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1780. Aceptación de los Derechos Dinásticos por Juan de Borbón

Fotografía de Campúa
Alfonso XIII, renunció a la corona el 15 de enero de 1941 en favor de su hijo Juan. Un mes después fallecería en Roma.


Señor:

Con el ánimo embargado por la emoción más profunda, me hago cargo de la notificación solemne en que Vuestra Majestad me comunica haber renunciado a la Corona de España.

Cuando la Historia enjuicie el reinado de Alfonso XIII no podrá menos de reconocer, sin faltar a la justicia, la abnegación y el amor a la Patria, que han inspirado todos los actos de Vuestra Majestad, aun aquellos más discutidos por la pasión política.

No obstante haber luchado con la infecundidad de formas estatales impuestas por los tiempos, pero desviadas de nuestra mejor tradición, aparecerá ese período como uno de los más prósperos de nuestra Historia.

En él se renovó la cultura superior de España; se extendieron a grandes zonas de las clases populares los beneficios de la educación; aumentó la población, el bienestar general y el nivel de vida; nació puede decirse, en nuestra Patria, la gran industria, y adquirió gran impulso la Marina, coexistiendo una legislación social más generosa que la de cualquier país europeo contemporáneo, y gracias a la energía, clarividencia política y decidida actitud personal de Vuestra Majestad, luchando contra un falso estado de opinión, se salvó para España la posesión de nuestros territorios de África, que tantas posibilidades ofrecen para el porvenir, organizándose y templándose en su conquista el espíritu combativo y patriótico de un Ejército que, en definitiva, había de salvar a España en el trance tremendo y doloroso de la última guerra civil.

Los sufrimientos padecidos por nuestro pueblo con ocasión de esta gran Cruzada Nacional y la sangre vertida generosamente por tantos mártires gloriosos de Dios y de la Patria, hacen que se agrave el sentimiento de la responsabilidad con que recibo los derechos a la Corona de España, que recae en mi persona, según la ley histórica imprescriptible, cerrándose por designio providencial el ciclo de las disensiones, sobre la legitimidad de la sucesión, que fueron, en gran parte, causa de las guerras civiles del pasado siglo.

Ruego a Dios me conceda los dones de acierto, firmeza y perseverancia necesarios para cumplir los fines a que me destina. Cuando sus designios me lleven a ceñir la Corona de España, lo haré con el propósito irrevocable de restaurar el sentido político y social de nuestra Monarquía Tradicional, renovando el aliento cordial y generoso que la dio vida, y que sobre nuestra fe católica, y sobre la conciencia de nuestra Unidad de destino, cimentó la Unidad política y la Grandeza de España.

Con este objetivo fundamental, cuando llegue la hora de cumplir mi deber y mi deseo de servir a nuestra Patria, me esforzaré en asegurar su Unidad moral y su continuidad histórica; mitigaré con afecto y autoridad de padre, recientes dolores, y satisfaré, eficazmente, los anhelos de la gran masa de españoles que aspiran a una vida más justa y mejor.

Réstame, como hijo, pedir a Vuestra Majestad su bendición de padre, para que ella me ayude en todos los momentos a cumplir, en bien de España, los trascendentales deberes que la decisión de Vuestra Majestad me impone.


Juan, Príncipe de Asturias
16 de enero de 1941








1272. Cuando Juan de Borbón llegó a España para luchar con Franco

María Torres / 23 enero 2015


El 1 de agosto de 1936  un hombre que se hace llamar Juan López entra clandestinamente en España por Dancharinea (Navarra), el único paso fronterizo abierto en zona franquista. No viaja solo. Viste un mono azul sobre el que lleva un brazalete con los colores de la bandera "roja y gualda". Sobre su pecho el símbolo de Falange y en su cabeza una boina carlista.

Tras cruzar la frontera se dirige a Pamplona y Vitoria. Su primer destino es Burgos y su objetivo unirse al batallón del general franquista Francisco García-Escámez en el frente de Somosierra.

Juan López es en realidad el tercer hijo varón de Alfonso XIII, Juan de Borbón y Battenberg.  Aunque en enero de 1941 se convertiría en heredero de la corona española, en 1936 sus posibilidades de heredar eran mínimas. La renuncia de sus hermanos mayores  -uno hemofílico y otro sordomudo-  y la abdicación de su padre, harían de él un heredero que nunca llegó a disfrutar de los destellos de la corona, salvo el día que fue enterrado en el Monasterio de El Escorial, con honores de rey.

Desde el comienzo de la Guerra, al igual que lo hizo su padre, había demostrado sus simpatías por los rebeldes. Dicen que el mismo 18 de julio ya estaba preguntando como entrar en España. Había pedido permiso a su padre para alistarse en el ejército franquista. Alfonso XIII satisfecho de la decisión de su hijo le manifestó: «Me alegro de todo corazón. ¡Ve, hijo mío, y que Dios te ayude!».

La entrada en España la hizo acompañado de un leal séquito de monárquicos. No había llegado a Burgos cuando en los oídos del General Mola alguien depositó sus intenciones. Fue Mola quien mandó un destacamento en su búsqueda con la orden fulminante de devolverlo a la frontera  por donde había entrado, «por las buenas o por las malas», bajo la amenaza de que si regresaba «sería fusilado con todos los honores que a su elevado rango corresponda».

Pero Juan de Borbón no se daba por rendido y dirigió varios escritos a Francisco Franco durante el transcurso de la contienda. El primero el 7 de diciembre de 1936 confiando al «corazón de soldado» de Franco su anhelo de servir a España al lado de sus compañeros  y solicitando un puesto a bordo del crucero Baleares: («Yo me incorporaría directamente al buque, me abstendría en absoluto de desembarcar en puerto alguno español y, desde luego, le empeño mi palabra de que no recibiría ni aun a mis amigos personales»). Franco le respondió tres semanas después: «no me es posible seguir los dictados de mi corazón de soldado aceptando vuestro ofrecimiento».

De haberlo aceptado, tal vez el voluntario frustrado habría perdido la vida, al igual que la perdieron varios de sus compañeros de promoción, cuando la noche del 5 de marzo de 1938 fue hundido el crucero Baleares por la armada republicana.

Cuando el ejército franquista hizo su entrada en Barcelona, Juan de Borbón se apresuró a felicitar al caudillo mediante telegrama: («Felicito de corazón a V.E. con el orgullo de ser español por el victorioso remate tan ejemplar que redime para España queridas provincias catalanas. Con la emoción que siento ante el heroísmo invencible ejército, Generales y Mando Supremo le saluda afectuosamente»).

La misma actuación tuvo al declararse el final de la Guerra por parte de los vencedores: («Uno mi voz nuevamente a la de tantos españoles para felicitar entusiasta y emocionadamente a V.E. por la liberación de la capital de España. La sangre generosa derramada por su mejor juventud será prenda segura del glorioso porvenir de España, Una, Grande y Libre. ¡Arriba España!»). Franco, esta vez le responde con menos apatía que las anteriores: («Al recibir vuestro emocionado telegrama por la gran victoria nacional, me es grato recordar que entre esa juventud admirable, tan pródiga en el sacrificio, habéis intentado formar, solicitando reiteradamente un puesto de soldado. Por ello será realidad la España Una, Grande y Libre que evocáis. ¡Arriba España!»)

Durante los siguientes años se acumuló la correspondencia entre ambos, casi tanto como la desilusión que se apoderó de don Juan. La perseverancia que Franco le aconsejaba al heredero de la corona, acabaron con los nervios de éste último que publicó su ruptura con el régimen a través del «Manifiesto de Lausanne» en 1945 donde denunciaba la naturaleza totalitaria del franquismo y pedía que se diese paso a la restauración monárquica.

La Ley de Sucesión en la jefatura del Estado promulgada en 1947, proclamaba el reino de España y dejaba claro que sería el dictador quien nombraría monarca «cuando lo considere conveniente». Antes de su publicación, Don Juan había sido informado por Carrero Blanco, ministro y redactor de la Ley, que sería «Rey de España, pero de la España del Movimiento Nacional, católica, anticomunista y antiliberal». Don Juan denunció, a través del Manifiesto de Estoril la ilegalidad de la Ley de Sucesión, que según su criterio se proponía alterar la naturaleza de la monarquía sin consultar con el heredero del trono.

Hasta 1948 no tuvo lugar la primera entrevista Juan de Borbón y Franco. Fue a bordo del Azor en la que el heredero que nunca reinó le propuso a Franco que su hijos Alfonso (heredero al trono) y Juan Carlos fueran educados en España. Franco aceptó y tres meses después Juan Carlos pisó por primera vez tierra española y era informado que su educación estaría a cargo de un grupo de profesores de firme lealtad al Movimiento.

Tuvieron que pasar veinte años para que Franco nombrara sucesor a título de rey . Diez años después Juan de Borbón renunciaría a los derechos dinásticos de la monarquía española que ostentaba desde poco antes de la muerte de su padre Alfonso XIII. Cuando lo hizo, su hijo Juan Carlos ya era rey.







987. Monarquía, los ecos que conviene escuchar

La multitud se agolpa en la barcelonesa plaza de Sant Jaume, el 14 de abril de 1931


El jueves será coronado Felipe VI como undécimo monarca de los Borbones, una dinastía que ha atravesado los tres últimos siglos del devenir de España. El historiador Julián Casanova traza en este artículo un recorrido por una época llena de periodos convulsos en los que el empuje del pueblo desembocó en revueltas e incluso guerras. Y la historia emite ecos que merecen ser escuchados.


Julián Casanova / 15 Junio 2014 / elperiodico.com

Hay quienes todavía ven la historia como el reino de la política y de las clases dirigentes, un relato de las acciones y aspiraciones de los notables inextricablemente unido a los hechos militares y políticos. El pueblo, las clases sociales, la cultura popular tienen un interés histórico secundario. Solo el mundo de las élites, de aquellos que toman decisiones, formulan y ejecutan la política, constituye un asunto legítimo de estudio.

Y aunque la democratización y el surgimiento de la sociedad de masas nos obligaron a los historiadores a cambiar nuestros discursos y objetos de estudio, lo que permanece en muchos medios de comunicación y en libros de texto difundidos en los centros de enseñanza es esa tradición secular de historia política, concebida como una narración de los acontecimientos vinculados al núcleo de lo político-diplomático-militar. El código de opiniones que se difunden sobre la monarquía de Juan Carlos I, una especie de registro de verdades casi inalterable, es buena prueba de ello. La historia de España de los últimos dos siglos, sin embargo, anima a adentrarse por otros territorios.

Entre el final del reinado de Carlos IV, en 1808, y el comienzo del de Alfonso XII, en 1875, España pasó por diferentes tipos de revueltas populares, revoluciones, guerras civiles, pronunciamientos militares e incluso 11 meses de República. Por el camino se quedaron varias constituciones promulgadas y abolidas y se resolvió, con sonados conflictos, avances y retrocesos, la pugna entre el modelo político y social del Antiguo Régimen y el del liberalismo. De todo ello salió un orden liberal caracterizado por una mezcla de modernización y atraso político, de intentos de otorgar soberanía a la nación con otros autoritarios, y un Estado centralista con un papel fundamental del Ejército.

La crónica de la monarquía borbónica que restauró el pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto, el 29 de diciembre de 1874, y que cayó el 14 de abril de 1931, es fundamental para entender la persistencia de algunos valores tradicionales en España y para explicar el pobre bagaje democrático que la derecha y la monarquía de Juan Carlos podían exhibir en el momento de la muerte de Franco, tras 40 años de dictadura.

Cuando Alfonso XIII nació, en 1886, España era un viejo imperio venido a menos. Al acceder al trono en la primavera de 1902, acababa de perder Cuba, Filipinas y Puerto Rico, y ese Desastre de 1898,como se le llamó al derrumbe definitivo del imperio, a la pérdida de las últimas colonias, incrementó el pesimismo entre los contemporáneos, aunque el debate sobre cómo regenerar a la nación abrió también nuevos caminos para la democratización de las instituciones políticas y de la sociedad.

Fueron décadas, esas de finales del siglo XIX y comienzos del XX, de falseamiento electoral, de compra de votos y pucherazos, con redes tejidas por los amigos políticos y un Parlamento alejado del principio de soberanía nacional. Era un sistema en el que se turnaban en el poder dos partidos de notables, liberales y conservadores, que controlaban la administración a través de un entramado político basado en el caciquismo, el patronazgo, un modelo clientelar que estaba entonces también vigente en otros países del ámbito mediterráneo como Italia o Portugal.

El reto para Alfonso XIII y para las elites políticas era emprender una reforma del sistema político desde arriba, para evitar la revolución des de abajo, que ampliara las bases sociales sin poner en peligro su dominio. La historia política del reinado de Alfonso XIII es la crónica de ese fracaso. El rey intervino en política, tratando de manejar a su gusto la división interna de liberales y conservadores, con facciones, clientelas y cacicatos enfrentados por el reparto del poder. Por otro lado, a los problemas heredados del siglo XIX, como el clericalismo o el militarismo, se añadieron otros nuevos como la guerra de Marruecos, el nacionalismo catalán, la aparición de un republicanismo más radical o el crecimiento del movimiento obrero organizado.

Entre 1900 y 1930, España vivió un período de notable modernización y crecimiento económico. La sociedad que apareció como consecuencia de esos cambios era también diversa y compleja. En la cúspide estaban las buenas familias de la burguesía, que controlaban por medio de la banca a las grandes industrias e influían en la política económica de los gobiernos del reinado de Alfonso XIII, y la oligarquía rural, una nueva clase de propietarios rurales, grandes terratenientes en el sur, que habían adquirido tierra a partir de las desamortizaciones decimonónicas. Un bloque social dominante al que pertenecían también los herederos de los antiguos estamentos privilegiados, la aristocracia y la Iglesia católica. Y de ese bloque procedía la mayoría de los gobernantes de un sistema político frente al que germinó la semilla republicana, anarquista y socialista, sembrada ya en la las últimas décadas del siglo XIX. 

El sistema político que presidía Alfonso XIII no pudo o no supo ensanchar su base, canalizar a través del parlamento los diversos intereses de esas clases sociales salidas de la industrialización, la modernización y el crecimiento urbano.

El pueblo, las clases trabajadoras, con sus organizaciones, acciones colectivas y movilizaciones, aparecieron en el escenario público y pidieron persistentemente que no se les excluyera del sistema político. Lo que al principio no pasaba de ser un lejano eco, culminó en abril de 1931 en la quiebra de la cúspide de ese sistema.

Antes, el rey y los militares habían intentado evitarlo, con una dictadura implantada por el general Miguel Primo de Rivera en septiembre de 1923, pero cuando ese dictador cayó, el 26 de enero de 1930, abandonado por el rey, la hostilidad frente a la monarquía se extendió como un huracán imparable por mítines y manifestaciones por toda España. «La Monarquía se había suicidado», declaró Miguel Maura, el hijo de Antonio Maura, antiguo líder conservador, y por eso él y otros ilustres monárquicos decidieron a lo largo de 1930 incorporarse a la República. Porque era mejor defender dentro de una República «los principios conservadores legítimos», que dejar el campo libre a los partidos de izquierda y a las organizaciones obreras.


Una tormenta que no pasó

La jornada del 12 de abril de 1931 se convirtió en un plebiscito entre Monarquía o República. «Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo», dejó escrito Alfonso XIII en la nota con la que se despedía de los españoles, antes de abandonar el Palacio Real la noche del martes 14 de abril de 1931. Cuando llegó a París, declaró que la República era «una tormenta que pasará rápidamente». Tardó en pasar más de lo que Alfonso XIII pensaba, o deseaba. Más de cinco años duró esa República en paz, antes de que una sublevación militar y una guerra la destruyeran por las armas.

Desde el exilio, Alfonso XIII favoreció desde el principio la causa de los militares sublevados –«su primer soldado soy yo», le dijo a los generales Mola y Franco– y donó 10 millones de dólares, una parte del dinero que había conseguido transferir al extranjero tras su caída. Y su hijo Juan de Borbón no pudo cumplir su firme deseo de luchar al lado de los rebeldes. Primero lo impidió Mola, cuando, procedente de Cannes, se presentó en Burgos, apenas 15 días después de la sublevación militar, para incorporarse al frente. Y después Franco, que no le permitió servir como voluntario en el acorazado Baleares, porque, según se encargó de divulgar convenientemente la propaganda, esa sabia decisión del Generalísimo impidió que el heredero del trono quedara comprometido por haber luchado en uno de los bandos en la guerra.

En realidad, desde la ley de sucesión de la jefatura del Estado, aprobada por las Cortes franquistas el 31 de mayo de 1947, España se convirtió en un reino sin rey, dominado por un Caudillo «por la gracia de Dios» que no mostró ningún interés en ceder a nadie la imagen de salvador y redentor que le equiparaba a los santos más grandes de la historia. Y cuando nombró sucesor, lo hizo obligado por la edad y la decadencia física.

A finales de los años 60, Franco había comenzado ya a mostrar claros síntomas de envejecimiento, agravados por la enfermedad de párkinson. Ante ese panorama, Carrero Blanco, que había sustituido en septiembre de 1967 al general Muñoz Grandes como vicepresidente del Gobierno, aceleró su plan de atar la institucionalización de la dictadura con la designación por Franco de un sucesor a título de rey.

Desde comienzos de los años 60, y después de haber soportado múltiples presiones para que designara a don Juan, padre de Juan Carlos, Franco lo había descartado como sucesor, así como a cualquier miembro de la dinastía carlista. Fue Carrero Blanco quien, sobre todo a partir de enero de 1968 –cuando Juan Carlos cumplió los 30 años, edad establecida para poder reinar por la ley de sucesión a la jefatura del Estado de 1947–, convenció a Franco para que tomara la decisión de nombrar al «príncipe de España» como su sucesor, al frente de una «monarquía del Movimiento Nacional, continuadora perenne de sus principios e instituciones».

El 21 de julio de 1969 Franco presentó a Juan Carlos como sucesor ante el Consejo del Reino y un día después a las Cortes, que aceptaron la propuesta del dictador por 491 votos afirmativos, 19 negativos y 9 abstenciones. El 23 de julio el príncipe juró «lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento y las Leyes Fundamentales». El nombramiento respondía por fin a la pregunta de «después de Franco, ¿quién?» y parecía asegurar una continuidad de los principios e instituciones de la dictadura.


Desbandada de reformistas

Cuando Franco murió, el 20 de noviembre de 1975, su dictadura se desmoronaba. La desbandada de los llamados reformistas o aperturistas en busca de una nueva identidad política era ya general. Muchos franquistas de siempre, poderosos o no, se convirtieron de la noche a la mañana en demócratas de toda la vida. Era improbable que el franquismo continuara sin Franco, pero Arias Navarro y su Gobierno mantenían intacto el aparato represivo y tenían a su disposición ese ejército salido de la guerra, educado en la dictadura y fiel a Franco. Ese equilibrio «desigual e inevitable» entre el legado autoritario del franquismo y las aspiraciones democráticas enmarcó los primeros años de la transición.

Dos días después, a las 12 horas y 35 minutos, los acordes del himno nacional anunciaron la entrada del príncipe Juan Carlos de Borbón y Borbón, vestido con el uniforme de capitán general, en el hemiciclo de las Cortes franquistas. El presidente de las Cortes y de los Consejos del Reino y de Regencia, Rodríguez de Valcárcel, procedió a tomar juramento al nuevo rey según lo dispuesto en la ley de sucesión de 1947: «Juro por Dios y sobre los Evangelios cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional».

En el discurso que siguió, de apenas 12 minutos, Juan Carlos I recordó con respeto y gratitud la figura de Franco, manifestó su deseo de alcanzar un «efectivo consenso de concordia nacional» y los aplausos más largos los obtuvo, tras invocar el buen nombre de su familia y la tradición monárquica al servicio de España, cuando recordó la lucha «por restaurar la integridad territorial de nuestro suelo patrio».


Mitos duraderos

La «nueva etapa en la historia de España» que anunció entonces tardó bastante tiempo en avanzar. Las primeras elecciones democráticas llegaron más de un año y medio después, el 15 de junio de 1977, y la Constitución tuvo que esperar hasta diciembre de 1978, más de tres años después de la muerte de Franco. Al nuevo Rey se le protegió frente a las críticas y el debate público. El éxito de la transición a la democracia gracias a lo bien que la condujo, al piloto del cambio, fue siempre puesto en contraste con la mala reputación de la República, la causa de todos los conflictos que habían llevado a la guerra civil, una operación de propaganda y de consolidación de mitos que ha sido capaz de sobrevivir, sin mayores cambios, durante más de tres décadas de democracia.

El 22 de noviembre de 1975, cuando el príncipe Juan Carlos de Borbón y Borbón se convirtió en Juan Carlos I, no había ningún guión escrito, ningún camino fijado de antemano para pasar de una dictadura de 40 años a una democracia. Las cosas evolucionaron en esa dirección, pero podrían haberlo hecho de forma muy distinta porque fue un proceso incierto y conflictivo, producto de un pacto de los sectores que provenían de la dictadura con los políticos de la oposición, pero también de las coacciones y amenazas de los poderes fácticos –con un ejército, casi sin excepciones, profundamente franquista– y de la presión ejercida por los movimientos sociales desde abajo.

Han pasado más de tres décadas de democracia y una buena parte de la clase política –y de los medios de comunicación que la apoyan– no quieren emprender cambios y reformas que mejoren la calidad de la democracia, refuercen la participación ciudadana y abran un debate sobre los usos y excesos del poder.

Hace tiempo que muchos historiadores comenzaron a reclamar una historia que dejara de concentrarse en las vidas y acciones de los dirigentes y prestara atención, por el contrario, a amplios segmentos de la población y a las condiciones de vida bajo las que vivían. De esa forma, al desplazar el foco de interés desde las élites a las vidas, acciones y experiencias de la mayoría de la población, el estudio del pasado se democratizó. Nada estaba escrito en 1975 y nada está escrito ahora, tras la abdicación de Juan Carlos I. Y la historia nunca se repite, pero conviene escuchar sus ecos.


Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza y autor, junto con Carlos Gil Andrés, del libro ‘Historia de España en el siglo XX’ (Ariel)









896. Manifiesto de Lausanne




El día 18 de marzo de 1945, Beltrán Osorio realiza una visita al dictador Franco en El Pardo. Trae desde Suiza un mensaje urgente de Don Juan. Beltrán Osorio explica  a Franco que los aliados han decidido en Yalta terminar con el Régimen español. Para evitar que vuelva la República exigen de Don Juan un Manifiesto público condenando a Franco.

En el Manifiesto, Don Juan denunciaba la naturaleza totalitaria del franquismo, sus relaciones con la Alemania Nazi y pedía a que se diese paso a la restauración de la monarquía.

La censura impidió que el «Manifiesto» se diera a conocer en España y se hizo todo lo posible para evitar que circulara reservada o clandestinamente.  A los pocos días se desató en los medios informativos oficiales una campaña de descalificación de la persona del conde de Barcelona.

La respuesta de Franco a este Manifiesto fue la Ley de Sucesión de 1947 una ley que convertía a la Monarquía en una institución de desarrollo y consolidación del espíritu del 18 de julio y de la que quedaba excluído Juan de Borbón.

"Conozco vuestra dolorosa desilusión y comparto vuestros temores. Acaso lo siento más en carne viva que vosotros, ya que, en el libre ambiente de esta atalaya centroeuropea donde la Voluntad de Dios me ha situado, no pesan sobre mi espíritu ni vendas ni mordazas. A diario puedo escuchar y meditar lo que se dice sobre España.

Desde abril de 1931 en que el Rey, mi padre, suspendió sus regias prerrogativas, ha pasado España por uno de los periodos más trágicos de su historia. Durante los cinco años de la República, el estado de inseguridad y anarquía creado por innumerables atentados, huelgas y desórdenes de toda especie, desembocó en la guerra civil que por tres años asoló y ensangrentó la patria. El generoso sacrificio del Rey de abandonar el territorio nacional para evitar el derramamiento de sangre española resulto inútil.

Hoy, pasados seis anos desde que finalizó la guerra civil, el Régimen implantado por el General Franco, inspirado desde el principio en los sistemas totalitarios de las Potencias del Eje, tan contrario al carácter y a la tradición de nuestro pueblo, es fundamentalmente incompatible con las circunstancias que la guerra presente está creando en el mundo. La política exterior seguida por el Régimen compromete también el porvenir de la nación.

Corre España el riesgo de verse arrastrada a una nueva lucha fratricida y de encontrarse totalmente aislada del mundo. El Régimen actual, por muchos que sean sus esfuerzos para adaptarse a la nueva situación, provoca este doble peligro; y una nueva República, por moderada que fuera en sus comienzos e intenciones, no tardaría en desplazarse hacia uno de los extremos reforzando así al otro, para terminar en una nueva guerra civil.

Sólo la Monarquía tradicional puede ser instrumento de paz y de concordia para reconciliar a los españoles; sólo ella puede obtener respeto en el exterior mediante un efectivo Estado de Derecho y realizar una armoniosa síntesis del orden y de la libertad en que se basa la concepción cristiana del Estado. Millones de españoles de las más variadas ideologías, convencidos de esta verdad, ven en la Monarquía la única institución salvadora.

Desde que por renuncia y subsiguiente muerte del Rey Don Alfonso XIII en 1941 asumí los deberes y derechos a la Corona de España, mostré mi disconformidad con la política exterior e interior seguida por el General Franco. En cartas dirigidas a él y a mis representantes hice constar mi insolidaridad con el Régimen que representaba, y por dos veces, en declaraciones a la prensa, manifesté cuán contraria era mi posición en muy fundamentales cuestiones.

Por estas razones me resuelvo, para descargar mi conciencia del agobio cada día más apremiante de la responsabilidad que me incumbe, a levantar mi voz y requerir solemnemente al General Franco para que, reconociendo el fracaso de su concepción totalitaria del Estado, abandone el poder y dé libre paso a la restauración del régimen tradicional de España, único capaz de garantizar la religión, el orden y la libertad.

Bajo la Monarquía -reconciliadora, justiciera y tolerante- caben cuantas reformas demande el interés de la nación. Primordiales tareas serán: aprobación inmediata, por votación popular, de una Constitución política; reconocimiento de todos los derechos inherentes a la persona humana y garantía de las libertades políticas correspondientes; establecimiento de una asamblea legislativa elegida por la nación; reconocimiento de la diversidad regional; amplia amnistía política; una justa distribución de la riqueza y la supresión de injustos contrastes sociales contra los cuales no sólo claman los preceptos del cristianismo, sino que están en flagrante y peligrosísima contradicción con los signos politico-económicos de nuestro tiempo.

No levanto bandera de rebeldía ni incito a nadie a la sedición, pero quiero recordar aquí a quienes apoyan al actual Régimen la inmensa responsabilidad en que incurren, contribuyendo a prolongar una situación que está en trance de llevar al país a una irreparable catástrofe.

Fuerte en mi conciencia, en Dios y mis derechos y deberes imprescriptibles, espero el momento en que pueda realizar mi mayor anhelo: la paz y la concordia de todos los españoles.

¡Viva España!

Juan

19 de marzo de 1945 










691. Carta de Juan Carlos a su padre




La carta que se trascribe a continuación fue escrita por el entonces príncipe Juan Carlos a su padre, Don Juan, para informarle que Franco le había comunicado su elección como sucesor a título de Rey, saltándose el orden de sucesión histórico.


En el libro "Don Juan" de Luis María Ansón, se detalla la reacción de Don Juan, al que denomina "El Rey", tras leer esta carta:

El marqués de Mondéjar llega a las diez menos veinte. Lema le acompaña hasta el despacho del Rey. Mondéjar se cuadra ante Su Majestad, da un taconazo e inclina la cabeza.

- Señor –dice con los ojos bajos-, le traigo a V.M. esta carta del Príncipe.

Don Juan la toma entre sus gruesas manos de lobo de mar, la abre y la lee lentamente. Está escrita con letra clara y firme. Al terminar la lectura, Don Juan deja la carta abierta sobre la mesa del despacho.

- Dios dirá… -musita- y se le humedecen los ojos. ¡Qué le vamos a hacer!



*


Carta del Príncipe Juan Carlos comunicando a Don Juan la propuesta de Franco como sucesor a título de Rey, 15 de julio de 1969.


Queridísimo papá:

Acabo de volver de El Pardo adonde he sido llamado por el Generalísimo; y como por teléfono no se puede hablar, me apresuro a escribirte estas líneas para que te las pueda llevar Nicolás, que sale dentro de un rato en el Lusitania.

El momento que tantas veces te había repetido que podía llegar, ha llegado y comprenderás mi enorme impresión al comunicarme su decisión de proponerme a las Cortes como sucesor a título de Rey.

Me resulta dificilísimo expresarte la preocupación que tengo en estos momentos. Te quiero muchísimo y he recibido de ti las mejores lecciones de servicio y de amor a España.

Estas lecciones son las que me obligan como español y como miembro de la Dinastía a hacer el mayor sacrificio de mi vida y, cumpliendo un deber de conciencia y realizando con ello lo que creo es un servicio a la Patria, aceptar el nombramiento para que vuelva a España la Monarquía y pueda garantizar para el futuro, a nuestro pueblo, con la ayuda de Dios, muchos años de paz y prosperidad.

En esta hora, para mí tan emotiva y trascendental, quiero reiterarte mi filial devoción e inmenso cariño, rogando a Dios que mantenga por encima de todo la unidad de la Familia y quiero pedirte tu bendición para que ella me ayude siempre a cumplir, en bien de España, los deberes que me impone la misión para la que he sido llamado.

Termino estas líneas con un abrazo muy fuerte y, queriéndote más que nunca, te pido nuevamente, con toda mi alma, tu bendición y tu cariño.

JUAN CARLOS








609. Bases Institucionales de la Monarquía Española 1946

Base primera

Por exigencia de la Historia, la pervivencia y la paz de la Patria, la vida pública española descansará en los siguientes postulados esenciales, que no podrán ser objeto de discusión ni revisión:

1. La Religión Católica.

2. La unidad sagrada de la Patria.

3. La Monarquía representativa.

Base segunda

La Religión Católica, Apostólica, Romana, profesada por la mayoría de los españoles, será también la Religión del Estado.

Las relaciones entre la Iglesia y el Estado en materia mixta se regularán por medio de un Concordato.

Nadie será molestado por sus creencias, ni constituirán éstas disminución en las prerrogativas de la ciudadanía.

Base tercera

Se reconocerá la personalidad propia de las entidades infra soberanas que integran el organismo nacional, así como la esfera de la legítima autarquía que de esa personalidad se deduce; pero sin que en caso alguno tal desconocimiento pueda suponer, directa ni indirectamente, mengua de la unidad intangible de la Patria o de la soberanía irrenunciable del Estado.

Base cuarta

Los derechos y libertades de la persona humana serán objeto de reconocimiento y garantía eficaz.

Leyes especiales regularán el ejercicio de tales derechos, que deberán siempre armonizarse con los supremos principios que rigen la existencia e impulsan el perfeccionamiento de la colectividad nacional.

Base quinta

Se considerará función primordial del Estado proteger y estimular el trabajo en todas sus manifestaciones; impulsar una más justa distribución de los bienes, elevar el nivel de las clases más necesitadas, suplir las deficiencias de la acción privada en orden a asistencia y previsión, conseguir que el ejercicio de los derechos y deberes inherentes a la personalidad humana no se vean mermados por falta de capacidad o independencia económica, crear o favorecer la creación de las instituciones que organicen las distintas profesiones sobre la base de la cooperación de los varios elementos que las forman.

Base sexta

La Monarquía española será representativa, moderada por limitaciones éticas y legales, y hereditaria.

Base séptima

El Rey ejercerá sus prerrogativas asistido por un Consejo del Reino, cuyo parecer podrá solicitar siempre que quiera, y cuyo dictamen deberá necesariamente pedir cuando se trate de la disolución extraordinaria de las Cortes; del nombramiento y separación del Jefe del Gobierno; de la declaración de guerra y conclusión de paz; de la negativa de sanción en las leyes votadas por las Cortes; de la promulgación de Decretos con fuerza de Ley exigidos por circunstancias excepcionales, y, en general, de cuantos asuntos graves afecten a la interpretación de las leyes fundamentales de la Monarquía, las directivas de la política exterior, las normas básicas de la economía nacional, el mantenimiento del orden público y la defensa de la Nación.

El Consejo del Reino, cuyo funcionamiento será regulado por la ley orgánica correspondiente, estará integrado por terceras partes, por miembros por derecho propio, de nombramiento de la Corona y electivos.

Base octava

La función de hacer las leyes corresponderá al Rey, con la necesaria colaboración de las Cortes.

Las Cortes estarán constituidas por un solo Cuerpo legislador. Un tercio de sus miembros será elegido por sufragio popular directo; otro, por los municipios y provincias integrantes de la nación, y el tercero, por las entidades culturales y profesionales.

Una ley especial regulará el procedimiento electoral.

Las Cortes serán renovadas parcialmente, cesando en cada renovación la tercera parte de cada una de las tres categorías de diputados.

En circunstancias excepcionales, el Rey podrá proceder a una renovación total del Órgano Legislativo.

En casos de indudable urgencia y necesidad, el Rey podrá promulgar Decretos con fuerza de Ley, con la obligación estricta de someterlos a la ratificación de las Cortes en la primera reunión de éstas.

Corresponderá en todo caso a las Cortes la votación de los presupuestos y leyes tributarias.

Base novena

El Rey ejercerá la función ejecutiva con la obligada asistencia de los ministros responsables, que refrendarán todos los actos del Monarca.

Sin perjuicio de la responsabilidad del Estado, los ministros serán individualmente responsables por sus actos propios, y colectivamente, mientras ejerzan el cargo, por las resoluciones del Consejo de Ministros.

Base décima

La función judicial se ejercerá en nombre del Rey por los Jueces y Magistrados. La Ley garantizará la efectiva inamovilidad e independencia de los encargados de administrar la Justicia.

Base undécima

Para amparo de los derechos de la persona y garantía de los intereses de la Nación, se instituirá un amplísimo sistema de recursos judiciales contra las posibles extralimitaciones del Poder público, y en especial, los recursos de inconstitucionalidad, contencioso-administrativo, por abuso y desviación de poder, y de responsabilidad civil de funcionarios.

Base duodécima

Las presentes bases serán sometidas a la voluntad de la Nación libremente expresada, sin perjuicio de que entren desde el primer momento en vigor aquellas prerrogativas que son inherentes al principio de legitimidad que encarna la persona del Rey.


Estoril, 28 de febrero de 1946
Juan de Borbón, Conde de Barcelona