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2944. Ramón Díz Rivas, de Vilaxoán a Mauthausen/Gusen

Registro de muerte del KZ Mauthausen / ITS Archives, Bad Arolsen 


María Torres - 10 de diciembre de 2019

Ramón Diz Rivas nace a las seis de la mañana del 15 de octubre de 1897 en el lugar de la Lagoa de la que por entonces era la parroquia de Sobrán en el municipio de Vilaxoán, que en 1913 se anexionó a Vilagarcía de Arousa (Pontevedra). Son sus padres José Diz Rubianes, cantero, y Manuela Rivas Camba, ambos naturales de Sobrán. Es nieto por línea paterna de José María y Ramona, y por línea materna de Joaquín y Modesta. Todos ellos labradores y oriundos de Sobrán.

Consta la existencia de un hermano: José, nacido en 1904, marinero del Cabo San Agustín, prisionero del Gulag de Karagandá de 1941 a 1948, y que perece en Odessa el 22 de agosto de 1948 dejando una carta en la que pedía volver a España, con su mujer y sus tres hijos, «que necesitan de mi ayuda.»En 1956, el Juzgado de Primera Instancia de Cambados, publica un edicto para hacer saber que por «doña Dolores Buceta Bello se tramita expediente de declaración del fallecimiento de su esposo.»2

Su tío paterno Manuel Diz Rubianes, Presidente del Sindicato del Transporte Marítimo de la CNT de Vilagarcía, fué ejecutado el 15 de agosto de 1936.

Ramón era marinero fogonero y en 1921 se traslada a Erandio (Bilbao)2 en busca de una vida mejor. Contrae matrimonio con Concepción Eizaguirre Rementería y nacen dos hijos: José Ramón (1930) y Luis (1932). Ambos ya fallecidos.3

En mayo de 1937 Ramón es evacuado desde Bilbao a Francia. Se ignora si sale en compañía de su familia, ya que tan sólo figura su nombre en una relación de evacuados publicada por Euskadi Roja el 22 de mayo de 1937.

Estuvo confinado en Saint Cyprien, y como gran parte del colectivo vasco, pasa por "Guernika-Berri" en el campo de Argelés, hasta que es trasladado a Gurs el 6 de abril de 1939, donde ocupa la barraca 3 del Islote C. Figura en la relación de personal que se hallaba en ese islote con fecha 10 de junio de 1939, junto a otros 1379 prisioneros y que por orden del mando francés fueron desalojados en julio de 1939.

Ramón es detenido por el ejército alemán e internado en el campo de Angulema, hasta el 24 de agosto, en que es confinado en Mathausen (prisionero 4053). El 21 de enero de 1941 es transferido a Gusen - Block 23, donde perece de pleuritis según los documentos nazis seis días después, en la mañana del 27 de enero.

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1 LORDACHE, Luiza, En el Gulag. Españoles republicanos en los campos de concentración de Stalin (RBA, 2014), de Luiza Iordache
2. B.O.E. Núm. 259, de 15 septiembre 1956,  Anexo único. Página  3261
3. Erandio se anexionó a Bilbao en 1940 y se desanexionó en el 1983








2943. Goya. Picasso. Claroscuro candente. Aguafuerte de España

© Roberto Otero. Museo Picasso de Málaga


Picasso y Goya. Goya y Picasso. 1810: «Los desastres de la guerra». 1937: «Guernica». Dos toros españoles, centrando el ruedo ibérico en un terrible claroscuro, repartiendo cornadas contra los enemigos, levantando un clamor universal, la más grande condena que haya podido pesar sobre ningún tirano. (1968)


I

La obra de Goya es como ese ruedo inmenso de nuestras plazas de toros cuando a las tres de la tarde, en plena canícula, se le ve dividido, de manera violenta, en dos mitades: de una, cegadora, irresistible, la luz; de otra, morada y profunda, casi tirando a negro, la sombra. Claroscuro candente. Aguafuerte de España. Y si este pozo redondo, si esta casi circunferencia de rojiza arena, partida, la llenamos de sangre y de bramidos desgarrados, si la cruzamos de imprevistos relámpagos de plata y oro, de zigzagueantes y perfiladas descargas de colores; si la ceñimos, además, de una marea incontenible de clamores humanos, rota de cuando en cuando por silencios que alcanzan, comprimidos, ese más hondo y angustioso que llamamos de muerte —un silencio de muerte—, comprenderemos aún mejor, de modo más exacto, esta semejanza.

Yo no pretendo aquí describir nada de la técnica, de la significación pictórica de Goya, ya estudiadas por tantos. Intento únicamente referirme a lo que se desprende, para mí, de la profunda vida española de su obra, su casi vertiginosa y tan actual vida escénica. Ver y escuchar. Porque en toda la obra de Goya, más que en la de ningún otro pintor, no sólo vemos, sino que también oímos. Y más precisamente en sus grabados, sus agitados dibujos y aguafuertes. Extraña cosa este pintor, al que hace tiempo le pregunté en un poema que le dedicara:

¿De dónde vienes tú, gayumbo extraño, animal fino,
corniveleto,
rojo y zaino?

Gayumbo extraño, animal fino, es decir, toro raro, sin par, el propio Goya, pero suelto y ornado por banderillas de lujo encintadas de sangre, en mitad de esa plaza de lidia, nuestro ancho «ruedo ibérico», que diría Valle-Inclán, éste, más que toro, un barbudo cabrío, pero también de empuje desgarrado y goyesco. Pues ese toro que es nuestro pintor, reparte sus cornadas a diestro y siniestro, malherido de pena y desastre de España, llenos los ojos en su angustia, en sus bascas de muerte, de esa clara visión de lo real que de la propia vida dicen sufrir de un golpe los agonizantes. Y viene y va de la luz a la sombra, y vuelve y se revuelve, estallante de sol, ya hendido de penumbra, de oscuridad reveladora, hasta alegre y sarcástico en su espantosa acometida. Toro aguijoneado por ácidos mordientes, chorreando de sangres que coagulan en negro, pero que se estremecen con trallas de relámpagos. Claroscuro candente. Aguafuerte de España.

Y ya definida plaza de toros, para él, toda nuestra Península, no hay espacio, así sea el que puede llenar un solo hombre, en donde él no clave sus mortales agujas. Así, arremete de pronto contra el viento y lo sacude en la acerada noche madrileña, alzándoles las faldas a las jóvenes para mirarles, centrándolas en una rara luz, las torneadas pantorrillas. Tuerce por callejones y placetas, por arrabales de su invención, donde se da de boca con mujerzuelas de la vida, improvisadas elegantes, a quienes las madres pordioseras piden por caridad una limosna, viéndose rechazadas por las hijas, que ya no las conocen o lo fingen, avergonzadas de los sucios harapos. Después, nuevo diablo cojuelo, abre ventanas con los cuernos o descorre tabiques, dejando al descubierto las más inusitadas escenas. He aquí la casa de los burros, los literatos pedantones, los sabihondos de todos los tiempos, escribiendo —o leyendo— tras las enormes antiparras, o bien, dobladas de atención las asnales orejas, escuchando, como tantos y tantas que no entienden de nada, la música, ejecutada o dirigida por el primer mono que llega. Más allá, en otro cuarto, está el mono verdadero que pinta, el que retrata al burro, haciéndole el retrato que cierta no lejana jerga llamaba «psicológico», permitiendo al modelo la semejanza pura de la más pura desemejanza. El mono, por más detalle, es zurdo, y el asno se siente satisfecho del cuadro, donde ha salido con peluca y una expresión de berza o repollo.

Levanta Goya otra pared y... «¡Qué pico de oro!», exclama una asamblea —¿de políticos, de académicos?—en un estado papanatesco de éxtasis ante la perorata de un solemne y ploripondesco papagayo, que se refiere, con seguridad, a la pureza del idioma, al veto o cabida de tal o cual vocablo en la nueva edición del diccionario de la lengua. ¿Habrá querido Goya, siempre tan adivinador, aludir en este grabado a ciertos académicos de la actual Real Academia de Madrid?

Vuela el toro baturro por sobre nubes y tejados, yendo a caer, cosa que le gustaba sobremanera, en un convento, dejando al aire el claro refectorio y la repleta oscuridad de la jerónima bodega. «Están calientes», farfullan unos frailes engullidores de sopa, reventantes de grasa y de ardorosos apetitos, nada disimulados bajo la parda estameña de los hábitos, mientras fray Juan, fray Pedro y fray Antonio, en el sanctasanctórum de los vinos, llenos los vasos hasta el borde, mojan bizcochos y mendrugos en la púrpura ardiente del tintorro. «Nadie nos ha visto», murmuran, relamiéndose, sin contar, claro es, con el feroz ojo de Goya que los miraba en la penumbra.

¿Y los espejos? Recula el toro fascinado ante esas aguas fieles, reproductoras inclementes de todo cuanto a ellas se asome. ¿Qué le gustó meter en sus estáticas profundidades? De preferencia, a viejas destrozonas, no escarmentadas presumidas, pergaminos parasitarios, desafiando hasta la muerte, con su espantosa fealdad, el impasible azogue luminoso. Goya no perdonó ni a su amiga la reina María Luisa de Parma la devolución exacta, por el espejo, de toda su real y estaférmica persona. ¿Qué pasaría —pienso yo ahora— si a cierto empapuzado espadonísimo que los españoles padecemos se le ocurriese asomarse a uno de estos endiablados charcos de aguas tirantes que tanto incitan al pintor? Puede ser que el azogue no aguantase visión tan marcialísima y saltase, asustado, en mil pedazos.

De los espejos, salta y penetra, como pudiera hacerlo también hoy, por las rejas más gruesas y tupidas, a los oscuros calabozos de las cárceles, en donde hacinadas y exhaustas de fatiga se ven unas pobres mujeres, rendidas por el sueño. Y es la piedad del propio Goya quien aconseja ante cuadro español de actualidad tan permanente: «No hay que despertarlas, tal vez el sueño es la única felicidad de los desdichados.»

¡Qué no habrá recorrido este toro de fuego, iluminando todo en su carrera de dramáticas sombras, sacándole relieve a una terrible realidad, aún no difunta en nuestra patria! El casi nada imaginó. Como un potente ojo de cíclope, fue descubriendo lo que nadie veía, pero que sin embargo estaba allí en espera tan sólo de que su rauda mano lo dejase rayado para siempre en los cobres del tiempo.

¡Oh luz de enfermería!
Ruedo tuerto de la alegría.
Aspavientos de la agonía.

¡Ji, ji, ji! Es el reverso de las sombras: una sonrisa, y hasta una larga risa que se abre, como los labios rajados de sandía, por ferias populares, tendidos tauromáquicos, cortesanos salones, alamedas nocturnas, tabladillos escénicos...

Tirana, más que tirana;
tirana y andar, andar,
que tengo mi corazón
que no puedo suspirar.
Tiranilla mía, tirana y andar,
que no puedo suspirar: ¡ay, ayl

Sí, sí. Es el anverso de la duquesa con reverso, como dije también en mi poema dedicado al pintor. Aquí el toro goyesco se ríe, sin vergüenza y erótico, abrazado con cómicas, tonadilleras, manólas, aristócratas; mezclado con toreros, majos, rufianes, gente de patillas y navaja, que más que en los grabados ha de exaltar en su pintura, en sus cartones para la Real Fábrica de Tapices, bañándolos a todos de tan feliz y acuarelada transparencia, que ha de lograr —pongo por ejemplo— que la Maja vestida nos dé la sensación de estarlo menos que la otra maja que nos dejó desprovista de ropa.


II

...Pero cuando más el pintor se hallaba requebrando en la Pradera, en San Antonio, a la moza de cántaro, o embozado y secreto por las umbrías galantes; cuando del barandal de los balcones presenciaba, entre blondas de encajes y abanicos, el desfile real, la procesión o la estridente murga carnavalesca, un clarín de batalia raya los aires españoles, y el pueblo madrileño, enardecido, se lanza en mitad de la Puerta del Sol, ya a cuerpo limpio o con el primer filo que encuentra, contra los mamelucos a caballo, la guardia egipcia de Nápoles, mandada por el mariscal Murat. Un heroico clamor va a escribir en el cielo de aquella primavera una fecha simbólica: 2 de mayo de 1808. Goya estaba en Madrid, centrando el ruedo de ese día. Su negro toro, bajas las astas afiladas, escarba la enrojecida arena, y se dispone, torvo, para la gran arremetida, esa honda cornada que se entierra en la carne y que ciega de sangre los ojos y la cara de la res, enfureciéndola, fortificándola aún más para el combate. Ahora sí que está España en claroscuro, sí que el pintor va a verla como nunca, va a sentirla como jamás en aguafuerte.

Pero hay alguien que parece estar solo en medio de las calles, haciendo frente, de manera espontánea, a aquella oleada inmensa de soldados franceses, surgida, así, de pronto, como del fondo de las piedras. Ese alguien es el pueblo. ¿Pero está solo realmente? El no lo sabe aún. Lo que sí sabe de verdad en aquellos momentos es que su rey lo ha abandonado, que las autoridades han huido, que el ejército no combate y que en aquella lucha gigantesca él es tan sólo el verdadero dueño de la patria. Pero su ejemplo cunde, su cólera arrebata, vuela como pólvora, haciendo que a la lucha se sumen los mejores, todas aquellas gentes no dispuestas a dejar nuestro suelo en manos extrañas. Y al lado de la manóla y el chispero, de la lavandera del Manzanares, del vendedor de agua por el Salón del Prado, de la moza de cántaro, del mozo de muías, del botero, del arriero, del herrador, del mendigo, de esa llamada tantas veces por labios despectivos la canalla, la chusma, el populacho, descienden —sin temor a rozarse con sus modestos trajes y su augusta pobreza—, junto al hombre de alcurnia, la dama de abolengo, el sacerdote humilde, el militar anónimo, descienden, digo, las más esclarecidas inteligencias, no sólo de las letras y las artes, sino de todos los campos que formaban entonces la cultura española. Goya, naturalmente, es el primero que ha bajado a la calle, el primero que ha corrido en su ayuda; Goya, el afrancesado, como entonces se motejaba a los amigos del pensamiento progresista de Francia, llevando entre sus manos no un arcabuz ni un sable, sino un arma peor, de golpe más mortífero: una punta de acero —¡qué inofensiva cosa tan pequeña!—, con la que ha de grabar eso que él bautizó Los desastres de la guerra, hoy la más dura acusación de los tiempos modernos contra las guerras de conquista.

Y como lo hizo Goya, es decir, la Pintura, también la Poesía combatió junto al pueblo, alimentando con sus altas candelas —como volviera a hacerlo más de un siglo después, en 1936— aquel mar de heroísmo. Al «¡No pasarán!» lanzado aquel día de mayo de 1808 por el pueblo español a la cabeza de los invasores, al rostro de los ejércitos, en todas partes victoriosos, de Napoleón, la voz de los poetas liberales, mayores y menores, de los líricos patriotas, prestó su acento heroico, reforzándolo, afirmando con esto su dura resistencia, su firme voluntad inexpugnable. Y a la de don Manuel José Quintana, que militó en la Junta de Resistencia, que azotó en versos desbocados al tirano Godoy, que había exaltado en versos sonantes a los héroes marinos de Trafalgar, se unió la voz del sacerdote salmantino Juan Nicasio Gallego, primer cantor del 2 de mayo, y luego, a lo largo ya de toda la guerra de Independencia, la de poetas como Alvarez de Cienfuegos —condenado a muerte por Murat y después en rehén llevado a Francia—, Francisco Sánchez Barbero, Cristóbal de Beña, José Somoza, el duque de Rivas, once veces herido en diferentes campos de batalla. Este clima de lucha, esta cargada atmósfera de poesía civil y épica, este constante ejemplo de hombres de letras, de artistas como Goya, fieles a España y a su pueblo en uno de los momentos más graves de su historia, fueron madurando el camino, haciendo los peldaños que habría de escalar algo más tarde otro poeta liberal, el romántico revolucionario de las barricadas de París en 1830, el de más fiera musa cívica y aleteante patriotismo, José de Espronceda, nacido en aquel mismo año del 2 de mayo madrileño, y luego cantor, el más consistente y fervoroso, de aquella gran fecha.

Los que el rápido Volga ensangrentaron;
los que humillaron a sus pies naciones,
y sobre las pirámides pasaron
al galope veloz de sus bridones,
a eterna lucha, a sin igual batalla,
Madrid provoca en su encendida ira;
su pueblo inerme allí, entre la metralla
y entre los sables, combatiendo gira.

Cosa no sólo de mirar, sino de oír, la obra toda de Goya, dije ya antes. ¿Qué vimos, qué escuchamos todavía en ella los españoles de 1936, ese pueblo magnífico que respondió a la insurrección militar del 18 de julio —van a cumplirse ahora los veinticuatro años— con la toma del Cuartel de la Montaña y la rápida conquista de numerosas provincias sublevadas? El ejemplo inmortal de su «2 de mayo», la fiereza y la gracia de todo un pueblo, registradas en sus tremendos grabados y dibujos. Y como en 1808, también la lealtad de todos los auténticos poetas de España —sin ahora nombrar a otros insignes hombres de nuestra cultura— fue página radiante de aquellos años duros, pero maravillosos. Y para que a nuestro pueblo no faltase en su lucha un poderoso aliento, semejante al de Goya, otro pintor, Pablo Picasso, el más grande de nuestro tiempo, de lejos, pero metido dentro de su sangre, lo ayuda, y acompaña y deja, como el genial acusador de Los fusilamientos, su clamante Guernica, delator así mismo de la barbarie nazi en nuestro suelo, y su Sueño y mentira de Franco, una sarcástica y sonámbula mofa del generalísimo ferrolano del mismo nombre.

Goya. Picasso. Claroscuro candente. Aguafuerte de España.


Rafael Alberti
Goya, aguafuerte de España, 1960





2942. Desde el mirador de la Guerra. Recapitulemos


Aunque los acontecimientos no marchen al ritmo de nuestra impaciencia, hemos de reconocer que tienden a seguir sus cauces naturales. En Inglaterra y en Francia la opinión está cada día más despierta y menos desorientada. No es fácil ya que los Gobiernos de Londres y París hagan demasiadas concesiones a los matones de Berlín, y Roma, sin que un abucheo universal los asorde.

La ocurrencia genial de nuestro presidente, el doctor Negrín, de retirada total de nuestros voluntarios, y las justas palabras de Álvarez del Vayo, han eliminado del problema español la turbia zona de los equívocos, donde tanto provecho encontraron nuestros adversarios. Ya nadie puede engañarse, ni aún el número incalculable de los papanatas. España está invadida por potencias extranjeras. Del lado de la República no hay más que españoles. Frente a nosotros, un pueblo mediatizado por la invasión, el que más directamente la padece, un pueblo al que se arrastra a una lucha contra nosotros (es decir contra España misma, la España libre aun de invasores), y las fuerzas militares de Italia y de Alemania, que pretenden sojuzgar nuestro territorio y establecer en él las bases defensivas y los focos de agresión contra Inglaterra y Francia, las dos imperiales democracias de Occidente.

Parece indudable que la retirada de fuerzas invasoras de nuestra península no ha de pasar de un mero y groserísimo simulacro, por razones tan obvias que, como decía un ateneísta, hasta las señoras pueden comprenderlas. El régimen dictatorial, descaradamente dictatorial, basado en el éxito inmediato y progresivo, no puede sobrevivir a arrepentimientos de ese calibre, mucho menos cuando los tales arrepentimientos implicarían renuncias a ventajas positivas, verdaderas victorias estratégicas, obtenidas en la gran contienda ya entablada, y en la cual los totalitarios llevan, hasta la fecha, la mejor parte. En verdad, nadie piensa en la retirada de invasores de España sin que éstos intenten por todos los medios, cotizar sus ventajas en pro de sus designios de expansión imperial. Alemania ha obtenido éxitos enormes para su expansión centro-oriental en Europa —Austria primero, después Checoeslovaquia— sin haber abandonado un momento su presión en España, donde el Aquiles británico tiene su talón vulnerable. Italia reclama ya con impaciencia las ventajas equivalentes en el Mediterráneo y, en parte, compensatorias, porque la anexión de Austria por Alemania supone un grave atentado al porvenir de su pueblo. Hablar en estos momentos de No intervención en España es un abuso descomedido de las palabras; porque todas las pretensiones de Alemania y de Italia —los máximos intervencionistas— están complicadas y lo estarán más de día en día con la presión en España.

A medida que el tiempo avanza, el problema se agudiza, no para nosotros sino para todos. En verdad, nosotros lo hemos sacado de puntos para dejarlo reducido a sus propios términos. Tal ha sido la gigantesca obra militar de nuestro Ejército, y de la política del doctor Negrín. Para un nuevo reparto del mundo, Italia y Alemania ocupan en España posiciones que no piensan abandonar, antes por el contrario pretenderán arraigar en ellas, posiciones que tampoco pueden impunemente conservar, en primer término porque España no soporta la invasión ni abdica de su independencia (sobre ésto, como decía un filósofo, conviene que no quepa la menor duda); en segundo lugar, porque la permanencia del invasor en España obligaría a Inglaterra y a Francia a la defensa de sus intereses vitales amenazados de muerte. 

El nuevo Munich a que se encaminan les llevará a concesiones en el Mediterráneo, infinitamente más graves que las que han realizado hasta la fecha, en perjuicio no sólo nuestro, sino en daño de sus pueblos respectivos. 

Por de pronto, han pinchado en hueso en su entrevista de París. El patriotismo francés empieza a estar en guardia y ese patriotismo no puede ser fascista y es algo más serio de lo que muchos creen. La beligerancia a Franco, tras la cual veía Mussolini el aplastamiento de la República española y su posición en España para una cínica política de beati possidentes (la que tuvo en Abisinia), no ha podido ser concedida. La loba romana aulla desvergonzadamente y no parece que Mussolini renuncie a la empresa; tampoco es fácil que deje de contar con el apoyo del fascio anglo-francés. Pero el fascio anglo-francés comenzará a ser muy poca cosa ante el patriotismo integral de dos grandes pueblos. 


Antonio Machado
La Vanguardia, 7 de diciembre de 1938






2941. Manifiesto a la mujer

Españolas:

Los momentos de angustia por que acaba de atravesar España, nos afirman cada vez más en la necesidad de que la mujer se una en un doble sentimiento común: «la exaltación del amor patrio y el amor a la humanidad» (sentimientos tan compatibles como el amor a la patria chica dentro de la patria grande) formando una fuerza política independiente, que si no logra de momento acortar distancias y borrar diferencias que sólo sirven para entorpecer o destruir la vida de un país, evitará al menos que vaya a engrosar inconscientemente las milicias del odio y la pasión.

La mujer educada en una orientación política sana, se librará de la ceguera del sectarismo y la que menos haga, al ejercer sobre los suyos la influencia que siempre tuvo, extenderá sobre el país el manto bienhechor de la paz social, cuyos cimientos ha minado el odio y va a ser muy difícil sostener sin la calma de unos y la generosidad de otros; sin la transigencia y comprensión de todos. Esa paz, al extremo a que hemos llegado, sólo puede ya conseguirla la mujer; porque el mal es tan hondo, que no bastarán a contenerlo las alturas del poder, sin el auxilio de quien por su función en la familia, si se prepara, puede abrir a los suyos una ruta mejor que la de sangre y destrucción en que ahora se ven precipitados.

Las que nos incorporamos a la A.N. de M.E. al fundarse el año 18, no íbamos impulsadas por el vano prurito de equipararnos al hombre, sino llevadas por un santo «anhelo de colaboración» en la obra del país con nuestra fe puesta en la mujer española. Un ansia de renovación llevando a la vida sentido más real de la justicia, según emana de aquella sentencia: «Ama al prójimo como a tí mismo», letra muerta en la sociedad de hoy y de todos los tiempos, sacó del cómodo retiro del hogar a un grupo de mujeres que se mantuvieran firmes y fieles a la idea que las inspiró, formándose durante los años al calor de nuestros espíritus de mujeres educadas en la tradición del hogar español, esa «solera» que da a nuestro feminismo verdadera característica femenina. En esa solera, el nuevo jugo que aporta a la vida el despertar político de la mujer, perderá las acideces de su inexperiencia, convirtiéndose en rico tónico del organismo nacional.

Insensato hubiera sido pretender en instantes de efervescencia política, distraer a la mujer del apasionamiento general, llamándola a una concentración femenina de acción política independiente, porque esa misma pasión le hubiera impedido responder, y más que insensato, temerario y aun fatal a nuestra causa hubiera sido hacer partícipe a nuestro sexo de la responsabilidad que implica la actuación pública en épocas de tantas dificultades.

He ahí la razón de la actitud expectante que la A. de M. E., madre del feminismo español ha guardado en estos últimos años.

Con generoso entusiasmo se apresta ahora a poner en práctica lo que considera una obligación emanada de su responsabilidad de feministas, y en hora suprema de adiós incontenidos, precursores de luchas fraticidas de hombres y partidos, «os llama» para que, agrupadas en una «acción política independiente», una misma preocupación nos una; un sólo imperativo nos aliente: «el bien de todos»: «la formación de una política, regida por el amor a la humanidad».

Las que de buena fe esperáis de las izquierdas la aplicación de leyes nuevas que hagan una sociedad más justa; las que con ansia miráis a las derechas suspirando por la tranquilidad perdida y por la calma de sentimientos lastimados; las que indiferentes en vuestra comodidad no veis que ya nadie puede sustraerse a los vaivenes de la política, porque el mundo se halla embarcado en una navegación difícil que necesita de todos sus recursos, venid a constituir una fuerza femenina que sienta los latidos de la patria, inspirándose serenamente en la razón de la «verdad», que es la única fuerza que rinde los espíritus.

Hagamos unidas, mujeres sin ideología definida, así como también las de ideas diversas, un organismo político independiente, que pueda ser considerado porque así lo merezca el prestigio de su actuación, como «venero» de elementos femeninos espiritual y prácticamente preparadas, sin apasionamientos partidistas que obstruyen la obra de buen gobierno, adonde acudan los gobernantes de buena voluntad en busca de colaboración desinteresada para la obra de paz y bienestar que el mundo anhela.

Si la indiferencia os retrae; si la desconfianza en vuestras propias fuerzas os contiene; si la falta de serenidad y la intransigencia os impiden convivir, nada se habrá logrado; pero esta Asociación habrá cumplido su deber al intentarlo.

Españolas: que vuestro corazón se levante al toque de clarín que os señala la misión de llevar la paz dentro y fuera de vuestros hogares; para borrar las fronteras de izquierdas y derechas, impropias de un siglo que debía caracterizarlo la cultura; para ser sólo españoles de una España próspera, que participe en el concierto humano que entre todos los hombres debía de existir.

No olvidéis que los momentos son precisos, porque la crisis porque atraviesa la civilización amenaza aplastarla, y si estáis sordas a nuestro clamor, la responsabilidad de lo que no quisisteis hacer, caerá solo sobre quienes no quisisteis escucharnos.

Los amigos todos de la democracia, acoged y amparar esta idea, porque si el recurso fracasa, cuando el mal es tan hondo, solo nos esperan estos dos caminos: o la dictadura blanca o la tiranía roja.

Madrid, 1 de Enero 1934
La Presidenta,
Julia Peguero


Publicado en Mundo Femenino
Madrid, julio 1934













2940. Los voluntarios



(“Puente de los Franceses, 
nadie te pasa, 
porque los milicianos 
¡qué bien te guardan!” 
Qué bien te guardan, sí, 
qué bien te guardan, 
cubiertas de ceniza la madrugada.) 


No preguntaron

Vinieron de tierras subidas a los mapas.
Según la latitud agrias o dulces,
duras o fraternales.
Oh viajeros,
con puñales, con rosas, fotografías de jefes queridos,
de niños solos, lugares y muertes.

No preguntaron.

Así vinieron,
nadie los llamó.
Un día llegaron a morir en los muros
de la ciudad sitiada, de la que sólo vieron sus orillas.

No preguntaron.

¡Tan delicadamente!
Qué aristocracia popular,
qué señores de la sangre y qué ilustre morir
cuya herida
explicaba el secreto de la pólvora.

No preguntaron.

Ellos,
los hombres de la primera columna voluntaria,
no preguntaron ¿cómo va el museo?
¿dónde están las mujeres y las coplas?
¿cómo se come aquí? ¿dónde está la taberna?
¿cómo se va a la catedral? ¿dónde está el cementerio?
ni cualquier otra cosa que pregunta un viajero
que conoce la sed, el hambre, el mundo.

No preguntaron.


Raúl González Tuñón
La muerte en Madrid, 1937








2939. Marcial Outerelo Abión, asesinado en el Castillo de Hartheim

Registro de muerte del KZ Mauthausen  de Marcial Outerelo Abion - ITS Archives, Bad Arolsen



María Torres -  30 de noviembre de 2019

Marcial Outerelo Abión nace a las siete de la mañana del 21 de enero de 1914 en la parroquia de O Piñeiro del municipio pontevedrés de Covelo. Hijo de Cándido y Generosa, labradores, naturales de O Piñeiro. Nieto por línea paterna de Pedro y María Isabel, también labradores y por línea materna de Santiago y María. Todos oriundos de O Piñeiro.

Por el expediente del servicio militar sabemos que pertenece al reemplazo de 1935, que reside en Lisboa y trabaja como "sirviente". El 1 de febrero del mismo año se presenta en el Consulado General de España en Portugal para solicitar ser tallado y reconocido a efectos de la Ley de Reclutamiento y Reemplazo del Ejército. Mide 1,55 m. y le faltan dos centímetros para alcanzar la altura exigida, pero esto no impide ser considerado útil para servicios auxiliares en el Ejército. No se presenta al acto de clasificación y declaración de soldados que tiene lugar en el ayuntamiento de Covelo el 21 de febrero de 1937. Su padre comparece al día siguiente en la alcaldía y alega que su hijo reside en Madrid, pero que ignora su paradero, por lo que es declarado prófugo el 29 de abril de 1937.

Marcial trabaja de camarero en Madrid y reside en la calle del Río núm. 22. Su pista se pierde hasta la Nochebuena de 1939 que es confinado en el campo francés de Argelès sur Mer procedente del de Saint Cyprien.

Capturado el 15 de junio de 1940 por el ejército alemán en el departamento de l'Yonne, es trasladado al campo de prisioneros o Fronstalag 192 en Laon (Ainse). Su nombre figura en el lista oficial de detenidos núm. 34 publicada el 21 de octubre de 1940. Es el comienzo de una existencia impuesta y de un periplo que le conduce hasta la muerte.

Pasó por el Fronstalag 150 en Saint Florentín (Yonne, Francia), ubicado en campo abierto al lado de la estación de ferrocarril, y por los campos de prisioneros VI-G en Boon-Duisdorf, (matrícula 8643), en el hermoso y frío Valle del Rin; VI-C próximo a Hoogstede-Bathorn, en el noroeste de Alemania; y XII-D en Trier situado en la colina de Pétrisberg con vistas a la ciudad de Trier. Allí coincide en espacio y tiempo con el prisionero más famoso del campo, el escritor y filósofo francés Jean Paul Sartre, que se fuga en marzo de 1941.

La gran mayoría de los prisioneros que son confinados en estos campos están dispersos en los destacamentos de trabajo o Arbeits Kommandos. Trabajan en granjas cercanas, en la industria o en obras de construcción.  

El 3 de abril de 1941 ingresa en Mauthausen, quedando registrado como cocinero y con la matrícula 4246. Cinco días más tarde es transferido a Gusen (matrícula 11900).

El nombre de Marcial Outerelo Abión figura en una lista de 75 prisioneros inválidos (12 polacos y 63 españoles), que parten desde Mauthausen a Dachau el 15 de agosto de 1941, pero que nunca llegaron a este destino. Todos fueron transportados al Castillo de Hartheim.

Marcial es uno de los 449 españoles exterminados en este siniestro castillo, la "escuela de asesinos" como la denominó Simón Wiessenthal, donde se acabó con la vida de miles de seres humanos entre 1941 y 1944. Muchos de ellos prisioneros enfermos de los campos de concentración y no aptos para el trabajo. El programa para eliminar a los enfermos de los campos cercanos como Mauthausen, Gusen y Dachau  tenía un nombre en clave: 14f13.

Marcial Outerelo es asesinado en Hartheim, aunque su muerte está registrada en el KZ Mauthausen a las 02:50 horas del 28 de septiembre de 1941. Sus cenizas y las de todas las víctimas son  arrojadas en el Danubio y su afluente el Traun. algunos restos fueron esparcidos en el jardín del castillo. En el año 2000 fueron encontrados restos que se inhumaron y volvieron a ser enterrados en el jardín, lugar donde hoy se levanta un Memorial.

El valenciano Casimiro Climent Sarrión, prisionero en Mauthausen y empleado en el Polittische Abteilung, la policía política del campo dependiente de la Gestapo, elaboró un listado de los 449 españoles que desaparecieron en Hartheim en los años 1941 y 1942. Era el encargado de archivar las fichas de los deportados españoles. El listado que confeccionó fue presentado en el proceso contra el doctor Reno, jefe médico del campo, que fue arrestado en 1963.

En el expediente de Marcial Outerelo Abión que conserva ITS Archives, Bad Arolsen, hay numerosa correspondencia entre ITS y el Ministerio de Asuntos Exteriores español durante los años 1970 y 1971, de la que se desprende que el Ministerio de Asuntos Exteriores, a través de Víctor Aranegui, ex embajador y responsable de asuntos contencioso-económicos, procedió a informar a la familia del fallecimiento de Marcial tras recibir la comunicación de Ministerio Francés de Antiguos Combatientes y Víctimas de Guerra.

Generosa Abión Contreras, madre de Marcial, obtuvo la confirmación de que su hijo había perecido en Hartheim a través de un certificado emitido por el Comité Internacional de la Cruz Roja: «Lamentamos mucho tener que darle la confirmación de la muerte de su hijo y le pedimos que acepte las sinceras condolencias del Servicio de Búsqueda Internacional». En una copia del certificado estampó su huella dactilar y la devolvió remitente. A partir de ese momento, intentó tramitar la solicitud de reparación en virtud de la Ley Federal de Indemnización alemana.









2938. Educación patriótica




Circular dictada en abril de 1940 dirigida a los Alcaldes y Presidentes de las Juntas Locales de Educación que debían comunicar a los maestros indicaciones concretas sobre la labor “tan eficaz que debían realizar en los aspectos cultural, religioso y patriótico”: 


Educación Religiosa

No se concretará la educación religiosa a las enseñanzas del Catecismo e Historia sagrada, a las que se concederá preferencia primordial, sino que toda la labor escolar estará impregnada de un profundo sabor cristiano, teniendo en cuenta que no existe ninguna materia de enseñanza de la que no se pueda sacar frutos que demuestren la excelencia de las cosas divinas. Los niños saludarán al Maestro, al entrar en la clase, con la españolísima frase de AVE MARÍA PURÍSIMA, a la que no se olvidará NUNCA, contestará por el Profesor, con la de SIN PECADO CONCEBIDA. En todas las sesiones escolares se rezarán las clásicas oraciones de entrada y salida, terminadas con u Padre-nuestro. 

Los sábados se rezará el Santo Rosario y se hará explicación del Evangelio correspondiente a la Misa del día siguiente. Durante el mes de Mayo se hará diariamente el ejercicio de las Flores a la Santísima Virgen. 


Educación Patriótica

Todos los días de clase y antes del comienzo de ésta, se irzará la Bandera Nacional en parte exterior del edificio escuela, dando el acto la debida solemnidad, cantándose por los niños con el brazo extendido el HIMNO NACIONAL, terminando con los gritos de ¡FRANCO ¡ ¡FRANCO ¡ ¡FRANCO ¡¡ARRIBA ESPAÑA! ¡VIVA ESPAÑA!. De la misma forma se arriará la Enseña de la Patria, al terminar cada sesión. Se aprovecharán todas las fechas conmemoraciones de hechos salientes de la pasada Cruzada para inculpar en los niños sentimientos de acendrado españolismo y se enaltecerá la figura del CAUDILLO que supo llevar a la Patria a los días de gloria y de justicia que estamos contemplando. 

Diariamente se hará una lección de Educación Cívica y de Patriotismo entresacada de las gloriosas páginas de la Historia de España. 

(B.O.P. de Guadalajara, 87, 10/4/40) 


Tomado de La depuración del Magisterio de Primera Enseñanza en Castilla-La Mancha (1936-1945. Memoria para optar al grado de Doctor presentada por Sara Ramos Zamora.