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2911. Matías Rodríguez Barajas, un castronuñero en los campos de concentración nazis

Registro de muerte del KZ Mauthausen.  ITS Archives, Bad Arolsen 



María Torres / 15 octubre 2019

Esta es la historia que he podido reconstruir hasta la fecha de Matías Rodríguez Barajas, nacido en uno de los pueblos más bellos de la meseta castellana bañado por el Duero: Castronuño.


Matías nace en la vivienda familiar de la calle Real de Castronuño, a las once de la mañana del día 24 de febrero de 1903. Son sus padres: Dionisio Rodríguez Chillón, hijo menor de José e Isidora, de profesión labrador e Isabel Baraja Corzo, la segunda hija de Bartolomé y Leoncia, ambos naturales de Castronuño.

Matías se queda huérfano de padre antes de cumplir los ocho años. Isabel, su madre, decide emigrar, dejando a Matías al cuidado de sus abuelos. Se comenta que se llevó con ella Consuelo, su hija pequeña. La existencia de Consuelo, así como su viaje y residencia en México, no ha podido ser documentada.

El 14 de diciembre de 1911 Isabel Baraja llega a Tampico, ciudad y puerto del noreste de México en el estado de Tamaulipas, para trabajar como ama de llaves en el hotel Rivera. En la tarjeta expedida por el servicio de inmigración, además de añadir una "s" a su primer apellido, se indica que es viuda, que tiene una estatura de 162 cms., pelo castaño, ojos grises, y que en 1932 cambia de domicilio. Fallece en Tamaulipas en 1959.

En 1922, cuando Matías tiene 19 años se traslada a la ciudad de A Coruña. Allí trabaja como tipógrafo y contrae matrimonio con Mercedes Franqueira Costa. Fijan su residencia en la calle de la Torre y en 1933 nace su hijo Mario.

Se desconoce la trayectoria de Matías Rodríguez Barajas durante la Guerra de España, pero la documentación le sitúa residiendo en la calle Barón de San Luis núm. 10 de Barcelona. Según una declaración de su esposa realizada en octubre de 1941, «se encontraba trabajando en Barcelona y fue movilizado por los rojos internándose en Francia a la terminación de la Guerra. »

Sabemos que fue detenido por la Gestapo e internado con el número de prisionero 36826 en el stalag XII D Trèves, en la colina de Pétrisberg con vistas a la ciudad alemana de Trier, hasta el 22 de enero de 1941, que es obligado a integrar un convoy con 775 republicanos españoles que parte de la estación de ferrocarril de Trier con destino a Mauthausen. Tres días después llega al campo de los españoles, en el que es registrado como tipógrafo con el número de matrícula 3523.

El 17 de febrero de 1941 es transferido al Block 17 del subcampo de Gusen (matrícula núm. 10059), donde perece diez meses más tarde, el 11 de noviembre de 1941 a las 07:23 horas de una insuficiencia mitral según consta en los documentos nazis. Cuatro días después sus restos fueron convertidos en humo en cenizas. Tenía 38 años.

El 9 de octubre de 1941, apenas un mes antes de su muerte, La Cruz Roja de A Coruña, a petición de Mercedes, su esposa, escribe a la presidencia de la Cruz Roja Alemana en Berlín, solicitando noticias de Matías: «Este paisano se encontraba en Barcelona y fue movilizado por los rojos, internándose en Francia a la terminación de la Guerra Española. Después fue hecho prisionero del ejército alemán y hace tiempo tuvo noticias que se encontraba en un campo de concentración, siendo su última dirección: Gefangennenmer 36826 - Stalag XII-D. El sujeto que se busca es natural de Castronuño (Valladolid), tiene 38 años y de oficio impresor

El 11 de noviembre de 1941, el mismo día de la muerte de Matías, la Cruz Roja en Berlín dirige escrito al campo de Mauthausen preguntando por él. No hay respuesta. El 8 de enero y el 11 de marzo de 1942, la Cruz Roja alemana insiste ante el comandante de Mauthausen. No hay respuesta.

La Cruz Roja en A Coruña por fin recibe una carta de la Cruz Roja alemana fechada el 6 de junio de 1942 en la que se indica: «En respuesta a su carta mencionada anteriormente, dirigida a la Cruz Roja Alemana,  hacerles saber que el español citado murió en el campo de Mauthausen. La Cruz Roja Alemana le pide amablemente que notifiquen a Mercedes Franqueira el documento adjunto y se lo entreguen.» El documento al que alude el texto es el certificado de defunción expedido por las autoridades de Mauthausen.

Mercedes Franqueira trabajó como limpiadora en el Banco Hispano Americano de A Coruña, intentó rehacer su vida y tuvo una hija de otra relación: Mercedes Pedrido Franquiera.

Mario, el hijo Matías y Mercedes, se marchó a vivir a Canadá. Casado con Ángeles, tuvo tres hijos: Mario, Suso y Agustín. Falleció en el año 2008.


Algunos datos familiares:

Dionisio Rodríguez Chillón

Padres: José Rodríguez  e Isidora Chillón
Abuelos paternos: Antonio Rodríguez Prieto y Francisca Miguel Martín
Abuelos maternos: Santos Chillón Prieto y Lucía Vázquez García
Hermanos: Casimira (1863), Pablo (1866), Clemente (1868), Francisco* (1874), y Rafael (1879)

Isabel Baraja Corzo

Padres: Bartolomé Baraja y Leoncia Corzo
Abuelos paternos: José Baraja Hernández y Francisca Hernández Vegas
Abuelos maternos: Francisco Corzo Arroyo y Rita Rodríguez Castro
Hermanos: Brígida (1870), Antonio (1875), Francisco (1880)


* Francisco Rodríguez Chillón, tío de Matías, comerciante de profesión, emigra en 1913. Hasta 1922 reside en San Antonio (Texas). Tras una estancia en España, se estableció en Huatabampio, localidad del estado federal de Sonora en 1924. Más tarde traslada su residencia a Piedras Negras,  ciudad fronteriza del noreste de México, en el estado de Coahuila. El 16 de enero de 1939 marcha a Nueva York.

Casado con María Linage, natural de Tamayo, Burgos, tenía una hija de nombre Herlinda.









2910. Josefa Martínez Agulla


Josefa Martínez Agulla
(24.12.1927, Cangas de Morrazo)

A estas horas de la mañana la sala del Hogar del Jubilado de Trintxerpe en la que hemos fijado la cita está vacía. Este clima de silencio y tranquilidad resulta de gran ayuda para que Pepita se sumerja en sus recuerdos y nos haga partícipes de ellos. Cuando llega, del brazo de su marido Antonio, aparece ante mí una mujer menuda, como la mayoría de las mujeres gallegas de su generación, pero, a pesar de sus 80 años, sus ojos vivos expresan claramente la fuerza de voluntad y la inteligencia del superviviente.

Una vez hechas las presentaciones, sus palabras salen rápidas  de su boca. “Mi vida es una historia bonita y  la vez penosa.

Mi padre era maquinista naval y trabajaba para una empresa noruega, pero cuando estalló la guerra, como buen republicano que era, se movilizó y fue al frente. Allí le hicieron prisionero, pero mi padrino, que era primo suyo y falangista, le salvó de morir en la cárcel. Desde allí le escribió a mi madre para que nos mandara a alguno de los 3 hijos a Rusia.

Cuando entraron las tropas nacionales nos fuimos de Trintxerpe a Bilbao y estuvimos una temporada viviendo muy cerca del Ayuntamiento. El 13 de junio de 1937 nuestra madre nos llevó a mi hermano de 4 años,Teófilo, a mi hermana y a mí al muelle de Santurce y nos embarcó en el “Habana”.

Cuando llegamos allí estuvimos 3 años en el sanatorio Epatoria Proletal, en Crimea, al sur de la URSS. Al principio, al vernos sin padres ni madres, nos pasábamos todo el rato llorando, pero luego, con el tiempo, lo pasamos muy bien. Los rusos nos trataban muy bien, eran muy cariñosos y no tengo ninguna queja de ellos. Estábamos internos, separados por edades. En Rusia había 10 colegios como el nuestro, con niños y niñas españolas.

Allí nos daban clases de castellano,de ruso,etc. Además teníamos algunos maestros españoles. Poco a poco nos fuimos adaptando, comenzamos a conocer y a jugar con los niños rusos…Vivíamos muy cerca de un aeródromo militar. Los aviadores rusos venían y nos apadrinaban y nos traían paquetes.

Pero luego vino lo peor. Cuando empezó la 2ª Guerra Mundial, en 1940, nos trasladaron a Moscú, al centro Onisko. Estuvimos allí hasta el 41. Los alemanes estaban atacando Moscú y nosotras creíamos que no saldríamos vivas de allí. De Moscú nos trasladaron a Saratov, una localidad situada en el Canal del Volga. Los alemanes ya habían llegado hasta allí, pero cuando los soviéticos consiguieron echarles, envenenaron todos los pozos, los animales…

Durante aquellos años de la guerra murieron muchos compañeros y compañeras. Los rusos mandaban la comida para las que estábamos en aquel colegio, pero el director se adueñaba de gran parte de aquellos alimentos y se los pasaba a los alemanes, y a nosotros nos iban dejando sin comida. Luego se descubrió que era un espía alemán. Para poder alimentarnos a veces teníamos que comer peladuras de patatas, etc… Yo era como una ardilla y me metía por cualquier agujero para buscar comida y compartirla con mis hermanos. Por suerte, algunos mayores consiguieron escapar un día del colegio y decirles a los rusos lo que estaba sucediendo con nosotros. Muchos nos salvamos gracias a ellos.

Más tarde, cuando acabó la guerra, nos llevaron a todos a un sanatorio, para reponernos, pues casi todos estábamos enfermos, sobre todo mi hermano y mi hermana, con tuberculosis. Al salir del sanatorio, mi hermana me encontró trabajo en una fábrica textil. Yo entonces tenía 18 años y después de trabajar íbamos a clases de ruso, para mejor adaptarnos a la vida de allí. Entonces ya éramos más independientes pero teníamos que compartir el apartamento con otras familias. Así pude ganar un poco de dinero y ayudarle a mi hermano, que tuvo más suerte que yo, pues al ser más joven, pudo estudiar y hacer la carrera de ingeniero agrónomo.

A los 22 años me casé con un catalán y tuve un hijo, Avelino, aunque luego me divorcié de mi marido.

Franco no quería que volviésemos pues temía que los que habíamos estado en Rusia quisiéramos introducir aquellas ideas en España, pero todo se arregló y al final en 1957 volví a Trintxerpe, en la segunda expedición. Cuando llegué no conocía a nadie y estaba desesperada. Tenía 30 años, y tenía un niño de 7. La verdad es que lo pasé muy mal. Vivíamos con mi madre, pero con ella nunca me entendí bien. Me acordaba mucho de Rusia. Luego me puse a trabajar, primero en Antxo, en Orlando, limpiando anchoas. Aquello no me gustaba nada y lo dejé y me puse a limpiar una casa. Por fin, un día conseguí trabajo en el Hotel San Ignacio, que estaba en la Calle Easo, de San Sebastián.

Al cabo de unos años, me fui a trabajar al Hospital Militar, como  auxiliar de enfermería.

En el Hospital había monjas y algunas me miraban mal por haber estado en Rusia, sobre todo Sor Tránsito.

Una vez mi madre se empeñó en que teníamos que ir a Galicia, a conocer a la familia. Llegamos allí y al cabo de una semana la policía nos reclamó, pues, al parecer, no podíamos salir de aquí hasta que pasara un año. Tuvimos que ir a Irún y presentarnos ante Melitón Manzanas. Le tenía pánico…

A veces nos invitan a las reuniones de expatriados en Bilbao, en San Sebastián, etc., pero sólo saben hablar de lo que pasaron en Rusia y a mí no me gusta recordar todo aquello. A mí me gusta vivir el presente”.


Pasaia 1931-1936. La Memoria de los vencidos, de Xabier Portugal Artega, 2007


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Fotografía: Josefa Martínez posa con su hijo Avelino en brazos. 







2909. El último rincón




El último y el primero:
rincón para el sol más grande,
sepultura de esta vida
donde tus ojos no caben.

Allí quisiera tenderme
para desenamorarme.

Por el olivo lo quiero,
lo persigo por la calle,
se sume por los rincones
donde se sumen los árboles.

Se ahonda y hace más honda
la intensidad de mi sangre.

Los olivos moribundos
florecen en todo el aire
y los muchachos se quedan
cercanos y agonizantes.

Carne de mi movimiento,
huesos de ritmos mortales:
me muero por respirar
sobre vuestros ademanes.

Corazón que entre dos piedras
ansiosas de machacarte,
de tanto querer te ahogas
como un mar entre dos mares.
De tanto querer me ahogo,
y no me es posible ahogarme.

Beso que viene rodando
desde el principio del mundo
a mi boca por tus labios.
Beso que va a un porvenir,
boca como un doble astro
que entre los astros palpita
por tantos besos parados,
por tantas bocas cerradas
sin un beso solitario.

¿Qué hice para que pusieran
a mi vida tanta cárcel?

Tu pelo donde lo negro
ha sufrido las edades
de la negrura más firme,
y la más emocionante:
tu secular pelo negro
recorro hasta remontarme
a la negrura primera
de tus ojos y tus padres,
al rincón de pelo denso
donde relampagueaste.

Como un rincón solitario
allí el hombre brota y arde.

Ay, el rincón de tu vientre;
el callejón de tu carne:
el callejón sin salida
donde agonicé una tarde.

La pólvora y el amor
marchan sobre las ciudades
deslumbrando, removiendo
la población de la sangre.

El naranjo sabe a vida
y el olivo a tiempo sabe.
Y entre el clamor de los dos
mis pasiones se debaten.

El último y el primero:
rincón donde algún cadáver
siente el arrullo del mundo
de los amorosos cauces.

Siesta que ha entenebrecido
el sol de las humedades.

Allí quisiera tenderme
para desenamorarme.

Después del amor, la tierra.
Después de la tierra, nadie.


Miguel Hernández







2908. Cómo se educa a los hijos de los combatientes en el Hogar Infantil del 5° Regimiento




La visión más directa, dramática y espectacular de la guerra es la de los campos de batalla: las ametralladoras, las trincheras, las casas trágicamente mutiladas, la muerte entre un coro de cañonazos y de gritos. Pero hay también, callada y dolorosa, otra estampa de la Sierra: el dolor en la retaguardia, las hileras de viudas y de huérfanos, las familias deshechas porque el padre, o el hermano, o el hijo quedaron allá, sobre una tierra encharcada de sangre. 

Muchas instituciones acogen ahora en Madrid a los chiquillos cuyos padres combaten en los frentes o a los chiquillos que pudieron escapar de los lugares de lucha, en un éxodo sombrío. Esa es la guerra, vista desde la retaguardia, en sus estampas trágicas y silenciosas. 

Muchos de aquellos chiquillos son ya, sin saberlo ellos mismos, huérfanos. El padre marchó un día alegremente, fusil al hombro. Primero, unas cartas largas, con detalles menudos de la vida de campaña. Las cartas se fueron espaciando, y un día dejaron de llegar. Nada más. Aquel silencio largo del ausente era la muerte, era la orfandad. 

Uno de esos grandes hogares colectivos para chiquillos de los combatientes es este que el Socorro Rojo Internacional tiene establecido en lo que era hasta hace unos meses Asilo de Convalecientes, en la calle de Abascal. Es un edificio grande y claro, de enormes salas, de sobria decoración. Están recogidos en él unos doscientos setenta chiquillos, entre niños y niñas. Su edad varía entre los seis y los catorce años. De esos niños, la mayor parte tienen a sus padres combatiendo en los frentes; el resto son evadidos de los lugares de lucha.

—Mi padre hace ya cerca de tres meses que se marchó a la Sierra. 

—El mío está en Avila 

—Y yo vine con mi familia desde Talavera

Todos estos peques aquí recogidos —¿cuántos son ya huérfanos sin saberlo?— reciben al mismo tiempo asistencia y educación. Su jornada empieza pronto: a las siete y media de la mañana. Gimnasia, clases, recreo. Pronto habrá también talleres: zapatería, mecánica, carpintería... En ellos empezarán a forjarse para la vida futura los chiquillos mayores aquí recogidos. Los de ahora son, en su mayor parte, párvulos, peques entre los seis y los ocho años, más cerca de la escuela que del taller. 

Encargados de la enseñanza de los chiquillos están cuatro maestros y cuatro maestras. Hay, además, un equipo de cuidadoras, para vigilarlos en todo momento, para atender a los más chiquitines, a los que exclusivamente por sí solos no pueden valerse. Además, y con sujeción a un orden establecido, los maestros y maestras se turnan para, después de acabadas las horas de lección, seguir conviviendo con los chiquillos. Es decir: se busca que no exista una separación entre hogar y escuela, que ambos conceptos y ambos ambientes se fundan para esos niños en una misma vida, en un mismo fondo para sus horas.

El juego, el recreo. El juego en que, insensiblemente, van los muchachos mostrando y forjando su inclinación espiritual. Se les da, por ejemplo, plastilina para modelar cuantas figuras les sugiere su imaginación. Con ese barro de colores alegres hacen muñecos, carros, casas, muebles, bichos... Hay figuras que son verdaderas y pequeñas obras de arte, signo de una gran habilidad manual, promesa y temblor ingenuo de lo que quizá puede ser un día maestría escultórica. 

Muchos días, acabado el ritmo normal de la jornada, se dan conferencias a los muchachos. Se les habla, en un tono sencillo y fácil, asequible para ellos, de temas de cultura popular o de temas políticos. Ellos escuchan con una atención absorta las palabras que van abriéndoles mundos nuevos, que van haciendo surco en sus frentes para las ideas que serán más tarde su pasión de hombres.

Los chiquillos tienen su periódico. Es un periódico mural, pegado sobre la pared de un pasillo inmediato a uno de los amplísimos comedores. Los peques hacen para su periódico dibujos y textos. Dibujos, casi siempre, sobre figuras y temas de esta apasionada hora española de hoy. El texto es, igualmente, sobre motivos de actualidad. Así, por ejemplo, uno de esos breves artículos infantiles comienza de este modo: «Prepárame el desayuno, que me voy a marchar a una reunión que tenemos hoy los compañeros. Asistí a la junta con gran entusiasmo; hablamos de algunas cosas que teníamos que hacer. Al salir de la reunión, dije a un compañero; «Oye, Carlos, ¿qué representan las Milicias populares en España hoy para ti?» Y el compañero Carlos me contestó: «Hombre, pues los que han sustituido a los guardias de Asalto.» Yo me eché a reír, diciéndole: «Compañero, estás muy equivocado...» 

Seguramente el rasgo más nuevo y más interesante en este régimen de vida que siguen los acogidos en este Hogar del Hijo del Combatiente es lo que hay de autodeterminación y autoadministración en estos muchachos. Los distintos grupos tienen sus responsables, elegidos por los mismos chiquillos cuando éstos son ya mayores, o, si son pequeños todavía, designados por aquellos otros de mayor edad. Los muchachos celebran sus reuniones y hablan y discuten sobre problemas que afectan a su vida en la residencia. Observaciones, quejas, sugestiones... El responsable es el encargado de recoger todo esto y darle la tramitación correspondiente. Se educa de este modo a los chiquillos en el concepto de la propia responsabilidad y de la iniciativa propia. 

Esta es la vida que llevan esos centenares de niños y niñas acogidos en el Hogar del Hijo del Combatiente. Ese es el espíritu en que se va modelando su personalidad naciente, surgida a la vida en la hora más tensa de España. Ellos, aquí, juegan, corren y ríen. Estudian o se disponen a entrar en el taller. Sus padres, en tanto, luchan allá, en un duelo dramático con la Muerte. O quizá cayeron ya sobre la tierra enrojecida por la sangre. 


Mundo Gráfico, 21 de octubre de 1936









2907. Rebelión y represión en Asturias





-“Yo he sido el único periodista madrileño que estuvo en tal sitio”

-“Desde mi casa, situada a cincuenta metros de la catedral ovetense, pude ver todo lo ocurrido en Oviedo. Soy, por tanto, el único periodista que ofrece los hechos “em su propia salsa”.

-“En el edificio del Monte de Piedad de Oviedo, sitiado por los rebeldes, permanecí tantos días con los heroicos defensores, y puedo informar como nadie de lo acaecido.”

-“El primero en llegar a las zonas mineras fui yo” etc., etc.

La verdad es que viendo ahora esta nube de “primeros”, uno se frota los ojos en la duda de estar miope.

Porque es el caso que los que hemos deambulado por montañas y carreteras y hemos atravesado las calles y los picachos en los momentos tremendos de la revolución no hemos visto ni hemos tenido la menor noticia de este aguerrido cuadro de “adelantados” de ahora.

Y no sería cosa de pararse a discutir esta pequeñez si no fuera por situar la verdad en su punto y porque, si aspiro a que nadie pueda desmentirme en lo que diré luego, no está bien comenzar el relato dejando vivo ese gazapo.

Haré una excepción: cerca de la Iglesia de San Isidoro, de Oviedo, he visto el día 10 de octubre a un antiguo periodista asturiano, que es el que no dice nada porque ahora no ejerce la profesión.

Buscando detalles, resulta que todos esos “primeros”, unos entraron en la capital con las fuerzas de Regulares y del Tercio, pero no en las columnas de vanguardia, y otros permanecieron calladitos en los lugares que indican sus trabajos porque allí “el peligro era lo menos peligroso” de aquellos días.

Necesitaba la reacción buscar una mentira fuerte para lanzar cieno en abundancia sobre los sucesos de octubre, desvirtuándolos, para hacer de ellos la perfecta estampa “traganiños” de los barracones de feria.

Y conste, antes de pasar más adelante, que nosotros no enjuiciamos ni la revolución ni los motivos que la hicieron incontenible. De eso habrá tiempo cuando las pasiones se hayan serenado y sea posible hacer un examen imparcial, sin que tengan ambiente propicio para protestar los que se muestran siempre incapaces de ver más allá de sus intereses y de sus posiciones de por siempre privilegiadas.

En la revolución, como en toda guerra –y guerra dura fue la de Asturias- hubo heroísmos y miserias; idealistas y aprovechados; pero una revisión imparcial de lo ocurrido demostrará que el movimiento tuvo en origen la fuerte idea de solidaridad que los obreros astures sienten por otras regiones de España.

Lo que afirmaron en son de censura los periódicos derechistas y cavernarios de los trabajadores de allí se vuelve elogio al examinarlo desde otro ángulo más justo y humanitario.

Efectivamente, el jornal medio del obrero asturiano estaba muy por encima del que ganan los braceros de otras provincias. Pero aquí cabría preguntarles a los reaccionarios: “Si no ha sido un problema económico, ¿por qué han arriesgado y perdido la vida tantos hombres que estaban en la plenitud de ella y disfrutaban de comodidades que desconocen otros proletarios?”

Pero ya hemos dicho que no es esta ocasión para hablar de la rebelión, ni nosotros lo pretendemos.

Queremos, eso sí, descubrir algo tan aflictivo, y al mismo tiempo tan monstruoso, que llenará de emoción y extrañeza a nuestros lectores.

Los periódicos derechistas y cavernarios, frenéticos en sus deseos de rastrear vidas que poder inmolar ante una diosa vengativa y cruel, volcaron una increíble inmundicia sobre hogares y vidas que podrían darles lecciones de decencia, azuzando a las autoridades para que hubiera “castigos ejemplares”.

Ya habrán visto los lectores –y si no lo han visto nosotros nos encargamos de que lo vean- cómo entienden los “cristianos” periódicos aludidos los deberes de la escuela periodística y de la dignidad profesional.

Un poco de atención para unos cuantos relatos:

“La ferocidad de cuatro revolucionarios con tres muchachas.

–Oviedo 16. –Con relación al suceso descubierto en que perecieron tres muchachas durante los sucesos revolucionarios de octubre último hemos podido obtener los siguientes detalles:

Cuatro revolucionarios se hallaban entre Oviedo y San Claudio, y al ver pasar a las muchachas “camilleras” –todos los subrayados son nuestros- se apoderaron de ellas. Una era hija del pintor comunista La Fuente, que actualmente se halla preso, y la otra pertenecía al partido socialista.

Llevadas a la parte más despoblada de aquella comarca, las maltrataron. También procedieron en la misma forma con otra muchacha que encontraron después.

Realizado el delito, los cuatro individuos pensaron que como eran conocidos esas muchachas les denunciarían, y para evitarlo decidieron matarlas, cosa que realizaron disparándoles varios tiros, mientras otros las sujetaban por los brazos. Uno de los autores murió en los sucesos mencionados.” (De un periódico madrileño cavernario, edición del día 16 de enero de 1935.)

Sigue la infamia:

“Algunas eran todavía unas niñas. Una de éstas, muy conocida en Oviedo por La Libertaria, murió el día 13 a la entrada del Tercio en la capital. La mató un legionario, que ha contado como estuvieron otros dos compañeros suyos y él a punto de sucumbir ante la indomable muchacha.

Ella estaba en la puerta de la iglesia de San Pedro con una ametralladora. Nos mató, con intervalos de unos segundos, a dos sargentos. Debía de tirar muy bien. Cuando recibimos la orden de entrar a cuerpo a cuerpo no quedaban ya en la puerta más que otros dos revolucionarios y ella. Poco después cayeron los otros dos. En este momento, cuando yo, seguido de dos legionarios, había avanzado hasta casi tocarla, le grité: “!Ríndete!”. Ella me dio un golpe muy fuerte –también este subrayado es nuestro- con una barra de hierro que llevaba en la mano derecha y me derribó. Mis compañeros tropezaron conmigo y cayeron también. Entonces, aunque estaba aturdido por el golpe, vi que ella se había sacado una pistola del pecho. Iba a disparar. Pero yo fui más rápido en disparar la mía, y cayó. Iba toda vestida de rojo y era muy guapa. Después lo he sentido.” (Reportaje publicado en la revista “Estampa” el día 3 de noviembre de 1934. También publica una fotografía que dice: “El legionario Torrecilla cuenta como mató a La Libertaria.”)

Rogamos a vuestros lectores tomen buena nota de esta “ultrajada” a la que unos bestias sujetaban para que otros pudieran disparar. También deben tener muy presente lo de la barra de hierro, el golpe muy fuerte, la pistola en el pecho, la justicia muy severa, rápida y rigurosa, para cuando sea llegado el momento de presentar la verdadera figura de Aida de la Fuente, la hija del pintor comunista, que habían enterrado los revolucionarios, sin olvidar el que unas veces la vistan toda de rojo y otras sea una camillera, que, como todas sus compañeras, iba de blanco.

Sigamos:

“El crimen cometido en San Claudio es una prueba más del repugnante proceder de los rebeldes.” (Informaciones, 18 de octubre)

Oviedo 18. –El gobernador se refirió en su conversación con los periodistas al repugnante crimen cometido en San Claudio y dijo que este asunto es una prueba patente en contra de los que propalan que los rebeldes se portaron con toda corrección y moralidad.

Acerca de las muchachas asesinadas se sabe que una de ellas, de la que no se conoce su nombre, era designada por “la verdulera”. Era morena, de ojos claros y un poco gruesa. Vivía en La Argañosa.”

“Oviedo.-Las autoridades continúan con gran reserva sus gestiones para el total esclarecimiento del asesinato de las tres muchachas en el barrio de San Claudio. Sus cadáveres, en contra de lo que se afirmaba ayer, no han sido exhumados; pero el lugar en que se encuentran ha sido acordonado y no se permite que circule nadie en un radio de 500 metros. Desde luego, los tres asesinos que hay detenidos están “convictos y confesos”… Se sabe que una de las muchachas asesinadas era hija del pintor La Fuente, miembro del comité revolucionario de Oviedo (nota: don Gustavo de la Fuente llevaba muchos meses enfermo de asma en cama. Ha estado detenido en infiesto; pero sin que se le haya probado la acusación que aquí se lanza), y padre también de la famosa libertaria. Era camillera de los revolucionarios. Los cuatro individuos que cometieron el repugnante crimen la hicieron subir, juntamente con otra camillera, a una camioneta. En el camino encontraron a otra joven, a la que hicieron también subir al vehículo. En un poblado hicieron bajar a las tres mujeres, a las que hicieron objeto de los más brutales atropellos, y como la hija del pintor La Fuente dijera que en cuanto volvieran a Oviedo denunciaría el hecho al Comité revolucionario, decidieron matarlas.” (El Debate, día 17 de octubre, pág. cuarta)

“EDICTO.-Don José Creus Moscoso, comandante de infantería y juez instructor del Juzgado eventual de esta plaza número 17.

Hago saber: Que todo el que tenga conocimiento de la desaparición de tres mujeres jóvenes con ocasión del movimiento revolucionario ocurrido en esta provincia en el pasado mes de octubre y pueda aportar algún dato referente a este particular, así como los familiares de mujeres desaparecidas, deben comparecer en el plazo de ocho días ante este Juzgado, establecido en el cuartel de Santa Clara, a manifestar cuantos antecedentes se refieran a dicha desaparición.

Dado en Oviedo a 19 de enero de 1935.-José Creus.”

También en una crónica escrita desde Oviedo por Tomás Borrás con destino al periódico ABC –edición del día 2 de noviembre, página 24, columna primera-, después de hablar del comunismo libertario (¿qué idea tendrán estos hombres del marxismo?), dice:

“El Comité dio incluso vales para apoderarse de mujeres, siendo unas doce muchachas, de catorce a dieciséis años, las que cayeron en poder de los rebeldes. Y se nos dijo también que una joven de Oviedo, que se encontraba en aquel lugar, fue víctima de ultrajes y luego asesinada.”


Comienza a descubrirse la verdad.

A nuestras manos llegó una carta que nos merece entero crédito. Por las razones que comprenderá el lector no podemos publicarla íntegra. Damos los párrafos que nos van descubriendo algo de luz en este monstruoso asunto de las “ultrajadas” y “enterradas”. No quitamos ni ponemos nada a lo que nos escriben:

“… fue al cuartel de Santa Clara, de Oviedo, a declarar ante ellos, preguntándole si era cierto, entre otras cosas, que en San Claudio se habían repartido vales para violar mujeres jóvenes, contestándole negativamente…” “…al mismo tiempo que le decían que allí había una denuncia de que dos individuos llamados César Caso y David Posada habían violado a mujeres por medio de vales y que luego las habían hecho desaparecer. Cuál sería la sorpresa de mi hermano que negó saber tal cosa por lo que mi hermano –se refiere a José Suárez Campa- fue puesto en libertad, porque respondió por el doña Enriqueta Escandón, dueña del comercio del que mi hermano es dependiente y al responder por él hizo constar que a ella y trece más de su familia fue mi hermano quien, el día 10, al atardecer, las llevó a San Claudio…” “Ya se presentaron, entre otras, la madre de “La Verdulera” a decir que su hija está sana; en cuanto a la hija del pintor La Fuente, al saber la noticia fue la madre a las Redacciones de los periódicos y al cuartel de Asalto a decir que su hija había muerto en otras condiciones y circunstancias.” “… lo cierto es que dicha doméstica fue abandonada cuando la revolución y vista llorando por los revolucionarios, y sabido que había sido abandonada, la llevaron a casa de sus padres, que viven en las Cuestas, de Trubia. Dicha chica está sirviendo…” “Una hermana suya vino a ofrecerse a mi cuñada para decir que ella recibió favores que no sabe como agradecer, y no perjuicios.”

Necesitamos ahora saber quiénes son los presuntos asesinos, para que la conducta y el relieve social de cada uno sean garantía de su proceder, en cuanto esta garantía esté avalada por la unánime opinión de cuantos les conocen y les tratan.

“Figura también en este proceso un individuo que resultó muerto durante la revuelta y al que se atribuye por los otros la principal culpabilidad de todo lo sucedido. Este sujeto, que no tenía buenos antecedentes, y que fue encontrado muerto en un monte cercano a Trubia, se llamaba César Caro (el apellido exacto es Caso; pero nos limitamos a copiar lo escrito) y había pertenecido hacía tiempo a la Legión. Estaba casado y dejó varios hijos. Los otros tres detenidos son José Suárez Campa, que había estado empleado en una casa de comercio muy importante de Oviedo y últimamente en un banco; Sindulfo Iglesias y Fernando Fernández. Suárez Campa está casado y los otros dos solteros de unos veinticinco años.” (“La Voz”, de Madrid, 17 de enero, pág. 2, 7ª columna.)

Los que aparecen principalmente acusados en tales informaciones son César Caso, muerto durante la revuelta, según estos informes; José Suárez Campa y Fernando Fernández.

Es cierto que César Caso Prendes, de unos treinta y cuatro años, de Sograndio (Oviedo), no tenía buenos antecedentes. Los que le conocían dicen que era un hombre de temer estando embriagado, aunque ninguno llegó a imaginar nunca que hubiera sido capaz de un crimen tan repulsivo.

Pero es que hay una inexactitud en las informaciones que mueve a sospechar de todo lo demás: César Caso Prendes no pudo morir durante la revuelta porque la revolución finalizó en Oviedo el día 13 de octubre, y César Caso entró detenido en el cuartel de Santa Clara en los últimos días del mismo mes…

“El día 29 del mismo mes de octubre entró en la misma prisión un tal César Caso, de Sograndio… A éste lo sacaron tres noches seguidas a declarar.”

Quede bien aclarado, pues, que no pudo morir en la revuelta un hombre que entró detenido en el cuartel de los de Asalto cuando ya había sido dominado por ésta.

En otro lugar publicaremos lo relacionado con este hombre.

De José Suárez Campa no hemos escuchado más que alabanzas. Su buen comportamiento lo proclamó la misma dueña del negocio donde él trabajaba como dependiente. Esta señora garantizó la conducta de su empleado.

Fernando Fernández es un mocetón fuerte, un verdadero ejemplar de raza –no de la del 12 de octubre, naturalmente- que demuestra a las primeras palabras todo lo que hay en él de noble y abnegado. Llega su grandeza de espíritu a dar la sensación de que no guarda rencor a los cafres que lo martirizaron de una forma increíble. De él nos ocuparemos más extensamente a su tiempo.

Y ya tenemos reseñados con todo detalle, muy por lo menudo, los espeluznantes “asesinatos” y “ultrajes” de que habían sido víctimas tres muchachas de San Claudio.

Descartado que Aida La Fuente Penaos no pudo recibir la muerte de sus compañeros, pues el legionario Torrecilla cuenta, a su manera, cómo ocurrió ésta, dispónganse nuestros lectores a escuchar de los labios de las otras dos “ultrajadas” y “asesinadas” la verdad rigurosa de todo lo ocurrido.

Y a ver cómo los periódicos que tanto cieno lanzaron sobre unos hombres inocentes, imposibilitados para defenderse, se apresuran a desaparecer, avergonzados, si ello es posible. Porque “La Verdulera”, de La Argañosa, vive, y lo mismo ocurre a la doméstica, que ha estado sirviendo a unos pasos de Madrid.


Francisco Caramés
Abril de 1935, publicado el 10 de enero de 1936
Heraldo de Madrid