Han vuelto a quitarle a Miaja ocho batallones para que
el general Pozas desarrolle una nueva ofensiva al Este de Madrid. Largo
Caballero sigue aferrado a la idea de liberar Madrid desde fuera. Las tropas
republicanas avanzan quince kilómetros e incluso ocupan el pueblo de
Almadrones; pero el enemigo no acude al señuelo y sabiendo que la resistencia
de Madrid se ha debilitado al restarle fuerzas, se lanza por su parte a una
nueva ofensiva contra la capital. Esta vez intenta una operación más hábil,
escarmentado ya por los fracasos que ha sufrido en la Ciudad Universitaria,
donde las brigadas internacionales de Kléber, Luckas y Hans le cierran el paso
obstinadamente. Su plan consiste en avanzar más hacia el Norte para cortar las
comunicaciones de Madrid con la Sierra.
El día tres de enero, a las seis de la mañana, tres
columnas, con un total de seis mil hombres, se lanzan al ataque. Dos de las
columnas, partiendo de Boadilla del Monte se infiltran por el espacioso bosque
que hay en las inmediaciones de este pueblo; la tercera columna sale de
Villaviciosa de Odón. En un avance rapidísimo estas fuerzas se lanzan al ataque
contra Humera, Pozuelo de Alarcón y Aravaca. En este último pueblo, la lucha es
durísima. Los rojos abandonan sus posiciones y se repliegan en desorden. El
primer día de ofensiva caen Humera, Pozuelo y Aravaca y queda cortada por el
fuego de la artillería rebelde la carretera de La Coruña. A partir de aquel
instante, la comunicación de Madrid con el ejército de la Sierra tiene que
hacerse dando un largo rodeo.
En Madrid no hay fuerza alguna de reserva y faltan,
además, los ocho batallones que han sido quitados del frente para llevarlos a
Guadalajara. El general Miaja pide urgentemente que se le devuelvan estas
fuerzas que habían salido de Madrid contra su voluntad. Pero ya es tarde. Al
segundo día de ofensiva rebelde, las tropas republicanas están en franca
derrota.
Perdida la moral, castigados durísimamente por el
fuego de las baterías rebeldes que van demoliendo concienzudamente todas sus
posiciones, los milicianos rojos se repliegan desordenadamente hacia Madrid.
Los oficiales, pistola en mano, intentan vanamente contenerles. Grandes núcleos
abandonan el frente y llegan corriendo hasta la Cuesta de las Perdices. Muchos
tiran los fusiles y las cartucheras para correr mejor. Enloquecidos por el
pánico, creen que la caballería mora viene pisándoles los talones y a todo
correr llegan a la orilla del Manzanares y se lanzan a vadearlo para ir a
esconderse en Madrid. Su terror es tal que algunos perecen ahogados al
atravesar el río.
Solo un pequeño núcleo de valientes mantiene el
contacto con el enemigo y retrasa su avance, replegándose poco a poco y
ordenadamente. Pero a este grupo reducido de combatientes le es imposible
contener el avance arrollador del adversario definitivamente. Los tanques de
los franquistas, partiendo de Aravaca llegan a la carretea de La Coruña, que
queda, al fin, cortada.
El general Miaja moviliza las fuerzas que puede
extraer de los demás sectores del frente para poner una barrera al avance
triunfal del enemigo y mientras trata de organizar una nueva línea de defensa,
en lo que se tardarán varias horas, ordena a los jefes de los batallones en
derrota que, al precio que sea, contengan la desbandada de sus tropas. Dos de
los barbados caudillos del pueblo, Cipriano Mera, y «El Campesino», anarquista
el uno, comunista el otro, llegan a la Cuesta de las Perdices dispuestos a
todo. Los milicianos fugitivos siguen llegando en bandadas, sin armas, ciegos
de terror, sordos a las órdenes y a las amenazas de sus oficiales.
Mera y «El Campesino» ordenan la colocación de
ametralladoras en los terraplenes que hay a ambos lados de la carretera y las
disparan contra los grupos de fugitivos que se aproximan. Cogidos entre los
fuegos cruzados de las ametralladoras, no hay escapatoria posible para los
desertores. Huyendo de las balas enemigas se encuentran con aquella cortina de
fuego que les cierra el paso. Lo único que pueden hacer es aplastarse contra
las cunetas de la carretera. La aviación enemiga, que vuela por encima de sus cabezas,
bombardeando y ametrallando las concentraciones que descubre, acaba de
quitarles toda esperanza de salvación. La muerte los tiene cercados y por todas
partes les amenaza. Paralizados por el terror, van quedándose acurrucados al
borde de la carretera, como bestias acosadas. Los dos caudillos rojos, Mera y
«El Campesino», seguidos de su escolta, que con los fusiles echados a la cara
disparan en el acto contra todo el que aún intenta huir, van juntando a los
desertores en una de las explanadas que hay al lado de la carretera.
Perdida toda esperanza, aquellos pobres hombres se
dejan manejar con la docilidad de un rebaño asustado. En poco tiempo, Mera y
«El Campesino» reúnen así unos quinientos fugitivos. Entre ellos se hallan dos
capitanes que se habían metido en un colector para resguardarse del bombardeo
de los aviones enemigos.
«El Campesino» manda formar a los desertores en dos
filas y con la pistola en el puño les pasa revista. Cuando el bárbaro caudillo
del pueblo les mira a la cara, aquellos infelices bajan la vista avergonzados.
«El Campesino» les habla al fin con su voz ronca:
—¡Vais a ser fusilados por cobardes! —les dice.
Su ademán y el tono de su voz no dejan lugar a dudas.
—¡Primero los oficiales! —ordena.
Los hombres de su escolta hacen salir del grupo a los
dos desdichados capitanes y los colocan delante de las ametralladoras. Se oye
el tableteo de las máquinas y los dos cuerpos caen a tierra acribillados de
balazos. Por las filas de desertores corre un estremecimiento de terror. Un
hombre joven y fuerte se adelanta con ademán desesperado, gritando:
—¡Yo no soy un cobarde ni un traidor!
Otro le secunda.
—¡No podíamos resistir más!
Los demás le hacen coro.
—¡Llevo seis meses luchando en primera línea como
voluntario!
—¡Era imposible mantenerse en las posiciones que
teníamos!
—¡Me he estado batiendo en la Sierra desde el primer
día!
—¡Mis dos hermanos han sido fusilados por los
fascistas!
—¡Los tanques nos arrollaron!
—¡Los jefes dieron la voz de sálvese el que pueda!
El coro de disculpas, lamentaciones, frases de
desesperación, protestas de adhesión a la causa e invocaciones patéticas, va
alzándose en torno al barbado caudillo, que contempla desdeñoso aquella
humanidad blanda, claudicante, desesperada, que no se resigna a ser
sacrificada.
—¡Basta! —grita «El Campesino» cortando en seco las
súplicas y las protestas—. ¡Si no queréis morir como cobardes y traidores a la
causa del pueblo, vamos a ver si sois capaces de morir como hombres! Vais a
coger otra vez los fusiles que habéis tirado y vais a volver a dar la cara al
enemigo. El precio de vuestra vida es la reconquista de las posiciones que
habéis abandonado cobardemente. Voy a poner estas ametralladoras en la
retaguardia y el que se atreva a dar un paso hacia atrás, sepa desde ahora que
le va en ello la vida.
Allí mismo se reorganizan los pelotones, que son
encuadrados por nuevos oficiales y los infelices milicianos vuelven al ataque.
Junto al terraplén quedan los cadáveres de los dos oficiales que no supieron
cumplir con su deber.
La reconquista de las posiciones perdidas es ya
imposible y aquellos centenares de desgraciados se hacen matar lanzándose a la
desesperada contra las vanguardias fascistas.
Pero el avance victorioso del enemigo ha sido
contenido y el desastre total que amenazaba a Madrid se ha evitado.
«¡Traición!»
Esta misma noche del tres de enero, cuando Miaja está
rodeado de los jefes de su Estado Mayor estudiando el plano de operaciones, se
abre violentamente la puerta de su despacho y aparece con brusco ademán un
hombre vestido con una cazadora de cuero, pistola ametralladora al cinto, las
altas botas cubiertas de lodo hasta las rodillas, la visera de la gorra echada
sobre los ojos, que miran torvamente. Es Cipriano Mera, el caudillo anarquista,
jefe de las tropas de la FAI, que han sufrido el ataque enemigo en la carretera
de La Coruña.
Miaja, al ver entrar a Mera en aquella actitud
provocativa, corta la conversación con los jefes militares y encarándose con el
cabecilla anarquista, le dice secamente:
—Para entrar se pide permiso, ¿sabes?
—¡Ya estoy harto de pedir permisos!
—Pues aquí, te vuelvo a decir, no se entra así. ¡O se
sale por la ventana!
Los dos hombres se miran a la cara, midiéndose de
arriba abajo. Hay un penoso silencio. Miaja contempla fríamente al caudillo
anarquista que, sin replicar, mantiene su actitud hosca y amenazadora.
—¿Qué te pasa? ¡Di! ¿Qué ocurre?
—Lo que ocurre —dice Mera rechinando los dientes— es
que estamos siendo víctimas de un engaño. ¡Nos traicionan!
—¿Quiénes?
—¡Los militares! —agrega Cipriano Mera mirando de
reojo a los jefes de Estado Mayor que rodean a Miaja.
—¡Mentira! —exclama el general.
—¡Vamos a la lucha, vendidos! —insiste el anarquista.
Y con frases entrecortadas, que le salen a borbotones empujadas por la ira, expone
una vez más la eterna sospecha anarquista de que los jefes y oficiales del
ejército profesional llevan a los milicianos al matadero, porque están en
inteligencia con el enemigo. La catástrofe de hoy no se explica sino por una traición.
—¡No hay tal traición! —afirma rotundamente Miaja—. La
guerra tiene sus reveses. Creer invariablemente que éstos se deban a la
traición de los jefes es una cobardía y una estupidez.
—¡Yo vengo a pedir que se castigue a los responsables
del desastre de hoy! ¡Nos llevan engañados!
—No hay tal engaño, te digo. Somos inferiores en
organización y en armamento. Con el valor personal no basta. Esto es todo.
Miaja explica circunstanciadamente al guerrillero
anarquista por qué ha vencido hoy el enemigo; le demuestra sobre los planos la
eficacia fatal de su maniobra y la inferioridad maniobrera de los milicianos.
Aquel hombre que había entrado en el despacho de Miaja como portavoz de un
movimiento sedicioso vacila, da vuelta entre las manos a su gorra y farfulla
unas objeciones.
—Tu deber es no dejarte arrastrar por ese movimiento
instintivo de desconfianza en el mando cuando se producen reveses como el de
hoy. Los hombres como tú son los que deben dar ejemplo de disciplina y
subordinación a las masas. Luchamos en malas condiciones. Los que desde aquí
dirigimos la guerra tenemos tanto interés en ganarla como los que se baten en
las trincheras. Ve y convence de esto a tus hombres. Tu deber es imponerles a
ellos la disciplina y obedecer ciegamente las órdenes que se te den. Solo así podremos
ganar la guerra.
El guerrillero anarquista se rinde al fin a la
evidencia y a la ciega confianza que solo un militar español, el general Miaja,
sabe inspirar a los hombres del pueblo.
Estos casos de insubordinación son harto frecuentes en
unos hombres que tienen como doctrina la rebeldía. Basta un revés en el frente,
una dificultad en los aprovisionamientos, una inferioridad en el material con
respecto al del enemigo, para que los milicianos de la FAI se consideren
traicionados por los jefes y amenacen con la sedición.
Un día, se presentó en el despacho del Jefe del Estado
Mayor, teniente coronel Rojo, un cabo que, sin pedir permiso a nadie, se había
venido del frente con los soldados de su escuadra, armados de sus fusiles, para
apoderarse «por las buenas o por las malas», de las armas automáticas que,
según le habían dicho, había en el Ministerio.
—Sabemos —dice el cabo— que aquí hay muchos fusiles
ametralladores y que los tenéis escondidos para vosotros. ¡Vengan esas armas
automáticas, que hacen falta para los que luchamos en primera línea y no para
que se las reserven los emboscados!
A estos insensatos hay que disuadirlos con buenas
razones y, si el caso llega, hacerles frente pistola en mano, desarmarles y
castigarles. Adscrito al Estado Mayor se halla un caracterizado anarquista, Martín Barrios, que
es quien se encarga de convencer de lo absurdo de sus propósitos a las
comisiones de milicianos de la FAI que vienen del frente en son de rebeldía.
Cuando las razones no bastan, hay que echar mano al contundente argumento de
las pistolas. Tanto arrojo y serenidad como en el frente hacen falta en los
sótanos del Ministerio de Hacienda y lo mismo se juegan la vida los que están
en las trincheras que los que en la retaguardia asisten al mando.
Así va poco a poco restableciéndose la disciplina en
un ejército que se lanzó a la guerra teniendo la indisciplina por lema. Este
verdadero milagro llevado a cabo gracias al general Miaja y a sus colaboradores
es el hecho más sorprendente de la guerra civil española.
Momentos de angustía
Ante la amenaza que representa para Madrid el avance
de los rebeldes por la carretera de La Coruña se da por terminada la ofensiva
del general Pozas y se ordena que regresen a Madrid las brigadas
internacionales y los batallones que se habían enviado a Guadalajara. La
comunicación con la Sierra hay que hacerla ahora dando un rodeo por Colmenar
Viejo, para volver a tomar la carretera de La Coruña en las proximidades de
Torrelodones, pero el enemigo avanza rapidísimamente para llegar cuanto antes a
este lugar estratégico y dejar definitivamente aislado el ejército que defiende
la parte occidental de la Sierra.
Las tropas rebeldes atacan Majadahonda y las
brigadas internacionales, después de perder muchos hombres, tienen que
replegarse. En Las Rozas, que es el pueblo inmediato, hay dos batallones que
tienen solo cinco cartuchos para cada miliciano y horas más tarde sucumbe
también. El avance del enemigo es fulminante. El pueblo próximo es ya
Torrelodones. Si los fascistas lo ocupan se acabaron las comunicaciones de
Madrid con el sector occidental de la Sierra.
En el despacho de Miaja la angustia es terrible.
Porque la triste realidad es que a partir de Las Rozas, donde están ya los
rebeldes, no hay ni un soldado ni un parapeto y en Torrelodones toda la
guarnición la componen veinticinco ordenanzas. Se prepara a toda prisa una
columna de socorro; pero si el enemigo ha seguido avanzando será inútil, porque
llegará mucho antes que las fuerzas enviadas desde Madrid o la Sierra. El
general Miaja, al teléfono, pregunta de minuto en minuto a Torrelodones. Cada
vez que le dicen que el enemigo no se ha presentado todavía, se permite un
ancho respiro. Así va cayendo lentamente la tarde. Cuando llega la noche sin
que las vanguardias rebeldes se hayan presentado en Torrelodones, el general
Miaja tiene al fin una sonrisa de triunfo. Si el adversario se ha detenido en
Las Rozas para seguir mañana el avance, mañana ya será tarde para él.
Así es. Mientras las tropas rebeldes descansan, baja
de la Sierra una brigada que establece una sólida línea defensiva a la salida
del pueblo y cuando el enemigo quiere reanudar su marcha triunfal le es ya
imposible dar un solo paso. Horas antes, los camiones cargados de soldados
hubiesen llegado a las estribaciones de la Sierra sin que les hostilizasen con
un disparo.
Días después, un evadido del campo rebelde cuenta que
el comandante de las fuerzas que debieron realizar sin una baja la operación
definitiva para el aislamiento de Madrid, se ha hecho justicia, suicidándose.
Miaja no lo cree. Le parece inverosímil.
Manuel Chaves Nogales
La defensa de Madrid - Capitulo XV
La Defensa de Madrid es una recopilación de dieciséis artículos periodísticos de Manuel Chaves Nogales publicados en dieciséis entregas semanales, entre el 5 de agosto y el 22 de noviembre de 1938 en la revista mexicana Sucesos para todos bajo el título Los secretos de la defensa de Madrid con ilustraciones de Juan Helguera. En 1939 fueron publicados en el diario británico Evening Standard bajo eltítulo de The Defender of Madrid, en doce entregas, del 16 al 28 de enero.
María Isabel Cintas Guillén, tras un exhaustivo trabajo de investigación, reunió los artículos en un libro publicado en 2011, editado por Renacimiento.
Poco después de la media noche del 5 de marzo de 1939, el
Consejo Nacional de Defensa, desde los sótanos del Ministerio de Hacienda y a
través de los micrófonos de Unión Radio, hace llegar al país el siguiente
manifiesto en la voz de Miguel San Andrés.
«Trabajadores españoles. ¡Pueblo antifascista!. Ha
llegado el momento en que es necesario proclamar a los cuatro vientos la verdad
escueta de la situación en que nos encontramos. Como revolucionarios, como
proletarios, como españoles y como antifascistas, no podemos continuar por más
tiempo aceptando pasivamente la imprevisión, la carencia de orientaciones, la
falta de organización y la absurda inactividad de que da muestras el Gobierno
del doctor Negrín.
Cataluña se ha liquidado con una deserción general, el
Gobierno ha faltado a sus promesas, a sus deberes y a sus compromisos,
«delictivamente pisoteados». Mientras el pueblo sacrificaba a sus «mejores
hijos», los que apostaban por la resistencia abandonaban sus puestos de
manera vergonzosa, aun a costa de perder la dignidad. Y «esto no puede
repetirse en el resto de la España antifascista.
No puede tolerarse que en tanto se exige del pueblo
una resistencia encarnizada se hagan los preparativos de una cómoda y
lucrativa fuga; no puede permitirse que en tanto el pueblo lucha, se sacrifica,
combate y muere, unos cuantos privilegiados preparen su vida en el
extranjero. Para impedir esto , para evitar se produzca la deserción en los
momentos más intensamente críticos, es por lo que se constituye el Consejo
Nacional de Defensa.
Constitucionalmente, el Gobierno del doctor Negrín
carece de toda base jurídica en la cual apoyar su mandato. En estas
condiciones, afirmamos nuestra propia autoridad de auténticos y genuinos
defensores del pueblo español, de hombres que están dispuestos, dando como
garantía su propia vida, a que el destino de uno sea el de todos y
que nadie escape al cumplimiento de los sagrados deberes que a todos incumbe
por igual.
Aseguramos que no desertaremos ni toleraremos la
deserción. Aseguramos que no saldrá de España ninguno de los hombres que en
España deban estar, hasta tanto que por libre determinación salgan de ella
todos los que de ella quieran salir».
«O nos salvamos todos, o todos nos hundimos». Habla el Coronel Segismundo Casado:
«Treinta y un meses estamos cubriendo de ruinas y
sangre nuestro pueblo».« La verdad es que cuando los ministros de la República
se han decidido a retornar a territorio español carecen de toda base legal y de
todo el prestigio moral necesario para resolver el gran problema que se
presenta ante nosotros». «Soy lo que siempre fui y estoy donde siempre estuve.
Porque el Ejército no se ha separado de la población
civil. Aquí, en torno mío, en este mismo locutorio, se hallan una
representación de izquierda Republicana, otra del Partido Socialista, otra de
la UGT y otra del movimiento libertario.»
O la paz por España o la lucha a muerte.¡Españoles!
¡Viva la República! ¡Viva España!» Habla Julián Besteiro:
«¡Ciudadanos españoles! Después de un largo y penoso
silencio, hoy me veo obligado a dirigiros la palabra, por un imperativo de la
conciencia, desde un micrófono de Madrid.
Ha llegado el momento en que irrumpir con la verdad y
rasgar la red de falsedades en que estamos envueltos, es una necesidad
ineludible, con deber de humanidad y una exigencia de la suprema ley de la
salvación de la masa inocente e irresponsable.
Tras la Batalla del Ebro, los ejércitos nacionales han
ocupado Cataluña y el Gobierno republicano ha andado errante durante largo
tiempo en territorios franceses . Por tanto, el Consejo Nacional de Defensa
viene a llenar un vacío de poder ante el panorama de ministros ausentes y, peor
aun, ante una cabeza decapitada, pues el presidente de la República
también ha dejado su cargo.
El Gobierno del señor Negrín no puede aspirar a otra
cosa que a ganar tiempo.. Y esa política de aplazamiento no puede tener otra
finalidad que alimentar la morbosa creencia de que la complicación de la
vida internacional desencadene una catástrofe de proporciones universales, en
la cual, juntamente con nosotros, perecerían las masas proletarias de muchas
naciones del mundo ». Habla Cirpiano Mera, comandante del IV Cuerpo de
Ejército:
«Sin humillaciones ni debilidades, pero con la
consciencia de nuestros actos, queremos la paz para España; pero si por
desgracia para todos nuestra voz se perdiera en el vacío de la incomprensión,
también os digo serenamente que somos soldados, y como tales estaremos en
nuestro puesto hasta sucumbir defendiendo la idea de España.
A partir de este momento, conciudadanos, España tiene
un Gobierno y una misión: la paz.
¡Trabajadores combatientes! ¡Viva la España invicta,
independiente y libre!. Todos en pie de guerra por la vida y el honor que nos
dio la misión de defenderle. ¡Viva su Consejo nacional de Defensa! ».
-¿Crees que en julio de 1936 el Movimiento Libertario estaba preparado para la Revolución? ¿O, al contrario, estimas que el levantamiento le cogió desprevenido?
- Firmemente, estoy convencido de que no estaba en condiciones de afrontar un acontecimiento de esa envergadura. En aquellos momentos, la C.N.T. no disponía de los cuadros sólidos que requería tal situación. Durante medio siglo la C.N.T. creó una organización que respondía cada día más al concepto sindicalista revolucionario y con vocación libertaria de la A.I.T., y en ese orden se comportó maravillosamente, arrancando al capitalismo español ventajas morales y materiales que sin un método de acción directa no hubiera obtenido... No obstante, a pesar de las críticas de propios y extraños que haya podido suscitar la organización confederal, no cabe duda de que creó un estado de opinión que se identificó con las aspiraciones del pueblo y que éste, a su vez, supo interpretar el sentir de la C.N.T.
-¿Cómo explicas que un movimiento sindicalista libertario, con tan larga experiencia de lucha, no dispusiera de una organización, de unos cuadros, de una doctrina coherente, capaces de hacer triunfar la revolución?
- Porque la C.N.T. se consagró a esa labor reivindicativa, que era el combate de todos sus hombres y de todos los días. Y porque, gobierno tras gobierno, de concierto con las oligarquías españolas, se empecinaban en destruir y poner fuera de la Ley a todo el movimiento anarco-sindicalista, manteniendo sus mejores militantes en cárceles y presidios, obligando a que la C.N.T. se desenvolviera clandestinamente. Era eso que impedía toda tabor constructiva de largo alcance.
-¿Crees que cuando llegó el momento de edificar una sociedad de signo libertario faltaron las energías?
- No era todo ni era sólo un problema de energías lo que la lucha nos planteó en sus primeras horas : en algunas regiones la organización se encontraba en condiciones para llevar a cabo la tarea revolucionaria de signo libertario.
-¿Qué regiones eran ésas, según tú?
-En primer lugar, Cataluña. Cataluña era, con mucho, la más numerosa en hombres, la más rica en militantes. En un grado menor, Asturias, Aragón y Andalucía.
-Ahora bien, ¿de cara a esa etapa revolucionaria, disponía Cataluña, además de esos cuadros y de esos militantes, de una doctrina y de una estrategia revolucionaria coherentes?
-Lo pongo en duda: y lo pongo en duda por ser precisamente Cataluña la primera región en que se da un acto de colaboración gubernamental. Al decidir de participar en la responsabilidad del gobierno de la Generalidad, Cataluña se desvía de la verdadera revolución social.
-¿Crees que esa actitud colaboracionista de los compañeros de Cataluña fue determinante, que influyó en la actitud de las otras regionales?
-Creo que aquello fue el hecho consumado. Yo lo recuerdo perfectamente; estábamos en el frente cuando se convocó una reunión para comunicarnos la decisión de colaborar en el gobierno; muchos de nosotros estábamos en contra.
-En los primeros días de la guerra, ¿cómo surgió, por ejemplo, el acuerdo de enviar una delegación de la C.N.T. a discutir con el Presidente de la Generalidad de Cataluña Companys?
-Lo ignoro, porque no se contó con las regionales. Reunidos en la regional del Centro, para escuchar el informe de dos destacados militantes, varios compañeros se manifestaron contra ese acuerdo por considerar que era una flaqueza. Opinábamos que le C.N.T. no tenía por qué aceptar la colaboración, como no tenía por qué aceptar la militarización.
-¿Cuál fué en esa reunión el sentir mayoritario?
-La actitud mayoritaria fue de asentimiento mudo, resignado y como fatal ante una realidad que ya dominaba un estado de cosas que no se había previsto. No hubo polémica o disconformidad categórica.
-Tu participación activa en el frente te permitirá contestar la pregunta siguiente: ¿respondían las milicias encuadradas en la C.N.T. a un planteamiento revolucionario de la lucha?
-Las milicias respondieron a una improvisación creada por la necesidad de cerrar el paso al fascismo, sin que existiese una verdadera organización de guerrillas. En aquel momento, cuando yo vivía esa experiencia, estaba convencido de que las milicias confederales podían llevar a cabo esa lucha revolucionaria. En efecto, tenían una fuerza más convincente, más moral, que la de cualquier ejército clásico : respondían a una autodisciplina que el individuo convenía con la colectividad. Solamente, al correr de los días, esa autodisciplina confrontada a la vida del frente, a la dura realidad de la guerra, hacían que, con frecuencia, el instinto de conservación fuese más fuerte. Esta fue una de las razones por las que se aceptó la organización militar de las milicias.
-¿Estimas, por la tanto, que en una guerra revolucionaria la palabra disciplina no debe estar reñida con la palabra revolución?
-Si unas milicias obedecen a una doctrina y a unos objetivos revolucionarios, no nos debe de asustar la palabra disciplina. Hablaré de mi experiencia propia. El día 19 de julio desde al momento en que soy sacado de la prisión de Madrid, me echo al campo, no a la ciudad. Entendía, en efecto, que al enemigo que teníamos enfrente se le debía combatir en el campo. Se organizaron grupos que, después, se convirtieron en milicias... Todo se dejaba a merced de la autodisciplina : creíamos, realmente, que el convenio personal entre hombres era superior a la disciplina impuesta. Pero en los primeros combates de Madrid se comprobó, en varias ocasiones, que ese contrato moral no era suficiente. Por eso afirmó que, en pleno periodo revolucionario, las milicias deben aceptar una disciplina colectiva, siempre que no se asemeje a la disciplina castrense. Dicha disciplina libremente consentida debe preservar el caudal más rico del hombre y de su pueblo : su integridad individual y las formas revolucionarias.
-¿Se pensó en la oportunidad de imponer una guerra de guerrillas?
-Se pensó en las guerrillas. La primera táctica de combate que se emplea en Guadalajara, por ejemplo, fue la táctica guerrillera: se rinde el enemigo, se avanza; se llega hasta Alcolea del Pinar con ánimo de introducirse en campo ene-migo. Pero ya en Paredes de Buitrago nos mandaba un militar profesional, el teniente coronel del Rosal, el cual nos indicaba las objetivos a tomar; los tomábamos, pero nosotros entendíamos que detrás se aquel objetivo había otro a alcanzar. Y el teniente coronel del Rosal creía que ese método era un exabrupto. Y como él, lo creían otros compañeros del Centro. Faltaba, pues, la asistencia necesaria para introducirse en el campo enemigo, para establecer esa lucha de guerrillas.
-¿Crees que, de haber contado con ese apoyo, hubiese sido posible imponer al enemigo esa táctica? ¿Podía haber influido en el desarrollo de la guerra?
-No lo creo. Surgió el levantamiento militar: por donde el fascismo pasaba la arrasaba todo. No hubo una preparación adecuada para sorprender el enemigo; no hubo posibilidad, a pesar de ser España geográficamente apta a ese tipo de lucha, de entablar el combate en donde se creía conveniente y no donde el enemigo lo quería imponer. El enemigo no se dejó sorprender... Aunque no creo que la guerrilla hubiese alterado el resultado final.
-Hubo en la C.N.T. posturas distintas, casi antagónicas, frente al dilema de llevar de frente dos tareas esenciales: la guerra y la revolución. Mientras unos opinaban que era preciso ganar la guerra y hacer después la revolución, otros daban prioridad absoluta a la revolución. Una tercera posición partía de la base de que guerra y revolución debían ser simultáneas. ¿Cuál era tu actitud frente a esos tres caminos distintos?
- Transcurridos treinta años, es normal no pensar hoy como se pensaba en aquellos momentos. No por ello dejo de sentirme identificado con toda la gesta inicial del pueblo revolucionario en armas. En aquellos momentos iniciales, y durante muchas semanas, el concepto guerra y revolución no se planteó a los hombres de la C.N.T. porque no existía. Vencer al enemigo presuponía que la revolución triunfaba. En 1936, estuve entregado a combatir el fascismo con las milicias hasta marzo de 1937 y quedé al margen de las corrientes minimalistas o maximalistas que se manifestaban dentro de la Organización. Mi convencimiento era que se podía hacer frente a las necesidades del frente e ir al mismo tiempo a la revolución. Más aun, yo creía que cuanto más se afirmara en la retaguardia el concepto revolucionario, con más moral seríamos asistidos los hombres que nos habíamos marchado a los frentes. La quiebra moral no viene de los combatientes, si no de los organismos políticos, y vale mostrar como ejemplo la salida del Gobierno de Madrid en noviembre de 1936. El Gobierno de Largo Caballero, alarmado por la presión que ejercía sobre Madrid el enemigo y rompiendo con la promesa hecha 8 horas antes, decide abandonar la capital -centro y nervio de la resistencia al fascismo, según su propia expresión- sin tener en cuenta los efectos desastrosos que su huida comportaba. Y la cosa se agravaba, porqué pegados a él huían todos los organismos nacionales políticos y sindicales. Entre ellos nuestro C.N. de la C.N.T. y nuestros cuatro ministros. Bien seguro que la óptica de los políticos era distinta a la de los combatientes, que se dieron perfecta cuenta del desastroso efecto psicológica que esa huida operaría sobre el pueblo de Madrid y sobre el frente. A tal punto, que ya el día 8 me encontraba en la defensa de Madrid con un refuerzo de 1.000 hombres retirados del frente de Albarracín.
-Al analizar el período de la colaboración de la C.N.T., suele atribuirse la responsabilidad de esa decisión a determinados grupos de militantes o a determinadas regionales. ¿Crees que es lógico, que es justo? ¿O crees que la responsabilidad la debería asumir la C.N.T. en pleno?
-Creo que no debemos rehuir el estudio del pasado. Al pueblo se le debe decir la verdad. A pesar de lo que digo anteriormente, no me niego a definir la responsabilidad que me haya podido caber, por omisión o intencionadamente, dentro de la trayectoria de la C.N.T. Todos tenemos nuestra buena parte de responsabilidad... Pero creo que la hora de pedir responsabilidades ya ha pasado, o que eso no podrá hacerse hasta que la Organización pueda de nuevo salir a la luz pública y reunirse en Congreso... Quiero hacer constar, no obstante, que la política de los hechos consumados y las decisiones ejecutivas comenzaron enseguida de la guerra.
-¿Cómo enjuicias la actuación del Partido Comunista español durante la contienda? El P.C., de partido minoritario que era, se convirtió en una fuerza. Para afirmarse no encontró mejor forma que enfrentarse con la C.N.T. y aplastar al POUM. ¿Mantuvo, en esa ocasión, la Organización una actitud eficaz o pecó, por el contrario, de debilidad?
-No solamente la C.N.T., sino el Partido Socialista, los republicanos, etc., dejaron hacer a los comunistas en espera del material ruso pagado con oro español. Si el partido comunista liquidó al POUM, si ejecutó hombres de todos los sectores antifascistas, si hizo labor contrarrevolucionaria, si no respetó la unidad del Frente Popular Antifascista, fue porque su única política era CRECER, hacerse fuerte con el apoyo ruso, y a medida que lo conseguía, imponía su dictadura, Todos nos hacíamos cargo que, pronto o tarde, la gran explicación con el P.C. vendría. Pero aquí también fuimos débiles en honor a salvar lo que entre trincheras estaba en juego. Nadie ignora el papel que hube de desempeñar frente a las turbias maniobras del P.C. español y sobre esta pregunta me remito a los cientos de obras que se han editado, algunas muy buenas y precisas, escritas por los gerifaltes comunistas de la época de nuestra contienda.
-¿Cuáles son para ti los consejos más valiosos para la juventud, especialmente de cara a una acción revolucionaria?
-No sé si mis consejos serán válidos. O si la fueran si serán escuchados. Pero daré mi punto de vista.. Con aciertos o errores y hasta con ambos, la juventud tiene en la Revolución española, en la C.N.T. y en sus hombres, sujeto amplísimo de meditación. Si todo no es bueno como ejemplo porque la situación no es la misma, porque el planteamiento ya es otro, porque el nivel cultural y de confort es mayor, queda siempre que el problema de la libertad y el de un socialismo humano y libertario está por resolver. Nosotros, los hombres de la revolución del 19 de julio, quizás no tengamos otra feliz ocasión de poder recomenzar, pero ahí estáis vosotros, los jóvenes que habéis tenido la fortuna, digo bien la fortuna, de heredar una experiencia que no pide otra cosa que ser continuada. Especialmente debo poner el acento sobre el papel importante del sindicalismo revolucionario que encarnó la C.N.T. Sin una organización sindicalista revolucionaria, fuerte y con vocación anarquista, no será posible la manumisión de los trabajadores; caerán siempre en el juego de los demagogos y en el reformismo político. En el momento actual, la tarea principal de la juventud inquieta está en los talleres, en los tajos, en las oficinas, en la Universidad y en la calle. Está junto al Pueblo, que no es solamente un «buen aliado» como se viene diciendo, si no que es el principal protagonista de la acción social. Porque en la acción social no valen términos medios.
RevistaPresenciade París, N° 6 de Noviembre-Diciembre de 1966.
Extraída de la edición digital de laFundación Andreu Nin, Junio 2006
De mediana estatura, enjuto, cetrino, con rostro de
campesino castellano que parece tallado a hachazos, Cipriano es conocido en el
hospital donde muere. No es la primera vez que ocupa una cama de este centro en
que son asistidos enfermos y accidentados de la seguridad social. Muy
recientemente, a comienzos de la primavera del año en curso, permanece
internado durante un par de meses aquejado por una dolencia pulmonar. Luego,
sensiblemente mejorado, retorna a su hogar de la calle Jean Jaurés de
Billancourt hasta que una recaída a principios del otoño le fuerza a retornar a
la clínica de la que no saldrá con vida. Durante el tiempo que en una y otra
ocasión permanece internado son muchos los compañeros, amigos o simples
conocidos que se interesan por su estado. Médicos, enfermeros, auxiliares y
porteros se enteran de quién es y de quién ha sido. No porque él lo pregone en
torpes anhelos de satisfacer una vanidad que jamás sintió; menos aún porque Teresa
—compañera abnegada de toda su vida— quiera asombrar a quienes la escuchan o
ganarse su conmiseración. Pero no son pocos los visitantes que compartieron sus
antiguas y modernas luchas sindicales, le acompañaron en alguno de sus
encierros o pelearon a sus órdenes en Somosierra, Gredos, Madrid, Jarama,
Guadalajara o Brunete. «Fue un general del Ejército Popular —explican algunos
con una leve nostalgia en la voz—, es decir del Ejército de la Segunda
República durante toda la guerra de España».
Dicen la verdad pura y simple, aunque Cipriano no
alcanzase oficialmente tan elevada graduación. Pese a que durante casi toda la
contienda luciera en su uniforme las barras de comandante y teniente coronel,
actuó como general en jefe, primero de una división v luego de todo un cuerpo
de ejército, interviniendo personal y decisoriamente en mayor número de
combates que muchos famosos estrategas. Hace ya diez o doce años, cuando Mera,
que ya sobrepasa la edad de la jubilación y se niega a ser jubilado porque
necesita el salario íntegro para atender a su familia, ha de ser internado en
otro hospital, se produce un incidente tan curioso como significativo. Necesita
una trasfusión de sangre de determinado tipo de que carece el centro e indican
a su mujer la conveniencia de que se presente a donarla alguno de sus
familiares. La noticia circula con rapidez por París y al día siguiente más de
un centenar de personas acuden a ofrecer generosamente su sangre. Los médicos
se sorprenden ante la afluencia de donantes y preguntan intrigados quién es
aquel modesto albañil cuya salud preocupa e inquieta a tantas gentes. Cuando se
lo dicen quedan tan sorprendidos como desconcertados.
Nacido en Madrid en 1896, toda la infancia y la
juventud de Cipriano Mera discurre en las proximidades de Estrecho, en la parte
alta de Cuatro Caminos, cerca ya de Tetuán, en unas barriadas proletarias y
humildes que se extienden por un lado hasta la Dehesa de la Villa y por otro
sobrepasan Peña Grande para alcanzar las tapias del Pardo. Un buen novelista
español, un tanto olvidado en los últimos tiempos —Vicente Blasco Ibáñez—,
describe brillante y coloridamente en una de sus novelas —«La Horda»— lo
que son estos barrios a comienzos de siglo. Callejuelas largas, estrechas,
retorcidas, sin pavimentar, bordeadas por edificios de una o dos plantas, con
incómodas y reducidas viviendas donde difícilmente caben numerosos moradores.
Son en su casi totalidad familias proletarias más abundantes en bocas que en
recursos. Abundan los traperos que por las madrugadas bajan al centro con
carritos y seras para recoger las basuras y desperdicios de la gran ciudad. Y
no faltan en los extensos descampados chabolas que dan cobijo a los campesinos
que vienen a la capital en busca del trabajo y el pan que les falta en sus pueblos,
grupitos de gitanos e incluso algunos golfos y maleantes de ínfima categoría.
Personajes pintorescos son aun los cazadores furtivos que en los bosques de la
cercana posesión real consiguen los conejos e incluso los venados que hacen las
delicias de los frecuentadores de los merenderos de las afueras de la
población.
Los chicos, que no caben en las casas, hacen su vida
en la calle o los descampados vecinos. Tienen que empezar a trabajar apenas
comienzan a saber andar. Para salir adelante las familias necesitan la
aportación económica de todos sus miembros y los ocios y juegos de la infancia
duran muy poco. Aunque la enseñanza es gratuita en general, frecuentar la
escuela durante algún tiempo es un lujo que muy pocos pueden permitirse. El
sueño de la mayoría es ingresar como aprendiz en un buen taller, pero son pocos
los talleres y demasiados los aspirantes. Los muchachos han de apencar con lo
que sea para ayudar a sus padres o a sí mismos. Laboran en la busca; escarban y
clasifican las basuras; cuidan de las gallinas y los cerdos; se colocan como
botones o recaderos; sirven las tabernas, tiendas, merenderos, etc. y ni aún
así consiguen saciar de manera permanente su hambre. Cipriano Mera sigue las
vicisitudes y la suerte de casi todos los chicos de su tiempo y barrio. Es un
muchacho despierto, atrevido y habilidoso que apenas pisa la escuela y trabaja
desde que tiene uso de razón en las más diversas ocupaciones. Al final, igual
que muchos de ellos, entra como peón en una obra. Al cabo de unos años puede considerarse
un magnífico albañil.
La construcción es prácticamente la única gran
industria existente en Madrid, pero el trabajo en ella es duro y está mal
pagado. Cuando llueve intensamente —y esto ocurre durante semanas enteras en
los meses invernales— ni se trabaja ni se cobra. Algunos procuran resarcirse
luego, laborando a destajo en jornadas interminables y agotadoras. Pero
contratistas y capataces se aprovechan de las circunstancias e imponen salarios
irrisorios. Mera es un trabajador serio, fiel cumplidor de su deber, pero
intransigente por temperamento y decisión en la defensa de sus intereses
como trabajador. Choca frecuentemente con los patronos, participa en todas las
huelgas y encabeza algunas. Consecuencia lógica son sus primeros encierros. Como
para tantos otros obreros, la cárcel le sirve de escuela para adquirir los
conocimientos de que carece. Lee cuanto cae en sus manos, escucha con atención
a otros compañeros más capacitados y va formando su conciencia revolucionaria.
Enemigo por naturaleza de injusticias e imposiciones se siente atraído por el
sindicalismo revolucionario. No tarda en ser conocido como militante de la
Confederación Nacional del Trabajo e intervenir en las asambleas de su
organización.
No es un orador elocuente ni tiene mucha facilidad de palabra. Pero
le sobra buen juicio, ve con claridad los problemas, llama a las cosas por su
nombre y, como todos los hechos de su vida avalan y ratifican lo que dice, goza
desde muy joven de cierto prestigio entre sus compañeros. Serio, circunspecto,
poco hablador en su trabajo, con cierto aspecto de seca hosquedad, Cipriano es
un mozo bien-humorado, alegre y comunicativo. Le gusta participar en bromas y
juegos en sus horas de asueto y en las excursiones y giras que se organizan los
días festivos. Incluso en una época se siente atraído por los grupos teatrales
de aficionados que actúan en los ateneos y círculos obreros. Mera llega a ser un
discreto actor y algunos de sus viejos compañeros recuerdan todavía haberle
visto interpretar con plausible acierto los protagonistas de «El sol de la
humanidad» de Fola Igúrbide y el «Juan José» de Joaquín Dicenta.
Pero los tiempos son difíciles y a los militantes confederales
queda poco espacio para la diversión y el asueto. Ni siquiera para atender como
es debido a la propia familia ya formada. La C. N. T. es una organización
combativa y revolucionaria. Sus sindicatos son clausurados con frecuencia y sus
elementos más destacados perseguidos y encarcelados. Y si esto ocurre en los
últimos tiempos de la monarquía constitucional, sucede con redoblada intensidad
a lo largo de la Dictadura. Durante varios años las organizaciones cenetistas,
colocadas al margen de la ley, han de funcionar en la clandestinidad. Forzados
por las circunstancias, con sus locales cerrados, muchos de sus elementos han de
ingresar en la U. G. T. para defender sus intereses como trabajadores. Cipriano
Mera tiene que hacerlo en esta época, como tienen que hacerlo otros militantes
cenetistas. Entre ellos, se encuentran, por lo que a Madrid respecta, figuras
tan conocidas del movimiento libertario como Mauro Bajatierra, Feliciano Benito,
Antonio Moreno, Melchor Rodríguez, Teodoro Mora, Paulet y los hermanos Inestal.
Más adelante, cuando la Dictadura declina y la persecución se hace menos
intensa, van agrupándose todos de nuevo en el Ateneo de Divulgación Social. Cae
Primo de Rivera en enero de 1930 y a su Dictadura sucede la llamada
«Dictablanda» de Berenguer. Comienza una etapa de extraordinaria actividad
política que culminará, quince meses después, con la caída de la Monarquía. La
C. N. T., con la que nadie cuenta, a la que nadie menciona y a la que una
mayoría cree totalmente desaparecida, puede salir de su prolongada
clandestinidad. Se produce entonces un fenómeno que ni comentaristas políticos
ni historiadores se han tomado la molestia de estudiar y analizar a fondo: la
rápida, la vertiginosa expansión del movimiento sindicalista revolucionario. Lo
efectivo es que, aparentemente inexistente en enero, la Confederación Nacional
del Trabajo tiene seis meses más tarde mayor número de afiliados que todos los
partidos políticos de izquierda y derecha, monárquicos o republicanos,
juntos.
Este sorprendente incremento no se produce sólo en Cataluña,
Levante, Aragón y Andalucía donde los sindicatos confederales fueran
mayoritarios con anterioridad, sino también en Galicia, Asturias, la Rioja y el
Centro. En Madrid el sindicato más importante es, naturalmente, el de la
construcción, cosa comprensible por las condiciones de trabajo imperantes en la
industria y el temple de sus militantes. Como la C. N. T. no interviene en las
contiendas electorales —que desdeña—, esos militantes son totalmente
desconocidos en los círculos políticos y periodísticos de la capital. En cambio,
son sobradamente conocidos por los trabajadores —que es lo que de verdad
importa—, que los ven a diario en los mismos talleres, tajos o andamios en que
todos laboran. En el sindicato de la construcción confederal no hay cargos
retribuidos ni la esperanza de conseguir con facilidad sinecuras de ninguna
clase. Todos son obreros auténticos y los militantes más destacados —Mera,
Antona, Mora, Marcelo, Ciriaco, Inestal, etc.— no disfrutan de otro privilegio
que servir de lección y ejemplo a sus compañeros trabajando tanto como el que
más y arriesgándose y sacrificándose con absoluto desinterés por todos. Con esto
basta y sobra para que los demás pongan en ellos mayor confianza que en
cualquier arribista o escalatorres político por muchos que sean sus títulos
universitarios o arrebatadora su elocuencia.
En estos meses de acusada transformación política, igual que en
tiempos de la Dictadura y conforme sucederá con la República en los años
venideros, la vida no es fácil ni cómoda para los sindicalistas madrileños. Una
mayoría sufren persecuciones y encierros. Lejos de ser una excepción, Cipriano
es una norma en esto. Participa en todas las luchas proletarias en un régimen o
en otro y en todos tiene que sufrir largas temporadas de prisión. En diciembre
de 1933, por ejemplo, forma parte del Comité Nacional que, como protesta contra
el triunfo electoral de las derechas que da paso al llamado bienio negro,
desencadena un fuerte movimiento revolucionario en Aragón, la Rioja y Levante.
Como consecuencia es detenido y pasa largos meses en la cárcel de Zaragoza en
unión del doctor Puente, Ejarque y varios centenares de compañeros. Ni siquiera
varía fundamentalmente la situación para ellos cuando, en febrero de 1936,
triunfa el Frente Popular. En Madrid se inicia a finales de la primavera de
dicho año una huelga general de la construcción que pronto reviste especial
violencia dadas las circunstancias que vive España. Cipriano Mera es uno de los
primeros detenidos y sigue en la Cárcel Modelo de Madrid —en unión de David
Antona, Teodoro Mora, Villanueva, Cecilio, López, Ciriaco y varios cientos de
compañeros más— cuando se produce el levantamiento del 18 de julio. A mediodía
del domingo 19 de julio, Cipriano Mera y sus compañeros son puestos en libertad.
Inmediatamente se lanza a la lucha. Al día siguiente, lunes 20 de julio,
participa activamente en los combates de Campamento. Veinticuatro horas después
figura entre los grupos que se adueñan de Alcalá de Henares. El miércoles toma
parte en una de las batallas más sangrientas de los comienzos de la guerra
civil: el asalto de Guadalajara en que los muertos y heridos por ambos bandos se
cifran en varios centenares. Sin tomarse un momento de descanso, Cipriano sigue
hacia adelante. Al frente de unos grupos de hombres decididos avanza hacia el
este y el sudeste a través de la Alcarria y la provincia de Cuenca. En pocos
días los futuros frentes están en Alcolea del Pinar por un lado y en Albarracín
por otro. (Se producen en estos días centenares de sangrientas escaramuzas
libradas en cualquier rincón de la geografía peninsular. En una de ellas perece,
más allá de Sigüenza, un buen militante madrileño: Tomás
Lallave).
Cipriano Mera está de regreso en Madrid a finales de julio.
Inmediatamente parte para la Sierra en una columna integrada por dos mil
trabajadores madrileños y mandada por el teniente coronel Del Rosal. Durante más
de un mes estas milicias confederales pelean en las estribaciones de Somosierra,
por encima de Paredes de Buitrago, defendiendo los embalses que aseguran el
abastecimiento de aguas de Madrid. Más tarde, durante los meses de septiembre y
octubre, luchan en Gredos —Casas Viejas, La Adrada, La Iglesuela—... En el
puerto Mijares, cerca de Piedralaves muere defendiendo una posición un conocido
militante de la construcción: Teodoro Mora.
En los primeros días de noviembre, Cipriano Mera está tratando de
formar una nueva columna con los hombres que han luchado en Sigüenza y Toledo.
Cuando en la noche del 6 al 7 de noviembre se produce la huida de muchos hacia
lo que entonces denominan algunos el Levante Feliz, se pone en movimiento en
dirección opuesta. En la mañana del domingo 8 de noviembre, cuando la primera
batalla de Madrid alcanza su mayor virulencia, Mera penetra en la Casa de Campo
corno responsable político de una columna integrada por tres mil hombres, cuyo
mando militar ostenta el teniente coronel Palacios. La primera brigada
internacional y las Milicias Confederales tienen la misión de defender Madrid
frenando el avance enemigo por las frondas del antiguo parque real. Durante dos
semanas luchan encarnizadamente en un extenso frente que va desde Casa Quemada
al Puente de San Fernando, cubriendo la Cuesta de las Perdices y las carreteras
de Castilla y La Coruña. Aguantan bien y mantienen con energía sus posiciones,
aún a costa de perder en menos de quince días la mitad de sus efectivos. Las
bajas son cubiertas inmediatamente por combatientes voluntarios procedentes de
todos los sindicatos. El Sindicato de la Construcción publica el día 9 de
noviembre una orden impresionante. Dice escuetamente: «Todos los trabajadores de
la construcción que no estén en lista y controlados por el Consejo Mixto de
Fortificaciones, se concentrarán en los sitios indicados por sus organizaciones,
con sus respectivas meriendas, para marchar dónde sea preciso en defensa del
pueblo de Madrid». Van a luchar, a batirse empuñando el fusil abandonado por
alguno de los muertos, tal vez a morir a su vez, peronadie les habla de premios
ni recompensas. Se les exige, en cambio, que cada uno se lleve la comida. Y con
orgullo podrá proclamar semanas más tarde el Sindicato de la Construcción, el
sindicato de Mera, que ni uno solo de sus afiliados desoye el llamamiento de la
organización. En torno a Madrid, en la dura lucha entablada en noviembre, caen
muchos militantes confederales, algunos de los cuales pudieron llegar a ser
buenos jefes una vez organizado el Ejército Popular. Perece así, oscuramente, lo
mejor de la militancia madrileña. Tan anchos claros abre la muerte en sus filas
que cuando el propio Mera recibe el encargo de comunicar a Federica Montseny la
muerte de Durruti, la entonces ministro de Sanidad se duele de las elevadas
pérdidas en compañeros destacados y pide a su interlocutor que sea prudente y no
se arriesgue más de la cuenta. Sincero y rudo, Cipriano contesta moviendo la
cabeza en gesto negativo: ¡Imposible! ¿No ves, mujer, que hay que ir siempre
delante para que los demás nos sigan?»
Con un valor sereno y frío, sin alardes espectaculares ni gestos
teatrales, pero con una decisión inquebrantable, Cipriano Mera va siempre
delante mostrando a los demás el camino, desdeñando el peligro que le acecha. Ve
caer en torno suyo a centenares de compañeros y espera seguir en cualquier
momento la misma suerte. Las balas le respetan y continúa en pie después de
participar durante la segunda quincena de noviembre y los meses de diciembre y
enero en todas las batallas que se libran entre Aravaca, por un lado, y la
Ciudad Universitaria, por otro. Durante ese tiempo comienza a aureolarle un
prestigio casi mítico.
A finales de 1936 y comienzos de 1937, en los frentes cercanos a
Madrid empiezan a constituirse las primeras unidades del Ejército Popular. En el
medio año que lleva luchando ha llegado a la conclusión de que la guerra sólo
puede ganarse con el arma adecuada que es un buen ejército. Sincero consigo
mismo y con los demás, admite primero y defiende después enérgicamente
la militarización de las unidades de voluntarios. No aspira a ostentar ningún
mando y se resiste a aceptar el que le ofrecen; pero cuando las necesidades
de la lucha y la insistencia de la organización le fuerzan a asumirlo, expone
con serenidad su pensamiento y propósitos. Mientras la guerra dure y tenga
el mando de una unidad militar, no tolerará en ella indisciplinas, debilidades
ni caprichos de nadie. Exigirá de todos, empezando por él mismo, el
cumplimiento del deber por encima de cualquier consideración, incluso sobre las
propias fuerzas del individuo, y aplicará los más duros castigos a quien no lo
haga, aunque sea su mejor amigo y compañero. Los procedimientos que
empleará repugnan a sus ideas y sentimientos, pero es la única manera de ganar
una guerra en la que tanto se juegan los trabajadores.
La XIV División, cuyo mando se le confía a comienzos de febrero,
está integrada por dos brigadas: la 70 y la 77, surgidas de la transformación de
otras tantas columnas milicianas —«Espartaco» y «España Libre»— que ya
han luchado en distintos frentes. Pocos días después tienen que participar en
lo más duro de la batalla del Jarama. Sus integrantes reciben su bautismo
de fuego en las proximidades del Pingarrón. Se comportan con heroísmo, pese
a sufrir un número considerable de bajas. Apenas terminada la batalla del Jarama
comienza la de Guadalajara. Varias divisiones italianas, bien protegidas por
artillería y aviación, avanzan rápidas por tierras de la Alcarria con ánimo de
completar el cerco de Madrid, cortando sus salidas por el sur y el este. Ante la
abundancia de material enemigo, las unidades republicanas han de batirse en
retirada. El Cuerpo de Tropas Voluntarias llega en pocas jornadas cerca de
Guadalajara, conquista Brihuega y pone en serio aprieto las comunicaciones de la
capital. La XIV División se enfrenta con ellas el 16 de marzo, consiguiendo de
momento paralizar su progresión. Dos días después se lanza a su vez al asalto de
las posiciones enemigas y el día 19 de marzo entra en Brihuega, pone en fuga a
las unidades de camisas y flechas negras, infringiéndoles la más sonada de las
derrotas de toda la guerra de España, apoderándose de parte de su material y
haciendo varios centenares de prisioneros.
Posteriormente la XIV División toma parte en diferentes operaciones
y a mediados de julio interviene en las batallas libradas en torno a Brunete. Ha
de hacerlo en el instante más crítico y en las condiciones más desfavorables
cuando, contenido el avance inicial de las fuerzas republicanas, los nacionales
(que han concentrado en el frente el grueso de sus unidades) se lanzan a la
contraofensiva, bien protegidas sus tropas por la aplastante superioridad
aérea de los aparatos alemanes e italianos. Durante más de una semana los
catorce mil hombres que manda Cipriano Mera se clavan en el terreno y aguantan
todos los ataques sin retroceder un sólo paso. Cuando la batalla concluye, la 70
y la 77 Brigadas ofrecen anchos claros en sus filas, pero han demostrado ser de
las mejores unidades del recién creado Ejército Popular. Ascendido por méritos
de guerra a teniente coronel, Cipriano Mera es nombrado comandante en jefe del
4.° Cuerpo de Ejército. Con escasas fuerzas —tres divisiones como máximo, entre
ellas la ya famosa XIV—, tiene que cubrir un frente extenso que va
desde Somosierra en la parte izquierda a los Montes Universales, cerca de
Teruel, donde enlaza con el Ejército de Levante, en la derecha. Ejerce el mando
del mismo sector durante el resto de la guerra, interviniendo en numerosas
operaciones. Tiene a sus órdenes entre treinta y cinco y cincuenta mil
hombres, encuadrados en unidades que muchas veces son puestas por sus
superiores como modelo de organización y eficacia combativa. Como jefe de cuerpo
de Ejército, Mera impone la más rígida disciplina unida a un concepto exigente
de la propia responsabilidad. Continúa ocupando en los combates los puestos de
máximo riesgo y desarrolla una actividad incesante durante la calma en los
frentes. Aunque tiene poco más de cuarenta años, los combatientes le
llaman cariñosamente «El Viejo» y a nadie sorprende verle aparecer de día o de
noche en las posiciones más avanzadas porque constantemente recorre las líneas
en misión de inspección y vigilancia. Merced a todo ello llega a ser uno de los
jefes del Ejército Popular que inspiran mayor confianza a cuantos combaten a
sus órdenes.
En el mes de marzo de 1939, cuando la pérdida de Cataluña ha
sellado definitivamente la suerte de la contienda, secunda por mandato expreso
de su organización el movimiento contra Negrín, en el que participan todos los
partidos y organizaciones del Frente Popular con excepción de los comunistas.
El día 5 tiene que leer ante los micrófonos de Unión Radio una breve
alocución expresando su apoyo a Julián Besteiro y Segismundo Casado que rechazan
un intento de Negrín, que ya ha provocado la víspera la marcha a Bizerta de la
flota republicana surta en Cartagena. Aunque el doctor, sus ministros y el Buró
Político del P. C. abandonan España en la mañana del 6 de marzo, la situación
del recién formado Consejo Nacional de Defensa, que ya preside Miaja, llega a
ser extremadamente crítica durante los días 7, 8 y 9 ante la rebelión de parte
de los tres cuerpos de ejército que defienden Madrid. Mera tiene que venir en
su auxilio desde Guadalajara al frente de la XIV División para salvar al
Consejo luego de una serie de encarnizados combates.
Cipriano Mera continua en su puesto de mando de Guadalajara hasta
los últimos días de marzo. El martes 28, una vez caído Madrid y
desaparecidos prácticamente los frentes del Centro, recibe orden de trasladarse
a Valencia. De allí parte en la mañana del 29 con rumbo a Orán. En Argelia no le reciben con los brazos
abiertos ni le tratan con consideraciones de ningún género. Al igual que otros
varios millares de refugiados va a parar a un campo de concentración, donde ha
de pasar varios meses padeciendo hambres, incomodidades y malos tratos. Al salir
de España no ha llevado consigo bienes ni riquezas y este primer exilio no
tiene para él nada de dorado.
Cuando al fin sale del campo de concentración tiene que ganarse la
vida trabajando. Como en Orán no encuentra dónde laborar ha de marchar al
Marruecos francés donde empieza a trabajar como simple peón en las obras
de construcción del ferrocarril que, partiendo de Tánger, los franceses
esperan que llegue algún día hasta Dakar. El «general» curtido en cien batallas,
que mandó con eficacia y acierto un cuerpo de ejército, es un trabajador
igual que los demás que ni pide ni admite ningún trato de favor. En la primavera
de 1940 se produce el desastre francés y los alemanes llegan hasta la frontera
de los Pirineos. En el otoño las autoridades españolas solicitan la extradición
de algunas figuras destacadas de los exiliados republicanos —Azaña, Companys,
Peiró, Zugazagoitia, Teodomiro Menéndez, Cruz Salido, Rivas Cheriff, etc.— y
ven satisfecha sin tardanza su demanda, con la sola excepción de Azaña que
fallece en Montauban. Algún tiempo después hacen la misma petición con respecto
a una larga serie de exiliados refugiados en Argelia y el Marruecos francés.
Pero las autoridades galas de las colonias —quizá porque los alemanes están más
lejos— se muestran menos diligentes en atender la demanda. Nogués, el residente
francés en Fez, procura dar largas al asunto y deja transcurrir unos meses sin
hacer nada. Accede por último, no sin ciertas reservas mentales y, al parecer,
tras haberle asegurado que ninguno de los refugiados que entregue será
fusilado. Sea como fuere, entre los exiliados cuya extradición se concede figura
Cipriano Mera que es conducido a Madrid y encerrado en la prisión de Porlier.
Tras un periodo de espera es juzgado y condenado a la última pena. Le indultan a
los pocos meses, demostrando tanto antes de ser juzgado como en el tiempo que
tiene pendiente sobre su cabeza la más grave de las penas, absoluta serenidad y
entereza. Luego de indultado, las autoridades disponen su traslado a la Prisión
Central de Trabajadores de Santa Rita —que ocupa los edificios de un antiguo
colegio reformatorio para señoritos calaveras— en el entonces pueblo de
Carabanchel Bajo, actualmente simple barriada de Madrid. En Santa Rita se
concentran en los años cuarenta y dos a cuarenta y cuatro los millares de presos
destinados a trabajar en los destacamentos penitenciarios de la Sierra —aparte
de los que construyen los túneles para el ferrocarril directo Madrid-Burgos,
están los que horadan una montaña en Cuelgamuros— y en las obras de la nueva
prisión que ha de sustituir en Carabanchel Alto a la que fue destruida durante
la guerra en la plaza de la Moncloa.
Durante bastante tiempo Cipriano Mera sale todas las mañanas de
Santa Rita en una columna formada por más de mil penados, bien custodiados por
una veintena de funcionarios de prisiones y un pelotón de soldados, para ser
trasladado a las obras que distan poco más de un kilómetro. Allí trabaja como
albañil durante ocho o nueve horas, para volver a ser encerrado en Santa Rita
al caer la tarde. Cada día de trabajo le permite redimir otro de condena, por lo
que la pena de treinta años puede quedar reducida a quince. Aparte, recibe
un salario de tres pesetas diarias: una que se destina a mejorar el rancho; otra
que puede cobrar su familia y una tercera que ingresa en una cuenta de ahorros
cuyo total se le entregará al recobrar la libertad. En cualquier caso
abandona la prisión mucho antes de cumplir los quince años de reclusión, merced
a uno de los varios indultos que se promulgan.
Pero sale —conviene precisarlo— en una llamada libertad condicional
que difiere bastante de la libertad absoluta. El liberado condicional tiene que
residir forzosamente en el lugar que se le designe, presentándose con
periodicidad a las autoridades que se le indique para declarar dónde trabaja, el
dinero que gana y la vida que hace, no pudiendo viajar ni cambiar de domicilio
sin antes pedir y conseguir el correspondiente permiso. Caso de no cumplir al
pie de la letra las instrucciones o incurrir en cualquier falta o delito puede
ser encarcelado de nuevo, teniendo que cumplir entonces la totalidad de la
condena que tiene pendiente. Al abandonar la prisión, Cipriano vuelve a
vivir donde siempre ha vivido en compañía de su mujer. Torna también a
buscar ocupación en su profesión y oficio. Lo encuentra en las obras de una
constructora —Urbis, concretamente— que está levantando una extensa barriada
entre las avenidas madrileñas de Menéndez Pelayo y Doctor Esquerdo. Allí vuelve
a subir al andamio sin que se le caigan unos anillos que no lleva por seguir
colocando ladrillos. Pero si ni en los años de mando militar ni en los que
después pasa en prisión ha cambiado interiormente lo más mínimo, tampoco sus
ideas han sufrido la menor variación. Sigue pensando exactamente igual que hace
diez o quince años, lo que le ocasiona contrariedades y molestias. Sufre
repetidas retenciones e interrogatorios y comprueba en múltiples ocasiones que
está sometido a una discreta vigilancia.
Un día sabe que la Policía le anda buscando y resuelve abandonar
Madrid para volver al exilio. Gana la frontera viajando como puede y consigue
cruzar a pie los montes que le separan de Francia. En el país vecino procura
rehacer su vida, no sin sin tener algunos tropiezos con la Policía francesa que
en este momento —varios años después de finalizada la segunda guerra mundial— no
ve con buenos ojos la presencia de determinados exiliados españoles en el sur de
Francia. En Toulouse es detenido en alguna ocasión, acusado de participar en
actividades políticas y amablemente se le invita a alejarse lo más posible de la
frontera. Mera marcha a París donde trabaja como albañil, exactamente igual que
ha hecho antes en Toulouse. Hay gentes que le ofrecen ayudas y colocaciones que
rechaza sin vacilar. No quiere ni admite favores ni limosnas. Es un
trabajador auténtico y prefiere seguir ganándose la vida con su propio esfuerzo.
Algunos que no le conocen, insinúan que puede tratarse de una pose «pour épater
les bourgeoises», pero todos tienen que reconocer al cabo que se trata de
un hombre de una moral incorruptible. Aunque cuando pisa el suelo francés
tiene más de cincuenta años, todavía trabaja como albañil durante veintitantos
más.
Vive exclusivamente de su trabajo mientras le quedan fuerzas. Con
él, compartiendo estrecheces y penurias, su compañera de toda la vida, que no
sin grandes dificultades ha podido ir a reunírsele en Francia. Tras residir y
trabajar durante bastante tiempo en diferentes puntos, Cipriano Mera pasa los
últimos años de su vida en un piso pequeño y modesto de la calle Jean Jaurés
de Billancourt-sur-Seine. En su casa no hay lujos de ninguna clase; carece
incluso de los aparatos electrodomésticos que hoy se consideran indispensables
en cualquier familia humilde, pero vive con una austera y altiva dignidad. Sin
intentarlo ni proponérselo, se convierte en un símbolo y un ejemplo para cuantos
le conocen. No sólo por su valor y temple durante la guerra, sino por su
conducta posterior. Porque si son muchos los capaces de comportarse
valerosamente en el transcurso de una lucha y morir con entereza, son contados
los que con una historia como la suya, con una aureola tan bien ganada
vuelven con aire sencillo, sin aires teatrales para asombrar a la galería, a su
trabajo habitual para ganarse durante varios lustros —hasta que las dolencias
y la falta de reservas físicas le fuerzan a jubilarse, bien entrado ya en la
senectud— la vida con el sudor de su frente colocando ladrillos en lo alto de un
andamio. Buena prueba de su comportamiento es que en repetidas ocasiones
acuden en su busca reporteros de distintos países que quieren oír sus
confesiones respecto a la trayectoria de su vida o sus puntos de vista
y opiniones sobre determinados problemas. Cipriano Mera, en cuyo pecho no tiene
cabida la menor vanidad, les recibe con mayor o menor amabilidad pero se niega
en redondo a lo que pretenden sus visitantes y más aún a dejarse retratar por
ninguno. No hace mucho unos periodistas —españoles concretamente— acuden a su
domicilio de Billancourt- sur - Seine con esta pretensión. Cuando el interesado
se niega en redondo a decir una sola palabra para el diario que representan,
los jóvenes reporteros, con una total falta de delicadeza, creyendo quizá
que todo puede lograrse con dinero, le ofrecen una cantidad que consideran
más que suficiente. Aunque Cipriano está ya viejo y enfermo, una llamarada
de indignación brilla en sus pupilas, se yergue colérico y los periodistas han
de abandonar precipitadamente la vivienda. Este era Cipriano Mera. Este era el
luchador obrero, comandante en jefe un día del 4.° Cuerpo de Ejército, que supo
vivir durante muchos años sostenido por una inquebrantable moral, y que ha
muerto el pasado 25 de octubre en un hospital del arrabal parisino de Saint
Cloud.
Eduardo de Guzmán
Tiempo de Historia nº 13 diciembre de 1.975
Documental "Vivir de pie Las guerras de Cipriano
Mera"
“Hubo un tiempo en el que todo fue posible. Un
tiempo en el que un ejército de soñadores se hicieron albañiles de la utopía y
construyeron las paredes de las casas que no llegarían a habitar y los altos
muros de las prisiones que finalmente... ocuparon. Unos tiempos difíciles
de una historia subterránea, el leve peso de las ideas que fluyen como la
sangre a través de las grietas en el muro. Esta es la historia de un albañil y
de una grieta, de un niño audaz con alma de pez volador que osó soñar con un
mundo nuevo”.