estuvo en España, en León, en 1961 y ya no ha vuelto. No hubo otro hombre en su vida tras Durruti"Tuve algunos pretendientes, pero la sucesión no era fácil y con él se había roto algo de mi vida". Tras la muerte ella regresó a París, en enero de 1937, trabajó de nuevo como secretaría y tuvo que soportar muchos problemas con la ocupación alemana. Se jubiló y hace unos once años vino a Quimper. Pasa mucho tiempo sola en casa (es obvio que nuestra visita no la ha desagradado) y se consuela viendo "las mediocridades de la televisión" hasta que le llega el sueño. Ahora puede leer muy poco y dice que el mejor libro que se ha escrito sobre Durruti es el de Joan Llarch.

—Afortunadamente mi hija me ayuda a pagar este piso. Guardo recuerdos horribles de aquellos años, pero también maravillosos. Fue una experiencia determinante para este siglo, y con su dureza y todo valió la pena vivirla. Alguna vez he estado de visita en casa de algún compañero español exiliado, pero no he frecuentado demasiado sus ambientes. Pienso que lo pasado ya pasó y que no se hace dos veces la misma revolución.



El amor y la lucha de un anarquista, entrevista de Pedro Costa Musté y Luis Artime a Emilienne Durruti publicada en la revista Interviu, 12 de febrero de 1977








2773. Es urgente

Manifestación cementerio de Carabanchel de Madrid en el primer aniversario del atentado contra los abogados laboralistas de Atocha.
Foto EFE 


Es urgente pedir por esta boca,
poner los dedos en la llaga.
Pan y trabajo,
siempre se escapa el tiro
pa los de abajo.
No le saliera el tiro
por la culata.
Urgente es preguntar por los ausentes,
de su eterna prisión romper los lazos,
gritar para exigir la libertad que aspiro,
antes de que este tiempo nos quiebre entre balazos.
Sus fusiles…
Sus ametralladoras…
Por “hache” o por “be” no te dejan vivir.
Sus fusiles disparan si “hache” es:
pan para los hijos, escuelas, trabajo
o decir que basta ya de tanto asesinato.
Sus ametralladoras
sorprenden cualquier reunión, en donde
se hable del hombre y sus derechos.
Van a misa rodeados de sus hijos
y allí se dan la paz con las manos manchadas.
No saben que el amor es todo lo contrario.
Quitarnos las mordazas de la boca es
urgente, tirar al río el cinturón
a bofetadas, ay amor, de flores.
Que para limpiar la frente de sudores
bien pueden valer claveles
por pañuelo. ¡Qué dolores
para pintar el puente de otros colores!


Juan de Loxa





2647. En la Cortes: 41 años después

13 de julio de 1977. Dolores Ibárruri y Rafael Alberti bajan del brazo por las escaleras del Congreso de los Diputados, en la
constitución de las primeras cortes democráticas tras las elecciones del 15 de junio. (Foto: Marisa Flórez)



Fue la mañana del 13 de julio de 1977. A las diez y cinco.

¿Por qué tanto detalle?

Porque era sobrecogedor penetrar en el mismo hemiciclo del mismo Palacio de las Cortes, cuarenta y un años después. Cuarenta y un años de historia: Frente Popular, guerra civil, exilio, segunda guerra mundial, victoria sobre el nazismo y una interminable dictadura franquista sostenida por la reacción mundial.

Franco aseguró que terminaría con el comunismo. Encarceló, torturó, mató a centenares de comunistas y de patriotas combatientes de la libertad. Y no pudo acabar con el comunismo. Eso se lo habían propuesto otros fascistas y reaccionarios antes que él. Y nadie lo consiguió. Porque los comunistas están fundidos con el pueblo. Y el pueblo es inmortal.

La historia tiene sus facetas curiosas. La Pasionaria, una de las personas más denostadas por la propaganda franquista a lo largo de tantos años, subía aquel 13 de julio a las mesas de las Cortes y ocupaba la vicepresidencia de edad en la sesión constitutiva de las primeras Cortes democráticas posfranquistas.

Compartía conmigo esa vicepresidencia de edad Rafael Alberti, amigo y camarada mío de siempre, extraordinario poeta de nuestro siglo, que en Cádiz conquistó un escaño a golpe de coplas populares:

Coplero deliberado
que llegó, copla tras copla,
hasta salir diputado.

Rafael y yo participamos en la apertura de las nuevas Cortes españolas de 1977. El silencio era impresionante. Y mi emoción difícil de expresar.

Yo contemplaba el hemiciclo. Sí, era el mismo de 1936. ¡Pero tan diferente! No sólo por su modernización. Yo buscaba rostros conocidos... Pero allí no estaban ni Gil Robles, ni Manuel Azaña, ni Negrín, ni Luis Companys, ni Largo Caballero, ni Prieto, ni Besteiro, ni González Peña, ni José Díaz, ni Antonio Mije, ni Vicente Uribe, ni Juan José Manso... No estaban. Los escaños los ocupaban otras personalidades, mujeres y hombres, jóvenes en su mayoría... A la izquierda, mis camaradas del grupo comunista.

Yo era uno de los parlamentarios supervivientes. Mi paisano Manuel de Irujo, del PNV, lo era también...

Y estábamos allí, ocupando nuestro escaño, defendiendo cada uno sus ideales... sin haber claudicado en ningún momento.

El presidente de las Cortes, señor Hernández Gil, me dio cordialmente la bienvenida durante un descanso. También me estrechó la mano el entonces presidente del gobierno, señor Suárez. Yo le deseé mucha suerte. «Nos va a hacer mucha falta», me contestó sonriendo. Y no le faltaba razón.

A Rafael Alberti —hoy premio Cervantes— pronto le resultó demasiado estrecho el Parlamento y recuperó su puesto de «poeta en la calle», de «cometa errante», cediendo su escaño a un campesino de su tierra. Su asombroso talento creador continúa entusiasmándonos a todos. Su voz no ha dejado de cantar al pueblo, a la amistad, a las causas justas, a la paz.

Un día de octubre las Cortes recibieron con todos los honores al entonces presidente de México, López Portillo. Por tratarse del primer presidente extranjero que saludaba al nuevo Parlamento español y de un amigo de la democracia española, su discurso fue aplaudido por los diputados en pie y con sincero entusiasmo. Yo también le saludaba desde mi escaño. Y entonces ocurrió algo inesperado. López Portillo me envió, por encima de muchas cabezas, un fraternal beso. Gracias, amigo.

Fue un beso para mi pueblo, para la libertad, para la democracia. Hubo instantes de emoción y responsabilidad cudadana en el curso de aquella primera legislatura, en particular el voto afirmativo a la  Constitución democrática, que a mi parecer representa un hito importante en la historia del desarrollo de las libertades en España.

El «sí» que yo pronuncié fue motivo de comentarios en la prensa y en los pasillos. Se dijo que fue «el sí más rotundo y oído con toda claridad». «Pasionaria —escribió Pilar Urbano en ABC— casi declamó el voto afirmativo con una intensidad que ya quisiera para sí Nuria Espert.»

Al ser convocadas dos años después nuevas elecciones legislativas, yo pedí a mi partido que no presentara mi candidatura. Mi puesto debía ocuparlo una persona más joven. Y asturiana, por supuesto.

En efecto, en 1979 fue elegido diputado por Asturias mi camarada Horacio Fernández Inguanzo, querido y respetado por el pueblo asturiano.

En lo que a mí respecta, yo prosigo mi actividad en el Partido Comunista de España, ayudando a resolver complicados problemas que surgen a cada paso en la búsqueda del mejor camino que nos conduzca a nuestra meta: el socialismo.

Como cantara Nicolás Guillen:

Así hemos de ir andando,
severamente andando, envueltos en el día
que nace. Nuestros recios zapatos resonando,
dirán al bosque trémulo: « ¡Es que el futuro pasa!»


Dolores Ibárruri
Memorias de Pasionaria, 1939 - 1977






2621. Me faltaba España

Dolores Ibárruri regresa a España el 13 de mayo de 1977


La despedida no fue fácil. En el aeropuerto de Sheremietevo se habían concentrado multitud de amigos, de camaradas. Allí estaban mis nietos. Me era difícil separarme de ellos y de todas aquellas personas con las que había convivido y trabajado tantos años.

Llegaron los camaradas Suslov y Ponomariov de la dirección del PCUS para reiterarme su afecto y desearme éxitos y suerte. Expresé a ellos y a los pueblos de la URSS, mi agradecimiento por su amistad, por su ayuda a nuestro pueblo y a nosotros, los exiliados en su país.

Subí al avión con el corazón encogido. Casi la mitad de mi vida había transcurrido entre aquel heroico y admirable pueblo soviético, en aquellas tierras lejanas y frías, pero cálidas y acogedoras para los amigos.

Sin apenas percibir el correr del tiempo aterrizamos no en España, sino en Luxemburgo. Se trataba de una escala habitual.

Pero lo que para nosotras constituyó una sorpresa fue la aparición de decenas de periodistas de diferentes países que se agolparon ante la escalerilla del avión. Reclamaban una rueda de prensa.

Opté por no moverme de mi asiento. Irene, Amaya y Carmen trataron de convencer a los periodistas de que me dejaran tranquila. Se indignaron.

—¿Y para eso hemos venido hasta aquí? ¡Diremos que va enferma!

— ¡Digan ustedes lo que quieran!... Pero Dolores goza de excelente salud.

Continuamos el vuelo. ¿Qué ocurriría en Barajas?

Yo había comunicado a los camaradas mi deseo de entrar en España tranquilamente como cualquier ciudadana española, sin recibimientos multitudinarios. Era mi sincera voluntad.

Intuyo que tal deseo mío coincidía con el de las autoridades españolas, que tanto temían la llegada de Pasionaria...

Al fin, Barajas, España. Mi España. Era imposible contener la emoción. ¡Por fin! ¡Por fin iba a pisar mi suelo patrio, fundirme nuevamente con mi pueblo, con los trabajadores de mi tierra!

Al pie de la escalerilla nos esperaban rostros conocidos: Ignacio Gallego y Juan Antonio Bardem.

Allá lejos, en una terraza, acertamos a ver banderas y a escuchar voces de bienvenida. Pero con discreción. Nos invitaron a subir a una furgoneta de Iberia, acompañados de nuestros camaradas y de la policía —me acordé de Fraga— con el fin de trasladarnos sin ser descubiertas a nuestra nueva residencia en el Barrio del Pilar—Nadie conoce tu nuevo domicilio —me aseguraron.

Pero no contaron con la profesionalidad de los medios de información. Nuestra vivienda —un primer piso en la calle de Sanjenjo— se vio rápidamente cercada de fotógrafos, periodistas, equipos de cine.

Federico Melchor logró lo que parecía imposible: convencer a sus colegas de prensa de que no me cansaran demasiado. Entraron en la casa, me fotografiaron, me saludaron. Y surgieron las preguntas:

—¿Qué puedo decirles? Que los saludo a todos. Que me alegra enormemente estar de nuevo en mi país. Que vengo a vivir en paz y a trabajar en el partido como se trabaja en un país normal. No a resucitar historias. Vengo a defender nuestras ideas, a propagarlas. Pero es el pueblo quien tiene que decir cómo se van a resolver los problemas que se presenten...

Me preguntan qué siento en mi primera hora en España.

—Emoción, alegría... y también nostalgia. Estoy muy contenta y, al tiempo, triste. Porque allí he dejado a mis nietos... y una parte de mi vida. Es humano, ¿no? Nosotros somos comunistas, porque somos humanos, porque queremos que la gente viva feliz, sin angustias.

Fueron llegando mis camaradas: Santiago, que estaba de viaje cuando yo aterrizaba; Sánchez Montero y Carmen; Romero Marín y Antonia y muchos más, jóvenes y veteranos, a quienes abracé con cariño. ¡Ya estaba en España!

Mi primer deseo era viajar a mi País Vasco. Y después a Asturias, a iniciar la campaña electoral.

Porque los camaradas asturianos deseaban, por segunda vez, que yo fuera diputada suya.

Esa tarde recorrimos Madrid. Visitamos algunas calles que tantos recuerdos nos traían: Francos Rodríguez, donde nació el V Regimiento; Galileo, donde yo residí y trabajaba en la redacción de Mundo Obrero; Blasco de Garay, mi antigua calle, allí habité con mis hijos en un piso interior... Y luego, la Puerta del Sol, la Plaza de España, el Retiro... ¡Qué maravilla pisar las calles de Madrid, estar en España...!

Porque, durante cuarenta años de mi vida, ¡me faltaba España!


Dolores Ibárruri
Memorias de Pasionaria 1939 - 1977