Lo Último

Salaria Kee

El barrio negro de Harlem, en Nueva York, es producto de las distinciones de raza. Al igual que cualquier otra ciudad del mundo, Harlem tiene sus hospitales propios. Los otros hospitales de Nueva York, regentados por el humanitarismo del dólar, están cerrados para los negros, como si el dólar no quisiera que se juntase el dolor físico del blanco con el del negro. Al necesitar el pueblo español de la solidaridad de los demás pueblos, respondió como los demás pueblos. Del barrio de Harlem salió dinero para España y hombres que llevaban el entusiasmo alentador de aquellos camaradas. Entre ellos, el hospital negro de Harlem dio a la cruzada contra el fascismo una enfermera. Se llama Salaria Kee.

Sus veinticinco años estaban consagrados a una sala de niños negros y a la verdadera liberación de su raza. No dudó en dejar su barrio y sus niños enfermos para ayudamos, aunque dejaba el barrio que la cobijaba y la defendía del odio yanqui, Salaria Kee pensaba que en España había camaradas negros y camaradas blancos de los Estados Unidos que luchaban contra esa barbarie. 


El hospital norteamericano, producto de la solidaridad antifascista

Llegó a nuestro país en el mes de abril, con la tercera unidad médica, organizada por colectas entre blancos y negros. Con ella venían trece norteamericanos más —doctores, odontólogos y enfermeras—, que todavía continúan entre nosotros. De todos ellos, como de todas las unidades que habían llegado anteriormente, la única sanitaria de color es Salaria Kee. Salaria fué destinada a uno de los hospitales norteamericanos, cerca de Tarancón. Aquí se lleva muy bien las enfermeras españolas. No ha prendido todavía a hablar nuestra lengua: por el idioma hablan los ojos y las acciones de Salaria. Su piel negra desentona entre la blancura de las batas y de las camas. Pero los soldados internacionales que vienen heridos del frente traen pegado el sol de España, y sus pieles tostadas armonizan con la de Salaria.


Dónde se destaca más su color y su trabajo

Ella trabaja en el quirófano del hospital, junto a afamados cirujanos iberoamericanos. Y allí, en el quirófano, se destaca más su piel y se hace más visible su trabajo. Por eso la quieren tanto los sanitarios norteamericanos. Solamente descansa lo indispensable; su trabajo se alarga horas y más horas, y hay jornadas en que la figura blanca y negra de Salaria va y viene por las salas hasta dieciséis horas diarias. Fuera de su trabajo cuida de las distracciones de los heridos, de su manutención; se interesa por los familiares que están al otro lado del Océano... Salaria no tiene a nadie en España, más que a los combatientes heridos, y a ellos dedica todo el tiempo que puede. Cuando la guerra la necesita es incansable en su trabajo, porque para eso ha venido a España. 

En la historia del hospital hay un hecho que revela el cariño de Salaria hacia los heridos. Un español acababa de sufrir la amputación de una pierna. Repuesto ya del cloroformo comenzó a sentir escalofríos... No había agua caliente para llenar una bolsa. Y no había tiempo que perder, porque los dolores aumentaban a cada minuto. Salaria tuvo una idea: corrió a la cocina y metió un jarro de agua fría dentro del caldero de la sopa que hervía. Y el camarada herido fué aliviado de sus dolores gracias a aquella bolsa de agua caliente tan originalmente improvisada por la enfermera negra.


Cuando recibió un cable de allá ...

No hace aún mucho tiempo Kee recibió un cablegrama del barrio de Harlem. Era de su madre, que estaba muy enferma y necesitaba su presencia. Pero Salaría ha recorrido muchos kilómetros para venir junto a nuestras trincheras. Ya en Harlem, ella estaba a nuestro lado cuando participaba en los actos de ayuda al pueblo español. Y ahora, que siente nuestras angustias y alegrías diarias, Salaria Kee no quiere irse de España hasta el día de la victoria. Con mucho dolor ha contestado a la madre que ella es un soldado de nuestro ejército, y la liberación de su raza la retiene aquí para conseguir el triunfo de la democracia.


García Ortega 
Estampa, 2 de octubre de 1937







3231. Bombardeo


Madrid, octubre de 1937


Yo no iba sola entonces. Iba llena
de ti y de mí. Colmada, verdecida,
me erguía como grávida montaña
de tierra fértil donde la simiente
se esponja y apresura para el brote.
Era mi carne, tensa y ahuecada,
nido cerrado que abrigaba el vuelo
de un ala sin plumón y con grillete:
casi cristal y casi sueño. Tierna.

Iba llena de gracia por los días
desde la anunciación hasta la rosa.
Pero ellos no podían, ciego, brutos,
respetar el portento.
Rugieron. Embistieron encrespados.
Lanzaron sobre mí y mi contenido
un huracán de rayos y metralla.

Del más bello horizonte, del más puro
cielo de otoño vomitaron lluvia
de ciegos mecanismos destructores
que desataban sobre el cauce seco
del callejero asfalto sorprendido
los ríos de la sangre.

(...) 

Noches de sueño incierto, triturado
por la tremenda sinfonía
del frente en erupción y los caballos
del miedo galopando en explosivos.
Y la sangre con hambre que se exprime
hasta la última esencia
para nutrir al hijo sazonándose.

Y la desnuda soledad del cuerpo,
desorientado, desgajado en vivo
del cuerpo del amante.

Aquellas noches del pavor sin luces,
apelmazadas de odios y de ruinas,
yo te esperaba. Me llegaste a veces.
Del último bisel de la tragedia,
del borde mismo de la hirviente sima
venías hasta mí. Me contemplabas
con unos ojos llenos de agua sucia
donde asomaban rostros de cadáveres.
Ojos que procuraban ser risueños
y mansos al pasar por mi figura
y acariciar con luces de esperanza
la curva de mi vientre.

¡Con qué exaltada fuerza, con qué prisa,
con qué vibrar de nervios y raíces
nos quisimos entonces!

Yacíamos unidos, sin lujuria,
absortos en el hondo tableteo
de nuestros corazones. Escuchando
de vez en vez el tímido latido
del otro corazón encarcelado
que ya, para nosotros, gorjeaba.
Yo sonreía señalando el sitio
en que un talón menudo percutía
mis íntimas paredes en un ansia
gozosa de correr por los senderos
apenas presentidos.

Y, en medio del olvido refrescante,
en lo mejor del conseguido sueño,
surgía denso, alucinante, bronco,
el bélico zumbar de la escuadrilla.
Bramando, sacudiendo, despeñándose,
atropellándose los ecos
iban las explosiones avanzando,
cada vez más cercanas,
hasta que, al fin, la muerte en torrentera,
en avalancha loca, trascurría
sobre nuestras cabezas sin refugio.

Entonces tú, imperioso, dominante,
con un impulso elemental de macho
que guarda la nidada, con un gesto
ardiente y violento como el acto
de la amorosa posesión, cubrías
mi cuerpo con tu cuerpo enteramente,
haciendo de tus largos huesos duros,
de tu apretada carne exacerbada,
un ilusorio escudo indestructible
para el hijo y la madre.

Así, unidas las bocas, trasvasándonos
el tembloroso aliento, diluidos
en éxtasis de espanto y de delicia,
las almas contraídas, esperábamos...

No. Nunca nos quisimos como entonces.


Ángela Figuera Aymerich
Vencida por el ángel, 1951







3230. Luz Amores, muchacha de servir, entrega todos sus ahorros a las Milicias Vascas

Luz Amores, muchacha de servir, entrega todos sus ahorros cerca de dos mil pesetas a las Milicias Vascas 


Una mujer en el frente 

En la tarde de ayer se presentó al teniente coronel Ortega, una muchachita de servir, llamada Luz Amores, para entregarle su cartilla de la Caja Postal de Ahorros, donde tenía guardadas cerca de dos mil pesetas 

—Para los vascos, tome usted —le dijo sonriendo. 

—Pero... 

—Sí; quiero ser útil en algo.

—Los milicianos están bien atendidos; tienen de todo. 

—Tú necesitas ese dinero para ti; lo has ahorrado a fuerza de privaciones, de sacrificios. No puedo aceptarlo.

Luz Amores estaba triste. Se adivinaba mucha sinceridad en sus palabras. El teniente coronel Ortega y el delegado político Alfonso Peña quedáronse pensativos hojeando la cartilla, cuyas imposiciones eran modestísimas.

 —No puede ser —dijeron. 

La muchachita de servir, hija auténtica del pueblo que ofrecía entusiasmada el fruto de su diario trabajó para que los bravos combatientes de las Milicias Vascas tuviesen una ayuda más en el parapeto y en la trinchera, abandonó llorando el despacho del teniente coronel Ortega, que, como el delegado político, la miraba enternecido, lleno de emoción infinita, por aquel gesto admirable. 


Luz Amores no se conforma 

Luz Amores no supo conformarse con la decisión de estos jefes. Fué a Madrid, inconsolable, y al cabo de dos horas ya tenía en su poder los ahorros guardados en aquella cartilla rechazada. 

Casi dos mil pesetas habían ganado sus manos generosas, ennoblecidas por el trabajo. Con ellas compró bufandas, guantes, jerseys y calcetines para los vascos 

¡Los vascos! Temple de acero, magnífico espíritu de disciplina y de solidaridad; fuertes como los robles centenarios de «la tierra», como el árbol de Guernica para resistir serenos, confiados, el zarpazo que nos acecha. Cazadores de tanques enemigos en todos los encuentros difíciles. Ellos peleaban aún, frente a lo desconocido llenos de esperanza, para que las mujeres y los niños de España, de esta España laboriosa y grande, tengan pronto un hogar venturoso, donde no falte optimismo, trabajo y pan. Son unos héroes. Por eso Luz Amores quería alentarlos con sus palabras, llenas de dulce y generosa sinceridad; con sus regalos, de un valor simbólico incalculable. 

Cuando el teniente coronel Ortega y el delegado político Alfonso Peña vieron nuevamente en la Comandancia a Luz Amores cargada con aquella mercancía quedaron mudos de asombro. Momentos después ella misma repartía, entre los afortunados vascos, calcetines jerseys, guantes, bufandas... La muchacha era feliz. 


Cómo piensa y cómo siente esta muchacha

Aproveché la ocasión para charlar unos minutos con esta muchacha generosa mientras el teniente coronel daba la orden de salir hacia los parapetos. 

—¿De dónde eres? 

—De Alba de Tomies (Salamanca) —respondió tímidamente. 

—¿Hace mucho tiempo que vives en Madrid? 

—Nueve años. 

—¿Cuánto dinero exactamente invertiste en estas prendas? 

—Mil ochocientas cincuenta y seis pesetas. 

—¿Por qué lo has hecho? 

—Hay que favorecer siempre al pobre; pobre soy también; pero quiero dar el ejemplo. Los que se llaman católicos y pueden no hacen nada por el necesitado. 

—¿Cómo ganaste esas pesetas? 

—Trabajando. 

—Tu situación no parece brillante. 

—Mientras esté sirviendo, nada me faltará. Y si no pudiera servir, la suerte habría de acompañarme. 

—¿Perteneces a algún partido político? 

—No. 

—¿Tienes familia? 

—Padres y hermanos. Todos pelean en distintos frentes. Por cierto que de ninguno tengo noticias.

—¿Quieres decirme algo para las mujeres españolas? 

—Sí. Cuanto hagan por los combatientes será poco. Triunfaremos. El pueblo tiene razón, y la razón es fuerza, más poderosa que la de todos los Ejércitos. Quiero decirles también que no comprendo cómo los curas pelean contra nosotros. Jesucristo andaba siempre con los humildes. 

Callamos. Luz Amores va a partir en unión del teniente coronel Ortega, del delegado político Peña y de los capitanes Azcoaga, David... Salen hacia las trincheras, mientras un obús de grueso calibre pasa silbando sobre nuestras cabezas. 


Mario Arnold 
Mundo Gráfico, 13 de enero de 1937







3229. Noviembre luz




Noviembre luz
(En la muerte del general Franco)


Y finalmente, general, ya está harto.

Y ahora que las serpientes de cascabel, las lombrices de tierra, los
gusanos, las bacterias en los ejércitos
avanzan contra ti debajo de la tierra
y van a picar vorazmente en la hermosa y
rica madera y lana de tu cama,
tenemos que hacer otros insectos,
tenemos que afilar nuestros dientes iracundo,
poderoso, penetrante, para robarte,
para acabar contigo y los soldados
en la inercia de tus órdenes, sin cerebro.
Debemos saber cómo levantar nuestros puños con
fuerza hasta las bocas
de los orgullosos ayudantes de su reino.

No vale la pena, sus secuaces,
se agachan bajo los crucifijos,
no vale la pena pretender ser apóstoles
o santos bajo palios o pobres viejos.

Sabemos que es nuestro trabajo duro,
la lucha por romper todo el castillo
montado en traición y falsedad,
y ahora, como la lluvia de Galicia,
caeremos sobre ti gota a gota,
caerás como los golpes del martillo
del firme falsificador o del constructor. .
Y evitaremos que
las desagradables bocas de tus lobos y perros te recomienden,
y tenemos que hacer que tu barriga
explote con los gérmenes
de tus horribles cómplices de los infames.

Veo la ciudad estática, asombrada,
por las calles húmedas amaneciendo,
hablando en grupos de personas, con cautela,
con el pánico avanzando. Hay una nube
muy grande y muy oscura en el cielo.
El humo del techo sube lentamente.
La sombra aún domina, pero hay patios,
reductos que secretamente alimentan a
un grupo de gallos atrevidos
que cantarán luz, darán ampollas y arrojarán
sus uñas a los ácaros
de la inmundicia sucia.
Y pronto aplastaremos firmemente
la larga noche pedregosa, todo miedo.

Finalmente, desafortunadamente, te estás metiendo en
un ataúd rico, eres un cadáver
que tiene fe en toda España hace mucho tiempo,
que quería que todos nos pudriéramos
antes de morir, y serás seguido
por otros como tú pudriéndote por dentro,
podrido en apariencia. de personas,
fantoches junto a cruces, entre obispos,
función hipócrita, fraude del demonio.

Abrimos las ventanas. Se
acerca un día que trae el amanecer de un nuevo tiempo.
¡Hay aire renovado! Ya estoy respirando!
¡Ya los gallos felices cantan al amanecer!

¡Nos llega una gran luz en este viaje!
Las nieblas de la infancia, esos cuentos
terribles ya se están desvaneciendo.
Y veo, en general, las muñequitas, las
cortinas, la gran cortina, todo el teatro
de la farsa, de la mentira que se deshace.

Ahora, en contra de usted, un gran ejército
de chinches, gusanos, babosas y bacterias
avanzan invencibles bajo tierra,
suben a la pirámide faraónica,
su tumba abovedada con templo,
ostentosa cruz de sacrilegio
e invaden "caudillos victoriosos"
por el aire, por las grietas del sartén ,
avanzan sin piedad en su caja, se adentran
en el escroto, atraviesan el cráneo,
esquivan los torpes gusanos, ya devoran
la mano con la que firmaron las frases,
la mano que solo quería firmar la muerte
y nos tiene entre rejas y sádicos.

Vamos a cantar ¡Aleluya! ¡Digamos gracias!
¡Satanás murió, no el amigo!
¡La luz iGran puede llegar hoy, este día,
en este amanecer gris de noviembre!


Bernardino Graña
21 de noviembre de 1975







3228. Carmen Herranz, mecánica conductora

Carmen Herranz - Foto: Mayo


La encontramos tirada bao el coche. La cabeza un poco levantada y a su altura la rueda desarticulada de un coche. Al advertirnos nos hace mohín de grasa y polvo, contrariada.

—Es excesivo. Yo no hago más que lo que siento y lo que debo. Cualquier compañero vale más. Hace mucho más. 

—Ellos son hombres y tú no, camarada. La sociedad capitalista solo os reservaba a las mujeres del pueblo la cocina, el fregadero y el lecho. A ello limitaba vuestro pasar por la vida. Lo demás era para vosotras inabordable, salvo que vuestros papas estuvieran podridos de duros para comprar el titulo de cualquier carrera. Y en esté panorama miserable las excepciones eran tan extraordinarias como escasas. Han cambiado los tiempos. Ahora están a vuestro alcance los oficios, las especialidades. Y a ellas un dedicáis con el magnifico afán que da vuestro sano espíritu de clase. Vuestro esfuerzo por la guerra, guerra dura por la libertad y la paz, merece estímulo y sacarlo a la luz para vergüenza de vuestros tiranos, que no han de volver porque vosotras mismas os lo habéis propuesto, y para demostrar el gran aliento creador de nuestro pueblo.


Afán de superarse

La hemos convencido.

—Por eso lo hice yo —afirma—: porque sé lo que es la esclavitud y la miseria, porque se lo que es el fascismo y quiero ayudar a su aplastamiento definitivo.

Carmen Herranz es un buen chófer ahora. Conoce la emoción de llevar en sus manos el control de un motor sobre ruedas, de velocidad útil. Y tiene también los conocimientos de mecánica que le dan posibilidades de arreglar pequeñas averías, de cuidar el auto como las circunstancias exigen. Es consciente y responsable. Sabe que en nuestra lucha todo el esfuerzo bien encauzado es importante. 

—Lo hace ya muy bien —nos dice el camarada Ferreiro, que ha sido su profesor—. Sabe lo que es un carburador, un delco. Es hábil para desmontar una rueda, la correa, una bujía. Cosas que parecen fáciles, pero que es el principio de un dominio mayor. Además tiene facilidad y una formidable voluntad para aprenderlo.  Y esto lo dice un compañero que tiene una experiencia de más de veinte años.

—Mi ilusión —dice esta muchacha— sería llegar a ser capaz de dirigir un taller grande de mecánica. Dominar la técnica de este oficio, que es muy bonito. Sí, no os ríais. —continua enérgica— Luego, cuando triunfemos, vamos a hacer falta muchas. 

Nos reímos, sí, por la satisfacción de ver la disposición y el entusiasmo de nuestras magníficas y abnegadas mujeres. Así como del formidable esfuerzo de nuestro pueblo. 


Antes fue pobre y hacendosa directora de su hogar

Cuarto pequeñito del popular barrio del Terol, en los Carabancheles. Muebles modestos y amontonados casi. Una misma habitación es comedor y dormitorio. En ellas, escenas de trabajo, de privaciones, de dolor, de lucha. 

Varios hermanos, y de ellos ésta, la madrecita. La muerte se llevó muy pronto a la madre.

Carmen conoció así las fatigas de las huelgas seguidas por sus hermanos  y por su padre, de oficio cerrajero todos ellos. Hasta que llegó el día que cambiaron las limas por el fusil. Se atentó  contra el pueblo y, como gentes del pueblo, había que defenderlo.

—Fíjate —nos dice ella— aquello suponía acabar con las fatigas y con la esclavitud, o quedar con ellas para siempre. En los días duros del noviembre histórico, la fecha gloriosa en la que el pueblo de Madrid asombró al mundo, Carmen y los suyos perdieron su pobre y querido hogar. Las mesnadas de la invasión lograron rebasar su casa, aunque no pasaran de allí. 

—Lo perdimos todo —nos dice esta chófer simpática—, pero no importa. Teníamos la vida y la voluntad de seguir luchando hasta acabar con todos los fascistas. Lo demás ya vendrá.

En tal situación surgió la idea: "Tú debes hacer algo positivo, porque eres enérgica y fuerte — le dijo el hermano—. ¿Qué te gustaría más?" "Ser chófer", dijo ella. 

—Yo pensaba que harían falta conductores —nos dice ahora— y he visto que ciertamente, era necesario. Además, las mujeres debemos saber trabajar, por si acaso.


Una gran voluntad y un sano optimismo 

Así, Carmen Herranz llegó a ser mecánica conductora. La suerte estaba echada. Sólo quedaba el esfuerzo de la voluntad y la aptitud. 

De las dos cosas le sobraba a Carmen. Ingresó en las escuelas de capacitación profesional de las O.S.R. Allí, entre los hombres, dos mujeres.

—La otra compañera está actuando también ya —nos dice—. Pero ésa sabe mucho más que yo. 

Fueron veinte días de curso bien aprovechado. Conoce la conducción, las distintas piezas del motor, aunque confiesa todavía no conoce a fondo su montaje.

—Tengo un libro muy bueno —nos indica—. En el que estudio en los ratos libres para no olvidar lo aprendido y por si aprendo más. 

—Sí —afirma su profesor su poquillo orgulloso—. Conoce el porqué de cada avería, y muchas las repara sola. Pero tiene la gracia de no dar importancia a las cosas. Si se le parte una rueda da gritos de alegría. 

—¡Claro—explica ella—, porque se podían haber roto las cuatro y mi cabeza! 


La indignación de dos guardias de asalto

Sus dieciocho años, pelo rubio ensortijado y su cara fresca y simpática, dio origen a un curioso caso durante su aprendizaje. Al volante, con su profesor al lado, pasaron por una pareja de Asalto que cumplía servicio de vigilancia.

—Mientras unos lo damos todo —comentaron con justa indignación—, otros gastando gasolina para pasear mujeres... 

Ellos lo oyeron, y frenaron el coche.

—No camaradas —dijo el profesor—. Es una legítima hija del pueblo que quiere ayudarnos, y para ello está aprendiendo. Dentro de pocos días la veréis sola de chófer. 

Fué suficiente para desarrugar loa duros gestos de aquellos soldados, que convirtieron en otros expresivos de felicitación y alegría.

—Así debían hacer todas; así la victoria llegará antes.

—Ahora —ataja ella contenta— me ven muchos días y me saludan como mis mejores camaradas. 


Ayudarles es una gran labor de guerra

Es formidable el movimiento de incorporación de la mujer al trabajo. Metalúrgicas, chóferes, obreras en todos los talleres. Ellas lo están demostrando con un gran cariño, con una enorme voluntad. Abnegadas y conscientes, ayudan a nuestros obreros, a nuestros soldados, cada vea más eficaz e intensamente. Ayudarlas, capacitarlas, estimularlas es una gran labor de guerra. Porque ellas han de acelerar el ritmo de nuestra lucha y acercar la hora de la victoria definitiva. 

—Y después ayudar a la reconstrucción y formación de nuestra nueva España —como Carmen Herranz nos dice—. Hacer de nuestra patria otro país próspero y feliz como la Unión Soviética.

Este es el ejemplo que a nuestras mujeres han dado las ahora felices trabajadoras de la U.R.S.S. 


López Abad
Estampa, 8 de enero de 1938