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3512. Memoria de las mujeres

Desde la raíz

Introducción a Memoria de las Mujeres

 

 

Sería en el mes de octubre de 2021 cuando empecé a colaborar con el periódico digital Nueva Revolución llevando a cabo una serie de entrevistas a mujeres de toda la geografía española vinculadas, por razones de parentesco o actividad -o por ambas cosas-, con la memoria histórica, democrática o antifascista, como le gusta decir al director de Nueva Revolución, Anxo Padín.

 

La elección de este tema no fue fruto del azar, sino resultado de una conversación meditada con el propio Anxo, en la que ambos colegimos que la revolución será femenina o no será, y que las mujeres republicanas han sido las grandes invisibilizadas de la historia: por su condición femenina, por su ideario político, por ser las compañeras de los perdedores de la guerra. “Las olvidadas de los olvidados”, como las define la escritora Fermi Cañaveras, una de las entrevistadas que aparecen en esta publicación.

 

Antes de seguir he de decir que Nueva Revolución es un periódico digital que surge en diciembre de 2014, con el objetivo de ser un espacio plural para el debate y la reflexión, donde las diversas corrientes políticas puedan confluir sin la opresión de intereses partidistas o corporativos. Desde su fundación, ha buscado ir más allá de la superficialidad informativa para convertirse en una voz de resistencia y conciencia social y un lugar de denuncia de injusticias políticas, sociales, medioambientales o humanas, en un mundo mediático donde las noticias son cada vez más mercantilizadas y las voces disidentes, silenciadas.

 

Bajo el epígrafe “Memoria de las Mujeres” hoy se reúnen en esta publicación conjunta los testimonios de veinticinco mujeres que se fueron publicando por separado en dicho medio digital a lo largo de casi tres años -desde octubre de 2021 a septiembre de 2024-. El objeto de dicho trabajo es transmitir, a través del análisis y la reflexión, unos hechos de nuestro pasado más reciente que las  mujeres entrevistadas conocen muy bien, por su condición de familiares de víctimas, o por los conocimientos científicos y la actividad profesional que muchas de ellas vienen desarrollando -hay entre las entrevistadas historiadoras, arqueólogas, antropólogas, documentalistas, profesoras de universidad, escritoras, cantautoras, periodistas, editoras-.

 

El sentido último que alienta estas veinticinco entrevistas en clave de mujer es, sin duda, la búsqueda de la verdad, pilar fundamental en el que se sustenta la memoria histórica para, de esta manera, hacer justicia y llegar a la reparación simbólica de unos hechos sistemáticamente silenciados a lo largo de casi noventa años. También por razones de no repetición -conocer los errores del pasado para no volver a cometerlos-, principios todos ellos del derecho internacional. También porque tenemos, seguimos teniendo, una deuda histórica con los verdaderos artífices de la democracia, mujeres y hombres  que creyeron, lucharon y hasta dieron su vida por conseguir unas condiciones de vida más justas (acceso a la educación, igualdad de géneros, mejores condiciones laborales, sanitarias…) que nosotros ahora estamos disfrutando.

 

Hay un momento en mi vida, de esos que yo llamo epifánicos, que me quedó grabado con huella indeleble. Tuvo lugar en el año 2012, cuando ultimaba los detalles de mi libro “Los cinco de Trasrey y otros relatos”. Ocurrió mientras realizaba una visita a una sobrina de las víctimas de esos cinco hombres, entre ellos mi abuelo, fusilados en las tapias del cementerio de Astorga el 9 de octubre de 1936, y en la cocina de la casa de esa mujer, delante de una caja de cartón que contenía los objetos de su tío que guardaba como un tesoro -una petaca, las cartas que enviaba desde la prisión, entre ellas la que escribió en capilla…- me confesó que los mayores nunca les hablaban a los niños de los horrores de la guerra para que no crecieran con odio y que ella de pequeña, recluida con su madre en una habitación oscura, le leía las cartas de su tío porque su progenitora no sabía leer ni escribir. Con gran pesar  lamentaba no haber preguntado más para saber más cosas de lo que pasó entonces. Pero lo que más me impactó de ese encuentro fue que me dijera, con una insistencia fuera de lo normal, que lo único que quería es  que se supiera lo que pasó, que les mataron por sus ideas y que eran inocentes.

 

Esa mujer ha perdido la memoria, pero sus palabras, su sentir, su deseo, hoy sé que no era solo suyo, sino que respondía a un sentir colectivo, atávico, heredado. De eso y no de otra cosa trata la memoria histórica, de salvaguardar unos hechos del pasado para que no caigan en el olvido, y que tanto dolor, sufrimiento y pérdidas transciendan y tengan algún sentido. Es obvio que la memoria no importa a todos, pero sí importa a los que sufrieron y sufren su dolor en silencio durante décadas. Importa para que los hechos del pasado no caigan en el olvido. Importa porque si no conocemos nuestro pasado estamos condenados a repetirlo. No hay en ello deseo de venganza, como muchas veces se ha acusado torticeramente a familiares, asociaciones, historiadores, estudiosos de la memoria -parece mentira que a estas alturas de la historia se pueda decir esto-, sino que responde a una necesidad y un deber de justicia para quieres nos precedieron y pagaron, a veces con su vida, el intento de hacer del mundo un lugar mejor, más habitable. Responde a razones de humanidad. “Que aunque no he hecho nada muero inocente (…) no maldigáis a nadie y perdonar a todos como yo lo hago (…) conservad todo esto que os mando para el día de mañana que podáis decir que esto nadie lo borre, esto os lo digo a las cinco de la mañana del 9 y a las 6 ya estoy para el otro mundo”, serán las últimas palabras de despedida que ese familiar una mañana de mediodía y domingo del año 2012, puso delante de mis ojos. ¡Tantas cartas de condenados a muerte transmiten idéntico mensaje!

 

No sé, a veces me digo que tal vez todas estas cosas suenen a repetidas, sin embargo, cada vez tengo más claro que no importa repetir si lo que repetimos, importa. Y esto importa. Nos importa.

 

Doce años han pasado desde aquel momento y algunos cambios se han producido. El auge del fascismo a nivel internacional y nacional es una realidad que viene a demostrar que las conquistas sociales, conseguidas con tanto sudor y lágrimas, con tantas vidas y lucha, no son permanentes, y que la historia es un terreno movedizo en el que no se siempre se producen avances.

 

Vivimos tiempos feos, tiempos de vocinglerío, de confusión, de ruido inducido.

 

Tiempos en los que a veces desde ciertas instancias del Estado social y democrático de derecho se da la espalda a eso que el propio Estado promulga.

 

Tiempos en los que se produce una banalización del lenguaje y palabras como libertad, que tanto costó levantar, son manipuladas por el liberalismo más atroz mientras 7291 ancianos mueren en residencias durante la Covid-19 por falta de asistencia.

 

Tiempos en los que la bestia ha despertado, cargada de odio y de mentiras.

 

Tiempos oscuros, inciertos, sin petirrojos, esos pájaros a los que alude David Lynch en Terciopelo azul. “Soñé que el mundo era oscuro porque no había petirrojos y los petirrojos representan el amor”, dirá la luminosa Sandy mitad del film en alusión a ciertas épocas oscuras, de guerras, de catástrofes naturales, de enfermedades, en las que la maldad se instala causando en la humanidad un tremendo sufrimiento.

 

Tiempos en los que se hace necesario, tan necesario o más que siempre, seguir defendiendo, con claridad y calma, con perseverancia, que la memoria no abre heridas sino que las cierra y que no se puede pasar la página de la historia sin antes haberla leído y reflexionado sobre ella. “Nosotros a lo nuestro, la mirada al frente, el objetivo claro”, dice siempre el investigador y militar Miguel García Bañales. O como dijo hace unos días el dramaturgo, miembro de la Real Academia española y coautor del guión de la imprescindible obra teatral “1936 ¿El año en que España entró en shock?”: “Hablar serenamente sobre la guerra es trabajar para la paz y es deber de la memoria histórica”.

 

Todo esto me remite a otro momento también epifánico, también revelador, que ocurrió en la visita que mi sobrina Lucía y yo hicimos a la exposición “Auschwitz, no hace mucho, no muy lejos” el 3 de enero de 2018. Ya salíamos, consternadas, de ver  lo que fue el horror más grande de la historia, cuando nos llamó la atención un video en el que un testigo de la masacre hablaba del concepto de superioridad de unos hombres sobre otros, creado por el régimen nazi, tan perverso que daba potestad de exterminar a los que dicho régimen catalogaba de inferiores. Con palabras sencillas decía que estas cosas empiezan con algo pequeño como coger manía al vecino distinto y con palabras sencillas también daba la solución, la cura, el remedio, que consiste en la aceptación del otro, sea amarillo o rojo o blanco o multicolor.

 

Con la convicción de que sin memoria no hay futuro y de que es esencial que la juventud coja el testigo como salvaguarda de la misma y evitar que los hechos del pasado no caigan en el olvido, hay una pregunta final que formulo a todas las  entrevistadas: Qué les dirían a los jóvenes en materia de memoria histórica. Las respuestas son unánimes y coinciden en que sean inquietos, pregunten, lean, se informen, escuchen los testimonios orales que quedan, se sirvan de fuentes científicas, asentadas en horas de trabajo e investigación en los archivos. Porque si una cosa hizo el franquismo fue dejar constancia escrita de la barbarie, y los archivos están plagados de documentos que nos revelan lo que pasó.

 

Soy plenamente consciente también de que el franquismo sociológico impuesto con su férreo control sobre la Iglesia, la escuela y la prensa, es un lastre que llevamos arrastrando durante décadas. No es casual que las instancias educativas, pilares fundamentales de transmisión de conocimientos, se salten sistemáticamente esta parte de nuestra historia.

 

Como decían Beatriz García Prieto y Enrique Javier Díez Gutiérrez en la presentación del libro “La memoria histórica democrática de las mujeres: segunda República, guerra civil y exilio” el pasado 4 de diciembre de 2024 en la librería Meta de Madrid, hay que educar en el antifascismo lo mismo que se educa en respeto, en empatía, en valores humanos, en diversidad. Ese es el reto. Ese es el trabajo. Ese es el camino. Memoria y responsabilidad, en palabras de la profesora Ruth Sanz Sabido, van de la mano.

 

Solo me queda dar las gracias a cada una de las veinticinco mujeres que con sus testimonios han contribuido a que este proyecto vea la luz: Susanna Toral Cabau, Isabel Revilla del Río -Isamil9-, María Eugenia Castiello Canal, Cristina Pimentel Huerga, Luisa Vicente Martín, Ruth Sanz Sabido, Pepa Miranda,  Laura González Garrido, Beatriz García Prieto, Hedy Herrero, Ana Gaitero Alonso, Tere Rivas López, María Antonia Reinares Alonso, Fermi Cañaveras, Silvia Traversa, Neus Roig Pruñonosa, Laura Martínez Panizo, Camino Alonso Díez, María Torres Celada, Maribel Luna Baragano, María Jesús Izquierdo García, Ana Cristina Rodríguez Guerra, María Huelva Salas, Yaiza Alonso Beltrán, y Eloína Terrón Bañuelos, mujeres con las que me siento unida por el hilo invisible de la memoria en esa familia, no de sangre, que he ido encontrando en el camino. Su disponibilidad y sus contribuciones han sido un hermoso regalo de la vida.

 

A Anxo Padín, a quien felicito por su trabajo encomiable a lo largo de estos diez años en el periódico Nueva Revolución y su incesante defensa de la libertad -empezando por la de expresión-. Desde aquí quiero manifestarle mi gratitud por la confianza que depositó en mí, su respeto, su amistad.

 

A Cristina Pimentel y Jesús Palmero, integrantes de la editorial Marciano Sonoro, por su compromiso claro y rotundo por la memoria y la democracia, que van de la mano.

 

A la Fundación Jesús Pereda de CC.OO de Castilla y León y, en concreto, a su presidente, José Ignacio Fernández Herrero, que tanto ha trabajado desde el compromiso sindical por la justicia social y la libertad verdadera, porque cuando le pedí que el proyecto de publicación conjunta de estas entrevistas concurriera, a través de la fundación que preside, a la convocatoria de subvenciones del Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática, no lo dudó un instante.     

 

A Miguel García Bañales, que tanto trabajó por sacar a la luz la historia silenciada de mi pueblo, Valderas, y me enseñó que la memoria propia no se expropia.

 

Por supuesto, a Antidio Gómez Carriedo, mi padre y fuente de memoria, y a mi abuela, Sotera Carriedo Ortega, esa mujer de luto vitalicio que entre otros méritos supo mantener intacta la memoria de su marido asesinado.

 

A las mujeres de mi vida, madre, hermana, sobrina, con las comparto pan y  tiempo en tardes de camilla y labor.

 

A Miguel Ángel Paramio Rodríguez, que siempre está, y comparte mi entusiasmo y zozobras.

 

A Ellas y Ellos, cuyos nombres y biografías  aparecen en esta publicación, y por extensión a todas Ellas y Ellos, verdaderos padres de la democracia y objetivo último de este trabajo, con los que, como dijo Isamil9, somos una deuda de amor inabarcable.



Sol Gómez Arteaga

Memoria de las mujeres

Editorial Marciano Sonoro, 2025




Presentación del libro en Vigo: 


11 de septiembre de 2025

20:00 horas

Libreria Librouro


Organiza: Asamblea Republicana de Vigo





3503. La liberación de París por los republicanos españoles de la 9ª

©El capitán Dronne y el teniente Granell.  Colección Musée de l'Ordre de la Libération



Al 3º Batallón del Regimiento de marcha del Techad siempre se le llamó el "Batallón español". Éramos españoles la mayoría de sus componentes. Pero tengo que decir que jamás existió en la gloriosa División Leclerc diferencia alguna entre franceses y no franceses. Los españoles fuimos siempre considerados como excelentes camaradas por nuestros grandes amigos los franceses y ellos y nosotros, en el combate nos condujimos en todo instante como hermanos.

 

Yo pertenecía a la 9a compañía del batallón. Quiero rendir desde aquí un tributo de respeto y de admiración a los 27 camaradas de ella que murieron en la campaña de Francia. Son innumerables los testimonios y hechos de armas en los que la compañía tomó parte. Numerosas cruces de guerra, 6 medallas militares y las más altas citaciones engalanan nuestras hojas de servicio. Nuestro querido general Leclerc ha dicho varias veces al referirse a los españoles: "A esos no les para nadie".

 

 

La entrada en París

 

La División desembarcó en Normandía en Junio de 1944. A medida que nos adentrábamos en esta hospitalaria y querida tierra francesa, nuestro impulso y nuestra emoción se renovaban cada vez que un poste indicador nos anunciaba: "París… (a tantos kilómetros)". El nombre de la capital de Francia era para nosotros un imán cuya fuerza irresistible de atracción empujábamos hacia lo que consideramos símbolo y meta de la libertad: "la cité Lumière". Las flechas que marcaban la dirección de París y las cifras que concretaban la distancia que de París nos separaba nos obsesionaban de forma tal, que cuando las incidencias nos obligaban a trazar un zig zag en nuestra marcha, pensábamos que el destino nos había vuelto la espalda.

 

¡París... París... París...! Para los españoles el nombre de un gran pueblo heroico resonaba paralelamente en nuestros corazones y en nuestros pensamientos ¡Madrid... ! ¡Madrid... ! ¡Madrid... !

 

El avance fue rápido. Apenas sin descanso, guiadas por el afán de ver libre, completamente libre, la Francia oprimida, nuestras columnas blindadas iban arrollando al ejército alemán. A nuestra retaguardia los pueblos liberados quedaban entregados al frenesí de la libertad. Por todas partes los besos y las flores nos compensaban de la fatiga y de la zozobra. El lirismo es compañero inseparable de la exaltación bélica. Y, a veces al contemplar a las mujeres de Francia frente al espectáculo del ejército liberador, pensaba en aquel verso de Rubén Darío: "... y la más hermosa sonríe al más fiero de los vencedores..."

 

Los franceses nos brindaban la "bonne bouteille", cuidadosamente librada a la rapiña alemana y guardada con todo celo para el día esperado de la Liberación. La estela de triunfo y de gloria quedaba también cuajada de dolor y de luto. Nuestro paso se jalonaba con las tumbas de los compañeros caídos en la lucha por la libertad.

 

El 24 de agosto, tras la conquista de Antony, llegamos a Fresnes. La población cayó sin dificultad en nuestro poder, pero los alemanes habían convertido la cárcel en fortaleza difícil de tomar. Hubimos de vencer una férrea resistencia. Fue entonces cuando nuestro destacamento recibió la orden tanto tiempo tan esperada: "Hay que ir a París a ver qué pasa". Alegría nerviosa. Preparativos rápidos. Partida llena de emoción. No sé qué pasó que no encontramos en nuestra documentación ningún plano de la capital. A veces en la guerra lo imprevisto imprime a los acontecimientos rumbos que no hay más remedio que aceptar. Nos decidimos a emprender el viaje sin el plano. Un patriota francés se ofreció espontáneamente a servirnos de guía. A bordo de uno de nuestros blindados inició su "role" de cicerone.

 

Bajo las órdenes del capitán Dronne, del que yo era “adjoint” la columna blindada emprendió al fin la marcha hacia la Meca de nuestro ensueño: PARIS.

 

En el curso de nuestra ruta hallamos varias veces obstruido el camino por los gruesos troncos de árboles que la Resistencia había derribado para obstaculizar la retirada del enemigo. Nos vimos, pues, forzados a continuos altos en la marcha, que siempre aprovechábamos para adquirir información. Como casi siempre, los informadores civiles, poseídos en todo instante del mejor deseo, nos facilitaban datos desconcertantes por contradictorios. Algunos aseguraban que “había muchos alemanes”. Otros que “todos habían huido ya”. Según ciertas referencias, el enemigo tenía emplazada una artillería numerosa. No faltaba quién llamaba especialmente nuestra atención sobre las minas.

 

Nosotros recogíamos y examinábamos cuidadosamente todas las informaciones. Pero por encima de ellas flotaba de continuo la famosa consigna de nuestro general Leclerc: “En avant, en avant, en avant”. Desde mi coche ligero yo escrutaba el horizonte. Al doblar una curva apareció de pronto ante mis ojos algo que me llenó al mismo tiempo de estupor y de impresión. La costumbre me hizo pensar y hablar en francés en aquel momento inenarrable: “Tiens, voilà la Tour Eiffel”. Yo no había estado nunca en París. La visión de la torre de acero, llena para mí de leyenda e historia, me hizo pensar que había alcanzado el objetivo final de mis esfuerzos y de mi vida.

 

Sin incidente alguno y a gran velocidad llegamos al Pont de Sévres. Nuestros informadores nos habían advertido que estaba minado y defendido por varias piezas de artillería, emplazadas en un altozano a la derecha. En nuestra conciencia, como un contrapunto machacón, la consigna del general bordoneaba todos los sonidos y todas las explosiones: “En avant, en avant”. Al fin nuestros tanques alcanzaron las primeras calles de la capital. Los parisienses, sorprendidos, nos tomaron por una columna alemana llegada en dirección contraria de la que ellos podían imaginar. Las gentes precipitábanse en las casas, cerrando puertas y ventanas. Un alto. En la calle desierta percibíamos sólo las miradas que nos espiaban desde los balcones entreabiertos o por el ligero pliegue de un “rideau”. Un viejo, lleno de desconfianza, decidióse a aproximarse a nosotros. Al reparar en nuestros uniformes preguntó con recelo: “Americains?” “Pas americáins, mon vieux, nous sommes la Division Leclerc”. Aquel hombre fue presa de la más indescriptible excitación. No sé si como un demente o como un heraldo de un acontecimiento de esos que las viejas recuerdan a los nietos al amor de la lumbre, con sencilla oratoria, el anciano se apartó de nosotros gritando: “He, eh, Français, Français, c’est la Division Leclerc qui arrive!” No sé siquiera lo que pasó inmediatamente. La desolación de la calle desierta se transformó instantáneamente en un enjambre. La población civil se abalanzaba sobre nosotros. Vivas, aplausos, aclamaciones. Siempre besos y siempre flores. Yo dejé de apercibir las siluetas de nuestros carros y nuestros coches. Racimos de seres humanos los ocultaban de mi vista. Las botellas del buen vino francés se vaciaban sobre nuestras cabezas, a manera de bautismo pagano.

 

Los ojos resplandecían con fulgores extraños. Después se humedecían de llanto. Nosotros llorábamos también. No puedo olvidar el tono viril y escueto de un anciano que se limitó a decirme mientras oprimía mi mano: “Merci, merci”.

 

Tuvimos que empezar por librarnos del peligroso afecto que el pueblo de París nos exteriorizaba. Hubo que echar mano de toda la energía militar para dispersar a nuestros aclamadores. Al final pudimos reemprender la marcha hacia el corazón de la capital. Nos detuvimos por segunda vez en la plaza Sembat. Fue entonces cuando por nuestro aparato de radio transmitimos el parte al Estado Mayor de nuestra División: “Arrivés a París 20 H 45. – Envoyez renforts”.

 

Desde la plaza Sembat nos encaminamos hacia el Hôtel de Ville. Nuestro guía era ahora una mujer. Nadie supo nunca por qué misterioso medio transmisor la noticia de nuestra llegada se había esparcido por todas partes. Nuestro paso por las calles de la capital era saludado por la multitud. Las gentes gritaban enloquecidas: ¡Viva la División Leclerc! Los bailes improvisados en la vía pública obstruían nuestro paso.

 

 

Place de l’ Hôtel de Ville

 

Otra vez el vacío y el recelo. De nuevo se nos confunde con el odiado invasor. El error facilitó la distribución de nuestras fuerzas en disposición de defensa. Dentro del Hôtel de Ville, hecha la luz sobre quiénes éramos y a qué veníamos, los Resistentes que se hallaban en el interior del edificio tuvieron que establecer un servicio de protección para que los entusiasmos no nos asfixiasen. La Resistencia se había apoderado días antes del Hôtel de Ville y lo había defendido heroicamente de los ataques nazis. Introducidos en un pequeño despacho, tuvimos el honor de ser presentados al Préfet de la Séine, monsieur Flouret, quien a su vez nos presentó al Presidente del Comitè Nacional de la Resistencia. La figura menuda y resuelta de monsieur Bidault, con su pequeña estatura y su gran autoridad, simbolizaba en aquel instante, como lo simboliza hoy, la grandeza de la Francia herida y heroica. A su lado estaba el coronel Roll.

 

Monsieur Bidault quiso conocer nuestros elementos efectivos. El deber militar nos impidió complacerle de momento. El hoy Presidente del Gobierno provisional de la República Francesa no se determinaba a dar la orden de que fuese transmitida por radio la noticia de nuestra entrada en París. Una falsa noticia en tal sentido habría motivado recientemente una brutal represión de los alemanes. Más de 2.000 franceses fueron encarcelados y, algunos, pasados por las armas. Nos fue forzoso aguardar reserva hasta que consideramos despejada la situación. Hoy yo puedo decir desde este micrófono que la "avant garde" de la División Leclerc que entonces se encontraba en la Plaza del Hôtel de Ville sólo estaba integrada por una sección de tanques, 2 de carros blindados y una de Ingenieros. En total, 120 hombres y 22 vehículos. Algunos de los carros blindados tenían nombres como estos: MADRID, DON QUIJOTE, GUERNIKA, GUADALAJARA, TERUEL, SANTANDER, BRUNETE...

 

El Presidente del Consejo Nacional de la Resistencia ordenó finalmente que la gran nueva fuese oficialmente confirmada por radio. No digo transmitida, porque todo el país la conocía ya. Las campanas de Nôtre Damme conmovieron nuestros espíritus y oprimieron nuestros corazones que el combate no había endurecido del todo. Gritos, cantos, vítores... Y los compases de la Marsellesa, que humedecieron nuestros ojos y atenazaban nuestras gargantas. Bengalas, disparos al aire. Libertad y Victoria. Yo sentía flojos todos mis resortes nerviosos. La emoción es capaz de lo que no consigue el miedo, que también habíamos sentido muchas veces. No me era posible moverme. Intenté en vano sumar mi voz a las que cantaban la Marsellesa. Ni siquiera podía pestañear, temeroso de que las lágrimas comenzaran a descender por mis mejillas.

 

Nuestros sentidos todos parecían igualmente privados de todo impulso. Y siempre, transformada en escena viva, la letra del verso de Rubén Darío: "...La más hermosa sonríe al más fiero de los vencedores". La fiereza de los vencedores se había disipado bajo la emoción.

 

Después llegó la noche: guardia defensiva en torno al Hôtel de Ville. Nos llegaban informes según los cuales los alemanes se concentraban en la Bastilla y en la Concordia. Era de prever el ataque.

 

El júbilo de la población llegó al paroxismo. La gran plaza estaba abarrotada. Las bengalas y las explosiones del magnesio de los fotógrafos iluminaban el objetivo que nuestros tanques y nuestros blindados presentaban. Nos costó más trabajo vencer la admiración de los parisienses que la resistencia alemana. Después vino todo lo demás. Es de sobra conocido. El contacto con las fuerzas de nuestra División nos tranquilizó al fin. París estaba definitivamente liberado.

 

Mi compañía figuró en la vanguardia del desfile de la Victoria celebrado el 26 de Agosto. Dos días más tarde contemplaba yo desde el Sacré Coeur el panorama del París libre. Lloré una vez más. Ahora, cuando termine esta desordenada narración retrospectiva, no sé si lloraré también.

 

 

Amado Granell

Heraldo de España, París, 7 de septiembre de 1946

 

 


3494. La colonia gallega de Argentina hace un llamamiento de ayuda al pueblo español

Foto: Masferrer


La Agrupación gallega de ayuda al Frente Popular español, Constituida en Buenos Aires, ha dirigido un vibrante llamamiento para recabar la ayuda al pueblo español. 

"Las potencias fascistas —dice— quieren dominarle (al Frente Popular) para convertir a España en una colonia de sus apetencias comerciales y en un apartadero de sus intrigas militares. 

Con él ESTÁN TODOS LOS PUEBLOS DEL ORBE. Por sobre el abismo de maldades y miserias abierto por el fascismo, se ha tendido el puente espiritual de los pueblos que alientan y ayudan al pueblo español. NOSOTROS DEBEMOS ESTAR CON EL. 

Debemos ayudarle para que concluyan de una vez esas horribles "masacres" de seres indefensos, para que no lleven, cada día que pasa, más seres queridos del lado de los suyos y para que no reste al trabajo que eleva y produce brazos jóvenes y fuertes, que sólo el crimen y las apetencias de los privilegiados han arrancado de la paz para sumirlos en una guerra, que no es de hermanos, sino que es del PUEBLO ESPAÑOL CONTRA EL FASCISMO INTERNACIONAL. 

En cada rincón de la República la palabra de orden: AYUDA AL PUEBLO ESPAÑOL. 

Cada entidad debe constituir su grupo de ayuda. Cada gallego, cada hombre o mujer debe unirse a otros y formar grupos locales en la capital o en el interior para AYUDAR AL PUEBLO ESPAÑOL. 

Para sus hijos, para sus mujeres, para sus madres, para sus heridos todos debemos poner en esta campaña nuestro AMOR, NUESTRO PROFUNDO AMOR y lograr para nuestro pueblo lo que el crimen y el pillaje moral le quiere quitar tras la vida, que  le cercena día a día." 


Ahora, 4 de marzo de 1937








3492. El diputado de las Constituyentes que fue chófer hasta el 14 de abril

El diputado Juan Grau Jassans - Foto: Badosa


Al pié del volante de su "taxi"

Este diputado de las Constituyentes, alto, enjuto de carnes y rostro anguloso, tiene una mirada y un gesto que es todavía el del hombre que anduvo a la aventura por medio mundo, a mamporros con la vida. 

Los periódicos, esta vez, han descartado orígenes y antecedentes; se han detenido poco en lo anecdótico, en lo exterior de todos estos hombres que así aparecen como faltos de historia, cuando hay alguno, como este Juan Grau Jassans, que cuenta en su haber una vida repleta de accidentes, que le retenía, hasta el último momento, al píe del volante de su "taxi", en su oficio sencillo de chófer. Esto sí lo han dicho los periódicos: concejal, diputado luego, y por todo título, taxista. 

—¿Hasta cuándo estuvo usted ejerciendo su oficio? 

—Hasta la misma tarde del 14 de abril —nos responde. 


De Palermo en un barco francés

Juan Grau Jassans, diputado para las Constituyentes de la República, nos había dicho nuestro informador, guarda una historia que es un reportaje. Toda su vida está en la calle, entre las cajas de frutas de los muelles del Grao valenciano, hasta las avenidas internacionales del Broadway. 

—Soy hijo de una familia humilde —nos dice—. Mi padre era mecánico y mi madre trabajaba en una fábrica de tejidos. 

—¿Y su primera salida?

—¡Y casi única! Dejé la escuela apenas cumplidos los catorce años, para entrar de meritorio en una tienda de mercería. Aquel trabajo estaba tan reñido con mi naturaleza que, al primer choque serio de mi carácter, lo abandoné defintiivamente, a los tres años de aprendizaje, en que me entró un deseo invencible de andar y de correr.

Un día marché a Valencia, en un mal pasaje de tercera, que pagué con mis modestos ahorros. Pero esto no tiene la menor importancia. El aprieto fué ya en Valencia, donde al poner píe en tierra y hecho un buen arqueo, me hallé poseedor de la extraordinaria cantidad de sesenta céntimos. Yo, claro, no había medido bien las consecuencias de mi marcha; pero tampoco me preocupé mucho de la gravedad del caso, y menos se me ocurrió volverme atrás. 

Tenia escasos diez y siete años, un buen apetito y un anhelo insaciable de andar, de ver cosas, de ser libre. Pues nada, que había caído en Valencia en un tiempo excelente: los naranjos, rebosantes de fruta, me ofrecieron la posibilidad, por lo menos, de no morir de inanición. Viví en el Grao dos semanas así: me desayunaba con naranjas, almorzaba naranjas y cenaba naranjas.

El menú resultaba poco variado, pero no puede negarse que era sano. 

—¿Cómo resolvió usted aquella situación? 

—A decir verdad, aún lo ignoro. En mis horas de ocio —veinticuatro cada veinticuatro horas— tuve ocasión de relacionarme con gente de mar. Estábamos en plena conflagración mundial, y la marina atravesaba una crisis aguda de hombres. Una mañana, en que por hallarlas más a mano, decidí desayunarme con las naranjas de un cajón de los que había en el muelle para la exportación, en el momento mismo de apoderarme de una de ellas, una voz a mí espalda me recriminó: 

—Te vas a pasar una temporadilla a la sombra. ¡Eso no se hace! 

Volví el rostro y me encontré con un hombre imponente; un auténtico lobo de mar como esos que ya había visto en las ilustraciones de las novelas de Julio Verne y que tanta impresión me habían causado. No tardamos mucho en hacernos amigos. 

—Tú lo que quieres —me dijo— es comer. Tú tienes vocación de marinero. 

Me lo quedé mirando sin responderle nada, y a los dos días vino a mí encuentro, muy alegre, agitando al aire la documentación y el permiso de embarque para mí. 

—Ya he encontrado lo tuyo: una plaza de palero en un barco francés que hace el viaje a Inglaterra. Al principio, el trabajo es muy rudo, pero ya te irás acostumbrando hasta que pares en maquinista. 

Y así fué como me hice a la mar, con rumbo a Liverpool, la primavera del año 16, cuando ejercer el oficio de la marinería era una audacia y un heroísmo... 


Haciendo de camarero en La Habana 


—No sé si nací o no para marino. El hecho es que lo fui tomando el gusto, y hubo un momento en que lo confundí con mí verdadera vocación. Hice algunos viajes de Liverpool a Marsella, y siempre a la búsqueda de una nave en que enrolarme con rumbo a Norteamérica. La encontré al fín, pero cuando una mañana amarró en Boston nuestro trasatlántico, ¡adiós ilusiones! Resulta que no me dejaban desembarcar porque, según la Ley, el marinero termina su viaje en el puerto en que se enroló. 

—¿Y no desembarcó usted? 

—Eso no se pregunta —nos ataja con una sonrisa—. Desembarqué. Me valí de la noche, como ocurre en las novelas. Y me encontré en Boston, una ciudad desconocida, en una noche cerrada y sin un centavo en el bolsillo, porque los diez con que desembarqué tuve que abonarlos en el trayecto del puerto a la ciudad. Permanecí poco en Boston y emprendí rumbo hacia La Habana, en donde trabajé de camarero. El oficio no me interesaba. No era nada movido para una persona que, como yo, tenía entonces el alma de azogue. Lo dejé con una excusa banal, porque estaba muy bien considerado en la casa en que me hallaba. Todo consistió en un mal gesto que me hizo derribar la cafetera sobre la espalda de un cliente, y a mí que se me antojó no pasarle la mano por la espalda... 


Por tierras de Yucat

Por aquellos días se inició una corriente de emigración hacía el Estado de Yucatán, en donde se hacía la tala de la cimbara. Me enrolé, y me llevaron a Mérida con no sé cuantos emigrados más. Uno de los más ricos hacendados de esta población, que conocía Barcelona, se interesó y tomó mucho interés por mí al saberme barcelonés, y me contrató para su hacienda. 

Era un trabajo brutal, en una tierra cuajada de reptiles, árida, seca y desierta. Me nombraron segundo encargado, me armaron de un gran machete, me calaron un enorme sombrero y me hicieron dueño de un hermoso caballo. He dicho dueño por decir, ya que yo no sabía montar, y el caballo no era el más a propósito para aprender con él. 

Al irlo a tomar de las bridas el primer día, se dio a trotar tan desaforadamente que me llevó arrastrando como cosa de un kilómetro, imposibilitándome durante un mes y pico para todo trabajo. 


Acusado de un complot de intento de asesinato de Wilson

—Ai cabo de muy poco tiempo de vida normal, ya ardía de nuevo en deseos de ir a otra parte. Quería conocer de cerca la vida de los yanquis, y un día me encaminé hacia el puerto del Progreso y me enrolé en un barco como segundo cocinero. 

—¿También? 

—No. No se alarme usted. Yo no sabía de la cocina más cosa que comer. Así es que no pude extrañar que apenas llegados a Nueva Orleáns me tuvieran preparada la cuenta. Al fin y al cabo, no era otro mi deseo. Marché en tren a Nueva York, y ya en ese monstruo de ciudad comienza la parte más seria de mi vida, acusado en un complot absolutamente imaginario. Se trataba nada menos que de un intento de asesinato de Wilson. 

La víspera del regreso de Europa del presidente de los Estados Unidos, nos detuvieron a catorce españoles y nos metieron, sin más explicaciones, en un calabozo. Al siguiente día nos enteramos de las causas de nuestra detención porque todos los periódicos de Nueva York daban la noticia en primera página, con grandes titulares: "Catorce españoles detenidos cuando estaban preparando un complot para el asesinato de Wilson." Una cosa sería, como usted ve. Nos sometieron a un interrogatorio severísimo. 

"¿Dónde tienen ustedes las bombas? ¿Dónde han guardado las bombas? ¿De qué han llenado ustedes las bombas?" 

Todavía no sabemos de qué bombas se trataba, de qué complot ni de qué niño muerto. Pero el caso fué que nos costó nuestro disgusto y mucho trabajo que nos dejasen en libertad. 


Conspirando a ochenta kilómetros por hora

Y aquí tenemos a nuestro hombre, el hoy diputado a Cortes por la provincia de Barcelona Juan Grau Jassans, tostado por todos los soles de la tierra, facturado a Europa en un trasatlántico español.

—Traía pasaporte para Barcelona, pero me quedé en Cádiz, fui a La Línea y estuve trabajando en Gibraltar de dependiente de ultramarinos en un economato para la tropa. Un salto a Tánger, y más tarde, una épica entrada en las ramblas por esa puerta de la Paz que figura en todas las colecciones de postales barcelonesas para turistas. 

Necesitaba ganarme la vida. Trabajar. Pero ¿en qué? Pues... en lo primero que viniese a mano. Y aprendí a conducir un automóvil. Entonces, mi intervención en la vida política y social se hace más intensa. A pesar de todo, no dejo un momento mi trabajo. Conspiro trabajando: en mi coche y en los momentos más difíciles, se maduraban combinaciones revolucionarias, se conspiraba a sesenta, a ochenta por hora, en las barbas mismas de la Policía, sin despertar la menor sospecha. Y en mi coche me sorprendía el 14 de abril, y aquel día les salieron alas a los neumáticos ...


J.D.B.
Estampa, 8 de agosto de 1931