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3137. Volver no es volver atrás


José Bergamín Gutiérrez
(Madrid, 30 de diciembre de 1895 - Fuenterrabía, 28 de agosto de 1983)




Volver no es volver atrás.
Lo que yo quiero de España
no es su recuerdo lejano:
yo no siento su nostalgia.

Lo que yo quiero es sentirla,
su tierra, bajo mi planta;
su luz, arder en mis ojos
quemándome la mirada;

y su aire que se me entre
hasta los huesos del alma.
Volver no es volver atrás.
Yo no siento la añoranza,

que lo que pasó no vuelve,
y si vuelve es un fantasma.
Lo que yo quiero es volver
sin volverme atrás de nada.

Yo quiero ver y tocar
con mis sentidos España,
sintiéndola como un sueño
de vida, resucitada.

Quiero verla muy de cerca,
cuerpo a cuerpo, cara a cara,
reconocerla tocando
la cicatriz de sus llagas.

Que yo tengo el alma muerta,
sin enterrar, desterrada,
quiero volver a la tierra
para poder enterrarla.

Y cuando la tierra suya
la guarde como sembrada,
quiero volver a esperar
que vuelva a ser esperanza.

Volver no es volver atrás:
yo no vuelvo atrás de nada.


José Bergamín

París, 1957






2903. A Unamuno




la mar, de la que soy
cada vez, más íntimo amigo
M. de Unamuno


A esta soledad a solas
(acantilado en que rompen
los sueños como las olas)
he vuelto para soñar,
como Unamuno soñaba:
la “íntima amistad del mar”.

Soledad de soledades
de la mar, siembra en el viento
de futuras tempestades.
De los vientos que sembraba
nunca pudo cosechar
la tempestad que esperaba.

Y esta mar brava o en calma
acompañó el solitario
diálogo con su alma.

Como si la mar no fuera
más que el soliloqueante
soñar de su vida entera.

Mar cántabra unamuniana,
vuelvo a ti para encontrar
su íntima amistad lejana.

Para volverla a soñar.


José Bergamín







2886. Europa y el caracol


José Bergamín Gutiérrez
(Madrid, 30 de diciembre de 1895 - Fuenterrabía, 28 de agosto de 1983)



Huyendo de la paz marchóse Europa.
Quien, por no darnos crédito a los ojos,
no quiso compartir nuestros enojos
ni con nadar ni con guardar la ropa.

No se movilizará tanta tropa
sino como muestrario de despojos;
para enseñarnos negros, luego rojos,
entre dientes serricas de galorpa.

Hoy fue la paz; mañana será la guerra
yace inerte la más desbaratada
voluntad de vencer que hombre tuviera.

Paz sepulcral enlutará la tierra,
muerta de miedo, de morir matada;
quien no la vio venir no lo creyera.


José Bergamín








2725. Mi viaje a Inglaterra

A fines de 1950, fui en compañía de José Bergamín, Como delegado por los españoles residentes en el Río de la Plata, al II Congreso Mundial por la Paz, que habría de celebrarse en Sheffield, una ciudad cerca de Londres. Publico aquí parte de la memoria que escribí a mi regreso para dar cuenta del viaje y de las decisiones tomadas en aquella magna asamblea. Viaje comenzado de manera grotesca, divertida, en el aeródromo de Londres, y terminado de manera grandiosa en Varsovia, aquella heroica ciudad recién surgida entonces de los escombros. (1968)


I

Una mañana brumosa de febrero del año 1940, dejábamos el puerto de Marsella en un barco, el Mendoza, camino de estas orillas del Río de la Plata. Los españoles recordamos bien aquellos días. Los campos de concentración de Francia y de África seguían llenos de nuestros soldados, de nuestras mujeres y niños, tan sólo por el crimen de haber sido los primeros combatientes, los primeros héroes en la lucha contra el fascismo internacional, que no ya sólo acababa de apuñalar a la República española, sino que se expandía, como una leva de muerte, por todas las ciudades y campiñas del continente europeo. Recuerdo que yo escribía, al zarpar de los litorales franceses camino de América, estos versos sobre mi vieja Europa:

Ahí quedas, vieja Europa sacudida
de Norte a Sur, de Oriente hasta Occidente.
Hora de la partida.
Te abandono apagada, tristemente encendida.
Con otra luz espera volverte a hallar mi frente.

Abandonaba una Europa a oscuras, tan sólo iluminada por el fuego de los cañones y las bombas incendiarias que llovían del cielo. Casi once años iban a cumplirse en 1950 de estos versos, cuando yo, acompañado de José Bergamín, remontaba las nubes del Atlántico de regreso a ese viejo mundo que nos diera la vida y con ella el orgullo de todo lo que somos.

Con otra luz espera volverte a hallar mi frente...

Vuelo de maravilla sobre el mar. Vuelo conmovido sobre los montes, los campos y ciudades amaneciendo, de nuestra España. Vuelo ilusionado de Ginebra a Inglaterra, rumbo a Sheffield, a la magna asamblea de la Paz, a unir allí mi voz a la de todos, en nombre de tantos españoles de estas orillas americanas.

Con otra luz espera volverte a hallar mi frente...

Sí, con otra luz, bajo otra atmósfera distinta a la de aquellos días de oscuridad y de espanto, soñaba yo encontrar a Europa, de la que Gran Bretaña iba a ser la primera tierra suya que tocarían mis pies después de tantos años de ausencia.

El aeródromo de Northolt apareció de pronto en un desgarrón de la bruma. Y con las tímidas luces encendidas para alumbrar un poco la larga tarde otoñal que se borraba, entramos José Bergamín y yo a la Inglaterra del gobierno laborista de míster Attlee, representada —¡oh sorpresa!— por los seis más selectos detectives de Scotland Yard —esto lo supimos después no sé por qué diario—, que con una elegante distinción muy británica nos esperaban rígidos, como seis rubios palos, tras unos pequeños pupitres con aire de colegio. Media hora de interrogatorio, acompañado de las más corteses inclinaciones de cabeza, de las más hipócritas sonrisas, distribuidas convenientemente entre el deliberado candor de las preguntas. Y como disparo, de pronto, la esperada:

—¿Viene usted al Congreso de la Paz?

Como objeto del viaje escrito en mi visado concedido por el consulado británico de Montevideo, ponía: «Estudios y conferencias.» Conferencias, es cierto, que tanto Bergamín como yo hubiéramos dado en las universidades de Cambridge y Oxford, en donde viejos hispanistas amigos nos esperaban; estudios que en las grandes pinacotecas de Londres sobre todo yo hubiera hecho, para ampliar mi libro de poemas dedicados a la Pintura.

—Sí, asistiría, ¿y por qué no?, al Congreso de partidarios de la Paz, autorizado por su Gobierno —le dije—. Sé que viene una delegación de republicanos españoles. Sé que vienen en ella Pablo Picasso y el doctor Giral, nuestro presidente del Consejo de Ministros de la República española en destierro.

Una nueva sonrisa, la más larga y pérfida de todas, me dedicó, levantándose a la vez de su pupitre y diciéndome:

—Ahora tengo que ver su equipaje.

Ver, por lo que pude ver yo luego, era sólo otra fórmula distinguida en la manera de hablar de aquel detective, porque me revolvió de arriba abajo el equipaje, desventrándolo todo, poniéndolo imposible, sacando afuera, de entre mis calzoncillos y camisas, algunos ejemplares de mis libros de versos (que se encuentran en todas partes, incluso en las librerías de Londres), un borrador de mi Cantata de la Paz y una serie de conferencias, escritas a máquina, sobre Garcilaso, Fray Luis de León, Góngora, Quevedo, García Lorca y Machado. Estas eran las terribles materias explosivas que escondía mi equipaje. Todo lo manuscrito y mecanografiado se lo llevó el astuto y elegante detective de míster Attlee, mientras un nuevo policía me conducía al bar del aeródromo, en donde otros policías, leyendo, distraídos, las patas sobre las mesas, me recibieron sin mirarme. Poco después hacía su aparición en aquel mismo bar José Bergamín, a quien también otro selecto detective había interrogado y registrado por su parte. Venía Bergamín bastante sonriente, alimentando ciertas posible esperanzas de traspasar las puertas de la aduana y dirigirse libremente, como en país de tradición tan liberal era lógico, al lugar del Congreso —Sheffield—, no muy distante de Londres. Pero... Nuestros cariñosos y atentos detectives no consintieron ni por un momento dejarnos de mostrar su simpatía. Primeramente me tocó a mí. Apareció de nuevo el mío, quien después de entregarme mis originales me pidió le enseñara todo cuanto tuviese en los bolsillos. No debió de satisfacerle mucho mi autorregistro, pues luego de mostrarle la cartera y el cuaderno de direcciones, me registró él con sus propias manos, convencido sin duda de encontrarme, tal vez en el hoyo de una axila, alguna misteriosa bomba atómica de fabricación... uruguaya. Terminada tan fina y sutil tarea, me entregó un estrecho papelito amarillo en el que se decía que por el artículo primero —es decir, sin más explicaciones— no se me consentía la entrada en el Reino Unido, en la gran patria de Shakespeare, de Cromwell y el gobierno socialista de míster Attlee.

Momentos después, con el casi ilusionado Bergamín hicieron lo mismo: o sea que por medio de otro papelito amarillo y el fulminante artículo primero lo dejaban recluido en aquel bar del aeródromo, cerradas para él, con diecisiete mil llaves, las puertas de Inglaterra.

¡Oh pobre míster Attlee! Yo me acordaba en aquel bar —que Bergamín con mucha gracia llamó bar de concentración— donde nos hicieron pasar la noche en una silla, de que yo fui con mi mujer tu guía por los heroicos frentes de Madrid, nuestra invencible capital de la gloria. Y me acordaba también cómo con tu acompañante, la diputada laborista Hellen Wilkinson, en una fiesta del Teatro Español, a la que con ella fuiste invitado, pediste a voz en grito a nuestros combatientes: «Resistid! ¡Resistid!», pues el poder para ti y los de tu partido lo considerabas muy próximo, y la ayuda, entonces, de tu país y tu gobierno a la República española la salvaría de la muerte a manos de Franco, Hitler y Mussolini. ¡Resistid! ¡Resistid! Dos españoles de esa resistencia estábamos llamando a los umbrales de tu casa, ¿y cuál fue tu acogida? Seguramente si en nuestro pasaporte se hubieran cruzado las flechas de Falange, nos habrías hecho entrar gustoso en tu antesala y sentado luego a tu propia mesa.

¿Era ésta la nueva luz que yo esperaba a mi regreso a Europa? Afortunadamente, no, no era ésa. La nueva luz iba cayendo en Inglaterra desde los aviones, llenos de amigos de la paz, que arribaban, ilusionados, para el Congreso; iba llegando en los barcos que por el mar del Norte, el Canal de la Mancha, el Atlántico se acercaban a los litorales ingleses; la nueva luz se encontraba también dentro del Reino Unido, al lado de aquel mismo míster Attlee y sus caninos detectives encargados de oscurecerla.

A todo esto, nuestro bar de concentración se iba animando. Un nuevo prisionero de la paz entraba en él. Alegre, movido, lleno de carcajadas. Era el presidente de la delegación noruega. Dos italianos, que yo al principio creí dos policías, se encontraban en el bar antes de mi llegada. Eran un hombre y una mujer, también delegados al Congreso. El, amigo de España, soldado de la Brigada Garibaldi en los años de nuestra guerra. Su manera de acercarse a mí no la olvidaré nunca. Lo hizo, al comienzo, receloso, dando un lento paseo por el bar. Mas cuando me tuvo de frente, me lanzó, decidido, lleno de confianza:

Venís desde muy lejos. Mas esta lejanía
¿qué es para vuestra sangre que canta sin fronteras?

Era mi poema A las Brigadas Internacionales, escrito en los días heroicos de noviembre de 1936.

Le di un abrazo.

—Yo asistí en Valencia a la representación de tu Cantata de los héroes. Era muy joven. No tenía veinte años. Ahora soy diputado del Partido Comunista de Italia. Me llamo Juliano Paietta. Estos —y distinguió a los policías ingleses con una palabra castellana que se retuerce en forma de dos cuernos— no nos dejan entrar, como a vosotros. Pero vamos a ver qué hacen con los trescientos italianos que a estas horas estarán llegando a Inglaterra por el Canal de la Mancha.

Y nos divertimos pensando en los elegantes detectives de Scotland Yard repartiendo forzadas sonrisas a los trescientos italianos representantes de la paz arribados de Italia. El conflicto aumentaba. Podría muy bien estallar la guerra entre la Policía de míster Attlee y el pacífico ejército de delegados al Congreso que iba penetrando en las Islas Británicas tanto por mar como por aire. Cuando más bromas hacíamos, uno de nuestros vigilantes, que había salido, regresó trayendo un diario. Le pedimos al punto que nos lo dejase hojear, a lo que accedió sin resistencia. (Estos que ahora nos custodiaban se veía que eran unos pobrecillos subalternos, sólo con ganas de dormir y de estirar las patas sobre las sillas y las mesas.) Al desdoblar el diario, vimos que desde el centro de su primera página nos miraba con ojos chispeantes y mano amenazadora alguien muy conocido para nosotros. Era Picasso, sorprendido por los fotógrafos en el instante de poner pie sobre la rubia Albión. Aquella mano espantosa, como raro cacharro de cerámica, hacía aún más fulmíneo el rayo de sus ojos. Debajo de la foto se leían, entre comillas, estas cortas palabras: «Es terrible.» Eran las pronunciadas por Picasso como comentario a la hospitalidad dispensada por el gobierno laborista a los partidarios de la paz del mundo. Y sí que era terrible, terriblemente monstruoso y estúpido, contrario en todo a la tradicional liberalidad inglesa, el violento sabotaje hecho contra el Congreso después de haber sido aceptada su celebración en Sheffield. La verdadera paloma de la paz, su abierta y blanca entrada en Inglaterra le quitó el sueño a míster Attlee. Le iba a ser muy difícil conciliario escuchando tal vez cerca de su almohada las ondas de la paz, inaguantables para él en la voz de los representantes de 500 millones de voluntades antiguerreras de todo el Universo. Le iba a ser muy difícil a míster Attlee comprobar que la libre voz de los representantes de esos 500 millones no obedecía a ningún determinado credo político, a una determinada religión o capa social. Que no era, en una palabra, la voz del Cominform, como él hubiera deseado, la que iba a levantarse en el Congreso, entronizando sólo a la Paz en la carroza roja de los comunistas. Tampoco iba a ser muy grato para la buena digestión de míster Attlee y su gobierno, conducidos a remolque de la política bélica de Washington, oír la voz del Congreso clamando por la prohibición de la bomba atómica, la reducción controlada de los armamentos y el renacer de la confianza en un mundo fraterno de paz y justicia, lejos de los horrores de la guerra, de la ambición esclaviza-dora de los imperialismos. Si la paloma de la paz le quitó el sueño a míster Attlee, soñó mal en cambio con los suyos que los defensores de la paz iban a perder la batalla gracias a su desvergonzado sabotaje del Congreso de Sheffield. No debía ignorar míster Attlee que la batalla de la paz se da cada mañana, cada tarde, cada noche, cada minuto y en cualquier parte. No se iba a descoyuntar el II Congreso Mundial de Partidarios de la Paz porque el pánico de míster Attlee así lo deseara. El Comité polaco de la Paz ofreció, como todos sabéis, al Comité Mundial se celebrara el Congreso en Varsovia. Y hacia allí remontó su pacífico vuelo la paloma, habiendo antes arrancado su máscara democrática a míster Attlee, enseñando a la vergüenza pública su verdadero rostro. Y hacia allí, hacia Varsovia, también volamos nosotros, viendo desde la altura, entre los agujeros de la niebla, achicarse, hasta luego desaparecer, nuestro pequeño bar de concentración, anticipo abominable de lo que podemos esperar de gobiernos como los de míster Attlee los defensores de la paz, la libertad y la justicia si no sabemos oponernos con todas nuestras fuerzas a los que piensan que sólo su bienestar puede ganarse por medio de las armas y la muerte.


II
           
En el aeródromo de Zurich encontramos parte de la delegación española al Congreso. El presidente y el secretario de los partidarios de la paz españoles en Francia, Elfidio Alonso y Amaro del Rosal, iban al frente de ella. Se nos dijo que con el doctor Giral y Wenceslao Roces venía también de México León Felipe. Gran alegría el saberlo pronto entre nosotros, poeta militante de la paz, bueno y valiente y loco corazón amigo. (Luego, pudimos comprobar su involuntaria ausencia.)

En otro desgarrón de la bruma otoñal europea, apareció el aeródromo de Praga. Pero aquella bruma ocultaba algo distinto que la británica de Northolt. En aquel campo de aterrizaje ya no nos esperaba el bar de los agentes y detectives laboristas. Por el contrario, nos esperaban cánticos de paz, flores y banderas de bien, venida. Nos recibían caras jóvenes, estallantes de puro entusiasmo, cálidas manos de amistad y cariño, ofreciéndonos una copa de vino púrpura. ¿Estábamos en la llamada cortina de hierro o acabábamos de salir de ella? Aquí se respiraba un aire de confianza y amor. «¡Paz, paz, paz!», repetía el estribillo de los cantos. Y con ellos bien apretados en el corazón, recorrimos la hermosa capital checoslovaca, atravesando su romántico y celebrado río, el Moldava, para tomar, tras un breve descanso, el tren especial de los defensores de la paz, que había de conducirnos a Varsovia.

A las ocho de la noche, un larguísimo tren, despedido por miles de pañuelos, himnos y ramos fraternales, arrancaba de la estación de Praga camino de Polonia. Nunca ha cruzado paisaje un tren más lleno de emoción y alegría. En él se oían todos los idiomas, se cantaba en todas las lenguas. Era el símbolo rodante de la unción y comprensión humanas. Nos reconocíamos los viejos amigos. Encontrábamos caras no vistas desde hacía once años. Nos expresábamos en el lenguaje común de la paz, que es la fe sin palabras, el brillo del entusiasmo relampagueante en los ojos, el calor de la sangre trasmitido en las manos. Allí conocimos, sentada a nuestra propia mesa del coche restorán, sencilla y enlutada, a Matilde Peri, la ilustre compañera de aquel Gabriel Peri, gran amigo de España, honor de Francia y héroe de su resistencia, fusilado por los alemanes. Allí, en aquel tren iluminado que pasaba los campos y las poblaciones no hacía mucho sumidos en la muerte, comprobamos cuánto de bueno y grande queda aún en la Tierra.

Al despertar, las primeras aldeas y ciudades polacas ya estaban engalanadas, con sus trajes y colores de fiesta para recibirnos. Por todas las estaciones por todos los caminos del tren, arcos de triunfo, lemas sobre la paz, bandas de música y vítores de las multitudes agolpadas en los andenes. «¡Paz, Pace, Paix, Mir, Pokoj!», se oía y se veía diseñado, muchas veces con flores, durante todo el trayecto. Los niños polacos son una maravilla. Desde el amanecer de aquel día en Polonia hasta ya el último de nuestra estancia en este país, no dejamos de ver sus abiertas sonrisas, su alegre confianza y amor hacia nosotros, recibiendo el constante homenaje de sus cantos y el asedio entusiasta de sus pequeños álbumes de autógrafos. Hacia las tres de la tarde, aquel tren de la paz, el más aclamado que haya recorrido nación alguna, entraba en la recién construida estación de Varsovia. La batalla por el Congreso estaba ganada. Nuestro tren victorioso lo decía. Y míster Attlee, a pesar de su sabotaje contra Sheffield, era el único derrotado.


III
           
En una plaza inmediata a la estación, la ciudad de Varsovia había levantado los más altos mástiles para las banderas de todo el mundo. Lágrimas contenidas al ver ondear entre las otras, como verdad reconocida, como viviente símbolo, la de nuestra República española. La nueva paloma de Picasso, repetida mil veces, remontaba su vuelo en medio de aquel viento de colores. Desde una pequeña tribuna alzada en la plaza, el pueblo de Varsovia recibió el saludo de los delegados al Congreso. Breves discursos en todos los idiomas, palabras entrecortadas, interrumpidas por músicas, aplausos y la bellísima canción de la Paz, compuesta por Chostakovich. Luego, Varsovia entera, sus nuevos hijos fuertes alzados a la vida, nos abrieron paso por las nuevas calles recién nacidas de los escombros y todavía señaladas por el recuerdo de la muerte.

A las siete de la tarde iba a quedar abierta la sesión inaugural del Congreso.

IV
           
Y entramos en el lugar elegido por el Gobierno de Polonia para su celebración: un inmenso edificio llamado «Casa de la palabra polaca», destinado a ser una de las más grandes tipografías del mundo. La nave sin fin, preparada para ser residencia de la Asamblea Mundial de la Paz, se abrió a nosotros como un milagro de luz y de alegría. En pocos días, apenas cinco, desde que se supo la imposibilidad de celebrar en Sheffield el Congreso, los trabajadores de la nueva Polonia realizaron la mágica maravilla de hacerlo posible —¡y de qué modo!— en la ciudad de Varsovia. No durmieron las manos ni las máquinas. Cracovia dio las maderas, que eran traídas por la noche en avión, para las instalaciones y dependencias improvisadas dentro del edificio, que fue así convertido en una sede llena de comodidad, en la que los miles de delegados e invitados al Congreso podían hallar de todo: agencia de viajes, cine, radio, prensa, café y restorán, exposiciones de dibujos y fotos, tiendas de arte popular y librerías. Trabajo sobrehumano. Otra batalla ganada por los héroes polacos de la paz, amigos de la vida, a los constructores del hambre y de la muerte. En la Plaza del Congreso, iluminada por la noche con antorchas y lámparas votivas, la paloma voladora de Picasso, entre ramos de gallardetes y banderas, coronaba el triunfo de este esfuerzo, presidiendo el lugar de la Asamblea.

Ante una muchedumbre de 3.000 personas, de las cuales 2.065 eran delegadas u observadoras de 80 países y colonias de los cinco continentes de la Tierra, el presidente del Comité Mundial de Defensores de la Paz, el sabio profesor Joliot-Curie, premio Nobel, ex alto comisionado para la Energía Atómica en Francia, declaraba con su discurso abiertos los debates, en los que habían de alternar tantas diversas voces, tantos libres criterios sobre la forma de asegurar al mundo una vida pacífica, de establecer la confianza, la comprensión humana entre los pueblos.


*


Del 16 al 22 de noviembre se escuchó en Varsovia, resonando en los corazones limpios de toda la Humanidad, la voz del II Congreso Mundial de Partidarios de la Paz. Entre esos días se forjaron, a base de la experiencia y sugestiones de cada país representado en él, los resultados que se hallan expuestos de manera rotunda, luminosa, en el Manifiesto a los pueblos y sobre todo en el mensaje a la O.N.U., documento que es hoy el verdadero Estatuto de la Paz, arma de lucha y guía para todos sus defensores.


Rafael Alberti
El poeta en la calle










2716. A Ramón Gaya

Ramón Gaya
(Murcia, 10 de octubre de 1910 - Valencia, 15 de octubre de 2005)


El que hayan querido los hados, y estos amigos nuestros, que sea yo aquí, esta tarde, quien te ofrezca una copa de parabién, de amistoso saludo de bienvenida, te diré que me enorgullece; siendo para mí, al mismo tiempo, una íntima alegría, una alegría de corazón.

Porque, al hacerlo, doy testimonio de ti... Por haber sido, en parte, y en algún tiempo, testigo de tu vida: peregrina como la mía, muchos años, en destierro involuntario de España. Y sucesivamente, durante esos años que pasamos fuera de España, por haber coincidido tantas veces contigo –no solamente en el motivo y los motivos que ocasionaron nuestro destierro español peregrinante- sino en coincidencias de pensamiento y sentimiento del arte; de la poesía, de la pintura... que hoy vienen, en este encuentro nuestro, a verificarse mejor: gracias al regalo que nos traes contigo, al llegar, con tus cuadros y con tu libro. Orgullo y alegría siento al encontrarnos aquí ahora; porque tu amistad se acompaña de una obra –en tu pintura y en tu libro- de lo que suele llamarse (y no siempre con razón como en este caso tuyo) de madurez: de plena madurez.

Alguien dijo que lo más difícil de la vida es poder llegar a madurar sin pudrirse. Hoy, como siempre, en arte: en poesía, en pintura... vemos frutos jóvenes, o juveniles por su tiempo, que por empeñarse en serlo solamente, “de su tiempo”, en hacer o llevar el arte de su tiempo, se apican, se apicaran, se pudren por dentro, cuando muestran, llevándolo por fuera, como un traje, como un disfraz, su cáscara de fruto verde. Suele anidar un corazón agusanado el arte que nos tienta con sola apariencia de novedad.

Decía Antonio Machado que una cosa es lo “novedoso” y otra lo “original”. Dos cosas opuestas y contrarias. He aquí un arte –el tuyo- que es original y no es novedoso. Como es original y no es novedoso tu pensamiento cuando hablas, cuando escribes sobre pintura. Esta pintura tuya, este libro tuyo: “El sentimiento de la pintura”, se corresponden por un mismo sentido de la vida y del arte: que es el de un mismo sentimiento de la realidad. En las páginas de tu libro encontrará quien las leyere la misma inteligencia, el mismo sentimiento del arte y de la vida que en tus pinturas y dibujos se manifiesta.

Y digo sentimiento y entendimiento, como tú lo entiendes y lo sientes. Por lo que conviene advertir ahora que para nosotros –tú dirás si es así- sentimiento es exactamente lo contrario de sentimentalismo y entendimiento, inteligencia, también es exactamente lo contrario de intelectualismo. Estos términos –nunca extremos, casi siempre identificables o intercambiables- de intelectualismo y sentimentalismo, son caricaturescos; porque expresan, falseándola, mintiéndola con una exageración postiza, la verdad de los otros dos; llenan de enmascarada voz, de ahuecada voz, su hueco, su vacío.

Entendimiento de la pintura. Sentimiento de la pintura. Aquí están los dos: en estos cuadros, ante nuestros ojos; en este libro cerrado para cuando lo queráis abrir. Pero advirtiendo –sobre todo a los jóvenes capaces de madurar todavía- que “para entender  es necesario amar”, como dice el Santo. Lo que expresó un escritor francés –robando-, según ellos, entonces (hace muchísimos años) su pensamiento a Picasso y Strawinski, diciendo: “sentir avant de comprendre”, sentir antes de comprender; que es lo mismo que para comprender. Fórmula exactísima si se le añade esta otra: que en arte, antes que todo, lo primero de todo es “no juzgar”. Los juicios estéticos –dijo, creo, Burkhard- son siempre temerarios. Digo esto, porque suele ser habitual en espectadores y lectores, no el pre-juicio sobre lo que leen o contemplan, sino una especie de pos-juicio anticipado (que es un juicio muerto y condenatorio) como previa medida de valoración, que es condenación. Es el querer saber lo que es una obra de arte antes de sentirla y comprenderla: un intelectualístico querer saber, para juzgar, para juzgarla (antes de sentirla y comprenderla)  si es buena o mala. Es la tentación moral, satánica, del juicio, que impide la madurez viva y precipita la putrefacción mortal.

Has vuelto, amigo Ramón Gaya, a esta España nuestra, poco tiempo después que yo. Y aquí estamos. No sé si se nos nota un aire ausente; si hay algo en nosotros que extraña. Hay mucho que nos extraña a nosotros en ella. En sus pareceres y apariencias. No en su profunda y alta realidad. Esa realidad que para nosotros es, ante todo, un sentimiento. “La realidad, separada del misterio del sentimiento –escribe el sabio Eddington- es una trampa”. La realidad en la que nosotros creemos traspasa, sobrepasa, el arte. Porque el arte es su aparición y no su apariencia o parecido. Nada se parece menos a lo real que la realidad misma. Esto es lo que nos dice Velázquez, lo que nos dice Cervantes. Y es lo que nos dice tu libro, lo que nos dice tu pintura. Con originalidad de creación viva, de participación creadora. De vida y de verdad admirables.

La admiración, decía Galdós, es la atmósfera natural del arte, que, fuera de ella, no puede respirar, se ahoga. Y nos ahoga. ¡Cuántos cadáveres de náufragos del arte se pudren en sus playas por no haber sabido admirar! El arte es admirable por definición: no se puede mirar sin admirar; no se puede ver sin admirarlo; no se puede creer sin admirarse. Tu pintura, tu libro, aquí presentes –querido Ramón Gaya- creo que son admirables. Yo te lo digo sin hipérbole, sin ditirambo, con sencillez de reconocimiento, de agradecimiento. Con amistad.  


José Bergamín    
Leído el 20 de abril de 1960 en la inauguración de la exposición de Ramón Gaya en la Galería Mayer de Madrid












2510. Llamamiento de los españoles católicos a los católicos de todo el mundo



Influidos únicamente por los principios de la ética cristiana, protestamos, con toda la fuerza de nuestras convicciones, contra una acción detestable como el bombardeo, diariamente repetido de nuestro querido Madrid, capital de la República Española.

La orgllosa ciudad de Oviedo ha sido justamente denominada con el triste y sangriento nombre de "mártir entre todas las ciudades", pero: ¿qué nombre se puede dar a Madrid, entonces, asolada como está por las bombas extranjeras, cercada por un ejército colonial, traspasado el corazón por la matanza de sus mujeres y niños? Iglesias y hospitales, escuelas y talleres, barrios enteros a millas de disíancia del frente, han sido arrasados sin piedad hasta los cimientos, y han enterrado bajo sus ruinas a cientos de víctimas inocentes. La pluma rehusa describir este horrible cuadro; la respiración es corta ante una realidad aún más terrible y triste.

Nosotros, por lo tanto, levantamos nuestra voz, ante Dios y las generaciones venideras, para expresar a todas las Potencias del mundo nuestro horror ante esos crímenes. Estamos plenamente persuadidos de que todos los hiombres de buena voluntad están a nuestro lado.


- Ossorio y Gallardo, Embajador español en Bruselas
- Leocadio Lobo, Vicario de la parroquia de San Ginés en Madrid
- Profesor García Caballero, Canónigo de Segovia
- José Gallego Rocafull, Canónigo de la Catedral de Granada, Profesor de la Universidad de Madrid
- José Bergamín, Director del periódico católico Cruz y Raya
- José M. Semprun, Escritor católico.
- José Carnés, Escritor católico.
- Galligas, Canónigo de Córdoba
- Eugenio Imaz, Secretario del periódico católico Cruz y Raya


Revista Esprit, París, Enero de 1937









2424. Romance del mulo Mola



El hijo de la gran Mula
por  Mola vino a las malas.
Como no tuvo soldados,
los hizo con las sotanas.
De lejos, el traidor Franco
solo promesas le manda,
y tomándolo por Muño
le anuncia tropas mulatas.
Ya están pidiendo madrinas
las tropas de las mejalas.
La media Luna ya tiene
protección de las beatas.
¡Cómo curan sus heridos,
cómo el moro les regala
sangrientos ramos de flores
llenos de orejas cortadas!
En mulas van hacia Mola
pidiendo e gritos la paga.
Mola los mueles con marcos,
ya caducos, de Alemania.
¡Fiero moro, te engañaron,
te van a engañar, te engañan!
De todas partes por radio
llegan las voces cascadas
de generales borrachos
diciendo botaratadas.
Mientras que contra los cuentos
que los fascistas levantan,
las hoces y los martillos
chocan sus verdades claras.
Las Milicias van cantando
su alegría en la batalla,
victoriosas de la muerte
que acecha a sus milicianas;
siempre poniendo los ojos
en donde ponen las balas.
Asoma la luz del día
enfrente de Guadarrama,
ensangrentando de albores
las luces de la esperanza.
Al otro lado del monte
está la muerte de España.


José Bergamín
El Mono Azul núm. 1, 27 agosto 1936









2070. Presencia del Mono Azul

El mono azul está ante vosotros. Dispuesto a encubrir vuestro cuerpo como la palabra el pensamiento: para darle razón y sentido.

El mono azul, aunque venga como caído del cielo, no está nunca en las nubes, ni de ellas cae, sino que las sobrepasa o las elude como pájaro de esperanza.

El mono azul es nuestro símbolo de viva felicidad. Es alegre porque sobrepasa, como las nubes, el dolor y la muerte. Nosotros tenemos en el mono azul puestas todas nuestras mejores esperanzas.

El mono azul no es una imitación, es una creación del hombre. Es más humano que el hombre desnudo –más verdadero– porque lo viste honradamente de su dignidad última y primera: la del trabajo, la de la libertad, la de la justicia. El mono azul verdaderamente humaniza al hombre.
El mono azul, en la paz, significa la dignidad suprema del hombre: la del pueblo. El mono azul, ahora en la guerra, representa la exaltación de esa dignidad hasta el último extremo de la esperanza por el dolor, contra la muerte. Pues el que envuelve su angustia y sufrimiento humano, luchando por la verdad, la libertad, la dignidad del hombre nuevo, con el mono azul se hace símbolo vivo de esperanza. Y el que da su vida por el mono azul, con el mono azul como expresión humana de su cuerpo, como alma de su vida, de su verdad de hombre, de su integridad total de pueblo, ése no tiene en el mono azul el sudario desesperado de los muertos, sino la veste luminosa y humilde de una inmortalidad definitiva, gloriosa: la de la libertad, la verdad y la justicia de su pueblo: la del porvenir que le redime. En una palabra, la de la esperanza en la plenitud entera y verdadera del hombre por un amor más fuerte que la muerte.

El mono azul ante vosotros viene a decir o a cantar vuestra lucha, vuestra guerra, como lo que es, como una victoria. Viene a cantar victoria, aunque esta victoria no llegue todavía a nosotros sin sangre.

Pronto la esperamos; precisamente por la sangre; porque esta sangre viva de nuestro pueblo, que manos fratricidas están vertiendo ante nuestros ojos, se está empapando calladamente en vuestros vivos monos azules para traer a nuestros ojos, humedecidos por la pena tanto como por la rabia de la venganza o por la alegría de vencer, el olor, el sabor de la sangre misma que pone en nuestros labios el secreto maravilloso y revelador de la verdad del pueblo que guerrea: la más pura verdad de nuestra España. Nuestra, sólo nuestra: porque popular, porque humana; porque libertadora, verdadera, justiciera. Nuestro pueblo, nuestra España, está ahora escribiendo con sangre, como quisieron siempre sus poetas, su verdadera vida, independiente, vencedora del destino mortal que la acechaba, oculto y taimado, en emboscada criminal por traidoramente certera. Pero no pudo ser. No se puede vencer al pueblo sin matar a España, más que nunca viva […]. A nosotros, tocar en ojos, oídos, labios y descifrar el lenguaje victorioso de esta sangre ignominiosamente vertida. A nosotros, tocar en ojos, oídos, labios y corazón con la verdad divina de su hechizo. A vosotros, monos azules, ejércitos de monos azules, pueblo veraz, libertador de España, el enseñárnoslo.

Nuestro mono azul, humilde y verdadero, salta y grita, en medio de la guerra y la muerte, con vuestra voz viva, pueblos de España, para cantar victoria, digo, con la enorme, infantil y pura alegría de vuestro vencer, gritando las palabras revolucionarias, independientes, españolas por excelencia, gritando con la más auténtica, humana, dolorosa alegría: ¡Libertad y Justicia!


José Bergamín
El Mono Azul. Hoja semanal de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura
Número 1 - Madrid, Agosto 1936