Lo Último

Caído el Gobierno Berenguer...

El señor Alcalá-Zamora redactó ayer en la cárcel la siguiente nota que, al parecer contiene el criterio de los presos políticos ante la situación actual:

«No queremos acogernos a la socorrida fórmula de que para juzgar a un Gobierno debe aguardarse a conocer su composición y sus actos. Sin perjuicio de atender éstos y de examinar aquélla, basta el carácter con que se anuncia al ministerio constituyente para considerarlo una primera etapa o victoria de la decisiva que obtuvo y completará la revolución, tan sólo a juicio de los miopes, vencida en diciembre.

La fuerza constituida por republicanos y socialista sigue inquebrantablemente unida y en marcha, sin que pueda entrar en el Gobierno trazado ni siquiera como fiscal presente. Actuará vigilando desde fuera para el triunfo inevitable de la República y el empuje revolucionario que mantiene y perfecciona, será el punto de apoyo único que encuentre la rectitud, la independencia y la resistencia del nuevo Gobierno, que, nombrado protocolaria y oficialmente por la Corona, sólo ha sido posible por la pujanza de la República, donde aquél encuentra su verdadero origen.

La situación teóricamente contradictoria e históricamente frustrada siempre de un Poder constituyente pleno, libre y sincero, coexistiendo con el resto o a la sombra siquiera de otro poder constituido, planteará dificultades y zozobras frente a las cuales viviremos en un alerta de organización y propaganda.

Seguros estamos de que unas elecciones verdaderas proclamarían legalmente la República, y resueltos también a que ninguna intriga o influjo de los poderes tradicionales arrebate nuestra victoria ni mediatice el poderío y el significado que quiera ostentar el futuro Gobierno. Sin duda, su ánimo presiente, y la realidad demostrará el máximo de sus esperanzas y los límites de su cometido honroso y patriótico: suavizar la transición y salvar el orden, pero deberá ser sordo a la sugestión de ningún otro aseguramiento y a la torcedura de medios y procederes para remediar el naufragio voluntario y ya virtualmente consumado.»


El Debate, 17 de febrero de 1931


*


Indecisiones, flaquezas, torpezas y deserciones del campo monárquico han traído esta situación que prologa la anormalidad peligrosamente y sin término previsible. La solución de la crisis ha caído en la gran aventura constituyente, de la que hoy, con más motivos que antes, con hechos nuevos, podemos decir que se traducirá en pura pérdida: no logrará nada útil, no remediará nada, y dejará mayores dificultades. Tal como se nos prometía, con los concursos, los atractivos y los efectos maravillosos que le imaginaban sus autores, la fórmula constituyente nos pareció siempre temeraria y azarosa. Hemos razonado copiosamente su inconveniencia y la ventaja de anteponer a todo plan de normalización la consulta regular y plenamente garantizada del sufragio, la convocatoria constitucional, porque con ella se podía ir y se iría mejor a todas las soluciones, a las más radicales, sin tener que andar y desandar malos caminos, que es, no lo probable, sino lo seguro en la aventura constituyente. Pero es que, además , la fórmula nace fracasada, y su fracaso no puede haber sorprendido a nadie. Iba a ser el cauce jurídico de todas las aspiraciones, la liquidación de todas las pugnas, tregua y paz, desistimiento de las tentativas revolucionarias. ¡Nada de esto! El señor Sánchez Guerra fue ayer a la cárcel a buscar ministros de la Monarquía entre los que por culpas penadas en la ley se hallan allí sujetos a la acción de los Tribunales -oh, la sagrada independencia judicial!- y no encontró el concurso que pedía, no se le aceptaron los nombramientos de la Corona, ni el cauce jurídico ni la paz. No hay que interpretar versiones ni referencias ambiguas. Aquí está el texto de los revolucionarios: «El Ministerio constituyente es la primera etapa o victoria de la decisiva que obtuvo y completará la revolución. La fuerza constituída por republicanos y socialistas sigue inquebrantablemente unida y en marcha, sin que pueda entrar en el Gobierno trazado ni siquiera como fiscal presente. Actuará vigilando desde fuera para el triunfo inevitable de la República. Mantiene y perfecciona el empuje revolucionario. El nuevo Gobierno, aunque nombrado por la Corona, sólo ha sido posible por la pujanza de la República, donde aquél encuentra su origen. Su cometido único es suavizar la transición y salvar el orden.»

Es decir, que renunciarán al desorden si no lo necesitan, si se les da la revolución: pero, si no, aplicarán el empuje revolucionario que mantienen y perfeccionan, que seguirán perfeccionando, porque no es la bandera blanca lo que ha de quitarles aliento y alegría. Lo dicen claro: si las elecciones no traen la República, no son la verdad; la batalla es inevitable. Habrá que afrontarla, en fin, y en peores condiciones cuanto más tarde. Nosotros vimos desde el primer momento lo inevitable y lo ineludible, lo que desde el primer momento se debió afrontar con la ley; pero enérgicamente, inexorablemente.

La fórmula pacificadora no somete a los revolucionarios al acatamiento del voto nacional. Todo lo que le dan por ahora es la expectación; quedarán a la expectativa de la República, mientras perfeccionan el empuje. ¿Y vamos a entrar en la aventura, que de todas maneras sería temeraria? Parece que sí, que se organiza, sólo con personal de los dos últimos Gabinetes del antiguo régimen, los del 23, y sin otras colaboraciones, el Gobierno constituyente. Y que ni siquiera nos cabe la esperanza de que apresure el ensayo, pues, aun teniendo con su presencia en el Poder la garantía esencial que reclamaba para las elecciones -la garantía de hacerlas él, con sus antecedentes-, les abre un plazo lento de revisiones legislativas y reorganización de Ayuntamientos y Diputaciones...


ABC, 17 de febrero de 1931







2786. La Guerra había empezado

Eduardo Zamacois Quintana (Pinar del Río, Cuba, 17 de febrero de 1873 - Buenos Aires, 31 de diciembre de 1971)


La guerra había empezado.

Poco diré aquí de lo que luego advino. Fue una guerra sin prisioneros, en la que los beligerantes pelearon como tigres. La relación de los crímenes cometidos por las hordas fascistas, desde el asesinato de García Lorca y los fusilamientos en masa de Badajoz y de Oviedo hasta la destrucción de Guernica son incontables. A su vez, la masa liberal, sin jefes y obligada a defenderse, realizó atropellos sin excusa posible, tales como el ajusticiamiento de Ramiro de Maeztu, el de Manuel Bueno, el de Pedro Muñoz Seca, comediógrafo que tanto nos había hecho reír. Yo le quise bien. Era bueno, cordial, y al evocar su figura amable recuerdo, con emoción supersticiosa, esto que voy a contar:

El autor de “La venganza de don Mendo” y el famoso torero Ricardo Torres “Bombita” eran andaluces, y los dos habían nacido el 20 de febrero de 1879. Refiriéndose a esta coincidencia, por vaya, improvisó la peoría del “paralelismo”, que era, según él explicaba, la fuerza que une misteriosamente a las personas que floraron a la vida el mismo día y, en virtud de lo cual, cuanto bueno y malo le suceda a una de ellas le ocurrirá también a la otra.

–Pues si eso es verdad –le decía bromeando Ricardo Torres a Muñoz Seca–, procure usted, don Pedro de mi alma, que no le silben ninguna comedia, porque si usted fracasa a mí me coge el toro.

Y lo que durante años fue para ellos motivo baladí de conversación cristalizó en un hecho escalofriante, porque el 29 de noviembre de 1936, esto es, al día siguiente de morir fusilado Muñoz Seca en Paracuellos del Jarama, moría “Bombita” en Sevilla.

En aquella ola de sangre naufragó mucha gente. Como por ensalmo la península se había convertido en un gigantesco campo de batalla. En Madrid, llegada la nieve empezaban los tiros. Eran los fascistas de la quinta columna los que disparaban, desde sus casas, sobre el trasnochador solitario suponiéndole “rojo”. La Muerte era un deporte. Todos queríamos pelear. Cada gremio formó sus batallones. Yo me alisté en el de “Artes Gráficas”. Matilde se inscribió como enfermera. Millares de hombres –obreros, campesinos, estudiantes, abogados, médicos, artistas– se afanaban en levantar alrededor de la capital amenazada un cinturón de trincheras. En mi novela El asedio de Madrid hablo largamente de cómo el pueblo, sin otra brújula que su instinto, se aprestó a defenderse. De aquellos días de solidaridad fraterna en que, sin conocernos, nos tuteábamos, como si la ciudad, toda ella, fuera una casa en la que sola había una familia, gentes indeseables se aprovecharon para asesinar y robar a mansalva. Fueron días bochornosos –pocos, dichosamente– a los que el general Miaja puso rápidamente término.

En uno de los muchos festivales que se improvisaban para reunir fondos con que comprar armas y medicinas, tomó parte Lupe. Era su “debut”. Un público de milicianos llenaba el teatro. Fui a verla; estaba inquieto; temía que no gustase por parecerme –contra la opinión de su Maestro– que todavía no bailaba bien. Pero aun siendo así, la noche de sus ojos criollos y la recobrada lozanía de sus veinte años se impusieron, y la ovación que manos generosas la tributaron cambiaron de cuajo su destino. Cuando nos reunimos en su casa la vi distinta y distante. Nada fuera de su éxito parecía interesarla, y me dijo que el empresario de un grupo de artistas del género “flamenco” quería contratarla para una gira por provincias. Concluyó:

–¿Tú me dejas ir…?

Comprendí que me sería imposible retenerla porque ya “se había ido de mí”. De pronto nos sentimos extraños. En esta repentina desunión influía el ambiente. Eran su vocación y la guerra, quizá lo que nos separaba? repuse, tranquilo, sin pena…

-Si quieres marcharte, vete. Por eso no vamos a reñir. Nuestro amor no debe ser para ninguno de los dos una esclavitud. Pero no olvides que, desde este momento, serás para mi una hija. Como amante te estorbaría. A los artistas les conviene andar solos.

Hizo un guiño que pudo ser de indiferencia o de incomprensión y no contestó. Estaba lejos; pensaba en el baile que era su horizonte. Después empezó a hablarme de los trajes que necesitaba para salir a escena. Los indispensables eran tres: el de gitana, el de baturra y el de charra. Valían muchas pesetas y las circunstancias no nos permitían comprarlos a plazos. Para poder pagarlos al contado vendimos nuestros muebles. El nido quedó vacío. Lupe, tan casera hasta entonces, no lo sintió. yo, tampoco. Éramos libres; el pasado había muerto. Días después los dos salíamos de Madrid; ella, rumbo a Levante; yo, cara al frente extremeño, con la columna que mandaba el muy caballero redactor de El Socialista, capitán Federico Angulo. Más adelante, convertido en “corresponsal de guerra”, visité los frentes de Toledo y de Aragón. Otra vez en Madrid, publiqué dos libros de crónicas, uno con dibujos de Bartolozzi. De los episodios de que fui testigo, recojo aquí, sin intromisión, algunos que reflejan el vigor de la lucha.


Eduardo Zamacois
Un hombre que se va ... (Memorias), 1954







2785. Jef Last / A un compañero caído

Josephus Carel Franciscus (Jef) Last
(La Haya, 2 de mayo de 1898 - Laren, 15 de febrero de 1972)


Vine a España tan pronto como estalló la sublevación fascista. Me enrolé como miliciano en el batallón Sargento Vázquez, y he combatido en distinto sectores del frente madrileño. Mi entusiasmo por el pueblo español excede a todo cuanto pudiera decirle. Los camaradas que han luchado y luchan conmigo no sólo saben dar el pecho al enemigo como soldados valerosos, sino que procuran además ser útiles en cualquier otra ocupación que les reclame fortuitamente. Les he visto recoger la algarroba, transportándola en sus mantas de campaña, en lugares situados detrás y aun delante de la línea de fuego, aprovechando los momentos de calma o la oscuridad de la noche. Estos hombres, animados de una gran fe, un extraordinario ardor combativo y un incomparable espíritu de sacrificio, saben por qué luchan y contra lo qué luchan.

He publicado tres folletos sobre la lucha sostenida aquí contra el fascismo internacional. Tendrá usted una idea del interés que existe en mi país por este asunto si le digo que en un mes han salido diez ediciones, con un total de treinta mil ejemplares. Estos folletos han sido traducidos también al francés. Entre diciembre y enero últimos tuve un permiso de unos días, que aproveché para ir a mi país. Debo confesarles que jamás pude soñar en un movimiento de simpatía hacia el pueblo español como el que pude observar allí. En este movimiento participa no sólo la clase obrera, sino también la clase media, e incluso algunos elementos pertenecientes a la alta burguesía. Pero muy especialmente la juventud católica. Tenga usted en cuenta que los publicistas católicos más conocidos y prestigiosos de Holanda, como Van Duinkerken y el doctor Brouwer, así como el gran escritor católico flamenco Van Walschap –de quien pienso, y conmigo toda la juventud literaria holandesa, que es el primer escritor de nuestra patria–, no sólo han expresado verbalmente su simpatía y adhesión a la causa del pueblo español, sino que han escrito folletos y manifiestos en favor de esa causa. Por lo que respecta a Van Duinkerken, ha organizado reuniones y actos, en algunos de lo cuales tomó parte el escritor católico José Bergamín. Yo tengo pruebas irrefutables de este movimiento en vuestro favor del pueblo holandés, movimiento que, como he dicho, abarca distinto sectores de la opinión pública holandesa.


Jef Last
Política, Madrid, 7 de julio de 1937



A un compañero caído

Florecía una rosa, blanca, en aquel campo pardo
flor de la muerte en medio de heridos aún muriendo.
Un joven rostro habla –al dar su último paso–
Sabido darse un aire vago de estar sonriendo.
«Tengo frío» –clamaban sus labios azulencos.
y con su mano, a tientas, buscaba al compañero.
Vi resbalar su vida al resbalar su sangre
y hacérseme su cara cada vez más amable.
«Un muerto más, inscrito en nuestra lista de héroes»,
Dios mío, qué náuseas en la boca esta palabra.
No, un niño que arrastró al bruto que arma al hombre,
un aliento de menos de boca que cantaba.
Un canto que se quiebra a la primera estrofa,
un corazón valiente que de pronto acribillan,
un compañero menos en nuestra senda angosta
y nocturna que andamos con barro a la rodilla.
Pero en esta mañana, un jo ven pajarillo
se ha puesto en una rama y hace sonar u arpa.
y para mí que oigo en sus alegres trinos
la voz de mi caído compañero que aún canta.

Jef Last
Frente del Pardo, 16 de febrero de 1937













2784. Siempre

Llerena (Badajoz) 1936


Aunque los pasos toquen mil años este sitio,
no borrarán la sangre de los que aquí cayeron.

Y no se extinguirá la hora en que caísteis,
aunque miles de voces crucen este silencio.
La lluvia empapará las piedras de la plaza,
pero no apagará vuestros nombres de fuego.

Mil noches caerán con sus alas oscuras,
sin destruir el día que esperan estos muertos.

El día que esperamos a lo largo del mundo
tantos hombres, el día final del sufrimiento.

Un día de justicia conquistada en la lucha,
y vosotros, hermanos caídos, en silencio,
estaréis con nosotros en ese vasto día
de la lucha final, en ese día inmenso.



Pablo Neruda 
Canto general, 1950








2783. Teodomiro Herrero Rogero

Mi abuelo Teodomiro Herrero Rogero nació en Segovia. Marchó a Madrid donde conoció a mi abuela Carmen Borruel Borbolla con la que se casó el 29 de julio del 36. Tuvieron una hija, Carmen, mi madre. Mi abuela y sus hermanas militaban en el partido socialista de Madrid y mi abuelo se unió a ellas después de la boda. Según cuenta la familia se convirtió en uno de los dirigentes de dicho partido. Mis abuelos tenían una situación desahogada, ya que a los negocios de mi abuelo se une que le tocó la lotería.

Cuando estalla la guerra, se alista en el ejército republicano con el grado de teniente. El 31 de agosto de 1938 manda una foto a mi madre desde Barcelona. El texto no se puede leer completo, ya que una parte está tachada desde el origen por lo que suponemos que se hizo para salvaguardar algún dato, pero lo que se lee, dice: “Carmina, hoy te mando una foto en plena tierra catalana para que la conserves y tengas un recuerdo de esta… (todo está tachado). Recibe muchos besos de quien tanto te quiere, tu papá.  Salud."

A partir de ahí, tenemos conocimiento de que huyó a Francia y estuvo preso en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer, y que consiguió escapar. Mi madre conservó una sortija hecha por mi abuelo en dicho campo con hueso de pollo, de tamaño minúsculo pues era para un bebé, y que le envió una vez que logró salir de allí.

En el 41, manda una carta a su madre firmada desde Francia, pero sin especificar el lugar en el que se encuentra. El 18 de agosto del 42, mi abuela recibe una carta de otro español en el que comunican la muerte de mi abuelo en Rodez. En dicha carta, además de explicar los pormenores de la operación a la que se tuvo que someter y que le causaría la muerte, se detalla cómo los españoles que residían en esa localidad francesa aportaron dinero para que no fuera enterrado en una fosa común. También señala que tiene en su poder fotografías y objetos personales de mi abuelo y que se los enviará poco a poco y por los medios que él considere mejor para su recepción.

Mi abuela vivía en el barrio de Chamberí y según contaba mi madre, cuando era pequeña recuerda que había siempre un hombre haciendo guardia en la acera de enfrente de su casa, suponían que era para detener a mi abuelo si volvía. Sin embargo, también pudiera ser porque según decía mi madre, su casa servía como vivienda de paso para gente que tenía que huir, esta conclusión la sacó ella ya de mayor puesto que tenía totalmente prohibido mencionar que en su casa hubiera otras personas y que se escondían en un hueco que había en la alacena. Una de las tías de mi madre contaba que cuando tuvieron que escapar lo hicieron a través de los Pirineos y que siempre recordaría el olor a paja, puesto que tenían que dormir en los pajares de las casas. Otro tío de mi madre estuvo preso en el Valle de los Caídos.

En estos momentos, estoy haciendo averiguaciones sobre a mi abuelo porque aparece en los archivos de la Dirección General de Seguridad de Sol, aunque no está confirmado que fuera él y no otra persona con el mismo nombre y apellido.


Marisa Prado Herrero
Febrero 2019






























2782. Nuestras derrotas no demuestran nada

Madrid, 1936.- Una mujer herida en el transcurso de una manifestación es socorrida por los Guardias de Asalto. EFE


Cuando los que luchan contra la injusticia
muestran sus caras ensangrentadas,
la incomodidad de los que están a salvo es grande.


¿Por qué se quejan ustedes?, les preguntan.
¿No han combatido la injusticia? 

Ahora ella los derrotó.
No protesten.

El que lucha debe saber perder
El que busca pelea se expone al peligro.
El que enseña la violencia no debe culpar a la violencia.


Ay, amigos.
Ustedes que están asegurados,
¿por qué tanta hostilidad? ¿Acaso somos
vuestros enemigos los que somos enemigos de la injusticia?

Cuando los que luchan contra la injusticia están vencidos,
no por eso tiene razón la injusticia.


Nuestras derrotas lo único que demuestran
es que somos pocos
los que luchan contra la infamia.
Y de los espectadores, esperamos
que al menos se sientan avergonzados.



Bertold Bretch
(Augsburgo, 10 de febrero de 1898-Berlín Este, 14 de agosto de 1956) 














2781. Treinta mil hombres sin trabajo


Fotografía de Luis Ramón Marín



El angustioso problema del paro obrero en Madrid

¿Se va a arreglar todo con un «plan cuatrienal», de mil millones de pesetas? 

Seis o siete hombres toman el sol tumbados en la acera de una calle de los Cuatro Caminos. Tienen barbas de muchos días, y de los labios de algunos cuelgan las colillas cochambrosas, de las que intentan inútilmente arrancar un poco de sabor a tabaco… 

—Buen día, ¿eh?… 

—Sí, no es malo. Nos aprovecharemos de esto, que no cuesta… 

—Lo malo es que tampoco alimenta… 

—Los médicos dicen que no hay nada para la salud como los baños de sol… 

—Sí; pero será después de haberse comido siquiera unas patatas… 

—¡Patatas! ¡Pues no eres tú nadie! Hoy no comen patatas más que los que andan en automóvil. En fin, paciencia… —agrega dándose media vuelta para tomar el sol en el costado derecho. 

—Paciencia la puedes tener tú, que no llevas parao más que un mes y que además no tienes hijos. Si llevaras ocho meses, como yo, y tuvieras cinco críos y la mujer, ya veríamos… 

Me he metido a conversar con este grupo de hombres. Ya sé que ellos no tienen ganas de hablar con gente extraña y que miran con rencor —¡es natural!— a toda persona que tiene pinta de haber hecho una comida caliente. A pesar de eso, algunos hasta han abandonado su postura yacente y se aprestan a contestarme. 

—¿Todos ustedes están sin trabajo? 

—Todos, y aquel grupo de más allá. Y casi todo el barrio… Ustedes no saben lo que es esto… Yo llevo ocho meses sin dar golpe… Me levanto a las seis de la mañana y me voy por ahí a recorrer las obras. A las diez ya estoy rendido y sin haber encontrado nada. 

—¿Tiene usted hijos? 

—Cuatro nada más, y todos pequeños. Ni sé cómo viven. Menos mal que la mujer, algunos días, se emplea en limpieza por las casas. Pero lo que gana hay que emplearlo en pagar el alquiler del cuartucho, porque fíjese usted lo que sería vernos en la calle con las criaturas… 

—¿Y para comer…? 

—En casa se arreglan con algún pedazo de pan que les dan. Yo me he acostumbrado ya a no comer. 

—¿Eh?… 

—Sí… Realmente, para vivir hace falta comer muy poco. Si algún día consigo una ración de los comedores del Ayuntamiento ya estoy alimentado para una semana. Después, con agua, algún cigarro que cae y una lechuga que me da la verdulera tengo bastante… Lo malo son estos días tan largos sin hacer nada… Solo pensando en la desgracia que uno tiene encima… 

—¿Y ustedes en qué trabajaban?… 

—Nosotros éramos del ramo de la construcción. Pero ya no es posible colocarse en eso. Cada día se queda un montón más de hombres sin trabajo en las obras. Créame usted: hoy es más fácil hacerse cónsul o ingeniero, pongo por ejemplo, que colocarse de albañil…

Treinta mil hombres que no tienen trabajo en Madrid

Obreros parados… Obreros parados por todas partes… En los Cuatro Caminos, en el Puente de Toledo, en el paseo de Extremadura… Algunos se han lanzado a pedir limosna por las calles. Se los ve en las bocas del Metro y en la verja del Ministerio de la Guerra… Se los ve extender la mano tímidamente, avergonzados de encontrarse en esta situación… 

Pero donde el paro es más dramático, donde adquiere proporciones gigantescas, es, sin duda alguna, en el Puente de Vallecas. La población del Puente de Vallecas creció desmesuradamente a favor del florecimiento de la industria constructora. Se multiplicaron por ciento hace algunos años sus habitantes y sus viviendas. Ha llegado el crac de la construcción, y el Puente de Vallecas se ha quedado arruinado y deshecho, con millares de familias en la más espantosa de las miserias.


* * *

Hace pocos días, el director general de Trabajo ha facilitado una nota con el número exacto de obreros sin trabajo que hay en Madrid. La Prensa ha publicado esta nota; pero no estará de más repetirla hasta que la gente acomodada se haga cargo exactamente de lo que significa este pavoroso problema. 

El censo obrero de Madrid asciende a 89.812 trabajadores, de los cuales se encuentran en paro forzoso exactamente 30.017. 

Solamente en el ramo de la construcción hay parados 18.411. 
En artes gráficas el paro afecta a 1.178 trabajadores. 
El ramo de la madera cuenta con 1.994 parados. 
En vestido y tocado hay parados 121. 
De los obreros metalúrgicos huelgan forzosamente 2.164.
En el comercio, 1.200. 
En industrias químicas, 77. 
En industrias textiles, 23. 
En los ramos de la alimentación, 1.733.
En hostelería, 630. 
En transportes, 2.445.
En Banca y seguros, 35. 
En espectáculos, 250. 
En oficios varios, 428. 

Suman entre todos, 30.017… 

Más de treinta mil pares de brazos que caen a lo largo de los cuerpos extenuados por la angustia y el hambre…


Lo que dice el concejal señor Muiño acerca del terrible paro de la construcción.

Don Manuel Muiño, antes de ser el popular concejal que todos conocemos, ha sido obrero del ramo de la construcción. Trabajaba en una de las secciones más duras del ramo. Muiño era embaldosador. 

—¿Entonces no había crisis?… 

—Ya lo creo que la había. Lo que pasaba es que no era tan prolongada como ahora. Entonces la crisis era por temporadas. Trabajábamos bastante en verano; pero en invierno pasábamos largas temporadas sin comer… 

—¿A qué obedece esta crisis enorme del ramo de la construcción?…

—Muy sencillo. A raíz de la guerra, todas las industrias florecieron en España; pero especialmente esta. Mucha gente con dinero comenzó a venirse a vivir a Madrid, y entonces se construyeron muchas casas caras y surgieron los contratistas que, a favor del florecimiento del negocio, montaron una gran industria sin ningún capital. Naturalmente, en cuanto hubo muchas casas y los pisos dejaron de alquilarse bien, esta industria, montada solo a favor de las circunstancias propicias, pero sin ninguna base sólida, comenzó a venirse abajo.

Este paro tan enorme en la construcción no es de ahora. El oficio comenzó a ponerse mal hace diez años. Precisamente cuando empezó a aumentar el censo del oficio, debido a que por lo duro que es el trabajo, todo el mundo creía que sería más fácil colocarse en él que en otro cualquiera… 

—¿Posibles remedios?… 

Muiño se calla y sonríe. Después dice: 

—Sobre eso se podrían decir tantas cosas… 

—¿Y el Ayuntamiento no puede hacer algo por estos hombres?… 

—Puede hacerlo y lo hace. En primer lugar, el Ayuntamiento destina anualmente una considerable cantidad que se da como subvención a las sociedades obreras que tienen establecido el socorro de paro. Además sigue sosteniendo los Comedores de Asistencia Social, en los que se reparten todos los días de mil quinientas a dos mil raciones para los obreros sin trabajo y sus familias.

Además, puede decirse que los obreros del ramo de la construcción que hoy tienen trabajo ganan su jornal del Ayuntamiento. Ha habido muchos empleados en la construcción de casas ultrabaratas, casas que ya están habitadas por los mismos obreros. Estas casas son higiénicas y cómodas, y en ellas pagan los trabajadores tres duros al mes de alquiler.

Al que está parado se le guardan unas consideraciones que sin duda los caseros no le guardarían. Ahora se están construyendo otras dos barriadas de casas baratas en los alrededores de la calle de Antonio López y del paseo de las Delicias… Los obreros de la construcción podrán vivir gracias al Ayuntamiento y al Estado, si se decide, porque la industria está muerta…


Lo que dice el director general de Trabajo: mil millones para aliviar el paro.

Para añadir algo a esta informaciónque pueda dar esperanza a los millares de hombres que quieren trabajar y no tienen en qué, he ido a ver a don Daniel Riu, actual director general de Trabajo. 

—¿Qué puedo yo decir?… Ya he dado esa nota. Los números son más elocuentes que las palabras… 

—No importa: usted puede decirnos algo. ¿Es que no hay algún remedio siquiera para los albañiles, que son los más afectados? 

—A mi juicio, sí. Aquí, en el Ministerio, hemos redactado un proyecto de ley mediante el cual todo puede arreglarse. Se trata de cubrir un empréstito de mil millones de pesetas, destinado a realizar un plan cuatrienal que puede resolver el problema. 

—Eso es importantísimo… 

—Este proyecto lo tiene el Gobierno en su poder, y lo examinará pronto, con objeto de presentarlo a las Cortes en su día. Con estos mil millones, una Junta nacional se encargará de la construcción de edificios públicos, que tanta falta hacen, no solo en Madrid, sino en toda España. Se trata de construir escuelas, audiencias, cárceles, ayuntamientos, ministerios…; por tanto, aunque la iniciativa haya sido de este Ministerio, les afecta a todos, y muy particularmente al de Hacienda, que es el que en definitiva ha de autorizarlo. En fin…, no me creo autorizado a decirle a usted más…, y hasta me parece que ya he sido indiscreto… 

—Y la oficina de paro, ¿no se iba a establecer en este Ministerio?… 

—Sí; se piensa en eso y en el seguro; pero yo creo que es más urgente lo que le he dicho antes. La mejor manera de ayudar al parado es darle trabajo. Con el socorro se resuelve poco. Además, es evidente que todas esas obras que antes he indicado son de urgencia. En España hacen falta edificios públicos que estén en mejores condiciones que los que hay por el momento. Con este proyecto no solo se remediaría la crisis de la construcción, sino la de otros muchos oficios que de ella dependen: ramo de la madera, metalúrgicos, transportes, etc., etc. Además, hay que tener en cuenta que como estos edificios habrían de construirse en las provincias y en los pueblos, se podría aliviar también el paro campesino y la crisis por la que atraviesan muchos pueblos.

Esto me ha dicho don Daniel Riu. 

Ahora es menester que el Gobierno se ocupe en seguida de este proyecto, que las Cortes lo aprueben…, para que esos hombres que hoy languidecen de pena y de miseria tumbados al sol en las aceras de los barrios de Madrid vuelvan a tener trabajo y pan.


Josefina Carabias
La Voz, 10 de febrero de 1934