Lo Último

Unas palabras de Machado




Antonio Machado, el gran poeta y amigo de la juventud, nos ha dicho:

"A los que éramos hace treinta años jóvenes se nos hablaba de una revolución desde arriba. En el fondo de una transformación de España a cargo de los viejos yo no he creído nunca en ella, y en esto estuve siempre en desacuerdo con los jóvenes apolíticos de mi generación. La revolución es siempre desde abajo y la hace el pueblo. Una gran parte de la juventud española ha abrazado valientemente la causa popular, y España tiene hoy lo que hace mucho tiempo necesitaba: una juventud sana y enérgica, capaz de mirar serenamente al mañana; una juventud realmente joven." 

Agradece Machado el honor de ofrecerle un puesto al lado de las Juventudes Unificadas, y añade: 

"Yo no soy un verdadero socialista y, además, no soy joven; pero, sin embargo, el socialismo es la gran esperanza humana ineludible en nuestros días y que toda superación del socialismo lleva implícita su previa realización. Soy de los pocos viejos que no creyeron nunca en las falsas Juventudes. Siempre pensé que la renovación de nuestra vieja España comenzaría por una estrecha cooperación del esfuerzo juvenil férreamente disciplinado. Confío en vosotros, que sois la juventud con que he soñado hace muchos años. Con vosotros estoy de todo corazón."


Ahora, 14 de enero de 1937






3487. El cuartel de caballería

El capitán de guardia del regimiento de caballería de Valencia asesinado el 1 de agosto de 1936 (Foto. Archivo ABC)


Desde su cuartel adusto, 
en las riberas del Turia, 
un oficial renegado 
estás bravatas sufría: 
"Valencia, huelo tus campos; 
Valencia, tú serás mía; 
te tomaré por sorpresa 
cuando amanezca de día. 
El pueblo estará dormido 
cuando por Andalucía 
me habrán enviado moros 
mis amigos de Sevilla. 
¡Qué matanza está en los aires, 
que frenesí me domina 
cuando veo las acequias, 
pardas de sangre teñidas! 
Apagaremos la lumbre 
de esa bandera maldita; 
e impondremos por las armas 
la de España, que es la mía. 
Tú, forjador de Sagunto; 
tú, pescador de Gandia, 
se te avecinan las horas 
de rendirme pleitesía; 
cerrarás tus Sindicatos, 
trabajarás todo el día, 
para que sobre tus hombros 
descanse la monarquía. 
¡Ay los olores de huerta, 
los olores que me envía, 
para placer de mí casta, 
dueña y señora de vidas!"
Hablaba así el renegado 
con el odio que tenía, 
en un cuartel de caballos, 
en las riberas del Turia. 
El río viejo pasaba, 
pasaba, pero lo oía 
cuando nocturno, entre hierbas
hacia el mar se dirigía. 
Su venerable cabeza,
por el dolor sacudida, 
emerge por los cañizos 
aprovechando la umbría, 
donde las ramas ocultan 
su potente voz herida:  
"¡Oh tierra que voy regando. 
Quieren arrancar tu vida,
los traidores militares 
ociosos en sus guaridas! 
No pasan ya los soldados 
sobre el puente, por el día, 
no pueden ver las palmeras 
que en calabozos se hastían.
Iremos a liberarlos 
de manos de villanía, 
porque están hoy los villanos
sentados en blanda silla." 
Dijo la voz, y emanando 
del cauce que discurría, 
va la ciudad desvelada, 
pregona por las esquinas, 
por los caminos del puerto 
expande el eco que hacía: 
"Vuestro viejo río os llama. 
¡Traición se os hace en su orilla!"
En la ciudad se consumen 
nerviosas las energías, 
quince noches esperando 
a los de caballería. 
Nadie duerme en sus cercados;
las azoteas vigilan 
muchachos carabineros, 
que van cazando fascistas. 
Alumbradas las mansiones. 
en calles de burguesía, 
simulan escaparates, 
donde la, muerte se enfría. 
"¡Valencia: de madrugada  
querrán tenerte rendida,
con un reguero de sangre, 
manchando tu lozanía!" 
Sordos rumores se escuchan 
al interior de la villa, 
que se discute en los grupos, 
la voz del río cernida. 
Está poblada la noche 
de extraños seres que anidan 
por los árboles copudos, 
y en las acequias vigilan. 
"¡Valencia, cruza del mar 
ese mi puente sin vida,
que por él los militares 
quieren invadir la villa! 
No puedes enviar hijos 
a batirse en serranía, 
mientras cerrado el peligro,
tan cerca esté en tus orillas." 
La voz ha sonado en Cuarte, 
y en el Portal de Valldigna, 
por Ruzafa a Encorts se extiende 
y por la Correjería; 
los finos abaniqueros, 
que ahora llevan carabina, 
los de las manos pintadas 
para la ebanistería, 
los que destilan azahar, 
los riberiegos de Alcira, 
los que cargan en los barcos 
cestos de huerta florida, 
noctámbulos por caminos 
sus pasos ya se avecinan, 
del olor a los caballos 
en la Alameda dormida.

En el adusto cuartel 
de las riberas del Turia, 
escuchan los militares 
esos pasos que venían. 
No saben si serán pasos 
o ramajes que movían, 
si ese rumor es de agua. 
o de gente que acrecían. 
Extinguen la radio alegre, 
que están oyendo Sevilla
y al punto con claridad
llegan las voces; decían: 
"Los militares traidores 
gozan momentos de vida. 
¡Abrid las odiosas puertas 
o asaltamos la guarida! 
Valencia está con nosotros; 
no es vuestra. Valencia es mía; 
Los obreros y artesanos 
que la trabajan y pintan 
lo sabemos por la, boca
del anciano río Turia." 
Palidecidos escuchan 
la sentencia de agonía, 
que en una nube de horror 
les cae de tal cercanía. 
Se agitan por corredores, 
salen al patio y fustigan; 
los soldados van reacios, 
formando en la compañía. 
Todo se vuelve enemigo, 
a su soberbia sucia,
cuando por última vez 
ordenan poner las bridas. 
"Es inútil, renegados 
que aleteáis con angustia; 
las verjas están colmadas
de un temblor de valentía, 
y las ametralladoras 
que habéis puesto en las cornisas, 
no consiguen sino enfrente 
quebrar las cristalerías. 
¡Ésas llaves, insurrectos 
abrid, que el pueblo está encima; 
si le matáis tanta sangre 
yo os he de traer sequía! 
Reinaréis sobre unos campos, 
de charcas sin lozanía, 
donde los mosquitos cundan 
la peste por mis orillas!" 
Despacio amanece, fresca, 
la veraniega colina, 
cuando con su mano, el río, 
las verjas de hierro abría; 
miles de rostros asoman 
por la noche esclarecida, 
con insomnes voluntades 
y el gran tumulto que hacían: 
"¡Venid, valencianos todos, 
los de antiguas Gemanías, 
pisoteemos las piedras 
de la flor de cobardía!" 
Ya relinchan los caballos, 
porque tienen alegría, 
ya los presos van en hombros, 
que ya nadie los fusila; 
ya las armas se arrebatan 
de manos de la perfidia
para volar a los campos
de Teruel y Andalucía.
Los militares huyendo, 
rapaces los perseguían 
y un oficial renegado 
sale a la livor del día 
disparando su pistola, negra, 
cual furia asesina, 
que a un miliciano ha doblado 
con la muerte que caía. 
Arremeten compañeros, 
blancos de pavor en ira; 
desde la acacia un balazo 
al teniente lo derriba, 
quedando los sesos sucios 
sobre la jardinería. 
¡Ay; ni su madre conoce 
a este montón con heridas! 
"No te han enviado moro:'
tus amigos de Sevilla, 
pues que los huertanos cantan: 
Valencia, te tengo mía, 
para que con tus vergeles 
nutras la sangre aguerrida 
que sale a batirse el alma 
contra la peña encendida." 

Y regresaba a su cauce, 
como antaño, el río Turia.


Juan Gil-Albert
Septiembre, 1936


El Mono Azul, 15 de octubre de 1936








3486. El poema en armas

Una miliciana descansa sobre los restos de un avión franquista  - Foto: Marín, Ahora, 26 de septiembre de 1936


En el país en donde la juventud del mundo
de cenizas caídas y rosas se levanta.
Allí donde crecida la muerte, bien regada,
los truhanes quisieron asesinar al Hombre,
hacia la Libertad encaminado.
En el país en donde nació un mundo,
yo sé que ahora, en este instante mismo,
a las cuatro, a las seis, pelean mis hermanos.

Quiero cantar delante de un Arco de la Sangre
ya destruido allá, y en un retrato, vivo,
de Lenin, popular y fallecido.
Quiero cantar a España incorporada,
a la superación de una etapa terrible,
al Comité de Salud Pública, al pueblo en armas,
a la sangre en armas.


Raúl González Tuñón
Ocho documentos de hoy, 1936







3485. Un comandante de veintidós años

Uno de los comandantes más jóvenes del Ejército Popular está en la primera Brigada de choque. Se llama José Aliaga. 

Militante de la Juventud Socialista Unificada de Cartagena, marino de oficio, dejó la brisa de su gremio para oponerse a la sublevación. A través de la lucha en Cartagena, Hellin, Albacete, llega a Somosierra. 

Galán se encargó de nombrarlo alférez. Pasa a las órdenes de "El Campesino" y va ascendiendo hasta comandante. Fué en Majadahonda donde se portó como un discípulo de Coll. Los tanques venían contra nuestras lineas y Aliaga los esperó abrazado a la tierra. Ya próximos, se enfrentó con uno hasta destrozarlo con las bombas de mano. 

Salió herido de la pelea, pero ahora, con el galón de comandante, aprovechó la convalecencia para ir por una cartagenera y obligar al jefe de la Brigada a actuar de casamentero. Esta ha sido su última hazaña. 


Antonio Aparicio
Ahora, 10 de febrero de 1937






3484. Victoria Kent exhorta a las mujeres españolas

Comedor instalado por Unión Republicana de Valencia para los hijos de los milicianos en el aniguo convento de las monjas dominicas
(Foto: Vidal)


¡Mujeres del Frente Popular, mujeres españolas!: Los momentos presentes exigen de nosotras todos los sacrificios; sin embargo, no es necesario que demos el máximo para prestar a nuestros bravos hombres que luchan por la causa de la libertad y de la justicia una ayuda más eficaz y más preciada que la que pudiéramos rendir auxiliándolos directamente.

Todas las mujeres que me escuchan habrán comprendido que se trata de prestar ayuda a las familias de nuestros combatientes.

La lucha imperiosa y recia de nuestras fuerzas por la Independencia obliga a nuestros mejores hombres a combatir lejos de los suyos; no es necesario esforzamos mucho para presentar en la realidad cruda la situación en que quedan las familias de nuestros milicianos: hijos abandonados, mujeres sin lo más necesario, madres que no tienen un trozo de pan que dar a sus hijos, ancianos en medio de la calle, familias enteras abandonadas a la miseria y al dolor. 

Para remediar esta realidad acudo a todas las mujeres de España, a las del Frente Popular en primer termino; en segundo, a aquellas que no militan en nuestros partidos por tibieza de ánimo, pero que tienen vivos los sentimientos humanos que no pueden faltar en ningún alma de mujer, y en último término acudo también a todas las que antepongan su condición de mujer a toda conveniencia ruin, a todo sentimiento bastardo, diciéndoles: es necesario organizar rápidamente refugios para esos niños, hijos y hermanos de nuestros milicianos, refugios donde tengan cubiertas sus necesidades y donde queden alejados de la corrupción callejera; es necesario establecer comedores para las mujeres, adultos, ancianos y obreros que estén sin trabajo como consecuencia de esta situación. 

En cada población es necesario realizar una triple labor: 

Primero. Refugios permanentes para aquellos niños abandonados. 

Segundo. Refugios diurnos para aquellоs niños que tienen familia en triste situación, pero que tienen madre y hogar. 

Tercero. Comedores para mujeres en precaria situación, adultos y ancianos.

¿Cómo organizar todo esto? Tened entendido, mujeres que me escucháis, que todos, absolutamente todos los españoles, están obligados de una manera inexcusable a facilitaros los medios para estas obras. 

Locales los tenéis en cada población: las escuelas. En estos meses, las escuelas están vacías; ahí tenéis refugios para los niños; si tienen jardín o patio, está todo resuelto; si no lo tienen, distribuirlos en grupos de 16 ó 20 lo más y acompañarlos al jardín o a la plaza más próxima unas horas, una o dos veces al día. Posiblemente, en estos locales hay habitaciones independientes para los comedores; si no fuera así, el alcalde de cada ciudad y nuestros partidos están obligados a proporcionarlos. 

Es necesario tener informaciones seguras de la causa del abandono de los niños que tratamos de amparar; todos los niños proletarios caben en nuestra obra; pero hemos de atender de una manera preferente y tierna a los hijos de nuestros bravos guerrilleros, a las familias de nuestros bravos guerrilleros. Esta es nuestra labor inmediata, comedores asistidos con cordialidad, refugios diurnos y permanentes asistidos con amor. 

He estado en el frente, he hablado con nuestros milicianos; no tienen más que una preocupación que ensombrece su alegría en la lucha: el estado en que quedan los suyos. Quitémosles esa preocupación, dejémosles, porque tienen derecho a ello, su alegría clara para el combate y, liberados de esa sombra, cobrarán reforzados arrestos para la lucha. 

Allí donde las fuerzas leales al Gobierno tengan los mandos, que todas las mujeres se den a la obra; organizad tantos refugios como sean necesarios hasta que no quede un niño abandonado; poned en marcha comedores para madres, adultos y ancianos. Esta es nuestra misión en estos momentos; los hombres combaten en los campos; las mujeres debemos combatir el hambre en la ciudad. ¡Mujeres de las villas y aldeas: recoger en vuestro propio hogar a los hijos de los combatientes y compartir el pan y la sal con vuestras hermanas!

Haced esto u otra cosa, pero haced; haced algo eficaz por nuestros hermanos que silenciosamente luchan, vencen y mueren. 

¡Que no quede un hijo de un luchador!

Haced esto u otra cosa, pero haced amparo, ¡que no quede un padre anciano sin cobijo! Izquierda Republicana invita a todas las mujeres a tomar parte en esta obra y es ocioso decir que estoy a disposición del Frente Popular para esta como para toda otra misión que quiera encomendarme. 

Mujeres españolas: sobre los escombros de nuestra patria es necesario levantar la España libre y trabajadora; para esta obra nosotras, las mujeres, necesitamos dar el esfuerzo de nuestros brazos y el calor de nuestro corazón; ni lágrimas ni suspiros; esfuerzo, eficacia, abnegación y sacrificios silenciosos. Esto demanda España de nosotras; esto, nada menos que esto, nos ha tocado en suerte dar a España. Que cada una cumpla con su deber, que mañana será necesario dar cuenta de nuestra obra de hoy. 


Victoria Kent
Discurso radiado y recogido en Ahora, 28 de julio de 1936







3483. Desde que nací en los diarios siempre viene un parte de guerra

Gloria Fuertes junto a Ángela Figuera en 1950. FGF


No sé por qué…  recuerdo, 
que hace años por la noche, 
yo rezaba un padrenuestro, 
para no soñar cosas de  miedo. 
Después cuando la guerra, 
rezaba para que no sonara la sirena… 
Después seguí rezando 
para que no nos detuvieran 
luego, para que Equis me quisiera 
para que mi análisis no diera leucemia, 
para que se acaben los líos de fronteras, 
para que este país… y vuelta y vuelta. 
(Desde que nací en los diarios siempre viene un parte de guerra.) 
Variando la retahíla, 
mezclando personales peticiones con otras peliagudas y extranjeras, 
(que  si este amor que si la paz que si la pena)
sigo y sigo pidiendo con la fe de una pieza. 
Temo tener a Dios cansado de monserga.


Gloria Fuertes







3482. Mutilado de Guerra

—Mi juventud era de roca viva.
Mi sangre era de lumbre y de centella.
Mis pies iban ligeros por el mundo
como las horas por la primavera.
Y ahora soy un inválido...
Qué fatigosa cuesta,
qué interminable andar el de mi vida
con el vacío doble de mis piernas.

—Yo llevaba dos fuentes en mis ojos
que manaban color y formas bellas:
siluetas delicadas de mujeres
como corzas ligeras,
montañas de cristal,
ríos de claras venas
y árboles armoniosos
en las orillas de las alamedas.
Y ahora voy por mi noche impenetrable
con mis dos fuentes ciegas...

—Yo soy un mutilado.
Sobre mi frente quema
la palabra infamante: ¡mutilado!

No es voz de hoy ni es voz de ayer la que contesta
sino voz de mañana:



—Mutilado del pueblo, sobre tu herida seca
ponga sus labios la mujer del pueblo,
la mujer verdadera,
y que te inunde el corazón cansado
su roja sangre buena.
Que la rosa florezca en tu muñón
y la espiga del trigo en tus órbitas huecas;
y que el pecho del mundo se abra en flor
y ponga la dulzura de sus yemas,
la miel hecha rocío de su aliento
sobre tu herida seca,
mutilado,
mutilado de guerra.


Pedro Garfías
Hora de España núm. XXII, Octubre de 1938








3481. Antonio Varela Berástegui, "el cura"

Un sacerdote, soldado del Ejército Popular

De sus veinticinco años, doce los ha pasado encerrado entre las frías paredes del Seminario de Pamplona. Nacido en un pueblecito perdido en la agreste Navarra —Villalba de nombre—, su niñez se desarrolló como la de tantos otros pequeños, hijos genuinos del montaraz vasco. A los once años la indiscutible autoridad paterna dispuso su destino: la de sacerdote. 

Y el que de niño entró en los claustros salió ya hombre, vistiendo las togas del sacerdocio. 

Fuera del contacto con la realidad, fue anidándose el afán de luchar por el bienestar de la humanidad. Ensimismado en sus libros, soñaba que el mundo cristiano había de estar en consonancia con sus escritos. Y al cumplir los veinticuatro años, sin más bagaje de experiencia que la aprendida en las páginas, salió hacia un mundo tan distinto al soñado.

Destinado al pueblecito de Navagalamella (Madrid), ejerció su ministerio en forma muy distinta a la que nos tenía acostumbrados el clero español. Se colocó junto a los necesitados. Y los umbrales del cacique no supieron de su presencia. Solamente los traspasó en determinada ocasión: setenta familias padecían los rigores del invierno en frías chozas. El sabía que si los ricos quisieran la situación se remediaría. Y recurrió a ellos. 

Se le oyó fría y despectivamente. Y al hacer hincapié en sus peticiones se le contestó con ira reconcentrada: 

—Parece mentira... Eso que nos pide lo hacen también los revolucionarios. Usted es un comunista.

 —Yo no soy sino sacerdote. Nunca me han interesado las luchas políticas. Pero reconozco que ellos coinciden conmigo. Quieren, como yo, un mundo más humano y justo. 

Y desde entonces la guerra de los ricos contra el nuevo sacerdote entró en periodo franco y abierto. 


Octubre 

En el Seminario de Pamplona la paz monótona y ritual fue rota en la mañana del 6 de octubre del 34. Los seminaristas, alarmados ante el tiroteo de fuera, corrían inquietos de celda en celda, inquiriendo noticias. Nadie se las dio. La curiosidad se estrelló ante el hermetismo del mayor. 

El tiroteo cesó días después. Nueva paz volvió a reinar en la mecánica vida de los alumnos. Pero algo se susurraba. Se decía que el pueblo había intentado sublevarse contra sus verdugos. Pero había que callar. 

Y así dos años más. Al terminar sus estudios se le entregó el nombramiento. Y al llegar al pueblo destinado, al formar las escuelas en favor de los hijos de obreros y campesinos, en sus clases, veía las huellas del hambre reflejadas en las caras infantiles. Y desfilaban en imagen los días de un octubre, para él misterioso, en que una rebeldía santa impulsó el levantamiento. 

Y sin perder la fe en sus doctrinas, cada día se acercaba más a los pobres. 


Y surgió el 16 de julio... 

En el pueblo, todos le querían y veneraban. El nombre de Antonio Varela Berastegui "el cura", era pronunciado con respetuoso cariño. Hasta que un día...

Un nuevo levantamiento surgió en España. Pero ahora era distinto. El era libre de elegir. Y consecuente con su línea, eligió. Se colocó al lado del pueblo. Y Navagalamella le amparó. Puso guardia en su casa para evitar que incomprensivos de fuera le ocasionaran disgustos. 

Pero "el cura" quería ser útil a la causa del pueblo. Y al hablar con él, me dice: 

—Yo continúo creyendo como antes. Fiel a la causa de los oprimidos, cambié mis ropas de sacerdote por la de miliciano. Esta decisión la tomé libremente. Nadie me forzó en esta resolución, sino mi voluntad. Yo podría vivir cómodamente en mi pueblo rodeado del cariño de mis amigos. Pero era preciso hacer algo por la victoria. Ayudarles a conseguirla. Y el 17 de agosto decidí enrolarme en el tercer batallón del primer regimiento de voluntarios de Asturias: "Solicito incorporarme en vuestro batallón. Soy sacerdote. Pero defensor de la causa del pueblo". 

Se acordó pedir informes a Navalagamella. Cuando llegaron se le admitió. 

Con orgullo me muestra su carnet con el número 61 del batallón. 


Yo no soy político 

—En el batallón —me dice— "los camaradas" me trataron con cordialidad y afecto. Se admiraban de que yo, sacerdote, pudiera comprender su lucha, que hice mía. En ocasiones se despertaba en alguno determinada curiosidad por saber mis ideas políticas. 

—¿Tú qué eres, comunista, republicano o socialista? 

—Sacerdote. 

Los "camaradas" me decían una verdad que yo comparto: 

—Nosotros, si perseguimos a los sacerdotes no lo hacemos por el mero hecho de serlo, sino por erigirse en enemigos de la clase trabajadora. Pero los que como tú han estado con nosotros... Quienes como tú saben de nuestras miserias y privaciones, no recibirán de nosotros daño alguno. Son hermanos nuestros.


Herido 

El 22 de enero ingresó en las Milicias Vascas. Pero antes fué herido. En los combates del 10 de noviembre en la Casa de Campo el ex sacerdote Antonio Varela Berastegui, como un miliciano más, estuvo en su puesto de combate. Un obús estalló cercano y le alcanzó. Recogido por sus compañeros comprobaron que estaba herido en las dos piernas. Diez casquillos en la derecha y cinco en la izquierda. 

Ingresó en el hospital. Restablecido, no se acobardó. El había de continuar su línea de luchar con el pueblo contra la amalgama de invasores, interesados en sojuzgar nuestro suelo, e ingresó en los batallones formados por sus hermanos de raza. 

Ahora el Gobierno vasco le reclama. Dentro de unos días el que ayer fué sacerdote, soldado hoy del Ejército popular, abandonará el invicto Madrid camino, de Euzkadi, después de haber mostrado ser un flel defensor de la causa del pueblo. 


Aurora
Ahora, 13 de abril de 1937