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1521. Los españoles de antes



Elena Poniatowska / La Jornada 28 Junio 2015

Ahora que Felipe y Letizia vienen a México, en su primera visita como reyes de España, es bueno recordar que en 1939, a raíz de la guerra vinieron a este país 30 mil españoles, muchos traídos por un solo hombre: el cónsul Gilberto Bosques, quien acataba las órdenes del entonces presidente de la República, el general Lázaro Cárdenas.

Gilberto Bosques no sólo los documentó para que se embarcaran en Marsella, Le Havre, Orín o Casablanca, sino que los alojó en el sur de Francia, en el Castillo de La Reynarde, donde vivieron 850 hombres, y en el de Montgrand, donde esperaron más de 500 mujeres, entre ancianas, jóvenes y niñas.

Varios barcos habrían de atravesar continuamente el océano: el Sinaia y el Méxique, el De Grasse y el Ipanema el, Flandes y el Winnipeg, el Niassa, el Marqués de Comillas y el Champlain, que naufragó atacado por un torpedo y en el que perdieron la vida los refugiados que en él viajaban. El Vita es otro cantar que le valió canas verdes a Indalecio Prieto, responsable del tesoro. Otros viajaron en el famoso Queen Mary, que los llevó a Nueva York, pero no les permitieron desembarcar por comunistas y porque el gobierno estadounidense –a diferencia de la Brigada Lincoln– reconoció al gobierno de Franco.

Constancia de la Mora, esposa de Ignacio Hidalgo de Cisneros, jefe de la aviación republicana y autora de un libro sobre la guerra de España, Múltiple esplendor, logró desembarcar en Nueva York.

Fernando y Susana Gamboa también fueron piezas claves en la organización del viaje de los refugiados españoles. Susana Gamboa atravesó dos veces el Atlántico y todos recuerdan su bondad y su belleza, y el ánimo que sabía infundir a los desterrados.

Entre embarque y embarque había que esperar. Para los españoles, La Reynarde, a 12 kilómetros de Marsella, y Montgrand resultaron mil veces mejores que los campos de concentración de Argelès-sur-mer, St. Cyprien, Gurs, Vernet, Agde y Septfonds con los que la Francia entreguista de León Blum y Edouard Daladier maltrató a los españoles.

Gilberto Bosques cuenta que la Francia de Vichy era todo menos hospitalaria. Al contrario, tuvo que defender a los refugiados contra la hostilidad de la policía petainista francesa, los agentes de Francisco Franco y, desde luego, la Gestapo nazi.

Luchó como endemoniado para que las autoridades respetaran los albergues. En La Reynarde, Gilberto Bosques logró que los refugiados encontraran consuelo además de ropa limpia, sábanas blancas, una cama, buena comida y esparcimiento. Se improvisaron representaciones teatrales como La zapatera prodigiosa, de García Lorca. También creó en Los Pirineos una casa de recuperación para 80 niños, muchos de ellos huérfanos de guerra.

De los muchos españoles que tuve la suerte de conocer guardo un recuerdo imborrable de Juan Rejano, hijo de un rey moro, toro de Miura, poeta, escritor; de León Felipe, quien bajo su gorra vasca se mesaba la barba en el café París y a quien tuve el privilegio de entrevistar en su casa de Miguel Schulz, cuando su mujer aún vivía: Bertuca, Bertuca, ven, ven a ver una rusita; de Max Aub, a quien una vez vi leer los periódicos en forma por demás curiosa y expedita. Los abría e iba volteando las grandes hojas muy rápidamente: Esto que lo lea mi abuela, “esto –daba vuelta a la página– que lo lea mi tía”, esto es para el vecino, esto para Gutierre Tibón.

Ay, Max. ¿A poco ya terminaste? “Sí –reía–, todo esto ya me lo sé.” Era verdad, todo lo sabía, en su corazón y en su cabeza, todo lo había vivido. Magda Donato, la actriz, hermana de Margarita Nelken (pero no se hablaban) y esposa de Bartolozzi, el dibujante del Pinocho español), era una mujer fuerte y cariñosa, que hizo teatro en francés, en el Instituto Francés de América Latina con André Moreau.

Monseñor José María Gallegos Rocafull también me impresionó, así como la ironía en los ojos del maestro Manuel Pedroso, a quien Carlos Fuentes y Sergio Pitol siempre ponderaban.

Debo confirmar aquí que tengo enorme devoción por los republicanos y siempre atesoré su amistad. La maestra que más quise en el año cursado en el Liceo Franco Mexicano y a la que más recuerdo, aunque sólo permanecí siete meses en su clase, eraMadame Alban, una rubia finita que sabía mirarnos con perspicacia e inteligencia, y resultó ser hermana de Michele Alban, casada con Tomás Segovia. Eran una pareja muy hermosa. Se decía que ella no usaba brasier y como salía a correr por el Paseo de la Reforma tras de algún ladrón de libros de la Librería Francesa (por lo general el ladrón era Ivan de Negri) todos la veíamos correr con admiración por sus pechos movedizos. Más tarde habría de parecerme guapo y atractivo Félix Candela, el de las cubiertas arquitectónicas en forma de ala, y me encantó Amaro del Rosal, a quien entrevisté cuando era subdirector o gerente de la Dina Nacional, que hacía carros de ferrocarril, allá por los llanos de Apan. No se diga Neus Espresate, tímida e intensa directora de la editorial Era, quien hacía todo por parecer una secretaria más.

A propósito de Neus también su familia quedó separada, su padre, don Tomás Espresate (el editor e impresor), por un lado, su madre por otro y los hijos por otro, tiempos en campos de concentración que Neus no quiere recordar.

Toda experiencia de dolor bien vivido, enriquece, y si algunos españoles son tan sensibles y activos en las causas sociales y políticas de nuestro país es seguramente por su pasado en la guerra civil, del lado de la República.

Quisiera rendir homenaje a una mujer que llevaba el nombre de Encarnita Fuyola. Vivía muy pobremente en la calle de López, arriba de la tienda de platos, cazuelas, vajillas, sartenes, vasos y jarrones llamada El Ánfora. Era vieja y gorda. Nunca la vi sin su delantal, y cada vez que la visité la encontré en su silla de ruedas. Tuvo un hijo con un mexicano; no la cuidaban ni el padre ni el hijo. Me contó que había sido enfermera del Hospital Obrero, que dirigía el doctor Juan Planelles durante la guerra, y que trabajó junto a Tina Modotti. Yo no era importante, ni siquiera enfermera, era una afanadora, sacaba las bacinicas.

Escucharla fue un bálsamo y una lección de vida, y una tarde, después de una copita de jerez que compré en una tienda de abarrotes y bebimos contentas, me confesó que ella era la guerrillera que había ayudado a volar un puente y aparecía en el libro de Hemingway de Por quién doblan las campanas. A su entierro no acudió nadie, ni siquiera su hijo.

Imposible olvidar a Luis Buñuel, con quien visité tres veces la cárcel de Lecumberri para ver al poeta Álvaro Mutis. Ni a Luis Alcoriza, también director de cine que todos los domingos compartía con su mujer Janet (Raquel Rojas) y con Jeanne Buñuel los famosos martinis. Guardaba su botella de gin en un refrigerador que sólo él tenía derecho a abrir.

Más tarde, ya siendo yo parte del suplemento México en la cultura, en el tercer piso de Novedades, Fernando Benítez –gran actor de sus emociones– recibía con una aparatosa reverencia a Sol Arguedas y a Elvira Gascón:Doña Sol y doña Elvira, todo el Siglo de Oro me visita. Cuando salimos deNovedades recuerdo que me impresionó mucho la entereza de Ramón Ramírez, quien hizo un gran libro sobre el 68.

Todos los años, el día de Reyes, el 6 de enero, Raoul y Carito Fournier ofrecían una rosca de Reyes en su casa de San Jerónimo y allí pude conocer a Nicolau d’Olwer, quien declaró que Sahagún, en su Historia general de las cosas de la Nueva España, fue el primero en darnos una posible clave para la comprensión total, íntima, del mundo, la cultura y la religión aztecas.

Más tarde, las escritoras habríamos de apasionarnos por Joaquín Díez-Canedo, su pipa y sus ediciones maravillosas, su paciencia a toda prueba para editar la monumentalTerra Nostra, de Carlos Fuentes (Monsiváis decía que era necesario obtener una beca Guggenheim para poder leerla) y Palinuro de México, de Fernando del Paso. La China Mendoza gritaba a todo pulmón desde la calle, en la puerta de la editorial Joaquín Mortiz: Joaquín, te amo; Joaquín, voy a matarme, si no me correspondes y, Joaquín, acostumbrado a las cumbres borrascosas de sus autores, ni siquiera sacaba su pipa de su boca.

De todos, la amistad más profunda que hice fue con el retraído y expectante Vicente Rojo, de mi misma edad, con quien comparto algo intangible que ambos llevamos dentro y tiene que ver con el silencio.

Así como la película Subida al cielo, el gran exilio español en México nos subió a nosotros al cielo, al de la inteligencia, al de la nobleza y, en cierto modo, al del heroísmo, porque nos enseñó que hay causas por las cuales vale la pena jugarnos la vida. Todos nos lanzamos de cabeza dentro del corazón republicano, porque era noble, cálido, generoso y hasta tenía sentido del humor.










1050. Recordando a Tina Modotti

27 de Octubre de 1936

Ya para fines de octubre, Albacete es una torre de Babel. Un barco proveniente de Marsella trajo quinientos voluntarios, otros quinientos llegan a Alicante. Albacete, la base militar, no sabe ya ni a qué santo encomendarse. No llegan los camiones de aprovisionamiento. Los alemanes quieren cerveza, los italianos espagueti, los franceses patatas fritas, vino hay y mucho, pero todo lo demás falta. Nadie entiende a nadie. Los franceses, los belgas, los ingleses, los alemanes, se jactan de su formación de combatientes; estuvieron en la guerra de 1914 y presumen: “ Hemos combatido en los Balcanes, en el Marne, en los Alpes. En Libia. Tenemos experiencia, recibimos un entrenamiento; hicimos, al menos, nuestro servicio militar”. Desprecian a la gran mayoría que no tiene la menor disciplina e ignora hasta cuál es el cañón de un fusil. Los más calificados, los más políticos son comunistas, los demás tienen diferentes ideologías. “Babel, esto es Babel” dice Longo al caminar entre los campamentos. “Unirlos va a ser mi prueba de fuego”. ¿Qué voy a hacer con ellos? ¿Cómo voy a hispanizarlos?” Entre ellos se pelean comunistas con socialistas, anarquistas con antimilitaristas (que sin embargo piden fusil); elegirán a sus oficiales, a sus suboficiales, las medidas se discutirán y tomarán de común acuerdo: cualquier acción tiene que aprobarse y votarse. Los ingleses, los escoceses, los irlandeses, sobre todo, miran consternados. Ralph Fox, un joven inglés, escribe todas las mañanas en un cuaderno escolar antes de salir a entrenarse en las madrigueras cercanas. “Puedo organizar una comida con lo que tenga a la mano”, ofrece. “Lo malo es que no tenemos nada a la mano”. Seguramente los voluntarios de cincuenta y tres países incluyendo hindúes, argelinos, árabes, sudafricanos, latinoamericanos, esperaban otra cosa, pero ¿qué puede darles Luigi Longo si no tiene nada? “Paciencia, por el momento, les pido paciencia.” Gallo encanece. Lo peor es la falta de armas. ¿Qué va a ofrecerles a estos hombres que Malraux llamará más tarde voluntarios de la libertad? ¿Cómo unir a hombres tan dispares en una sola voluntad?

Radio Salamanca, de los nacionalistas, los trata de aventureros, canallas, piojosos malhechores, borrachos, criminales; las cárceles de Europa han abierto sus puertas para dejar salir a toda su podredumbre, su cloaca. Radio Salamanca se ensaña contra la horda del comunismo internacional, que vierte sus aguas negras sobre la tierra de España. En cambio, los nacionalistas reciben el apoyo de verdaderos ejércitos rigurosamente entrenados, de la Alemania de Hitler y de la Italia de Mussolini.

Así, por su idioma, se van dividiendo los voluntarios en brigadas, la Thaelmann de los alemanes, la Gastone-Sozzi de los italianos y suizos. El flujo de hombres y mujeres es cada vez mayor. Nino Nanetti los recluta, Palmiro Togliatti –Alfredo o Ercole, de la Comintern- y Pietro Nenni los transforman en unidades de ofensiva. Ludwig Renn, el alemán, escribe lo que ve; Gregory Stern toma el nombre de General Kleber; Mata Zelka, el húngaro, el de Paul Lukács. Las brigadas reciben entrenamiento del francés André Marty, un hombre duro, que instruye a la fuerza: “Las tres cosas esenciales para la victoria son la unidad política, líderes militares y disciplina” y les dice que están aquí para matar fascistas, no para suicidarse frente a ellos. No cree en el falso heroismo, “No tendréis condecoraciones o cruces de guerra, vuestras viudas no recibirán pensión. Ateneos a las consecuencias.” Entre tanto, los ingleses, irlandeses, franceses, los voluntarios de América tienen  que acostumbrarse a la falta de higiene, a la mala comida, a la incomunicación, pero sobre todo, y es lo que más les duele, a las armas obsoletas. Las piezas de artillería no sirven. Aunque André Marty advierte: “Los entrenamos para ser buenos soldados y salir a la acción bien equipados y con buenos fusiles; se avecina una guerra, no una masacre”, la verdad es que las armas no sirven y las pésimas condiciones de vida siguen igual.

La causa: esto es bueno para la causa, estos es malo para la causa. Ya no hay civiles en España, todos llevan uniformes. Las gorras, las botas, los zapatos pueden ser distintos, pero todos quieren que se les identifique como milicianos.

Circulan los porrones de vino y los extranjeros distinguen porque no saben recibir el chorro y por más que abren la boca, el vino les cae en la cara, en el pelo, y los demás ríen.

Cuando Tina regresa en tren a Madrid, al bajar en la estación e Chamartín va corriendo al cuartel de Francos Rodríguez. Vittorio ha salido a París con Matilde Landa.

¿Quién es ésta que ahora se apoya contra el muro? ¿Quién soy yo aquí clavada escuchando que Vittorio se ha ido con otra? Una inmensa opresión la paraliza, el ardor en su pecho se transforma en una aguda punzada. También el brazo izquierdo le punza, imposible moverlo, duele, duele tanto como su costado. “Soy una mujer inmune”, se repite. Pero no es cierto. Los celos desplazan un lugar en su corazón; sus latidos son puñetazos sonoros, nada los amortigua. Cálmate, camarada María, calma, calma, ¿no eres tan independiente de espíritu como él? Súbitamente se le aparece Edward, todo el color se ha ido de su rostro. Y yo que me burlaba de sus ataques de celos. Tina los descubre por primera vez y sabe que no hay antídoto contra semejante mal.

Sus pasos trastabillantes camino al Hospital Obrero son de anciana. O de ebria.

- Oye, parecemos una posesión rusa, Madrid está lleno de rubios deslavados. A mí no me gusta la gente así, tan sin color.

- ¿Qué te pasa, chica? –se enoja María Luisa Lafita con Mari Valero-. Estamos viviendo una revolución de gran alcance, esto ya nadie lo puede parar. ¿Qué daríamos por tener una revolución como la rusa?

- Yo sigo pensando que son muchos rusos.

Estas dos discuten siempre.

La Pasionaria las arenga: “Sed las heroínas de esta lucha gloriosa por la libertad del pueblo y la independencia de España.” “Las mujeres debemos exigir valor a nuestros maridos.”

Las madrileñas responden: “Si los hombres no defienden Madrid, lo defenderemos nosotras mismas. Moriremos antes que caer en manos de los moros. ¡Madrid no será nunca del fascismo!”

Pepe Díaz viaja por España enardeciendo a los hombres y a las mujeres que se agrupan en torno suyo. Jesús Hernández, Pietro Nenni y André Marty hacen lo mismo frente a las brigadas internacionales. “Las trincheras que surcan la tierra de España son los trincheras de la libertad de Europa.”

La rusificación es natural. En octubre, se celebra el aniversario de la Revolución Rusa y en los cines madrileños se exhiben El acorazado PotemkinEl asalto al Palacio de Invierno ,Lenin en octubre.

El Genil, un afluente del río Guadalquivir, rompe en dos un pueblo; la parte rica a la derecha, la pobre a la izquierda. Los de la derecha llaman al otro lado del río Genil, el izquierdo, Rusia. ¿Te vas a Rusia?” Allá están la UGT, la CNT, los jornaleros y los combatientes más aguerridos. Al niño de nueve años, Federico Álvarez, le dice su primo:

- ¿Sabes qué? Tu papá es ruso.

Federico corre a confesarse:

- Padre, mi papá es ruso.

- ¡Pero qué va a ser ruso, hijo mío, claro que no es ruso, quiérele mucho, quiérele mucho, yo casé a tu padre y a tu madre, no te digo más, quiere a tus padres, quiere a tus padres!

- Don Vicente, el confesor, abraza al niño.

Los muros de Madrid, cubiertos de propaganda prosoviética, hacen que la España republicana aguarde la llegada de los Chatos, los Moscas, los Katiushkas, los Ratas, los Natashas, aviones prometidos de la Unión Soviética. Cuando Águeda Serna Morales, Mura –como la llaman- los ve en el cielo dibujar con humo la hoz y el martillo, no cabe en sí de la dicha, “¡Ay, ya tenemos aviación, ya tenemos quien nos ayude, ya no estamos solos!”

- ¡No sabes lo bien que se ve cuando están ametrallándose arriba!

- Muchachas, entrad, entrad, es peligroso.

- No importa quien nos maten, ya llegaron los rusos, nos ayudan los rusos, nos mandaron aviación.

Mura se pone un pañuelo floreado en la cabeza y amarra las dos puntas bajo su mentón:

- Qué bonita, pareces rusa.

- ¡Qué bueno, me encantaría ser rusa! Es que yo desde jovencita he sido rebelde y no creo que Rusia me vaya a desilusionar jamás.

Lo que no saben sus compañeros es que la joven Mura está aprendiendo a dinamitar puentes. Después del primer bombardeo, cuando vio que los Junkers y los trimotores escogían las entradas del metro, los barrios populares y las colas de gente en espera de pan y leche para masacrarlos, decidió unirse a un grupo en la sierra que recibiría un entrenamiento especial guerrillero. La movilizaron para Extremadura. Más tarde la encontrará Ernest Hemingway y será el modelo de María, en la novela Por quién doblan las campanas.

Tina lee:

Se le vio caminando entre fusiles
por una calle larga
salir al campo frío
aún con estrellas de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
me osó mirarle a la cara.
Todos cerraron los ojos,
rezaron: ¡ni Dios te salva!
muerto cayó Federico
-sangre en la frente y plomo
en las entrañas-.
Que fue en Granada al crimen
sabed -¡pobre Granada!., -¡en su Granada!

A Tina se le humedecen los ojos, no por Federico, por don Alejandro que murió. ¡Cuánto desea conocer a Antonio Machado, qué poeta maravilloso!


Elena Poniatowska
Tinísima, 1992