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| Izado de la bandera nazi en el Arco del Triunfo de París. Foto: ABC |
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Sembradores de pánico
El desenlace de la tragedia planteada en estos términos fue
fulminante. Después de diez meses de simulacro de guerra, de guerra podrida,
como se la ha llamado, Francia estaba tan deshecha que se derrumbaba con un
soplo como un castillo de naipes.
Aún antes de que el peligro se presentase real y
verdaderamente, París daba la voz de «sálvese el que pueda». No había hecho
Alemania más que iniciar el ataque cuando el aparato burocrático del Estado
iniciaba la desbandada. Al primer día de la ofensiva alemana contra Francia, el
mismo Quai d'Orsay, a la cabeza de los sembradores de pánico, hacía la
indicación confidencial a las representaciones diplomáticas acreditadas en
París de que debían estar dispuestas a partir y les recomendaba que destruyesen
los archivos que les fuese imposible transportar. El Quai d'Orsay mismo
procedía a quemar los suyos. Análogo movimiento de terror se producía en el
Ministerio de Información, desde donde se difundieron las primeras
informaciones de una derrota que todavía no se había producido y que horas
después eran rectificadas. Era el Estado mismo, por medio de sus funcionarios,
el que creaba la atmósfera de la catástrofe.
Lo verdaderamente extraordinario era la serenidad, la calma o
la indiferencia —no sé— de las gentes sencillas de París al nerviosismo y el
desbarajuste de los centros oficiales.
Aquella primera espantada pudo ser dominada por el gobierno.
La quinta columna se había precipitado. Se dieron órdenes terminantes para que
ningún funcionario abandonase su puesto, se anularon las órdenes de evacuación
que insensatamente se habían dado y se consiguió restablecer a lo menos una
apariencia de normalidad en los servicios dando la impresión de que después de
un momento de debilidad el gobierno se reafirmaba y se disponía a dar la
batalla para la defensa de París.
Mandel, desde el Ministerio del Interior, aguijoneaba
furiosamente a la policía en la represión de las actividades de la quinta
columna, pero sus esfuerzos se estrellaban contra la incapacidad y la mala
voluntad de sus agentes para quienes la quinta columna, formada por personas
respetables, bien reputadas y con elevadas situaciones incluso en la
Administración, era absolutamente inasequible. ¿Es que si el propio Abetz,
creador y jefe de la quinta columna, hubiese estado en París habría habido un
agente de policía francés capaz de detener a tan importante personaje? ¿Es que
los agentes de la Süreté Genérale podían impunemente hacer sus incursiones en
los salones de la alta sociedad parisiense y en las esferas oficiales? ¿Es que
hubieran podido llevarse en calidad de agentes de la quinta columna a Madame Bonnet,
esposa del ex ministro de Negocios Extranjeros, y aun a la propia Madame de
Portes, la amiga íntima del presidente del Consejo?
No. La Policía cumplía buenamente su misión expurgando sus
ficheros en los que no figuraban tan brillantes personajes y llenando los
stadiums de Buffalo y Roland Carros con miles de pobres diablos, refugiados
extranjeros, todo el residuo de humanidad que la monstruosa elaboración de los
Estados totalitarios había arrojado sobre Francia, tierra de asilo.
La conducta de Francia en el momento de peligro con los
refugiados que habían estado sirviéndola lealmente ha sido innoble. Quince días
antes de que llegasen a París los alemanes he visto a la policía sacar de los
departamentos ministeriales en los que prestaban servicio, a los antifascistas
extranjeros que se habían hecho acreedores por su historia y sus méritos
personales a la confianza del gobierno. Si no merecían esa confianza no
hubieran debido estar allí. Si la merecían no hubieran debido recibir tal pago:
el de entregarles codo con codo a la venganza de Hitler.
En cambio, he visto el día de la entrada de Italia en la
guerra cómo los agentes de policía filofascistas fraternizaban con los
italianos a quienes tenían orden de detener procurando congraciarse con los
futuros amos cuyo triunfo inmediato admitían y deseaban. En fin de cuentas, los
pobres agentes no hacían ni más ni menos que los señores Laval y Flandin, cuya
política no era otra que la de prepararse el terreno para las recepciones que
hoy les dispensa el jefe de la quinta columna Herr Abetz convertido por Hitler,
para humillación de Francia, en embajador del Tercer Reich cerca del gobierno
de Vichy.
La aviación, arma psicológica
Siguiendo su táctica habitual, a medida que sus columnas
avanzaban sobre París, Hitler intensificaba la acción de sus aviones de
bombardeo sobre la cintura industrial de la capital y sobre sus nudos de
comunicación. Esta táctica, que habíamos visto dibujarse ya en la guerra de
España, consiste en el empleo de la aviación, más que como arma de destrucción
eficaz y sistemática, como instrumento de desmoralización de la retaguardia
inmediata en la que se apoya el frente.
La aviación ha sido hasta ahora un arma de eficacia
principalmente psicológica. Los aviones de Hitler son más temibles por el
momento psicológico en que los emplea que por su potencia real de destrucción,
que es mínima. La finalidad principal que con ellos persigue es provocar la
evacuación de las ciudades que sirven de base a los ejércitos desorganizando
como es consiguiente los servicios y privando a las tropas tanto de la
regularidad de los abastecimientos como del soporte moral que representa para
el soldado que está en la trinchera el tener como sólida retaguardia una ciudad
cuya vida normal continúa imperturbable. Madrid pudo ser defendido por la
paradoja heroica de que los soldados podían ir y venir del frente en tranvía,
porque las legumbres y las verduras que había se vendían a la espalda de los
parapetos y porque los carteros hacían la distribución de la correspondencia
sorteando las balas y saltando por encima de las alambradas. En la guerra total
que a nuestra época le ha tocado hacer, toda evacuación es el prólogo de una
derrota.
Para crear en París el ambiente favorable a la derrota la
aviación alemana no tuvo que esforzarse demasiado. Le bastó con un solo
bombardeo más espectacular que eficaz hecho en el momento crítico. Un millar de
bombas de pequeño calibre arrojadas sobre París y sus alrededores en pleno día,
a la una de la tarde, bastaron para que la capital de Francia creyese que había
llegado la hora de claudicar.
El efecto material de ese bombardeo fue limitadísimo. Media
docena de casas destruidas, unos incendios rápidamente sofocados y en total
unos doscientos cincuenta muertos bastaron para el derrumbamiento de una ciudad
de cuatro millones de habitantes. Lo cierto fue que en el enorme volumen de la
capital los parisienses no pudieron darse cuenta siquiera de que habían sido
objeto de un ataque a fondo de la aviación enemiga. La destrucción de una casa
por cada diez mil casas y la muerte de una persona por cada cinco mil personas
no es un estrago que tenga volumen suficiente para provocar el movimiento de
pánico colectivo que se produjo. Para conseguir ese mínimo estrago material la
aviación alemana había tenido que utilizar centenares de aviones (a lo menos
doscientos) y en la operación había sufrido la pérdida de veintitantos
aparatos. No puede decirse que fuera una operación de resultados satisfactorios
que pudiera ser repetida frecuentemente.
Los resultados del empleo de la aviación en masa contra las
grandes ciudades no eran, pues, ni mucho menos, los que se temían.
Si algo se demostraba era precisamente que la potencia
destructora de la aviación es infinitamente menor de lo que se supone. Cuando
se habla, a tontas y locas, de la destrucción de París, Berlín o Londres por
los bombardeos aéreos ¿se piensa seriamente en los miles y miles de aviones y
de toneladas de explosivos que sería necesario emplear para conseguir
resultados apreciables? Hoy por hoy, las masas de aviación que se pueden
emplear, aun teniendo en cuenta el grado de intensificación de la producción a
que últimamente se ha llegado, no permiten todavía aceptar que los efectos de
sus destrucciones puedan ser decisivos en las grandes aglomeraciones. La
demostración que hicieron los aviones alemanes sobre Guernica, donde
concentraron en un área pequeñísima una masa de destrucción formidable a la que
no se le oponía fuerza alguna de combate, no ha sido después confirmada ni en
Varsovia, ni en Rotterdam, ni en París. Ni siquiera había podido ser repetida
con éxito en Barcelona o Madrid. Y ahora, en Inglaterra, esto se está
demostrando hasta la saciedad.
Ahora bien, si los efectos materiales son limitados, los
efectos morales son inconmensurables. Hay que rendirse a la evidencia. La
aviación es un arma de una eficacia psicológica formidable. Ese bombardeo único
de París que hubiese hecho sonreír desdeñosamente a los madrileños, acabó
virtualmente con la resistencia de la capital de Francia. Para que no fuese así
hubiese hecho falta que los parisienses, en vez de hallarse favorablemente
inclinados a las sugestiones catastróficas tanto por la táctica derrotista de
sus dirigentes como por la acción subrepticia de la quinta columna, hubiesen
tenido serenidad bastante para templar su ánimo y mirar cara a cara el peligro
aéreo y medirlo exactamente. Entonces se hubiese producido el fenómeno
contrario y se hubiese visto cómo los parisienses igual que hicieron los
madrileños, pasado el primer momento de pavor, desaparecido el tremendo efecto
psicológico de los primeros bombardeos, reanudaban su vida de siempre, con
mayor o menor incomodidad y sufrimiento, con mayor o menor estrago, pero con
una resolución y una moral que ya entonces serían indestructibles. Porque hay
algo evidente. Lo que la aviación no consigue gracias al estupor del primer
bombardeo luego no lo consigue nunca aunque su capacidad de destrucción llegue
a ser aterradora. Este es el inconveniente de toda arma que sobre su eficacia
verdadera cuenta con el efecto psicológico que su empleo produce.
En general, no sólo de la aviación sino también de los
tanques, de la panzerdivision, de la mina magnética, del parachutismo, de la
quinta columna y, sin excepción, de todos los sistemas de guerra puestos en práctica
por el hitlerismo se puede decir otro tanto. Sobrepasados los efectos
psicológicos del terrorismo que sistemáticamente practica, su eficacia real es
mínima.
París no se defiende
Esto explicaba la eficacia, que a algunos se les antoja
inverosímil, de la quinta columna. Los escuadrones del pánico fueron en París
maravillosamente eficaces. Sus consignas, dictadas desde Berlín, guiaban hacia
el abismo a unas muchedumbres ciegas que se dejaban llevar sin oponer
resistencia y sin que fuesen capaces de ninguna reacción patriótica que
deshiciese aquella fatal fascinación.
Los sofismas del derrotismo eran a veces burdos y elementales
pero en ocasiones alcanzaban una sutileza verdaderamente diabólica. Apenas se
concretó la amenaza sobre París de las divisiones alemanas, el instinto de
defensa empezó a crear una atmósfera de resistencia de la ciudad que hubiese
podido ser el origen de una reacción nacional salvadora. París podía y debía
ser defendido. Estratégicamente, la lucha en los arrabales de la ciudad era el
único medio hábil de que el ejército francés disponía para poder aniquilar una
tras otra a las divisiones alemanas motorizadas. Lo que no había sido posible
en campaña rasa era técnicamente realizable en la enorme aglomeración de París
teniendo en cuenta sobre todo que el ejército francés venía retirándose en
perfecto orden.
El verdadero campo de batalla de la guerra moderna es la
ciudad misma. Frente a la movilidad y a la concentración destructora de las
divisiones blindadas es vano quererles prohibir el acceso a los campos abiertos
y es inútil ponerle puertas al campo como se había pretendido hacer con la
línea Maginot. En campo abierto la lucha es casi imposible. Donde se puede
luchar bien es en las ciudades, en las calles, en las casas, cada una de las
cuales es un elemento de defensa que en plena campaña no es posible improvisar
con la profusión necesaria. Estas ideas que, según parece, responden a una
concepción estratégica verdaderamente moderna, iban prendiendo en el ánimo del
gobierno, las defendían muchos militares prestigiosos y empezaba a
entusiasmarse con ellas la población civil de París. Henri de Kérillis
clarineaba desde su periódico que la guerra se ganaría en París o no se
ganaría. ¿Quién sabe si el milagro, aquel milagro en el que tenía que creer
Reynaud y que era la única esperanza de salvación para Francia, podría
producirse entre Saint Denis y la Porte d'Auteuil? ¿No se había producido tres
años antes ese mismo milagro en la Ciudad Universitaria de Madrid?
Pero inmediatamente, con una rapidez fabulosa, se difundía
por París un sofisma que esterilizaba estas veleidades de resistencia. La
argucia que empujaba a Francia a entregar París sin lucha se basaba únicamente
en la pseudopatriótica consideración de que sería un crimen horrendo consentir
la destrucción por los alemanes de los monumentos artísticos y arqueológicos de
la ciudad, exponer sus joyas arquitectónicas al peligro de los bombardeos por
la insensata aventura de una defensa desesperada. Toda la beatería intelectual
y todo el tartufismo burgués, obedeciendo a esta hábil sugestión de la
propaganda del doctor Goebbels, se puso a derramar abundantes lágrimas de
cocodrilo sobre las torres de Nôtre Dame como si ya las viesen derruidas por su
culpa. Y con grande y trágico ademán renunciaban en aras de la civilización a
la defensa de la civilización misma. París, que al trasladarse el gobierno a
Tours estaba a punto de convertirse en el baluarte de Francia, era entregado
sin lucha a los agentes de la circulación que Hitler mandaba en vanguardia para
que lo conquistasen.
La catástrofe
La evacuación de París por el mundo oficial, la enorme
balumba de los funcionarios, y las mecanógrafas con sus montañas de expedientes
atados con balduque, fue un lamentable espectáculo ofrecido cínicamente al
pueblo parisién cuya conformidad y resignación fueron puestas a prueba. A la
puerta de los ministerios se renovaban las caravanas de autocares y automóviles
oficiales que partían cargados de burócratas a quienes el miedo no quitaba, sin
embargo, el aire bizarro de partir en vacaciones, un congé payé extraordinario
en las orillas del Loira que, al aproximarse el verano, no presentaba
perspectivas totalmente desagradables. Difícilmente se encontraría en
circunstancias igualmente trágicas una muchedumbre tan inconsciente y frivola
como la de aquellas manadas de funcionarios que escapaban despreocupados
hablando en voz alta y campanuda de la victoire y diciendo en voz baja y
confidencialmente: « Vraiment, ce salaud de Hitler c'est un type épatant».
En el ministerio al que me encontraba adscrito no quedaba ni
un portero a partir del lunes por la tarde. Y los alemanes no llegaron a París
hasta el viernes. Únicamente vagaban por los pasillos como almas en pena unos
cuantos colaboradores extranjeros del departamento, italianos antifascistas,
judíos de nacionalidad dudosa y raza bien acusada, y rojos españoles que
habíamos sido dejados por cuenta a Hitler. Hubo un momento en el que pensamos
reunimos en el desierto despacho del ministro y constituir un gobierno de refugiados.
Lo mismo que nosotros hubieran podido hacerlo en aquellos momentos las gentes
sencillas que desde la acera de enfrente del ministerio habían estado
presenciando pacientemente la fuga desvergonzada del mundo oficial.
En realidad, durante todo el lunes y la mañana del martes,
cuando el pueblo de París se dio cuenta de la trágica situación en que lo
habían dejado, empezó a advertirse un sentimiento de indignación que no
presagiaba nada bueno. En las bocas del metro y a la puerta de los bistrots la
gente que iba a su trabajo y los curiosos formaban corrillos en los que, por
primera vez, no se hablaba el lenguaje convencional e hipócrita que se había
oído durante toda la guerra, sino el lenguaje fuerte y amenazador del verdadero
pueblo librado a sus instintos.
París, ya casi desierto, había tomado un aire siniestro.
Envuelto totalmente en una densa humareda artificial, tenía una luz cernida de
apocalipsis, una atmósfera cargada y espesa en la que las gentes se movían como
espectros. De aquella niebla negra en la que aparecían difuminadas las siluetas
de los edificios y el sol en el cénit era como un pálido disco anaranjado,
surgían, igual que sombras, unas gentes asustadas que se preguntaban con
angustia: «¿Qué pasa?». La guerra moderna, con sus vastas posibilidades
técnicas, había preparado gracias a aquella humareda artificial, una mise en
scéne de día de juicio final para la entrada de los alemanes en París.
No se tenía ninguna noticia de lo que pasaba fuera. Se
pusieron en circulación los más absurdos y fantásticos rumores, que la gente
creía a pie juntillas. Se aseguraba que Rusia había entrado en la guerra al
lado de los aliados. Unas horas después, era el Japón el que había declarado la
guerra a Alemania. La gente se apelotonaba en los boulevards ante los cafés
cerrados y se estacionaba en la plaza de la Bolsa ante el edificio de la
Agencia Havas pidiendo la confirmación de aquellas noticias de cuya veracidad
nadie dudaba; sin embargo, cuando los redactores de Havas desde los balcones
decíamos a gritos que tales noticias eran falsas se enfurecían contra nosotros
y nos acusaban de derrotistas y de agentes de la quinta columna. Aun en el
último instante, la ingenua esperanza en el maravilloso poder de liberación que
en el mundo había sabido suscitar la patria del proletariado era sabiamente
explotada por la propaganda nazi, que difundía arteramente tales rumores para
acabar de sembrar la confusión en los espíritus.
El gobernador militar de París, general Hering, comenzó a
tomar precauciones contra la revuelta que se dibujaba en el ambiente. A
mediodía del martes se cerraron todos los bistrots y París tomó definitivamente
el aspecto de una ciudad muerta con el que habían de encontrarla los alemanes.
Si éstos hubiesen tardado tres días más y si no hubiesen tenido perfectamente
controlados por medio de su quinta columna y de los comunistas a su servicio
los movimientos populares de París, tal vez habrían tenido que entrar a tiros y
asaltando las barricadas de una revolución popular cuyo signo hubiera sido imposible
prever.
El éxodo
El éxodo de un millón de parisienses en pos del gobierno y de
los funcionarios fue algo espantoso, inenarrable. Día y noche las salidas de
París estuvieron obstruidas por cuatro filas de vehículos de toda clase,
cargados hasta los topes, que marchaban penosamente deteniéndose constantemente
y al paso de los más lentos, los grandes y pesados carromatos que utilizan los
campesinos para transportar el heno, tras los cuales habían de marchar con
desesperante lentitud los potentes automóviles de la gran burguesía parisién
que se ponía en salvo llevándose celosamente consigo sus riquezas
transportables, la plata, los tapices, las joyas, los cuadros, hasta los
muebles valiosos izados disparadamente sobre la capota de los coches. No creo
que antes de ahora se haya dado en el mundo el espectáculo formidable del éxodo
de un pueblo civilizado que, con todo su progreso material y mecánico, sus
aparatos de radio, sus automóviles de lujo, sus motocicletas, sus instrumentos
de confort y sus riquezas daba, sin embargo, la sensación exacta de una tribu
bíblica que emprendía el camino de la tierra de promisión como en las enormes
migraciones legendarias de los pueblos de la antigüedad.
En los últimos momentos, el pánico colectivo de los
parisienses fue tal que los que no habían podido escapar de otra manera lo
hacían a pie marchando entre las filas apretadas de vehículos con sus hatillos
miserables a la espalda, las mujeres empujando los cochecitos infantiles en los
que habían metido sus pobres ajuares, los jóvenes pedaleando en sus bicicletas,
los ancianos apoyándose en sus báculos, símbolos de otras edades que
reaparecían a lo largo de la fatigosa caminata. La obsesión común de aquella
enorme muchedumbre aterrorizada era alejarse, alejarse siempre, cada vez más,
ganar distancia, como fuera, con los pies hinchados, a rastras si era
necesario. Fue en aquellas horas espantosas cuando la masa francesa debió de
pensar por primera vez que acaso hubiese sido mejor hacer la guerra que
sufrirla.
La gasolina era la salvación, la vida, más preciosa que la
sangre. Los que se quedaban sin gasolina en la carretera permanecían días
enteros arrimados a una cuneta esperando inútilmente que entre los cientos de
miles de semejantes que pasaban junto a ellos hubiese un alma caritativa que
les cediese una poca. Era inútil esperarlo. El egoísmo de las gentes era feroz.
Yo he visto una pobre mujer en un pequeño automóvil que se había quedado sin
gasolina y llevaba ya dos días al borde del camino con tres criaturitas que
lloraban incansablemente mientras pasaban a su lado cientos de miles de seres
humanos que ni siquiera volvían la cabeza.
El fenómeno más curioso era la formidable capacidad de olvido
y despreocupaciones de esta muchedumbre que, en unas horas, pasaba casi sin
transición del sufrimiento y la desesperación más espantosos a la frivolidad y
el optimismo más injustificables. Las mismas gentes que habían salido de París
angustiadas y después de un viaje de pesadilla se encontraban a quinientos
kilómetros habiendo perdido sus bienes, con sus familias dispersas y su patria
deshecha, eran las que horas después en las terrazas de los cafés de Biarritz o
San Juan de Luz charlaban y reían ante un vaso de aperitivo y no tenían más
obsesión que la de encontrar un buen restaurant, una cama confortable y una
persona complaciente y de buen humor con quien entregarse al goce sensual de la
existencia. El hombre moderno puede pasar por penalidades terribles; pero no
hay que tenerle demasiada lástima. Su facultad de inhibición es prodigiosa. Yo
he visto en Biarritz entre una muchedumbre despreocupada de refugiados
franceses, belgas, holandeses, polacos y judíos de todas las nacionalidades,
que se creían ricos todavía porque aún les quedaban en la cartera unos fajos de
billetes de banco con que pagar la cuenta del hotel, el gesto de desdeñosa
incredulidad con que era acogida la noticia de que París había sucumbido: «¿Que
los alemanes están en París? Sans blague!». Y las gentes se encogían de hombros
y pedían un nuevo aperitivo.
Tours-Burdeos
Mientras Francia agonizaba en Tours, donde se reunían los
ministros a altas horas de la madrugada para velar su agonía e ir constatando,
impotentes, los síntomas progresivos del coma, París, con el que se había
estado en comunicación telefónica hasta la madrugada del jueves al viernes, no
respondía ya a las llamadas de Tours. El ejército, que hasta entonces había ido
retirándose en orden y como si hubiese seguido un plan estratégico
preconcebido, se había lanzado ya a la desbandada y cada soldado, tirando el
fusil, huía como podía. Hasta Tours llegaban furtivamente en motocicletas y
camiones, soldados y oficiales desertores que, temiendo ser fusilados si se
operaba una reacción defensiva, se convertían en frenéticos sembradores de
pánico.
La muchedumbre que había dormido tirada por el suelo en los
alrededores de la estación se despertaba con un ansia loca de reanudar la huida
hacia el sur. Se afirmaba que los parlamentarios se habían embarcado ya en
Burdeos con rumbo a Canadá y se aseguraba que las divisiones alemanas
continuaban avanzando hacia el Loira sin detenerse en París y estarían en Tours
a la noche siguiente.
Tours se preparó para la defensa. Es decir, fue minado el
puente y se colocó a su entrada un cañón de setenta y cinco. Aquello era una
farsa siniestra. Bastó que la aviación alemana siguiendo su táctica hiciese una
impresionante aparición sobre Tours en aquel momento psicológico para que el
gobierno y sus manadas de burócratas emprendieran de nuevo el trote hacia
Burdeos y tras ellos la masa ingente que venían arrastrando desde París.
Francia, cuando el gobierno llegó a Burdeos, era como una
bestia herida de muerte y acorralada que busca el rincón más oculto de su
guarida para echarse a morir. Era inútil todo intento de hacerla reaccionar.
La propuesta de Winston Churchill, que no era sino una oferta
generosa de transfusión de sangre a un moribundo, fue rechazada con un ademán
de desesperación. Francia no quería seguir viviendo, no quería seguir luchando,
estaba resignada a morir. Hasta en aquel instante supremo de vida o muerte
estuvo pesando sobre la fatal resolución de Francia aquella voluntad funesta de
autoaniquilamiento, de suicidio, que ha presidido el triste destino de una
nación que tenía derecho a ser inmortal. El último sobresalto del patriotismo
francés fue para rechazar de plano el pacto de sangre que Inglaterra le
ofrecía. «¿Es que vamos a dejar de ser franceses para convertirnos en súbditos
de su Majestad Británica?», gritaba escandalizado por las calles de Burdeos
aquel chauvinismo ciego, estúpido, que ha conducido a la esclavitud a la patria
que decía amar.
En los consejos de ministros del Hôtel de Ville de Burdeos,
el gobierno Reynaud, que tenía en su seno a los elementos que habían de
consumar la traición de Francia a sí misma y a sus aliados, fue derribado.
Vencían la ceguera insigne y la testarudez octogenaria del mariscal Pétain
obsesionado por la idea siniestra de que Francia se salvaría entregando a
Alemania el cadáver de la democracia. Esta idea absurda, que había sido
infiltrada en las masas francesas gracias a la propaganda alemana, ha sido la
causa fundamental de la caída de Francia.
«No hagamos una guerra ideológica —decían los agentes de la
quinta columna —; sacrifiquemos la democracia, la libertad política y la
república, si es necesario; abandonemos el lastre de nuestros compromisos con
los pueblos débiles, que han sido ya arrollados, y de nuestra alianza con
Inglaterra, que se niega a capitular y nos obliga a continuar la guerra para
defender su imperio y a los capitalistas de la City; adoptemos la doctrina que
ha hecho poderoso al adversario y los métodos que le llevan a la victoria;
entremos en la órbita de las potencias totalitarias y Francia no perecerá. El
equilibrio de las potencias totalitarias en Europa exige la supervivencia de
una Francia fuerte. Aun aceptando la hegemonía alemana, Francia, Italia y
España, identificadas, tendrán su place au soleil si llegan a formar un solo
bloque totalitario en el Mediterráneo, de donde la Gran Bretaña tiene que ser
eliminada. Este bloque, andando el tiempo, podrá ser el único contrapeso eficaz
de las ambiciones germánicas en Europa, dando por supuesto que la Alemania
hitleriana se niegue definitivamente a cumplir la misión providencial para la
que había sido creada, la invasión de Rusia y el aniquilamiento del
bolcheviquismo. Si el Imperio británico, por su parte, quiere seguir la guerra
hasta la exterminación del nazismo, allá él con sus intereses. Nosotros podemos
someternos y nuestra sumisión nos salva. Si Hitler vence a Inglaterra habremos
sido los colaboradores más eficaces de su triunfo y ocasión habrá de cotizarlo.
Si Inglaterra vence a Hitler, con la victoria de la democracia británica
recobraremos nuestra libertad sin haber tenido que pagar el duro rescate de un
millón de vidas que hoy se nos exige por ella.»
Esta fue la plataforma de la quinta columna. Esto fue lo que
arrastró a los patriotas franceses a la traición. Y esto fue lo que triunfó en
Burdeos el domingo 16 de junio de 1940 en medio de una muchedumbre indiferente que
llenaba los jardincillos del Hôtel de Ville viendo entrar y salir a los
ministros con frívola curiosidad mientras las columnas alemanas llegaban a las
orillas del Loira sin encontrar resistencia. Y aquella misma noche el mariscal
Pétain empezaba a encarcelar a los hombres de espíritu liberal, a perseguir a
los judíos, a maldecir a los demócratas y a pronunciar discursos contra las
plutodemocracias. ¡Pétain!
El nudo de la tragedia
La caída de Francia no es, sin embargo, el drama lamentable
de un pueblo cobarde que no ha querido batirse. No. Francia, durante los meses
de la guerra, que han sido su agonía, lucha, no contra el enemigo exterior,
sino consigo misma. El proceso de su caída es una verdadera tragedia con todos
los elementos de la tragedia clásica. Es la lucha de lo consciente contra lo
inconsciente, del hombre contra el mito, del héroe contra la divinidad. Nuestra
época, por extraño que nos parezca, es gran creadora de mitos y este del Estado
totalitario, del Estado-Moloch, ha sido la divinidad bárbara a la que Francia
ha sido sacrificada por sus propios hijos.
El nudo de esta tragedia de Francia radica en la sugestión
fatal que sobre el hombre francés contemporáneo han ejercido esos mitos
bárbaros que tenía que combatir, no ya porque combatirlos fuera su deber moral
de ser civilizado, sino porque para seguir existiendo físicamente tenía que
vencerlos, ya que esa divinidad del totalitarismo sólo había sido creada en su
daño y para su perdición. Esta lucha interior que se desarrolla entre su conciencia
de pueblo culto, ni un solo momento adormecida, y la fascinación que sobre él
han ejercido las fuerzas de destrucción puestas en juego para aniquilarle, es
lo que provoca el patético desgarramiento interior en el que Francia sucumbe.
Francia había llegado a enamorarse de su verdugo. Esta
aberración, que en el ser humano aislado no es más que un caso de perversión
sexual, al dominar a un pueblo y sobre todo a un pueblo superior como el de
Francia, ha dado origen a una de las tragedias más hondas de la historia.
Tragedia, naturalmente, sin solución, sin más desenlace
posible que el aniquilamiento del protagonista. Porque, a pesar de la
fascinación que ha padecido, el pueblo francés, en el fondo de su conciencia
insobornable, sabe que en ese mito bárbaro del totalitarismo al que se ha
sacrificado, no hay nada, absolutamente nada más que una rudimentaria y bestial
expresión biológica. Francia sabe, y no ha podido olvidarlo, que hasta ahora no
se ha descubierto ninguna forma de convivencia humana superior al diálogo, ni
se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de una asamblea
deliberante, ni hay otro régimen de selección mejor que el de la libre
concurrencia: es decir; la paz, la libertad, la democracia.
En el mundo no hay más.
«A una colectividad se le engaña siempre mejor que a un
hombre.»
Pío Baroja
Manuel Chaves Nogales
La agonía de Francia (Versión original española de The fall of France). Claudio García y Cía Editorial, 1941, Montevideo