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3443. Dos sonetos a García Lorca

Lectura de Doña Rosita la soltera con miembros de la compañía de Margarita Xirgú, 1935


Una campana muerta

Viento de guerra corre por España 
y llega hasta la tierra granadina, 
pidiéndole al ciprés que se avecina 
cuerpo donde saciar su negra entraña. 

Los lirios van tejiendo una mañana 
de pálida tiniebla mortecina, 
donde la soledad se arremolina 
presintiendo cercana la guadaña. 

De puerta en puerta va por los jardines 
apuñalando al viento, apuñalando 
hasta al maíz dichoso en su mazorca. 

Quedan muertos de pena los jazmines 
porque viene la Muerte preguntando, 
y es por ti, Federico García Lorca. 


La muerte
(8 de agosto de 1936)

Aquó yace su frente de gitano, 
aquí yacen los hombres tan viriles 
que hicieron vacilar a los fusiles 
que el crimen levantaba con su mano. 

Van a llevarse el fruto más lozano 
que vio crecer agosto en sus atriles, 
y entre juncos que el aire hará gentiles 
se quebrará su aliento soberano. 

Se quebrará, se quiebra, se ha quebrado, 
y caminando muerto va hacia un hoyo 
mientras lloran los campos su sentencia. 

Ya llene el noble pecho atravesado, 
ya su sangre se pierde en un arroyo, 
donde el clavel pondrá su residencia. 


Antonio Aparicio
El Mono Azul, 28 de octubre de 1937







2733. Fusiles al Frente

Desfile de tropas por la Gran Vía de Madrid, 1936 (Foto: Luis Ramón Marín)


Camaradas:
el fusil,
para defender Madrid...
Que tu voz diga y rediga
esta consigna apremiante:
«Arma que está rezagante,
es una más enemiga».

Por todas partes se diga
que el fusil,
para defender Madrid.

Está comprobado y visto
que la «FN» y la «Star»
bastan para vigilar
o para hacer un registro.
Camarada, hay que ser listo,
y el fusil,
para defender Madrid.

El fusil, aquí, contigo,
no ha de sernos necesario;
para el servicio ordinario,
la pistola es buen amigo.
Fíjate en lo que te digo:
que el fusil,
para defender Madrid.

Un grupo, una compañía,
batallón o regimiento,
si está escaso el armamento,
poco podrá en la porfía;
por eso yo te decía:
que el fusil,
para defender Madrid.

¿Cómo habrás de responder
si ves que brazos viriles,
por escasez de fusiles
tienen que
retroceder?
Es consigna de vencer,
que el fusil,
para defender Madrid.

Y a quien sordo o inconsciente,
no lo oye o no lo escucha,
decidle que nuestra lucha
ha puesto en Madrid su frente,
y su fusil de repente
le quitas,
para defender Madrid.


Antonio Aparicio
Romancero de la defensa de Madrid









2433. A Federico García Lorca



Lleva junto a nosotros doce meses
y ha establecido aquí su residencia
cercada de fusiles y cipreses.

Le debemos respeto y obediencia
para caer cuando su voz lo pida
desde su inalterable presidencia.

Desde el primer disparo decidida,
desde el primer momento desbocada,
siempre insaciable y nunca arrepentida.

Así es la guerra que llegó a Granada
preguntando por tí, con la condena
para tu clara frente decretada.

Se abrió junto a tu sien una serena
nativida de sangre sigilosa
haciendo desmayarse a la zucena.

El clavel, los jazamines y la rosa,
el afligido lirio, sus honores
rindieron a tu sangre victoriosa.

Nunca sospechó el mar que de las flores
habría de recibir tan gran ventaja
convertidos en llantos los colores.

Un andaluz leal te dio mortaja
con juncos del Genil y zarzamora
para cubrir la ausencia de la caja.

Tu cuerpo está en la tierra donde ahora
pisan los invasores extranjeros
sin escuchar los gritos de la aurora.

Me lo han dicho los vientos más ligeros
y aún encuentro en el sueño un suave llano
donde esperan tus tristes compañeros.

¿Es verdad, Federico, que tu mano
inmóvil y enterrada, está sufriendo
la injuria de los dientes del gusano?

Solitario y lejano sonriendo
te veo bajo tu muerte, bajo el peso
que te está inutilmente consumiendo.

¿Es verdad que se ha roto para el beso
el cristal abrasado de tu boca
donde estuvo el amor contento y preso?

El llanto ha de nacer hasta en la roca
para dejar la tierra humedecida
y llegar a la hierba que te toca.

¿En qué lugar, en qué región perdida
detuvieron tus piernas la carrera
deshojando los nardos de tu vida?

Callado el ruiseñor sobre la higuera
y lo mismo que adelfas junto al río,
España silenciosa en su ribera.

Pensativos la lluvia y el rocío,
regaron sin parar tu sepultura
para esperar las coplas del estío.

Allí queda en el aire tu figura,
subida a las barandas de Granada,
escuchando el caer del agua pura.

¡Por allí he de buscarte, camarada!


Antonio Aparicio, 1937