Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta José Ángel Valente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta José Ángel Valente. Mostrar todas las entradas

3471. La mentira

Caminan por los campos, arreando sus bestias
cargadas de cadáveres, hacia el atardecer.

Pero no allí,
sino en el centro de la ciudad
están (aunque su reino sea
más odioso en el alma): son
los mercaderes del engaño.
Levantan en la plaza
sus tenderetes y sus palabras, pues son hábiles
en el comercio de la irrealidad.
Proceden del sueño y también
lo engendran a su vez.
Mezclaos entre la multitud y veréis
hasta qué punto sus palabras son vanas,
pues no les pertenece ni un solo corazón.
Si alguien levanta su voz en la asamblea,
tal vez un hombre honrado,
para enarbolar la verdad,
ellos extienden sus manos engañosas
hasta teñir el cielo de un sangriento color.



Porque tienen el viejo poder de la mentira
que desciende en la noche,
cubre los campos,
se mezcla a las semillas,
contamina los frutos de toda corrupción.
Mentira es nuestro pan, el que mordimos
con ira y con dolor.
Bajamos a la caída de los sueños
como una bandada de pájaros sedientos de verdad.
Pero ninguna hora había sonado
que fuese nuestra. Entonces comprendimos
que al igual que la tierra huérfana de cultivo
debíamos dar fruto en soledad.

Pero ahora acercaos: ved
cómo la noche cae. Se oye
un largo toque de silencio y redobla
el hisopo sobre el tambor.
La plaza está desierta (parece descansar
la ciudad en un sueño más hondo que la muerte).
Sólo quedan palabras como globos hinchados,
ebrios de nada. Van
flotando lentamente sobre la carroña del día
y su implacable putrefacción.


José Ángel Valente
Poemas a Lázaro, 1955-1960






2933. Corona fúnebre

Fotografía de Vicente Escudero



Estaba el muerto sobre sí difunto.
Corrieron las estólidas cortinas de la patria
sobre su incorruptible podredumbre.
Señor opaco de las moscas.
Su reino no era de este mundo
ni de otro mundo.

Improvidente error
y largos cementerios sin fin bajo la luna.
De la muerte nos diera innúmeras versiones.
Padre invertido: nos desengendraba.
Viva la muerte, en círculo dijeron
con él los suyos.
Viva, con él, al fin la muerte.
La muerte, sus bastardos, sus banderas.


José Ángel Valente, 1975
El fulgor. Antología poética (1953/1996)
Galaxia Gutemberg, Barcelona, 1998






2821. Una elegía incompleta

Grupo de niños frente a una casa bombardeada en la Calle Segovia durante la Guerra de España.. Fotógrafo desconocido. Archivo BNE



Había la miseria,
miserable miseria del llanto en las familias,
las urnas, hornacinas, las capillas azules
con una lamparilla,
y un gran muerto inocente
depositado en medio
de las horas, los días, los semestres, los años,
sí, los años nudosos, nodulares, negados.

El aire tibio de perpetuamente
conllevar aquel rezo
y el maullido larguísimo del triste
gato perdido en el viscoso invierno.

Blasfemias en cuclillas,
masturbadas, no dichas, indecibles.
Y tantos dioses en sus claras vitrinas
con velos y azucenas de intocada blancura.

La mísera miseria, la invasora miseria,
el llanto en las familias,
la secreción oscura del subrepticio semen
pertubador y el odio
todavía sin nombre.

Antes de huir, cuando las grandes lluvias,
cuando los grandes vientos derribaron el cielo,
arrasamos las tiendas, los altares, los ídolos,
la raíz, los residuos de la triste parodia.


José Ángel Valente
El inocente, 1970







2815. Cesar Vallejo

César Vallejo
(Santiago de Chuco, 16 de marzo de 1892 - París, 15 de abril de 1938)


Ése que queda ahí,
que dice ahí
que ya hemos empezado
a desandar el llanto,
a desandar los doses
hacia el cero caído.
El niño, padre
del hombre aquel izado
a bruscos empujones
de desgracia.
El pobre miserable
que nos lanza puñados
de terrible ternura
y queda suavemente sollozando,
sentado en su ataúd.


El mendigo de nada
o de justicia.
El roto, el quebrantado,
pero nunca vencido.
El pueblo, la promesa, la palabra.


José Ángel Valente
La memoria y los signos








2678. Una elegía incompleta




Había la miseria,
miserable miseria del llanto en las familias,
las urnas, hornacinas, las capillas azules
con una lamparilla,
y un gran muerto inocente
depositado en medio
de las horas, los días, los semestres, los años,
sí, los años nudosos, nodulares, negados.

El aire tibio de perpetuamente
conllevar aquel rezo
y el maullido larguísimo del triste
gato perdido en el viscoso invierno.

Blasfemias en cuclillas,
masturbadas, no dichas, indecibles.
Y tantos dioses en sus claras vitrinas
con velos y azucenas de intocada blancura.

La mísera miseria, la invasora miseria,
el llanto en las familias,
la secreción oscura del subrepticio semen
pertubador y el odio
todavía sin nombre.

Antes de huir, cuando las grandes lluvias,
cuando los grandes vientos derribaron el cielo,
arrasamos las tiendas, los altares, los ídolos,
la raíz, los residuos de la triste parodia.


José Ángel Valente
El inocente








2606. Melancolía del destierro

José Ángel Valente
(Orense, 25 de abril de 1929 - Ginebra, 18 de julio de 2000)


Lo peor es creer
que se tiene razón por haberla tenido
o esperar que la historia devane los relojes
y nos devuelva intactos
al tiempo en que quisiéramos que todo comenzase.
Pues ni antes ni después existe ese comienzo
y el presente es su negación y tú su fruto
hermano consumido en habitar tu sombra.

Lo peor es no ver que la nostalgia
es señal de engaño o que este otoño
la misma sangre que tuvimos canta
más cierta en otros labios.

Y peor es aún ascender como un globo,
quedarse a medio cielo,
deshincharse despacio,
caer en los tejados de espaldas a la plaza,
no volver al gran día.

La gloria de aquel acto
era toda futura.
Pero tú olvidas cuanto
pusiste en él, mientras los muertos
brotando están a flor de tierra ahora
para hacer con sus manos
la casa, el pan y la mañana nuestra.

Y tú en tu otoño de recordatorios,
en tu rosario quieto,
igual que un héroe de metal fundido,
famoso en unos pocos
metros a la redonda,
ilustre en ignorancia de la hora inmediata
y casi sordo de tristeza.
Pienso
si no supiste combatir,
si no te defendiste por donde más te herían
o si acaso ignorabas que el destierro es a veces
más cruel que la muerte.

Sobremueres.
Te han vendido a ti mismo,
a tu perfil lejano entre metralla y cantos
o te has dejado herir con un solo disparo
de luz petrificada en la boca del alma.


José Ángel Valente
La memoria y los signos 







2324. Tiempo de guerra




Estábamos, señores, en provincias
o en la periferia, como dicen,
incomprensibles desnacidos.

Señores escleróticos,
ancianas tías lúgubres,
guardias municipales y banderas.
Los niños con globitos colorados,
pantalones azules
y viernes sacrosantos
De piadoso susurro.

Andábamos con nuestros
papás.
Pasaban trenes
cargados de soldados a la guerra.
Gritos de excomunión.
Escapularios.
Enormes moros, asombrosos moros
llenos de pantalones y de dientes.
Y aquel vertiginoso
color del tíovivo y de los vítores.

Estábamos remotos
chupando caramelos,
con tantas estampitas y retratos
y tanto ir y venir y tan cólera,
tanta predicación y tantos muertos
y tanta sorda infancia irremediable.


Jose Ángel Valente
(Orense, 25 de abril de 1929 - Ginebra, 18 de julio de 2000) 
La memoria y los signos









1432. Patria cuyo nombre no sé

José Ángel Valente
(Orense, 25 de abril de 1929 - Ginebra, Suiza, 18 de julio de 2000)


(A Aurelio Menéndez)

Yo no sé si te miro
con amor o con odio
ni si eres más que tierra
para mí.
Pero contigo sólo,
a muerte, debo
levantarme y vivir.
Aquí es tu piel tirante
sobre el mapa del alma,
azotada y cruel;
allí suave,
rota en ríos de lluvia,
inclinada hacia el mar.
Allí paso perdido,
pie puro que anda el sueño;
aquí cráneo abrasado
por el peso de Dios.
Estoy así mirándote
con un ojo que apenas
ha nacido a mirar.
Porque he venido ayer
y no sé aún quién eres,
aunque tal vez no seas
nada más verdadero
que esta ardiente pregunta
que clavo sobre ti.

Vine cuando la sangre
aún estaba en las puertas
y pregunté por qué.
Yo era hijo de ella
y tan sólo por eso
capaz de ser en ti.

Vine cuando los muertos
palpitaban aún próximos
al nivel de la vida
y pregunté por qué.
Yacían bajo tierra:
tú eras su verdad.

Caía el sol, caía
inútilmente el pan,
caían la noche
y la sombra de nadie
derribada la fe.
Y sin embargo supe
que tú estabas allí.

Apenas, casi a solas,
entre el aire y la muerte,
un brote nuevo
se atrevía a pujar.
Solo, entre la esperanza
estéril, la esperanza
ganada, las palabras
caídas, las palabras
como ciegas banderas
levantadas, un brote
se atrevía a pujar.

Oh, cómo en las colinas
sobreviviente el aire
se animaba en él.
Debías protegerlo.
No lo hiciste.
Temblad.
Porque debió crecer
para la luz, no para
la sombra, el odio, para
la negación.
La tierra había sido
removida y arada
con la sangre de todos.
Con la sangre. Era
difícil la alegría;
necesitábamos
primero la verdad.

Hemos venido. Estamos
solos. Pregunto,
¿quién tiene tu verdad?

Tú eres esa pregunta.

Oh patria y patria
y patria en pie
de vida, en pie
sobre la mutilada
blancura de la nieve,
¿quién tiene tu verdad?


José A. Valente
"A modo de esperanza", 1955








1431. El uniforme del General

Recordamos a José Ángel Valente en el aniversario de su nacimiento con el relato "El uniforme del General"


El relato "El uniforme del General" esta inspirado en un suceso acaecido durante la guerra española en la propiedad del General Saliquet en la ocalidad de Fiñana. Tras su publicación en 1971, fue denunciado en la Capitanía General de Canarias "por el presunto delito de ofensa a la clase determinada del Ejército" y retirado por orden judicial.

Tanto José Ángel Valente como los editores del libro fueron requeridos ante la autoridad. Desde el Juzgado Permanente del Gobierno Militar de Las Palmas, se lanza una requisitoria de busca y captura contra el escritor con fecha del 19 de octubre de 1971: "comparecerá en el término de 30 días, ante el Juez Instructor del Juzgado Permanente del Gobierno Militar de Las Palmas de Gran Canaria, Comandante de Artillería don Heraclio Ferrer Oliva, bajo apercibimiento de ser declarado rebelde".

El Consejo de Guerra Ordinario se celebró en Las Palmas el 14 de septiembre de 1972. José Ángel Valente es declarado en rebeldía. La sentencia consideró probado que los hechos eran "legalmente constitutivos de un delito consumado de injurias encubiertas a Clase determinada del ejército", pues con la publicación del cuento en cuestión se había dado publicidad a ofensas "directamente referidas al Generalato, claramente menospreciantes de su alta categoría en el Ejército, con expresiones tales como que el General parecía un domador de circo y su uniforme estaba allí entre otras cosas inútiles, y para nada servían y que los Generales no tenían madre y a lo mejor los hacían con una máquina con chapas de gaseosas, aluminio y paja, mucha paja, para que apareciesen con el pecho hinchado". 


El uniforme del general

El condenado se sentó en la penumbra. El cura se paseaba lentamente a lo largo de la celda, leyendo en un libro pequeño, de encuadernación negra y flexible, frases que articulaba con cuidado pero que no llevaba a la voz. El condenado emitió contra su voluntad un gemido. Sentía un vacío enorme en el estómago y a la vez un deseo, al que no conseguía dar suelta, de vomitar. 0 le habría gustado comer, comer hasta quedarse sordo para no oírse más. Morir ha de ser ‑pensó‑ como tener hambre y náuseas a la vez. Luego dijo en alta voz:

-Volvería a ponerme el uniforme del general.

El cura suspendió la lectura y se detuvo para mirarlo con una mezcla de asombro y conmiseración. Después siguió bisbiseando, pero sin moverse, clavado al suelo, mirando a uno y a otro lado de soslayo y luego al libro y otra vez de soslayo, como si alguien pudiera entrar y oír.

El uniforme del general se quita y pone como otro igual.

Primero se lo había puesto Manuel y luego su hijo y después él mismo y luego otros, porque les daba gusto y porque Manuel gritó ¡viva la de‑mocra‑cía! y todos se pusieron a cantar y a beber vino con el uniforme del general y se ensució un entorchado y porque el maestro con un bigote postizo y el uniforme del general parecía un domador de circo y porque el uniforme del general estaba allí entre otras cosas inútiles y para nada serviría si ya no iba a haber generales ni madre que los crió y entonces fue cuando Manuel dijo que a lo mejor los generales no tenían madre y los hacían en una máquina con chapas de gaseosa, aluminio y paja, mucha paja, para que apareciesen con el pecho hinchado por el aire de la victoria y después trajeron un caballo y desfilaron todos y luego nos fuimos a dormir y al día siguiente a trabajar y pronto la merienda se olvidó y nadie supo que estaba puesto en una lista para ser condenados todos por impíos y ateos y por otras cosas que de nosotros mismos ni siquiera sabríamos decir. Y así fue, pues todos fueron apresados y juzgados debidamente por su miserable acción y él ‑pensó‑ no sabía si era el último o el penúltimo en morir, pero por ahí andaba ya la lista y en todo caso para él era el final.

El uniforme del general se quita y pone como otro igual.

Se acordó de Manuel y del maestro y le dio risa y la risa fue como si de nuevo, libre al fin, volviese a andar por los campos comunes, igual que en otros tiempos.

El cura dejó el libro y se puso en oración porque ya se avecinaba la hora y el condenado nada había querido oír. El miró la negra figura recogida sin inquietud. Sacó del bolsillo un lápiz que le habían dado por si quería dejar alguna despedida escrita para su madre o para alguien o para quién y dibujó despacio en la pared los entorchados, el fajín, los ribetes, los oros del uniforme del general Después se puso en pie y meó largamente sobre el traje glorioso hasta quedar en paz.


José Ángel Valente
"Número Trece", 1971