Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta Pablo de la Torriente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pablo de la Torriente. Mostrar todas las entradas

2497. Lucha y muerte en España de Pablo de la Torriente Brau




Pablo de la Torriente Brau, héroe del pueblo español, murió en España en el año 1936 en la primera línea de fuego, frente al enemigo fascista, en la heroica defensa de Madrid.

Escritor y periodista, luchador enérgico, incansable y muy inteligente, Pablo, como un verdadero comunista, en los momentos más difíciles y de más peligro, siempre se encontraba en primera línea, animando y dando aliento a los soldados y oficiales, explicándoles el peligro que se cernía sobre Madrid, que de ninguna forma se podían perder las posiciones, que no se podía retroceder, que había que terminar «con los hijos de p... de los fascistas». Esta frase la empleaba muy a menudo, pero nadie piense que era una frase de autodefensa, como la solían emplear los fascistas cuando no tenían argumentos para continuar una discusión. Pablo de la Torriente Brau, además de ser muy valiente, muy instruido, era un gran orador que se basaba en la dialéctica marxista-leninista pura, en la realidad de los hechos prácticos y en su desarrollo histórico. Por esa razón, como veremos más adelante, los fascistas se veían obligados a escuchar silenciosamente los discursos que Pablo les dirigía desde los parapetos de la primera línea en el frente de Buitrago de Losoya —Sierra de Guadarrama— o lo mismo que en diciembre de 1936 desde las primeras líneas o en trincheras en la defensa de Madrid, frente a Majadahonda.

Era un hombre bastante alto, fuerte, su estatura era aproximadamente de 1,80 m a 1,95 m; en su aspecto físico era maravilloso, como decimos los españoles de un verdadero macho: moreno, con la frente despejada, el pelo y los ojos negros. Vestía curiosamente. Siempre iba bien peinado y afeitado. La primera vez que lo vi me pareció que era un hombre áspero, recio, afable y simpático.

Llegó al frente que pasaba por la Sierra de Guadarrama, los últimos días de septiembre o los primeros de octubre de 1936. Paco Galán era el jefe de aquel frente. Pablo estaba en el Estado Mayor de Galán, pero no solamente en el Estado Mayor, sino que subía junto con los milicianos a las trincheras y hacía guardia en los parapetos de la primera línea de fuego lo mismo que otro miliciano cualquiera. Cuando él echó sus primeros discursos a los fascistas, se corrió por todo el frente que a los parapetos de la derecha de la carretera de Madrid a Buitrago había llegado un cubano que por las noches echaba discursos a los fascistas, y que hablaba tan bien que hasta los mismos «fachas» pedían que hablara aquel cubano. Esos rumores fueron mis primeros conocimientos sobre Pablo de la Torriente Brau; sin conocerlo personalmente, muchísimos milicianos ya le teníamos un gran afecto.

Los parapetos estaban a la derecha de la carretera que pasaba por la ciudad de Buitrago de Lozoya, y se relevaban casi todos los días. Uno de ellos se encontraba en un montículo alto que se llamaba La Peña del Alemán, al que se le puso ese nombre porque allí murió heroicamente un miliciano que era alemán. En ese lugar echaba sus brillantes discursos Pablo de la Torriente Brau.

Estando nuestro batallón cubriendo en una sierra muy larga, delante de la cual se encontraba el pueblo de Lozoya, un día me invitó a comer el camarada Candón, cubano que era jefe de la Primera Compañía, y me presentó al camarada Pablo de la Torriente Brau, que había venido a visitar a Candón y a nuestro frente. Tuve la suerte de conocer personalmente al cubano que echaba los discursos a los fascistas. En aquella conversación Pablo expresó su deseo de marcharse para el frente de Madrid. Le pregunté por qué quería irse a Madrid, y me contestó que para él estaba claro que los fascistas por este frente no pasarían, y que sobre Madrid recaía un gran peligro. Esto sería aproximadamente en los últimos días de la primera quincena del mes de octubre de 1936. Primero Pablo y un poco después Candón, salieron para los frentes de Centro. En la segunda quincena de octubre nuestro batallón fue trasladado al frente de Madrid.

En los días más difíciles para nuestra capital, los días 5, 6 y 7 de noviembre de 1936, por segunda vez vi en primera línea a Pablo, en el frente de Retamares, que se encontraba delante del pueblo de Pozuelo de Alarcón. Estaba con las fuerzas que mandaba Galán y enlazaban con nosotros por el flanco izquierdo. En los combates de los días 5, 6 y 7 de noviembre de 1936, nuestro batallón sufrió muchas bajas y tuvo que reorganizarse sobre la marcha. Fue relevado del frente de Retamares y Pozuelo de Alarcón y se le mandó a cubrir entre el caserío de Romanillos y Boadilla del Monte, pero este último lugar ya estaba ocupado por el ejército enemigo. Pablo de la Torriente Brau, que había ido destinado como Comisario Político del Primer Batallón Móvil de Choque, y el camarada Candón, nombrado Comandante de dicho batallón, se incorporaron en la primera quincena de diciembre de 1936, trayendo consigo dos compañías de infantería: la cuarta compañía y una de reclutas campesinos andaluces —por cierto muy valientes. Con la mayoría de ellos se completó la segunda compañía de nuestro batallón, bajo mi mando. Como ya dije anteriormente, nuestro batallón pasó a ocupar la línea del frente entre el caserío de Romanillos y un bosque que había delante de Boadilla del Monte, cortando una gran parte del camino que va desde el caserío a Boadilla.

Teníamos las posiciones en una loma larga, delante de la cual se abría un gran llano. Como de costumbre, nuestro querido Comisario se dirigía con discursos a los soldados del ejército fascista diciéndoles por qué luchaban ellos y por qué luchábamos nosotros, aclarándoles lo que representaba el fascismo para el pueblo español. Allí me convencía de que los rumores que corrían sobre la brillantez de la elocuencia de Pablo eran ciertos. Hablaba tan bien que el último tiroteo de la noche se apagaba, reinaba un silencio mortal y no se oía nada más que la voz del orador cubano. Era verdad que a veces los mismos «fachas» gritaban: «¡Que hable el cubano!»

En esta línea del frente los fascistas desarrollaron una gran ofensiva; durante más de una semana hubo combates encarnizados. Pablo demostró no sólo ser un comisario político de alta categoría, sino que tenía las dotes de un buen militar. Sabía planear sobre el terreno las tareas y objetivos que los soldados, clases y oficiales debían cubrir y defender para que el enemigo no rompiera el frente y avanzara hacía Madrid. Por el día y por la noche, en los momentos más arduos del combate, Pablo, con gran valentía, recorría las primeras líneas de fuego, animando, orientando y preocupándose por los soldados, haciéndoles ver la necesidad de no perder las posiciones para no permitir que el enemigo se acercase a Madrid.

Era físicamente muy fuerte, pero yo tengo la impresión de que era mucho más fuerte en lo moral, por su espíritu revolucionario, tenía una gran fe en la victoria del pueblo español. Con su actitud y su firmeza demostraba ser más español que algunos españoles, y digo esto porque había españoles —claro está, no muchos— que en la retaguardia gritaban ser más revolucionarios que nadie, dispuestos a dar la vida por la patria, pero cuando llegaba la hora de la verdad trataban de enchufarse en los servicios de intendencia, lo más lejos posible del frente, y hasta el día de hoy gritan haber hecho un gran sacrificio por la patria «viendo los toros desde la barrera», como se dice en España.

Pablo tenía gran confianza en la victoria del pueblo cubano. Decía que no estaba muy lejos el día en que su pueblo, que vivía en la pobreza y no quería ser esclavo, rompería las cadenas y establecería un régimen democrático. Me hablaba mucho de José Martí y también de otros revolucionarios contemporáneos; muy a menudo me contaba de las buenas relaciones que tenía con Raúl Roa, a quien elogiaba como revolucionario. Al compañero Raúl Roa lo conozco desde el año 1936, por las conversaciones que tuve con Pablo.

Después de estar todo el día peleando, por la noche tampoco descansaba, preocupándose de que los soldados se relevaran para que todos pudieran descansar y estar en condiciones para el día siguiente continuar la lucha; de que por la noche se llevara comida a los soldados, se les abasteciera de municiones, se retirara a los heridos a la retaguardia. Para nosotros no era solamente nuestro comisario, sino que lo queríamos todos como cuando de verdad se quiere a un padre. Pablo era el hombre que tenía una gran preocupación por nuestra salud y por nuestra vida, por la defensa de España. Así era nuestro querido Pablo, que mostrando el verdadero internacionalismo proletario, dio hasta la última gota de sangre por defender en tierras lejanas de su patria la libertad del pueblo español.

Yo muchas veces me preguntaba y me sigo preguntando: ¿cuándo descansaba ese hombre?, ¿cuándo podía hacer otras cosas competentes a su cargo? Porque lo mismo lo veías en primera línea por el día que por la noche.

El 18 de diciembre, aproximadamente entre las 12:00 y las 14:00 horas, nuestro batallón perdió al hombre más querido, nuestro comisario, nuestro Pablo, como nosotros lo llamábamos.

(Digo que murió a esa hora porque antes lo había visto varias veces y sobre esa hora empezó la retirada de nuestras fuerzas.)

Este día, desde las 5:00 a las 6:00 de la mañana los fascistas emprendieron una gran preparación artillera contra nuestras posiciones. El Comandante Candón, jefe de nuestro batallón (Primer Batallón Móvil de Choque), tenía el puesto de mando en el mismo caserío de Romanillos, muy cerca de la primera línea de fuego. Después de los primeros cañonazos de la artillería enemiga, Pablo se presentó en la primera línea; de antemano determinó que iba a haber un combate muy fuerte, y fue por toda la línea dando instrucciones a los capitanes de compañías, entre ellos a mí, que era capitán de la segunda. Rápidamente, después de la preparación artillera, aparecieron los tanques y tanquetas del enemigo, detrás de los cuales avanzaba la infantería fascista, en su inmensa mayoría moros. Fue un combate terrible, todo era polvo y llamas de las bombas de mano y proyectiles. En las primeras horas resistimos los ataques de las fuerzas superiores del enemigo, y Pablo de la Torriente estaba, como siempre, en los sitios de más peligro, dando ánimo para que las posiciones no se perdieran. A media mañana de este día 18 nuestras tropas hicieron intentos de retirarse de las posiciones ocupadas, fundamentalmente por ambos flancos. Gracias al esfuerzo de Pablo se organizaron contraataques y las posiciones fueron recuperadas de nuevo. Allí se recogieron muchos moros muertos.

Pablo de la Torriente me llamó y me dijo que había la necesidad de dividir el frente entre los dos. Así lo hicimos: él me destinó la mitad izquierda y escogió la otra mitad, la parte de la derecha hasta el caserío que era nuestro límite. A pesar de que ofrecimos una gran resistencia al enemigo y contraatacamos varias veces, los fascistas rompieron el frente por los dos flancos, fundamentalmente por el frente de otra unidad que se defendía a nuestra izquierda por la orilla de un bosque que llegaba hasta cerca de Majadahonda; los tanques y las tanquetas con infantería enemiga se metieron por el camino que iba de Majadahonda a Romanillos y nos atacaron por la espalda. Nuestras fuerzas retrocedieron de 2,5 a 3 kilómetros y se estableció la línea en unas lomas. Al atardecer, entre dos luces, el camarada Candón vino a mi compañía y me preguntó si había visto a Pablo, si sabía dónde estaba; le contesté que no sabía nada de él, que desde por la mañana no lo había visto. El camarada Candón, muy preocupado, llamó por teléfono al mando superior, preguntando por Pablo: nadie sabía nada. Candón, que tenía mucha amistad conmigo, me dijo: «Oye, viejo, hay que buscar a Pablo.» Yo, como sabía en qué parte del frente él había estado, inmediatamente le contesté: «Si me dejas elegir una sección de infantería de los andaluces, me introduzco en la retaguardia enemiga y trataré de buscarlo.» Candón me dijo que podía. y así lo hice. Me presenté en el sector que ocupaba la sección de los soldados andaluces y les dije que teníamos la misión de buscar a Pablo en la retaguardia enemiga, y que si lo encontrábamos muerto o vivo había que traerlo a nuestras líneas. Con una gran moral combativa la sección aceptó. Durante la noche lo preparamos todo cuidadosamente; Candón y yo estudiamos el camino por el cual debíamos introducirnos en la retaguardia (cualquier imprudencia podría costarnos la vida y no recuperar a Pablo). Serían las 3:00 de la mañana, todo estaba preparado, los soldados sabían dónde y cómo debíamos ir. Se establecieron algunos puestos de seguridad y a los demás compañeros les dije que me siguieran en fila india.

Al lado de donde había estado la línea de fuego el día anterior, había una pequeña casilla en lo alto de la loma. No era posible buscar a Pablo sin reconocer aquella casucha. Lo primero que hicimos cuando llegamos a este lugar fue, con las bombas de mano preparadas y a bayoneta calada, entrar en la casucha. Había un moro en la ventana con el fusil preparado de la misma forma que si estuviera en el parapeto. Ni tiros ni bombazos podían sonar; había que decidir rápidamente y así se hizo: cuando el moro se dio cuenta y quiso volverse hacia nosotros, una bayoneta ya le había atravesado el cuerpo.

Había que buscar a Pablo rápidamente. Yo, que sabía con exactitud por dónde pasaba la línea de fuego, establecí la vigilancia y empecé a buscar a Pablo. Lo encontré: estaba tendido en el suelo triparriba, su cuerpo todavía estaba caliente; lo llamé «¡Pablo!», pero no contestó. Le desabroché el cinto, le quité la chaqueta y la camisa y vi que una bala le había entrado por el mismo corazón y salido por la espalda. Cuando lo levantamos vi que debajo de él asomaba un papel blanco; lo cogí: era un documento que estaba medio enterrado, se veían los arañazos de sus dedos en el suelo. Inmediatamente me di cuenta de que en la agonía de la muerte quiso enterrar sus documentos, y empecé a mirar a su alrededor. A unos dos o tres pasos vi tierra recién arañada, escarbé, y de aquel pequeño hueco saqué su cartera, llena de documentos. Lo cogimos entre cuatro camaradas y lo sacamos a nuestra línea. Yo personalmente se lo entregué al camarada Candón, y lo mismo hice con los documentos. El día 19 de diciembre de 1936, por la mañana temprano, Candón se hizo cargo de nuestro inolvidable y querido Pablo y de su documentación. Posteriormente le pregunté y me dijo que el cadáver de Pablo de la Torriente Brau había sido entregado al mando superior. Más tarde me dijeron que estaba enterrado en Barcelona.


Justino Frutos Redondo, combatiente español
Publicado en Unión, La Habana,  julio-septiembre de 1966











1738. El parapeto de la muerte

Te escribo desde la Sierra de Guadarrama, en donde me he pasado ocho días con la columna de Paco Galán, viviendo en su casa, asistiendo a las asambleas de los milicianos, sufriendo todas las mañanas el cañoneo matutino e hijo de puta de los fascistas y subiendo a los parapetos y disparando a la canalla. Por cierto, debo notificarte, no sin un poco de desprecio a tanta literatura falsificada como se está haciendo de la guerra en los periódicos, que, según me dijeron los  milicianos y los oficiales de la columna, el primer periodista que subía con ellos, a pasarse las veinticuatro horas de guardia, había sido yo. Tuvimos ese día fuego nutrido con ellos. Nuestro parapeto es uno que se conoce por "La Peña del Alemán", y está frente a uno de ellos al que llamaban "el parapeto de la muerte". Estos puntos constituyen los dos fuegos más próximos, al extremo de que, en cuanto oscurece, empiezan, de parte y parte, los discursos que concluyen con los insultos de rigor. Yo tuve el honor de endilgarles tres discursos en una sola noche. Y acabaron por gritar: "Que hable el cubano". Ya ves tú qué honor, que los "camaradas fascistas", como les llamaba, tuvieron gusto en oirme. Claro que no fueron discursos al estilo mío del "Mella", que tanto indignaban la seriedad de la compañera de Ramírez. Fueron en serio y después de cada uno de ellos se quedan en silencio, como pensando qué contestar. Al fin se salían por la tangente, planteando otros problemas, a los cuales daba rápida contestación. Por último, donde llegó mi elocuencia a la cúspide fue cuando, recogiendo mi alusión de que les disparábamos con balas mexicanas, me plantearon el problema de cómo yo me atrevía a reprocharles a ellos usar aviones italianos si empleábamos balas mexicanas. Y he aquí que mi "poderosa" dialéctica dejó definitivamente aclarada la diferencia que existe entre un avión de Mussolini y una bala de los trabajadores de México. Después de esto, lo menos que me dijeron, hijo de puta, etc., que era precisamente lo que yo quería. Pues en estas luchas oratorias nocturnas, lo importante es dejar sin argumentos al contrario, para irle minando las fuerzas.


Pablo de la Torriente Brau
Cartas desde España








1231. El entierro de Pablo de la Torriente Brau

Entramos con el poeta Antonio Aparicio. Envuelto en una sábana blanca, tendido en la camilla que le trajo del frente, estaba el cadáver. No nos atrevimos a destaparle la cara sin autorización del oficial. Parecía reducido. Todo el músculo y el vigor de aquel joven alegre y deportivo, había venido a ser una contracción de hombre, después de tres días de abandonado en campo enemigo. Los zapatos brotaban arriba en forma de X, las anchas suelas encostradas todavía de la última tierra que pisara. Los camilleros que le habían recogido al pie de la loma por la cual se habían descolgado los fascistas, lo velaban arrimados a sus varas. Semejaban una guardia de labriegos, erguidos, taciturnos, oscuros, tristes y silenciosos.

Sin cera ni flores, sin lágrimas ni rezos, esta era la capilla de un héroe del pueblo, su último domicilio entre sus camaradas. Costaba trabajo creer que aquel fuese Pablo. Yo preferí recordarlo como lo había conocido, en pleno sol tropical; y lo había visto la última vez, a sol invernal en Madrid. Sus palabras, su sonrisa franca, sus movimientos de atleta, el tono de su voz, el original estilo casi brutal de sus narraciones, el cordial apretón de su mano, todo lo que había sido aquel gran camarada se agolpó junto a mis sentidos. Me oprimía las sienes y el corazón, como si todo su ser desbordante se metiera en mí, se metiera en un cuerpo y en un alma más pequeña.

Subimos a una terraza alta, desde donde se dominaba el bosque. El comisario de Cultura de la Brigada Campesinos, Miguel Hernández, escribía al sol un informe jurídico. Me senté junto a él, esperando a que terminara y me contara despacio como había sido rescatado el cadáver.

Mientras aguardaba me dio a leer uno de sus últimos y magníficos poemas, una elegía a García Lorca.

Tú, el más firme edificio, destruido.
Tú, el gavilán más alto, desplomado,
Tú, el más grande rugido,
callado, y más callado, y más callado.

Me leí una y otra vez aquel poema. Así hubiera querido escribir yo uno a la muerte de Pablo.

Por no poder, pensé que hubiera querido morir con él, luchando a su lado, como el niño de trece años que recogió en un pueblo y que le acompañó hasta la muerte y se fue con él. Hubiera sido un morir doblemente bello, morir con un amigo y con un camarada resumidos —agrandados— en la misma persona.

El sol descendía pálido y tibio. Abajo, en el bosque, probaban armas nuevas unos milicianos.

Un grupo de compañeros, escritores y periodistas, aguardamos en silencio. Todos le hemos conocido, a todos nos había comunicado su cordialidad franca y honda. Sólo yo puedo sentir, mas no expresar ahora, todo lo que fue este camarada caído frente al enemigo. Lo había conocido creciendo todavía cuando yo crecí. Leí sus primeras páginas; comenté su primer libro, con mi prosa también primeriza; sentí su afecto y su simpatía a través de sus amigos compañeros, lo vi formarse políticamente a través de un ambiente, un carácter, en una revolución política y social. Luego lo vi aparecer aquí, en plena guerra, hecho otro hombre. Un hombre más completo que no había dejado de ser el que yo había conocido. Ahora tenía que verlo muerto, todo mi espíritu estaba lleno de su vida. Toda su muerte me impedía sentirlo muerto.

Bajamos una escalera quebrada y difícil inventada por alguna imaginación cruel. El campo invernal cobraba un tono de cobre. Parecía que el tiempo había despejado para dejar que el sol, que lo había velado por tres días en campo enemigo, acompañara hasta la tumba a este hijo del sol. La capilla estaba ahora impregnada de perfumes de flores.

Sobre el ataúd había varias coronas. Aparicio levantó una y por el cristal vimos el rostro. Se le reconocía fácilmente. Algo reducido, conservaba la serenidad que lo acompañó a la muerte. Me contaron cómo había sido.

Sólo le había quedado tiempo para decir: «Me muero», y echar mano a su cartera con ánimo de deshacerse de documentos que pudieran interesar al enemigo. Pero este no llegó a pisar aquel campo. Sus manos manchadas con la sangre de los trabajadores, no llegaron donde sus balas extranjeras habían llegado.

Durante más de una hora permanecimos callados junto al cadáver. Una representación de la Marina le había traído una corona, y los marineros velaban también a este camarada nacido en medio del mar. Un delegado de la Junta de Defensa y el comisario que lo sustituye al frente de la Brigada Campesinos vinieron a expresar su sentimiento a los cubanos que estaban allí. En pocos meses, Pablo se había hecho querer y admirar de todos. Todos se dieron cuenta de que habían perdido un héroe. Yo hubiera querido decirles allí mismo que todos habíamos perdido también un gran escritor. A la puerta esperaba la carroza. La tarde se iba tornando plomiza. El silencio era más y más profundo. Nos dijeron por qué se demoraba la salida. El Campesino había resuelto sustituir el ataúd por otro más fuerte, a fin de que el día de mañana pudiéramos llevar más conservados los restos de Pablo de la Torriente a su tierra natal. Cuando se le trasladó al nuevo ataúd, lo vimos incorporarse flexible como si despertara.

Tres días hacía que se le había ido la vida, sin embargo su cuerpo parecía a punto de perderla o de recobrarla. Sus rasgos estaban intactos. Se le reconocía especialmente por la expresión dura de la boca, herméticamente cerrada, y por la espaciosa frente bronceada. La palidez de la muerte no había logrado invadir aún su piel.

Pablo salió en hombros de los poetas y de dos comisarios políticos, entre filas de soldados del pueblo, seguido de marinos y amigos personales. De un principio se había pensado llevarle al Cementerio del Este; El Campesino decidió que el de Chamartín era más humilde, más proletario, y por tanto más conforme al combatiente comunista. Pablo hubiera elegido este cementerio para echar en él su cuerpo. Habíamos andado unos cincuenta metros cuando el entierro se detuvo y la figura guerrillera de Valentín González —El Campesino— apareció sobre un muro con el puño en alto. 

«Camaradas —dijo—, tan sólo cuatro palabras. Los deberes de la guerra me llaman urgentemente al Ministerio. No tengo que deciros sino que sigáis el ejemplo que vuestro jefe político ha dejado entre nosotros; y que cuando volváis al frente le venguéis con ese ejemplo, acometiendo al enemigo con el valor y el aliento que le animó a él hasta el fin.»

Recordó El Campesino frases y hechos del que había sido su comisario político. Su voz inflamada se quebró y adelgazó. Fue un momento de ternura y de tristeza infinita. Por fin el tono del guerrero se abrió paso nuevamente. El Campesino se retiró. El entierro siguió su camino.

La noche había cerrado por completo. La luna llenaba el cielo con una luz difusa que se nos filtraba a través de una neblina blanca y liviana. Pronto salimos de la carretera y nos adentramos por solares, desmontes y campo abierto. Aparicio y yo marchamos pareados, en completo silencio. Ninguno parecía tener nada que decir. Todo parecía estar dicho ya en el mundo.

Marchábamos en fila, al son de los pasos acompasados de los soldados, por la noche adentro, hacía la gran noche donde deberíamos dejar al compañero querido. Los hombres no se aprecian ya en la niebla luna; sólo se sienten sus pasos sordos y se ven sus sombras vagas y agrandadas.

De vez en cuando asoma un chico o viejo del desmonte y pregunta al ver los uniformes azules: «Compañeros, ¿es un marinero?»

El camino es largo, pero no cansa. Tengo la impresión de marchar llevado por una fuerza mágica y sombría y de que este caminar será el destino de toda mi vida, de que ya no haré nada más que marchar así, a paso rítmico y eterno, detrás del cadáver de Pablo. Por fin, se rompe la monotonía de la marcha. Una profunda trinchera vacía se abre ante nosotros y tenemos que bordearla. Luego asoma a lo lejos la cortina de cipreses del cementerio.

Y llega la hora más triste y honda. Una larga fila de fosas abiertas iba desde los cipreses al muro. Hoyos abiertos en la tierra dura y seca, en la tierra pelada de Castilla, que esperaban a no importa qué cuerpo de trabajador o de combatiente. Los soldados de la brigada encerraron una en su cerco de bayonetas. Los demás engrosaron el círculo y aguardamos. Se hizo un completo silencio. Sólo se oían las respiraciones contenidas. A nuestra espalda, como gigantes de fantasía triste, nos velaban los árboles de la muerte. La voz del comisario político resonó clara y potente sobre nuestras cabezas: «Camaradas.»

Al discurso de despedida, siguió La Internacional cantada en coro. Los puños se proyectaban a la luna contra la tierra ocre por encima de las tumbas. Una descarga rasgó el himno, pero este siguió sin interrupción, como un símbolo.

Las descargas han rasgado más de una vez nuestras filas, pero nuestros hombres han llenado la brecha con sus cuerpos y siguieron luchando; las balas han batido, no lejos de aquí, un gran talento y un gran corazón, pero todo su ser vivo sigue incorporado a las filas de la libertad y continúa el combate por un mundo mejor  Los soldados dieron vuelta y emprendieron sencillamente el camino de regreso. Unos cuantos compañeros rodearon el ataúd, y esperamos a que le bajaran a la sepultura. En pocos segundos desapareció en la sombra. La luna parecía haberse fijado, más espesa, en los bordes arrancándoles una luz fosforescente. Pablo había bajado a lo hondo de la tierra. Nosotros, sus camaradas, guardamos un silencio angustioso sobre su pobre y angosta morada final. Otra estrofa de la «Elegía» de Miguel Hernández se me apretó al corazón:

¡Qué sencilla la muerte: qué sencilla
pero qué injustamente arrebatada!
No sabe andar despacio, y acuchilla
cuando menos se espera su turbia cuchillada.
Vuelvo a salir de este letargo, para avivar en mí el fuego del recuerdo del camarada vivo, del
amigo entrañable que he perdido un día al pie de un cerro de Majadahonda. ¡Nunca ya, nunca
más, se apartará de mí ese recuerdo!


Lino Novás Calvo
Madrid, diciembre de 1936
Publicado en Mediodía [La Habana], año 2, nº10, el 25 de febrero de 1937, pp. 9, 19.







1219. Homenaje a Pablo de la Torriente

Recordamos a Pablo de la Torriente Brau en el aniversario de su nacimiento con un texto de Víctor Casaus.

Pablo de la Torriente era uno de los mejores hombres de El Campesino. Cuando estalló la sublevación antiespañola Torriente estaba en América. Durante varios años había tomado parte activa en todos los movimientos revolucionarios de Cuba. La juventud cubana antimperialista tenía en Torriente uno de los militantes más valiosos y útiles para la emancipación de su país.

Allí era un escritor de prestigio naciente. Había sufrido más de una vez la vida atormentada de los presidios dictatoriales de Machado, y salió de las celdas con un libro sincero y agrio que los editores capitalistas no se atrevieron a publicar.

Enviado por El Machete, órgano del Partido Comunista Mexicano, vino Torriente a España para mandar desde aquí sus trabajos literarios sobre la Guerra Civil Española. Pero ya en España, no se limitó a esta labor. Su temperamento de luchador juvenil y apasionado le exigía un trabajo más duro donde emplear la energía y tesón de su juventud combativa. Entonces se unió a El Campesino para ser su comisario político y el de sus hombres. Los soldados de El Campesino vieron más de una vez a Torriente fijo en su puesto durante los momentos más encarnizados de la pelea, ayudando con su ejemplo a resistir el empuje enemigo. Eran los días dramáticos en que el peligro sobre Madrid aumentaba por instantes. Torriente iba entre los milicianos con su alegría sana atravesada entre la boca.

Era el comisario que necesitaban los luchadores para conservar sus puestos sin vacilar, sin  dejarse ganar por titubeos. Últimamente había estado con su batallón descansando unos días, y  cuando de nuevo fueron llamados a las trincheras lo vi marchar más alegre que nunca a  enfrentarse con la barbarie. Recuerdo que de madrugada, cuando todos dormíamos, él fue el  primero en levantarse y llamarme para la marcha, contento de contarse entre los que la causa del  pueblo requería para su defensa. El mismo día que se reintegró al frente cayó sobre la tierra, con  el plomo encolerizado de la muerte dentro del cuerpo. Al lado de él cayó también un pionero  huérfano que había recogido. Una mañana me hablaba este pionero de no apartarse jamás de Torriente. Ahora, cuando las balas enemigas le han dado muerte, dos balas silbaron con una  diferencia de minutos para abrir dos hoyos mortales en el pecho tierno del pionero.

Esto es lo que puedo decir como amigo y camarada que fui de Torriente. Lo demás, lo más  recio y eterno, eso lo está gritando él desde la tierra que ha regado. Alguien me ha dicho que  Torriente dejó allá en su Cuba natal una mujer compañera de su vida. Cuando la noticia de la  muerte cruce con alas negras el mar para clavarse sobre esta mujer y sobre todos los  antifascistas cubanos, ella se preguntará ahogada de dolor cómo pueden caer hombres como el  suyo, que tan generosamente llevó siempre su vida y su obra.

Tres días antes de que muriera vine con él a Madrid. En el camino conversamos acerca de su patria, otra vez amenazada por el fascismo. Me habló, emocionado por el recuerdo, de volver a  Cuba cuando la guerra en España estuviera ganada, para continuar en su patria la lucha.

Nada de esto es ya posible, porque la muerte lo ha dejado clavado contra la tierra española que él vino a  defender para así gritar a través de las bocas rojas de sus heridas la verdad y la libertad humanas  que el pueblo español está conquistando.

Después de permanecer durante tres días su cadáver entre dos fuegos, se consiguió rescatarlo y se le enterró en el Cementerio de Chamartín, Fue para pocos días, porque un grupo de  antifascistas cubanos vino para llevarse el cadáver del inolvidable Torriente a descansar en la  tierra mexicana. A estas horas los restos de nuestro compañero van cruzando el mar hacia las  costas que lo vieron venir y que ahora lo ven volver cubierto de gloria.1


Víctor Casaus 
Vengo de América. Pablo de la Torriente 
Apuntes y crónicas de España
La Habana, Editorial 
Pablo de la Torriente, 1993, pp.29-32


1 De acuerdo con el testimonio de Zoe de la Torriente Brau, luego del entierro en Chamartín, «Embalsamado y en caja de bronce, es trasladado a principios de 1937 [...] a la ciudad de Barcelona. Esperando ser trasladado a México, se le hacen guardias de honor en el Club Cubano Julio Antonio Mella en la Ciudad Condal. Pero el traslado no es posible y se depositan sus restos en el nicho No. 3772 del Cementerio de Montjuich, en Barcelona. Terminada la guerra, vencido el pago de los derechos del nicho, en septiembre de 1939, fueron trasladados sus restos mortales, junto a los de otros que también murieron peleando por la libertad, a una fosa próxima al nicho [...].» Véase: Zoe de la Torriente Brau. Pablo de la Torriente Brau. La Habana, Comisión de Extensión Universitaria, 1972, p. 22. (N. de S. G.) 








903. José Díaz Ramos a través de las palabras de Pablo de la Torriente

«Yo asisto a la vida, con el hambre y la emoción con que voy al cine. Y ahora Madrid es todo él un cine épico. Lo que presencié fue también una escena magnífica: José Díaz, con su menudo cuerpo trigueño y su voz andaluza, sin el fuego del tribuno, pero con el secreto de la sencillez y el prestigio del nombre del cargo y de la historia personal, le habló al batallón que llevaba su nombre.» (Pablo de la Torriente Brau)


La primera vez oí hablar a José Díaz —a Pepe Díaz, como le dicen todos—, secretario general del Partido Comunista Español, ante cinco mil militantes madrileños, en el Monumental Cinema, con ocasión de exhibirse la película Los marineros de Kronstadt, de tan viva actualidad aquí, y de tan extraordinaria resonancia nacional, que bien merece que sobre ello escriba más adelante. La segunda vez lo oí hablar, en medio de un silencio comunista, ordenado por un toque imponente de corneta, en una sala profunda del Palacio del duque de Fernán Núñez, ante el batallón que con su nombre iba a partir al frente de combate.

En una ocasión y en otra, Pepe Díaz me dio cita para hablar con él. Pero el tiempo se ríe de la relatividad y el día sólo tiene siempre veinticuatro horas raquíticas. Por eso, por dos ocasiones y aún por una tercera más, tuvo que darme excusas y citarme de nuevo.

¿Cuál es el secreto de la personalidad de José Díaz, el secretario general del Partido Comunista Español? En primer lugar, no hay secreto nunca en la personalidad de un revolucionario. Porque no hay misterio en la acción. Pero si alguno hubiera en este caso, pudiera decirse que el secreto de la personalidad de Pepe Díaz, consiste precisamente en eso, en no tener secreto, en ser un hombre sencillo y claro que, a pesar de ser joven, lleva veinte años de lucha proletaria, limpios de vacilaciones. Su vida, en realidad, está en la frase con que se despidió de su batallón:

Sólo os pido que el batallón que lleva mi nombre sepa cumplir con su deber.

Por lo demás, su oratoria no tiene ciertamente brillantez. Aun carece de ese ímpetu que anima al clásico tribuno, al agitador. Pero dice las cosas justas. Y hace pensar a los oyentes, por cierto sentido de la gravedad y de la responsabilidad que le imprime siempre a sus discursos. Los que lo escuchan generalmente no prorrumpen en vivas sino que exclaman, como quien ha encontrado algo que buscaba con empeño hacía tiempo: «¡Muy bien!» o «¡Así es!»

Y es un hombre más bien pequeño, de frente y ojos voluntariosos, cuerpo cenceño y rostro como de color cetrino, a ritmo con su abundante pelo oscuro.

Me dijo: —Mañana a las once estaré en el local del Partido. Búscame allí.Y llegué cuando había ciertas amenazas de bombardeo aéreo. Él estuvo allí a las once menos cuarto. Gracias a esto pude hablar con él.

Por lo pronto es una satisfacción revolucionaria el decir que el Comité Central del Partido Comunista Español radica en el palacete que en la calle de Serrano poseía el partido fascista Acción Española, que capitaneaba Gil Robles. Allí, en su propio despacho, no exento de sobriedad, tono que siempre imponen los muebles de color caoba, fue que hablé un largo rato con Pepe Díaz.

Él, con su falta de sentido teatral, no le ha dado importancia ninguna a su cambio de domicilio —de la cárcel o de alguna habitación escondida, al despacho de Gil Robles.

Aquí despachaba Gil Robles —me dice—. Y todo se ha quedado igual. Las mesas, los estantes, los libros. Hay sólo unas cuantas pequeñas diferencias. Donde había un Cristo está ahora un retrato de Stalin; donde había, sobre un estante, alguna estatuílla elegante, hay una cabeza de Lenin; donde había un mapa de España, hoy ese mismo mapa tiene en pequeñas banderas rojas y negras la marcha de los acontecimientos militares; y, donde se sentaba Gil Robles, se sienta hoy Pepe Díaz. Esto es todo. Además, en la mesilla donde Gil Robles convidaba a «cócteles» a sus amigos, Pepe Díaz me convidó a café con leche.

Ahora, mientras escribo, las sirenas de las fábricas, por tercera vez en el día dan el aviso de la amenaza de los aviones. La gente se asoma a los balcones para verlos, y yo me acuerdo de lo que me dijo Pepe Díaz, en relación con el incremento que ha tomado el Partido Comunista Español, entre otras cosas, precisamente por la situación a que ha sido conducida España, por la traición militar y fascista, que no vacila en bombardear ciudades abiertas. 

El Partido —me dijo— tenía veinticinco mil miembros pocos meses antes de las elecciones. Durante la campaña nuestra por el Frente Popular, y a consecuencia del triunfo electoral, cuadruplicamos ese número y llegamos a los cien mil. Hoy, a los tres meses de iniciada la sublevación fascista, en la parte de España que está en nuestro poder, contamos ya con ciento diez mil miembros. La actuación de los fascistas en la zona que ocupan, hará que, cuando la recobremos, nuestras fuerzas sean enormes en toda España.

Pero no es sólo esto —continúa—, nuestra fuerza no sólo aumenta en los nuevos miembros. La influencia del Partido se extiende de una manera increíble a todas las capas de la población. Nosotros hacemos hoy toda la propaganda, exclusivamente por el Gobierno del Frente Popular. No hacemos reclutamiento especial alguno por el Partido. Pero vienen a nosotros gentes de toda condición. No sólo obreros, intelectuales, maestros, médicos, ingenieros. Y aun militares. Los pocos que han permanecido leales a la República, sienten simpatías por nosotros. No hay duda de que tenemos una gran responsabilidad porque han crecido enormemente las esperanzas en nosotros.

Sus propias palabras le llevan a una respuesta que yo no tuve que pedirla:

Pero el Partido está más firme que nunca en su línea. Nosotros estamos conscientes de nuestra responsabilidad. El Partido, por encima de toda sugestión o presión externa, mantiene la lucha a fondo por la República democrática en España; por la consigna del Frente Popular. Y no como una maniobra sino como una necesidad, porque creemos que bajo la República verdaderamente democrática, grandes cosas pueden hacerse de contenido social y por la solución del problema agrario. Hoy, consideramos improcedente cualquier otra línea política. En la actualidad, no sólo la pequeña burguesía, sino aun la media burguesía puede y debe ser útil en los destinos revolucionarios de España.

Pero estos propósitos del Partido Comunista Español, en su interpretación política de la realidad, no se resumen, como es natural, en una actitud pasiva, en una mera postura ideológica.

Nosotros actuamos directa y activamente por la aplicación de lo que consideramos correcto, políticamente en el momento —dice Pepe Díaz—. Nosotros estamos realizando una campaña —y te habrás fijado ya en numerosos pasquines que se han impreso— porque se retorne a muchos pequeños propietarios e industriales sus establecimientos, incautados en los primeros días de la revolución. Esto es una cosa necesaria y no dudo que pronto obtendremos un éxito más.

El problema de la tierra y de los campesinos, de tanta importancia en España, no podía permanecer sin un análisis claro por parte del Partido Comunista.

Nosotros, en este caso, tenemos la experiencia de los koljoses rusos. Nosotros —comenta el Secretario General del Partido Comunista Español— sabemos bien el trabajo que costó llevar al colectivismo agrario al campesino ruso. Ha sido una labor sabia y paciente. Pero se ha triunfado. Hay que dejarle al campesino la lección de la experiencia por el contraste. El campesino se encariña con su pedazo de tierra. Y aun con su instrumento de trabajo. Con sus dos vacas, con su arado antiguo, con sus costumbres. Hay que respetar, en todo lo que sea compatible, las tradiciones campesinas.

Uno de nuestros compañeros, Uribe, es ministro de Agricultura. A través de él estábamos luchando por la más inmediata viabilización del reparto de tierras, que serán explotadas, colectiva o individualmente, esforzándonos por demostrarles, con la experiencia, las ventajas del colectivismo agrario.

Mientras tomamos un poco de café, yo le recuerdo a Pepe Díaz que escribo para América, para las dos Américas, donde el problema religioso, en muchos países, tiene extraordinaria importancia. Por eso considero conveniente que él me exprese cuál es la posición de los comunistas españoles con respecto a tal cuestión.

—Mira, en primer lugar, el Partido no ha hecho especial punto de ataque el problema religioso. Durante la sublevación, cuando los fascistas se han refugiado —y lo han hecho con preferencia, entre otras cosas, por ser fortalezas naturales— en las iglesias, ha habido que desalojarlos de ellas a la fuerza, empleando los métodos de guerra. Y tampoco se puede negar que muchos religiosos han hecho armas contra la República y por ello se han expuesto a las consecuencias naturales de tal actitud. Mas no es sólo esto. Nosotros fuimos el principal factor para que fuera vencida la resistencia que había para darles ingreso en el Frente Popular a los nacionalistas vascos, que son profundamente religiosos. Porque consideramos el problema nacional por encima del problema religioso. Por tanto, si los vascos quieren ser libres, deben serlo, ya que capacidad bien demostrada tienen para ello. Y como una de las características de su Estado, es la fe religiosa, no podía realmente, sinceramente, concedérseles la autonomía sin admitir su derecho a profesar tal fe. Puedes decir, concretamente, que nosotros apoyamos —y lo haremos en cada caso, según las circunstancias— la apertura de las iglesias. Para nosotros lo único importante en este caso es la independencia absoluta del Estado de la Iglesia, porque este ligamento no se puede negar que ha sido funesto para los intereses de las masas. La iglesia que quiera ser abierta, que se abra, pero no con el apoyo económico del Estado, como sucedía en España. Y te añadiré más. Nosotros hemos dado nuestro apoyo para que Ossorio y Gallardo, católico ferviente, pero una personalidad de relieve europeo, fuese designado Embajador de España en Bélgica. Y aún debo decirte otra cosa, para responder a muchos ataques estúpidos. Por gestiones de Pasionaria han sido libertadas ciento cincuenta monjas; les hemos dado su mismo convento, que está aquí atrás, y ahí las tienes, haciendo sus rezos y sus oraciones, satisfechas del trato que les hemos dado y cosiendo ropa para los milicianos del frente.

Pepe Díaz se acuerda de Marruecos, de Rusia y de México. De Marruecos me dice:

Nosotros también vamos a plantear la democratización de Marruecos; queremos que devuelvan sus tierras a los campesinos marroquíes; que se les conceda en lo absoluto la libertad religiosa; que se equiparen sus salarios con los que se disfrutan en España. Pero no vamos a hacer esto por nuestra cuenta. Trataremos de que todo ello sea obra de un decreto gubernamental que haremos llegar a Marruecos, aunque sea por aviones.

Eso que se llama ya clásicamente «la correlación de las fuerzas» no lo pierde de vista José Díaz. Él se da cuenta de a importancia internacional del problema español. 

Nosotros —dice— estamos conscientes del papel que estamos desempeñando en la historia de estos momentos. Hoy, España, durante mucho tiempo un país sin resonancia internacional, es el eje de la política del mundo. Del resultado de esta guerra dependerá el signo de los próximos años venideros. Nuestro escenario mantiene inquieto al mundo entero. Y por eso Alemania, Italia y Portugal, y los elementos reaccionarios de todo el mundo, dan su apoyo económico, su fuerza política, hasta su aparato militar, en todo lo que les es posible, a los generales traidores. Y por esa misma razón no estamos solos. El proletariado del mundo entero y las fuerzas liberales y democráticas también cooperan con nosotros. La gravedad de nuestro problema explica que dos países tan distantes como Rusia y México, que si hubiera para ello escala numérica serían hoy el primero y el segundo en el agradecimiento del pueblo español, se hayan decidido a hacer toda clase de esfuerzos por apoyarnos de un modo eficiente. Nuestras luchas hoy son un reflejo de las luchas de la humanidad entera por su liberación. Nosotros nos sentimos responsables de tal cosa. Y puedes asegurar que sabremos llenar nuestro papel. El fascismo no triunfará en España, porque sería una desgracia para el mundo.

Las palabras de Pepe Díaz fueron bien claras. 

América tampoco —y la admirable y envidiable ayuda mexicana lo demuestra— es ajena al resultado de esta lucha. Que haya apoyo para ella.

Cuando dejé a Pepe Díaz, entró a verlo una comisión de milicianos. Y por la escalera ascendía la Pasionaria, con su cara de cansancio iluminada siempre por una sonrisa, la más humana que yo he visto nunca.


Pablo de la Torriente
Madrid, 23 de octubre de 1936