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3456. ¿Qué es el fascismo? III

Un barco de guerra de la Alemania nazi en el puerto de Alicante en 1936 (septiembre-octubre) -
Colección de José Antonio Carrasco Pacheco


En Alemania el fascismo siguió la misma táctica, aunque los problemas por ser distintos fueron enfocados también con distintos objetivos. 

Alemania duramente castigada por los aliados, al terminar la guerra, sufrió una quiebra económica, que trajo para el país la ruina y el paro obrero. 

Las deudas de la guerra impuestas por el Tratado de Versalles fueron una enorme carga que pesó sobre Alemania como una losa de plomo... cuya responsabilidad alcanza por entero a las democracias europeas, que antes que la liberación de un pueblo ponen siempre sus intereses capitalistas. 

Los Gobiernos de la postguerra en Alemania no pudieron salvar su ruina, porque pesaba sobre ellos las deudas de la Gran Guerra, y como no podía atender el hombre, de aquellas masas, perdiendo además el tiempo y las energías en discutir y en odiarse aquellos partidos obreros, surgió el Hitler con su bandera de lucha contra las deudas y la liberación de Alemania. 

Ese fué el lazo en el que cayeron aquellas multitudes y así llegaba al poder el nuevo asesino y verdugo de las conquistas obreras y las libertades públicas.

Para apreciar de qué medios tuvo que valerse Hitler para encubrir sus designios no hay más que observar su apellido de nacionalsocialista.

Es decir, que temeroso de que las masas no le siguieran por la fuerza que allí tuvo la bandera socialista, él se cogió ese apellido de nacionalsocialista, haciendo creer a las masas que la justicia social y las conquistas obreras iban a tener en él sus mejores defensores. 

Así conquistó el poder el nuevo Mussolini alemán, robando a las masas obreras una bandera que no era de él, pero que le sirvió admirablemente para tomar el poder y destruir desde él todo lo que en Alemania representaba una fuerza de libertad y progreso. 

La democracia europea tuvo en ello su mayor culpa, al echar sobre las espaldas de un pueblo unas deudas de guerra, que representaban la ruina y la quiebra del trabajo en Alemania, y la tuvieron también en buena parte los directores de aquellas masas, que en vez de unirse en el esfuerzo común se entretuvieron con sus luchas y sus discordias, dando paso al enemigo, al gran enemigo, al gran tirano del pueblo. 


Un Marinero
La Armada, órgano oficial de los marinos de la República
Cartagena, 27 de marzo de 1937









2937. Desde el mirador de la guerra. La gran tolvanera

La segunda cortina de humo que, para hacer pendant a la centro-oriental, ya casi extinguida, ha de levantarse en el occidente europeo, va a consistir en sobrestimar lo que se pretende escatimar a Hitler y a Mussolimi —por ejemplo: las colonias africanas que Hitler parece reclamar, etc.— para encubrir o paliar concesiones mucho más graves, no sólo para nosotros, los españoles, sino también, y sobre todo, para Inglaterra y para Francia, las concesiones que en la zona española piensan hacer los defensores del fascio en Londres y en París.

Es evidente, de toda evidencia, que el simple otorgamiento de la beligerancia a Franco, sin que Italia y Alemania hayan retirado la totalidad de las fuerzas invasoras de nuestra península, implica un apoyo, una ayuda y un aliento para los propósitos en España de Hitler y de Mussolini, y que ello supone para el porvenir de Francia y de Inglaterra un daño mucho más grave que la devolución de unas colonias que, digámoslo de paso, fueron arrebatadas a Alemania en aquel abuso de una justa victoria que se llamó tratado de Versalles. Alemania, por su parte, no ha de hacer demasiado hincapié para que se les devuelvan con premura, porque cree tener sobrada fuerza para recobrarlas, porque aspira a mucho más y porque, fiel a sí misma, no gusta de invocar sus razones, mientras pueda inventar alguna sinrazón monstruosa que aterre al mundo.

Quienes disponen todavía de los destinos de Inglaterra y de Francia para servir intereses sin patria, complicados con el provecho de las patrias ajenas, pretenderán otra vez engañar a sus pueblos, haciéndoles creer que ellos son los más fieles guardadores de la integridad de sus respectivos dominios coloniales. El tratado de Versalles es intangible. Tal es una de las frases más huecas que pueden proferirse. En primer lugar, porque el tratado de Versalles viene siendo violado hace ya muchos años; en segundo, porque, en cuanto tiene de injusto y de inepto, no hay razón alguna para que sea intangible. Aun suponiendo que haya sido Alemania la única responsable de la guerra de 1914, cuesta algún trabajo creer que los alemanes que no habían nacido en aquella fecha puedan ser también culpables de la gran contienda. No creo que haya hoy en el mundo ningún hombre de mediana conciencia, que no esté convencido de la perfecta tangibilidad de ese tratado. Frases de esta índole se profieren, no obstante, en Francia y en Inglaterra, con la complicidad de la inconsciencia por un lado, y por otro, de la Prensa venal para levantar una tolvanera, un remolino de polvo que encubra la complicidad del fascio anglofrancés en el chantaje de gran estilo que hoy perpetra en el mundo el eje Roma-Berlín. Hoy sabemos todos que ese chantaje ha sido y es posible entre otras cosas, por la llamada no intervención en España, quiero decir por el apoyo que Inglaterra y Francia —los Gobiernos, no sus pueblos— han prestado a los invasores. Merced a este apoyo, Hitler y Mussolini tienen en su mano las prendas que les permiten ejercer el chantaje, a saber: las posiciones estratégicas contra Inglaterra y Francia que han logrado tomar en el Mediterráneo y en nuestra península. Los Gobiernos de Francia e Inglaterra, ¿lograrán su propósito, el de engañar a sus pueblos? No me atrevo a creerlo. Ellos tienen gran fe en la lentitud con que se forman los verdaderos estados de opinión, y en el poder de la Prensa afecta para retardarlos y para desorientar y desencaminar a los pueblos. Confían, no sin razón, en que cultivando el miedo, aumenta la eficacia de la amenaza de guerra. La lucha política, en cuanto tiene de artificial, les ayuda, porque las verdades más obvias se debilitan en boca de quienes las usan exclusivamente como arma polémica. Sin duda, la verdad no deja de serlo cuando se convierte en proyectil o coincide con intereses de partido, pero pierde para los neutros toda eficacia suasoria. El gran chantaje está perfectamente organizado. Los unos amenazan con la guerra, a que no están, ni mucho menos, decididos; los otros fomentan el miedo de sus pueblos, y les prometen una paz, que de ningún modo está en sus manos. La resultante de todo ello es, por de pronto, que el chantaje prospera.

Con todo, yo no dudo de que la verdad ha de abrirse paso en Inglaterra y en Francia. De Francia sobre todo, espero, la voz inconfundible del acusador, voz de timbre francés, que es, como tantas veces lo ha sido, el timbre de lo universal humano. Entre tanto hemos de reconocer que el mingo de la incomprensión lo están poniendo nuestros buenos vecinos. Todavía hay en Francia quien cree de buena fe que nosotros, los llamados rojos, luchamos contra una España auténtica amante de sus tradiciones, campesinos y falangistas auxiliados por marroquíes, también españoles, y que no ha reparado aún en el hecho insignificante de la invasión italogermana. Por fortuna, piensa el articulista a que aludo —nada menos que un miembro de la Academia Goncourt— el labrador, en las tierras reconquistadas por los nacionales, a retrouvé son isolementsa peine et sa vérité. Y acaba citando las palabras de un oficial español, modelo —según él— de buenos (patriotas y de hombres de ingenio sutil: La phalange.... est une bellee maitresse ! Mais le monarchie.... ...c'est l'épouse!. Cuando se piensa que hay todavía en Francia hombres de prestigio poseedores de tan insuperable estolidez... Por suerte, este caso de suprema incomprensión no ha de representar allí el nivel mental más frecuente en la Academia Goncourt.

La opinión en Inglaterra no parece tan desorientada como en Francia. Ya son muchos los ingleses que ven el aspecto de dictadura que va adquiriendo la actuación de Chamberlain y de sus amigos. Mas todavía no han visto con suficiente claridad que esa dictadura es de una categoría moral muy interior a las de Hitler y de Mussolini, porque no se ejerce, en favor de Inglaterra —ni como democracia ni como imperio— sino en favor de la City y del eje Roma-Berlín: que es, sencillamente, una tiranía encubierta y una traición al destino futuro de la Gran Bretaña.


Antonio Machado
La Vanguardia, 23 de noviembre de 1938

Fotografía: Chamberlain y Daladier después de firmar el acuerdo de Munich, 30 de septiembre de 1938 (Deutsches Bundesarchiv)







2354. Pío XII se pronuncia contra el nazismo con unos años de retraso




El 2 de junio de 1945 el Papa Pío XII se pronuncia contra el nazismo, con unos años de retraso, a través de un discurso al Colegio Cardenalicio con motivo de la Fiesta de San Eugenio.


1. Al recibir, venerables hermanos, con viva gratitud las felicitaciones que en nombre de todos vosotros nos ha presentado el venerable y amadísimo decano del Sacro Colegio, nuestro pensamiento nos lleva a seis años atrás, cuando, en esta misma ocasión, por primera vez, después de la elevación de nuestra indigna persona a la Cátedra de Pedro, nos felicitabais en nuestro santo.

2. El mundo entonces estaba todavía en paz, pero ¡qué paz y cuán precaria! Con el corazón llenó de angustia, en la perplejidad y en la oración, nos inclinábamos sobre esta paz como quien se inclina junto a la cabecera de un agonizante y se obstina con ardiente amor para arrancarlo, aunque contra toda esperanza, de las fauces de la muerte.

3. En las palabras que entonces os dirigimos se traslucía nuestro doloroso presentimiento del estallido de un conflicto que parecía hacerse cada vez más amenazador y cuya extensión y duración nadie habría podido prever.

4. El desarrollo sucesivo de los acontecimientos no sólo ha demostrado, incluso con exceso, la verdad de nuestras previsiones más tristes, sino que incluso las ha superado con mucho.

5. Hoy, después de casi seis años, las luchas fratricidas han cesado en una parte al menos de este mundo devastado por la guerra. Es una paz —si así puede llamarse— bien frágil todavía, y que no podrá persistir y consolidarse sino al precio de asiduos cuidados; una paz cuya tutela impone a toda la Iglesia, al Pastor y a la grey, graves y delicadísimos deberes: ¡paciente prudencia, fidelidad animosa, espíritu de sacrificio! Todos están llamados a consagrarse a ella, cada uno en su oficio y en su propio puesto. Ninguno podrá jamás dedicar a ello ni demasiada premura ni demasiado celo.

6. Por lo que toca a Nos y a nuestro ministerio apostólico, sabemos muy bien, venerables hermanos, que podemos confiar con seguridad en vuestra sabia colaboración, en vuestras incesantes plegarias y en vuestra inalterable devoción.


I. La Iglesia y el nacionalsocialismo

7. En Europa la guerra ha terminado; pero ¡qué estigmas ha dejado impresos! Dijo el divino Maestro: «Todos los que injustamente echen mano a la espada, a espada morirán» (cf. Mt 26,52). Y ahora ¿qué es lo que veis?

8. Veis lo que deja detrás de sí una concepción y una actividad del Estado que no tiene en cuenta para nada los sentimientos más sagrados de la humanidad que pisotea los principios inviolables de la fe cristiana. El mundo entero contempla hoy estupefacto la ruina que de aquéllas se ha seguido.

9. Esta ruina Nos la habíamos visto venir de lejos, y muy pocos, creemos, han seguido con mayor tensión de espíritu la evolución y el desenlace rápido de la inevitable caída. Durante más de doce años, entre los mejores de nuestra edad madura, habíamos vivido, por deber del oficio que se nos había encomendado, en medio del pueblo alemán. En aquella época, con la libertad que las condiciones políticas y sociales de entonces permitían, Nos nos dedicamos a consolidar la situación de la Iglesia católica en Alemania. Nos tuvimos así ocasión de conocer las grandes cualidades de aquel pueblo y estuvimos en relaciones personales con sus mejores representantes. Por esto abrigamos la esperanza de que este pueblo pueda alzarse otra vez a una nueva dignidad y a una nueva vida, después de haber alejado de sí el espectro satánico mostrado por el nacionalsocialismo y una vez que los culpables (como ya hemos tenido ocasión de exponer otras veces) hayan expiado los delitos por ellos cometidos.

10. Mientras no se había perdido todavía el último rayo de esperanza de que aquel movimiento pudiese tomar una dirección diversa y menos perniciosa, ya por el arrepentimiento de sus miembros más moderados, ya por una eficaz oposición de la parte que no consentía del pueblo alemán, la Iglesia hizo cuanto estaba a su alcance para oponer un potente dique a la inundación de aquellas doctrinas, no menos deletéreas que violentas.

11. En la primavera de 1933, el Gobierno alemán solicitó de la Santa Sede la conclusión de un Concordato con el Reich; idea que tuvo el consentimiento también del episcopado y de la mayor parte, al menos de los católicos alemanes. De hecho, ni los Concordatos ya firmados con algunos Estados particulares de Alemania (Länder) ni la Constitución de Weimar parecían asegurarles y garantizarles suficientemente el respeto de sus convicciones, de su fe, de sus derechos y de su libertad de acción. En estas condiciones, estas garantías no podían obtenerse sino mediante un acuerdo, en la forma solemne de un Concordato, con el Gobierno central del Reich. Añádase que habiendo hecho el mismo Gobierno la propuesta, hubiera recaído, en caso de una negativa, sobre la Santa Sede la responsabilidad de cualquier dolorosa consecuencia.

12. Y no es que la Iglesia, por su parte, se dejase ilusionar por excesivas esperanzas ni que con la conclusión del Concordato pretendiese en modo alguno aprobar la doctrina y las tendencias del nacionalsocialismo, como fue entonces expresamente declarado y explicado (cf. L'Osservatore Romano, n.174, del 2 de julio de 1933). Sin embargo, hay que reconocer que el Concordato en los años siguientes proporcionó algunas ventajas o, al menos, impidió mayores males. Efectivamente, a pesar de todas las violaciones de que fue objeto facilitaba a los católicos una base jurídica de defensa, un campo donde atrincherarse para continuar enfrentándose, mientras les fuera posible, con el oleaje siempre creciente de la persecución religiosa.

13. De hecho, la lucha contra la Iglesia se iba exasperando cada vez más: era la destrucción de las organizaciones católicas; era la supresión progresiva de las tan florecientes escuelas católicas públicas y privadas; era la separación forzosa de la juventud de la familia y de la Iglesia; era la opresión ejercida sobre la conciencia de los ciudadanos, particularmente de los funcionarios del Estado; era la denigración sistemática, mediante una propaganda arteramente y rigurosamente organizada, de la Iglesia, del clero, de los fieles, de sus instituciones, de su doctrina, de su historia; era la clausura, la disolución, la confiscación de casas religiosas y de otros institutos eclesiásticos; era el aniquilamiento de la prensa y de la actividad editorial católicas.

14. Para resistir a estos ataques, millones de valerosos católicos, hombres y mujeres, se agrupaban alrededor de sus obispos, cuya voz valiente y severa no dejó jamás de resonar hasta en estos últimos años de guerra; alrededor de sus sacerdotes, para ayudarlos a adaptar incesantemente su apostolado a las cambiadas necesidades y circunstancias; y hasta el fin, con firmeza y paciencia, estos católicos opusieron al frente de la impiedad y del orgullo el frente de la fe, de la oración, de la conducta y de la educación francamente católica.

15. Mientras tanto, la misma Santa Sede, sin titubeos, multiplicaba ante los gobernantes de Alemania sus avisos y sus protestas, exigiéndoles con energía y claridad el respeto y la observancia de los deberes derivados del mismo derecho natural y confirmados en el pacto concordatario. En aquellos críticos años, asociando a la atenta vigilancia del Pastor la paciente longanimidad del Padre, nuestro gran predecesor Pío XI cumplió con intrépida fortaleza su misión de Pontífice supremo.

16. Pero cuando, intentados en vano todos los caminos de la persuasión, se vio con toda evidencia frente a las deliberadas violaciones de un pacto solemne y frente a una persecución religiosa disimulada o manifiesta, pero siempre realizada con dureza, el domingo de Pasión de 1937, en su encíclica Mit brennender Sorge, reveló a la vista del mundo lo que el nacionalsocialismo era en realidad: la apostasía orgullosa de Jesucristo, la negación de su doctrina y de su obra redentora, el culto de la fuerza, la idolatría de la raza y de la sangre, la opresión de la libertad y de la dignidad humana.

17. Como toque de trompeta que da la alarma, el documento pontificio, vigoroso —demasiado vigoroso, pensaba ya entonces más de uno—, hizo estremecer a los espíritus y a los corazones.

18. Muchos —incluso fuera de las fronteras de Alemania—, que hasta entonces habían cerrado los ojos ante la incompatibilidad de la concepción nacionalsocialista con la doctrina cristiana, tuvieron que reconocer y confesar su error.

19. Muchos, ¡pero no todos! Otros, en las mismas filas de los fieles, estaban demasiado cegados por sus prejuicios y seducidos por la esperanza de ventajas políticas. La evidencia de los hechos señalados por nuestro predecesor no logró convencerles, y menos todavía inducirles a modificar su conducta. ¿Es acaso una mera coincidencia el que algunas regiones, más duramente castigadas luego por el sistema nacionalsocialista, hayan sido precisamente aquellas en donde la encíclica Mit brennender Sorge había sido poco o nada escuchada?

20. ¿Habría sido tal vez posible entonces, con oportunas y tempestivas providencias políticas, frenar de una vez para siempre el desencadenamiento de la violencia brutal y colocar al pueblo alemán en condiciones de liberarse de los tentáculos que lo estrechaban? ¿Habría sido posible ahorrar de este modo a Europa y al mundo la invasión de esta inmensa marea de sangre? Nadie osaría dar una respuesta segura. Pero, de todos modos, nadie podría acusar a la Iglesia de no haber denunciado y señalado a tiempo el verdadero carácter del movimiento nacionalsocialista y el peligro al cual éste exponía la civilización cristiana.

21. «Quien eleva la raza, o el pueblo, o el Estado, o una determinada forma de Estado, los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana... a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y los diviniza con culto idolátrico, pervierte y falsea el orden de las cosas creado y querido por Dios» (Mit brennender SorgeAAS 29 [1937] 149 y 151).

22. En esta proposición de la encíclica se compendia la radical oposición entre el Estado nacionalsocialista y la Iglesia católica. Llegadas las cosas a este punto, la Iglesia no podía ya, sin faltar a su misión, renunciar a tomar posición ante todo el mundo. Con este acto, sin embargo, se convertía una vez más en «blanco de contradicciones» (Lc 2,34. ), ante el cual los espíritus en lucha venían a dividirse en dos bandos opuestos.

23. Los católicos alemanes estuvieron, puede decirse, de acuerdo en reconocer que la encíclica Mit brennender Sorge había aportado luz, dirección, consuelo y apoyo a todos los que consideraban seria-mente y practicaban coherentemente la religión de Cristo. No podía, sin embargo, faltar la reacción de parte de aquellos que habían sido condenados, y, de hecho, el año 1937 fue para la Iglesia católica en Alemania un año de indecibles amarguras y de terribles tempestades.

24. Los grandes acontecimientos políticos que caracterizaron los dos años siguientes, y después la guerra, no atenuaron en modo alguno la hostilidad del nacionalsocialismo contra la Iglesia, hostilidad que se manifestó hasta estos últimos meses, cuando sus secuaces se lisonjeaban aún de poder acabar para siempre con la Iglesia tan pronto como lograran la victoria militar. Autorizados e indiscutibles testimonios nos tenían informados de estos proyectos, que, por lo demás, se revelaban por sí mismos con las reiteradas y cada vez más adversas acciones contra la Iglesia católica en Austria, en Alsacia-Lorena y, sobre todo, en aquellas regiones de Polonia que ya durante la guerra habían sido incorporadas al antiguo Reich; todo fue allí perseguido, todo aniquilado, es decir, todo aquello a que podía llegar la violencia exterior.

25. Continuando la obra de nuestro predecesor, Nos mismo durante la guerra no hemos cesado, especialmente en nuestros mensajes, de contraponer a las destructoras e inexorables aplicaciones de la doctrina nacionalsocialista, que llegaban hasta a valerse de los más refinados métodos científicos para torturar y suprimir personas con frecuencia inocentes, las exigencias y las normas indefectibles de la humanidad y de la fe cristiana. Era éste para Nos el más oportuno y podríamos incluso decir el único camino eficaz para proclamar en presencia del mundo los inmutables principios de la ley moral y para confirmar, en medio de tantos horrores y tantas violencias, las mentes y los corazones de los católicos alemanes en los ideales superiores de la verdad y de la justicia. Y tales solicitudes no quedaron sin fruto. Sabemos en efecto, que nuestros mensajes, principalmente el de Navidad de 1942, a pesar de toda clase de prohibiciones y de obstáculos, fueron objeto de estudio en las conferencias diocesanas del clero en Alemania y luego expuestos y explicados al pueblo católico.

26. Pero si los gobernantes de Alemania habían resuelto destruir la Iglesia católica aun en el antiguo Reich, la Providencia había dispuesto las cosas de otro modo. ¡Las tribulaciones causadas a la Iglesia por el nacionalsocialismo han terminado con el repentino y trágico fin del perseguidor!

27. De las prisiones, de los campos de concentración, de los penales, salen ahora, junto a los detenidos políticos, también las falanges de aquellos sacerdotes y seglares cuyo único crimen había sido la fidelidad a Cristo y a la fe de sus padres y la valerosa observancia de los deberes sacerdotales. Nos hemos orado ardientemente por todos ellos y Nos nos hemos esforzado con todos los medios, siempre que ha sido posible, para hacerles llegar nuestra paternal palabra de aliento y las bendiciones de nuestro corazón paterno.

28. En realidad, cuanto más se levanta el velo que ocultaba hasta ahora los sufrimientos de la Iglesia bajo el régimen nacionalsocialista, tanto más se evidencia la firmeza, frecuentemente inconmovible hasta la muerte de innumerables católicos y la gloriosa parte que en tan noble lid ha tenido el clero. Aunque no poseemos todavía datos estadísticos completos, Nos no podemos, sin embargo, abstenernos de mencionar aquí, como ejemplo, algunas, al menos, de las abundantes noticias que nos han llegado de  sacerdotes y de seglares que, internados en el campo de concentración de Dachau, fueron hallados dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús (Cf. Hch 5,41).

29. En primera línea, por el número y por la dureza del trato sufrido, se hallaban los sacerdotes polacos. De 1940 a 1945 fueron recluidos en el mismo campo 2.800 eclesiásticos y religiosos de aquella nación, entre los cuales el obispo auxiliar de Wladislavia, que murió allí de tifus. En abril pasado quedaban solamente allí 816. Los demás habían muerto, a excepción de dos o tres, trasladados a otro campo. En el verano de 1942 se dio el número de 480 ministros del culto, de lengua alemana, recluidos allí; de los cuales, 45 protestantes, y todos los demás sacerdotes católicos. No obstante el continuo afluir de nuevos internados, especialmente de algunas diócesis de Baviera, de Renania y de Westfalia, su número, a causa de la gran mortandad, a principios de este año, no pasaba de 350. Y no se deben pasar en silencio los pertenecientes a los territorios ocupados: Holanda, Bélgica, Francia (entre ellos el obispo de Clermont), Luxemburgo, Eslovenia, Italia. Indecibles padecimientos han soportado muchos de aquellos sacerdotes y de aquellos seglares por causa de la fe y de su vocación. En cierta ocasión, el odio de los impíos contra Cristo llegó al punto de parodiar en un sacerdote internado con alambre espinoso, la flagelación y la coronación de espinas del Redentor.

30. Las víctimas generosas que durante doce años, desde 1933, en Alemania han hecho a Cristo y a su Iglesia el sacrificio de sus propios bienes, de la propia libertad y de la propia vida, alzan a Dios sus manos en oblación expiatoria. Dígnese el justo Juez aceptarla en reparación de tantos delitos cometidos contra la humanidad, no menos que con daño del presente y del porvenir del propio pueblo, especialmente de la desgraciada juventud, y desarmar, finalmente, el brazo de su Ángel exterminador.

31. Con una insistencia siempre creciente, el nacionalsocialismo ha querido denunciar a la Iglesia como enemiga del pueblo alemán. La injusticia manifiesta de la acusación habría herido en lo más vivo los sentimientos de los católicos alemanes y nuestros mismos sentimientos si hubiera salido de otros labios; pero en los labios de tales acusadores, lejos de ser un agravio, es el testimonio más brillante y más honroso de la oposición firme y constante mantenida por la Iglesia contra las doctrinas y métodos tan deletéreos, por el bien de la verdadera civilización y del mismo pueblo alemán, al que deseamos que, liberado de los errores que lo han precipitado en el abismo, pueda encontrar su salvación en los manantiales puros de la verdadera paz y de la verdadera felicidad, en los manantiales de la verdad, de la humildad, de la caridad, que junto con la Iglesia brotaron del corazón de Cristo.


II. Mirada hacia el porvenir


32. ¡Dura lección la de los últimos años! ¡Ojalá que al menos sea comprendida y resulte provechosa a las otras naciones. Erudimini, qui gubernatis terram! (Sal 2, 10). Este es el anhelo más ardiente de todo el que ame sinceramente a la humanidad. Víctima de un despiadado agotamiento, de un cínico desprecio de la vida y de los derechos del hombre, la humanidad no tiene más que un deseo, no aspira más que a una sola cosa: vivir tranquila y pacíficamente en la dignidad y en el honrado trabajo.

33. Y por esto ansía que se acabe de una vez con ese descaro con el que la familia y el hogar doméstico en los años de la guerra han sido maltratados y profanados; descaro que clama al cielo y se ha convertido en uno de los más graves peligros no solamente para la religión y la moral, sino también para la ordenada convivencia humana; culpa que ha creado sobre todo esas multitudes de desconcertados, de desilusionados, de desesperados, que van a engrosar las masas de la revolución y del desorden, asalariados por una tiranía no menos despótica que aquella que se ha querido abatir.

34. Las naciones, principalmente las medianas y pequeñas, reclaman que se les deje tomar las riendas de su propia destino. Se les puede inducir a que, con plena aquiescencia, en interés del progreso común, contraigan vínculos que modifiquen sus derechos soberanos. Pero después de haber contribuido con su parte, con su larga parte, de sacrificios para destruir el sistema de la violencia brutal, tienen derecho a no aceptar que se les imponga un nuevo sistema político o cultural que la gran mayoría de sus poblaciones resueltamente rechaza.

35. Piensan, y con razón, que la obligación principal de los organizadores de la paz es la de acabar con el juego criminal de la guerra y la de tutelar los derechos vitales y los deberes recíprocos entre grandes y pequeños, poderosos y débiles.

36. En el fondo de su conciencia, los pueblos comprenden que sus gobernantes quedarían desacreditados si al loco delirio de una hegemonía de la fuerza no sucediese la victoria del derecho. El pensamiento de una nueva organización de la paz ha surgido —nadie podría ponerlo en duda— de la más recta y leal voluntad. Toda la humanidad sigue con ansia el desarrollo de tan noble empresa. ¡Qué amarga desilusión sería si llegase a faltar, si resultasen vanos tantos años de sufrimientos y de renuncias, dejando triunfar nuevamente aquel espíritu de opresión, del que el mundo espera, finalmente, verse libre para siempre! ¡Pobre mundo, al que se podía entonces aplicar la palabra de Jesús : que su nueva condición ha venido a ser peor que la antigua, de la que con tanta dificultad había salido! (cf. Lc 11, 24-26).

37. Las condiciones políticas y sociales nos ponen en los labios estas palabras de aviso. Desgraciadamente hemos tenido que deplorar en más de una región muertes de sacerdotes, deportaciones de personas civiles, matanzas de ciudadanos sin proceso o por venganza privada; ni son menos tristes las noticias que nos han llegado de Eslovenia y de Croacia.

38. Pero no queremos perder el ánimo. Los discursos que durante estas últimas semanas han pronunciado hombres competentes y responsables dejan entender que tienen puesta la mirada en el triunfo del derecho, no sólo como fin político, sino también, y más todavía como deber moral.

39. Por esto, Nos de todo corazón dirigimos a nuestros hijos y a nuestras hijas del universo entero una calurosa invitación a la plegaria : que ésta llegue a los oídos de cuantos reconocen en Dios el Padre amantísimo de todos los hombres creados a su imagen y semejanza, de cuantos saben que en el pecho de Cristo late un corazón divino rico en misericordia, fuente profunda e inagotable de todo bien y de todo amor, de toda paz y de toda reconciliación.

40. Como no hace mucho avisábamos, el camino desde la tregua de las armas a la paz verdadera y sincera será difícil y largo, demasiado largo para las ansiosas aspiraciones de una humanidad hambrienta de orden y de calma. Pero es inevitable que sea así. Y tal vez es incluso mejor. Hay que dejar que se apacigüe primero la tempestad de las pasiones sobreexcitadas : «motos praestat componere fluctus» (Virgilio, Eneida 1, 135). Es necesario que el odio, la desconfianza, los incentivos de un nacionalismo extremo, cedan el puesto a la concepción de prudentes consejos, al germinar de planes pacíficos, a la serenidad del cambio de impresiones y a la mutua comprensión fraterna.

41. Dígnese el Espíritu Santo, luz de las inteligencias, dulce Señor de los corazones, oír las plegarias de su Iglesia y guiar en su difícil tarea a quienes, conforme a su elevada misión, se esfuerzan sinceramente, a pesar de los obstáculos y de las contradicciones, por llegar al fin tan universalmente, tan ardientemente deseado: la paz, la verdadera paz digna de este nombre. Una paz fundada y confirmada sobre la sinceridad y la lealtad, sobre la justicia y la realidad; una paz de leal y resuelto esfuerzo por vencer o prevenir aquellas condiciones económicas y sociales que, como en el pasado, podrían fácilmente también en el futuro llevar a nuevos conflictos armados; una paz que pueda ser aprobada por todas las almas rectas de cualquier pueblo y de cualquier nación; una paz que las generaciones futuras puedan considerar con gratitud como el fruto feliz de un tiempo desgraciado; una paz que señale en los siglos un cambio definitivo de dirección en la afirmación de la dignidad humana y del orden en la libertad; una paz que sea como la magna carta que ha clausurado la era obscura de la violencia; una paz que, bajo la guía misericordiosa de Dios, nos haga pasar a través de la prosperidad temporal de manera que no perdamos la felicidad eterna (Cf. Oración del domingo tercero después de Pentecostés).

42. Pero, antes de conseguir esta paz, es también verdad que millones de hombres, en el hogar doméstico o en la guerra, en las prisiones o en el destierro, deben gustar aún la amargura del cáliz. ¡Cuánto anhelamos Nos ver el fin de sus sufrimientos y de sus angustias, la realización de sus deseos! También por ellos, por toda la humanidad, que con ellos y en ellos sufre, se alce al Omnipotente nuestra humilde y ardiente oración.

43. Mientras tanto, nos produce un inmenso consuelo, venerables hermanos, el pensamiento de que vosotros tomáis parte en nuestras preocupaciones, en nuestras oraciones, en nuestras esperanzas, y que, en todo el mundo, obispos, sacerdotes y fieles unen sus súplicas a las nuestras en la gran voz de la Iglesia universal. En testimonio de nuestro profundo agradecimiento y como prenda de las infinitas misericordias y de los favores divinos, a vosotros, a ellos y a cuantos están unidos a Nos en el deseo y en la busca de la paz, impartimos.










1962. La rebelión histórica



Todas las revoluciones modernas acabaron robusteciendo el Estado. 1789 lleva a Napoleón, 1848 a Napoleón III, 1917 a Stalin, las perturbaciones italianas de la década del 20 a Mussolini, la república de Weimar a Hitler. Estas revoluciones, sobre todo después de que la primera guerra mundial hubo liquidado los vestigios del derecho divino, se han propuesto, no obstante, con una audacia cada vez mayor, la construcción de la ciudad humana y de la libertad real. La omnipotencia creciente del Estado ha sancionado cada vez esa ambición. Sería falso decir que no podía dejar de suceder esto. Pero es posible examinar cómo ha sucedido, y quizá sirva de lección.Aparte de un pequeño número de explicaciones que no constituyen el tema de este ensayo, el extraño y aterrador crecimiento del Estado moderno puede considerarse como la conclusión lógica de ambiciones técnicas y filosóficas desmesuradas, ajenas al verdadero espíritu de rebelión, pero que, sin embargo, dieron origen al espíritu revolucionario de nuestra época. El sueño profético de Marx y las potentes anticipaciones de Hegel o de Nietzsche terminaron suscitando, después de ser arrasada la ciudad de Dios, un Estado racional o irracional, pero en ambos casos terrorista.

A decir verdad, las revoluciones fascistas del siglo XX no merecen el título de revolución. Les ha faltado la ambición universal. Mussolini y Hitler trataron, sin duda, de crear un imperio y los ideólogos nacional-socialistas pensaron, explícitamente, en el imperio mundial. Su diferencia con el movimiento revolucionario clásico consiste en que, siendo herederos del nihilismo, prefirieron divinizar lo irracional, y sólo ello, en vez de divinizar la razón. Al mismo tiempo renunciaban a lo universal. Ello no impide que Mussolini se declare heredero de Hegel, y Hitler de Nietzsche; ilustran en la historia algunas de las profecías de la ideología alemana. A este respecto pertenecen a la historia de la rebelión y el nihilismo. Han sido los primeros que han construido un Estado basándose en la idea de que nada tenía sentido y que la historia no era sino el azar de la fuerza. La consecuencia no se ha hecho esperar. Desde 1914 Mussolini anunciaba la "santa religión de la anarquía" y se declaraba enemigo de todos los cristianismos. En cuanto a Hitler, su religión confesada yuxtaponía sin vacilación al Dios-Providencia y el Walhalla. Su dios era, en verdad, un argumento de mitín y una manera de elevar el debate al final de sus discursos. Mientras tuvo éxito prefirió creerse inspirado. En el momento de la derrota se juzgó traicionado por su pueblo. Entre ambos momentos, nada vino a anunciar al mundo que pudiera nunca considerarse culpable ante ningún principio. El único hombre de cultura superior que dio al nazismo una apariencia de filosofía, Ernst Junger, eligió, por otra parte, las fórmulas mismas del nihilismo: "La mejor respuesta a la traición de la vida por el espíritu es la traición del espírtu por el espíritu, y uno de los grandes y crueles goces de esta época consiste en participar en ese trabajo de destrucción".

Los hombres de acción, cuando carecen de fe, nunca creyeron sino en el movimiento de la acción. La paradoja insostenible de Hitler ha sido justamente querer fundar un orden estable sobre un movimiento perpetuo y una negación. Rauschning, en su Revolución del nihilismo, tiene razón cuando dice que la revolución hitleriana era un dinamismo puro. En Alemania, sacudida hasta las raíces por una guerra sin precedentes, la derrota y la angustia económica, no se mantenía ya en pie valor alguno. Aunque haya que contar con lo que Goethe llamaba "el destino alemán de hacerse todas las cosas difíciles", la epidemia de suicidios que afectó a todo el país entre las dos guerras dice mucho sobre la confusión de los espíritus. No son los razonamientos los que pueden devolver la fe a quienes desesperan de todo, sino solamente la pasión, y en este caso la pasión misma que yacía en el fondo de esta desesperación, es decir, la humillación y el odio. Ya no había un valor a la vez común y superior a todos estos hombres, en nombre del cual les fuese posible juzgarse los unos a los otros. La Alemania de 1933 se decidió, por lo tanto, a adoptar los valores degradados de sólo algunos hombres y trató de imponerlos a toda una civilización. En defecto de la moral de Goethe, eligió y sufrió la moral de la pandilla.

La moral de la pandilla es triunfo y venganza, derrota y resentimiento, inagotablemente. Cuando Mussolini exaltaba a "las fuerzas elementales del individuo" anunciaba la exaltación de las potencias oscuras de la sangre y el instinto, la justificación biológica de lo peor que producue el instinto de dominación. En el proceso de Núremberg, subrayó Frank "el odio a la forma" que anidaba a Hitler. Es cierto que este hombre era solamente una fuerza en movimiento, corregida y hecha más eficaz por los cálculos de la astucia y de una implacable clarividencia táctica. Hasta su forma física, mediocre y trivial, no era para él un límite, pues lo fundía en la masa. Sólo la acción le mantenía en pie. Para él, ser era hacer. Por eso Hitler y su régimen no podían prescindir de enemigos. No podían, petimetres frenéticos, definirse sino con relación a sus enemigos, tomar forma sino en el combate encarnizado que debía destruirlos. El judío, los francmasones, las plutocracias, los anglosajones y el eslavo bestial se han sucedido en la propaganda y en la historia para levantar, cada vez a una altura un poco mayor, la fuerza ciega que marchaba hacia su término. El combate permanente exigía excitantes perpetuos.

Hitler era la historia en su estado puro ("Devenir -decía Junger- vale más que vivir"). Predicaba, por lo tanto, la identificación total con la corriente de la vida, en el nivel más bajo y contra toda realidad superior. El régimen que ha inventado la política exterior biológica iba contra sus intereses más evidentes. Pero obedecía, por lo menos, a su lógica particular. Así, Rosenberg hablaba pomposamente de la vida: "El estilo de una columna en marcha, y poco importa hacia qué destino y para qué fin esta columna esté en marcha". Después de esto, la columna sembrará la historia de ruinas y devastará su propio país, pero por lo menos habrá vivido. La verdadera lógica de este dinamismo era la derrota total, o bien, de conquista en conquista, de enemigo en enemigo, el establecimiento del imperio de la sangre y la acción. Es poco probable que Hitler haya concebido, por lo menos primitivamente, este imperio. Ni por su cultura, ni tampoco por su instinto de inteligencia táctica, estaba a la altura de su destino. Alemania se hundió por haber emprendido una lucha imperial con un pensamiento político provinciano. Pero Junger había advertido esa lógica y dado su fórmula. Tuvo la visión de un "imperio mundial" y "técnico", de una "religión de la técnica anticristiana" cuyos fieles y soldados habrían sido también sus monjes, porque -y en esto Junger se encuentra con Marx-, por su estructura humana, el obrero es universal. "El estatuto de un nuevo régimen de mando sustituye al cambio de contrato social. El obrero es sacado de la esfera de las negociaciones, la compasión y la literatura, y elevado hasta la de la acción. Las obligaciones jurídicas se transforman en obligaciones militares". El imperio, como se ve, es al mismo tiempo la fábrica y el cuartel mundiales, donde reina como esclavo el soldado-obrero de Hegel. Hitler ha sido detenido relativamente pronto en el camino de este imperio. Pero aunque hubiera ido más lejos se habría asistido solamente al despliegue cada vez más amplio de un dinamismo irresistible y al refuerzo cada vez más violento de los principios cínicos, que eran los únicos capaces de servir a ese dinamismo.

Al hablar de esta revolución, Rauschning dice que no es ya liberación, justicia y elevación del espíritu, sino "la muerte de la libertad, la dominación de la violencia y la esclavitud del espíritu". El fascismo es, efectivamente, el desprecio. A la inversa, toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura el fascismo. Hay que añadir que el fascismo no puede ser otra cosa sino renegarse a sí mismo. Junger deducía de sus popios principios que valía más ser criminal que burgués. Hitler, que tenía menos talento literario, pero, en esta ocasión, más coherencia, sabía que es indiferente ser lo uno o lo otro, desde el momento en que no se cree en el éxito. Se autorizó, por lo tanto, a ser lo uno y lo otro a la vez. "El hecho es todo" decía Mussolini. Y Hitler: "Cuando la raza corre peligro de que la opriman... la cuestión de la legalidad no desempeña sino un lugar secundario". Como, por otra parte, laraza tiene siempre necesidad de que la amenacen para existir, nunca hay legalidad. "Estoy dispuesto a firmarlo todo, a suscribirlo todo... En lo que me concierne, soy capaz, con toda buena fe, de firmar hoy tratados y romperlos mañana fríamente si el porvenir del pueblo alemán está en juego". Por lo demás, antes de declarar la guerra, el Führer declaró a sus generales que más tarde no se preguntaría al vencedor si había dicho o no la verdad. El leimotiv de la defensa de Goering en el proceso de Núremberg toma de nuevo esta idea: "El vencedor será siempre el juez, y el vencido, el acusado". Esto puede discutirse, sin duda. Pero entonces se comprende a Rosenberg cuando dice en el proceso de Núremberg que no había previsto que este mito llevara al asesinato. Cuando el fiscal inglés observa que "de Mein Kampf partía el camino directo que llevaba a las cámaras de gas de Maidanek", toca, por el contrario, el verdadero tema del proceso, el de las responsabilidades históricas del nihilismo occidental, el único, sin embargo, que no fue verdaderamente discutido en Núremberg, por razones evidentes. No se puede realizar un proceso anunciando la culpabilidad general de una civilización. Se ha juzgado solamente los actos que, por lo menos, gritaban a la faz de la tierra entera.

Hitler, en todo caso, inventó el movimiento perpetuo de la conquista sin el cual no habría sido nada. Pero el enemigo perpetuo es el terror perpetuo, esta vez al nivel del Estado. El Estado se identifica con "el aparato", es decir, con el conjunto de los mecanismos de conquista y represión. La conquista dirigida hacia el interior del país se llama propaganda ("primer paso hacia el infierno", según Frank), o represión. Dirigida hacia el exterior, crea el ejército. Todos los problemas son, por lo tanto, militarizados y se plantean en términos de potencia y eficacia. El general en jefe determina la política y, además, todos los problemas principales de administración. Este principio, irrefutable en cuanto a la estrategia, se generaliza en la vida civil. Un solo jefe, un solo pueblo, signifca un solo amo y millones de esclavos. Los intermediarios políticos, que son, en todas las sociedades, las garantías de la libertad, desaparecen para dejar lugar a un Jehová con botas que reina sobre multitudes silenciosas, o, lo que viene a ser lo mismo, que aúllan contraseñas. Entre el jefe y el pueblo, no se interpone un organismo de conciliación o de mediación, sino, precisamente, el aparato, es decir, el partido, que es la emanación del jefe y la herramienta de su voluntad de opresión. Así nace el primer y único principio de esta baja mística, el Führerprinzip, que restaura en el mundo del nihilismo una idolatría y lo sagrado degradado.

Mussolini, jurista latino, se contentaba con la razón de Estado, sólo que la transformaba, con mucha retórica, en absoluto. "Nada fuera del estado, por encima del Estado, contra el Estado. Todo del Estado, para el Estado, en el Estado". La Alemania hitleriana dio a esta falsa razón su verdadero lenguaje, que es el de una religión: "Nuestro servicio divino -decía un diario nazi durante un congreso del partido- consistía en llevar a cada uno hacia los orígenes, hacia las madres. En verdad, era un servicio de Dios". Los orígenes están, por lo tanto, en el aullido primitivo. ¿Quién es ese Dios del que aquí se trata? Una declaración oficial del partido nos lo dice: "Todos nosotros, aquí abajo, creemos en Adolfo Hitler, nuestro Fürher, y (confesamos) que el nacionalsocialismo es la única fe que lleva a nuestro pueblo a la salvación." Las órdenes del jefe, alzado en el matorral inflamado de los proyectores, en un Sinaí de tablas y banderas, constituyen la ley y la virtud. Si los micrófonos superhumanos ordenan una vez solamente el crimen, éste desciende de jefes en subjefes hasta el esclavo, que recibe las órdenes sin dárselas a nadie. Un verdugo de Dachau llora luego en su prisión: "No he hecho sino ejecutar las órdenes. Sólo el Führer y el Reichsführer han traído todo esto y luego se han ido. Gluecks recibió órdenes de Kaltenbrunner y, finalmente, yo recibí la orden de fusilar. Me cargaron con todo porque yo no era sino un pequeño Hauptschaführer y no podía transmitirlo más abajo en la fila. Ahora dicen que yo soy el asesino". Goering declaró en el proceso su fidelidad al Führer y que "existía todavía una cuestión de honor en esta maldita vida". El honor consistía en la obediencia, que se confundía a veces con el crimen. La ley militar castiga con la pena de muerte la desobediencia y su honor es la servidumbre. Cuando todos son militares, el crimen consiste en no matar si la orden lo exige.

La orden, por desgracia, exige raras veces que se haga el bien. El puro dinamismo doctrinal no puede dirigirse hacia el bien, sino solamente hacia la eficacia. Mientras haya enemigos, habrá terror; y habrá enemigos mientras exista el dinamismo, para que exista: "Todas las influencias capaces de debilitar la soberanía del pueblo, ejercida por el Führer con ayuda del partido...deben ser eliminadas". Los enemigos son herejes y deben ser convertidos mediante la predicación o propaganda o exterminados mediante la inquisición o Gestapo. El resultado es que el hombre no es ya, si pertenece al partido, sino una herramienta al servicio del Fürher, una rueda del aparato, o, si es enemigo del Fürhrer, un producto de consumo del aparato. El impulso irracional nacido de la rebelión no se propone ya sino reducir lo que hace que el hombre no sea un rodaje, es decir, la rebelión misma. El individualismo romántico de la revolución alemana se sacia por fin en el mundo de las cosas. El terror irracional transforma en cosas a los hombres, "bacilos planetarios", según la fórmula de Hitler. Se propone la destrucción, no solamente de la persona, sino también de las probabilidades universales de la persona, la reflexión, la solidaridad, el llamamiento al amor absoluto. La propaganda, la tortura, son medios directos de desintegración; más todavía: la decadencia sistemática, la amalgama con el criminal cínico, la complicidad forzosa. Quien mata o tortura no conoce sino una sombra en su victoria: no puede sentirse inocente. Por tanto, tiene que crear la culpabilidad en la víctima misma, para que en un mundo sin dirección la culpabilidad general no legitime sino el ejercicio de la fuerza, no consagre sino el éxito. Cuando la idea de inocencia desaparece en el inocente mismo, el valor de potencia reina definitivamente en un mundo desesperado. Por eso es por lo que una innoble y cruel potencia reina en este mundo en el que sólo las piedras son inocentes. Los condenados se ven obligados a ahorcarse los unos a los otros. Es asesinado el grito puro de la maternidad misma, como en esa madre griega a la que un oficial obliga a elegir a aquel de sus tres hijos que será fusilado. Así se ve, por fin, libre. El poder de matar y de envilecer salva el alma de la orquesta de presidiarios en los campos de la muerte.

Los crímenes hitlerianos, entre ellos la matanza de judíos, no tienen equivalentes en la historia porque la historia no contiene ejemplo alguno de que una doctrina de destrucción tan total haya podido nunca apoderarse de las palancas de mando de una nación civilizada. Pero, sobre todo, por primera vez en la historia, hombres de gobierno han aplicado sus inmensas fuerzas a instaurar una mística al margen de toda moral. Esta primera tentativa de una Iglesia edificada sobre una nada ha sido pagada con el aniquilamiento mismo. La destrucción de Lídice muestra bien que el aspecto sistemático y científico del movimiento hitleriano cubre en verdad un empujón irracional que no puede ser sino el de la desesperación y el orgullo. Frente a una aldea que se supone rebelde no se imaginan hasta entonces sino dos actitudes del conquistador: o bien la represión calculada y la ejecución fría de rehenes, o bien la voz salvaje y forzosamente breve de soldados exasperados. Lídice fue destruida por los dos sistemas conjugados. Ilustra las devastaciones de esta razón irracional que constituye el único valor que se puede encontrar en la historia. No sólo fueron incendiadas las casas, fusilados los cientro setenta y cuatro hombres de la aldea, deportadas las doscientas tres mujeres y trasladados los ciento tres niños para educarlos en la religión de Hitler, sino que además, equipos especiales emplearon meses de trabajo para nivelar el terreno con dinamita, hacer desaparecer las piedras, cegar el estanque de la aldea y, por fin, desviar la carretera y el río. Lídice, después de eso, no era ya verdaderamente nada, sino un porvenir puro, según la lógica del movimiento. Para mayor seguridad, se vació el cementerio de sus muertos, que recordaban todavía que había existido algo en aquel lugar.

La revolución nihilista, expresada históricamente en la religión hitleriana, no ha suscitado, por lo tanto, sino una pasión desesperada por la nada, que ha terminado volviéndose contra ella misma. La negación, esta vez por lo menos y a pesar de Hegel, no ha sido creadora. Hitler ofrece el caso, quizás único en la historia, de un tirano que no ha dejado nada en su activo. Para él mismo, para su pueblo y para el mundo, no fue sino suicidio y homicido. Siete millones de europeos deportados o muertos, diez millones de víctimas de la guerra quizá no basten todavía a la historia para juzgarlo: está acostumbrada a los asesinos. Pero la destrucción misma de las justificaciones últimas de Hitler, es decir, de la nación alemana, hace en adelante de este hombre, cuya presencia histórica fue la obsesión durante años de millones de hombres, una sombra inconsciente y miserable. La declaración de Speer en el proceso de Núremberg mostró que Hitler, aunque pudo detener la guerra antes del desastre total, quiso el suicidio general, la destrucción material y política de la nación alemana. Para él, el único valor siguió siendo -hasta el fin- el éxito. Puesto que Alemania perdía la guerra, era cobarde y traidora y debía morir: "Si el pueblo alemán no es capaz de vencer, no es digno de vivir".

Hitler decidió, por tanto, arrastrarla a la muerte y hacer de su aniquilamiento una apoteosis, cuando los cañones rusos derribaban ya las paredes de los palacios berlineses. Hitler, Goering, Himmler, Ley, se matan en subterráneos o celdas. pero esta muerte es una muerte para nada, es como un mal sueño, una humareda que se disipa. Ni eficaz ni ejemplar, consagra la sangrienta vanidad del nihilismo. "Se creían libres -grita histéricamente Frank-. ¡No saben que uno no se libera del hitlerismo". No lo sabían, ni tampoco sabían que la negación de todo es una servidumbre, y la verdadera libertad, una sumisión interior a un valor que hace frente a la historia y sus triunfos.


Albert Camus
Fragmento del capítulo III de «El hombre rebelde»








1941. El milagro de Hitler



Como Adolfo Hitler tiene pocos amigos que expliquen sus proezas en la gran Prensa del mundo, catorce millones de votos parecen surgir de la alucinación, de una pesadilla o de algún enigma indescifrable. Pero en rigor lo más extraordinario de las elecciones últimas no es que Hitler hallara catorce millones de votantes, sino que su triunfal adversario, el general Hindenburg, encontrase 19 millones. Hitler, en efecto, puede estar tan orgulloso de estos diecinueve millones como de los catorce que obtuvo para si.

Porque la situación viene a ser ésta. Supongamos que al proclamarse la República española hubiesen elegido las Cortes Constituyentes al Sr. Besteiro como presidente de la nación, que al cabo de seis años de República y levantamientos comunistas se hubiera producido una reacción tan grande en el país, que los socialistas no se hubieran atrevido a presentar candidato propio y que hubieran votado a uno del centro, como don Santiago Alba, por ejemplo, pero que la mayoría de votos hubiese sido para el general Primo de Rivera, equivalente español de Hindenburg. Supongamos que entonces hubiera empezado a difundir sus ideas el doctor Albiñana, al punto de alcanzar catorce millones de votos frente a los diecinueve del general Primo de Rivera. Besteiro equivale a Federico Ebert; Primo de Rivera a Hinderburg; Albiñana a Hitler.

El triunfo máximo de Albiñana habría consistido en hacer que los socialistas y republicanos-radicales hubiesen votado a Primo de Rivera, como han votado a Hindenburg en Alemania.

¿Cómo ha sido posible este milagro? He leído una buena mitad de las ochocientas grandes páginas de Mi Lucha, de Hitler. No es buen escritor, como no lo suelen ser los oradores. Tampoco se propone serlo. Hitler proclama su convencimiento de que los movimientos políticos no los hacen los escritores, si no los oradores. Con ello digo que para entender a Hitler no basta con leerle. Habría que verle en la tribuna, al frente de los suyos. Pero Diego Láinez solía decir de San Ignacio que era hombre de pocas verdades, en el sentido de que su espíritu se concentraba en el menor número posible de principios, y el dicho es aplicable a Adolfo Hitler. Sus ideas son dos, y sólo dos: la Patria y el trabajo.

Ya lo dice dos veces en la misma denominación de su partido, que es “el nacionalsocialista de los trabajadores alemanes.” El concepto de trabajadores no hace sino precisar el de socialista, y el de alemanes viene a repetir lo de nacional. El propio Hitler no es sino un trabajador alemán que ha descubierto que hay muchos millones de hombres que se hallan en su caso. Es tan sencillo como el huevo de Colón, pero a los trabajadores no se les permitía darse cuenta de que eran alemanes, ni los buenos alemanes se solían sentir trabajadores, aunque trabajaran más que negros. Hitler no es sino el guión que une dos conceptos políticos, el nacional y el socialista, que antes andaban sueltos. Parece que no es mucho. Implica, sin embargo, una revolución o una restauración, según se mire.

El éxito o el fracaso de Hitler no puede predecirse. Se ha echado encima un enemigo poderoso o implacable. Los judíos son ricos, tienen en sus manos los grandes periódicos y no figura, que yo sepa, entre sus máximas la del perdón de las injurias. Hitler tiene un concepto racial del patriotismo y un sentido material del trabajo, que excluye a los judíos, lo mismo por extraños a la raza germánica que por aficionados a ocupaciones usurarias, especulativas y comerciales, que no le merecen simpatías. Así que me parece muy posible que los judíos acaben por derrotar a Hitler, pero también creo probable que su causa triunfe, a pesar de ello. Y es que Hitler mantiene en Alemania, por lo menos frente a los socialistas y frente a los nacionalistas, la causa sagrada de la unidad del hombre.

Sostienen los socialistas que los obreros carecen de patria. Lo habían dicho textualmente Marx y Engels en el manifiesto comunista: “Los trabajadores no tienen patria. No se les puede quitar lo que no tienen.” Viceversa, los nacionalistas no han solido ocuparse de la cuestión social. Con tal de exaltar a su país sobre los otros, no se cuidaban de oponerse a la explotación de los obreros, como si fuera fatal e inevitable. Ya han pasado ochenta y cuatro años y cuarto desde que se promulgó el manifiesto comunista, y ha habido ministros socialistas en casi todos los pueblos europeos, lo que no quita para que se continúe manteniendo el dogma de que los obreros carecen de patria.

La verdad es distinta, sin embargo. Lo pude ver en Londres, en 1911, cuando surgió la guerra de Trípoli entre Italia y Turquía. Los camareros de los restaurantes italianos que yo frecuentaba empezaron a manifestarse orgullosos de las hazañas de su Patria: “Ahora verán estos ingleses que también nosotros tenemos acorazados y cañones; y regimientos, y colonias.” “¿Pero no son ustedes socialistas?”, les preguntaba yo. “Socialistas, sí, señor, pero italianos”, solían contestarme.

Era un mundo nuevo el que surgía, un mussolinismo antes de Mussolini. El acierto de Hitler consiste en haber sentido lo mismo que vastas multitudes, que desean a todo trance conciliar sus reivindicaciones de clase social con sus sentimientos e intereses nacionales, y en haber visto que, a su vez, el patriotismo alemán necesita el activo sostén de las masas obreras para defenderse con probabilidades de victoria. En palabras de Hitler: “Para recobrar la independencia de Alemania respecto del extranjero hay que recobrar primeramente la voluntad de nuestro pueblo.”

Del mismo modo que un socialismo desnacionalizado, sin el estímulo de los valores nacionales, de las banderas patrias, de los sentimientos e intereses comunes, no es sino sectarismo, el nacionalismo necesita de la justicia social y del contentamiento popular para el buen servicio de la Patria. Y aunque es verdad que los intereses del pueblo y los de la Patria no son siempre los mismos, porque las rentas públicas pueden ser pequeñas y grandes las privadas, y viceversa, lo que hace surgir una dialéctica política entre la causa del partido popular y la del partido de la cosa pública, tampoco son contrarios, y mucho menos extraños, los intereses de la República y los del pueblo, sino que hay una vasta zona común, en que pueden marchar de acuerdo la causa nacional y la de la justicia social, que es la razón de que surgiera el guión Hitler, que ha unido buena parte del nacionalismo y del socialismo en un mismo partido.


Ramiro de Maeztu
ABC (Madrid), 20 de abril de 1932 - Pág. 3