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3437. Intrusismo monacal y clerical

Dije en las Cortes, cuando se discutía el famoso artículo 24 de la Constitución: “Hay monjas confiteras, reposteras, pasteleras, planchadoras, confeccionistas, comadronas y no sé si hasta amas de cría. Hay frailes chocolateros, aguardenteros, licoreros, taberneros, fondistas; y no pocas órdenes religiosas han convertido los históricos santuarios, erigidos por la hispana piedad, en “meublés” y casas de citas, adonde llevan las mecanógrafas y las institutrices que corrompen los ricachos de Madrid y de Barcelona.”

En el Diario de Sesiones quedó eso y nadie lo ha movido. Ni lo moverá, porque esa verdad es una mole que pesa más que el abad de Montserrat cuando sale del refectorio.

El intrusismo monacal y clerical no afecta sólo a las industrias, comercios y actividades que especifiqué en el Congreso. Abarca muchísimos ramos más.

Hay que advertir que esos y otros trabajos no los realiza la clerecía directamente. Explota dichos negocios valiéndose de legos, motilas y mandilones o marmitones, de huérfanos y devotados de ambos sexos, que no son más que obreros a los que se alimenta, viste y aloja de cualquier modo y no se les paga el jornal.

Hay que organizar enseguida un sindicato de sacristanes, monaguillos, mandaderos, novicios y fámulos de casas religiosas, para defenderse de la avaricia de la Iglesia.

No sólo defrauda ésta al Estado, a quien no paga contribución alguna; a los obreros, a quienes resta trabajo; a industriales y mercaderes, a quienes pisa los negocios e invade el terreno, sino que roba a los maestros, a los médicos y a los abogados.

Las tres cuartas partes de los niños de España los moldea el clero a su gusto en deformatorios mal llamados escuelas servidas por dómines zafios y antipedagógicos.

Los hospitales, jurisdicción propia de la ciencia médica laica, los controla todos la caridad, o sea bigardos ensotanados, con menos conocimientos y cultura que una cocinera.

Pero a quienes usurpan los sacerdotes más funciones es a procuradores y abogados.

Los curas administran fincas rústicas y urbanas, redactan contratos, dictan testamentos, arreglan matrimonios. Desde los confesionarios se dirigen más hogares que desde los bufetes y estudios jurídicos.

En fin, que España entera es un inmenso beaterio.

La República ha de aseptizar, fumigar y desratizar el país, o en cada pueblo habrá que empuñar de nuevo la tea purificadora o hacer lo que en La Solana.


Ángel Samblancat
La Traca núm. 109, 17 de junio de 1933








3210. Lorenza Díaz y María Sánchez. Dos monjas que luchan por la República

De izquierda a derecha: Lorenza Díaz, Luisa Carnés y María Sánchez (Foto: Lázaro)


En otros tiempos nos hubiera asombrado un poco la noticia; hoy, no. La guerra cruenta que desangra nuestro país nos tiene acostumbrados a cosas mucho más sorprendentes. 

En Valencia vivían estas dos monjas, en el aposento que descansaron ayer, descansan hoy, aunque esta casa que les cobija haya cambiado de nombre: Hogar Infantil del Socorro Rojo Internacional se llama actualmente el que fué en época no lejana —pero que los acontecimientos hacen antigua— Asilo de Huérfanos de San José de la Montaña. ¿Dos monjas republicanas? Dentro de la pesadilla terrible de esta guerra a muerte entre el fascismo y la democracia, ya nada nos sorprende. Pese a las criminales ayudas compradas de los fascismos internacionales, el fascismo español no puede evitar que la verdad honrada, que el aliento liberador del pueblo, lleguen hasta voluntades que hasta ayer fueron exclusivamente feudo vaticanista. 


Sor Elena se ha convertido en la camarada Lorenza 

Se llamó Lorenza Díaz. Era huérfana. Por desavenencias de familia fué a parar al que fué Colegio de Sirvientas de la calle de Fuencarral, de Madrid. Lorenza Díaz permaneció algún tiempo con las monjas; luego, estas mismas la colocaron en una casa de su confianza; pero pronto la echaron de menos. Lorenza era trabajadora y hacendosa. ¡No estaba mal para servir a las pensionistas del colegio y a las mismas monjas! Muchas horas de trabajo. A las cinco y medía, arriba. Dos horas de rezos en la capilla fría en invierno (la calefacción sólo se utiliza para las señoritas pensionistas). Luego, el desayuno, un poco de caldo, un agua sucia, en la que flotan unos mendrugos duros, sobras de otras mesas. Los estómagos delicados, que no transigen con la bazofia matinal, han de abonar veinte céntimos a cambio de un vaso de mal café. Pero son demasiados rezos, poca comida y muchas horas de trabajo. Lorenza se cansa del Colegio de Sirvientas, de su régimen y de las pensionistas, el piso de cuyas habitaciones hay que pulir todos los días. Una conocida le habla de otro convento, de otras monjas (Lorenza no piensa que todos los conventos y todas las monjas son iguales), y hacía allá se dirige. De aquel convento de Madrid, Lorenza Díaz pasó al Asilo de Huérfanas de San José de la Montaña. Hoy, 12 de octubre del decisivo 1936, está hablando conmigo, en el jardín del ex asilo. Lorenza se ha pintado los labios y las mejillas, se ha empolvado. Es una muchacha reflexiva y serena. Me habla: 

—Ellas (las monjas) decían que yo había nacido para monja, porque soy calladita y seria. Pero la verdad es que los rezos me cansaban, y aquella autoridad, aquel dominio de las monjas, también. No nos dejaban hablar unas con las otras, ni reír. Aquí había muchas niñas, que en las horas de recreo yo prefería su compañía a la de las monjas, pues esto tampoco les agradaba. Ocho meses pasé así en el convento. Me hicieron novicia. 

—¿Y al llegar la guerra? 

—Algunas monjas "perpetuas" se marcharon a Chile y a la Argentina. Pronto llegaron a hacer guardia nocturna algunos señoritos fascistas valencianos. Las monjas les preparaban buena cena y buena cama... Cuando empezaron los tiros los fascistas se marcharon y ya no se volvió a saber de ellos. Las monjas decían que habían llegado "los malos", "los ateos" y que quemarían la iglesia y nos matarían a todas. No fué así. Cuando las Milicias llegaron al convento hicieron levantar a una de las monjas, que se había puesto de rodillas y en cruz ante ellas, y la dijeron que no temieran nada, pues los trabajadores son unos hombres que sólo quieren paz y trabajo, pero no asesinos de mujeres indefensas. Luego dijeron: "La que se quiera quedar a trabajar, que se quede." Todas, menos una, nos fuimos. Los milicianos nos trasladaron a pensiones y a casas de particulares. Yo echaba de menos a "mis niñas" y volví. 

Entonces me puse en contacto con la organización del S.R.I., que había transformado el convento en Hogar Infantil.

—Sor Elena. "Ellas" no querían nada que me recordase el mundo exterior. 


La ex monja que daría la última gota de su sangre por servir a la causa de los trabajadores

María Sánchez Martínez tiene diecinueve años. Es de Mojente, un pueblecito valenciano. Ha sido sirvienta varios años. Luego, monja. Muy alegre e inquieta. Sobre su pecho luce con orgullo una insignia del Partido Comunista, y al. enfocarla el objetivo el camarada Lázaro le dice a éste: 

—¿Se ve bien la insignia? 

En el brazo izquierdo un brazalete del S.R.I. Trabajadora infatigable y entusiasta. Cuida las aves, los bichos, las vacas del Hogar Infantil, las ordeña, hace colectas para las Milicias, vende "Ayuda" y la revista femenina de Valencia "Pasionaria". 

—Y grito que es un gusto. Y saco mucho dinero para las Milicias.

—¿Has sido monja mucho tiempo? 

—No; poco más de un mes. 

Luego, con el pretexto de que no tenía más familia que unas hermanas, que no me hacían ni caso, me trajeron con las monjas. Pero estaba de ellas hasta el último pelo. Eso de que no podía asomarme ni a una ventana... Con lo que a mí me gustaba la libertad... Por eso, cuando vinieron las Milicias me quedé con ellas. 

—¿Qué hacías? 

—Anda, trabajar... Nadie entiende a las vacas y a las gallinas como yo. Y no crea que, al principio, me dió miedo cuando empezaron a quitar los santos de la iglesia... Una, aunque no era beata, tenía sus creencias. Pues temía que nos pasara a todas algo malo. 

—¿Y qué pasó? 

—Mira, tú..., no pasó nada. Los santos eran de madera pintada... ¿Qué había de pasar? Los santos no matan. Esto me convenció de que todo lo que nos decían las monjas eran mentiras. 

—¿Es verdad que te has hecho comunista? 

—Claro que es verdad —me dice la monja—. Pertenezco al S.R.I., pero trabajo también para el partido, vendo periódicos y pido para las Milicias. Lucho y lucharé, hasta dar la última gota de sangre, al lado de los comunistas, para que no haya el día de mañana mujeres que a mi edad no sepan leer ni escribir... y porque no vuelvan las monjas a España... ¡Quita, camarada, no quiero ni mentarlas! Con lo que a mi me gusta la libertad, con lo que me gusta hablar fuerte y reír... 


Luisa Carnés
Ahora, 14 de octubre de 1936










3124. Los seminaristas que quieren vestir el mono de miliciano

Seminaristas recogidos en Madrid (Foto Vicente López Videa/Mundo Gráfico)



Entre la acción que improvisadamente, y saliéndose, por la fuerza de las circunstancias, de su misión habitual, está desarrollando ahora el Consejo de Protección de Menores, figura la recogida de muchachos que recibían .enseñanza en Seminarios religiosos. 

Tras estos seminaristas palpita un drama que no es el de haber abandonado sus residencias de siempre y el de verse, de pronto, en un ambiente de lucha y de inquietud muy distinto del vivido por ellos hasta ahora. Es el drama de ver que de ellos huyen los que más obligados estaban a ampararles. Se han dado en esto casos de profunda lección. Así, por ejemplo, uno de esos muchachas recogidos por el Consejo de Protección de Menores fué enviado a un convento de religiosas, de acuerdo con la superiora de la institución. Al día siguiente, las monjas pedían que se llevasen al chico. «Su presencia puede ser aquí un peligro. Usted sabe cómo están los ánimos.» 

El Consejo ha atendido, siempre que le ha sido posible, a enviar a esos seminaristas junto a sus familiares. Cuando esto no ha sido posible, les ha instalado en las distintas residencias ahora creadas. Iba preguntando a los mismos muchachos dónde tenían familia. Uno dijo que tenía un tío aquí, en Madrid. Y con un miembro del Patronato fué el muchacho a ver a ese familiar: y éste no le conoció, no le quiso conocer, diciendo, que no tenía tal sobrino. Naturalmente, el delegado del Consejo comprobó que aquel hombre era, efectivamente, tío del seminarista —hermano de la madre—,  y le obligó a que se quedara con el muchacho. 

—Pero, tío, ¿no te acuerdas de mí?—preguntaba el chaval, espantado. 

Otro caso más impresionante aún: una madre, residente también en Madrid, se negó a que su hijo, seminarista, fuese a vivir a casa de ella. 

—Y si vienes aquí, te denuncio a las Milicias. 

El Consejo de Menores ha atendido a todos estos muchachos. Quedan en Madrid algunos de ellos todavía, no enviados aún a las residencias en que están sus compañeros. Siete, por ejemplo, están en uno de los colegios religiosos ahora incautados, en la calle de Juan Bravo, mezclados a otros chicos procedentes de distintos sitios y Fundaciones. Son siete muchachos procedentes del Seminario de Uclés, donde estudiaban o prestaban sus servicios como legos, como sirvientes de la residencia religiosa. Vive sobre ellos el ambiente conventual, el espíritu de los años vividos en el silencio del Seminario. Sus expresiones, sus actitudes, se reflejan constantemente. 

—Hace unos días —nos dicen en su residencia actual— salimos con algunos de ellos a hacer unas compras, y en todas las tiendas los reconocían. 

El primer día que estuvieron en este sitio lo pasaron acobardados, temerosos, con miedo de que les hicieran algo. Les convenció el tiempo de que no había razón para ese temor, y fueron confiándose, hablando, riendo. Una vida nueva, un nuevo ambiente estaban ante ellos. Una mañana se pusieron unos lazos rojos en sus blusas. Y ahora todo su empeño es vestirse el «mono» azul del miliciano, y hasta les gusta contemplar y coger el fusil de Alfonso, el miliciano que guarda la residencia.

 —¿Y nuestros compañeros? ¿Qué sabe usted de los que estaban con nosotros?—es la pregunta inmediata de todos. 

Son útiles estos siete muchachos. Ayudan en la cocina, en la limpieza. Por las tardes, algunos tocan el piano. Charlan y bromean con los otros chicos de la residencia. Quisieran, naturalmente, volverse a sus pueblos, en tierras de Zamora, de Palencia, de Burgos. Pero no saben lo que harán, lo que serán sus vidas futuras. 

Ahora, por lo pronto, en su residencia de Madrid, pasado el temor y la zozobra de las horas primeras, estos muchachos, que hasta hace unos días llevaban hábitos, piensan afanosamente en vestirse el «mono» azul del miliciano.


Mundo Gráfico, 12 de agosto de 1936








3096. Yo soy un sacerdote de Cristo...




Confieso francamente que no pertenezco a ningún partido político. En España era un español que amaba a su patria, prestando atención a sus deseos. 

Por la prensa rebelde, e incluso por alguna clase de prensa extranjera, se ha hecho creer que todos los católicos están al lado de los rebeldes. Esto es completamente falso. Hay católicos españoles —los más eminentes— que condenan la guerra civil y se han colocado decididamente al lado del Gobierno de la República. Y aun hay más: hay importantes regiones de España, como son, por ejemplo, Cataluña y el País Vasco, en las que los católicos luchan juntamente con los partidos del Frente Popular.

Creo que no me equivoco al afirmar que esta noble actitud de los católicos vascos y catalanes está contribuyendo en gran parte a rectificar el juicio adverso de muchos de los que combaten al Gobierno español por razones religiosas.

La pasión política se ha infiltrado en la Iglesia católica española, apartándola de sus deberes cristianos. Un examen del bando en que luchan los católicos nos convencerá más aún de esta verdad. A la cabeza del movimiento están casi absolutamente los militares. De éstos sólo sé una cosa: que han pecado contra su deber como cristianos y como patriotas al romper su juramento de honor y fidelidad al Gobierno.

Otro grupo que está al lado de los rebeldes es el formado por la llamada aristocracia, alta burguesía y terratenientes. No necesito discutir el catolicismo de esta gente rica. Sólo sé una cosa: que la religión católica no tiene nada que hacer con su feroz egoísmo, con su privilegio de gozar las riquezas acumuladas con la sangre y las lágrimas de sus hermanos. 

Otro grupo del campo rebelde son los carlistas. Sueñan con la restauración de los Austrias y con un despertar en España de la Inquisición. Unidos a ellos están los fascistas. 

El terrorismo y la demagogia del fascismo español se han desarrollado gracias a la evidente y lamentable complicidad de los católicos y del clero. 

Los eclesiástlcos se han unido a estos  grupos políticos, en vez de dar ejemplo de sumisión y obediencia al Gobierno legitimo. Este hecho ha producido una gran inquietud en las almas verdaderamente cristianas. 


Luis Sarabesola
Presbítero
Ahora, 3 de marzo de 1937








3085. Un sindicalista salva del fuego la imagen del Cristo de la Santísima Sangre en Denla




El salvador de la escultura había estado condenado por los sucesos de Octubre 

Una iglesia en llamas 

La  vida tranquila de Denia se vio alterada un día por un incendio de dramáticas proporciones. Estaba ardiendo la iglesia de las Agustinas Descalzas. Un cortocircuito habla producido el fuego, y eran inútiles cuantos esfuerzos se hacían para dominar las llamas. El incendio seguía, y la gente contemplaba emocionadamente cómo crepitaban los altares, cómo caían puertas y ventanas, cómo una espesa columna de humo se elevaba al cielo. 

La iglesia era de un gran valor artístico e histórico al mismo tiempo. Fundación real —en la España gloriosa de los Felipes—, el templo guardaba, especialmente, una imagen que tenia los máximos fervores en el pueblo: el Cristo de la Santísima Sangre. Esta imagen tenía en torno suyo una leyenda de milagros. Eran muchos los que en Denia o en los pueblos comarcanos debían al Cristo el remedio de una desgracia o el alivio en una angustiosa situación. 

El incendio iba destrozando todo. Con una increíble rapidez devoraban las llamas cuanto encontraban a su paso. Todas las personas congregadas allí tenían en su pensamiento y en su mirada la misma angustia: la suerte que pudiera correr aquel Cristo de la Santísima Sangre. En los rostros anhelantes se reflejaba esta profunda emoción. 

—¿Y cl Cristo? ¿Qué será del Cristo? 

Algunos tienen la intención de entrar para salvar la imagen milagrosa. Mas todo intento es imposible. Fuertes columnas de humo cierran el paso. No se puede avanzar. El desaliento se pinta en los rostros de los que han de contemplar resignadamente aquella infatigable destrucción de las llamas. El fuego sigue y sigue, y ya la imagen del Cristo, seguramente, arde en la gran hoguera que está consumiendo el templo. 

En las monjitas que habitaban el convento a que pertenecía esta iglesia, el dolor se hace más trágico. Están allí, contemplando la furia del fuego, llorando por los altares destruidos, llorando, sobre todo, por aquella imagen que era la mejor joya del templo: junto a su valor artístico, la escultura tenia para todos una emoción sentimental. Una luz irreal de milagro parecía envolver a la imagen.

Entre los que contemplaban el incendio, entre los que iban y venían queriendo abatir aquel vendaval del fuego, un hombre, de pronto, surge, más decidido que todos. Actitud resuelta, gesto firme. Desafía las llamas, entra en el templo, pasa por entre la humareda. Su decisión causa estupor entre los allí reunidos. Unos a otros se preguntan quién es. 

—Es Baldó —se oye—. Ese muchacho sindicalista...

Momentos después, estaba salvada, merced al gesto valeroso de este hombre, la imagen del Cristo de la Santísima Sangre.


La imagen milagrosa 

Tenía la iglesia destruida un abolengo ilustre: había sido fundada por Felipe III, a instancias de su privado el duque de Denia, en los comienzos del siglo XVII. El propio monarca apadrinó a una de las doce novicias fundadoras del convento, dotadas cada una de ellas por el favorito del rey con seiscientas veintisiete libras anuales. 

Fue inaugurado este convento de Agustinas Descalzas por el mismo Felipe III. Denia tuvo una gran devoción hacia este templo. Devoción que un hecho singular hizo acrecer considerablemente, a partir de 1633. En el mes de Marzo de ese año se declararon en Denia unas fiebres contagiosas, que causaban numerosas victimas entre los habitantes de la ciudad. No se lograba combatir el mal, y el día de la Santísima Sangre (13 de Julio) un religioso, fray Pedro Esteve, bendijo ante el altar en que se veneraba el Cristo citado los panes que había de consumir el pueblo. 

Comieron las gentes ese pan. Inmediatamente decreció la mortalidad, desapareciendo la epidemia. No sólo esto: en el resto del año y en los años sucesivos hubo muchas menos defunciones, como posteriormente se ha podido comprobar por los libros parroquiales. 

Esta es la imagen milagrosa y venerada que un extremista, ha salvado ahora del fuego en Denia.


Cómo ha quedado el templo 

Las huellas dramáticas del incendio están, mudas y dolorosas, en lo que queda en pie de la destruida iglesia de Agustinas Descalzas. Todos sus muros están ennegrecidos, desconchados por las llamas. En las paredes interiores, magníficamente decoradas antes por los altares, sólo hay ahora unas enormes pinceladas negras. El suelo está lleno de escombros y de astillas. Restos de artesonado, hierros retorcidos, trozos calcinados de objetos religiosos... Las puertas han quedado totalmente destruidas. Se desprende de la iglesia destrozada una infinita sensación de tristeza. Nada ha podido ser salvado del templo. Nada, excepto esa escultura que un muchacho de la C.N.T. consiguió liberar de las llamas, jugándose su propia vida.


Cómo cuenta su hecho el sindicalista que salvó al Cristo de la Santísima Sangre 

Un café del Paseo del Marqués del Campo. Unos cuantos hombres de ideas avanzadas se reúnen en él. Se oye el ruido de las fichas de dominó. A veces, entre los comentarios a la partida, se escuchan opiniones de táctica política y de lucha sindical. 

—Ahora cierro a blancas...

—Pues yo os digo que si Pestaña... 

Entre esos muchachos que hablan y juegan al dominó en tomo a una mesa está Baldó, el sindicalista que libró del fuego a la imagen de Cristo de la Santísima Sangre. 

Es un muchacho joven y fuerte, de mirada leal y expresión tranquila. Sigue atentamente las incidencias del juego. Habla marcando mucho las eses, en señal de buen alicantino. 

Cuando le hablamos de aquel gesto suyo con el que logró salvar la imagen, hay en él una sonrisa ingenua, de buen muchacho que no reconoce mérito a lo que hizo. 

—¡Bah! Aquello no tuvo importancia. Me pareció que en aquellos momentos era mi deber. Y me lancé a ello, sin fijarme en si corría o no riesgo, atento sólo a que el fuego no destruyese  aquella escultura tan venerada por Denia. 

—¿Qué le impulsó a usted a lanzarse a las llamas con el propósito de salvar el Cristo? 

Tarda unos momentos en responder Baldó. Por su frente parece pasar el recuerdo de aquellos instantes trágicos. Empieza a hablar, poniendo en sus palabras un firme acento de verdad: 

—Mire usted; le voy a ser sincero. Vi en las monjitas del convento una expresión tan triste, que eso fue lo que me hizo ir en busca del Cristo. Lloraban silenciosamente. Me pareció leer en sus lágrimas la pena por la pérdida de aquella imagen. Fue un instante nada más. Cerca de mí los bomberos aseguraban que no era posible salvar el Cristo. Todos presenciaban consternados cómo el fuego destruía la iglesia. Sin pensarlo casi, sintiendo en el corazón una fuerza secreta que me empujaba, me lancé al fuego. ¡Adelante! Yo, entonces, no me di cuenta de que pudiera correr peligro. A saltos crucé por entre las hogueras, cogí la imagen y salí de nuevo al aire libre, fuera ya de aquel calor espantoso. Mientras estaba en el templo sentí que me ahogaba; sentía junto a mí los lengüatazos de las llamas. ¡Bah! ¿Qué era todo eso al lado de la alegría que vi en los rostros de las monjitas al ver salvada su imagen? Lloraban de gozo. 


El salvador de la imagen estuvo encarcelado por el movimiento de Octubre

—Me han dicho que es usted sindicalista. 

—Sí. Soy un creyente firme de la causa proletaria. Tan firme, que intervine en el movimiento revolucionario de Octubre, y por él estuve después encarcelado. Tampoco tiene importancia. Es cumplir un deber nada más. Creí que entonces mi deber era unirme a la revolución, como he creído ahora que mi deber estaba en salvar esa escultura, por la que estaban llorando las monjitas de Denia. 

La mano de Baldó se tiende leal en signo de despedida. El muchacho rehuye hablar de sí mismo. Pero este admirable gesto suyo no es solo un hecho material, no es simplemente el salvamento de una obra de arte y de fe. Hay en ello, además, un significado espiritual y simbólico, un signo de comprensión y de generosidad, la afirmación de que todas las ideas son posibles y de que por encima del rencor político y social hay un imperativo de amor y de respeto. En esta hora sombría, mientras el hombre es lobo del hombre y mientras el odio y la crueldad separan fratricidamente a los hombres de España, allá, en una ciudad levantina, un muchacho de la C.N.T. salva de la hoguera al Cristo de la Santísima Sangre. 


Mundo Gráfico,
17 de junio de 1936








2938. Educación patriótica




Circular dictada en abril de 1940 dirigida a los Alcaldes y Presidentes de las Juntas Locales de Educación que debían comunicar a los maestros indicaciones concretas sobre la labor “tan eficaz que debían realizar en los aspectos cultural, religioso y patriótico”: 


Educación Religiosa

No se concretará la educación religiosa a las enseñanzas del Catecismo e Historia sagrada, a las que se concederá preferencia primordial, sino que toda la labor escolar estará impregnada de un profundo sabor cristiano, teniendo en cuenta que no existe ninguna materia de enseñanza de la que no se pueda sacar frutos que demuestren la excelencia de las cosas divinas. Los niños saludarán al Maestro, al entrar en la clase, con la españolísima frase de AVE MARÍA PURÍSIMA, a la que no se olvidará NUNCA, contestará por el Profesor, con la de SIN PECADO CONCEBIDA. En todas las sesiones escolares se rezarán las clásicas oraciones de entrada y salida, terminadas con u Padre-nuestro. 

Los sábados se rezará el Santo Rosario y se hará explicación del Evangelio correspondiente a la Misa del día siguiente. Durante el mes de Mayo se hará diariamente el ejercicio de las Flores a la Santísima Virgen. 


Educación Patriótica

Todos los días de clase y antes del comienzo de ésta, se irzará la Bandera Nacional en parte exterior del edificio escuela, dando el acto la debida solemnidad, cantándose por los niños con el brazo extendido el HIMNO NACIONAL, terminando con los gritos de ¡FRANCO ¡ ¡FRANCO ¡ ¡FRANCO ¡¡ARRIBA ESPAÑA! ¡VIVA ESPAÑA!. De la misma forma se arriará la Enseña de la Patria, al terminar cada sesión. Se aprovecharán todas las fechas conmemoraciones de hechos salientes de la pasada Cruzada para inculpar en los niños sentimientos de acendrado españolismo y se enaltecerá la figura del CAUDILLO que supo llevar a la Patria a los días de gloria y de justicia que estamos contemplando. 

Diariamente se hará una lección de Educación Cívica y de Patriotismo entresacada de las gloriosas páginas de la Historia de España. 

(B.O.P. de Guadalajara, 87, 10/4/40) 


Tomado de La depuración del Magisterio de Primera Enseñanza en Castilla-La Mancha (1936-1945. Memoria para optar al grado de Doctor presentada por Sara Ramos Zamora.

  









2590. El reino de las contradicciones. España: de la guerra civil al referéndum de 1966 - Trece

Barcelona, 11 de mayo de 1966. Tras concentrarse en la catedral, los sacerdotes iniciaron la marcha hacia la jefatura de policía
(Thomas Hoepker/La Vanguardia)


Trece

A pesar de la distensión, hay todavía presos políticos en España. Y son unos cuantos. El régimen mismo lo reconoce, sin proponérselo, cada vez que anuncia que se reduce una pena de once a nueve años, otra de veintitrés a quince.

Aplicándoseles el rótulo común de "agitadores rojos", se ha encerrado y se encierra, en realidad, a hombres de todas las tendencias –en un país donde, por lo demás, se cultiva en estos últimos tiempos con particular dedicación la relación con los gobiernos de "agitadores rojos" que han tomado el poder.

Contra lo que se cree habitualmente en el exterior, es alto el porcentaje de católicos que van a parar a la cárcel con cierta frecuencia en España. Tampoco se sabe, fuera de fronteras, que hubo agitadores católicos en el origen de las huelgas de Asturias, y se ignora que una considerable cantidad de revistas y publicaciones católicas han sido confiscadas o clausuradas por el régimen en estos últimos años. El convento de benedictinos de la Abadía de Montserrat, publica la revista más liberal de cuantas aparecen en España: Serra d’Or, en catalán: otro convento de Barcelona, el de los capuchinos de Sarriá, fue sitiado por la policía durante tres días en marzo de este año: se había realizado allí una asamblea estudiantil prohibida por el régimen. Fue en el Instituto de Química de este mismo convento, donde Raimon realizó una de sus más espectaculares funciones-mítines, ante un público de 6500 muchachos congregados por el Sindicato Democrático de Estudiantes (ilegal) y numerosos policías de uniforme o de civil que no se atrevieron a intervenir. En estos últimos tres o cuatro años, el movimiento juvenil católico de izquierda de Barcelona que ha funcionado siempre clandestinamente, varió su nombre tres veces: las sucesivas modificaciones dan la pauta de un proceso de cambio que va mucho más allá de las palabras. Comenzó llamándose "Católicos Catalanes", después "Cristianos Catalanes" y más tarde "Comunitarios Catalanes": ahora se llama "Fuerzas Federales Socialistas". Es una editorial católica de Barcelona la que se apresta a publicar un texto del marxista Ernest Mandel, que verá la luz al mismo tiempo que una nueva edición de un manual de consejos sacros para jovencitas de quince años.

Conocí en Madrid al sacerdote José Baylo. Había salido de la cárcel hacía poco tiempo. Siendo capellán, un tribunal militar lo acusó y condenó, en 1962, por "mantener contactos con elementos del Partido Comunista". Se trataba de un "delito" eclesiástico, no militar ni civil: hay cánones y textos pontificios que condenan las relaciones con los marxistas. Baylo sufrió, pues, las consecuencias de un proceso eclesiástico sin haber pasado por él. Durante su larga detención, la Iglesia lo abandonó: fueron inútiles las cartas a los obispos, las reclamaciones, todos los propósitos de comunicación con la jerarquía. Sus propios colegas le hicieron el vacío: cuando le pidió a un capellán que sacara del cuartel unas líneas dirigidas a un abogado eclesiástico, el sacerdote le dijo que él era capellán y no cartero. El de Baylo fue un claro caso de cobardía colectiva de la Iglesia, todavía presa del pánico a la contaminación marxista, funcionando todavía dentro de los esquemas que la han convertido en una empresa de venta de entradas al Cielo. Pero ya en estos últimos tiempos soplan vientos de Concilio también para la Iglesia española: de 1962 a 1967, varios siglos han transcurrido.

José María González Ruiz, canónigo de la Catedral de Málaga, una de las más altas autoridades de la Iglesia en el país, de prominente actuación también en Roma, mantiene relaciones públicas y notorias, hoy día, con marxistas de varias tiendas, publica libros y dicta conferencias en este sentido, envía cartas a L’Unitá. Fue él quien organizo la manifestación de curas en Barcelona, en la primavera de 1966, severamente reprimida por la policía.

Hay en Madrid cincuenta mil niños sin escuela por falta de locales, pero se organizan campañas para levantar 186 nuevas Iglesias. Para inscribir a un niño en las escuelas españolas, se requiere el certificado de vacunación, pero también el de bautismo: en los pueblos, son los curas quienes expiden los certificados de buena conducta. Si un hombre o una mujer quieren casarse sin ceremonia religiosa, deben abjurar públicamente de la fe católica: quien no está casado por la Iglesia es soltero porque así lo han decidido las leyes y la moral pública.

La "España negra", el imperio de curas, militares y señoritos, no es un invento. No por casualidad, el régimen difundió, en los días del referéndum, papeletas sin pie de imprenta aconsejando votar "sí". Y sin embargo, dentro de esta misma Iglesia cuya jerarquía había decidido que el aplastamiento de la República era la última Cruzada de la Edad Media, surgen las más estridentes voces de protesta contra sus propios privilegios y las injusticias del régimen.


Eduardo Galeano
El reino de las contradicciones.  España: de la guerra civil al referéndum de 1966
Cuadernos de Ruedo ibérico núm. 10, diciembre-enero 1967