
Arturo Torres Barranco en tiempos de la República
Me enteré de que mi abuelo había estado en la
cárcel cuando tenía siete años. Por
aquella época yo no sabía nada de la Guerra, la represión, ni del infame que
meció ambas por el camino del desamparo y la tragedia.
Soy nieta de un
republicano español, un represaliado por el franquismo. Tal vez por ello la
lucha de tantas víctimas y familiares de éstas en cualquier lugar del mundo me
resulta tan dolorosa y cercana.
Yo también soy una
víctima, repleta de cicatrices en la piel de la memoria, porque los nietos nos hemos
encontrado con un silencio heredado y con la falta de información necesaria a
nivel institucional y familiar para asimilar y digerir el trauma. Mi padre también
fue una víctima que aprendió del suyo los silencios, a no hacer preguntas, a
reprimir emociones y padeció la desgraciada infancia y el sufrimiento de un
niño de la Guerra y de la posterior dictadura.
Existe un
denominador común inherente a todos los golpes militares: terror y muerte,
desaparecidos, ausencia de derechos humanos, ausencia de Justicia. La dramática
historia del Estado español y de sus ciudadanos desde el golpe de estado de
1936 es tan contundente que no puede ni debe ignorarse. Quienes perdieron la
vida sufrieron todas las negaciones por parte del sistema represivo. Negaron su
detención, su tortura, su asesinato. Ya advirtió el poeta
visionario León Felipe que "detrás
de Franco llegarían los enterradores y los arqueólogos".
Pero como en gran
parte de las familias de “este país de
todos los demonios”, cuento entre mis ancestros con un victimario y cuando
fui conocedora de ello quise saber y recordé las palabras de Jean Jaurès: "El coraje es buscar la verdad y
decirla."
Arturo
Mi abuelo Arturo nació en Torrubia del Campo, un pequeño pueblo de
Cuenca. Era labrador, propietario de unas tierras, una galera y una pareja de
mulas. Trabajaba de sol a sol y tenía muchas inquietudes políticas. Con la
llegada de la República ocupó el cargo de Recaudador del Impuesto de Utilidades
y Consumos. En las elecciones de febrero de 1936 apoyó al Frente Popular y tras
la victoria de éste fundó en su municipio el partido de Izquierda Republicana.
Por testimonios que he podido leer en su expediente judicial, mi abuelo pasó los años de Guerra ayudando tanto a personas de derechas como de izquierdas y haciendo cuanto pudo para favorecer, amparar y aliviar la situación en que se encontraban unos y otros. Pero hay un hecho que marca su futuro. El 7 de diciembre de 1937 fueron detenidas tres personas en el pueblo por la Brigada Roja. Parece ser que desde Madrid se pidieron informes de estas personas a Izquierda Republicana y que mi abuelo firmó los mismos, como así lo ratifica en su declaración posterior al Auditor de Guerra, manifestando que no se arrepentía de haberlo hecho.
En la mañana del viernes 1 de septiembre de 1939, a la misma hora que Alemania invadía Polonia dando comienzo a la Segunda Guerra Mundial, fue detenido por falangistas de la localidad. Ese día cumplía 44 años y como tantos otros defensores de la República pasaba a engrosar el catálogo franquista de destrucción humana.
Cinco días después se cursa denuncia contra mi abuelo por parte de Eugenio
Espada, Ceferino Martínez e Isidro Barranco. Este último tío de mi abuelo, que
posteriormente se desdice de la misma. El 9 de febrero de 1940, Eugenio Espada, conocido como “El Cojo Tramillones”, vuelve a ejecutar la denuncia esta vez
en el marco de la Causa General, el gran sumario franquista para
depurar responsabilidades políticas por las actuaciones de personas e
instituciones republicanas durante la Guerra. Este individuo era un
delator ejemplar que llenó la Causa General de denuncias hacia sus vecinos.
Posiblemente esto le sirvió para conseguir dos puestos del Ayuntamiento, el de
cartero y el de guarda del término municipal.
La Auditoria de Guerra franquista procede a instruir un sumarísimo de
urgencia. Ser republicano, tener ideología de izquierdas y haber fundado I.R.
en una pequeña localidad era más que suficiente para que a mi abuelo le imputaran
un delito de auxilio a la rebelión, siendo
condenado a la pena de doce
años y un día de reclusión.
Fue encarcelado, sometido
a tortura psicológica y física, convivió cada día con el miedo y cuando salió de
prisión, lo que obtuvo fue una libertad precaria, pues a todos los efectos seguía
siendo un preso de Franco. Su libertad estaba condicionada al comportamiento
que tuviera fuera de la cárcel, por lo que vivió con la constante amenaza del
retorno. Los salvadores de la patria no le dejaron levantar la cabeza. Regresó
a casa repleto de dignidad y silencio.
Falleció en mayo de 1975, unos meses antes de que el dictador abandonara
la vida que nunca debió acogerle.
Antonio
Antonio era el hermano pequeño de mi abuelo. Residía en Rozalén del
Monte (Cuenca) desde su casamiento. No recuerdo si llegué a conocerlo, pero de
lo que tengo certeza es que la impunidad le acompañó hasta su muerte.
La noche del 29 de marzo de 1939 cuando las esperanzas republicanas ya
estaban muertas, cargó su fusil, se encaminó al encuentro de Francisco
Quintero, dirigente de la CNT local, amigo y camarada, y le asestó un disparo
que acabó con su vida. Alguien escucho la frase "Ya ha caído el pájaro" salir de los labios de Antonio
que unas horas había sido nombrado Alcalde y Delegado de Orden Público de la
nueva corporación "nacional".
Se da la circunstancia de que Antonio estaba afiliado a la CNT desde el
año 1917. En un informe de Falange emitido posteriormente se hace constar que
se afilió a la CNT como salvaguarda de derechas. Actuó como secretario de la
misma hasta su incorporación forzosa al Ejército republicano. Volvió del frente
el 27 de marzo de 1939, dos días antes de asesinar a Francisco Quintero.
A partir de la entrada de los franquistas en Cuenca, desde la Alcaldía
del municipio se prohíbe expresamente realizar declaraciones contra Antonio con
el apercibimiento de ingresar en prisión en caso de hacerlas. Cuando esto
sucede, el ya se había afiliado a FET de las JONS. Al constituirse la
corporación franquista además de Alcalde es designado como Delegado de
Información e Investigación y comienza su tarea en la nueva España vestido de
impecable azul con una arañita roja a la altura del pecho. El hábito no hace al
monje, pero él ya estaba dentro del entramado de impunidad franquista y nada
había que temer.
Pero un día de diciembre de 1940 desde la Prisión del Monasterio de Uclés
se recibe denuncia de uno de los reos, Pedro Quintero, (Archivo Histórico de
Defensa, fondo Madrid, sumario 19164, legajo 889) hijo de Francisco Quintero, el hombre que había sido
asesinado por Antonio, quien a partir de ese momento comprueba que el silencio
no es para siempre. Se le incoa un expediente sumarísimo de urgencia con fecha
24 de diciembre de 1940, pero la realidad es que nunca fue encarcelado ni pagó
por el crimen cometido. Nunca llegó a celebrarse el Consejo de Guerra y en
septiembre de 1943 se decreta su absolución.
Continuó siendo cartero hasta su jubilación y se dedicó a la cría de
cerdos para su posterior despiece y venta.
María Torres
Artículo publicado el 24 de enero de 2026 en El Salto




