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1763. Herodes recibió a los tres Reyes Magos

Reparto de juguetes en los hogares del auxilio social. Madrid, 1944


Herodes recibió a los tres reyes magos en su palacio, con gran solemnidad y ceremonia; los agasajó y los sentó a su mesa, y luego les habló de este modo:

—Sé que vuestro saber ha profundizado todas las ciencias y las artes. ¿Queréis enseñarme vuestros secretos?

Entonces ellos pasaron aquel día mostrándole asombrosos juegos de prestidigitación y por la noche prepararon una gran fiesta pirotécnica, que iluminó la ciudad alegremente.

Un poco antes del amanecer reunieron su cortejo y, dejando en puertas y ventanas los juguetes para los niños, partió su caravana melancólica.

Herodes, que no se había quedado satisfecho, les detuvo en el camino y les dijo: «Me habéis engañado ocultándome vuestro secreto más importante. ¿Dónde está la estrella que os guía?». Y ellos sonrieron sin contestar.

—Si no me lo decís —insistió Heredes—, mandaré mataros. Y ellos volvieron a sonreír y a no contestar.

Entonces, Herodes, irritado, les gritó:

—¡Os digo que tenéis la vida pendiente de un hilo mientras no me descubráis vuestra estrella maravillosa!

Y el rey negro, que era más astuto que los otros y algo burlón, explicó: «Lo que tenemos pendiente de un hilo, señor, es la estrella maravillosa». Y dejando asomar por su ropón unos grandes picos dorados, añadía: «La lleva siempre el que va delante de nosotros».

Así dejó Herodes marchar a los tres reyes profesionales del ocultismo, quedándose muy pensativo porque su corazón rebosaba pena y sentía una inmensa piedad hacia todas las cosas.

Aquel mismo día ordenó la degollación de los niños, que murieron con los primeros juguetes de su inocencia.


José Bergamín
El cohete y la estrella
Índice, Madrid, 1923











1441. La negación de la mujer

Clara Campoamor Rodríguez
(Madrid, 12 de febrero de 1888 - Lausana, 30 de abril de 1972)


Se ha combatido las aspiraciones de la mujer desde todos los terrenos: el monumental y abrumador de la biología y el mezquino y vulgar, pero corrosivo y desalentador, del ridículo. A todos ellos fue en el fondo inconmovible, impermeable, y con una fe digna de la buena causa que representaba, no renunció un momento. Frente a su inquebrantable firmeza la realidad iba modificando las viejas conclusiones, y filósofos y biólogos la ofrecían, contra las desconsoladoras teorías de su incapacidad, otras que confortaban su espíritu animándola a la emprendida lucha.

Nunca como hoy puede decirse que el espíritu femenino, el espíritu moderno de la mujer, ha surgido más que de la nada, porque se ha fortalecido en la negación, y contra la dolorosa destrucción teórica se ha afirmado.

Porque tanto se quiso destruir en las sucesivas tendencias que, puestos a recapitular, ¿qué quedaba de la mujer?

Se la discutió en principio el alma, y luego el cerebro; la desaforada crítica llegó a desmenuzar, valorando por cantidad, no por calidad, cuando integra su constitución propia, dichosamente diversa de la del varón, si ha de realizarse una fusión útil a las futuras vidas. Y así se la hizo marchar de asombre en decepción y de decepción en asombro.

En esta serie de desvaloraciones, no se la escatimó negaciones; desde la que aventuró que la mujer no contaba nada, o casi nada, en la procreación, y era solamente una celda de hospedaje, hasta la proporción inversa de longitud de cabellos e ideas.

Hubo negaciones tajantes y las hubo cómicas; pero, desde luego, no hubo negación que nos economizara.

En esta relación de más o menos hasta se nos contó como una incapacidad el hecho de ser mucho menos saladas que el varón, aunque otra cosa pensaran nuestros admiradores; esto es: poseedoras de una menor cantidad de cloruro de sodio; y de esta afirmación doctrinal también se deducían anatemas furibundos contra nuestra consistencia física, que no alcanzaba a aminorar la sugestiva afirmación del anti-feminista Delauney al comprobar que las patas de un pollo –un pollo de corral- contienen más sal que sus alas, merced del ejercicio continuado que con aquéllas realiza, lo que aumenta la cantidad de sodio. Y por aquella afirmación éramos ligeras, frívolas, ingrávidas, aunque para los definidores de los problemas del metabolismo seamos permanentes, ponderadas, centrípetas y serenas, ajenas en un todo al vagabundeo centrífugo que caracteriza al varón por su célula más catabólica.

También se nos sumo como defecto la constitución de nuestros huesos, pues si bien era mayor la cantidad de fosfato de cal y materias orgánicas de la osamenta femenina, éramos en cambio inferiores en carbonato de cal, que en el hombre se da en cantidad de 9,98 y en la mujer de 4,25. ¿Cuál será la importancia cerebral del carbonato?, nos decíamos, y la única deducción, nada práctica, era aproximar a la mujer a los leones, que cuentan tan sólo con 3,5 de carbonato, y el hombre a los carneros, que tienen un 19,13. Y claro es que aun no estándole encomendado al consuelo en el ánimo sentirse tan cerca del rey de la selva, por lo menos, como se pretendía alejarnos del rey de la creación.

Pero, en suma, quien prueba mucho no prueba nada, afirma un decir vulgar, y del cúmulo de negaciones de la mujer sólo quedó en pie aquello que era fuerza y era realidad: su espíritu, su valor humano, su alma imperecedera.

Acaso las desconsoladoras negativas tuvieron por efecto obligar a la mujer al recuento íntimo de sus propios valores, a analizarse y convencerse, y de esta meditación, tímida y angustiosa al principio, serena y firme después, nació la fe en sí misma, la que prepara su dignificación.

La mujer es una realidad futura cuya totales posibilidades se ignoran todavía; las afirmaciones que la definían como inepta o como diosa están en crisis, y es imposible no vislumbrar en la confusa agresión de opiniones en lucha una futura y consoladora realidad.

Los autores que tratan estos problemas caen en el error de olvidar en sus observaciones a la mujer de hoy, y mucho menos imaginan la del porvenir; se basan exclusivamente en las afirmaciones del pasado. Si acaso se deciden a afrontar la realidad, aceptan los modelos pasajeros, y sin mirar nos ofrecen variedades de la mujer, pretenden sentar como verdad sus observaciones sobre un tipo excepcional, de ilimitada capacidad y sólida cultura, o de tipos descentrados, deformados. En realidad, no se detienen a examinar el núcleo femenino, que es lo que daría valor a las afirmaciones sobre la mujer contemporánea.

El ser humano tiende, por su mal, a vivir con exceso del pasado, de las reliquias del pasado; el presente corre entre sus dedos descuidados como agua de arroyo. Así, en los que a la mujer se refiere, se aceptan sin escrúpulo los retratos de ayer que se aplican sin inquietud espiritual a la mujer de nuestros días. Y, sin embargo, los tiempos han cambiado y la mujer y su alma y su conciencia surgen del sopor en que yacían. Renovándose de acuerdo con el ambiente, la mujer se modifica con las circunstancias, y a ellas se adapta como todo ser humano.

Es inadmisible que el hombre, que desde la cumbre de sus elevados pensamientos puede contemplar el camino recorrido por la humanidad, pretenda encerrar a la mujer en las viejas normas de los tiempos muertos.

Porque la realidad nos demuestra que la mujer evolucionó siempre con el hombre, claro que a la distancia que separaba culturalmente a ambos espíritus; y que esta unión fue más completa y nivelada cuanto el hombre no disciplinado cerebralmente, no oponía diferencia alguna de educación con la mujer. Así, ésta se ha manifestado a través de los tiempos con actividades las más ajenas y extrañas a su fisiología y temperamento, tal como hoy se conciben, y la historia tiene afirmaciones tan pintorescas cual las de Tácito, que refiere cómo los bretones entraban en campaña llevando mujeres por delante, suponemos con un propósito galante y caritativo, aunque Tácito no lo afirma. Estos ejemplos de mujeres que hacían y daban más guerra que las actuales son bastante numerosas; igualmente se comprueba cómo en los países donde se torturaba a los enemigos, la mujeres eran tanto o más crueles que el hombre; las mujeres dakotas han sido verdaderos ejemplos de refinamiento, y parecía reflejarse en ellas el instinto de crueldad que el hombre expandía en la guerra.

La mujer, desdeñada como factor social, ha sido totalmente desconocida. Ni aun en sus mismos contradictores hay acuerdo; en tanto dicen unos que su temperamento dulce pacífico la predispone a la calma exterior, otros, con Fenelón, os dirán “que es impetuosa y extremada en todo”.


Clara Campoamor
La mujer y su nuevo ambiente [La Sociedad] Conferencia pronunciada en la Universidad Central en mayo de 1923











1357. El trabajo, por Clara Campoamor



Nada ha contribuido o modificar, mejorándolo, el espíritu de la mujer, como el ambiente de actividad en que se desenvuelve.

El trabajo, fuente de toda alegría, es el mejor regulador moral; la actividad da a nuestra vida encanto y sabor peculiares. El trabajo y la actuación despiertan en el espíritu una serie de concatenados deberes, aspiraciones y satisfacción valiosas.

Las personas activas pueden comprender la purificadora virtud del trabajo, porque ésta es su mejor escuela social. De la traslación de la vida vegetativa de la mujer a una actuación más humana, nadie se beneficiará como el varón, porque su unión con ella se espiritualizará. El lastre de fastidio que arrastraban tantas vidas de mujer, truncadas en la amargura de la inutilidad, se tornará en la alegría purificadora del esfuerzo y en la comunidad de ideales, que harán más bella y humana la armonía de los sexos, comprendiéndose mejor, sin inferioridad ni supremacías, sin lucha ni humillación, considerándose como dos expresiones cuantitativas y diversas sólo en cualidad del principio humano, lograrán un valor análogo dentro de su diferenciación sexual y realizarán la plenitud de la vida por esa armonía.

Esta finalidad, fruto del nuevo ambiente, la inicia la mujer; es su obra y su deber. La humanidad debe a la exclusiva actuación masculina, aunque sea aparentemente, toda civilización actual. En su apartamiento de los deberes sociales, no fue culpable, sino víctima, la mujer; que esta consideración le sirva de estímulo para reclamar a la sociedad, su deudora, lo más importantes para la vida de relación: esto es, la fusión espiritual de los sexos por una ecuación de libertad y posibilidades.

Con su justa demanda de derechos que le permitan romper de una vez los viejos prejuicios opuestos a sus propósitos, acepte también la mujer la noción de su gran deber moral, y no olvide ni un momento que debe a la humanidad una justificación de la pureza de sus reivindicaciones. La realidad de la mujer necesita oír siempre la voz de la verdad; alma de ese cuerpo social será su propia actitud, su nobleza de miras y sus merecimientos. La libertad moral, como todo lo que tiene un elevado valor, ha de conquistarse en franca lucha, en infatigable conquista, y como el conseguirlo es premio de los fuertes, de los perseverantes, la mujer sólo obtendrá su libertad moral y social si sabe merecerla; en conquistarla, en tenerla por derecho, debe cifrar todo su ideal.

Le basta con quererlo; ningún obstáculo serio que no pueda vencer su competencia o su firmeza se opone al mejoramiento individual de la mujer, y si no ocurre lo mismo en cuanto a sus reivindicaciones legales, es innegable que cuanto mayor sea el número de mujeres útiles y aptas, más se irá quebrando el hilo, ya débil, que une el pasad con el porvenir.

No sé si estamos muy lejos de ese instante, pero sí se que nos hallamos a inmensa distancia del pasado, y la sociedad mira con cierta curiosa complacencia los esfuerzos personales de la mujer por dignificarse. Cada día ocupa nuevos peldaños de la escala ideal y su actuación va modelando la nueva fisonomía de la sociedad.

El plasma de las futuras sociedades está en el alma humana y los infinitos mundos que en ella se agitan la hacen impresionable a todo cambio, sensible a toda transformación. El alma femenina se engrandece en estas transformaciones y ve surgir ante ella un mundo de esperanzas…


Clara Campoamor
"La mujer y su nuevo ambiente [La Sociedad]"
Conferencia pronunciada en la Universidad Central en mayo de 1923