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3389. Canto a la madre de familia

Canto a la madre de familia
tan mujer de su casa la pobre,
tan gris por todos lados,
tan oveja por dentro
aunque suele gritar con los chiquillos.

Canto a sus manos suaves de lejía
los lunes y los martes,
los miércoles y jueves picadas por la aguja,
quemadas cada viernes por la plancha,
ungidas por el ajo y la cebolla.
(El sábado es un día extraordinario:
limpieza de cocina, compra doble,
y hacia las seis, barniz sobre las uñas
para salir a un cine baratito
del brazo del esposo.)

Canto a la madre de familia
a las ocho de la mañana
distribuyendo cautamente
la leche azul del desayuno
en los tazones de asa rota.
(Para Juanín que tanto crece
hay que poner la mejor parte.)

Canto a la madre de familia
que era tan linda hace quince años,
que ahora se ríe (un poco triste)
con los consejos de belleza.
(Dedique usted todos los días
un cuarto de hora a su cabello.)

Canto a la madre de familia
que suma y suma equivocándose,
cincuenta y siete y llevo cinco...
porque se han ido veinte duros
y sin pagar al carbonero.

Canto a la madre de familia
que al acostarse por la noche
nunca termina un rosario.
(Lolita sigue tan flacucha,
Juanito tuvo malas notas,
el nene va lo que se dice
con el culito al aire.)

Canto a la madre de familia
cuando se duerme tan cansada
que un ángel blanco y bondadoso
baja en secreto y la conforta.


Ángela Figuera Aymerich 







3231. Bombardeo


Madrid, octubre de 1937


Yo no iba sola entonces. Iba llena
de ti y de mí. Colmada, verdecida,
me erguía como grávida montaña
de tierra fértil donde la simiente
se esponja y apresura para el brote.
Era mi carne, tensa y ahuecada,
nido cerrado que abrigaba el vuelo
de un ala sin plumón y con grillete:
casi cristal y casi sueño. Tierna.

Iba llena de gracia por los días
desde la anunciación hasta la rosa.
Pero ellos no podían, ciego, brutos,
respetar el portento.
Rugieron. Embistieron encrespados.
Lanzaron sobre mí y mi contenido
un huracán de rayos y metralla.

Del más bello horizonte, del más puro
cielo de otoño vomitaron lluvia
de ciegos mecanismos destructores
que desataban sobre el cauce seco
del callejero asfalto sorprendido
los ríos de la sangre.

(...) 

Noches de sueño incierto, triturado
por la tremenda sinfonía
del frente en erupción y los caballos
del miedo galopando en explosivos.
Y la sangre con hambre que se exprime
hasta la última esencia
para nutrir al hijo sazonándose.

Y la desnuda soledad del cuerpo,
desorientado, desgajado en vivo
del cuerpo del amante.

Aquellas noches del pavor sin luces,
apelmazadas de odios y de ruinas,
yo te esperaba. Me llegaste a veces.
Del último bisel de la tragedia,
del borde mismo de la hirviente sima
venías hasta mí. Me contemplabas
con unos ojos llenos de agua sucia
donde asomaban rostros de cadáveres.
Ojos que procuraban ser risueños
y mansos al pasar por mi figura
y acariciar con luces de esperanza
la curva de mi vientre.

¡Con qué exaltada fuerza, con qué prisa,
con qué vibrar de nervios y raíces
nos quisimos entonces!

Yacíamos unidos, sin lujuria,
absortos en el hondo tableteo
de nuestros corazones. Escuchando
de vez en vez el tímido latido
del otro corazón encarcelado
que ya, para nosotros, gorjeaba.
Yo sonreía señalando el sitio
en que un talón menudo percutía
mis íntimas paredes en un ansia
gozosa de correr por los senderos
apenas presentidos.

Y, en medio del olvido refrescante,
en lo mejor del conseguido sueño,
surgía denso, alucinante, bronco,
el bélico zumbar de la escuadrilla.
Bramando, sacudiendo, despeñándose,
atropellándose los ecos
iban las explosiones avanzando,
cada vez más cercanas,
hasta que, al fin, la muerte en torrentera,
en avalancha loca, trascurría
sobre nuestras cabezas sin refugio.

Entonces tú, imperioso, dominante,
con un impulso elemental de macho
que guarda la nidada, con un gesto
ardiente y violento como el acto
de la amorosa posesión, cubrías
mi cuerpo con tu cuerpo enteramente,
haciendo de tus largos huesos duros,
de tu apretada carne exacerbada,
un ilusorio escudo indestructible
para el hijo y la madre.

Así, unidas las bocas, trasvasándonos
el tembloroso aliento, diluidos
en éxtasis de espanto y de delicia,
las almas contraídas, esperábamos...

No. Nunca nos quisimos como entonces.


Ángela Figuera Aymerich
Vencida por el ángel, 1951







3175. Rebelión

Huyendo de un bombardeo franquista en Tortosa (Tarragona)


Serán las madres quienes digan: Basta. 
Esas mujeres que acarrean siglos
de laboreo dócil, de paciencia, 
igual que vacas mansas y seguras
que tristemente alumbran y consienten 
con un mugido largo y quejumbroso
el robo y sacrificio de la cría.

Serán las madres todas rehusando 
ceder sus vientres al trabajo inútil 
de concebir tan sólo hacia la fosa.
De dar fruto a la vida cuando saben 
que no ha de madurar entre sus ramas. 
No más parir abeles y caínes.
Ninguna querrá dar pasto sumiso 
al odio que supura incoercible 
desde los cuatro puntos cardinales.

Cuando el amor con su rotundo mando 
nos pone actividad en las entrañas
y una secreta pleamar gozosa
nos rompe la esbeltez de la cintura 
sabemos y aceptamos para el hijo 
un áspero destino de herramienta, 
un péndulo del júbilo a la lágrima. 
Que así la vida trenza sus caminos 
en plenitud de días y de pasos
hacia la muerte lícita y auténtica, 
no al golpe anticipado de la ira.

¿Por qué lograr espigas que maduren 
para una siega de ametralladoras?
¿Por qué llenar prisiones y cuarteles?
¿Por qué suministrar carne con nervios
al agrio espino de las alambradas, 
bocas al hambre, sombras al espanto?

¿Es necesario continuar un mundo 
en que la sangre más fragante y pura 
no vale lo que un litro de petróleo,
el oro pesa más que la belleza,
y un corazón, un pájaro, una rosa
no tienen la importancia del uranio? 


Ángela Figuera Aymerich
Leopoldo de Luis, Poesía Social, 1982                       








3052. No quiero




No quiero
que los besos se paguen 
ni la sangre se venda
ni se compre la brisa 
ni se alquile el aliento.

No quiero
que el trigo se queme y el pan se escatime.

No quiero
que haya frío en las casas, 
que haya miedo en las calles, 
que haya rabia en los ojos.

No quiero
que en los labios se encierren mentiras, 
que en las arcas se encierren millones, 
que en la cárcel se encierre a los buenos.

No quiero
que el labriego trabaje sin agua
que el marino navegue sin brújula, 
que en la fábrica no haya azucenas, 
que en la mina no vean la aurora, 
que en la escuela no ría el maestro.

No quiero
que las madres no tengan perfumes, 
que las mozas no tengan amores, 
que los padres no tengan tabaco,
que a los niños les pongan los Reyes 
camisetas de punto y cuadernos. 

No quiero 
que la tierra se parta en porciones,
que en el mar se establezcan dominios, 
que en el aire se agiten banderas
que en los trajes se pongan señales.
No quiero que mi hijo desfile,
que los hijos de madre desfilen
con fusil y con muerte en el hombro;
que jamás se disparen fusiles 
que jamás se fabriquen fusiles.

No quiero
que me manden Fulano y Mengano, 
que me fisgue el vecino de enfrente, 
que me pongan carteles y sellos
que decreten lo que es poesía.

No quiero amar en secreto, 
llorar en secreto
cantar en secreto.

No quiero
que me tapen la boca
cuando digo NO QUIERO... 


Ángela Figuera Aymerich
Leopoldo de Luis, Poesía Social, 1982