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2631. Los hombres de la Generalidad en el banquillo

Companys y su gobierno en el banquillo de los acusados del Tribunal de Garantías Constitucionales


Mucho han cambiado las cosas en cuatro años.

Si este salón de Plenos del Tribunal Supremo hablara podría contar muchas cosas. Durante cuatro años, en este salón han ocurrido sucesos sensacionales. Aquí vinimos a principios del año 1931 llenos de emoción republicana, y en el banquillo donde hoy se sientan los hombres de la Generalidad se sentaron entonces, también custodiados por dos inmóviles guardias civiles, los que pocos días después gobernaban la República. ¡Parece que fue ayer! Y , sin embargo, el mundo ha dado muchas vueltas. Algunos de aquellos hombres están hoy ocupando las más altas magistraturas del Estado. Otros están fugitivos o presos. Uno de ellos, el señor Casares Quiroga, después de correr también los más distintos avatares, está aquí hoy tranquilamente esperando a que el Tribunal lo llame para deponer como testigo. 

Nadie está donde estaba entonces. Todos aquellos hombres han recorrido caminos accidentadísimos y largos en tan poco tiempo. Es decir, hay uno, un solo hombre de los que aquellos días fueron protagonistas, que está donde estaba.

El señor Ossorio y Gallardo viste hoy, como durante aquellos días memorables, su toga de defensor. Está donde estaba. Es el único representante de la continuidad en esta sala de las sorpresas, porque hasta los Tribunales, que por ser lo más serio de este salón parecen lo más mutable, también han cambiado mucho. El año 1931 el Tribunal estaba compuesto por imponentes generales. Era el Consejo de Guerra y Marina el encargado de juzgar a los hombres civiles que se habían sublevado por la República.

Año y medio después se operó la transformación radical. Los generales estaban entonces sentados en el banquillo (me refiero al proceso del general Sanjurjo y sus compañeros), y el Tribunal estaba formado, en cambio, por hombres de toga. En la sala sexta del Supremo la que entendía en aquella vista, también sensacional. Hoy, los juzgadores no son tampoco hombres de toga. A los exconsejeros de la Generalidad va a juzgarlos el Tribunal de Garantías. Es el más alto Tribunal de la República, un Tribunal que viste de americana. Mucho han cambiado las cosas en cuatro años.


Audiencia pública

La verdad es que este proceso, a pesar de ser importantísimo, no ha despertado la expectación que otros análogos. Debe de ser porque ya estamos tan acostumbrados a las emociones fuertes que no nos producen sensación. A pesar de todo, hay bastante cola de público. El número uno de la cola lo ocupa todos los días el señor Pi y Sunyer, un ejemplo más de estos cambios bruscos a que nos hemos referido. El señor Pi y Sunyer ha sido durante estos cuatro años consejero de la Generalidad, ministro de Trabajo de la República y alcalde de Barcelona.

Ahora es simplemente un «colista» que siente la vanidad de ser el primero. Vayan ustedes a saber… A lo mejor esto le produce más satisfacción que ser exministro.

Los procesados han llegado en un coche muy grande, con policías y guardias civiles; pero nadie los ha visto más que de lejos. Todos los ocupantes del salón, que ya está lleno, tenemos los ojos fijos en la puerta por donde han de salir los procesados. 

Cuando aparecen, seguidos de los guardias, hay grandes murmullos, y se multiplican los comentarios. 

—Parece que está más viejo Companys… 

—Yo encuentro que está mejor que nunca… 

—Y aquel alto, ¿quién es? —Ese es Lluhí. 

—¡Anda! ¿Pues no decían que estaba enfermo? Tiene un gran aspecto. La cárcel le ha sentado mejor que el Palace, que era donde se hospedaba antes cuando venía a Madrid.

Los comentarios duran mucho rato, todo el rato que tarda el secretario del Tribunal de Garantías en leer una cosa que se llama el apuntamiento y que es un «latazo» muy grande que hay que aguantar siempre que se asiste a un juicio oral.

El silencio se hace, por fin, cuando se levanta a hablar el primero de los procesados. Es el señor Lluhí, consejero que fue de Justicia de la Generalidad de Cataluña. Alto, erguido, serio, contestando con seguridad a las preguntas del presidente. 

—¿Cómo se llama usted? 

—Juan Lluhí Vallescá. 

—¿Su edad? 

—Treinta y siete años.

Al oír esta respuesta, algunas señoritas espectadoras se empinan todo lo que pueden porque no ven bien al procesado desde sus asientos. 

—No está mal eso de treinta y siete años —comentan—, y, además, tiene buen tipo. 

Continúa el presidente: 

—¿Su estado? 

—Casado—contesta inmediatamente el señor Lluhí, y huelga decir que las señoritas que estaban en la sala con el oído alerta y el ojo avizor han hecho un mohín muy significativo. Pierden, por fin, todo su interés por este procesado, que es el más elegante de todos cuando contesta a otra pregunta: 

—¿Tiene usted hijos? 

—Tres hijos. 

Ahora las señoritas espectadoras ya casi se enfadan. Tres hijos a los treinta y siete años. ¡No hay derecho! 

Como los procesados son siete y los testigos treinta o cuarenta, quiere decirse que al día siguiente de comenzar la vista el presidente está fatigado de hacer tantas preguntas y nosotros fatigadísimos de oírlas. Menos mal que, gracias a eso, nos hemos enterado de las interioridades de medio Madrid y de medio Barcelona. Sabemos que el señor Sánchez Guerra tiene treinta y nueve años y que ha sido procesado varias veces por delitos de imprenta. Sabemos también que un alto jefe de la Guardia civil ha nacido en Trujillo. No es tampoco un secreto para nosotros la edad del señor Salazar Alonso ni la de dos capitanes, un comandante, un general de la Guardia civil y varios empleados de la radio de Barcelona. Sabemos también los hijos que tienen todos ellos. Claro que nada de esto nos importaba mucho; pero… el saber no ocupa lugar, como nos decían de niños. 

El primer día de la vista ha transcurrido un poco aburrido. Las declaraciones, aunque han tenido momentos de emoción, han sido lentas, demasiado lentas

Al día siguiente, es decir, el segundo día, se produce el primer movimiento de intensa emoción en la sala. El presidente ha llamado como testigo al señor Pérez Farrás. De este hombre se habla constantemente en el sumario.

Era el comandante de los Mozos de Escuadra, y ha estado condenado a muerte. Ahora cumple cadena perpetua en el Penal de Cartagena. La emoción de la sala se convierte en angustia dramática cuando se produce el careo entre Pérez Farrás y el comandante que mandaba las primeras fuerzas que fueron contra la Generalidad. Los dos están frente a frente. También lo estuvieron hace algunos meses en Barcelona; pero con las armas en la mano.

La tensión aumenta. Estos dos hombres pudieron matarse aquella noche. 

—Yo no disparé contra tus hombres —dice Pérez Farrás. 

—Tú disparaste, o mandaste disparar. Me mataste a seis artilleros. 

¿Y los procesados? ¿Qué cara pondrán ahora los procesados? ¡Es una lástima que no podamos verlas! Todos están de espaldas.


Josefina Carabias
Mundo Gráfico, 5 de junio de 1935  









1122. Bando de Domingo Batet declarando el Estado de Guerra durante la Revolución de 1934

Tras el discurso de Lluis Companys proclamando el Estado Catalán, el Presidente se comunicó telefónicamente con el General Batet para informarle del suceso a la vez que le exigía ponerse a las órdenes de la Generalitat.

«Como catalán, como español y como hombre de humanidad, siento mucho lo ocurrido, pues es un mazazo que me da en la cabeza. Asunto de tanta gravedad no puedo resolverlo en un momento, y si usted ha tenido muchos días para meditarlo, justo es que yo necesite siquiera el plazo de uno, antes de resolver.», fue la respuesta del General Batet, además de requerir al Presidente una comunicación oficial.

«Excmo. Señor: Como Presidente del Gobierno de Cataluña, requiero a V.E., para que con la fuerza que manda, se ponga a mis órdenes para servir a la República Federal que acabo de proclamar. Palacio de la Generalidad, 6 de octubre de 1934.– Luis Companys. Sr. Domingo Batet, General de Cataluña.»

Sin embargo, el general Batet desoyó las órdenes de Companys y acató las de Lerroux, procediendo a declarar el estado de guerra.

Es posible que el pueblo catalán le acusara entonces de traidor. Dos años después, este militar leal a la República, perdía la vida en el campo de tiro de Vista Alegre ante un pelotón de fusilamiento franquista.

«Soldados, cumplid un deber sin que ello origine vuestro remordimiento en el mañana. Como acto de disciplina debéis disparar obedeciendo la voz de mando. Hacedlo al corazón; os lo pide vuestro general, que no necesita perdonaros, porque no comete falta alguna el que obra cumpliendo órdenes de sus superiores».


*


Don Domingo Batet Mestres, general de División y del Ejército y jefe de la Cuarta División Orgánica.

Hago saber:

Que de conformidad con lo prevenido en decreto de esta fecha recibido a las veinte horas, queda declarado el estado de guerra en todo el territorio de la región catalana, y asumo, por tanto, el mando de la misma, estando dispuesto a mantener el orden público a todo trance, empleando al efecto cuantas medidas de rigor sean necesarias, esperando de la sensatez y cordura de los ciudadanos que no llegue a precisar su empleo, y que por parte de todos con su civismo y amor a la República, contribuirán al restablecimiento de la paz perturbada.

De acuerdo con los preceptos de la Constitución, Ley de Orden Público, Código de Justicia Militar y Orden de 6 de enero de 1934, después de requerir a los rebeldes y revoltosos a deponer su actitud para quedar exentos de pena, los que no sean jefes, si lo hacen en el término de dos horas a partir de la publicación de este bando, y a cumplir todo lo que en él y en las prevenciones anexas se dispone:

Ordeno y mando:

1º. Los reos del delito de rebelión militar serán juzgados en juicio sumarísimo si a ello hubiere lugar, y castigados con la pena de muerte o con la de reclusión perpetua a muerte, según los casos, y los establecido en el Código de Justicia Militar.

2º. Serán considerados reos de tal delito, según la Ley, entre otros, los que al alzarse en armas contra el Gobierno legítimo hostilicen a las fuerzas del Ejército, Cuerpo de Seguridad y fuerzas de Asalto, estos dos últimos cuando vistan sus uniformes reglamentarios; los que ataquen a los cuarteles, polvorines o dependencias militares, los que atenten contra las vías o redes de comunicaciones, metros o servicios públicos, incluso los a cargo de empresas particulares, Bancos, fábricas y establecimientos y edificios de todas clases que estén custodiados por fuerzas del Ejército u otras de las unidades armadas citadas anteriormente.

3º. La mera tenencia de armas, artefactos explosivos, incendiarios, de gases (asfixiantes o lacrimógenos) que hagan presumir propósitos de ataque, destrucción o resistencia, si no tuviese calificación más grave, se considerará, según el caso, como tentativa o auxilio a la rebelión.

4º. Incurrirán en análoga calificación los que abandonen su ocupación o trabajo habitual, o los que por haberlo abandonado no se reintegren al mismo y faciliten de este modo los planes de los rebeldes; y en todos los casos, los que atenten contra la libertad individual y de trabajo.

5º. Serán culpables de seducir, provocar o excitar a los rebeldes los que en cualquier forma inciten a la revuelta, desobediencia, resistencia, desacato o menosprecio a las autoridades y sus agentes, cualquiera que sea el medio empleado, incluso la imprenta, el grabado o dibujo.

6º. La agresión, insulto o amenazas a todo militar que vista su uniforme reglamentario, se considerará insulto a la fuerza armada.

7º. Igualmente serán juzgados por la jurisdicción de Guerra los delitos de robo en cuadrilla, secuestro de personas, incendio y cuantos afecten de un modo evidente y directo al orden público, con relación, conspiración, provocación, inducción, excitación, sedición y auxilio a la rebelión citada.

8º. Se recuerda a los reclutas en Caja, a los que se encuentren en primera o segunda situación activa, y a los de la reserva, que por los delitos comprendidos en el Código de Justicia Militar o en este bando, serán reputados como militares y sometidos al fuero de Guerra en toda su integridad.

9º. Por último, se advierte que las autoridades y los agentes autorizados para ello, se consideran como centinela, salvaguardia o fuerza armada, con arreglo al Código de Justicia Militar, y que las órdenes recibidas para hacerse obedecer son severísimas, por lo que deben ser acatadas por todos los ciudadanos, sin distinción de clase ni de categoría alguna por elevada que ésta sea.

Artículo adicional. A los efectos de términos legales, se hace la publicación de este bando a las veinte horas de hoy, día de la fecha.

Como catalán, como español y como hombre que sólo mira y aspira al bien de la humanidad, lamento este momento y espero de la cordura de todos que no se dará lugar al derramamiento de sangre.

Barcelona, 6 de octubre de 1934.
Domingo Batet


Prevenciones anexas al Bando.

1º. Se invita a cuantos rebeldes tengan armas, artefactos explosivos, incendiarios o de gases, a la entrega inmediata de los mismos, o indicar dónde se encuentran, para proceder a su destrucción.

2º. Queda prohibido en absoluto, con la pena de sanciones que expresa el bando, utilizar aviones para efectuar vuelos locales o a distancia, salvo las empresas y líneas regulares autorizadas.

Excepto a los equipos de relevo, que acreditarán su identidad, queda terminante y absolutamente prohibido aproximarse desde las seis de la tarde a las siete de la mañana a las líneas férreas, de energía eléctrica, conducciones de agua, gas, cuarteles, polvorines y dependencias militares, Bancos y establecimientos fabriles e industriales y edificios públicos y serán repelidos por la fuerza sin previa intimación los actos de violencia realizados contra los mismos.

3º. Se declaran incautados y a mi disposición los automóviles de carga, viajeros y particulares, motocicletas, bicicletas, aviones particulares y vehículos de todas clases, tanto en el interior de las poblaciones, como fuera del casco de las mismas, y en las carreteras, caminos, pistas y veredas, en tanto los conductores no se provean de una licencia especial para cada caso y viaje, que será solicitado de la autoridad militar o de los jefes de puesto de la Guardia Civil más próximo de las localidades donde no exista Comandancia Militar, quienes las concederán previas las garantías que se consideren oportunas.

4º. Toda persona que presencia cualquier agresión o acto de violencia, queda obligada a concurrir inmediatamente a la Comisaría, Cuartel, Juzgado, Tribunal o lugar oficial más próximo para aportar su testimonio, y si no lo hiciere, incurrirá en desobediencia grave.

5º. Las fuerzas del servicio de Orden Público, dependientes de la Generalidad (Guardia Civil, Mozos de Escuadra, Cuerpo de Seguridad y Asalto, Somatenes, guardias armados del Municipio) pasarán a depender únicamente de mi autoridad, sin que obedezcan otras órdenes que aquellas que de mí emanen, y serán reputadas fuerzas o auxiliares del Ejército, a los efectos de quedar sometidos a los preceptos del Código de Justicia Militar, por lo que se refiere a disciplina y subordinación, estando dispuesto a castigar con la máxima energía cualquier infracción que cometan.

Todos los individuos pertenecientes a Somatenes presentarán en esta División los carnés correspondientes para su revisión, entregando las armas ínterin al Parque del Ejército; de no efectuarlo en un plazo de cinco horas, contadas a partir de las ocho horas del día de mañana, se les considerará como sediciosos o rebeldes.

6º. No podrá celebrarse ninguna reunión, mitin, conferencia o manifestación pública, ni aun las juntas generales ordinarias o extraordinarias de Asociaciones o Sindicatos, sin autorización, que será solicitada por escrito, con expresión del objeto de la misma, por lo menos tres días antes de que hayan de tener lugar; autorizado que sea cualquiera de dichos actos, asistirá a los mismos, cuando lo consideren conveniente, un delegado civil o militar, según se acuerde en cada caso, el cual podrá suspenderlo tan pronto como por los que tomen parte o asistan a ellos se pronuncien discursos o se profieran frases atentatorias al régimen, al Jefe del Estado o a las autoridades, o exciten a cometer cualquier acto contrario a los mismos o al orden público o hagan la apología de la violencia o la apelación a conseguir por la fuerza cualquier ideal o propósito.

En tales casos serán, además, detenidos en el acto el orador o personas que profieran las frases o conceptos delictivos, y el presidente, y serán puestos a disposición de los Tribunales competentes.









757. El movimiento revolucionario de 1934



 

La principal confesión estaba implícita en mis primeras palabras, aquellas por las cuales os dije que yo podía ofreceros frutos de experiencia y no síntesis de teorías. He frecuentado poco los libros y deambulado quizá en demasía por la calle. De ello se deduce que me adscribí al so­cialismo por sentimiento, no por convic­ción teórica. Y si esto podía ser de abso­luta legitimidad, porque mis dieciséis años y mi miseria no me habían consentido es­tudiar, acaso no la tenga para vosotros la siguiente afirmación:  sigo siendo socialista por sentimiento, no comparto, en su integridad, todas las teorías socialis­tas y menos aún todos los fundamentos, supuesta o realmente científicos, de ellas. Por consiguiente, brindo a los críticos la ocasión de hundir su escalpelo en cuanto yo pase a decir ahora, por lo que contra­diga las teorías clásicas del colectivismo. No me he arrepentido nunca de mili­tar donde milito. El arrepentimiento, de existir, me habría empujado a marchar­me hacia otras filas que pudieran estar más en consonancia con mis ideas perso­nales. Nunca encontré, ni las busqué, esas agrupaciones. Donde mis ideas han esta­do siempre acopladas, y siguen estándolo, es en el Partido Socialista, acaso no por resplandores de mi inteligencia, sino por afectos de mi corazón, que me dice, que me ha dicho, y creo que me seguirá diciendo hasta la hora de morir,  que  la verdadera justicia está con nosotros, en la igualdad de los hombres, en el socialismo. (Aplausos.) Además, en parte alguna des­cubrí tanta abnegación y tanto sacrificio como entre las huestes socialistas.

Mi segunda confesión viene a un pla­no de relativa actualidad y será más su­gestiva para vosotros y más dolorosa para mí. Aquí he de empalmar mis palabras de hoy con otras que pronuncié en el dis­curso de 21 de abril de 1940, al inaugu­rarse el Círculo Pablo Iglesias, palabras que abarcan, en cierto modo, todo este período trágico de la vida española. Me refiero al movimiento revolucionario de 1934. Me declaro culpable ante mi con­ciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación de aquel movimiento revolucionario. Lo de­claro, como culpa, como pecado, no como gloria. Estoy exento de responsabilidad en la génesis de aquel movimiento, pero la tengo plena en su preparación y des­arrollo. Por mandato de la minoría par­lamentaria socialista hube yo de anunciar­lo sin rebozo desde mi escaño del Parlamento. Por indicaciones, a las que lue­go aludiré, hube de trazar en el Teatro Pardiñas, el 3 de febrero de 1934, en una conferencia que organizó la Juventud Socialista, lo que creí que debía ser el programa del movimiento. Y yo —al­gunos que me están escuchando desde muy cerca, saben a qué me refiero— acep­té misiones que rehuyeron otros porque tras ellas asomaba, no sólo el riesgo de perder la libertad, sino el más doloroso de perder la honra. Sin embargo, las asumí.

Aquel movimiento pudo haber sido in­necesario. Fue inútil en cuanto a resul­tados prácticos y glorioso por el espíritu de sacrificio de nuestras masas, que se manifestó de manera tan heroica y cruen­ta en las montañas de Asturias. 

Os dije el 21 de abril de 1940 —ahora quienes  me escucháis sois  muchos  más que entonces—, esto que traigo copiado: «El primer error —terrible error— fue el aislamiento en que nos hubimos de  si­tuar los socialistas en las elecciones de 1933, cuando, al producir, en casi todas partes, una desunión profunda con respecto a las fuerzas más sanas del republi­canismo, se dio la paradoja de que, ha­biendo obtenido las izquierdas mayor nú­mero de sufragios que las derechas, éstas lograran mayoría en el Parlamento y se adueñaran del Poder. Los votos  de las izquierdas quedaron repartidos anárquica y estúpidamente en una porción de can­didaturas, cuando, agregados todos ellos a una sola, hubieran afirmado en el nue­vo Parlamento la misma voluntad izquier­dista que estuvo plasmada en las Cortes Constituyentes. Error, tan fácil de evitar, nacido de nuestra petulancia, condujo a que las derechas (período Gil-Robles-Lerroux) se apoderaran del Gobierno y nos llevó a la rebelión de octubre de 1934, que llegó a cuajar heroica y sangrienta­mente en Asturias, y la cual sirvió para hacer más  profundo el  abismo político que dividía a España. Tras la represión de Asturias toda concordia parecía impo­sible. La estela de sucesos de aquella na­turaleza no se disipa en el breve período de unos meses, como no se podrá desha­cer en muchos años la estela del fran­quismo sanguinario. A un régimen que al cabo de año y pico ahorca y fusila —¡año y pico  entonces, ahora  ya  son tres años!— a quienes en lucha abierta se opusieron a él, le asfixiará el oprobio, y durante largo tiempo no podrá extin­guirse el rencor originado por tanta vile­za y tanto crimen decretados desde el Poder. La rebelión de Asturias, el sacri­ficio de Asturias, el desgaste ocasionado por el movimiento revolucionario de 1934 —todo movimiento de ese género ocasio­na quebrantos, aun cuando salga triun­fante, y entonces nos acompañó la derro­ta— pudieron y debieron haberse aho­rrado. Con el ejercicio inteligente del de­recho electoral en noviembre de 1933, se habría asegurado, sin trastornos, el régimen republicano. Aquel absurdo ais­lamiento electoral fue nuestra primera gran culpa.»

De la parte inicial yo me declaro exen­to de culpa porque trabajé hasta donde pude para que la coalición electoral de 1931 se repitiera, como el sentido común exigía, en 1933. Nuestra representación parlamentaria, que en las Cortes anterio­res fue de 110 diputados, bajó a 60; pero el número de sufragios no descendió, porque sólo las candidaturas del Parti­do Socialista recogieron en noviembre de 1933 dos millones de votos. Bien distri­buidos estos sufragios, uniéndolos a los de los republicanos, hubiesen hecho inútil la subversión, a la que apelamos para conseguir lo que habíamos tenido al al­cance de la mano.

No creáis que camino hacia la apostasía, porque la edad o cualesquiera desfa­llecimientos morales me hayan rendido el ánimo. El ideal sigue vibrando dentro de mí con la misma intensidad que en los años mozos; pero tengo experiencia suficiente para asegurar que, a veces, he­mos sido víctimas de engaños que nos han producido la petulancia, la ilusión o la ceguera.

Colaboré en ese movimiento con el al­ma, acepté las misiones a que antes aludí y me encontré —¡hora es ya de confe­sarlo!— violentamente ultrajado. Porque cuando regresé de Asturias —¡noche me­morable en la desembocadura del Nalón y en la playa de Aguilar, querido Belarmino (aludiendo a Belarmino Tomás, que ocupa un asiento en el estrado)—, cuan­do regresé de Asturias después del alijo del «Turquesa», me encontré envuelto en un ambiente de recelo y de desconfianza que suponían para mí la mayor inju­ria, y destituido, sin saber por qué, de mi misión de enlace con los militares. ¡Suspendido yo, un hombre de mi historia, por un advenedizo!


Motivos de disentimiento

Pero yo que, sin motivo, he sido, a veces, tildado de indisciplina, callé mi indignación, sofoqué mi cólera y seguí sirviendo al movimiento. Sólo en una oca­sión, durante mis cuarenta y tres años de socialista militante, marqué públicamen­te mi disensión, dimitiendo del cargo de vocal en la Comisión Ejecutiva. Fue el año 1924, cuando entendí que no le era lícito, moralmente, al Partido Socialista la actitud que parecía señalar cierto sec­tor con respecto a la dictadura del gene­ral Primo de Rivera. Mas cuando la di­sensión se producía como en 1934, cuan­do las cartas estaban echadas, hallándose en juego la vida de miles de correligiona­rios, yo no tenía opción y no debía se­pararme de aquel movimiento con cuyos rumbos estaba ya disconforme, y no, cier­tamente, por ese ultraje que todavía me duele, sino por las razones siguientes: primera, porque se había escamoteado el programa del movimiento, y no se con­cibe ningún movimiento revolucionario sin decir a los partícipes en él por qué de­ben realizarlo, y aunque yo pronuncié un discurso de carácter personal, como este que pronuncio ahora, en el Coliseo Par-diñas, el 3 de febrero de 1934, ni aquel programa tuvo respaldo oficial ni surgió ningún otro con lema claro para saber a dónde y para qué íbamos; segunda, por­que no podía aceptar que, a causa de unas insensatas ilusiones, de las que yo no participaba, se desdeñara, cual se desde­ñó incluso en tono ofensivo, la colabora­ción de sectores republicanos, esencial en aquellos instantes, y, tercera, porque se habían dejado, adrede manos libres a las Juventudes Socialistas a fin de que, con absoluta irresponsabilidad, cometieran to­da clase de desmanes, que, al impulso de frenético entusiasmo, resultaban dañosos para la finalidad perseguida. Nadie ponía coto a la acción desaforada de las Juven­tudes Socialistas, quienes, sin contar con nadie, provocaban huelgas generales en Madrid, no dándose cuenta de que frus­traban la huelga general clave del movi­miento proyectado, pues no se puede so­meter a una gran ciudad a ensayos de tal naturaleza. Además, ciertos hechos que la prudencia me obliga a silenciar, cometi­dos por miembros de la Juventud Socia­lista, no tuvieron reproches, ni se les puso freno ni originaron llamadas a la respon­sabilidad. Y yo digo, ahora que se está gestando aquí la formación de una Juven­tud Socialista, que, o vive dentro de la disciplina del Partido o debe actuar fue­ra, sin conexión alguna con éste.

De aquel glorioso movimiento fracasa­do, en el que nos acompañó, aun siendo repelido, el auxilio moral de muy sanos elementos republicanos, auxilio realzado, con su dimisión de la presidencia del Tribunal de Garantías Constitucionales, por don Álvaro de Albornoz, aquí pre­sente (aplausos); de aquel movimiento, que pudo y debió evitarse manteniendo por medio del sufragio las anteriores po­siciones políticas y parlamentarias, nacen los daños que padecemos a la hora pre­sente. Cuando el movimiento fracasó y yo hube de refugiarme por tercera vez, en la expatriación, me juré en secreto no ayudar jamás a nada que, según mi criterio, constituya una vesanía o una insen­satez.

Llegó 1936. ¿Es que yo reincidí en­tonces en el mismo pecado antiguo y rec­tifiqué la línea de conducta que me ha­bía trazado de permanecer en discreto apartamiento de quienes me habían ul­trajado y seguían ultrajándome, y con la firme decisión de no secundar nada que mi raciocinio me dijese que constituía una locura? No, no rectifiqué en 1936. Cuando se me requirió para formar par­te del Gobierno, acepté con los ojos ce­rrados, y fui a donde se me mandó, y cuando me echaron del Gobierno, salí sin otras palabras que las de recomen­dar se auxiliase a quien me expulsaba. Las circunstancias eran distintas. Entonces no provocábamos nosotros; se ,nos provoca­ba, sé agredía a la República, se acometía contra nuestras conquistas, Y si to­dos los códigos declaran circunstancia exi­mente la legítima defensa en las peleas individuales entre hombres, la legítima de­fensa es más santa en los regímenes polí­ticos que se dan los pueblos libremente, como, para honra y gloria suya, el pueblo español se dio la República.


Indalecio Prieto, Confesiones y rectificaciones
Discurso en el Círculo Pablo Iglesias de México
1 de mayo de 1942









756. El general Batet anuncia por radio la rendición de los sublevados.


Companys y otros miembros de su gobierno en la cárcel Modelo de Madrid.
Tras la sentencia, Companys y los consejeros Comorera y Lluhí fueron trasladados
al penal de El Puerto de Santa María mientras que el resto de consejeros eran internados en la cárcel de Cartagena.


«Catalanes y españoles, breve ha sido la jornada de esta noche. Esta misma radio Barcelona, que durante toda la noche ha estado dando noticias falsas, os dice ahora, por mi boca, la verdad. Después de mucho rato de tiroteo entre las fuerzas de la República y los elementos adictos a la Generalidad, que pudo emplear otros procedimientos en defensa de ideales que no deben apoyarse en la fuerza, el Gobierno de la Generalidad telefoneó al Estado Mayor de la División, diciendo que comprendía era inútil continuar la resistencia y ofreciendo rendirse. Como los rebeldes me habían aislado se empleó algún tiempo en dar a la fuerza de mi mando las órdenes oportunas, y por eso la lucha ha continuado más tiempo del necesario. Es lastimoso lo ocurrido. Yo lo siento como catalán, primero, y como español, después. En un régimen de democracia, que tiene abiertos todos los caminos para todas las aspiraciones que se encuadran en el Derecho, ¿qué necesidad tenían de acudir a la violencia, de traer tan graves trastornos a la región que ellos dicen amar, y que yo amo más que ellos?

»Mis labios, que no se han manchado nunca con la mentira, os dirán ahora la verdad.

»Nosotros somos dueños en absoluto de la situación. Claro es que, como ocurre después de las guerras civiles, que quedan partidas sueltas por los campos, andaban por las azoteas los que pudiéramos llamar «pacos», que disparan para sembrar la alarma, quizá más que por herir. Pero esos «pacos» vivirán lo que vosotros queráis que vivan, pues en cuanto se señale por esta Comandancia la presencia de ellos en una casa, acudirá la fuerza pública para someterlos.

»El Presidente del Consejo me ha encargado que felicite en su nombre, por su comportamiento, a la guarnición de Barcelona. Yo, que les he visto de cerca, puedo hacerlo con más justicia que nadie, y decir que con jefes y oficiales que tienen este concepto de la disciplina y del mando, y con soldados que saben obedecer como los nuestros, el Derecho y la democracia subsistirán siempre, porque somos nosotros los que los defendemos, y no los que con estas palabras siempre en la boca se alían con los enemigos del orden y de la sociedad.

»Y para terminar, llevemos nuestro corazón en lo alto de la Patria y digamos que por ella, por Cataluña, por la República, estamos dispuestos a entregar no ya nuestra vida, sino lo que es más importante, nuestro sacrificio de cada día.»


General Batet
ABC, 9 de octubre de 1934











753. Discurso Alejandro Lerroux. Revolución en Barcelona y Asturias



  
Españoles: A la hora presente la rebeldía, que ha logrado perturbar el orden público, llega a su apogeo. Afortunadamente, la ciudadanía española ha sabido sobreponerse a la insensata locura de los mal aconsejados, y el movimiento, que ha tenido graves y dolorosas manifestaciones en pocos lugares del territorio, queda circunscrito, por la actividad y el heroísmo de la fuerza pública, a Asturias y a Cataluña.

En Asturias, el Ejército está adueñado de la situación, y en el día de mañana quedará restablecida la normalidad.

En Cataluña, el presidente de la Generalidad, con olvido de todos los deberes que le imponen su cargo, su honor y su autoridad, se ha permitido proclamar el Estat Catalá.

Ante esta situación, el Gobierno de la República ha tomado el acuerdo de proclamar el estado de guerra en todo el país. Al hacerlo público, el Gobierno declara que ha esperado hasta agotar todos los medios que la ley pone en sus manos, sin humillaciones ni quebrantos de su autoridad. En las horas de paz no escatimó la transigencia; declarado el estado de guerra, aplicará, sin debilidad ni crueldad, pero enérgicamente, la ley Marcial.

Estad seguros de que ante la revuelta social de Asturias y ante la posición antipatriótica de un Gobierno de Cataluña que se ha declarado faccioso, el alma entera del país entero se levantará en un arranque de solidaridad nacional en Cataluña como en Castilla, en Aragón como en Valencia, en Galicia como en Extremadura, en las Vascongadas como en Navarra y en Andalucía, a ponerse al lado del Gobierno y de todas las leyes de la República, la unidad moral y política que hace de todos los españoles un pueblo libre, de gloriosa tradición y de glorioso porvenir.

Todos los españoles sentirán en el rostro el sonrojo de la locura que han cometido unos cuantos. El Gobierno les pide que no den asilo en su corazón a ningún sentimiento de odio contra pueblo alguno de nuestra Patria. El patriotismo de Cataluña sabrá imponerse allí mismo a la locura separatista y sabrá conservar las libertades que le ha reconocido la República bajo un Gobierno que sea leal a la Constitución. En Madrid, como en todas partes, una exaltación de la ciudadanía nos acompaña. Con ella, y bajo el imperio de la ley, vamos a seguir la gloriosa historia de España.


Discurso de Alejandro Lerroux,
Presidente del Consejo de Ministros, 7 de octubre de 1934
ABC, 7 de octubre de 1934