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2070. Presencia del Mono Azul

El mono azul está ante vosotros. Dispuesto a encubrir vuestro cuerpo como la palabra el pensamiento: para darle razón y sentido.

El mono azul, aunque venga como caído del cielo, no está nunca en las nubes, ni de ellas cae, sino que las sobrepasa o las elude como pájaro de esperanza.

El mono azul es nuestro símbolo de viva felicidad. Es alegre porque sobrepasa, como las nubes, el dolor y la muerte. Nosotros tenemos en el mono azul puestas todas nuestras mejores esperanzas.

El mono azul no es una imitación, es una creación del hombre. Es más humano que el hombre desnudo –más verdadero– porque lo viste honradamente de su dignidad última y primera: la del trabajo, la de la libertad, la de la justicia. El mono azul verdaderamente humaniza al hombre.
El mono azul, en la paz, significa la dignidad suprema del hombre: la del pueblo. El mono azul, ahora en la guerra, representa la exaltación de esa dignidad hasta el último extremo de la esperanza por el dolor, contra la muerte. Pues el que envuelve su angustia y sufrimiento humano, luchando por la verdad, la libertad, la dignidad del hombre nuevo, con el mono azul se hace símbolo vivo de esperanza. Y el que da su vida por el mono azul, con el mono azul como expresión humana de su cuerpo, como alma de su vida, de su verdad de hombre, de su integridad total de pueblo, ése no tiene en el mono azul el sudario desesperado de los muertos, sino la veste luminosa y humilde de una inmortalidad definitiva, gloriosa: la de la libertad, la verdad y la justicia de su pueblo: la del porvenir que le redime. En una palabra, la de la esperanza en la plenitud entera y verdadera del hombre por un amor más fuerte que la muerte.

El mono azul ante vosotros viene a decir o a cantar vuestra lucha, vuestra guerra, como lo que es, como una victoria. Viene a cantar victoria, aunque esta victoria no llegue todavía a nosotros sin sangre.

Pronto la esperamos; precisamente por la sangre; porque esta sangre viva de nuestro pueblo, que manos fratricidas están vertiendo ante nuestros ojos, se está empapando calladamente en vuestros vivos monos azules para traer a nuestros ojos, humedecidos por la pena tanto como por la rabia de la venganza o por la alegría de vencer, el olor, el sabor de la sangre misma que pone en nuestros labios el secreto maravilloso y revelador de la verdad del pueblo que guerrea: la más pura verdad de nuestra España. Nuestra, sólo nuestra: porque popular, porque humana; porque libertadora, verdadera, justiciera. Nuestro pueblo, nuestra España, está ahora escribiendo con sangre, como quisieron siempre sus poetas, su verdadera vida, independiente, vencedora del destino mortal que la acechaba, oculto y taimado, en emboscada criminal por traidoramente certera. Pero no pudo ser. No se puede vencer al pueblo sin matar a España, más que nunca viva […]. A nosotros, tocar en ojos, oídos, labios y descifrar el lenguaje victorioso de esta sangre ignominiosamente vertida. A nosotros, tocar en ojos, oídos, labios y corazón con la verdad divina de su hechizo. A vosotros, monos azules, ejércitos de monos azules, pueblo veraz, libertador de España, el enseñárnoslo.

Nuestro mono azul, humilde y verdadero, salta y grita, en medio de la guerra y la muerte, con vuestra voz viva, pueblos de España, para cantar victoria, digo, con la enorme, infantil y pura alegría de vuestro vencer, gritando las palabras revolucionarias, independientes, españolas por excelencia, gritando con la más auténtica, humana, dolorosa alegría: ¡Libertad y Justicia!


José Bergamín
El Mono Azul. Hoja semanal de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura
Número 1 - Madrid, Agosto 1936










1748. Discurso de Tristan Tzara en el II Congreso Internacional de Escritores

El problema del intelectual que se plantea hoy con más intensidad, es el de la conciencia: la conciencia del escritor y la conciencia que el escritor debe despertar en las masas. Intentaré tratar estos dos aspectos del problema, aspectos de un solo y mismo problema. Pero únicamente podremos establecer un debate sobre este asunto desde su ángulo actual, pues es evidente que, desde que el hombre piensa, en cada uno de los grados de su desarrollo, la adquisición de su conciencia y su devenir, han sido el centro de todas las preocupaciones de la razón humana.

Ciertamente, la mayoría de los escritores, tanto por sus orígenes como por el mundo de las ideas en que vivían, se han situado hasta aquí al margen de las luchas sociales. A lo sumo, ha podido influir en ellos el carácter efectivo de estas luchas. Pero en el momento en que estas luchas estáticas se convierten en luchas dinámicas, en el momento revolucionario que hace estallar la guerra, ante la conflagración general de todos los elementos de una civilización, el escritor, si no quiere correr el riesgo de desaparecer como tal, debe tomar posición.

Por desgracia, hemos visto escritores que vuelven a una torre de marfil que su razón había condenado hacía mucho tiempo. Hemos visto a escritores que, en nombre de la razón misma, se refugiaban, si no en una indiferencia ante los acontecimientos, por lo menos en un estado de ánimo en que la justicia y la humanidad no tienen nada que hacer, y que, bajo la aridez de una balanza de carácter puramente mecánico, oculta la condenación de toda participación activa.

En esta tesitura, hemos de habérnoslas con el espíritu de no intervención aplicado de manera efectiva al mundo de las letras. Toda la juventud del mundo condena unánimemente a este falso espíritu. ¿Cuáles son hoy los escritores que, basándose en una ideología pacifista o antimilitarista, aplican íntegramente los preceptos formulados en monopolio burgués a un estado de cosas que representa precisamente la transformación de este estado?

Son los mismos que, atrapando, por así decirlo, por los pies una época revuelta, tratan de justificar como revolucionario aquello que hace tiempo ha dejado de serlo.

Nos  hallamos nuevamente en presencia de todo un mundo de descontentos, de insatisfechos, que aplican los mismos descontentos y las mismas insatisfacciones allá donde los acontecimientos han rebasado sus objetivos. El mundo es un cambio incesante, un movimiento continuo. Y es propio de épocas revolucionarias que estos cambios sean rápidos. La espontaneidad de estos cambios, su brusco movimiento, son los que abren las compuertas a razones insospechadas, a energías latentes.

El reconocimiento de estos fenómenos sociales, ante los que el escritor no puede quedar indiferente, implica de su parte el reconocimiento de una conciencia revolucionaria. Se sitúa sobre un nivel superior, en relación con la conciencia pacífica de las épocas prerrevolucionarias. Nada puede impedir la indivisibilidad del espíritu humano. Establecer en este dominio una separación artificial sería ir contra la naturaleza de las cosas.

La razón humana es una e indivisible y sus relaciones con la vida deben ser constantes. Pero, ¿cuántas veces no hemos oído decir que la libertad de la conciencia es un bien sagrado de la humanidad que hay que salvaguardar, pase lo que pase? Sí, camaradas: éste es nuestro deber, pero, ¿de qué libertad se trata, y de qué conciencia? No tenemos derecho a desplazar el problema. ¿Es de la libertad que, en nombre de una abstracción generosa, pero abstracción al fin, mina los fundamentos de un futuro del que ya se entrevé el sentido? ¿No sabemos ya demasiado que la libertad que usurpa la de otro individuo se llama tiranía? ¿No es acaso la peor tiranía, aquella de los instintos incontrolables que, por satisfacciones momentáneas, pone en juego el destino de esta misma libertad que pedimos para los pueblos?

Hay, pues, que denunciar una gran confusión en aquellos que invocan la libertad a toda costa, porque, de un lado, la libertad ha de estar forzosamente limitada por necesidades sociales del momento —en perpetua transformación—, y, por otro lado, la conciencia misma cambia de contenido en cada fase de la historia.

Si la finalidad sigue siendo la misma, la dignidad del hombre en la conciencia y la libertad, sería criminal la aplicación en épocas revolucionarias, de yo no sé qué principios paradisíacos como reivindicación inmediata que la realidad de las cosas hace imposible o perjudicial.

Por esta razón, la palabra puede ser un arma más terrible que los cañones más potentes. Yo sé hasta qué punto puede agudizarse el conflicto en un ser sensible, entre la conciencia de la finalidad a perseguir y el pasaje necesario para llegar a esa finalidad. No se trata de aminorar al hombre, de castrarlo, sino, por el contrario, de enriquecerlo, de conducirlo hacia la plenitud. No se trata de renunciamiento, sino tan sólo de hacer sensible el beneficio en dignidad de la persona humana. He visto aquí, en los frentes, a campesinos que de buen grado han renunciado a cuanto tenían pero que, no obstante, al adquirir ese mínimum de conciencia de que son también hombres —pues que precisamente esto es lo que se les negó durante siglos de opresión—, se han sentido lo bastante maduros para dar sus vidas en lo sucesivo unificadas.

No nos engañemos: además de la adquisición de una conciencia revolucionaria en el escritor, hay que despertar en las masas la conciencia de la calidad de hombre y el deseo de alcanzar la dignidad, de hacer sensible a los hombres el sentido mismo de esta dignidad.

Las masas son flotantes; el papel del escritor es enorme en la batalla que ha de librar para romper su indiferencia.

El poeta ya lo ha dicho, es un hombre de acción. Hasta aquí ha rechazado su deseo de acción y lo ha sublimizado para crear un mundo suyo, en el que la plenitud humana podía darse libre curso. Después de los trágicos acontecimientos —más icuan llenos de esperanza!— que laboran vuestra tierra española y elevan el espíritu a alturas de una inexpresable pureza, hemos visto a estos mismos poetas identificarse con vuestra lucha. Esta lucha ha sido la solución de sus conflictos interiores. Nada puede impedirles ya que luchen hasta la victoria total, y esta victoria será una nueva luz que brillará en el horizonte del mundo entero como una señal definitiva de todas las victorias que se trata aún de ganar, y también de merecer.


Tristan Tzara
10 de Julio 1937

Publicado en Hora de España VIII
Valencia, Agosto 1937







1665. Segundo mitin de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura




Nuestra Alianza en acto positivo, de afirmación antifascista, reunió en Madrid, en el teatro Español, el domingo por la mañana a sus amigos y camaradas franceses, alemanes, noruegos, holandeses, mejicanos, que, solidarizados con nuestra lucha popular por la independencia, por la libertad, por la cultura, están a nuestro lado en estos momentos decisivos. El pueblo, que llenaba el teatro, supo darse cuenta entusiasta de la trascendencia internacional de este acto; supo percibir claramente, profundamente, cómo por éste acto en Madrid, sitiado, cercado por el fascismo, se verificaba una vez más, con evidencia reveladora, la identificación del pueblo con la inteligencia; las más claras, más firmes del mundo: Renn, Aragón, Regler, estaban allí afirmándolo con su palabra: con la palabra. Los escritores, los intelectuales auténticos, son la negación viva del fascismo, sus peores enemigos; porque son la afirmación entera, desnuda, totalizadora de la verdad; de la verdad por la que cuando se es hombre racional, hombre de inteligencia, hombre de veras –intelectual, entera y verdaderamente humano–, se da la vida. La verdad de nuestro pueblo español coincide con la de todos los pueblos del mundo. La verdad de Francia, de Rusia, de Méjico, como la de los otros pueblos sometidos a la mentira, es la de su libertad, su independencia. Y esta verdad es la que viven, por la que viven los escritores, los poetas, los artistas, los investigadores, lo intelectuales, en suma. El acto del domingo fué una magnífica afirmación popular por eso: por esta humana coincidencia que en estos momentos españoles ha unido nuestra defensa de Madrid con la defensa de la cultura.

Los compañeros que desde Francia han venido ahora trayéndonos una camioneta de propaganda, que es para nosotros un instrumento inapreciable de cultura, porque lo es para la guerra que la defiende, Aragón, Elsa Triolet, Regler, y con ellos, en auténtica representación popular, su conductor, Maurice Thulier, quien mereció un especial saludo de nuestro pueblo, recibieron de este pueblo español la prueba de su reconocimiento profundo y vivo a la adhesión veraz de la inteligencia.

A Kurt Stern, Gerda Grapp, Otto Biha, que también nos acompañaron en este acto, fue igualmente testimoniado por todos este afecto.

Damos a continuación referencia exacta de las intervenciones de nuestros camaradas extranjeros y un breve resumen de los discursos de Rafael Dieste, Juan Chabás y el mexicano Andrés Iduarte.


Rafael Dieste

«Los facciosos –como una terrible desvergüenza– movieron hasta hoy todos los valores del pueblo, considerándonos a nosotros, al pueblo mismo, la turba indeseable, lo que eran y son ellos, que se presentan siempre bajo un disfraz grotesco, cuyo precio se cotiza en el mercado internacional. Pero en el fondo ellos son el saldo más monstruoso que pudo engendrar la civilización; un saldo de baratijas groseras con que se revisten para engañar a los ingenuos. Los escritores de todo el mundo asisten ahora a la epopeya grandiosa de España como si fuese la epopeya heroica de su propio país. Se encuentran entre nosotros, y les parece hallarse en su patria, en una patria universal. Y así es realmente.»


Ludwig Renn

«Presenciamos en España, el espectáculo grandioso de cómo se reúne toda la inteligencia del mundo: aquellos que el fascismo desterró y expulsó. El fascismo, que además de asesinar a Federico García Lorca retiene, aprisionados en sus cárceles y campos de concentración, a hombres de relieve. En Alemania se utiliza como guardianes de los presos a hombres estúpidos, incultos, sistemáticamente embrutecidos. Los presos son azotados, oprimidos y vejados ante el público de mil maneras, si no se los asesina, como a mi amigo el poeta Erich Muehsam. En España se está formando un mundo nuevo, que nosotros podemos plenamente aceptar. Es el verdadero pueblo español, que tan buena acogida nos ha dispensado. Venimos a él en calidad de militares y de periodistas, mientras los corresponsales del viejo mundo huyeron de Madrid por no creer en el pueblo español. Vosotros venceréis, camaradas. ¡Venceremos para levantar sobré los antiguos cimientos culturales de España una cultura radiante!»


Gustavo Regler

«Os traemos el saludo de los escritores alemanes antifascistas, quienes expulsados de su país os dicen que hora por hora, minuto por minuto, están con vosotros. Os traemos el saludo de los trabajadores alemanes, que después de fatigosas marchas se asoman a nuestras fronteras para entregar a los Comités los fondos recaudados para sus hermanos españoles. Os traemos también el saludo de vuestro propio país, que hemos atravesado desde Figueras, por Barcelona y Valencia. Vimos en todas las carreteras a los bravos milicianos, decididos hasta el último sacrificio. Vimos en las aldeas a los niños, que nos saludaron jubilosos con sus puños pequeños y nos dieron abrazos para vosotros, porque saben que lucháis por su porvenir. Hablamos con las mujeres, con los heridos…, hasta que por fin nos vimos en Madrid. La primera mañana nos despertaron los aviones de bombardeo, procedentes quizá de las fábricas de nuestro país. Nos sonrojamos y sentimos, como deber, la necesidad de hablar por la Alemania que trabaja, por la verdadera Alemania… cuyos obreros, desde que estalló esta lucha, se aglomeran a las puertas de las redacciones para leer vuestras noticias. Para saber entresacar la verdad de entre las notician mentirosas y seguir con entusiasmo vuestros triunfos. Nuestros ojos han visto cientos y miles de trabajadores desfilar por la plaza Roja de Leningrado para demostrar la unión de las masas soviéticas con España. Daos cuenta de que cada cañonazo vuestro ayuda a derribar los muros de las cárceles alemanas. De que vuestro ataque empieza a deshacer las alambradas que cercan los campos de concentración de la Alemania nazista. Daos cuenta de que sois el orgullo de toda la Europa trabajadora, la vanguardia de la cultura, la esperanza de los niños hambrientos, de los sin trabajo, de la juventud, de todos los amigos de la paz.»


Juan Chabás

«En la tradición española el mayor índice de cultura corresponde a quienes han salido del pueblo y laborado con él. Los intelectuales teníamos forzosamente que estar con el pueblo, que es la verdadera España. Los únicos extranjeros en su propio país son los facciosos. Son mucho más españoles que ellos estos camaradas extranjeros que hoy vienen a visitarnos y a colaborar en nuestra compañía, cuando muchos llamados españoles salen huyendo de su patria. Los asesinos, los verdugos de Federico García Lorca no tienen nada que ver con nosotros. Su «¡Viva España!» nos pertenece por entero, y hay que arrebatárselo, camaradas.»


Louis Aragón

«Camaradas: En mi país los sueños, las esperanzas realizadas en el sueño se llaman «castillos en España». Y hay en España castillos de todas clases, irreales y verdaderos. Y hay hombres de mi país que se han pagado castillos en España con su dinero, y que son los que tienen acciones de Ríotinto y minas de Peñarroya; y estos castillos buscan ellos defenderlos de otra manera que con palabras: lo defienden con el contrabando de armas que pasan a Franco y a Mola por la frontera francesa. Estos hombres que vivían tan bien como parásitos de los trabajadores de España, son los mismos que explotan a los trabajadores franceses, los mismos que aplauden en los cines de París a los fascistas españoles; son nuestros fascistas, que asesinan a los obreros franceses, luchadores por el pan, la paz, la libertad. Tengo el gran disgusto de comprobar que en esta hora en que Madrid da al mundo el ejemplo del heroísmo y la fuerza populares, mi país, mi hermoso país francés, no está representado entre vosotros por un diplomático adornado de diplomas, de espada y de sombrero de pluma. Lo digo en tono de ironía para no llorar. Pero puesto que estoy aquí con vosotros en esta hora en que se baten en Sigüenza y en Navalperal, me siento, sin diploma, sin espada, sin sombrero de plumas, como el embajador de mi país, de lo que es verdaderamente mi país, y no de un puñado de propietarios y banqueros que lo desvalijan. Me siento con derecho a hablaros en nombre de los mineros del Norte, de los ganaderos de Camarga, de los cultivadores de Bauce, de los metalúrgicos de la casa Renault y de la Schneider, que es también el país de Molière, de Víctor Hugo, de Arturo Rimbaud. Y me dirijo a vosotros no porque he escrito algunos libros, en nombre personal, sino en nombre de todos aquellos cuyo corazón bate como el mío al unísono del vuestro. Os hablo en nombre del inmenso pueblo de Francia, donde el campesino, el artista, el obrero, no tienen más que una voluntad única; os hablo en nombre del Frente Popular de Francia, cuyos miembros pueden contarse como embajadores entre vosotros, mucho mejor que ese vergonzoso fugitivo que deshonra nuestro país.

Camaradas: Cuando en las avenidas de Madrid he visto desfilar, con un orden maravilloso que ya es una victoria que ganáis sobre vosotros mismos; cuando he visitado, por ejemplo, el palacio del duque de Alba, tan perfectamente cuidado por el Partido Comunista español; cuando escucho hablar a vuestros combatientes que vuelven del frente; cuando veo vuestros heridos; cuando imagino vuestros muertos, el sentimiento más fuerte que me asalta, que debería sentir todo francés en mi lugar, es, debo decirlo, el sentimiento de una vergüenza infinita. Vergüenza que cae sobre nosotros, franceses, que os dejamos sin armas; vergüenza que cae sobre nosotros, franceses, que hemos instalado alrededor de la República española el bloqueo decorado con el nombre de neutralidad, que es una mancha sobre nuestra historia, una marca de infamia en la frente de nuestra República. Vergüenza sobre nosotros, franceses, que hemos dejado libres las manos al fascismo de Alemania y de Italia sobre nuestros hermanos de sangre, de corazón, de sueños y de clase. Vergüenza sobre nosotros por todos aquellos que cayeron muertos bajo el cielo de España y por vuestros pueblos destruidos y por vuestras ciudades incendiadas. Pero si estoy aquí y os hablo es porque hace falta gritar que los franceses no son solamente los propietarios de los castillos en España: esos banqueros, esos industriales, dignos herederos de los Borbones, que también vinieron de Francia y que vosotros habéis echado, como nosotros los echamos también, y hace falta que yo os grite que la verdera Francia, la Francia popular, siente conmigo esta vergüenza que yo denuncio y que sabe que vuestro combate y el suyo es el mismo, y que la suerte de París se juega en Madrid. Cada obrero, cada campesino, cada intelectual de Francia, siente que vuestra derrota sería su pérdida, su muerte, la consumación de su esclavitud.

Camaradas: El pueblo de la Comuna de París no ha desaparecido de la superficie de la tierra, podéis creerme. Y este pueblo es vuestro hermano, que ruge detrás de los hierros que le han puesto, que levanta hacia vosotros su puño cenado y que grita a aquellos que le retienen el brazo el nuevo grito que ha reemplazado a todos los otros conocidos en Francia hasta hoy: «¡Aviones para España! ¡Cañones para España!» Camaradas: Este grito es el fondo rojo de nuestro corazón, es la esencia misma de nuestros sueños, de nuestras esperanzas. ¡Sí! También nosotros hacíamos castillos en España; pero los hacíamos de hierro y de acero: son los tanques, las ametralladoras, los obuses salidos de las manos de los trabajadores franceses y que nosotros quisiéramos ver tomar el camino de Madrid; son las armas que os rehusan, pero que los fascistas de Francia amontonan en sus cuevas para servirse un día no lejano contra nosotros, contra los trabajadores de Francia.

El pueblo de la Comuna de París no ha muerto. Tasca su freno cuando el viento le trae por encima de los Pirineos el clamor de vuestra lucha; y Badajoz e Irún no son para él nombres exóticos de ciudades lejanas; guarda el recuerdo de las matanzas salvajes de Versalles en 1871, y guarda el recuerdo del general Galiffet para comprender lo que es el borracho de Queipo de Llano, para comprender lo que son los verdugos.

El pueblo de Francia está ligado al pueblo de España por una serie de lazos que se han anudado a través de los siglos por toda una serie de cambios de espíritu a espíritu, que han hecho del Cid Campeador el héroe de la tragedia francesa, por todos esos cambios humanos en que se disuelven las fronteras y que hacen que los obreros españoles, al franquearla, cada año, hayan creado en nrestra Francia esa cantidad de pequeñas ligaduras que la vuelven más bella y al hombre más dichoso. El pueblo de Francia está unido al de España por una serie de ramificaciones sutiles y de venas vivas; por eso, cuando se golpea al pueblo de España es el pueblo de Francia el que sangra, el que está en peligro de muerte.

Nosotros lo sentimos así, violentamente; nosotros, que hemos conocido una guerra terrible, donde esa técnica de la muerte que hoy os hacen aprender fue inventada; nosotros, que hemos conocido la trinchera, las granadas, las minas, los gases. Lo que vosotros defendéis es la totalidad de la civilización, es nuestra civilización, es nuestra cultura. ¿Cómo podríamos admitir que vuestros muchachos, vuestros hijos, vuestros viejos, vuestros hermanos y vuestros esposos mueran por lo que también es nuestra vida y nuestra carne y nos quedemos impasibles y al margen diciendo: soy inocente de la sangre de este justo?

¡No! Hace falta que cese inmediatamente esta iniquidad. No. Nosotros no permitiremos que el crimen se cometa. La gran voz de la Unión Soviética, la gran voz de Stalin, que acaba de resonar, ha cruzado Francia como el llamamiento de nuestra conciencia, como la conciencia de nuestro deber.
En mi nombre, en nombre de la inteligencia francesa, reunida por decenas de miles en nuestras casas de la Cultura, yo me comprometo solemnemente, en tanto que haya sobre la tierra de España un fascista armado, un enemigo del pueblo español, a dar nuestros días y nuestras noches, todos nuestros pensamientos, todos nuestros sueños, toda nuestra fuerza, toda nuestra acción, para sostener vuestra lucha. Ya hemos empezado. Somos los que han hecho la movilización de opinión; pero esto aún no es nada. Daremos a la España republicana todos los instantes de nuestra vida. Nosotros trabajaremos en nuestro país por convencer a todos aquellos que están equivocados, que dudan, que tienen miedo. Les contaremos vuestros combates, vuestro heroísmo. Nos convertiremos en el portavoz de vuestra gloria; lucharemos hasta el último aliento por que Francia vuelva a ser a los ojes del mundo lo que nunca debió dejar de ser: la Francia de La Bastilla, de Valmy, de la Comuna. Lucharemos por que Francia pueda mirar sin vergüenza hacia el Sudoeste, donde brilla el sol de España.

Me comprometo aquí, por decenas de millares de hombres y de mujeres, que son el cerebro creador de mí país en el arte, la poesía, la ciencia, a poner todos nuestros esfuerzos para que Francia siga siendo la patria de la Libertad, para que sea la gran prolongación de vuestra tierra ensangrentada, pero libre, y no la vergonzosa vasalla del fascismo, la perra que ha rehusado el combate. Y no se podrá decir que hemos dejado asesinar a nuestros hermanos. Nuestras banderas se unirán en el cielo de vuestra victoria. La bestia sórdida que vosotros habréis forzado a volver a su cueva, nosotros la compararemos con el monstruo que crece en nuestra casa y continuaremos la gran limpieza que vosotros habéis comenzado; la continuaremos en el fango de nuestras cuadras. También nosotros nos batimos por una Francia fuerte, feliz. No podemos creer que puede existir esta Francia al lado de una España vencida, encadenada, miserable.

Camaradas: El pueblo y la inteligencia de mi país están con vosotros. Hace falta que estén con algo más que con palabras.»


*


María Teresa León leyó los textos de los discursos de Ludwig Renn y Gustavo Regler. Rafael Alberti recitó su nuevo romance «Defensa de Madrid». Y nuestro presidente, José Bergamín, cerró el mitin diciendo que «la defensa de Madrid es la defensa de la cultura»; dándose al final un «¡Viva el pueblo en armas!», que fué contestado con gran entusiasmo por la sala. Después de un breve descanso, la compañía Nueva Escena representó de modo magistral Los salvadores de España, de Rafael Alberti.


Los escritores del mundo entero, reunidos para la defensa de la cultura, saludan al pueblo español, pionero de la lucha antifascista; al pueblo español, cuya lucha heroica es la de todas las fuerzas de progreso de la Humanidad.

Envían hoy a Madrid, donde el enemigo se hace la ilusión de poder asesinar a la República, un camión equipado para el cine y la imprenta, y que entre las manos de los valientes escritores españoles será el portavoz de la cultura en el frente, para suministrar apoyo y distracción a los Ejércitos y Milicias de la República. Les dará un apoyo moral contra los partidarios de las tinieblas, contra los mercenarios extranjeros, destructores de los pueblos y de las ciudades, ricas de pasado, de la España milenaria.

Dentro de una semana enviarán asimismo, a los valientes escritores catalanes de Barcelona, un segundo camión, equipado de la misma manera, para ayudar a la lucha del pueblo de Cataluña sobre el frente de Aragón.

¡Viva la República y el pueblo de España!
Asociación Internacional de los Escritores
para la Defensa de la Cultura

(Hojilla que repartieron en su viaje a través de España los camaradas escritores que en nombre de la Asociación Internacional nos entregaron la camioneta para la propaganda.)



El Mono Azul núm. 10
Hoja semanal de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura
Madrid, 29 octubre 1936









1523. El II Congreso Internacional de escritores

En el Pleno que en junio de 1936 celebró la Asociación Internacional de Escritores para Defensa de la Cultura, nuestros delegados José Bergamín y Ricardo Baeza, propusieron que fuera España el lugar donde se celebrase el II Congreso Internacional de la Asociación. Aceptada unánimemente esta sugerencia, se señaló la fecha de febrero de 1937 y se escogió entonces como lugar Madrid. A mediados de octubre de 1936, la Alianza de Intelectuales Antifascistas recibió un telegrama, que publicó la Prensa, firmado por Romain Rolland, Henrich Mann, Malraux, etc., recordando la celebración de este Congreso. En toda Francia fué reproducido este telegrama y en forma de cartel pegado por las paredes.

En el mes de enero la Alianza celebró una Asamblea y comprendiendo que, dado el carácter de nuestra lucha, ahora más que nunca era España el lugar apropiado para discutir los problemas que los intelectuales tienen planteados, ofreció de nuevo el territorio de la España leal para la celebración del II Congreso Internacional de Escritores.

En estos días primeros de julio va a celebrarse dicho Congreso en Valencia, Madrid y Barcelona, y por su carácter, por las circunstancias especiales que concurren hoy en nuestra Patria, y por las altas personalidades que han de acudir a él, ha de tener sin duda excepcional importancia.

En HORA DE ESPAÑA se ha de dar una amplia referencia del Congreso y la reproducción íntegra de muchos discursos. Pero ahora, en vísperas del acontecimiento, sólo queremos saludar a los escritores de todo el mundo que llegan a nuestro suelo,, pisoteado y herido por la barbarie del fascismo internacional. Queremos señalar que el más alto pensamiento, el más claro» el más humano, está a nuestro lado, está con nosotros. Y decir, a los que aún lo ignoran, que esta fe en la justicia y hondura de nuestra causa, esta certidumbre que tenemos todos los españoles, que tiene todo el verdadero pueblo español, de que al luchar por su propia libertad lucha también por la libertad del hombre, por la libertad del pensamiento, por la libertad del mundo entero, es para nosotros el mayor acicate en la pelea y la base en que fundamentamos nuestra gran esperanza en la victoria. Todos los pueblos, todos los mejores intelectuales están hoy con nosotros. Al llegar a nuestra España los saludamos con pesar, pero también con alegría por lo que esperamos,

¡Que vean de cerca, que sientan nuestra España! Ellos han de hablarnos, y el pueblo español, que ha respondido bravamente a la provocación fascista, que lucha por su independencia, por la cultura, sabrá oírlos, sabrá entenderlos; los entiende ya por el hecho solo de que vengan hoy aquí a España, con un gesto de magnífica solidaridad.

Ellos han de hablarnos, y la queja de nuestra tierra destrozada e invadida, la voz de tanta sangre derramada por culpa de unos miserables, ha de hablarles a ellos también muy íntimamente, afirmándolos más, si cabe, en su honesta y gallarda actitud de simpatía al pueblo español, a la República española. Y si observan luego la magnífica moral y disciplina de nuestro Ejército Popular, crecerá en ellos la confianza en el triunfo definitivo, en nuestro triunfo, que ha de ser el triunfo de toda la Humanidad progresiva.


Hora de España VII
Valencia, Julio 1937









1182. Mi última visita al Museo del Prado

Un atardecer de noviembre de 1936 fui al Museo del Prado. Generalmente, antes de la guerra, primaveras enteras, inviernos, otoños y veranos, sólo lo había visitado en las mañanas. De diez a una. Casi nunca, después de comer. Conservaba de los cuadros, de las obras maestras de nuestra pintura, un recuerdo como de estanque soleado, de agua profunda a plena luz, de espejo. Me sabía las salas de memoria, el orden antiguo de las obras y el reciente, después de las últimas reformas del Museo. Sin entornar los ojos, lo mismo que ese alumno que canturrea la tabla de multiplicar, puedo aún repetirme la colocación de los cuadros de Goya, Velázquez, El Greco, Rafael, Ticiano, Tintoretto... Tal vez me equivoque en los de Rubens, que alterne algunos lienzos de la planta baja y ciertos de los pasillos que conducen a las escaleras. Hasta ahora tuve el orgullo, tonto si se quiere, de saberme el Museo así como el romance que recitaba en los mítines, como las páginas de mi último libro. Hasta ahora...

Me hicieron entrar aquella tarde por una puerta que jamás había visto o que nunca me imaginé poder pasar por ella. Una linterna de minero me iluminó en redondo los escalones de una de esas escalerillas temerosas que bajan a los sótanos o a las mazmorras más profundas.

—Es Alberti —dijo una voz.

—Y su compañera.

Yo iba con María Teresa León. Poco a poco, dos milicianos fueron tomando cuerpo en lo oscuro. Salimos a un patio. El más viejo llevaba un pasamontañas gris con una estrella roja. Pistola a la cintura. El más joven, un casquete cuadrado; las manos en los bolsillos de un gabán ceniciento.

—Seguidnos por aquí, camaradas.

Otra escalera en sombras nos subió a una rotonda en la que tropecé, de pronto, con un pico de algo.

La lámpara minera alumbró una gruesa moldura cuyo filo lanzó chispas de oro. Del revés, y unos sobre otros, fueron apareciendo los cuadros en anchas filas apoyados contra los muros. Al azar, y como quien abre las páginas de un libro, metí la luz entre dos lienzos. Uno era la Emperatriz de Portugal, de Ticiano; el otro no se veía. Un trallazo de frío me recorrió la espalda al ir adivinando, al ir surgiendo de aquella fría sombra, amontonados, pero en ese orden especial que les dio la prisa, cuatro siglos, los más grandes seguramente de la pintura universal.

Seguimos.

Todo el Museo del Prado había descendido a los sótanos para guarecerse de los bárbaros e incultos trimotores alemanes. Desde el interior, las ventanas bajas habían sido cubiertas con planchas de metal y sacos terreros. Por fuera no tenían cristales. Más de cinco mil cuadros, centenares de obras maestras entre ellos, se veían allí como muertos de miedo, hombro con hombro, temblando en los rincones. Se me saltaron los ojos pensando en las salas desiertas, en la inmensa galería central despoblada. Quise subir, quise verlas, presenciar el espectáculo terrible, único, insospechado, de una de las mejores pinacotecas del mundo desnudas, de pronto, sus paredes, las que tantas maravillas habían sostenido. Pocos hombres, pocas personas de Madrid, de una ciudad casi sitiada, podrían pisar en aquellos momentos, recorrer de un piso a otro, de una sala a otra, aquel dolor sin nombre del Museo vacío.

Subimos una nueva escalera, misteriosa, desconocida.

En la rotonda de la entrada, antes de la gran galería, se alzaba un inmenso andamiaje, un desnudo armazón de madera que subía hasta la cúpula. Entre los travesaños y vigas entrecruzadas que componían aquel improvisado edificio se veía la estatua en bronce del emperador Carlos V con Francisco I encadenado a sus pies. Era el grupo escultórico de León Leoni. A través de la cúpula oscurecía el cielo. Una bomba incendiaria la había perforado, haciendo añicos sus cristales.

—Las maderas empezaron a arder —dijo el miliciano más viejo—. Pero entre éste y yo pudimos apagarlas.

Seguimos.

La larga galería central, más interminable que nunca, era como una calle después de una batalla. Dos inmensas trincheras se levantaban en el centro. Defendían, ocultas bajo ellas, las dos mesas de piedra sostenidas por leones, regalo del papa Pío V al infante don Juan de Austria. La madera del suelo, cuyo olor a cera mezclado con el del barniz de los cuadros me había perfumado tantas mañanas inolvidables, desaparecía ahora bajo una gruesa capa de tierra mezclada de cristales partidos. Hacía frío. Las vidrieras del techo, por las que bajaba antes, igualada, una suave luz cenital, también estaban rotas. Como ventanas ciegas, la huella de los cuadros descolgados se estampaba en los muros. Con los ojos, y según iba avanzando, fui poniendo los títulos: aquí, la Visión de San Pedro de Alcántara, de Zurbarán; enfrente, el San Bartolomé, de Ribera; más allá, Las fuentes de Aranjuez, de Juan Bautista M. del Mazo; luego, los Murillo, los Herrera... Vi los cauces de cinc de los canales que guían el agua de las lluvias, perforados por las bombas arrojadas para incendiar los Goya, los Velázquez, los Greco... Treinta y cuatro bengalas rodearon el edificio, cercándolo de luz en medio de la noche. La puntería así no podía fallar. Los aviones hitlerianos tenían conciencia de su vuelo. Sabían muy bien que allí no había soldados ni polvorines que hacer saltar. Una gran bomba de 200 kilos cayó en el centro del paseo. Más de diez metros de diámetro tenía el hoyo que hizo. Desde la fuente de Neptuno hasta la glorieta de Atocha, llovieron los cristales de las casas. De las preciosas fuentes de tazón que miran al Jardín Botánico, frente a la estatua de Murillo, una rodó por el asfalto, volcándose en fragmentos. El cielo se iba poniendo temeroso, sahumado a lo lejos por altas humaredas salidas de los barrios bombardeados. Algunas estrellas, asomándose tímidas entre los tejados y las torres, nos anunciaban la inminente visita nocturna de los aviones.

Bajamos de nuevo a los sótanos. En la sala de restauración nos aguardaba el subdirector del Museo. Ante los milicianos y varios carpinteros y empleados le dijimos, mostrándole una orden:

—El Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes autoriza a María Teresa León para evacuar inmediatamente, de acuerdo con usted, aquellas obras que sean más importantes y cuyo estado de conservación lo permita.

La cara de los milicianos se aclaró de alegría.

Cuanto antes salieran de Madrid las obras, más tranquilidad para todos, más ánimo para escuchar con menos sobresalto el zumbido diario de los motores enemigos.

Dos días después de aquella visita al Museo del Prado, en el patio de nuestra Alianza de Intelectuales Antifascistas, dormían hasta las tres de la madrugada Las Meninas de Velázquez, y el Carlos V a caballo de Ticiano. Las dos inmensas cajas, sujetas por barrotes de hierro a los lados del camión que había de transportarlas, y unidas fuertemente por entrecruzados travesaños de madera, levantaban un alto y extraño monumento, que hubo de cubrirse con grandes lonas para preservarlos de la humedad y la lluvia.

En un auto, milicianos armados del 5.° Regimiento llegaron a medianoche para custodiar la expedición. Dos motoristas de la columna motorizada se ofrecieron para vigilar la carretera e ir abriendo el paso a la histórica marcha.

—¡Camaradas! —les dijimos momentos antes de salir y en medio de la oscuridad más profunda—: el Gobierno de la República, su Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, os confía en esta noche dos de las obras maestras más valiosas de nuestro tesoro nacional. Los defensores de Madrid defienden su Museo. El mundo entero saludará mañana en vosotros a los verdaderos salvadores de la cultura.

Los motores se pusieron en marcha. Segundos después, aquellos motoristas, aquellos jóvenes milicianos que quizá no supieran ni leer, a oscuras, entre la niebla, muertos de frío y lentamente, salían de Madrid camino de Levante...

Yo, después de la evacuación de Las Meninas, no quise volver más por el Museo del Prado.


Rafael Alberti
El Mono Azul, Madrid, núm. 18, 3 de mayo de 1937









1011. Mensaje de Vallejo en el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas

César Vallejo participó en el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas celebrado en Julio de 1937, en Valencia, Madrid y Barcelona, organizado por la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Vallejo falleció nueve meses mas tarde, el 15 de abril, en París.


Estas fueron sus palabras al pueblo español:

"Traigo el saludo de mis compañeros al pueblo español que lucha con un interés sobrehumano, con una vocación sin precedentes en la Historia y que está asombrando al universo.

Vosotros sabéis que el Perú, al igual que otros pueblos de América, vive bajo el dominio de una dictadura implacable; esta dictadura se ha exacerbado. No se consiente que se pronuncie una palabra respecto de la república española en las calles de Lima ni en ninguna ciudad de la República. Los escritores han organizado una campaña de programa enorme en las más apartadas regiones del país, y esta campaña ha merecido la condena del gobierno.

Con este saludo de los escritores de nuestro país os traigo el saludo de las masas trabajadoras del Perú. Estas masas contrariamente a lo que podáis imaginaros, tratándose de un país que arrastra una vieja cadena de ignorancia y de obscuridad, ha podido desde el primer momento apercibirse de que la causa de la República española es la causa del Perú, es la causa del mundo entero. ¿Por qué, me preguntaréis, esta capacidad de rapidez con que las masas del Perú y del mundo entero se han dado cuenta de sus deberes hacia la República española? La explicación es clara: los pueblos que han sufrido una represión, una dictadura, el dominio de las clases dominantes, poderosas, durante siglos y siglos, llegan por una aspiración extraordinaria a tener esta rapidez; porque un largo dolor, una larga opresión social, castigan y acrisolan el instituto de libertad del hombre a favor de la libertad del mundo hasta cristalizarse en actos superiores, en acción de la libertad.

Las masas trabajadoras de América luchan, pues, al lado de las masas trabajadoras de España.

Hacen mal los estados y los Gobiernos de América en tratar de impedirlo, porque a pesar de estas obstrucciones, de estas detenciones, de estas persecuciones, estas masas llegan a organizar una acción de conjunto a favor de la República española.

Camaradas: los pueblos iberoamericanos ven claramente en el pueblo español en armas una causa que les es tanto más común cuanto que se trata de una misma raza y, sobre todo, de una misma historia, y lo digo no con un acento de orgullo familiar de raza, sino que lo digo con un acento de orgullo humano, y que solo una coincidencia histórica ha querido colocar a los pueblos de América muy cerca de los destinos de España.

América ve, pues, en el pueblo español cumplir su destino extraordinario en la historia de la humanidad, y la continuidad de este destino consiste en que a España le ha tocado ser la creadora de continentes; ella sacó de la nada un continente, y hoy saca de la nada al mundo entero.

Camaradas: he observado en el curso de los debates de este Congreso, desde sus comienzos, que todos los delegados han traído la voz pálida de sus respectivos países como mensajera de la vida revolucionaria de esos países; pero hay un punto, tocado muy someramente y que, a mi entender, es un punto de los más graves; es un punto que debía haberse tocado con mayor ahínco. Me refiero ahora al aspecto de la RESPONSABILIDAD DEL ESCRITOR ante la historia y, señaladamente, ante los momentos más graves de la historia. Este aspecto pobre de la conciencia profesional del escritor, el compañero, Grao, escritor holandés, lo ha tocado de un modo admirable.

Hablemos un poco de esa responsabilidad, porque creo que en este momento, más que nunca, los escritores libres están obligados a consubstanciarse con el pueblo, a hacer llegar su inteligencia a la inteligencia del pueblo y romper esa barrera secular que existe entre la inteligencia y el pueblo, entre el espíritu y la materia. Estas barreras, lo sabemos muy bien, han sido creadas por las clases dominantes anteriores al dominio de la monarquía. Creo, pues, necesario llamar la atención de los escritores del II Congreso Internacional Antifascista, diciéndoles que es necesario, no que el espíritu vaya a la materia, como diría cualquier escritor de la clase dominante, sino que es necesario que la materia se acerque al espíritu de la inteligencia, se acerque a ella horizontalmente no verticalmente; esto es, hombro a hombro.

Jesús decía: “Mi reino no es de este mundo”. Creo que ha llegado un momento en que la conciencia del escritor revolucionario puede concretarse en una fórmula, diciendo: “Mi reino es de este mundo, pero también del otro”.

Por desgracia, la conciencia de la responsabilidad profesional del escritor no está bastante desenvuelta entre la mayoría de los escritores del mundo. La mayor parte de los escritores están al lado del fascismo porque carecen de esta conciencia profesional, de esta conciencia de su acción histórica; pero nosotros tenemos de nuestro lado lo mejor del pensamiento del mundo, lo mejor en calidad. La prueba es que los mejores escritores de mayor valor intrínseco han venido a este Congreso a manifestar su adhesión a la causa del pueblo español.

Otra prueba de que la conciencia de la responsabilidad del escritor no está bastante desarrollada es que en las horas difíciles por que atraviesan los pueblos, la mayor parte de los escritores se callan ante las persecuciones de los gobernantes imperantes; nadie pronuncia una palabra en contra y, esta es una actitud muy cómoda. De desear sería que en nuestras horas de lucha en que la policía, la fuerza armada, están amenazando la vida, la actividad de los escritores y del pueblo entero, que estos escritores levanten su voz en estas horas y que tengan el valor de protestar de esta tiranía, de esta actitud.

Un camarada de los más notables dijo que de desear sería exigir de las Internacionales Obreras una mayor presión sobre las masas para que expresen su protesta contra las actitudes de los gobiernos respectivos, y para que bajen a las calles, a fin de prestar a la España republicana el innegable derecho que tiene de armarse contra la invasión extranjera.

Los responsables de lo que sucede en este mundo somos los escritores, porque tenemos el arma más formidable, que es el verbo. Arquímedes dijo: “Dadme un punto de apoyo, la palabra justa y el asunto justo, y moveré el mundo”; a nosotros, que poseemos ese punto de apoyo, nuestra pluma, nos toca pues, mover el mundo con esta arma.

Naturalmente, el problema se reduce a un problema de tipo personal y de interés de los propios escritores, porque no movilizamos nuestras plumas, no estamos contra los gobiernos, contra la prensa enemiga, contra los escritores llamados neutrales.

En la mayoría de los casos los escritores no tenemos heroicidad, no tenemos espíritu de sacrificio. Charloi decía: “Nosotros, los escritores, tenemos una vergüenza enorme que nos hace bajar la cabeza, y es la de ser escritores”.

Hora es de asumir nuestro papel valerosamente, tanto en las horas en que estemos bajo un gobierno propicio, como también en las horas que estamos bajo un gobierno adverso.

Estoy abusando del tiempo escaso de que disfrutamos; este congreso, naturalmente, no ha venido a discutir problemas de técnica profesional, pero hemos venido con un objeto, hemos venido en una misión profesional que consiste en darnos cuenta de la materia prima que debe de tener cada escritor creador, cuál es el contacto directo con la realidad española, que hoy más que nunca pueden dar buenos frutos.

Para nosotros los escritores revolucionarios, un hombre culto es el que contribuye individual y socialmente al desarrollo de la colectividad en un terreno libre de concordia, de armonía y justicia por el progreso común e individual.

De aquí que cuando hemos sabido cómo el 5º Regimiento había salvado los tesoros artísticos encontrados en el palacio del duque de Alba, y los había salvado al precio del sacrificio de alguna vida, exponiendo la existencia de estos camaradas, haya algunos compañeros intelectuales que se han preguntado: “¿Es posible que el concepto de cultura se haya tamizado hasta el punto que el hombre tenga que ser el esclavo de lo que ha hecho sacrificando su vida en servicio de una escultura, de un cuadro de pintura, etc.?”

Para nosotros el concepto de cultura es otro; creemos que los museos son obras más o menos perecederas de la capacidad más gigantesca que tiene el hombre, y querríamos que en un radio de ensueño artístico, de ideal casi absurdo, querríamos, digo, que en esta contingencia trágica del pueblo español suceda lo contrario. Que en medio de una batalla de las que libra el pueblo español y el mundo entero, los Museos, los personajes que figuran en los cuadros hayan recibido tal soplo de vitalidad que se conviertan también en soldados en beneficio de la humanidad. Es necesario darnos cuenta de nuestra misión aquí.

En Perú respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. 

Es necesario que cuando volvamos a nuestros países no olvidemos la situación de esta lucha del pueblo español. Hay que movilizar los espíritus, las masas a favor de la República española

Unas cuantas palabras más y termino. Este Congreso se denomina Congreso para la defensa de la cultura, pero difícilmente los intelectuales del mundo se ponen de acuerdo.

Hace algunos años, este tema fue materia de discusión interesantísima para saber si un hombre es culto o no lo es. Un escritor inglés decía: “el hombre culto es un hombre honrado que cumple exactamente con sus deberes, con su amistad, etc., aun cuando sea un perfecto ignorante, un inepto y no sepa apreciar la sinfonía de Beethoven”.

Un francés decía: “Para nosotros, un hombre culto es un hombre que se ha especializado en un ramo, y en ese ramo ha hecho un descubrimiento de gran beneficio para la humanidad, aunque sea un hombre deshonesto y no honrado”.


Fotografía: César Vallejo,  Nicolás Guillén, Pablo Neruda y José Bergamín ataviado con traje del EPR, tomada en Valencia, II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, Julio 1937.