Lo Último

Pasos




¡Si ellos estuvieran muertos!


Si yo supiera de fijo
que ya se habían borrado
para siempre de la tierra,
que ya estaban enterrados;
si tuviera la certeza
de que pasaron,
¡qué hermosa mi marcha entonces
por la noche de los campos,
sin oírlos, a mi espalda,
paso a paso,
jadear en el silencio
con el pecho ensangrentado!


Semimuertos, semivivos,
semiolvidados.
A la roca de mis sueños
encadenados,
sin poder matar al águila
que los viene atormentando.


¡Si ellos estuvieran muertos!


José Hierro
Tierra sin nosotros, 1947







Francesc Maciá y el Pacto de San Sebastián

Niceto Alcalá-Zamora y Francesc Maciá en 1931 (Arxiu Nacional de Catalunya)


Señores diputados de la Generalidad de Cataluña: Sería la realización de mi más íntimo ideal que las palabras pronunciadas en este acto solemne marcasen el limite en la ruta secular de Cataluña hacia la reivindicación de sus libertades. Quisiera que, como expresión vital del despertar de las nacionalidades que se agrupan bajo la República, sintiesen pronto latir con su ritmo peculiar los corazones de los pueblos bajo la carne joven de una nueva Iberia. 

Nunca como ahora este deseo ha aparecido tan cerca de su consecución. La República ha removido el ambiente, dejándolo limpio y puro y aclarando y fijando los sentimientos y el verbo de los hombres, creando así un orden nuevo, en el cual los ideales de libertad triunfan. 

La vida política de nuestro país se encuentra, señores diputados, en su momento culminante; aquel en que espera ver satisfechos sus más puros anhelos tradicionales. Y obtendremos el triunfo de la victoria como eclosión cívica de los más altos sentimientos de libertad. 

Entre el triunfo de nuestra tierra y las circunstancias de este triunfo hay como una significativa lógica de la Historia. Cataluña, la liberal y democrática Cataluña, obtendrá el reconocimiento íntegro de su personalidad de una España renovada, libertada y democrática. Ni podía ser de otra manera, ni fuera razonable ahora que no sucediese así. El primer paso de la legislación constitucional de la República debe ser, y hemos de creer que será, restituir el derecho tradicional al pueblo que ha sido en la historia conjunta de los países hispánicos el primero en liberalidad y democracia. 

Cataluña ha sido profundamente liberal y demócrata, y así aparecía cuando su independencia le permitía presentarse ante el mundo tal cual era, y lo demostró democratizando paulatinamente la estructura feudal que, como pueblo de origen carolingio, tuvo en sus comienzos; y tanto es asi que incluso en los usatges, código feudal, se declaran fuera de ley los excesos del feudalismo y se estructura la constitución política y social de la naciente nacionalidad, hasta el punto de que ellos han podido ser calificados de Carta constitucional de nuestra tierra, el monumento más antiguo y esencial del Derecho público catalán, dictado más de un siglo antes que la Carta Magna de los ingleses. 

En sus relaciones políticas con los países que formaron parte de los dominios de sus monarcas catalanes, existió siempre un espíritu de respeto hacia la libertad de estos pueblos, hasta el punto que o bien constituyeron reinos con vida completamente autónoma o llegaron hasta crear reinos con plena independencia. 

»Es digno de hacer notar el hecho de que mientras tuvimos monarcas catalanes, los soberanos y el pueblo marcharon al unísono, como pocas veces se ha visto en la historia; de manera que, hasta alguno de ellos, como Pedro el Ceremonioso, que luchó con los aragoneses y los valencianos, tuvo en todas sus empresas el soporte de Cataluña, que calificó de tierra bendita, poblada de lealtad. Y las hermosas palabras de Martín el Humano, en las Cortes de Pamplona, de 1406, como otras de Pedro el Ceremonioso, nos dan aún una medida de cómo estaba Cataluña iluminada de liberalidad. 

¿Qué pueblo -decía- hay en el mundo que sea así, tan franco de libertades ni que sea tan liberal como vosotros? Y es precisamente por una torcida obsesión legalista por lo que se llega a la sentencia de Caspe, a la proscripción de la dinastía catalana de Jaime de Urgel y a la entronización de la dinastía castellana. 

Este es, señores diputados, como todos sabéis, el punto de partida de la pugna, que duró siglos, entre el Poder real y el pueblo catalán, pugna que empieza a dibujarse al ver los catalanes que los reyes castellanos los trataban como súbditos, ellos que siempre se habían considerado como iguales, ya que el príncipe lo era porque así lo querían todos los catalanes, que por esta sola consideración de derecho eran libres; pugna que se inició en tiempos de Fernando de Antequera y que subsiste en tiempos de Alfonso el Magnánimo, que estalla con toda violencia en tiempos de Juan II con una guerra que dura más de diez años; que encuentra su instante más amansado en la política de Fernando el Católico y alcanza después su máximo desbordamiento en la guerra de los segadores y en la guerra contra Felipe I, que marca el fin de la libertad de Cataluña con la victoria del absolutismo filipista y que llega al último Borbón español. 

Dos siglos han transcurrido desde el decreto de Nueva Planta, sin que se haya reparado este crimen contra nuestra tierra; antes bien, se han acentuado la persecución; las vejaciones y las limitaciones, principalmente en el aspecto lingüístico y cultural, donde hemos visto prohibida la lengua catalana de las escuelas maternales y de los estudios superiores y universitarios. Y en nuestros tiempos coinciden en esta persecución los partidos conservadores con los partidos que se decían liberales. En ninguno de ellos encuentra Cataluña el espíritu de justicia. Y huelga decir que mucho menos lo encuentra en los Gobiernos dictatoriales, que llevan su intransigencia hasta prohibir la plegaria en lengua materna, que juntamente con la prohibición de usarla para la enseñanza de nuestros hijos constituye el mayor atentado que puede perpetrarse contra un pueblo. 

Por eso os decía, señores diputados, que Cataluña, por su carácter liberal y democrático, no podía entenderse nunca, ni siquiera pactar, con la dinastía, que representaba el obstáculo tradicional de nuestras reivindicaciones. Y para hacer desaparecer este obstáculo ha luchado Cataluña entera, aquí, en las Cortes y más allá de las fronteras, y en nuestra empresa hemos visto cómo se agrupaban gentes de otras tierras hispánicas, porque la dinastía que hemos derribado no se contentaba con tener los sentimientos de Cataluña bajo su tiranía, sino que incluso llegó a imponer su despotismo a Castilla, ahogando las voces más nobles y de más encendido patriotismo. 

Este estado de cosas nos llevó a la reunión de San Sebastián, donde quedó sellado el pacto para llevar la libertad a todos los pueblos de la Península. Lo que todo el mundo había dicho que no podría lograrse sino con una revolución sangrienta, acontece por la voluntad popular cívicamente manifestada en las elecciones del 12 de abril. En Cataluña, el triunfo de los antidinásticos fué tan abrumador que dos días después, en este histórico salón, proclamé, por la voluntad del pueblo, la República catalana, como Gobierno integrante de la República que pocas horas después se propagaba por tierras de España. 

El cumplimiento del pacto de San Sebastián era, señores diputados, y ahora es, que las Cortes aceptasen el estado de hecho que se había creado en Cataluña, y, fieles a nuestra palabra, convinimos con los tres ministros que, representando al Gobierno español, vinieron a parlamentar con nosotros, que nuestro Gobierno, durante el período transitorio, se llamaría de la Generalidad de Cataluña, y que inmediatamente nos serían otorgadas algunas Delegaciones como un anticipo de más amplias concesiones. Las de enseñanza, como todos sabéis, han sido iniciadas con el decreto que concede a nuestros hijos el derecho a ser enseñados en lengua materna, y por el otro, relativo a las cátedras en catalán. 

En cuanto a las otras Delegaciones, especialmente en materias económicas y de trabajo, aquella buena disposición no ha tenido aún plena realización, si bien esto no nos ha impedido intervenir en los conflictos planteados con el espíritu de justicia y equidad y amor a los trabajadores que ha guiado siempre nuestros actos, y hemos alcanzado la confianza y la simpatía que ha inspirado a patronos y obreros nuestro gesto generoso, ya que, desde la proclamación de la República, Cataluña no ha visto perturbada su vida de trabajo. 

Finalmente, la Generalidad, con objeto de constituir la Asamblea que junto con su Gobierno ha de redactar el Estatuto de Cataluña, ha convocado elecciones por el único procedimiento que permitía la perentoriedad del tiempo de que se dispone, y estas elecciones os han traído al altísimo lugar que ostentáis en este sitio. Estáis en este Palacio, saturado de historia patria, en representación del pueblo de Cataluña; sois Cataluña misma, que, viva y palpitante, emocionada de poder expresar sin trabas su pensamiento, dirá aquí cuál es su voluntad, que habremos de acatar todos, yo el primero, así que se haya obtenido la ratificación que representa el plebiscito de Ayuntamientos y el «referéndum» popular que se sucederá. Y este acatamiento debe ser, a la vez, una aceptación y una promesa de defender lo que habremos de presentar como expresión sincera de la voluntad de nuestro pueblo. 

Señores diputados: Siento vibrar en mí la emoción de este momento, en que he de callar para que vosotros habléis, para que hable la voz que está por encima de todos: la voz de nuestro pueblo. Os dejo, pues, para que recomencéis la tarea que os ha sido confiada; para que la realicéis con toda libertad. Unicamente me atrevería a pediros, si no conociese suficientemente cuál es vuestra convicción, que os inspiréis en vuestras decisiones en el amor que todo hombre debe tener por los demás hombres, en la cordialidad que todo pueblo ha de sentir hacia los demás pueblos. Y esta cordialidad que os pido, y que estoy seguro que tendréis, ha de hacerse más patente en estos momentos, en que, por estar trabajando en carne viva, tanto Cataluña como las demás tierras ibéricas, la sensibilidad está morbosamente agudizada, aunque esto no quiere decir que las manifestaciones que hagamos no hayan de reflejar nuestra voluntad de que nos sea reconocido y respetado lo que de derecho nos corresponde. 

No precisa, pues, que esta cordialidad sea objeto de un artículo, ni tan sólo de un párrafo, del Estatuto que habéis de redactar. 

Creo que será suficiente que saturéis vuestra obra de una atmósfera de comprensión para nuestros hermanos de allende el Ebro -a los cuales me place desde este sitio y en este acto dirigir mi salutación mas ferviente-, que les digáis que si bien hemos hecho un largo camino juntos por los yermos y los acantilados de la Historia, en medio de los cuales muchas veces nos hemos detenido a discutir nuestras disensiones, hemos llegado ya a la tierra de promisión adonde juntos nos dirigimos; pero desde este momento cada uno ha de edificar en el valle ubérrimo que nos ofrece la libertad conquistada el edificio que ha de habitar según los gustos propios, con una arquitectura peculiar y una distribución interior adecuada a las necesidades de los moradores. 

Precisa, en fin, decir bien claramente cual es nuestra voluntad para que no sea tergiversada, y esto lo tendremos procurando no dar en la estructuración escrita del Estatuto ni un paso atrás, y en esta actitud tendréis a vuestro lado a todos los catalanes, porque no habrá ninguno que se atreva a negarse a defender la voluntad del país, ya que no se trata de fijar una forma de Gobierno en la cual pueden producirse discrepancias, sino que nuestro gesto es la reclamación que presenta un pueblo para que le sea devuelta la soberanía de que se le desposeyo. Y decir bien alto que, una vez obtenida la satisfacción que Cataluña unánime pide, el estímulo eminente de nuestros actos no ha de ser otro que el de contribuir a instaurar una Confederación ibérica, en la cual las diversas energías del país sean exaltadas y aprovechadas, puesto que únicamente así se creará y solidificará la grandeza de la República. 

Señores diputados de la Generalidad: Me despido de vosotros con estas palabras finales. Pensad que la obra que habéis de realizar juntamente con el Gobierno representará la voluntad decisiva de nuestra tierra; que ella ha de ser la base del Código que ha de regir sus destinos; que será el vehículo de su prosperidad, y por ella podrá colaborar a la de los demás pueblos hermanos. Trabajad, por tanto, con el entusiasmo que contagia el patriotismo más puro. Escuchad en vuestro interior la voz profunda del buen juicio racial. Que vuestra labor sea expresión viviente de las aspiraciones seculares de nuestra Cataluña, para que podamos hacer de ella una patria liberal, democrática y socialmente justa.


Francesc Maciá
12 de junio de 1931






2846. Guerrilleros españoles en el maquis «Bir Hakeim»




Vencida Francia, ocupada una gran parte de su territorio a partir dé la ofensiva de mayo-junio de 1940, quedaba la ficción de la llamada «zona libre» que comprendía, sobre todo, el mediodía francés, excluida la banda que, a lo largo de la Aquitania, condujo a los ocupantes hasta la frontera franco-española de Hendaya. En esta zona, la Policía germana intervenía, casi siempre, a través de la organización administrativa dirigida por el gobierno instalado en Vichy, presidido por el mariscal Petain, en torno al cual los «colaboracionistas» iban adquiriendo puestos de mando y extendiendo su influencia política. Cuando los agentes de la Gestapo hacían acto de presencia en algún lugar «libre», ello significaba que la situación se agravaba y que la naciente Resistencia adquiría proporciones inquietantes.

La caza al hombre—que hemos conocido muy de cerca en la «ciudad rosa», Toulouse— era obra de alemanes, de milicianos de Darnand y de algunos otros agentes extranjeros que tenían para actuar en tierra extraña el beneplácito de la Gestapo. No obstante, la situación, las posibilidades de movimientos, eran mejores que en la zona ocupada, gracias a lo cual pudieron crearse, organizarse, desarrollarse grupos de la oposición activa, como «Combat», «France d'abord», «Libération» y otros, entre los cuales queremos destacar —porque los historiadores del país vecino se olvidan muchas veces de citarla— la Agrupación de Guerrilleros Españoles, que agrupó a muchos miles de compatriotas exiliados. Estos grupos lograron traer en jaque y, en ocasiones, enfrentarse en grandes batallas (Vercors, Gliéres, etc.) con la potencia Wehrmacht. Por lo que respecta a los españoles, grupos, compañías, batallones, brigadas y divisiones participaron en los combates de la Resistencia y en los de la Liberación en más de los dos tercios del territorio metropolitano.

En estas condiciones tan especiales de peligro, el comandante Rigal, poco antes de ser detenido por la Gestapo, en el verano de 1942, conoció en Toulouse a un miembro del grupo «Combat» llamado Jean Capel, con el que coincide en cuanto a la forma de actuar y de organizarse. Capel será más conocido a lo largo de este relato con el nombre de «comandante Barreau» (muchos autores escriben: «Barrot»; nosotros preferimos «Barreau», ateniéndonos al Orden del Día firmado por el general 0lleris y que reproducimos más adelante).

Barreau recibe en su domicilio de la calle Caraman a amigos de absoluta confianza, organiza algunas acciones poco espectaculares pero eficaces, prepara falsos documentos de identidad para personas perseguidas —judíos en particular—, crea un centro de información y una oficina de reclutamiento. Los primeros reclutados fueron su esposa, su suegra, su cuñado. Al poco tiempo recibe la visita del alcalde de un pueblecillo cercano a la capital del Languedoc, Auriac, que pone a disposición del jefe del grupo una propiedad, un «chateau», en el que, de su propia iniciativa, esconde ya a judíos y resistentes perseguidos. Apenas establecido este contacto, los alemanes ocupan la totalidad de Francia, terminando con la ficción de las dos zonas, lo que hace pensar a Barreau y a sus amigos que ya había pasado la hora de la propaganda y de las acciones secundarias; que había llegado el momento de organizar un maquis. Para ello era necesario organizar una escuela de cuadros y, al frente de ella, pone a un ex sargento de Caballería que había hecho su servicio militar en Tarbes, Christian Roque Maurel. El 25 de mayo de 1943 se organiza un primer campo en los alrededores de Villefranche de Rouergue (Aveyron), en el caserío de Estibi, a 15 kilómetros del pueblo. Los primeros componentes de este maquis son 16 estudiantes, sin armas ni equipos, vestidos con pantalones cortos y dedicando la mayor parte de su tiempo a la práctica de la cultura física, al estudio teórico de los reglamentos militares.

Cuando se trató de bautizar al grupo, alguien propuso y los demás aceptaron entusiasmados, que fuera llamado «Bir-Hakeim», en recuerdo del principal hecho de armas en que habían intervenido los «franceses libres en el desierto de Libia. Así, simplemente, sin ceremonial, nació el maquis que habría de vivir una vida intensa y errante, antes de comportarse heroicamente en La Parade, en compañía de nuestros compatriotas emigrados, la mayor parte de los cuales cayeron muertos, con las armas en la mano, en el sitio que es hoy lugar de peregrinación.

Este maquis no fue reconocido oficialmente, «homologado» para emplear el lenguaje de la época, por los servicios de la «Armée Secrete», por lo cual tuvo que arreglárselas como pudo para procurarse armas, municiones, abastecimientos diversos; un sacerdote, Fauveau, les regaló una radio («un aparato de TSF», se decía entonces). De esta manera marginal estuvieron los voluntarios hasta que, el 2 de junio de 1943, el teniente coronel Sarda de Caumont («Pagnol», «Rosette» en la Resistencia), jefe de los maquis R4 (cuarta región) reconoce, por fin, la organización en marcha y toma en mano la dirección de la escuela de cuadros. Barreau recibe una primera subvención de 25.000 francos. Algunos golpes de mano permiten al grupo la recuperación de 70 mosquetones y 7.000 cartuchos con los que armar a los 35 «maquisards» en julio.

Pero el 25 de agosto los alemanes instalan una formación SS en Villefranche, obligando a Barreau a evacuar sus tropas en dirección del departamento cercano del Hérault, sobre la meseta de Douch, cerca de Béradieux, donde recibe un segundo contingente de voluntarios a los que se puede encuadrar fácilmente gracias a los buenos resultados de la escuela guerrillera. Al margen del «Bir-Hakeim», los amigos y familiares de Barreau crean en Toulouse un grupo franco, especializado en los golpes de mano, que se reunía en una sala del Museo de Historia Natural, disimulando su armamento entre las tumbas y que depositaba el producto de sus acciones de «recuperación» en un local prestado por... los servicios municipales de limpieza. Este trabajo permitió dotar al maquis de automóviles, camiones y otros medios de transporte, gasolina y piezas de recambio. El golpe de mano que logró dar mejores resultados fue el que dio el grupo en la Montaña Negra, en un campo de jóvenes («chantiers de jeunesse»), donde los resistentes se apoderaron de dos toneladas de equipos y víveres, calzado, mantas, conservas, etc. Ya el «BirHakeim» había adquirido personalidad destacada entre los grupos resistentes del sector y ahogada autonomía.

Pero esta actividad, esta combatividad, esta notoriedad, terminarían por atraer la atención de los alemanes. El 10 de septiembre, a las seis y media de la mañana, cuando una espesa niebla cubría aún la meseta, se oyeron tiros a corta distancia. Una columna de la Wehrmacht, compuesta de 400 hombres, había cercado el campamento sin que los centinelas se apercibieran de la operación. Inmediatamente, los muchachos de Barreau toman posición y obligan al enemigo a detenerse y, luego, a retroceder. Mas los asaltantes reanudan el asalto, tiran con sus armas automáticas, morteros y cañones ligeros. Estaban rabiosos, pues en el primer asalto habían perdido a varios soldados y un capitán. Después de una hora de combates encarnizados, el jefe del maquis se da cuenta que el cerco es incompleto. Más tarde se supo que los alemanes que debían guarnecer el flanco norte se habían perdido en la bruma, llegando a la cita con dos horas de retraso. De esta manera, los «maquisards» habían desaparecido cuando el grueso de la tropa ocupó la meseta. La pequeña tropa llegó, extenuada y medio desvestida, a una aldehuela casi en ruinas, Saint Pierre le Cat, donde, en contra de la voluntad de sus habitantes, logró encontrar viejos trajes y algunos víveres. Para conseguir el consentimiento, fue necesario amenazar con quemar las viviendas (lo que prueba que, por aquel entonces, los que no sufrían directamente de la presencia alemana, aun sin tener ninguna simpatía por los ocupantes, no se comportaban bien con los resistentes).

Se hizo el recuento: de los 47 resistentes, dos habían quedado sobre el terreno y cuatro fueron hechos prisioneros, fusilados dos meses después en Toulouse. Los asaltantes habían tenido ocho muertos y doce heridos, según se pudo averiguar. Un enlace fue a la ciudad, visitó el cuartel general y, una vez informado éste de lo sucedido, se decidió que los jóvenes fueran a la propiedad de Auriac, que había sido ofrecida mucho antes por el alcalde de esta localidad; otros se escondieron en Toulouse. Era necesario un tiempo de espera para estudiar las posibilidades de nuevos emplazamientos.

En los Bajos Pirineos, las autoridades de Vichy habían instalado unos campos para la juventud, algunos de ellos evacuados por estar cerca de la línea de demarcación. Barreau estudió el emplazamiento del que había existido en la meseta de Benou, cerca de Eaux-Bonnes, y decide la instalación de los refractarios. En la noche del 11 al 12 de octubre, el grupo especial, en un golpe de mano audaz sobre el depósito de los campamentos establecido en el «chateau» de Lespinet, cerca de Toulouse, logró apoderarse de siete toneladas de jerseis, pantalones, sacos tiroleses, calzado, conservas, un automóvil y una camioneta. Así se instaló el nuevo campamento.


LA CAZA AL HOMBRE

Mientras tanto, los servicios policíacos nazis lograron conocer los nombres y domicilios de los dirigentes de este grupo, que no conseguían desarticular ni destruir. Sin embargo, a pesar de las pesquisas, visitas domiciliarias y detenciones de rehenes, los principales interesados no pudieron ser detenidos y fueron a esconderse al «chateau» de Auriac. En esta situación difícil, Barrean establece nuevas relaciones y tiene frecuentes entrevistas con los dirigentes militares, en particular con «Rosette». Las discusiones, a propósito de la actuación de los grupos armados y de su organización, enfrentan a los dos hombres. Muy a menudo no están de acuerdo ni sobre el presente ni sobre el porvenir de la Francia liberada.

El superior jerárquico, por ser su amigo, propone a Barreau:

—Le voy a poner en relación con «Rebatet» (Cheval), responsable de la Región 3 y le voy a destacar con él. ¿Qué le parece?

Barreau acepta la proposición y el maquis «Bir-Hakeim» pasa a depender, en octubre de 1943, de la región de Montpellier. En esta ciudad establece su Estado Mayor en compañía de Mallet y de Coucy. En el 4 de la calle Marechal, se abre un centro de reclutamiento, una vez establecidos los contactos con el jefe regional de la «Armée Secrete» Pavelet («Villars»). Inmediatamente, como en Toulouse, se organiza un cuerpo franco para operar en la región del Hérault, mandado por Mallet, a quien los guerrilleros llaman «el toubib».

Barreau soñaba con organizar una fuerte concentración de voluntarios. Cuando recorrió la región de Clermont l'Hérault se quedó atónito: donde esperaba hallar grupos fragmentados, descubrió una verdadera falange de jóvenes patriotas ardientes y deseosos de combatir bajo sus órdenes. La integración de estas tropas aguerridas y con elevada moral en el «Bir-Hakeim» fue el acontecimiento principal de su historial: aumentó su prestigio y multiplicó sus posibilidades de acción. Fue gracias a esta potencia que, incluso después de la tragedia de La Parade, de la que hablaremos más adelante, el maquis logró renacer de sus cenizas y triunfar.

En diciembre, ya reunidas las fuerzas hasta entonces dispersas, canalizadas las iniciativas personales del comandante Barreau y del capitán Demarnes, el «Bir-Hakeim» tiene: en Montpellier, el Estado Mayor más el cuerpo franco de Mallet; en Toulouse, un cuerpo franco mandado por Darrénougué; en Clermont l'Hérault, el grupo de combate venido de Benou, más el maquis-escuela. Al salir de una reunión celebrada en Toulouse, a la que asistían Barreau, Uziel («Viví ») y Coucy, estos dos últimos fueron detenidos —un delator que les conocía comunicó su presencia al inspector de policía Puchot, especialista de la lucha antiguerrilla urbana—, pero Barreau logró escaparse. Coucy fue internado unos días en la Intendencia de la Policía de Montpellier, y Barreau, al frente de un grupo de «maquisards» intentó, en vano, liberarle. Más tarde, trasladado a la Central de Eysses (véase nuestro artículo precedente) fue a parar al campo.de exterminio de Dachau, luego a Mathausen, de donde regresó a la Liberación en un estado de salud lamentable.

Barreau se reincorpora al maquis de Clermont. La fisonomía de la región aparecía como un lugar ideal para servir de base a operaciones futuras: cerca del litoral, donde se podía ayudar a un posible desembarco aliado; posibilidades de dispersión rápida en caso de peligro por estar a caballo entre el valle y la montaña. De allí partieron la mayoría de las expediciones de «recuperación» de armamento, municiones, abastecimientos y otros materiales que les enviaban otras formaciones clandestinas. El grupo de combate de Clermont llegaba de refuerzo cuando un «grupo-maquis» era atacado; el «grupo-maquis» suministraba hombres al «grupo-combate» cuando se realizaba un golpe de mano de difícil ejecución. De vez en cuando, los de la llanura subían al monte para descansar, para hacerse «olvidar» por los perseguidores al acecho, y volvían a bajar descansados, en busca de nuevas aventuras.

Un día advirtieron a Barreau que su escuela de Benou estaba en peligro y dio a ésta orden de repliegue. La nueva concentración de efectivos coincidía con la decisión del jefe regional de reunir a los grupos desperdigados y almacenar los víveres necesarios para un largo período y mucha gente. Al entregar la suma de cien mil francos al encargado de realizar el proyecto, le dijo:

—Pronto les enviaremos una formación constituida ya para instruir a los nuevos reclutas. El grupo viene armado.

Se trataba del «Bir-Hakeim».

La preparación de este nuevo campo de acogida fue minuciosamente estudiada. Si los comerciantes de los alrededores se comprometieron a suministrar víveres, muchos fueron los responsables locales que estimaron que no se podía establecer un maquis tan cerca de la carretera general y de una villa con una importante guarnición alemana. Tras numerosas visitas a los lugares mejor adaptados para los emplazamientos, se eligió Terris (Gard) en noviembre de 1943. El 2 de diciembre llegó el primer equipo, compuesto de 13 hombres. A partir de entonces empiezan las incorporaciones de refractarios al trabajo obligatorio en Alemania, venidos de los departamentos del Gard, Ardeche y Vaucluse, obreros e intelectuales. El maquis cuenta ya con más de sesenta voluntarios y, después de algunos golpes de mano, posee el armamento necesario para hacer frente al enemigo, en la defensa o en el ataque. No faltan responsables que acusan de coquetería a los «maquisards» porque éstos parecen provocar a los alemanes, recorriendo con sus vehículos las carreteras, en pleno día, a toda velocidad, pasando por delante de la estación del ferrocarril y del Hotel de Europa, donde están alojados los jefes germanos.

Dos veces los ocupantes les persiguen, pero, a fuerza de audacia—o de inconsciencia— logran los hombres del «Bir-Hakeim» escapar sanos y salvos.

Barreau tiene apreciaciones discordantes a las de Jean Serbe (verdadero nombre: Jean Todorov, otro héroe del maquis). Esta falta de unidad de criterio en el mando perjudica al conjunto del movimiento guerrillero regional. Los alemanes, al atacar a los «maquisards» harían olvidar las disidencias y luchas intestinas y alejar los enfrentamientos estériles.


EL ATAQUE DEL 26 DE FEBRERO DE 1944

En el «mas» de Serret, los «maquisards» habían almacenado importantes reservas en víveres, armamento, municiones, materiales diversos y gasolina. El sábado 26 de febrero, Mallet recibe la orden de Barreau de reunirse en este lugar por temor a un ataque enemigo. La víspera, una patrulla de resistentes había visto no lejos de allí a un grupo de siete vehículos alemanes. Los jóvenes, en lugar de esconderse y vigilar los movimientos de los soldados, abrieron el fuego matando, en el coche que iba a la cabeza de la expedición, a un comandante y tres oficiales. El resto del convoy dio media vuelta. Y, al día siguiente, llegó un contingente de SS de la Novena Panzerdivisión Hohenstaufen; el Estado Mayor alemán estaba decidido a terminar con las bandas de refractarios que les acuciaban con sus emboscadas.

El 26, pues, a las ocho de la mañana, una columna de cuatrocientos soldados, con autos, camiones y cañones ligeros, atraviesan el pueblecillo de La Bastide de Virac en dirección de Serret. Gendarmes y milicianos franceses forman parte de las fuerzas represivas. Las avanzadillas del maquis dan la alerta, tiran; los alemanes responden con un fuego nutrido. Los dos primeros caídos fueron dos españoles: los hermanos Navarro, que llegaban con un camión de abastecimiento y se encuentran en medio del tiroteo. Los «maquisards», que mantuvieron a raya a los asaltantes, sienten que van a ser cercados y deciden retirarse. El «Bir-Hakeim» perdió en esta operación a un sólo hombre, «el Abuelo», que se sacrificó para que los demás se pusieran a salvo. Los asaltantes tuvieron veinte muertos y treinta heridos.

Cincuenta combatientes deciden establecerse en La Silvadiére y otros quince se quedan en los parajes cerca de Serret. Los alemanes, furiosos, logran cercar dos propiedades: Plagnol y Roche, entran a saco en ellas, lanzando granadas en el interior, se apoderan del dinero y joyas que había en los armarios, detienen y se llevan a los propietarios, mientras que los hombres de La Silvadiére soportan un nuevo ataque alemán.

Este mismo día reservaba otras sorpresas a los resistentes. Algunos vehículos caen en unas emboscadas, otros se encuentran inopinadamente con barreras instaladas por las tropas adversas a la entrada de Saint-Hippolyte du Fort y en algunas de sus calles estrechas. Hubo muchos muertos y algunos heridos, más un puñado de prisioneros. El alcalde afirmó que eran vecinos del pueblo, por lo que evitó las represalias anunciadas. Continuó la caza al hombre con mayor saña. Varios heridos fueron conducidos por sus camaradas al hospital, donde, a pesar de la oposición de los médicos, fueron asesinados allí mismo por los SS.

Conviene destacar un hecho, anecdótico si se quiere, pero significativo: la formación SS que actuó en Saint-Hippolyte estaba compuesta de cuadros alemanes y de soldados de diversas nacionalidades: checos, italianos, franceses y españoles. Una vez más, como sucedió en otros frentes de Europa y en la Unión Soviética, compatriotas nuestros se batieron los unos contra los otros, quien vestido con el uniforme negro y la calavera, -quien con la pelliza del guerrillero.

El primero de marzo, detención de seudorresistentes en las calles de la villa, que serviría de pretexto para preparar, en gran secreto, una gran operación en el este y el noroeste del Gard, donde había varios grupos de la Resistencia más el «Bir-Hakeim». Las operaciones empezaron el día 6 y se extendieron hasta el mes de abril; los alemanes vinieron cinco veces a los emplazamientos de los hombres de Barreau. Luego, durante un período de reagrupamiento y de reorganización, fue la paz relativa.

Del conjunto de estas operaciones existen documentos abrumadores, en particular para los ocupantes. El jefe de la brigada de Gendarmería de Pont Saint-Esprit, el ayudante Chambon, habla de docenas de detenidos contra los que no pesaba ninguna acusación. Dos habitantes del pueblo denunciaron a otros, acusándoles de «burgueses gaullistas». Al final, gracias a los chivatos locales, que querían arreglar cuentas con otros conciudadanos por alemanes interpuestos, éstos lograron detener a amigos del maquis que servían de enlace o suministraban informaciones.


LA TRAGEDIA DE LA PARADE

Es hora ya de hablar de los guerrilleros españoles y de su espectacular participación en los combates contra el ocupante. A mediados de 1942 fueron reclutados los primeros voluntarios que se instalaron en los bosques frondosos del departamento de Lozére. La mayoría venía de la cuenca minera de la Grand Combe y de Alés (Gard), de donde salieron guerrilleros tan famosos como Cristino García, más tarde fusilado en España por tentativa de creación de grupos armados. Hasta finales de 1943, la Quince Brigada de la Tercera División de la Agrupación de Guerrilleros españoles fue mandada por García Acevedo. Cuando éste pasó a mandar la Primera División (Gers, Altos Pirineos, Bajos Pirineos) fue sustituido en el cargo por Miguel López. La Brigada disponía de abundante dinamita, que se extraía de las minas del Gard. No es ésta la ocasión de citar el número y la importancia de las acciones realizadas desde su creación, sobre todo los sabotajes en fábricas y minas. Como los españoles, aunque gozaban de total autonomía en las filas de la Resistencia, trabajaban en contacto con los maquis franceses (en los que había, igualmente, muchos compatriotas), era natural que el «Bir-Hakeim» solicitara la ayuda de los hombres de López para ayudar a recoger los envíos de armas que llegaban por avión y serían largados en el lugar conocido por el nombre de La Parade, un prado en las alturas, en torno al cual abundaban los árboles. Esta recuperación resultaría trágica como vamos a ver.

Los alemanes habían sido advertidos del «parachutage» proyectado. En las cercanías de la meseta pelada concentraron hombres y material abundantes. Pero los resistentes se apercibieron demasiado tarde de la presencia enemiga. Los hechos ocurrieron el 28 de mayo de 1944. El destacamento español formó una línea de protección para cubrir la pista y colocó algunos centinelas para evitar la sorpresa posible.

Y la sorpresa tuvo lugar, sin embargo. El ataque alemán se inició por los cuatro costados. Los «maquisards», pasada la primera sorpresa, resistieron heroicamente. En los primeros combates cayó el comandante Barreau. Inmediatamente toma la dirección de las operaciones Miguel Lopez, que continuó la resistencia aun cuando parecía que todo estaba perdido para la tropa gaullista. Replegándose llegaron hasta una casa, donde se refugiaron los supervivientes de la encerrona. Desde ella, economizando cuanto era posible las municiones, hicieron muchas bajas entre los asaltantes, lo que enfurecía aún más a éstos. Después de varias horas de lucha, los alemanes dieron el asalto y lograron ocupar las posiciones que los franceses y españoles aún en vida defendían hasta haber terminado las municiones. Los guerrilleros hechos prisioneros estaban todos heridos, entre ellos, gravemente, López. Los alemanes, sin hacerles una cura de urgencia (¿para qué, si los pensaban matar?), les condujeron a Mende, donde pensaban interrogarles. Todos ellos fueron torturados y algunos murieron a causa de las torturas. Al no conseguir informaciones interesantes, les metieron en un camión para conducirles hasta Baradoux, donde serían fusilados. Mientras se formaba el pelotón de ejecución, Miguel López, debilitado por la pérdida de sangre, casi paralizado por la tortura, hizo un último esfuerzo para escaparse, cayendo, a los pocos metros, acribillado a balazos. En Baradoux cayeron, además de López, los guerrilleros Manuel Suárez, Eloy Montes, Manuel Sánchez, Manuel Garrido, Gabriel Asensio, Felipe Casal y Manuel Carrasco. En los lugares en que hubieron de batirse cayeron para siempre, además de los franceses del maquis, nuestros compatriotas Enrique Oliva, Manuel Mejías, Remigio Hons, José García, José Camarasa, Agustín Fuentes, Celestino Cuesta, Manuel Cuenca, Marcos Amador, Mariano Cales, José Fernández, Carlos Gallego, Aquilino García, Gilberto Teruel y Joaquín Olmos. Joaquín Olmos, Aquilino García y Manuel Carrasco, veteranos ya de las luchas guerrilleras en Francia, habían participado en el asalto a la cárcel de Nimes.

El golpe fue rudo para los muchachos del «Bir-Hakeim» como para los de la Brigada española. Pero ésta reclutó nuevos elementos y actuó brillantemente en los sucesivos combates que terminarían con la liberación de la región. Otros compatriotas dejaron allí sus vidas: el capitán José Simó, Félix Aguado, Antonio Carrasco y Pedro Sánchez. Hubo también catorce heridos. No quisiéramos terminar esta crónica sin citar el ejemplo de coraje dado por José 0lloza, autor o coautor de varios sabotajes, detenido por la Gestapo, conducido a Mende y de allí a Montpellier. Después de haber sufrido lo indecible, sin que denunciara a ninguno de sus camaradas, logró escaparse e incorporarse a su Brigada. Habiendo tomado parte en los combates de la Liberación fue, como otros más, condecorado con la cruz de guerra. De estas gestas españolas en tierras extrañas quedan, entre otros, el monumento elevado a su memoria en La Parade, sobre el cual están cincelados los nombres de los caídos.


Alberto Fernández
Tiempo de Historia nº 12, noviembre 1975









2845. Los vivos muertos




A media ladera, España agoniza: en los montes de El Escorial, última escoria y residuo postrero de la Sierra Guadarrama.

Todos están muertos en España. Los unos a su pesar, por oponerse a la tiranía. Los otros por consentirla. ¡Oh, pueblo de España, mira pasar a tus enemigos!... Ceniza son. Formados a media ladera de la montaña, avanzan en busca del Valle de los Caídos, oasis fúnebre, del que trasciende un hálito en cierto modo juvenil, sobre todo si se le compara con el que envuelve a la fila de los enterradores. Parecen éstos obstinados termes, que tratasen de horadar la tierra de España. Franquistas, falangistas, monárquicos, requetés... Se les distingue por sus caparazones, en los que cada grupo, cada especie, lleva pintados los colores de su bandera. Penosamente remontan la pendiente las oscuras jerarquías, el ejército de Franco, el otro ejército, el monárquico. Felipe II, despertado por aquel olor a muerto más reciente, alza su palidez para contemplar al nuevo rey. Aquél es. No, aquel otro. O el de más allá: Franco. Son reyes los tres, Franco, Juan y Carlos, sin serlo ninguno. Los tres al mismo tiempo, pues en España otro de los valores que ha dejado de existir es el tiempo, la noción de tiempo. Veinte años después, España está como veinte años antes. Paralizada, yerta, de regreso a la pétrea inmovilidad de sus toros de Guisando. La crisis del franquismo se plantea ahora con las mismas características que en 1939. España sigue soportando un sistema sin sucesión. Al final del franquismo, cerrando el paso, surge ahora la escollera de los muertos. Es el franquismo como un cardo seco y estéril. El aparato estatal de España semeja un cuerpo desollado que cruzase de un extremo a otro la meseta castellana. Nadie sabe qué hacer con este cuerpo insepulto, atravesado en España y que interrumpe todos los caminos. No se ve una solución. O no se ve más que una solución: la que se evade, la más temida por el franquismo. Mientras se tejen y destejen mil combinaciones, el pueblo español mira cómo remonta el entierro la pendiente.

Van en cabeza los muertos hacia dentro, los desilusionados camisas viejas, que pretendían a su modo revolucionar a España. ¿Qué fue de tanta invención?... Les siguen los que hicieron la apología del franquismo, o los silenciadores de tal iniquidad. Son los intelectuales. Tan apergaminados varones representan la capa más externa y vanidosa del cuerpo muerto, la dermis, todavía sensible. Algunos se rezagan, se hacen los desentendidos, simulan no tener nada que ver con el difunto. Otros se han adelantado, han traspuesto la serranía y han llegado hasta Segovia. Sus siluetas alargadas, temblorosas, de fugitivos, han cruzado bajo los arcos del Acueducto -Jordán en vilo-, creyendo hallar al otro lado la salvación. Se han acordado ahora de Antonio Machado. Otro día se acordarán de García Lorca, de ellos mismos, de lo que fueron en vida.

Los hay que están más íntimamente ligados al organismo agónico, mayormente contaminados. En lo profundo del cuerpo difunto, donde la escarlata sangre se coagula y se hace pegajosa, está el Opus Dei. En el centro de la sombría osamenta está Franco. Un Franco entre azulino y blancuzco, tal como lo ha pintado de mano maestra el pintor Rodríguez Luna.

España incide en la muerte. Mas otra España nace como dijera el poeta. La España al margen, la inmortal e imperecedera. No necesita esta España que el muerto se salve. Le urge, por el contrario, librarse de su pesadumbre, recobrar su libertad. Una España es la que muere. Una España la que habrá que enterrar definitivamente. El cuerpo que parecía tan descomunal, como que se encoge y enjuta al morir. A lo último quedará del franquismo lo que de un cardo requemado y seco, lo que de un sarmiento. Quedará la cripta, la oquedad en el valle. Todo el franquismo es oquedad.

Si la vida se pierde al no afrontarla, España no deberá dejar de afrontar resueltamente la circunstancia que se avecina. Que nada caduco interfiera la vida de la España naciente. El error más grave que podría cometer España sería no consumar la muerte que toda resurrección exige.


D. Aipat
Diálogo de Las Españas. México, 3 de julio de 1959








2844. Recuerdo a Federico

Federico García Lorca
(Fuente Vaqueros, Franada, 5 de junio de 1898 - Granada, 18 de agosto de 1936)


Recuerdo a Federico,
Su corazón que flota como ese niño ahogado
En las aguas desiertas por una tarde lenta,
Su corazón sin aires
Para el vuelo que, loco, su amor le prometía.
Recuerdo a Federico,
Sus mentiras que siempre prefería a las verdades,
sus exageraciones, fieramente evidentes,
sus fábulas, su risa
que ponía las cosas en su punto exacto.
Recuerdo a Federico,
Recuerdo su abundancia, su amor que derramaba
Generoso en mil cosas, palabras, animales, niños,
Amigos cualesquiera
Relámpagos parados de su extasiada noche.
Recuerdo a Federico,
Recuerdo que en él pesan ya diez años de tierra,
Recuerdo que ha quedado con un boquete seco,
Nadie sabe por qué, y eso es lo más terrible,
En un lugar cualquiera, un día que no nombro. 


Gabriel Celaya
San Sebastián, 3 de julio de 1947



En un lugar cualquiera, un día que no nombro (tres poemas inéditos sobre Federico García Lorca)
Edición de Antonio Chicharro Chamorro, Diputación de Granada, 2008










2843. Los poemas gallegos de Federico García Lorca




Muchas veces en estos veintitantos años, se me ha pedido que publicase la historia de estos poemas, tan insólitos en el conjunto de la obra lorquiana, en vista de que fui yo quien los ha ordenado para su edición. La verdad es que no tenía ningunas ganas de añadirme al moqueo necrofílico -casi necrofágico- de tanto repentino plañidero exitista 276, de esos que les entra, apenas, la letra y no la sangre, para ponerme a hacer de mi amigo pendón de reclamos personales. En la primera edición de las Obras Completas, (Editorial Losada, S.A., Buenos Aires, 1938), aparecieron con el prólogo explicativo que les puse cuando los publiqué; lo suprimieron en las sucesivas, no sé la razón; y como éstas fueron las más divulgadas y los poemas aparecían allí mondos de origen, el asunto volvió a su misterio. Hasta 1948 no hallé ánimos para ponerme a hablar de Federico con la indispensable objetividad, para no seguir siempre siendo víctimas de su muerte. En todo este tiempo, me mantuve al margen no sólo de los fregados lacriminatorios de los snobs sino también tejemanejes utilitarios de quienes hicieron mercancía o ideología del trance amarguísimo. Incluso las fotografías que le hice en Granada y en Madrid, quedaron en su mayor parte inéditas hasta 1952, resistiendo muchos mercadeos y ofertas, y las que aparecieron, por cierto sin mención de autor, fueron suministradas por otras personas a las que yo había regalado colecciones. Desde 1948, he dictado veinte conferencias sobre diversos aspectos lorquianos, en la Argentina, Uruguay, Chile y Venezuela. En un cursillo de la Universidad de Chile (1950) sobre Poesía Española Contemporánea le dediqué tres de las doce lecciones, y otras en la Universidad de Concepción. Publiqué luego diversos trabajos. Los últimos son: «Evocación de Federico», en La Nación, de Buenos Aires (octubre, 1956) y «Federico García Lorca, después de veinte años», en la Revista de la Universidad Nacional de La Plata, R.A., (junio, 1958). Este es el primer escrito que publico en España desde 1936.

Se habló poco y se murmuró demasiado acerca de estos poemas que para nosotros, los gallegos, revisten importancia cardinal. Incluso alguna vez, tuve que salir al paso, epistolarmente, del malévolo infundio que me atribuía traducción, colaboración, o algo por el estilo. Afortunadamente, guardo los originales. Se ve que han sido escritos en una serie de impromtus -algunos a lápiz- trazados en esos papeles que se sacan del bolsillo en un café o que se atrapan por ahí sobresaliendo de un montón en la mesa de trabajo. El Noiturnio do adoescente morto, en una invitación de L’Ambassadeur de Portugal (r.s.v.p.), a comer, que pone en la parte alta de la cartulina y escrito a tinta roja: Pour rencontrer Mr. Julio Dantas. La Cantiga do neno da tenda, cruzando la mecanografía y los guarismos de una liquidación de la Sociedad de Autores Dramáticos de España, correspondiente a la Romería de los cornudos, derechos que Federico comparte con G. Pittaluga y C. Rivas Cherif. El Romaxe de nosa Señora da Barca, en un sobre ajado con una tarjeta dentro, de alguien que hoy resultaría innombrable en relación con García Lorca... Y así los otros dos.

Me los dio un día de los finales de julio, 1935, en su casa de Madrid, después de leerme Doña Rosita la soltera, recién acabada. Mi artículo en La Nación -de la que fui corresponsal viajero en España desde 1933 hasta diciembre de 1935- fue el primero, creo, dio noticia circunstanciada de esta obra. En septiembre de ese año me había dado, «para pasar en limpio», (con bastantes variantes en algunos versos), buena parte de los orginales de Diván del Tamarit. Tenía yo proyectado, por aquel entonces, un rápido viaje a Granada y Federico quería llevarle los originales del libro a su amigo don Antonio Gallego Burín, a quien él me había presentado en un viaje anterior. Iba a editárselo aquella Universidad y recuerdo cuánta ilusión esto le hacía, pues Federico era granadino de nación y de vocación, y si volviese a nacer volvería a serlo, a pesar de todo y quizá por todo. Luego, no hice el viaje y le devolví los textos mecanografiados, menos cuatro poemas que destinaba a un Almanaque Literario que iban a editar G. de Torre, M. Pérez Ferrero y E. Salazar y Chapela. Si no recuerdo mal, yo mismo se los entregué a Pérez Ferrero.

En cuanto a los Seis poemas galegos, mi tarea se redujo a formalizar la ortografía, a enmendar alguna impropiedad o castellanismo y también a escoger entre las variantes y a proponerle algunos títulos. Romaxe de nosa Señora da Barca no figura en el original, de modo que debe de ser mío. Para Vella cantiga, le propuse Canción de cuna pra Rosalía Castro, morta. Lo veo luego utilizado en un soneto póstumo (Nueva York, 1941): Canción de cuna para Mercedes, muerta.

Todos estaban inéditos menos el Madrigal â cibdá de Santiago. Me lo dio impreso -los tipos de El Pueblo Gallego, de Vigocon una corrección a pluma en el segundo verso de la tercera estrofa: laio (queja) por ceio (cielo). He aquí algún ejemplo de mis enmiendas: En Danza da lua en Santiago, «¿Quen fire caval de pedra -no mesmo umbral do sono?». Yo puse: «¿Quén fire potro de pedra -na mesma porta do sono?», porque caval no es gallego y cabalo resulta largo; y porta porque expresa poéticamente lo mismo que umbral, que tampoco es gallego, y evita el corte elocutivo artificioso en me-um. El verso: «Filla, con el ar do ceio», quedó: «Ai, filla, co ar do ceio», para corregir el castellanismo y ganar la sílaba... Y así otras menudencias sin importancia. Todo le pareció bien.

¿Por qué los escribió? Federico había estado en Galicia durante un viaje escolar (1917), que le dio temas para su primer libro: Impresiones y paisajes (1918). Entre todo aquel tierno y confiado desparramarse juvenil, aún rezumando modernismo, (Canéfora de pesadilla, Romanza de Mendelssohn, Jardín muerto, Jardín romántico...) hay una nota aceda, dolorosa: Un hospicio en Galicia, con este divertido reventón mitinero: «Quizá algún día (la puerta) teniendo lástima de los niños hambrientos y de las graves injusticias sociales, se derrumbe con fuerza sobre alguna comisión de beneficiencia municipal, donde abundan tantos ladrones de levita y, aplastándolos, haga una tortilla de las que tanta falta hacen en España».

Vuelve a visitarla, con ganas más personales y más adecuadas letras, en 1932, en gira de conferencias por el Instituto de Cooperación Intelectual, o algo así. Naturalmente, en esta visita, más sopesada y mejor acompañada, tuvo que apechugar con el tenaz dominio -aunque sea por pocas horas- de aquel manso y tan incisivo, deslumbramiento que mi tierra mete por las canales del sensorio, antes que por la noticia letrada, en las almas capaces de recepción y que es su desquite de tanto dejarla ahí o del pasarla de largo, conformándose con los tópicos dulzarrones -«los mil verdes del paisaje», «la melancolía», «los iños, iñas»- del comento turístico, repetidor al dictado, o de la vacuidad, sin más, de muchos naturales. Federico, «fulminado» -es palabra suya- por Compostela (¡válgame Dios, él granadino!), en vez de los ¡ah!, ¡oh! de la bobería transeúnte o congénita, se alivió con unos versos; porque muchas veces los versos, aun siendo poeta más trabajoso y premioso de lo que se cree, eran su modo interjeccional y exclamativo.

De esta visita es el primer poema, el Madrigal â cibdá de Compostela. Apareció originalmente en Yunque, de Lugo, una de aquellas revistas -parpadeos de entonces, que duraban tanto como el engaño lírico de sus empresarios- la dirigía Angel Fole -tardaba en hacerse desengaño económico, ¡y tan útiles en su apenas nacer! Volvió en 1934 con «La Barraca». La montó en la Plaza de la Quintana -la antigua Quintana dos mortos-, con su loggia renacentista, su barroco desbocado y aquel altísimo paredón de monjas encerradas, con tantas ventanas, todas mirando hacia dentro, en cuya negrura garbea una lápida recordando al Batallón de Literarios, aquellos estudiantes que en 1808 se fueron a la guerra, con guitarras y manteos, como a una tuna. Y esta plaza vino luego a ser escenario del más intenso de los poemas, la Danza da lúa en Santiago.

Otras relaciones con Galicia: En su conferencia del Duende, signa al Maestro del Pórtico entre los tocados por el misterio y ventolera. También se refiere a la romería metepsicósica de San Andrés de Teijido, o San Andrés de Lonxe, de lejos. Yo se la conté, pero ya se la había contado antes Carlos Martínez Barbeito, que la sabe mejor, aunque no haya estado en ella, porque es de La Coruña. Yo estuve, pero soy de Orense.

Federico había leído los cancioneros galaico-portugueses y la poesía tradicional castellana, en la que nuestra juglaría desemboca. Conocía, asimismo, las obras de Gil Vicente, de Saa de Miranda, la lírica de Camoens y muchos románticos gallegos y portugueses. De Rosalía recitaba algunos fragmentos, Curros Enríquez le parecía «poco gallego» (Juan Ramón Jiménez, ya viejo, habló también de la influencia de estos poetas en su formación primeriza, frente a otras más tercamente asignadas). En Madrid, una tarde de 1934, le leí -y traté de aclararle- algunos poemas de Pondal, nuestro más ancho y hondo bardo costero. Recuerdo uno de sus prontos: «¿Dónde estaba este poetazo?». De los nuevos, había leído a Amado Carballo, a Manuel Antonio –le gustaba más el primero–, a Eugenio Montes –Versos a tres cás o neto–, a Álvaro Cunqueiro y a los más significativos de aquella generación. Yo le había mandado mis Romances galegos (Buenos Aires, 1928), coetáneos, en elaboración y en publicación, del Romancero gitano y sin otra semejanza que el título. Sus amigos gallegos fueron, entre otros que no habré conocido, A. Yunque, Cunqueiro, Feliciano Roldán, Luís Seoane, los Dieste, C.M. Barbeito, Castelao, R. Suárez Picallo, A. Cuadrado... Pero yo creo que el incitador decisivo para que escribiese los poemas gallegos -al menos, los cinco que me dio manuscritos- fue Ernesto Pérez Güerra, igualmente gallego, su amigo más íntimo y personal en aquellos días, junto con Rafael Rapún -¡pobre Rafael!- y su camarada muy querido de lances teatrales, Eduardo Ugarte. Lo digo del modo más válido, y tengo buenas razones para ello: sin la presencia e insistencia de Ernesto (el único poema con dedicatoria, a él está dirigido: Cantiga do neno da tenda) éstos no hubieran nacido. (Ernesto era, en aquellos tiempos, estudiantón indiscriminado y tañedor angélico de aires gallegos en la armónica por noches y cafés, ¡ay!, madrileños. Se fue a Nueva York donde, naturalmente, lavó platos, que éste parece ser allí el indispensable comienzo de las grandes cosas. Hoy es, en su Universidad, catedrático-jefe de la sección Lenguas Romances, además de consumado ensayista y fino poeta en portugués y en gallego).

Fueron publicados en un cuaderno de 34 páginas, por la Editorial Nós -volumen LXXIII-, con prólogo de E.B.A. La fecha del colofón es: 27 de diciembre de 1935, pero estaba hecho en noviembre. Los compuso a mano su director Ánxel Casal. Yo compuse los ocho primeros versos de la Cantiga do neno da tenda, poema emigratorio, como homenaje al poeta y a un oficio pueril aprendido en escuela de frailes. Entonces, aun creíamos en esas trazas y símbolos del sentimiento, ¡o mores! Salvo unos pocos ejemplares que se repartieron, el resto de la edición desapareció, junto con el fondo editorial de Nós en el que figuraban los mayores testimonios del renacimiento cultural gallego desde 1920.

¿Qué más? Algo habría que decir de los poemas en sí, por lo pronto esto: No se trata de divertimientos o ejercicios en lenguaje de préstamo, y si fue eso lo que el poeta se propuso, otra cosa muy diferente fue lo que le salió. Porque tampoco se trata del manejo aproximativo de unos sentimientos tanteados con argucias y oficios del pastiche; en primer lugar, porque no es posible hacer tal cosa con lo gallego como lo es con lo andaluz, pongamos por caso, aunque lo sustancial andaluz quede también siempre lejos de esas aproximaciones. No es posible, sin caer en manifiesta inoperancia o en caricatura, por faltarle a lo gallego el adecuado repertorio de convencionalismos mostrencos. Lo gallego se expresa o se caricaturiza, no hay términos medios ni zonas francas donde pueda denunciarse de otro modo. Su reconditez -aun para los gallegos, que andamos ahora en la tarea de autoaclararnos deja poco margen para lo presunto. Pues bien, estos poemas, que en su momento quedaron sin crítica apta, forman parte de lo más esencial que nuestra lírica haya expresado. Con toda exactitud, su esencialidad es su patente misterio circunstancial, además del misterio radical de toda poesía. De un brinco -dejemos aparte todo el cascarón y falacia de las fuentes- se plantan en el entresijo, en el cogollo, en el cerne de nuestra expresión lírica más penetrante y acabada, con una propiedad milagrosa. En cada uno de ellos, en su lineamiento anecdótico y en la bruma que los difumina y aclara -en el sentido especial de la claridad gallega- resultan obra de la más asombrosa naturalidad, sin rastros de esfuerzo ni huellas de ejercicio retórico; son maravilla sobrecogedora. Adrede amontonó los adjetivos de lo increíble, no por aspaviento sino para resalte, para dar con algún modo explicativo de lo que es en sí irracional; quiere decir, de lo que está siendo, sin que sea posible reconstruir racionalmente su itinerario, sin poder decir cómo ha sido. Nunca había ocurrido nada semejante en ninguno de los poetas foráneos de largo avecinamiento y de manejo, in situ, del habla, y a tantos siglos de su uso como medio comunal, instrumental, operístico, por parte de los líricos primitivos españoles.

Esto en el orden discursivo puede girarse a dotes de penetración en los enseres del saber y a cierta destreza y resolución para abarcar dialécticamente sus relaciones. Mas otra cosa es cuando el producto intuido no es mera intelección, sino que sobreviene ligado y connatural a lo que es más indócil al requirimiento, o sea, al espíritu del habla, a lo que ésta porta y trasluce como reflejo del alma de un pueblo; y en el caso presente, del alma de un pueblo que tiene, precisamente, en la poesía su modo mayor, casi único, de declaración. En los poemas gallegos de Federico, eso que con palabras gastadas y maltratadas, pero sabiendo bien qué queremos decir, llamamos lo racial, lo telúrico, resulta evidente, con la evidencia sui géneris de la poesía de un ahí perceptible por quienes llevamos dentro la oquedad adecuada para su resonancia, aunque no podamos decir en qué consiste. La imaginería concreta, figurativa, y a la par empapada en la jugosidad de los tonos e intertonos del habla, en el Romance de nosa Señora da Barca; el tema de la Danza da lúa en Santiago, diluyéndose, atmosferizándose -¡perdón!, en tiempo y espacio conculcados, presencia entre el ser y el no ser, que se repite e integra en la cinética del ritmo; la percepción y expresión de un matiz del tedio emigratorio, en un ámbito concreto -Buenos Aires- confiado a un toque alusivo con el que toda la configuración se resuelve: aquel paseiaban del Romance do neno da tenda.

 «Ao longo das ruas infindas
 os galegos paseiaban
 soñando un val imposible
 na verde riba da Pampa...»

La repentización y hallazgo de aquel ser -clave- de Galicia, en estos versos de Canzón de cuna pra Rosalía, morta:

 «Galicia calada e queda,
 transida de tristes herbas...»

son mucho más que simples aproximaciones emprendidas al socaire de la facilidad. Para los de la infamia menuda -que los escribió en castellano y que yo los traduje- sólo digo que se pongan a intentar la reversión; ahí está, a pesar de su fervor, la traducción del argentino Alberto Muzzio.

Sin duda, persiste en estos «Poemas» la briosa imaginería lorquiana, su gracia, su sorpresa, sus fulgurantes enlaces, pero de tal modo introyectada en el carácter del idioma poético que más que en una artesanía traslaticia, que en unos automatismos de aplicación, nos hace pensar en un nuevo e inexplicable poder. Ante el nuevo objeto, el poeta deviene un nuevo sujeto. «Olla a choiva pola rúa -laio de pedra e cristal», «Santiago lonxe do sol», «Pola testa de Galicia -xa ven salaiando a ialba», «Pombas de vidro traguía -a choiva pola montana», «Non viu o inmenso gaiteiro -coa boca frolida de alas»... son expresiones esenciales a la poesía gallega que antes no estuvieron en nadie y que suponen un poder de penetración y andadura, desentendido de lo temporal y de lo espacial, por lo quieto y feraz del objeto poético, sólo concedidos al genio.

...

He aquí algo de lo que se puede decir sobre el puñado de papeles que Federico me dio una tarde en que nuestras vidas estaban aún tensas frente a su incumplimiento, casi angustiosas al pensar en lo que faltaba...


Eduardo Blanco Amor
Insula, XIV, núms. 152-53, julio-agosto 1959