Lo Último

Manuel Gaibar, un soldado

Nuestro ejército está formado por una infinidad de hombres cuyo valor raya en la temeridad. Luchadores de la Libertad, a su deber de soldados suman la iniciativa de su ardor antifascista y se superan a sí mismos con gran beneficio de la causa que defienden. 

Cuando en el fragor de la pelea confía el enemigo decantarla a su favor con las modernas armas que le facilita el fascismo invasor, surge de nuestras filas un soldado y con su audacia increíble, anula la acción de las armas más modernas. Cuando en una dura ofensiva el enemigo resiste tenazmente al amparo de sólidas fortificaciones, o porque la pistola de los oficiales les hace resistir hasta la muerte, nuestros grupos de dinamiteros les atacan en su retaguardia y quebrantan las más decididas resistencias. 

Son estos hombres los que, con su arrojo, deciden muchas de nuestras acciones y estimulan a nuestros soldados, convirtiendo a nuestro Ejército popular en el más decidido defensor de las libertades del pueblo. Manuel Gaibar es uno de estos hombres. Es un muchacho joven y simpático; alegre, robusto.. Nos cuenta que en los primeros días de la lucha corrió al encuentro de las fuerzas que bajaban de Cataluña, encontrándose en Alcorisa con la columna Morella, en la que iba Carod, y la cual había conquistado Castelserás y otros pueblos para nuestra causa. 

Incorporado a las fuerzas libertadoras, intervino en las acciones más difíciles, a las órdenes de Castán, cuyo arrojo tuvo varias ocasiones de ponerse a prueba en los ataques a Muniesa, Utrillas, Herrera y Aguilón. Cuando el enemigo se obstinaba en resistir en una posición, cuando un puente u otro objetivo importante de la retaguardia enemiga debía ser destruido, o simplemente cuando convenía desmoralizarlo mediante audaces ataques a su retaguardia, eran estos hombres, entre los que figura Gaibar, los que cargándose la mochila de bombas, salían a realizar las audaces hazañas que tanta eficacia daban a nuestras armas.

Recuerda con emoción el ataque de La Serna y segundo a Belchite, donde cayó Luis Jubert, que era el compañero querido de todos. A instancias nuestras de que nos cuente alguna de sus acciones más destacadas, lo hace así: 

—Fué precisamente la noche del ataque a La Serna. En el curso de la lucha y al empeñamos en una de nuestras acciones, nos quedamos aislados en una posición siete compañeros. Con enemigo por todas partes, nos resistimos varias horas, lanzando bombas de mano adonde veíamos el peligro, pues las teníamos abundantes. Cuando al fin se agotaron, intentamos una salida, aprovechando la oscuridad de lo noche y los accidentes del terreno. Mas fué tanto el cuidado que pusimos para ocultarnos, que me perdí de los compañeros. 

Continué hasta que creí desaparecido el peligro, y abandonando las precauciones, bajé la pendiente de una sierra. Por el mismo camino me crucé con varios soldados que, al parecer, subían a efectuar algún relevo. Las siluetas de los hombres y de los fusiles se destacaban en la oscuridad, y lo mismo debió ocurrir con la de mi persona. Nos cruzamos de muy cerca, sin cambiar palabra; yo continué confiado hasta el llano. 

Pero cuál no sería mi sorpresa al llegar al llano y darme cuenta de que me hallaba en terreno fascista, y que los soldados que había encontrado también lo eran. Todavía pensé en ser útil a los míos y dediqué mis esfuerzos a lograr los mayores datos sobre la situación del enemigo. Con grandes trabajos logre orientarme y aprovechando lodos los barrancos y hondonadas, lleno de golpes y de cansancio, poco antes de empezar el día llegue a nuestras posiciones de Azuara. Allí respiré tranquilo de saberme entre los míos y pensando en la angustia de aquellas horas terribles que acababa de pasar. 

El camarada Gaibar, hoy sargento del Ejército, ha tenido en las jornadas gloriosas de Teruel, una actuación heroica. Al final de ellas, el plomo enemigo segó su vida, pletórica de juventud y entusiasmo. Manuel Gaibar, modelo de soldados ejemplares, de luchadores ideales, ha muerto como vivió, como un héroe.


25 División
Enero de 1938






3321. Negociaciones con Franco

Pier Paolo Pasolini, José Agustín Goytisolo y Salvador Clotas recorren el cementerio de Montjuïc, sobre las barracas de Can Tunis. 
Autor desconocido. Coleción Julia Goytisolo y UAB



¿Qué hay en el sol
que cubre el cementerio
de Barcelona?

Nada, pero entre el andaluz,
entre el andaluz y el sol,
sí hay un vínculo antiguo.

Su alma se separó de él
y vino a instalarse
bajo el Cementerio de Barcelona.

¡Un alma puede hacerse castellana
y un cuerpo permanecer andaluz
bajo el mismo sol!

Se dice que almas africanas
han llegado a convertirse en blancas,
y no por voluntad del Señor.

(Cuando a ningún señor de Barcelona
marchado a Andalucía
se le ha vuelto negra el alma.)

Antes de hacerse castellana
el alma debe aprender el catalán
dentro de un cuerpo andaluz.

Dichoso pues quien aprende el valón,
porque su cuerpo está en el sol,
en el gran sol del mundo.

Pero aquí se pasa de un sol a otro,
y entre el catalán y el andaluz
solo está el ojo del castellano.

Sí, entre el andaluz y el francés
está el sol de los soles,
no el sol de un cementerio.

Cuando él habla castellano, 
mientras aprende el catalán,
da el alma a cambio de unas pocas pesetas.

No a cambio de la razón,
como el árabe o el negro
bajo el sol de Lille o Pigalle.

Una barraca a cambio de un alma,
un montón de tugurios a cambio de un montón de almas,
una lumbre prendida bajo el sol.

¡Sol de Cataluña! 
¡Lumbre de Andalucía!
¡Garrote de Castilla!

Tierra de España,
¿a qué esperas bajo el sol
que no es nada más que sol?

Un viaje de mil horas
para encontrar un cementerio
y un puñado de barracas.

Es necesario venir a España
para ver el silencio
de un hombre que solo es un hombre.


Pier Paolo Pasolini

Círculo de Bellas Artes de Madrid, 2005







3320. Maximina Jiménez, maestra y alcaldesa de Berrobí (Guipúzcoa)

Maxímina Jiménez, alcaldesa de Berrobí, con los alumnos de su escuela, 1933 - Foto: Carte


La maestra de la escuela mixta de Berrobí, doña Maximina Jiménez, es la decana de las de Guipúzcoa. Entre sus chicos, que cantan la tabla de multiplicar, se arropa frioleramente, con una toquilla, y eso que en la escuela arde una gran estufa. Y es que el viento golpetea escandalosamente en todas las puertas y ventanas. 

Como ve que he reparado en ello, se adelanta a mis preguntas: 

—Ajustar esas puertas y conseguir una escuela de niños podría ser mi programa para estos tres meses. Si lo consiguiera, me daría por satisfecha.

Me parece muy prudente esta señora, que ahorra palabras y las dice bajito. No me extrañaría nada que en abril se presentara a la reelección. 


José R. Ramos

Estampa, 11 de febrero de 1933







3319. Antonio Machado

Antonio Machado camino del exilio en Raset cerca de Cerviá de Ter (Gerona) a finales de enero de 1939


Antonio Machado, persona íntegra, de enterezas y hombría de bien, supo llevar a su vida la entrañable serenidad que en su lírica se aprecia. Y cuando decimos vida al referirnos a nuestro poeta, no aludimos a biografía, que aventura y aconteceres apenas tuvo. Hijo del insigne folklorista del mismo nombre, nació en Sevilla, julio de 1875, en la casa de las Dueñas, antiguo palacio del Duque de Alba mencionado en alguna de sus poesías. Andaluz en el que se produce un clarísimo fenómeno de castellanización —toda su vida transcurre entre la árida meseta y el cálido mediodía— , en el espíritu de esas dos regiones, esencia de la península, nutrió el de su lírica, como en otro tiempo hicieran Francisco de Medrano y San Juan de la Cruz. Su niñez, hasta los ochos años, fué sevillana. Después vivió en Madrid, estudiando en el Instituto Libre de Enseñanza, y a fines del siglo realizó un viaje a París, seguido de otros que hizo por diversos lugares de España. En 1907 fué nombrado catedrático de Lengua francesa en Soria, en donde se casó y perdió a su esposa, cuyo recuerdo, según él mismo decía, le acompañó siempre. Bueno a carta cabal —«soy, en el buen sentido de la palabra, bueno»— , humanamente llano, afable, balbuciente, tímido, vive después en Baeza, en Segovia, ciudades pequeñas por las que pasea distraído, con su aspecto derrotado, descuidada la indumentaria, sencillo, noble, modesto. En 1932 se traslada al Instituto Calderón de Madrid, en cuya ciudad fué sorprendido por la rebelión de militares primero y el cerco de extranjeros después. Como Goya en otras y semejantes circunstancias, su vida y su obra marcharon acordes con el vivir y el hacer populares. En los últimos meses de 1936 llega a Valencia, reside en la Casa de la Cultura y más tarde habita en Rocafort, pueblo levantino, comenzando, en todo ese va y ven, su colaboración, que había de ser constante, en la revista Hora de España. Interviene en los debates del Congreso Internacional de Escritores celebrado en Valencia y Madrid —julio de 1937—, trasladándose después a Barcelona, de donde salió —enero de 1939—, en aquel triste río, humano y fugitivo, a dar a la mar del morir o del destierro, que para él todo fué uno. «Donde acaba el pobre río, la inmensa mar nos espera», escribió cierta vez. En Collioure (Pirineos orientales), pueblo francés próximo a la frontera española, «casi desnudo, como los hijos de la mar», según había vaticinado, recibió tierra el 23 de febrero de 1939.

Los pasos que dio en vida hallaron fiel reflejo en su lírica. Atraviesa la época decadente y ridícula de fin de siglo, intacto, sin ser influido por ella. Amigo y admirador de Darío, aunque a veces adopta las formas de éste, el alejandrino sobre todo, no existe, realmente, ninguna semejanza entre la poesía del nicaragüense y la suya. Muy al contrario, el verso de Machado, hondo y grave, es esencialmente opuesto al modernismo, de lujoso idioma exterior, sensual, todo apariencia, tan cargado de moda. Si en su obra no hay relación directa con las bogas del momento —y a ello debe esa nota de clásico envida, de poeta estable, con valor permanente y eterno—, en cambio pueden señalarse claras influencias de las tierras en que habitó. Su lirismo primero, el de Soledades, galerías y otros poemas, tiene muy evidentes huellas andaluzas, y también, en relación con ellas, rasgos del mejor romanticismo, del más digno. El andalucismo culto del Machado de comienzos de siglo, debe ser comprendido ligándolo íntimamente a la figura del otro gran se villano y romántico, Gustavo Adolfo Bécquer, a quien debe la sensación de mundo soñado, de galería interior, de poesía desnuda, y el palpitar de su palabra, que procede del alma, próximo a las Rimas. Nostalgia, transparencia y construcciones poéticas basadas en el recuerdo se unen en esa obra a la poesía española espiritual de Manrique y Quevedo, a quienes recuerda por su fondo moral y su pensamiento de empaque varonil, sencillo y a veces melancólico. 

Se traslada al yermo castellano, pasa años en Soria, «árida y fría», y entonces cultiva el paisaje y la descripción de la alta meseta, gris y adusta, en poemas en donde asoman un tanto la elocuencia y el énfasis, faltándoles, acaso, la extraordinaria justeza de su primera época. Campos de Castilla, su nuevo libro, le señala con toda evidencia como el único poeta en verso del 98. Ya en su obra anterior se apreciaban trazas de esa generación —pesimismo, ausencia de retórica, tristeza— , que ahora acentúa con su preocupación por el destino de España, con su amor a la tierra, su acercamiento al pueblo y por el sentido social que aparece en sus versos. El afán crítico mostrado en ellos, rasgo propio de la citada generación, deja traslucir la ideología de origen krausista, común a muchos de sus contemporáneos y maestros, que en Machado se manifiesta con personales influjos de Kant y Schopenhauer. Uno de los aspectos de Campos de Castilla, el de los proverbios rimados, se prolonga en Nuevas canciones, obra compuesta, en su mayor parte, de poesía sentenciosa lírico-popular, en la que se confunden pensamiento y canción como es norma entre sus paisanos. 

Los últimos escritos de este poeta, casi todos en prosa, contienen su «arte poética», metafísica y glosas de toda índole, con las que prueba el hondo conocimiento que tuvo de la filosofía, por la que estaban sus preferencias, y su certeza peculiar para el comentario, cualidad que hizo de él un «pobrecito hablador» de nuestra época. Antonio Machado ocupa, con Juan Ramón Jiménez, el más alto rango en la poesía española contemporánea. Gran poeta menor, de obra breve por concentrada e intensa, identificó hombría de bien y nombradía, hombre y nombre, uniendo a su profunda lírica, expresión viva de nuestro pueblo, su muy honrada y noble existencia, limpio azogue en donde puso sus ojos toda la España leal.


José Ricardo Morales
Poetas en el destierro
Editorial Cruz del Sur, 1943





3318. El XX aniversario de Machado

Parece increíble pero es verdad: En la España actual el nombre de Antonio Machado puede convertirse en una piedra de escándalo para sus gerifaltes. Así lo demuestran las diversas maniobras que los medios oficiales han realizado para obstaculizar los homenajes que los escritores y artistas españoles le han rendido con ocasión del XX aniversario de su muerte; y después, cuando comprendieron que esto era imposible, y hasta impolítico, los manejos ya más turbios, con que trataron de tergiversar el sentido de este homenaje. Veamos los hechos.


A principios de febrero, un grupo de intelectuales franceses de la más alta categoría y del más diverso signo (Picasso, Sartre, Mauriac, Aragón, Cassou, etc.), decidió celebrar un homenaje a don Antonio junto a su tumba en Colliure, y se dirigió a los escritores españoles pidiéndoles su asistencia. El diverso signo ideológico de los franceses que firmaban este llamamiento era como un espejo en el que los españoles veíamos nuestro espíritu de reconciliación nacional. El homenaje a Antonio Machado se convertía así en nuestras conciencias, a la vez que en un emocionante recuerdo del más grande de los poetas españoles del siglo, en una reivindicación de lo que este hombre entrañado en el pueblo, digno y a la vez pacífico, encarnaba de nuestras preocupaciones actuales, y de nuestra necesidad de manifestarnos contra el clima de guerra civil en que quiere mantenernos el franquismo.

Muchos escritores españoles, y en especial los residentes en Cataluña, por aquello de que les era más fácil y económico el desplazamiento, acudieron a Colliure. Allí, junto a muchos emigrados, pudo verse a Castellet, Blas de Otero, los Goytisolo, Caballero Bonald, Costafreda, Valente, Barral, Gil de Biedma, etc. Pero a la vez, el mismo día y a la misma hora, otros muchos escritores españoles -éstos con residencia en Madrid- se reunían en la casa de Segovia donde Antonio Machado vivió muchos años.

El hecho de este homenaje segoviano, si se tiene en cuenta que la prensa, la radio y todos los medios de difusión oficiales lo silenciaron, tiene algo de asombroso. ¿Cómo tantos y tantos cientos de personas llegaron a saber de un acto que sólo de boca a boca o de tú a tú fue anunciado, y esto en el brevísimo plazo de cinco días? Indudablemente, sólo porque existe un clima común entre todos los intelectuales españoles.

No se pueden poner puertas al mar. El franquismo lo sabe. Por lo tanto, decidió reducir el mal que no podía impedir. Y esto por dos medios: prohibiendo que en Segovia se celebraran actos públicos en homenaje a Machado y anunciando a bombo y platillo en toda la prensa, otro acto de homenaje, éste de inspiración oficial, que debía celebrarse, siempre el 22 de febrero y a las doce del día, pero en Soria. La diferencia era clara. En Segovia, concentración de la Policía armada y de la Brigada social. Y por si fuera poco, pistoleros de la Falange que dejaban caer la pistola del bolsillo como al desgaire, y la recogían luego del suelo con un gesto de desafío. En Soria, acto oficial, Muñoz Alonso, flores las autoridades y los poetas vendidos (recordemos sus nombres: Rafael Morales, Manuel Alcántara, Luis López Anglada, Salvador Jiménez y Pérez Valiente, todos poetas de segunda fila, dicho sea por otra parte). En Segovia, cientos y cientos de intelectuales, escritores, estudiantes, pintores y actores que no encontraban un lugar lo bastante amplio para reunirse. En Soria, el elemento oficial, los periodistas y las señoritas de la localidad, y los muchachos arrancados de los colegios para llenar en lo posible la sala en donde se celebraba el acto. En Segovia, la verdad de España y el corazón popular de Machado redivivo. En Soria, la mentira y el fracaso de una maniobra con la que se pretendió desfigurar lo que en verdad había que decir y realmente dijeron los intelectuales españoles. ¿Hace falta otro plebiscito? En lo que respecta a los intelectuales, escritores y artistas, evidentemente no.

Pocos días después, los estudiantes de Madrid, que acudieron en masa a Segovia por sus propios medios despreciando los autobuses y la excursión pagada que se les había ofrecido para que fueran a Soria, organizaron un acto de homenaje a don Antonio Machado en el Paraninfo de la Universidad. Firmaban la convocatoria cuatro «grandes» (Menéndez Pidal, Marañón, Montero Díaz, Teófilo Hernando) y cuatro de los que los universitarios llaman «jóvenes maestros» (Vivanco, Celaya, Hierro y Figuera Aymerich). Una vez más, encontrábamos así reunidos en torno a don Antonio, a hombres de las más diversas edades y de las más diversas tendencias. Nada más pacífico. Nada más esperanzador. Nada tan hermoso como ver a Antonio Machado ganando a los veinte años de su muerte este espíritu de reconciliación, regeneración y amor de España. Nada más limpio. Pero...

Cuando ya el acto había sido anunciado, hasta en la prensa, y los estudiantes pletóricos de entusiasmo se agolpaban en el paraninfo, llegó una increíble noticia: el acto había sido suspendido. Unos carteles fijados en las puertas lo anunciaban. Pero con esto nos hallábamos otra vez en las mismas: no se pueden poner puertas al mar. Los estudiantes que abarrotaban la sala decidieron no moverse de allí, y cuando Hierro, Celaya y Figuera Aymerich ocuparon sus lugares en la presidencia, estalló una ovación. Poco después, el rector don Valentín Andrés Álvarez, ante la presión de las circunstancias, revocaba la prohibición y hasta presidía el acto. No podía hacerse otra cosa, so pena de provocar una estrepitosa manifestación estudiantil. Por otra parte, el acto fue planteado en términos académicos. Habló uno. Y luego otro. Y luego otro. Hasta que se levantó Gabriel Celaya y dijo lo que todo el mundo estaba esperando que se dijera y nadie decía por cobardía. Y entonces, el paraninfo se vino abajo de ovaciones. Y se entendió por qué razones las autoridades habían querido suspender el acto.

Muchas revistas y periódicos españoles han recordado estas últimas semanas el nombre de Antonio Machado. Pero las coerciones que pesaron sobre el homenaje de Segovia y sobre al acto de la Universidad, han gravitado aún más fuertemente sobre ellas. Sólo pondré como ejemplo lo ocurrido con la revista «Acento».

«Acento» es una revista del «S. E. U.», pero es una revista que, pese a las subvenciones de que vive, viene mostrando, por el ánimo de sus directores y de su consejo de redacción, un gran espíritu de independencia, valentía y amor a la verdad. Cuando invitó a los escritores españoles a que colaboraran en un número de homenaje a Machado, pocos se negaron. Pero... Ya estamos en el pero. El Director general de Prensa, Adolfo Muñoz Alonso, se alarmó: ¿Por qué? El sabrá. Empezó por exigir que al frente del número de «Acento» figurara un texto suyo. Recomendó -es un decir- que no faltaran los poemas que los cinco traidores habían leído en Soria. Prohibió que se hiciera alusión a los homenajes de Colliure, Segovia, la Sorbona y la Universidad de Madrid. Y a última hora, cuando la revista ya estaba tirada, ordenó la supresión de algunas colaboraciones, a pesar de que ya habían pasado por la censura. Así, por la sencilla razón de que entre los colaboradores habían «demasiados rojos» («nos ganan 11 a 5», fue la frase), se tiró al cesto el maravilloso poema a Antonio Machado que Blas de Otero leyó en la Sorbona, una estupenda y completamente apolítica crónica de Carlos Barral, otro poema de Celaya en el que se evoca la habitación de la pensión de Segovia donde vivió don Antonio, etc.

Varias revistas han publicado o tienen en preparación homenajes a Machado. Y todas han pasado y están pasando por peripecias semejantes a las de «Acento». En el fondo, el juego está claro. El franquismo no puede renunciar a Antonio Machado. Pretende hacerlo suyo, como ha pretendido hacer suyos después de muertos, a todos los grandes españoles que le combatieron y negaron (Unamuno, Falla, Juan Ramón, etc.). Pero esto exige «interpretaciones». Machado tal como fue, tal como se pronunció, y habló, y cantó -y ese Machado en verdad, en verdad, es el que hoy arranca tantos fervores y admiraciones- constituye una piedra de escándalo. Por eso a los veinte años de su muerte siguen sin publicarse en España sus obras completas. Muñoz Alonso le admira, según dice, pero prohíbe, no sólo sus libros, sino hasta los comentarios en prosa, verso o gritos de quienes sabemos lo que significa la verdad y la entereza de nuestro poeta.

España clama por donde puede. Estas últimas semanas lo ha hecho a través de nuestro don Antonio, y a pesar de todos los pesares de la censura, de la policía y de las intervenciones arbitraria y extralegales, ha conseguido decir lo que quería: Antonio Machado fue pueblo. Y porque fue pueblo estuvo siempre contra lo que el franquismo significa. Antonio Machado fue sencillo y a la vez digno; fue pacífico y a la vez insobornable. Fue ese gran poeta y ese gran hombre que en estos momentos difíciles nos sirve de ejemplo y guía.


(España, junio de 1959)
Juan de Juanes

Diálogo de Las Españas. Mexico 3 de julio de 1959







3317. Campo de concentración

Republicanos españoles castigados, amarrados a un poste, en un campo de concentración de los amigos franceses


El suelo era de arena olvidadiza
donde no imprime rastro la pisada.
Y el cielo era penoso a la mirada
que ya sin esperanza era ceniza.

De aquella España oscura y de su liza
tan pura, y tan reciente y tan llorada,
apenas si una turba abigarrada
quedaba de su estirpe primeriza.

Aquello que fue gloria, era miseria.
Cuanto hubo de orgulloso, fue humillada.
Los héroes, carcomidos por los piojos,
más que alzada bandera, eran despojos,
memoria corrompida de soldado,
tristísimo espectáculo de feria.


Arturo Serrano Plaja
Versos de guerra y paz, 1945







3316. Gori Muñoz (Gregorio Muñoz Montoro)

 

Gori Muñoz (Benicalap, 1906 - Buenos Aires, 1978) en su mesa de dibujo


 

Gori Muñoz es el nombre artístico de Gregorio Muñoz Montoro, un artista plástico español republicano, exilado en Buenos Aires, donde alcanzó notable reconocimiento por su obra como escenógrafo y director de arte de cine y teatro.

 

Inicia su vida profesional en España, siendo reconocido por sus trabajos como dibujante, ilustrador y caricaturista. Colabora con revistas y editoras, monta sus primeras exposiciones y recibe becas de la Junta de Ampliación de Estudios que lo llevan a Paris, Bélgica y Holanda.

 

Comprometido con la causa antifascista, durante la Guerra Civil se coloca al servicio del Gobierno de la República. Es responsable por el Taller de Decoración del Pabellón de España de la Exposición Internacional de Paris (1937) y trabaja para la Subsecretaría de Propaganda.

 

Refugiado en Francia tras la derrota republicana, embarca con su mujer María del Carmen García (Carmen Antón) y su primera hija recién nacida, en el Massilia rumbo a Chile. Al llegar a Buenos Aires, en noviembre de 1939, le ofrecen trabajo y allí se queda. Comienza como dibujante, ilustrando libros y revistas, hasta que surge la oportunidad de hacer los decorados de “Los Cuernos de don Friolera”. Es el principio de una brillante carrera como escenógrafo teatral, especialmente en el teatro español del exilio. Fueron 162 montajes en Buenos Aires y Montevideo, incluyendo autores clásicos y modernos, comedias, dramas, espectáculos al aire libre, musicales etc.

 

Como escenógrafo o director de arte, participa en más de 190 películas, entre las cuales La Dama DuendeDios se lo pagueSangre NegraLos IslerosLas aguas bajan turbiasRosaura a las diezEl hombre de la esquina rosada, etc. Es considerado un innovador del decorado cinematográfico y del cine argentino. Recibe por su labor 30 premios de la Asociación de Cronistas, del Instituto de Cinematografía y de la Academia de Artes Cinematográficas de la Argentina.

 

Trabajador incansable y amigo de sus amigos, además de publicar artículos y libros, continúa colaborando como ilustrador en diversas revistas y editoras. Monta varias exposiciones de pintura (Carpetas de viajes, El Teatro en Silencio). En una de sus carpetas encontramos esta frase que resume su filosofía de vida y el secreto de su resiliencia: “Faire le métier qu’on aime et aimer la vie dans les plus petites choses”.

 

Murió em 1978, víctima del mal de Parkinson, sin haber regresado a España. Pidió ser cremado y que sus cenizas fueran arrojadas al río: "ellas solas sabrán encontrar el camino de Valencia". Así se hizo.


 

María Antonia (Tonica) Muñoz-Malajovich

http://gorimunoz.com

 






3315. La agonía de Francia IX

Izado de la bandera nazi en el Arco del Triunfo de París. Foto: ABC


8

Sembradores de pánico

El desenlace de la tragedia planteada en estos términos fue fulminante. Después de diez meses de simulacro de guerra, de guerra podrida, como se la ha llamado, Francia estaba tan deshecha que se derrumbaba con un soplo como un castillo de naipes.

Aún antes de que el peligro se presentase real y verdaderamente, París daba la voz de «sálvese el que pueda». No había hecho Alemania más que iniciar el ataque cuando el aparato burocrático del Estado iniciaba la desbandada. Al primer día de la ofensiva alemana contra Francia, el mismo Quai d'Orsay, a la cabeza de los sembradores de pánico, hacía la indicación confidencial a las representaciones diplomáticas acreditadas en París de que debían estar dispuestas a partir y les recomendaba que destruyesen los archivos que les fuese imposible transportar. El Quai d'Orsay mismo procedía a quemar los suyos. Análogo movimiento de terror se producía en el Ministerio de Información, desde donde se difundieron las primeras informaciones de una derrota que todavía no se había producido y que horas después eran rectificadas. Era el Estado mismo, por medio de sus funcionarios, el que creaba la atmósfera de la catástrofe.

Lo verdaderamente extraordinario era la serenidad, la calma o la indiferencia —no sé— de las gentes sencillas de París al nerviosismo y el desbarajuste de los centros oficiales.

Aquella primera espantada pudo ser dominada por el gobierno. La quinta columna se había precipitado. Se dieron órdenes terminantes para que ningún funcionario abandonase su puesto, se anularon las órdenes de evacuación que insensatamente se habían dado y se consiguió restablecer a lo menos una apariencia de normalidad en los servicios dando la impresión de que después de un momento de debilidad el gobierno se reafirmaba y se disponía a dar la batalla para la defensa de París.

Mandel, desde el Ministerio del Interior, aguijoneaba furiosamente a la policía en la represión de las actividades de la quinta columna, pero sus esfuerzos se estrellaban contra la incapacidad y la mala voluntad de sus agentes para quienes la quinta columna, formada por personas respetables, bien reputadas y con elevadas situaciones incluso en la Administración, era absolutamente inasequible. ¿Es que si el propio Abetz, creador y jefe de la quinta columna, hubiese estado en París habría habido un agente de policía francés capaz de detener a tan importante personaje? ¿Es que los agentes de la Süreté Genérale podían impunemente hacer sus incursiones en los salones de la alta sociedad parisiense y en las esferas oficiales? ¿Es que hubieran podido llevarse en calidad de agentes de la quinta columna a Madame Bonnet, esposa del ex ministro de Negocios Extranjeros, y aun a la propia Madame de Portes, la amiga íntima del presidente del Consejo?

No. La Policía cumplía buenamente su misión expurgando sus ficheros en los que no figuraban tan brillantes personajes y llenando los stadiums de Buffalo y Roland Carros con miles de pobres diablos, refugiados extranjeros, todo el residuo de humanidad que la monstruosa elaboración de los Estados totalitarios había arrojado sobre Francia, tierra de asilo.

La conducta de Francia en el momento de peligro con los refugiados que habían estado sirviéndola lealmente ha sido innoble. Quince días antes de que llegasen a París los alemanes he visto a la policía sacar de los departamentos ministeriales en los que prestaban servicio, a los antifascistas extranjeros que se habían hecho acreedores por su historia y sus méritos personales a la confianza del gobierno. Si no merecían esa confianza no hubieran debido estar allí. Si la merecían no hubieran debido recibir tal pago: el de entregarles codo con codo a la venganza de Hitler.

En cambio, he visto el día de la entrada de Italia en la guerra cómo los agentes de policía filofascistas fraternizaban con los italianos a quienes tenían orden de detener procurando congraciarse con los futuros amos cuyo triunfo inmediato admitían y deseaban. En fin de cuentas, los pobres agentes no hacían ni más ni menos que los señores Laval y Flandin, cuya política no era otra que la de prepararse el terreno para las recepciones que hoy les dispensa el jefe de la quinta columna Herr Abetz convertido por Hitler, para humillación de Francia, en embajador del Tercer Reich cerca del gobierno de Vichy.


La aviación, arma psicológica

Siguiendo su táctica habitual, a medida que sus columnas avanzaban sobre París, Hitler intensificaba la acción de sus aviones de bombardeo sobre la cintura industrial de la capital y sobre sus nudos de comunicación. Esta táctica, que habíamos visto dibujarse ya en la guerra de España, consiste en el empleo de la aviación, más que como arma de destrucción eficaz y sistemática, como instrumento de desmoralización de la retaguardia inmediata en la que se apoya el frente.

La aviación ha sido hasta ahora un arma de eficacia principalmente psicológica. Los aviones de Hitler son más temibles por el momento psicológico en que los emplea que por su potencia real de destrucción, que es mínima. La finalidad principal que con ellos persigue es provocar la evacuación de las ciudades que sirven de base a los ejércitos desorganizando como es consiguiente los servicios y privando a las tropas tanto de la regularidad de los abastecimientos como del soporte moral que representa para el soldado que está en la trinchera el tener como sólida retaguardia una ciudad cuya vida normal continúa imperturbable. Madrid pudo ser defendido por la paradoja heroica de que los soldados podían ir y venir del frente en tranvía, porque las legumbres y las verduras que había se vendían a la espalda de los parapetos y porque los carteros hacían la distribución de la correspondencia sorteando las balas y saltando por encima de las alambradas. En la guerra total que a nuestra época le ha tocado hacer, toda evacuación es el prólogo de una derrota.

Para crear en París el ambiente favorable a la derrota la aviación alemana no tuvo que esforzarse demasiado. Le bastó con un solo bombardeo más espectacular que eficaz hecho en el momento crítico. Un millar de bombas de pequeño calibre arrojadas sobre París y sus alrededores en pleno día, a la una de la tarde, bastaron para que la capital de Francia creyese que había llegado la hora de claudicar.

El efecto material de ese bombardeo fue limitadísimo. Media docena de casas destruidas, unos incendios rápidamente sofocados y en total unos doscientos cincuenta muertos bastaron para el derrumbamiento de una ciudad de cuatro millones de habitantes. Lo cierto fue que en el enorme volumen de la capital los parisienses no pudieron darse cuenta siquiera de que habían sido objeto de un ataque a fondo de la aviación enemiga. La destrucción de una casa por cada diez mil casas y la muerte de una persona por cada cinco mil personas no es un estrago que tenga volumen suficiente para provocar el movimiento de pánico colectivo que se produjo. Para conseguir ese mínimo estrago material la aviación alemana había tenido que utilizar centenares de aviones (a lo menos doscientos) y en la operación había sufrido la pérdida de veintitantos aparatos. No puede decirse que fuera una operación de resultados satisfactorios que pudiera ser repetida frecuentemente.

Los resultados del empleo de la aviación en masa contra las grandes ciudades no eran, pues, ni mucho menos, los que se temían.

Si algo se demostraba era precisamente que la potencia destructora de la aviación es infinitamente menor de lo que se supone. Cuando se habla, a tontas y locas, de la destrucción de París, Berlín o Londres por los bombardeos aéreos ¿se piensa seriamente en los miles y miles de aviones y de toneladas de explosivos que sería necesario emplear para conseguir resultados apreciables? Hoy por hoy, las masas de aviación que se pueden emplear, aun teniendo en cuenta el grado de intensificación de la producción a que últimamente se ha llegado, no permiten todavía aceptar que los efectos de sus destrucciones puedan ser decisivos en las grandes aglomeraciones. La demostración que hicieron los aviones alemanes sobre Guernica, donde concentraron en un área pequeñísima una masa de destrucción formidable a la que no se le oponía fuerza alguna de combate, no ha sido después confirmada ni en Varsovia, ni en Rotterdam, ni en París. Ni siquiera había podido ser repetida con éxito en Barcelona o Madrid. Y ahora, en Inglaterra, esto se está demostrando hasta la saciedad.

Ahora bien, si los efectos materiales son limitados, los efectos morales son inconmensurables. Hay que rendirse a la evidencia. La aviación es un arma de una eficacia psicológica formidable. Ese bombardeo único de París que hubiese hecho sonreír desdeñosamente a los madrileños, acabó virtualmente con la resistencia de la capital de Francia. Para que no fuese así hubiese hecho falta que los parisienses, en vez de hallarse favorablemente inclinados a las sugestiones catastróficas tanto por la táctica derrotista de sus dirigentes como por la acción subrepticia de la quinta columna, hubiesen tenido serenidad bastante para templar su ánimo y mirar cara a cara el peligro aéreo y medirlo exactamente. Entonces se hubiese producido el fenómeno contrario y se hubiese visto cómo los parisienses igual que hicieron los madrileños, pasado el primer momento de pavor, desaparecido el tremendo efecto psicológico de los primeros bombardeos, reanudaban su vida de siempre, con mayor o menor incomodidad y sufrimiento, con mayor o menor estrago, pero con una resolución y una moral que ya entonces serían indestructibles. Porque hay algo evidente. Lo que la aviación no consigue gracias al estupor del primer bombardeo luego no lo consigue nunca aunque su capacidad de destrucción llegue a ser aterradora. Este es el inconveniente de toda arma que sobre su eficacia verdadera cuenta con el efecto psicológico que su empleo produce.

En general, no sólo de la aviación sino también de los tanques, de la panzerdivision, de la mina magnética, del parachutismo, de la quinta columna y, sin excepción, de todos los sistemas de guerra puestos en práctica por el hitlerismo se puede decir otro tanto. Sobrepasados los efectos psicológicos del terrorismo que sistemáticamente practica, su eficacia real es mínima.


París no se defiende

Esto explicaba la eficacia, que a algunos se les antoja inverosímil, de la quinta columna. Los escuadrones del pánico fueron en París maravillosamente eficaces. Sus consignas, dictadas desde Berlín, guiaban hacia el abismo a unas muchedumbres ciegas que se dejaban llevar sin oponer resistencia y sin que fuesen capaces de ninguna reacción patriótica que deshiciese aquella fatal fascinación.

Los sofismas del derrotismo eran a veces burdos y elementales pero en ocasiones alcanzaban una sutileza verdaderamente diabólica. Apenas se concretó la amenaza sobre París de las divisiones alemanas, el instinto de defensa empezó a crear una atmósfera de resistencia de la ciudad que hubiese podido ser el origen de una reacción nacional salvadora. París podía y debía ser defendido. Estratégicamente, la lucha en los arrabales de la ciudad era el único medio hábil de que el ejército francés disponía para poder aniquilar una tras otra a las divisiones alemanas motorizadas. Lo que no había sido posible en campaña rasa era técnicamente realizable en la enorme aglomeración de París teniendo en cuenta sobre todo que el ejército francés venía retirándose en perfecto orden.

El verdadero campo de batalla de la guerra moderna es la ciudad misma. Frente a la movilidad y a la concentración destructora de las divisiones blindadas es vano quererles prohibir el acceso a los campos abiertos y es inútil ponerle puertas al campo como se había pretendido hacer con la línea Maginot. En campo abierto la lucha es casi imposible. Donde se puede luchar bien es en las ciudades, en las calles, en las casas, cada una de las cuales es un elemento de defensa que en plena campaña no es posible improvisar con la profusión necesaria. Estas ideas que, según parece, responden a una concepción estratégica verdaderamente moderna, iban prendiendo en el ánimo del gobierno, las defendían muchos militares prestigiosos y empezaba a entusiasmarse con ellas la población civil de París. Henri de Kérillis clarineaba desde su periódico que la guerra se ganaría en París o no se ganaría. ¿Quién sabe si el milagro, aquel milagro en el que tenía que creer Reynaud y que era la única esperanza de salvación para Francia, podría producirse entre Saint Denis y la Porte d'Auteuil? ¿No se había producido tres años antes ese mismo milagro en la Ciudad Universitaria de Madrid?

Pero inmediatamente, con una rapidez fabulosa, se difundía por París un sofisma que esterilizaba estas veleidades de resistencia. La argucia que empujaba a Francia a entregar París sin lucha se basaba únicamente en la pseudopatriótica consideración de que sería un crimen horrendo consentir la destrucción por los alemanes de los monumentos artísticos y arqueológicos de la ciudad, exponer sus joyas arquitectónicas al peligro de los bombardeos por la insensata aventura de una defensa desesperada. Toda la beatería intelectual y todo el tartufismo burgués, obedeciendo a esta hábil sugestión de la propaganda del doctor Goebbels, se puso a derramar abundantes lágrimas de cocodrilo sobre las torres de Nôtre Dame como si ya las viesen derruidas por su culpa. Y con grande y trágico ademán renunciaban en aras de la civilización a la defensa de la civilización misma. París, que al trasladarse el gobierno a Tours estaba a punto de convertirse en el baluarte de Francia, era entregado sin lucha a los agentes de la circulación que Hitler mandaba en vanguardia para que lo conquistasen.


La catástrofe

La evacuación de París por el mundo oficial, la enorme balumba de los funcionarios, y las mecanógrafas con sus montañas de expedientes atados con balduque, fue un lamentable espectáculo ofrecido cínicamente al pueblo parisién cuya conformidad y resignación fueron puestas a prueba. A la puerta de los ministerios se renovaban las caravanas de autocares y automóviles oficiales que partían cargados de burócratas a quienes el miedo no quitaba, sin embargo, el aire bizarro de partir en vacaciones, un congé payé extraordinario en las orillas del Loira que, al aproximarse el verano, no presentaba perspectivas totalmente desagradables. Difícilmente se encontraría en circunstancias igualmente trágicas una muchedumbre tan inconsciente y frivola como la de aquellas manadas de funcionarios que escapaban despreocupados hablando en voz alta y campanuda de la victoire y diciendo en voz baja y confidencialmente: « Vraiment, ce salaud de Hitler c'est un type épatant».

En el ministerio al que me encontraba adscrito no quedaba ni un portero a partir del lunes por la tarde. Y los alemanes no llegaron a París hasta el viernes. Únicamente vagaban por los pasillos como almas en pena unos cuantos colaboradores extranjeros del departamento, italianos antifascistas, judíos de nacionalidad dudosa y raza bien acusada, y rojos españoles que habíamos sido dejados por cuenta a Hitler. Hubo un momento en el que pensamos reunimos en el desierto despacho del ministro y constituir un gobierno de refugiados. Lo mismo que nosotros hubieran podido hacerlo en aquellos momentos las gentes sencillas que desde la acera de enfrente del ministerio habían estado presenciando pacientemente la fuga desvergonzada del mundo oficial.

En realidad, durante todo el lunes y la mañana del martes, cuando el pueblo de París se dio cuenta de la trágica situación en que lo habían dejado, empezó a advertirse un sentimiento de indignación que no presagiaba nada bueno. En las bocas del metro y a la puerta de los bistrots la gente que iba a su trabajo y los curiosos formaban corrillos en los que, por primera vez, no se hablaba el lenguaje convencional e hipócrita que se había oído durante toda la guerra, sino el lenguaje fuerte y amenazador del verdadero pueblo librado a sus instintos.

París, ya casi desierto, había tomado un aire siniestro. Envuelto totalmente en una densa humareda artificial, tenía una luz cernida de apocalipsis, una atmósfera cargada y espesa en la que las gentes se movían como espectros. De aquella niebla negra en la que aparecían difuminadas las siluetas de los edificios y el sol en el cénit era como un pálido disco anaranjado, surgían, igual que sombras, unas gentes asustadas que se preguntaban con angustia: «¿Qué pasa?». La guerra moderna, con sus vastas posibilidades técnicas, había preparado gracias a aquella humareda artificial, una mise en scéne de día de juicio final para la entrada de los alemanes en París.

No se tenía ninguna noticia de lo que pasaba fuera. Se pusieron en circulación los más absurdos y fantásticos rumores, que la gente creía a pie juntillas. Se aseguraba que Rusia había entrado en la guerra al lado de los aliados. Unas horas después, era el Japón el que había declarado la guerra a Alemania. La gente se apelotonaba en los boulevards ante los cafés cerrados y se estacionaba en la plaza de la Bolsa ante el edificio de la Agencia Havas pidiendo la confirmación de aquellas noticias de cuya veracidad nadie dudaba; sin embargo, cuando los redactores de Havas desde los balcones decíamos a gritos que tales noticias eran falsas se enfurecían contra nosotros y nos acusaban de derrotistas y de agentes de la quinta columna. Aun en el último instante, la ingenua esperanza en el maravilloso poder de liberación que en el mundo había sabido suscitar la patria del proletariado era sabiamente explotada por la propaganda nazi, que difundía arteramente tales rumores para acabar de sembrar la confusión en los espíritus.

El gobernador militar de París, general Hering, comenzó a tomar precauciones contra la revuelta que se dibujaba en el ambiente. A mediodía del martes se cerraron todos los bistrots y París tomó definitivamente el aspecto de una ciudad muerta con el que habían de encontrarla los alemanes. Si éstos hubiesen tardado tres días más y si no hubiesen tenido perfectamente controlados por medio de su quinta columna y de los comunistas a su servicio los movimientos populares de París, tal vez habrían tenido que entrar a tiros y asaltando las barricadas de una revolución popular cuyo signo hubiera sido imposible prever.


El éxodo

El éxodo de un millón de parisienses en pos del gobierno y de los funcionarios fue algo espantoso, inenarrable. Día y noche las salidas de París estuvieron obstruidas por cuatro filas de vehículos de toda clase, cargados hasta los topes, que marchaban penosamente deteniéndose constantemente y al paso de los más lentos, los grandes y pesados carromatos que utilizan los campesinos para transportar el heno, tras los cuales habían de marchar con desesperante lentitud los potentes automóviles de la gran burguesía parisién que se ponía en salvo llevándose celosamente consigo sus riquezas transportables, la plata, los tapices, las joyas, los cuadros, hasta los muebles valiosos izados disparadamente sobre la capota de los coches. No creo que antes de ahora se haya dado en el mundo el espectáculo formidable del éxodo de un pueblo civilizado que, con todo su progreso material y mecánico, sus aparatos de radio, sus automóviles de lujo, sus motocicletas, sus instrumentos de confort y sus riquezas daba, sin embargo, la sensación exacta de una tribu bíblica que emprendía el camino de la tierra de promisión como en las enormes migraciones legendarias de los pueblos de la antigüedad.

En los últimos momentos, el pánico colectivo de los parisienses fue tal que los que no habían podido escapar de otra manera lo hacían a pie marchando entre las filas apretadas de vehículos con sus hatillos miserables a la espalda, las mujeres empujando los cochecitos infantiles en los que habían metido sus pobres ajuares, los jóvenes pedaleando en sus bicicletas, los ancianos apoyándose en sus báculos, símbolos de otras edades que reaparecían a lo largo de la fatigosa caminata. La obsesión común de aquella enorme muchedumbre aterrorizada era alejarse, alejarse siempre, cada vez más, ganar distancia, como fuera, con los pies hinchados, a rastras si era necesario. Fue en aquellas horas espantosas cuando la masa francesa debió de pensar por primera vez que acaso hubiese sido mejor hacer la guerra que sufrirla.

La gasolina era la salvación, la vida, más preciosa que la sangre. Los que se quedaban sin gasolina en la carretera permanecían días enteros arrimados a una cuneta esperando inútilmente que entre los cientos de miles de semejantes que pasaban junto a ellos hubiese un alma caritativa que les cediese una poca. Era inútil esperarlo. El egoísmo de las gentes era feroz. Yo he visto una pobre mujer en un pequeño automóvil que se había quedado sin gasolina y llevaba ya dos días al borde del camino con tres criaturitas que lloraban incansablemente mientras pasaban a su lado cientos de miles de seres humanos que ni siquiera volvían la cabeza.

El fenómeno más curioso era la formidable capacidad de olvido y despreocupaciones de esta muchedumbre que, en unas horas, pasaba casi sin transición del sufrimiento y la desesperación más espantosos a la frivolidad y el optimismo más injustificables. Las mismas gentes que habían salido de París angustiadas y después de un viaje de pesadilla se encontraban a quinientos kilómetros habiendo perdido sus bienes, con sus familias dispersas y su patria deshecha, eran las que horas después en las terrazas de los cafés de Biarritz o San Juan de Luz charlaban y reían ante un vaso de aperitivo y no tenían más obsesión que la de encontrar un buen restaurant, una cama confortable y una persona complaciente y de buen humor con quien entregarse al goce sensual de la existencia. El hombre moderno puede pasar por penalidades terribles; pero no hay que tenerle demasiada lástima. Su facultad de inhibición es prodigiosa. Yo he visto en Biarritz entre una muchedumbre despreocupada de refugiados franceses, belgas, holandeses, polacos y judíos de todas las nacionalidades, que se creían ricos todavía porque aún les quedaban en la cartera unos fajos de billetes de banco con que pagar la cuenta del hotel, el gesto de desdeñosa incredulidad con que era acogida la noticia de que París había sucumbido: «¿Que los alemanes están en París? Sans blague!». Y las gentes se encogían de hombros y pedían un nuevo aperitivo.


Tours-Burdeos

Mientras Francia agonizaba en Tours, donde se reunían los ministros a altas horas de la madrugada para velar su agonía e ir constatando, impotentes, los síntomas progresivos del coma, París, con el que se había estado en comunicación telefónica hasta la madrugada del jueves al viernes, no respondía ya a las llamadas de Tours. El ejército, que hasta entonces había ido retirándose en orden y como si hubiese seguido un plan estratégico preconcebido, se había lanzado ya a la desbandada y cada soldado, tirando el fusil, huía como podía. Hasta Tours llegaban furtivamente en motocicletas y camiones, soldados y oficiales desertores que, temiendo ser fusilados si se operaba una reacción defensiva, se convertían en frenéticos sembradores de pánico.

La muchedumbre que había dormido tirada por el suelo en los alrededores de la estación se despertaba con un ansia loca de reanudar la huida hacia el sur. Se afirmaba que los parlamentarios se habían embarcado ya en Burdeos con rumbo a Canadá y se aseguraba que las divisiones alemanas continuaban avanzando hacia el Loira sin detenerse en París y estarían en Tours a la noche siguiente.
Tours se preparó para la defensa. Es decir, fue minado el puente y se colocó a su entrada un cañón de setenta y cinco. Aquello era una farsa siniestra. Bastó que la aviación alemana siguiendo su táctica hiciese una impresionante aparición sobre Tours en aquel momento psicológico para que el gobierno y sus manadas de burócratas emprendieran de nuevo el trote hacia Burdeos y tras ellos la masa ingente que venían arrastrando desde París.

Francia, cuando el gobierno llegó a Burdeos, era como una bestia herida de muerte y acorralada que busca el rincón más oculto de su guarida para echarse a morir. Era inútil todo intento de hacerla reaccionar.

La propuesta de Winston Churchill, que no era sino una oferta generosa de transfusión de sangre a un moribundo, fue rechazada con un ademán de desesperación. Francia no quería seguir viviendo, no quería seguir luchando, estaba resignada a morir. Hasta en aquel instante supremo de vida o muerte estuvo pesando sobre la fatal resolución de Francia aquella voluntad funesta de autoaniquilamiento, de suicidio, que ha presidido el triste destino de una nación que tenía derecho a ser inmortal. El último sobresalto del patriotismo francés fue para rechazar de plano el pacto de sangre que Inglaterra le ofrecía. «¿Es que vamos a dejar de ser franceses para convertirnos en súbditos de su Majestad Británica?», gritaba escandalizado por las calles de Burdeos aquel chauvinismo ciego, estúpido, que ha conducido a la esclavitud a la patria que decía amar.

En los consejos de ministros del Hôtel de Ville de Burdeos, el gobierno Reynaud, que tenía en su seno a los elementos que habían de consumar la traición de Francia a sí misma y a sus aliados, fue derribado. Vencían la ceguera insigne y la testarudez octogenaria del mariscal Pétain obsesionado por la idea siniestra de que Francia se salvaría entregando a Alemania el cadáver de la democracia. Esta idea absurda, que había sido infiltrada en las masas francesas gracias a la propaganda alemana, ha sido la causa fundamental de la caída de Francia.

«No hagamos una guerra ideológica —decían los agentes de la quinta columna —; sacrifiquemos la democracia, la libertad política y la república, si es necesario; abandonemos el lastre de nuestros compromisos con los pueblos débiles, que han sido ya arrollados, y de nuestra alianza con Inglaterra, que se niega a capitular y nos obliga a continuar la guerra para defender su imperio y a los capitalistas de la City; adoptemos la doctrina que ha hecho poderoso al adversario y los métodos que le llevan a la victoria; entremos en la órbita de las potencias totalitarias y Francia no perecerá. El equilibrio de las potencias totalitarias en Europa exige la supervivencia de una Francia fuerte. Aun aceptando la hegemonía alemana, Francia, Italia y España, identificadas, tendrán su place au soleil si llegan a formar un solo bloque totalitario en el Mediterráneo, de donde la Gran Bretaña tiene que ser eliminada. Este bloque, andando el tiempo, podrá ser el único contrapeso eficaz de las ambiciones germánicas en Europa, dando por supuesto que la Alemania hitleriana se niegue definitivamente a cumplir la misión providencial para la que había sido creada, la invasión de Rusia y el aniquilamiento del bolcheviquismo. Si el Imperio británico, por su parte, quiere seguir la guerra hasta la exterminación del nazismo, allá él con sus intereses. Nosotros podemos someternos y nuestra sumisión nos salva. Si Hitler vence a Inglaterra habremos sido los colaboradores más eficaces de su triunfo y ocasión habrá de cotizarlo. Si Inglaterra vence a Hitler, con la victoria de la democracia británica recobraremos nuestra libertad sin haber tenido que pagar el duro rescate de un millón de vidas que hoy se nos exige por ella.»

Esta fue la plataforma de la quinta columna. Esto fue lo que arrastró a los patriotas franceses a la traición. Y esto fue lo que triunfó en Burdeos el domingo 16 de junio de 1940 en medio de una muchedumbre indiferente que llenaba los jardincillos del Hôtel de Ville viendo entrar y salir a los ministros con frívola curiosidad mientras las columnas alemanas llegaban a las orillas del Loira sin encontrar resistencia. Y aquella misma noche el mariscal Pétain empezaba a encarcelar a los hombres de espíritu liberal, a perseguir a los judíos, a maldecir a los demócratas y a pronunciar discursos contra las plutodemocracias. ¡Pétain!


El nudo de la tragedia

La caída de Francia no es, sin embargo, el drama lamentable de un pueblo cobarde que no ha querido batirse. No. Francia, durante los meses de la guerra, que han sido su agonía, lucha, no contra el enemigo exterior, sino consigo misma. El proceso de su caída es una verdadera tragedia con todos los elementos de la tragedia clásica. Es la lucha de lo consciente contra lo inconsciente, del hombre contra el mito, del héroe contra la divinidad. Nuestra época, por extraño que nos parezca, es gran creadora de mitos y este del Estado totalitario, del Estado-Moloch, ha sido la divinidad bárbara a la que Francia ha sido sacrificada por sus propios hijos.

El nudo de esta tragedia de Francia radica en la sugestión fatal que sobre el hombre francés contemporáneo han ejercido esos mitos bárbaros que tenía que combatir, no ya porque combatirlos fuera su deber moral de ser civilizado, sino porque para seguir existiendo físicamente tenía que vencerlos, ya que esa divinidad del totalitarismo sólo había sido creada en su daño y para su perdición. Esta lucha interior que se desarrolla entre su conciencia de pueblo culto, ni un solo momento adormecida, y la fascinación que sobre él han ejercido las fuerzas de destrucción puestas en juego para aniquilarle, es lo que provoca el patético desgarramiento interior en el que Francia sucumbe.

Francia había llegado a enamorarse de su verdugo. Esta aberración, que en el ser humano aislado no es más que un caso de perversión sexual, al dominar a un pueblo y sobre todo a un pueblo superior como el de Francia, ha dado origen a una de las tragedias más hondas de la historia.

Tragedia, naturalmente, sin solución, sin más desenlace posible que el aniquilamiento del protagonista. Porque, a pesar de la fascinación que ha padecido, el pueblo francés, en el fondo de su conciencia insobornable, sabe que en ese mito bárbaro del totalitarismo al que se ha sacrificado, no hay nada, absolutamente nada más que una rudimentaria y bestial expresión biológica. Francia sabe, y no ha podido olvidarlo, que hasta ahora no se ha descubierto ninguna forma de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de una asamblea deliberante, ni hay otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia: es decir; la paz, la libertad, la democracia.

En el mundo no hay más.

«A una colectividad se le engaña siempre mejor que a un hombre.» 
Pío Baroja


Manuel Chaves Nogales
La agonía de Francia (Versión original española de The fall of France). Claudio García y Cía Editorial, 1941, Montevideo