Lo Último

Manuel Coto Martínez, un pontevedrés deportado a Mauthausen y muerto en Gusen

Registro de muerte del KZ Mauthausen_ITS Archives, Bad Arolsen


María Torres - 19 de enero de 2020

Manuel Coto Martínez nace en la parroquia de Marcón, Pontevedra, el 13 de diciembre de 1912. Hijo de José, cantero de profesión y de Felisa. Nieto por línea paterna de Rosario Coto y por línea materna de Manuel y Rosa. Todos naturales y vecinos de Marcón.

En el Expediente de Quintas que se conserva en el Archivo Municipal de Pontevedra figuran los siguientes datos: talla de 1,64 cms., perímetro torácico de 84 cms., de profesión cantero como su padre, que sabe leer y escribir. Pasa el reconocimiento médico el 19 de febrero de 1933 y es declarado útil para los servicios auxiliares del Ejército.

Aunque en el Repertorio biobibliográfico do exilio galego: Unha primeira achega, presentado en el Congreso sobre O Exilio Galego en septiembre de 2001, se señala su paso por el campo francés de Vernet, este hecho no ha podido documentarse, ya que no todos los internos eran registrados a su llegada al campo y parte de los archivos fueron destruidos. Si consta su confinamiento en el campo de Septfonds (Tarn-et-Garonne), donde se incorpora a la tercera sección de la 31ª Compañía de Trabajadores Extranjeros que parte del campo el 1 de noviembre de 1939 con dirección a Epinal en los Vosgos.

Capturado tras la invasión de Francia por el ejército alemán, es recluido en el stalag XI-B de Fallingbostel, en Baja Sajonia, en el noroeste de Alemania, con el número de prisionero 87568 y deportado a Mauthausen el 27 de enero de 1941 en una expedición de 1472 españoles que parte de la estación de tren de Fallingbostel dos días antes, y entre la que se encuentra el fotógrafo Francesc Boix. Registrado con el número 5123, se desempeña como cantero y albañil.

El 9 de octubre de 1941 ingresa en la enfermería. El diagnostico es ilegible a excepción de una "incisión subcutánea en el dedo índice izquierdo". En el informe figuran dos apuntes indescifrables de fecha 12 y 16 de octubre.

El 20 de octubre es transferido a Gusen. Perece el 2 de junio de 1943. La muerte se registra a las ocho de la mañana y la causa de la misma, según los documentos nazis, se produce por un problema circulatorio. Sus restos fueron cremados tres días más tarde.

El aviso oficial de deceso remitido por las autoridades francesas a las españolas en junio de 1950, tiene como destinatario a Antonio Rodríguez, domiciliado en la calle Alfonso XII, 406 de Barcelona.








2970. Guirnalda civil


Jorge Guillén Álvarez
(Valladolid, 18 de enero de 1893 - Málaga, 6 de febrero de 1984)


1

Va extendiéndose un magma.
Huelgas, disturbios, choques.
Turbas, heridos, muertos.

¿A dónde va este caos?

Dirigido atropello.
La providencia al quite.
Dios y una tiranía.

2

Un hacha antigua. ¿Criminal? Sagrada,
Al servicio de Dios y de los jefes
Que en su nombre, deidad inexorable,
Van salvando a los vivos y a los muertos.
Hacha de Fundación, Cenit de Régimen,
Nuestra Señora de la Patria unida
Por santo fratricidio victorioso.
La consigna es el corte
El corte,
El corte.

3

En movimiento horizontal
Se propaga el crimen. Son turbas.
Tanta sangre forma caudal.

Verticalmente se propaga
La destrucción que el mando orienta.
Del Orden va todo a a la zaga.

Jarro-cáliz, sangre de rito,
Da tal vértigo al fratricida
Que convierte en gloria el delito.

4

¿Crímenes en cada bando?
De diferente sentido:
Hacia un pasado bramando,
Al porvenir dirigido.

¿Dos Españas? En efecto
Una asesinó a la otra
Y el país quedó perfecto.

¿Un poeta asesinado?
Mucha gente asesinada.
Sobre el crimen un Estado.
Aquí no ha ocurrido nada.

5

No se llamaba Caín
Quien fue el sumo fratricida:
Dejó sólo con su voz
A medio país sin vida.

6

Su lucha inauguró con maña y crimen
Estableció bajo terror gobierno.
“Que los más opresores se me arrimen.”
Y proyectó que el mando fuese eterno.

7

Los terroristas logran imponerse.
El gran poder arraiga en muchos miedos.
Todos, por fin, bendicen –resignados-
A Jehová. Su Sinaí ya es Gredos.

8

Guerra cruel. Gran fracaso
Del país, gran confusión.
Dos señores dialogaban
Sufriendo común dolor.

-Hace ucho tiempo, mucho
Que se nubló nuestro sol.
Todo va mal. -¿Desde cuándo?

Oíd lo que respondió:
-Desde que Fernando VII
Juró la Constitución.

9

Fracasó la Monarquía,
Ay, fracasó la República,
Fracasó toda la Historia
De España en aquella furia
Final ¡Oh guerra civil
En demoníaca yunta!
Quedó, cola de catástrofe,
Un rastro de dictadura
Cada español, uno a uno,
Comenzó a buscar fortuna.

10

(Y mientras tanto,
Qué profundo fue el eco en la conciencia,
Atónita conciencia universal.)

Quien se dice tranquilo y puro miente,
Bien sumergido en bruma
Para no contemplarse en el espejo,
Y ver su faz de víctima, de cómplice,
De verdugo a su modo.

¿Quién no sabe y no siente
Que hubo también derrota de un gran ímpetu,
Que ese difícil sueño de una mejor España
Murió en la violencia de un vasto asesinato?

Todo quedo a nivel de historia infame:
Anatema a los yerros y delitos,
Anatema a las obras más felices,
Anatema a los óptimos,
Obstrucción sin cuartel
A una latente España más humana.

He ahí, vergonzoso anacronismo,      
Esa Iberia retráctil.

11

Innúmeras son ya las vidas truncas.
Cadáveres sepultos no se sabe
Dónde: no hay cementerios de vencidos.
Gente medio enterrada en sus prisiones.
Algunos huyen, otros se destierran
Para no perecer de su propia cólera.

Pero entre tantas muertes y catástrofes
Algo subsiste sin cesar feroz,
El más feroz de todos los poderes:
Vida, vida sin fin.

Y poco a poco,
Y sin cesar, inexorablemente
Se reanudan las formas cotidianas,
Se inventan soluciones.
La vida es implacable.


Jorge Guillén
Guirnalda civil, Cambridge, Halty Eferguson, 1970






2969. "Si el viento es Dios". A mi padre Francisco Comesaña


Francisco Comesaña, retrato de Camilo Díaz Baliño en la cárcel de Santiago de Compostela



Si el viento es Dios

A mi padre Francisco Comesaña

Carcelero, carcelero
ábreme esta ventanita
que quiero hablar con el cielo.
(Copla Tradicional)

Desde la cárcel
mi padre miraba el horizonte,
imaginaba el mar,
la lluvia caía sobre su memoria,
aquella lluvia de la infancia
sentado en la portiña.

Desde la cárcel salían los relámpagos,
los paredones esperaban
la sangre de los fusilamientos.
Hay un silencio que afila
su cuchillo en tiempo oscuro.
 
Es el escondite de un niño
que juega a desaparecer,
las sirenas se cruzan
los pies fríos congelan los minutos,
y las manos aprietan
sus puños de hambre.

Mi padre me advirtió que no existía Dios
cómo pensar que Dios está mirando
el siniestro rincón de sus 20 años
en el pozo de una cárcel fascista llena de rejas
y de ratas.

Voces que cruzan el andamio del miedo
me dijo
no, no está Dios en el centro del mundo,
llega la muerte, 
y las cenizas de nosotros
se pierden en el aire.

Si el viento es Dios
si el duelo es
ese manto que lo cubre,
si Dios es esa herida
que sangra y se desgaja
en cada gota de lluvia
que cae en su memoria,
por qué nunca lo vimos atravesar el muro
ni sentarse a los pies del frío
que cala hasta los huesos
ni romper los grilletes atados al garrote

Dios no estuvo, me dijo,
no lloró con nosotros
no estuvo en las lágrimas de madre,
ni en la zozobra de la espera,
ni viajó en ese tren
que llevaba nuestros cuerpos
desgarrados y sucios
hacia el final del pozo.


Mariángeles Comesaña







2968. Ramón J. Sender: travesía y regreso de un naúfrago

Ramón José Sender Garcés
(Chalamera, Huesca, 3 de febrero de 1901 - San Diego, EEUU, 16 de enero de 1982


San Diego, California, Estados Unidos. Madrugada del 15 al 16 de enero de 1982. 

Desde la ventana de un estudio, un hombre adusto, ya mayor, estatura mediana, aire ascético, contempla el parque Balboa. Suele pasear por allí cada día. Se sienta en algún banco a leer. Habla con las ardillas y los pájaros. Bluejays y chickadees son sus amigos. Le gusta observar. Ve a la gente pasando presurosa, a los amantes robándose un beso en no importa qué rincón, a las niñas que saltan a la comba… A veces, escribe en su libreta. Parece entonces poseído por la fiebre, su mano se desliza a gran velocidad sobre el papel. Se llama Ramón, Ramón José Sender Garcés, aragonés de Chalamera. En su familia lo llaman Pepe y él prefiere ese nombre cariñoso, tan próximo, tan lejano… Cuarenta y tantos años de exilio pesan demasiado. 

Su perfil ibérico, hosco, algo frailuno, se recorta contra la ventana. Aunque ya octogenario, sus facciones revelan decisión y firmeza, energía y juventud. Pepe observa el parque, la ciudad dormida. Aspira el cigarro y deja salir una bocanada de humo. Hay un aire de ensoñación en su mirada, un leve velo acuoso que la hace brillar. Recuerda las ripas, el saso, el tozal de su tierra alcoleana. De pronto, una tos cavernosa interrumpe sus cavilaciones. Una tos profunda que conmueve todo su esqueleto. 

—¡Asma maldita! 

Es un mal de familia que atormenta sus últimos días. 

—¡Bendita herencia! 

Incluso en los peores momentos le gusta jugar con las palabras. No puede evitarlo. Los extremos se atraen, le atraen. ¿Bendición? ¡Maldición! ¿Maldición? ¡Bendición! 

Nuevo ataque de tos. Se dirige al centro de la sala, hacia la mesa de trabajo, sencilla, austera, como el resto del mobiliario. Coge el vaso de whiskey, al lado de una lámpara de escritorio. Entre dos expectoraciones, toma un trago que alivia el resquemor. Tras un ”aaaaaah” prolongado, exclama: 

—¡Menos mal! 

Un par de toses in diminuendo y recupera su entereza. 

—Ahora, al trabajo 

Se sienta ante los folios y continúa corrigiendo las galeradas de su último libro. 

"Toque de queda. Después del clarín crepuscular, se supone que la gente se recoge y se acuesta a dormir (…) Es curioso que a pesar de que lo único que nos salva ante nosotros mismos y tal vez ante el orden supremo del universo es nuestro deseo consciente o no de lograr alguna clase de perfección nadie piensa que la única indiscutible y total está en la muerte". 

Llegan aullidos animales. El zoo está cerca. Las voces traen recuerdos de otras latitudes. Han pasado tantos años, tantos libros... Pepe se estremece. Es una reacción defensiva, instintiva. Sus "ganglios", como a él le gusta decir. Y recuerda. 

Recuerda la infancia. La dulzura de su madre, doña Andrea, a quien leía sus primeros versos. Las palizas de su padre, carlista conservador, con quien nunca se entendió. Las batallas a pedradas con los chicos del vecino pueblo. Aquella vez que pusieron la esquila a un buitre… Las viejas sentían miedo y, al oír el tintineo sobre el tejado de las casas, gritaban que era un alma en pena. El cometa Halley, en 1910, en Alcolea, refulgiendo en el cielo. "Volveré a verlo, cuando sea muy, muy mayor". La muerte de Froilán, alcanzado por un rayo asesino. La angélica Valentina, hija del notario de Tauste. Y aquel santo varón de Reus, convertido luego en el hermano lego de Crónica del alba. La  zaragozana Quinta Julieta, pequeña Venecia aragonesa. El revolucionario Ángel Checa, mártir de la libertad. Los primeros escarceos eróticos, en Alcañiz. La escapada a Madrid, para vivir la bohemia y estar cerca de los grandes, hasta que su padre vino a buscarlo y se lo llevó a Huesca. El encuentro con el periodismo en La Tierra, de Huesca; El País, España Nueva, El Imparcial, La Tribuna, de Madrid; El Telegrama del Rif, de Melilla. El servicio militar en Marruecos y la desastrosa experiencia de la guerra, que narra en Imán (1930).  

Y, por fin, Madrid. Trabajar. Escribir. Respirar. Escribir. Vivir. Escribir, escribir y escribir. Sender llega a la capital dispuesto a hacerse un hueco. Pertenece a la redacción de El Sol, el diario más prestigioso de su tiempo. Acude al Ateneo, a las tertulias (Cejador, Ledesma Ramos, Cansinos-Asséns…). Se hace amigo de Valle y enemigo de Unamuno. A Ortega, lo admirará siempre, pero de lejos. Baroja le influirá más de lo que él mismo quiere admitir. De los "fáusticos" del 27, no comprende su esteticismo, su preciosismo insolidario. 

Pero no todo es literatura. También existe la realidad social. Se acerca al anarquismo y conspira contra la monarquía, contra la dictadura primorriverista, lo que dará con sus huesos en la cárcel. Allí conoce al Tripa y a un anarquista implicado en lo del cardenal Soldevilla. Sale, después de tres meses, más ácrata de lo que entró. O. P. (Orden Público) y Siete domingos rojos reflejan esa etapa. 

Y el amor. El amor de mujer. El amparo de Amparo. La compañera, la amiga. La madre de sus hijos, Ramón Jr. y Andrea. La libertaria ateneísta, trabajadora e independiente. Empleada de la Telefónica en un tiempo en que el trabajo femenino era casi delito. La mecanógrafa, en fin, de sus textos. La Ariadna de Los cinco libros…, que lo salvó del laberinto dejando su vida en el empeño. 

Años intensos, años convulsos de juventud. Alegría y lucha, confianza en el futuro, en un sistema más justo. Llega, por fin, la República, la Gran Ilusión. Pero Azaña y los suyos habrían sido buenos ministros con el Rey. Y Pepe vuelve a la denuncia: la república burguesa es culpable, reprime a los campesinos en Casas Viejas (Cádiz), se alía con los caciques y la iglesia. Viaje a la aldea del crimen hace caer al gobierno. Y el aire huele a cuartelazo, se vislumbra en el horizonte la bota militar. Sender, ahora filocomunista, reclama unidad de acción. Su prestigio literario aumenta. En 1935, gana el nacional de literatura, con Mr. Witt en el Cantón. Novela psicológica, con la sublevación cartagenera de 1873 como fondo. Premonición del trágico final de la Segunda República. 

Y llega lo inevitable. La sublevación franquista lo sorprende, con su familia, en la sierra de Guadarrama, a tres escasos kilómetros del frente. Sender arriesga su vida para unirse a los milicianos, atravesando de noche la zona de combate. Amparo, con los niños, se dirige a su Zamora natal. La tragedia ocurre, inevitable, una vez más. Ella y sus hermanos son represaliados. Pepe se queda viudo. Sus hijos, huérfanos en la más tierna edad. Como el mal nunca viene solo, Manuel Sender, su hermano menor, es fusilado por los fascistas, asesinado sin juicio previo. Su crimen: ser valiente, negarse a huir. Pepe vive sus horas más bajas. Sufre una humillante "degradación", por culpa de Líster, quien cuenta su versión en Nuestra guerra. Sender siempre la negó. Es acosado por los estalinistas, molestos por su independencia. Disidente de ambos bandos, todo es tristeza a su alrededor. Su preocupación inmediata son sus niños, a los que saca de España la Cruz Roja Internacional. Todo se desmorona. El "carnívoro cuchillo" te persigue. Tienes que partir.

Francia, Guatemala, México, Estados Unidos… El exilio no acaba nunca. Eres un desterrado, un patrio español apátrida sin raíces. Han querido cortarte el vuelo. La idea del suicido ronda tu cabeza. Oscuras reflexiones del personaje Saila, en La esfera. Estremecedores pasajes en Nocturno de los catorce. ¿Cuándo podrás volver, Pepe? La escritura (y la pintura) te sirven de terapia. Hay mucho de "desesperación reabsorbida" en tus novelas de ahora. Recuperas tu pasado por medio del exorcismo literario. El político José Garcés muere en un campo de concentración, quien queda es Ramón Sender, memorialista, escritor con un profundo sentido ético. 

No puedes volver a España, y lo sabes, mientras mande el Figurón. Emprendes tu titánica tarea de recuperación. Te han quitado el contacto con la realidad, pero te queda la historia para buscar inspiración. Así nacen Carolus rex, Las gallinas de Cervantes, Las criaturas saturnianas, El pez de oro y Bizancio, prodigio épico-aragonés. 

Te roban la patria y tú la buscas de nuevo en el Nuevo Mundo, que ensancha tu españolidad: Jubileo en el Zócalo, Epitalamio del prieto Trinidad, El Mechudo y la Llorona, La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, Novelas ejemplares de Cíbola, El bandido adolescente… 

Te obligan a vivir en la lejana Norteamérica y nos regalas una joven Nancy, viajera y doctoral, que regresa a Sevilla, apasionada con los gitanos y su cultura atávica. 

Te empujan al rencor y la rabia, y nos devuelves la mirada compasiva de El lugar de un hombre, la expiación de la culpa colectiva en El verdugo afable, el humanitarismo mártir del padre Garcés en Los tontos de la Concepción. 

Se te van los años y los días, y regresas a orillas del Cinca, a buscar tus años juveniles, los angélicos goces de la vida infantil. Revives en los anaqueles de tu idílica biblioteca, en Monte Odina y hallas entre sus muros el libro mágico de la memoria. 

Regresas a nuestro lado. A los que un día te apartamos con el olvido, te ninguneamos con un cómplice callar. Regresas porque estás de vuelta de todos los caminos, sentires, quereres. Trotamundos cansado, con un rictus de nostalgia en la mirada. Caminante de infinitos rumbos del esférico vivir. 

Se acerca el alba definitiva, lo sabes. Clarea la noche. Mientras todo calla, tú corriges. Hablas con la voz sabia del náufrago de todas las catástrofes. Esta noche estás solo en tu estudio. 

Toque de queda. Clarín crepuscular. Levantas la cabeza de los folios y observas las desnudas paredes del apartamento. Hace falta una mano femenina que alegre tu ascético vivir. Es curioso, Pepe. Tú, que has tenido tantas mujeres, estás solo esta madrugada. No importa. Mañana, vendrá Florence, tu segunda mujer, de la que te divorciaste hace años. Suele venir cada día. O cada dos días, no sé. Qué más da. Ella sigue ocupándose de ti. Te admira y aún te quiere. Pronto vendrá a visitarte. No lo has hecho tan mal, viejo amigo. 

Pero estás solo esta noche, Pepe. Poco a poco, te vas quedando dormido sobre los folios. Ella vendrá a visitarte de madrugada. No puedes quejarte, viejo. Siempre una mujer en tu vida. Y ahora, duérmete. Suavemente, sobre el papel. Mientras llega la luz de la mañana. Ella viene, ya está aquí. Te encuentra trabajando. 

—Siento lo de Halley. Temo que no vuelva. 

Sí, Pepe, el cometa volvió. Poco después de tu partida. Fue en el 86, todos pudimos verlo. Con tu amigo Froilán de compañero. Y tus pacíficas cenizas, esparcidas por el Océano Cósmico, estaban también allí. Brillando en nuestro cielo. Aragonés, español, universal. Regresaste, por fin, entre nosotros. Indiano olvidado, ocupas por fin tu lugar. Un lugar en el mundo. Tu lugar de hombre, de artista, de escritor. 


Antonio Villanueva