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1793. Los últimos días de Madrid

George Orwell (Erc Arthur Blair)
(Motihari, Raj Británico, 25 d ejunio de 1903 - Londres, 21 de enero de 1950)


Las memorias de Segismundo Casado se editaron en España en 1968 bajo el título de Así cayó Madrid, que contaron con las oportunas correcciones de la censura franquista. Años antes, concretamente en 1939, se publicaba en Londres un libro suyo: The last days of Madrid.

Transcribimos la reseña que sobre el mismo realizó George Orwell y que fue publicada en Time and Tide el 20 de enero de 1940 y posteriormente recogida en su libro póstumo Mi guerra civil española, 1968.


Aunque no muchas personas fuera de España habían oído hablar de él antes de principios de 1939, el nombre del coronel Casado siempre será recordado en conexión con la guerra civil española. Él fue quien desbancó al Gobierno Negrín y negoció la rendición de Madrid –y dada la situación militar real y el sufrimiento del pueblo español, es difícil no estar de acuerdo en que tenía razón. La cosa realmente vergonzosa, como dice con convicción Mr. Croft-Cooke en su prólogo, es que se dejase que la guerra durara tanto tiempo. El coronel Casado y sus colaboradores fueron denunciados en todo el mundo en la prensa de izquierdas, como traidores, cripto-fascistas, etc.,etc., pero estas acusaciones causaron mala impresión proviniendo de gente que se habían puesto a salvo mucho antes de que Franco llegara a Madrid. Besteiro, que participó en la Administración Casado y luego se quedó para responder a los fascistas, también fue denunciado como «pro-Franco». Besteiro fue condenado a treinta años de prisión. Realmente los fascistas tienen una curiosa manera de tratar a sus amigos.

Quizás el interés principal del libro del coronel Casado es la clarificación de la intervención rusa en España y la reacción española a ella. Aunque personas bien intencionadas lo negaron entonces, hay poca duda de que desde mediados de 1937 hasta casi al final de la guerra el Gobierno español estaba directamente bajo el control de Moscú. Los motivos ulteriores de los rusos son poco claros, pero parece que querían instalar en España un Gobierno obediente a sus órdenes y en el Gobierno Negrín lo hallaron. Pero el intento de conseguir el apoyo de la clase media produjo consecuencias inesperadas. En los inicios de la guerra los adversarios principales de los comunistas en su lucha por el poder fueron los anarquistas y socialistas de izquierda, y por lo tanto el énfasis de la propaganda comunista fue hacia una política «moderada». El resultado de esto fue dar poder a oficiales y funcionarios «burgueses republicanos», de los cuales el coronel Casado se hizo el líder. Pero estas personas eran antes que nada españolas y se resentían de la interferencia rusa casi tanto como de la alemana o la italiana. En consecuencia la lucha comunista-anarquista fue seguida de otra lucha de comunistas contra republicanos, hasta que al fin el Gobierno Negrín fue derrocado y muchos comunistas perdieron la vida.

Una pregunta muy importante que esto sugiere es si un país occidental puede de hecho ser controlado por comunistas a las órdenes de Moscú. Será una pregunta que volverá a surgir si hubiera una revolución de izquierda en Alemania. La inferencia del libro del coronel Casado parece ser que un pueblo occidental u occidentalizado no se dejará gobernar por Moscú por un período largo de tiempo. Dando todo el margen al prejuicio que sin duda siente contra los rusos y sus agentes comunistas locales, su explicación no deja muchas dudas de que el dominio ruso fue resentido de una manera generalizada y profunda en España. También sugiere que fue el conocimiento de la intervención rusa que hizo decidir a Inglaterra y Francia abandonar a su suerte al Gobierno español. Esto parece más dudoso. Si los Gobiernos británico y francés hubieran realmente querido contrarrestar la influencia rusa, el modo realmente más eficaz sería equipar con armas al Gobierno español, pues había quedado claro desde el inicio que cualquier país que ofreciera armas podía controlar la política española. Se debe concluir que los Gobiernos británico y francés no sólo querían que ganara Franco, sino que hubieran preferido un Gobierno controlado por los rusos a una combinación socialista-anarquista bajo un líder como Largo Caballero.

El libro del coronel Casado da cuenta detallada de los acontecimientos que condujeron a la capitulación y es uno de los documentos que siempre tendrán que estudiar los futuros historiadores de la guerra española. 


George Orwell
"The Last Days of Madrid"
Time and Tide, 20 de enero de 1940








1608. Homenaje a Cataluña VII




Los días se tornaron más cálidos y hasta las noches se hicieron tolerablemente tibias. En el cerezo marcado por las balas que había frente a nuestro parapeto comenzaron a formarse apretados racimos de cerezas. Bañarse en el río dejó de ser una tortura y se convirtió casi en un placer. Rosas silvestres de grandes capullos rosados surgían de los hoyos dejados por las bombas alrededor de Torre Fabián. Detrás de la línea veíamos campesinos que llevaban flores silvestres en— la oreja. Al anochecer; solían salir con redes verdes a cazar perdices. Extienden la red a una cierta altura sobre la hierba y luego se echan a imitar el grito de la perdiz hembra. Cualquier macho que lo oye acude sin tardanza; cuando están debajo de la red, arrojan una piedra para asustarlos, ante lo cual pegan un salto y quedan atrapados en aquélla. Aparentemente sólo cazaban machos, lo cual me pareció injusto. En esa época se sumó a nosotros una sección de andaluces. No sé cómo llegaron hasta este frente. La explicación aceptada era que habían huido de Málaga a tal velocidad que se habían olvidado de detenerse en Valencia; pero esta explicación se debía a los catalanes, que despreciaban a los andaluces como a una raza de semisalvajes. Sin duda, los andaluces eran muy ignorantes, casi todos analfabetos, y ni siquiera parecían saber lo único que nadie ignora en España: a qué partido pertenecían. Creían ser anarquistas, pero no estaban del todo seguros; quizás fueran comunistas. Eran pastores o aceituneros, tal vez, de aspecto rústico, nudosos, con los rostros profundamente curtidos por el feroz sol meridional. Nos resultaban útiles, pues poseían extraordinaria destreza para convertir en cigarrillos el reseco tabaco español. La distribución de éstos había cesado, pero a veces se podían comprar en Monflorite paquetes de tabaco más barato, muy similar, en aspecto y textura, a la paja cortada. De sabor no era malo, pero estaba tan seco que cuando se conseguía armar un cigarrillo, el tabaco no tardaba en caer y uno se quedaba con un cilindro vacío. Sin embargo, los andaluces lograban admirables cigarrillos y tenían una técnica especial para pegar el papel.

Dos ingleses cogieron una insolación. Mis recuerdos más vívidos de esa época son el calor del mediodía, el trabajar semidesnudos con sacos de arena sobre los hombros quemados por el sol; la mugre de las ropas y de las botas destrozadas; las luchas con la mula que traía nuestras raciones y que no tenía miedo de los disparos de fusil, pero huía cuando había un estallido de granada; los mosquitos, ya activos, y las ratas, molestas y ruidosas, que devoraban hasta cinturones y cartucheras. Nada ocurría, excepto alguna baja ocasional producida por el disparo de un tirador apostado, el esporádico fuego de artillería y los ataques aéreos sobre Huesca. Como los árboles ya estaban cubiertos de hojas, habíamos construido plataformas para tiradores en lo alto de los álamos que bordeaban la línea. Al otro lado de Huesca, los ataques comenzaban a disminuir. Los anarquistas habían sufrido serias pérdidas sin lograr cortar del todo la carretera de Jaca. Habían conseguido establecerse a ambos lados, lo bastante cerca como para tener la ruta a tiro de ametralladora e impedir el tránsito, pero la brecha tenía un kilómetro de extensión y los fascistas habían construido un camino hundido, una especie de enorme trinchera, por el cual cierto número de camiones podía ir y venir. Algunos desertores informaron de que en Huesca quedaban muchas municiones y pocos alimentos; era evidente que la ciudad no caería. Quizá resultaba imposible tomarla con los quince mil hombres mal armados de que se disponía. Más tarde, en junio, el gobierno retiró tropas del frente de Madrid hasta reunir treinta mil hombres sobre Huesca y gran cantidad de aviones; ni aun así cayó la ciudad.

Cuando salimos de permiso, yo llevaba ciento quince días en el frente. Ese periodo me parecía entonces uno de los más inútiles de toda mi vida. Me uní a la milicia para pelear contra el fascismo y, hasta ese momento, casi no había luchado, limitándome a existir como una suerte de objeto pasivo, sin hacer otra cosa, a cambio de mis raciones, que padecer frío y falta de sueño. Quizá sea ése el destino de casi todos los soldados en casi todas las guerras. Ahora que puedo considerarlo con perspectiva, ya no me arrepiento de haberlo vivido. Sin duda, querría haber servido con mayor eficacia al gobierno español, pero, desde un punto de vista personal, el de mi propio desarrollo, esos primeros tres o cuatro meses de miliciano no fueron inútiles como pensé entonces. Constituyeron una suerte de interregno en mi vida, muy distinto de cualquier otra experiencia que me hubiera sucedido antes y, quizá, que pueda ocurrirme en el futuro, y me enseñaron cosas que no habría podido aprender de ninguna otra manera.

Lo esencial es que durante todo ese tiempo había estado aislado —en el frente uno estaba casi completamente aislado del mundo exterior, e incluso de lo que ocurría en Barcelona teníamos una idea muy vaga— entre personas que cabría definir en líneas generales y sin temor a equivocarse mucho, como revolucionarios. Eso se debía a que la milicia en sí era revolucionaria. En el frente de Aragón conservó este carácter hasta junio de 1937. Las milicias de trabajadores, basadas en los sindicatos y compuestas por hombres de opiniones políticas más o menos iguales, originaban la concentración del sentimiento más revolucionario del país y lo canalizaban en un sentido determinado. Yo estaba integrando, más o menos por azar, la única comunidad de Europa occidental donde la conciencia revolucionaria y el rechazo del capitalismo eran más normales que su contrario. En Aragón se estaba entre decenas de miles de personas de origen proletario en su mayoría, todas ellas vivían y se trataban en términos de igualdad. En teoría, era una igualdad perfecta, y en la práctica no estaba muy lejos de serlo. En algunos aspectos, se experimentaba un pregusto de socialismo, por lo cual entiendo que la actitud mental prevaleciente fuera de índole socialista. Muchas de las motivaciones corrientes en la vida civilizada —ostentación, afán de lucro, temor a los patrones, etcétera— simplemente habían dejado de existir. La división de clases desapareció hasta un punto que resulta casi inconcebible en la atmósfera mercantil de Inglaterra; allí sólo estábamos los campesinos y nosotros, y nadie era amo de nadie. Desde luego, semejante estado de cosas no Podía durar. Era sólo una fase temporal y local en un juego gigantesco que se desarrollaba en toda la superficie de la tierra. Sin embargo, duró lo bastante como para influir sobre todo aquel que lo experimentara. Por mucho que protestara en esa época, más tarde me resultó evidente que había participado en un acontecimiento único y valioso. Había vivido en una comunidad donde la esperanza era más normal que la apatía o el cinismo, donde la palabra «camarada» significaba camaradería y no, como en la mayoría de los países, farsante. Había aspirado el aire de la igualdad. Sé muy bien que ahora está de moda negar que el socialismo tenga algo que ver con la igualdad. En todos los países del mundo, una enorme tribu de escritorzuelos de partido y astutos profesores se afanan por «demostrar» que el socialismo no significa nada mas que un capitalismo de Estado planificado, que no elimina el lucro como motivación. Por fortuna, también existe una visión del socialismo completamente diferente. Lo que lleva a los hombres hacia el socialismo, y los mueve a arriesgar su vida por él, la «mística» del socialismo, es la idea de la igualdad; para la gran mayoría, el socialismo significa una sociedad sin clases o carece de todo sentido. Precisamente esos pocos meses me resultaron valiosos, porque las milicias españolas, mientras duraron, constituyeron una especie de microcosmos de una sociedad sin clases. En esa comunidad donde nadie trataba de sacar partido de nadie, donde había escasez de todo pero ningún privilegio y ninguna necesidad de adulaciones, quizá se tenía una tosca visión de lo que serían las primeras etapas del socialismo. En lugar de desilusionarme, me atrajo profundamente y fortaleció mi deseo de ver establecido el socialismo. Ello se debió, en parte, a la buena suerte de haber estado entre españoles, quienes, con su decencia innata y su tinte anarquista, están en condiciones de hacer tolerables las etapas iniciales del socialismo.

En esa época yo casi no tenía conciencia de los cambios que se sucedían en mi propia mente. Como todos los que me rodeaban, percibía el aburrimiento, el calor, el frío, la mugre, los piojos, las privaciones y el peligro. Hoy es muy diferente. Ese período que entonces me pareció tan inútil y vacío de acontecimientos, tiene ahora gran importancia para mí. Es tan distinto del resto de mi vida que ya ha adquirido esa cualidad mágica que, por lo general, pertenece sólo a los recuerdos muy viejos. Fue espantoso mientras duró, pero ahora constituye un buen sitio por el que pasear mi mente. Quisiera poder transmitir la atmósfera de esa época. Confío haberlo hecho, en parte, en los primeros capítulos de este libro. En mi memoria los hechos están inseparablemente ligados al frío invernal, a los destrozados uniformes de los milicianos, a los ovalados rostros españoles, al sonido telegráfico de las ametralladoras, al olor a orines y a pan podrido, al sabor metálico de los potajes de judías engullidos apresuradamente en escudillas sucias.

Todo aquel período ha perdurado en mí con una curiosa nitidez. Con el recuerdo revivo incidentes que tal vez parezcan demasiado insignificantes para ser evocados. Vuelvo a estar en el refugio de Monte Pocero, sobre el suelo de piedra caliza que me sirve de cama. El pequeño Ramón ronca con la nariz aplastada entre mis omóplatos. Me tambaleo por la embarrada trinchera, atravesando la niebla que gira en torno a mí como vapor helado. Estoy a mitad de camino en una grieta de la ladera de la montaña, luchando por mantener el equilibrio mientras arranco una raíz de romero silvestre. Por encima de mi cabeza cantan algunas balas perdidas.

Estoy echado, oculto entre unos pequeños abetos, en el terreno bajo que está al Oeste de Monte Oscuro, con Kopp y Bob Edwards y tres españoles. En la desnuda colina gris a nuestra derecha, una hilera de fascistas trepan como hormigas. Cerca, una trompeta suena en las líneas enemigas. Mi mirada encuentra la de Kopp, quien, en un gesto de escolar, les hace burla.

Estoy en el asqueroso patio de La Granja, entre la multitud de hombres que luchan con sus platos junto a la olla de estofado. El cocinero gordo y agotado nos mantiene a raya con el cucharón. En una mesa cercana, un hombre barbudo, con una enorme pistola automática bajo el cinturón, corta grandes trozos de pan. Detrás de mí, una voz cockney (Bill Chambers, con quien había tenido una amarga pelea y que más tarde murió en las afueras de Huesca) está cantando: ¡Hay ratas, ratas, ratas, ratas grandes como gatas, en el...!

Una bala de cañón aúlla sobre nuestras cabezas. Criaturas de quince años se arrojan al suelo. El cocinero se refugia detrás del caldero. Todos se levantan con una expresión avergonzada cuando el proyectil estalla a unos cien metros.

Camino junto a la línea de los centinelas, bajo los oscuros álamos. En la zanja inundada las ratas chapotean, haciendo tanto ruido como nutrias. Mientras la aurora aparece a nuestras espaldas, el centinela andaluz canta, envuelto en su capa. Del otro lado de la tierra de nadie, llega el canto del centinela fascista...


El 25 de abril, después de los habituales mañanas, otra sección nos relevó, y nosotros les entregamos los fusiles, preparamos nuestro equipo y regresamos a Monflorite. No lamentaba dejar el frente. Los piojos se multiplicaban en mis pantalones con mucha mayor rapidez de la que yo podía desplegar para destruirlos, desde hacia un mes carecía de calcetines y tenía destrozadas las suelas de las botas, de modo que caminaba casi descalzo. Ansiaba un baño caliente, ropa limpia y una noche entre sábanas más apasionadamente de lo que es posible desear algo cuando se lleva una vida normal. Dormimos unas pocas horas en un granero de Monflorite, de madrugada subimos a un camión, tomamos el tren de las cinco en Barbastro y, habiendo tenido la suerte de enlazar con un tren rápido en Lérida, llegamos a Barcelona a las tres de la tarde del 26. Y fue luego cuando comenzaron los problemas.


George Orwell


Primera edición de "Homage to Catalonia". Secker and Warburg, Inglaterra, 1938








1607. Homenaje a Cataluña VI




Cierta tarde, Benjamín nos dijo que necesitaba quince voluntarios. El ataque contra el reducto fascista, suspendido en una ocasión, se llevaría a cabo esa noche. Aceité mis diez cartuchos mexicanos, ensucié mi bayoneta (el brillo excesivo podía revelar mi posición) y preparé un trozo de pan, otro de chorizo colorado y un cigarro, atesorado durante largo tiempo, que mi esposa me había enviado desde Barcelona. Se distribuyeron granadas, tres para cada hombre. El gobierno español había logrado por fin producir una granada decente. Se basaba en el principio de la bomba Mills, pero con dos seguros en lugar de uno; después de arrancarlos había un intervalo de siete segundos antes de la explosión. Su principal desventaja radicaba en que uno de los seguros era muy rígido y el otro muy flojo, de modo que se podía elegir entre dejar los dos colocados en su sitio y exponerse a no poder mover el más duro en un momento de emergencia o sacar el duro de antemano y vivir en el constante terror de que la granada explotara en el bolsillo. Pero era una pequeña granada muy cómoda de arrojar.

Poco antes de medianoche, Benjamín nos condujo hasta Torre Fabián. Desde el crepúsculo había estado lloviendo. Las acequias estaban llenas hasta el borde y, cada vez que uno tropezaba y caía dentro de ellas, se encontraba con el agua hasta la cintura. Bajo la lluvia torrencial, y en completa oscuridad, una borrosa masa de hombres nos aguardaba en el patio de la granja. Kopp se dirigió a nosotros, primero en español y luego en inglés, para explicar el plan de ataque. La línea fascista formaba allí un ángulo en L, y el parapeto que debíamos atacar se encontraba sobre una elevación del terreno en la esquina de la L. Una treintena de nosotros, la mitad ingleses, la mitad españoles, bajo la dirección de Benjamín y de Jorge Roca, comandante de nuestro batallón (un batallón en la milicia significaba unos cuatrocientos hombres), debíamos arrastrarnos y cortar la alambrada fascista. Jorge arrojaría la primera granada como señal, y entonces los demás debíamos lanzar una lluvia de granadas, expulsar a los fascistas del parapeto y apoderarnos de él antes de que pudieran volver a reunir fuerzas. Simultáneamente, setenta hombres del Batallón de Choque debían asaltar la siguiente «posición», fascista, situada a doscientos metros hacia la derecha y unida a la primera por una trinchera de comunicación. Para evitar que disparáramos unos contra otros en la oscuridad, debíamos usar brazaletes blancos. En ese momento llegó un mensajero para comunicarnos que no había brazaletes blancos. Desde la oscuridad, una voz quejumbrosa sugirió: «¿No podríamos hacer que fueran los fascistas los que usaran brazaletes blancos?».

Había que aguardar todavía un par de horas. El granero situado sobre el establo de mulas estaba tan destrozado por el bombardeo que era peligroso moverse sin una luz. Sólo le quedaba la mitad del suelo y había una caída de seis metros hasta las piedras de abajo. Alguien encontró un pico y arrancó unas tablas, con las que al cabo de pocos minutos encendimos un buen fuego y nuestras ropas empapadas comenzaron a despedir vapor. Un miliciano sacó un mazo de naipes y comenzó a circular el rumor —uno de esos rumores misteriosos, endémicos en la guerra— de que se disponían a repartir café caliente con coñac. Bajamos raudos la escalera a punto de derrumbarse y nos pusimos a buscar por el patio oscuro, preguntando dónde estaba el café. ¡Ay!, no había café. En vez de eso, nos reunieron, nos hicieron formar una fila única y Jorge y Benjamín iniciaron la marcha en la oscuridad, seguidos por todos nosotros.

Continuaba el tiempo lluvioso y la intensa oscuridad, pero el viento había cesado. El fangal era indescriptible. Los senderos a través de los campos de remolacha eran una mera sucesión de aglomeraciones de barro, tan resbaladizas como una cucaña, con enormes charcos por todas partes. Mucho antes de que llegáramos al lugar donde debíamos abandonar nuestro propio parapeto, ya nos habíamos caído varias veces y teníamos los fusiles embarrados. En el parapeto, un pequeño grupo de hombres, nuestra reserva, nos aguardaba con el médico junto a una fila de camillas. Pasamos de uno en uno a través de la abertura del parapeto y vadeamos una acequia. Plash—glu—glu—glu, una vez más, con el agua hasta la cintura y el barro maloliente y resbaladizo que penetraba por los caños de las botas. Jorge aguardó sobre la hierba del otro lado de la acequia hasta que todos hubimos pasado. Entonces, doblado casi en dos, comenzó a avanzar lentamente. El parapeto fascista estaba a unos ciento cincuenta metros. Nuestra única posibilidad de llegar hasta él radicaba en movernos sin hacer ruido.

Yo marchaba delante con Jorge y Benjamín. Doblados en dos, pero con los rostros levantados, nos arrastramos en la oscuridad casi total a un ritmo que se hacía más lento a cada paso. La lluvia golpeaba ligeramente nuestros rostros. Cuando miré hacia atrás, pude ver a los hombres que estaban más cerca de mí: un racimo de formas jorobadas como enormes hongos negros deslizándose lentamente. Cada vez que levantaba la cabeza, Benjamín, a mi lado, me susurraba furioso al oído: «¡Mantén la cabeza baja! ¡Mantén la cabeza baja!». Podría haberle dicho que no necesitaba preocuparse. Sabía por experiencia que, en una noche oscura, no se puede ver a un hombre a veinte pasos. Era mucho más importante avanzar en silencio; si nos oían una sola vez estábamos perdidos. Les bastaba barrer la oscuridad con la ametralladora y sólo nos quedaría huir o dejarnos masacrar.

Pero, en aquel terreno resultaba casi imposible avanzar sin ruido. Por más precauciones que tomáramos, el barro se pegaba a los pies y a cada paso que dábamos hacía chop—chop, chop—chop. Y para acabar de empeorar las cosas, el viento había cesado y, a pesar de la lluvia, la noche era muy silenciosa. Los sonidos debían de llegar muy lejos. Hubo un momento inquietante cuando tropecé con una lata. Pensé que los fascistas en muchos kilómetros a la redonda debían de haberlo oído. Pero no, ni un disparo, ni un movimiento en las líneas enemigas. Seguimos deslizándonos, cada vez más lentamente. Me resulta imposible expresar la intensidad con que deseaba llegar allí, ¡tener el objetivo al alcance de las granadas antes de que nos oyeran! En tales ocasiones, uno ni siquiera tiene miedo, sólo siente un tremendo y desesperado anhelo de cruzar el terreno intermedio. Experimenté idéntica sensación al ir al acecho de un animal salvaje: el mismo deseo angustioso de ponerlo a tiro, la misma certeza —como en sueños— de que eso resulta imposible. ¡Y cómo se alargaba la distancia! Yo conocía bien el lugar, sólo debíamos recorrer ciento cincuenta metros: no obstante, parecía faltar más de un kilómetro. Cuando uno se arrastra con tales precauciones percibe, tal como lo haría una hormiga, todas las variaciones del terreno: la espléndida mancha de hierba suave allí, la maldita mancha de fango pegajoso aquí, las altas cañas crujientes que deben evitarse, el montón de piedras que uno desespera de poder atravesar sin ruido.

Avanzábamos desde hacia tanto tiempo que comencé a pensar que habíamos equivocado el camino. En ese momento empezamos a distinguir delgadas líneas paralelas y oscuras. Era la alambrada exterior (los fascistas tenían dos alambradas). Jorge se arrodilló y empezó a rebuscar en el bolsillo; tenía nuestro único par de tenazas. Clic, clic. Apartamos con mucho cuidado el alambre cortado y aguardamos a que los últimos hombres se nos acercaran. Nos parecía que hacían un ruido tremendo. Ahora faltaban cincuenta metros hasta el parapeto fascista. Seguimos adelante, doblados en dos. Un paso cauteloso, posando el pie con tanta suavidad como un gato que se aproxima a una ratonera; luego, una pausa para escuchar; después, otro paso. Una vez levanté la cabeza; sin hablar, Benjamín me puso la mano en la nuca y me la bajó violentamente. Sabía que la alambrada interior quedaba apenas a veinte metros del parapeto. Me parecía inconcebible que treinta hombres pudieran llegar hasta allí sin que nadie los oyera. Nuestra respiración bastaba para denunciarnos. Con todo, llegamos. El parapeto fascista ya era visible, un borroso montículo negro que se elevaba ante nosotros. Jorge se arrodilló y rebuscó de nuevo en su bolsillo. Clic, clic. No hay manera de cortar alambres en silencio.

Estábamos, pues, junto a la alambrada interior. La atravesamos a cuatro patas y con mayor rapidez. Si teníamos tiempo de desplegarnos todo iría bien. Jorge y Benjamín atravesaron agachados la alambrada hacia la derecha. Pero los hombres que estaban dispersos detrás de nosotros tuvieron que formar una cola para pasar por la angosta abertura y justo en ese momento hubo un fogonazo y una detonación en el parapeto fascista. El centinela nos había oído por fin. Jorge se apoyó en una rodilla e hizo girar el brazo como un jugador de bolos. ¡Brum! Su granada reventó en alguna parte al otro lado del parapeto. De inmediato, con mucha mayor rapidez de la que uno habría creído posible, se oyó el rugido de diez o veinte fusiles desde el parapeto fascista. Nos habían estado esperando, después de todo. La lívida luz nos permitía ver los sacos de arena de manera intermitente. Los hombres estaban demasiado lejos para arrojar sus granadas. Cada tronera parecía escupir chorros de fuego. Siempre es horrible estar bajo el fuego en la oscuridad, donde cada fogonazo parece apuntar directamente hacia uno. Lo peor son las granadas, no es posible concebir su horror hasta que se las ha visto reventar de cerca en la oscuridad; durante el día sólo se oye el estruendo de la explosión, pero en la oscuridad también está el cegador resplandor rojizo.

Me había arrojado boca abajo a la primera descarga. Durante todo ese tiempo estuve echado de costado sobre el barro, luchando desesperadamente con el seguro de una granada. El maldito se negaba a salir. Por fin, me di cuenta de que tiraba en dirección equivocada. Saqué el seguro, me puse de rodillas, arrojé la granada y volví a tirarme cuerpo a tierra. Explotó hacia la derecha, antes del parapeto: el miedo había arruinado mi puntería. En ese momento, otra granada estalló delante de mí, tan cerca que pude sentir el calor de la explosión. Me aplasté contra el suelo y enterré la cara en el barro con tanta fuerza que me hice daño en el cuello y pensé que estaba herido. En medio del estrépito alcancé a oír una voz inglesa que decía quedamente a mis espaldas: «Estoy herido». La granada había alcanzado a varios hombres a mi alrededor, sin tocarme. Me puse de rodillas y arroje mi segunda granada. He olvidado dónde cayó.

Los fascistas disparaban, nuestros hombres disparaban desde la retaguardia y yo tenía plena conciencia de estar en el medio. Sentí muy próxima una ráfaga y me di cuenta de que un hombre tiraba inmediatamente detrás de mí. Me puse de pie y le grité: «¡No tires contra mi, pedazo de idiota!». En ese momento vi que Benjamín, apostado a unos diez metros hacia mi derecha, me hacía señas con un brazo. Corrí hacia él. Decidí cruzar la línea de troneras llameantes y, mientras lo hacía, me protegí la mejilla con una mano —ademán bastante idiota—, ¡como si una mano pudiera detener las balas!, pero es que sentía horror de recibir una herida en la cara. Benjamín estaba apoyado en una rodilla con una diabólica expresión de placer en el rostro, mientras disparaba cuidadosamente contra las troneras con su pistola automática. Jorge había sido herido con la primera descarga y no se lo veía desde allí. Me arrodillé junto a Benjamín, saqué el seguro de mi tercera granada y la arrojé. ¡Ah! No cabía duda. La bomba estalló esta vez al otro lado del parapeto, en la esquina, justo al lado del nido de ametralladoras.

El fuego fascista pareció menguar de forma muy súbita. Benjamín se puso de pie y gritó: «¡Adelante! ¡A la carga!». Nos lanzamos hacia la breve y empinada pendiente sobre la que se levantaba el parapeto. Digo «nos lanzamos», pero no es la expresión más exacta, pues resulta imposible moverse con rapidez cuando uno está empapado, cubierto de barro de la cabeza a los pies y cargado con un pesado fusil y bayoneta y ciento cincuenta cartuchos. Daba por sentado que arriba me aguardaba un fascista. Si disparaba a esa distancia no podía errarme y, sin embargo, nunca esperé que lo hiciera, sino que me atacara con la bayoneta. Me parecía sentir de antemano la sensación de nuestras bayonetas entrechocándose, y me pregunté si su brazo sería más fuerte que el mío. Sin embargo, ningún fascista me aguardaba. Con una vaga sensación de alivio descubrí que se trataba de un parapeto bajo y que los sacos de arena proporcionaban un buen punto de apoyo. Por lo general son difíciles de superar. Al otro lado la destrucción era total, con pedazos de vigas y grandes fragmentos de uralita dispersos por todas partes. Nuestras granadas habían destrozado todas las barracas y refugios. No se veía un alma. Pensé que estarían escondidos bajo tierra, y grité en inglés (no se me ocurría nada en español en ese momento): «¡Salid de ahí! ¡Rendíos!». No hubo respuesta. En ese momento un hombre, una figura borrosa en la penumbra, saltó desde el tejado de una de las barracas destruidas y huyó hacia la izquierda. Salí en su persecución, clavando mi bayoneta absurdamente en la oscuridad. Cuando daba la vuelta a la esquina del barracón, vi a un hombre —no sé si era el mismo que había divisado antes huyendo por la trinchera de comunicación que conducía a la otra posición fascista—. Debo de haber estado muy cerca de él, pues pude verlo con toda claridad. Tenía la cabeza descubierta y parecía no llevar nada puesto, salvo una manta sobre los hombros. A esa distancia podía haberlo hecho volar en pedazos. Pero, por temor a que nos disparáramos entre nosotros, se nos había ordenado que usáramos sólo las bayonetas una vez que estuviéramos al otro lado del parapeto. De cualquier manera, ni siquiera se me ocurrió apuntar. En vez de eso, mi mente saltó veinte años atrás, al profesor de boxeo del colegio, quien me describía con vívida pantomima cómo en los Dardanelos había atravesado a un turco con la bayoneta. Cogí el fusil por la parte delgada de la culata y arremetí contra la espalda del hombre. Estaba fuera de mi alcance. Arremetí otra vez, pero seguía fuera de mi alcance. Y así seguimos durante un corto trecho, él corriendo por la trinchera y yo detrás, tratando de dar alcance a su espalda y sin conseguirlo; un recuerdo cómico para mi, pero supongo que no tanto para él.

Desde luego, él conocía el terreno mejor que yo y pronto me dio esquinazo. Cuando regresé a la posición, ésta se encontraba llena de hombres que gritaban. Los estampidos habían disminuido algo. Los fascistas seguían disparando contra nosotros desde tres direcciones pero a mayor distancia. Los habíamos hecho retroceder por el momento. Recuerdo haber dicho con tono de oráculo: «Podemos defender este lugar durante media hora, nada más». No sé por qué dije media hora. Hacia la derecha, sobre el parapeto, podían verse los innumerables fogonazos verdosos de los fusiles que perforaban la oscuridad; pero estaban muy lejos, a unos cien o doscientos metros. Nuestra tarea consistía ahora en explorar la posición y apoderarnos de todo lo que pudiera considerarse valioso. Benjamín y algunos otros estaban ya escarbando entre las ruinas de un enorme barracón o refugio en el centro de la posición. Benjamín se tambaleó excitado sobre el techo en ruinas, tirando del asa de cuerda de una caja de municiones.

 —¡Camaradas! ¡Municiones! ¡ Muchísimas municiones, aquí!
—No queremos municiones —dijo alguien—, queremos fusiles.

Era verdad. La mitad de nuestros fusiles estaban inutilizados por el barro. Podían limpiarse, pero es peligroso sacar el cerrojo de un fusil en la oscuridad, donde fácilmente puede extraviarse. Carecíamos de todo medio de iluminación, salvo una pequeña linterna que mi esposa había logrado comprar en Barcelona. Unos pocos hombres que habían conservado sus fusiles en condiciones iniciaron un fuego desganado contra los lejanos resplandores. Nadie se atrevía a disparar demasiado seguido, pues hasta los mejores fusiles podían encasquillarse si se recalentaban. Éramos unos dieciséis dentro del parapeto, incluidos los pocos heridos. Algunos de éstos, ingleses y españoles, habían quedado al otro lado. Patrick O’Hara, un irlandés de Belfast que tenía cierta experiencia en primeros auxilios, iba de un lado a otro con paquetes de vendas vendando a los heridos. Cada vez que regresaba al parapeto, y a pesar de sus indignados gritos de ¡POUM!, se exponía incluso al fuego de los propios compañeros.

Comenzamos a registrar la posición. Había varios muertos tirados por ahí, pero no me detuve a examinarlos. Lo que me interesaba era la ametralladora. Mientras yacíamos sobre el barro, me había preguntado vagamente por qué no disparaba. Iluminé con mi linterna el nido de ametralladoras. ¡Amarga desilusión! No estaba allí. Quedaban el trípode y varias cajas de municiones y repuestos, pero el arma había sido trasladada. Sin duda, actuaron cumpliendo una orden, pero fue estúpido y cobarde proceder así, pues de haber dejado la ametralladora en su lugar habrían aniquilado a muchos de nosotros. Nos sentíamos furiosos, pues soñábamos con apoderarnos de una ametralladora.

Miramos por todas partes, pero no encontramos nada de gran valor. Abundaban las granadas, de un tipo bastante inferior a las nuestras, que explotaban tirando de una cuerda. Guardé un par en el bolsillo como recuerdo. Resultaba imposible no sentirse conmovido ante la miseria de las trincheras fascistas. El desorden de ropas, libros, comida, objetos personales, que existía en nuestras trincheras, aquí faltaba por completo; estos pobres reclutas sin paga no parecían poseer otra cosa que algunas mantas y unos pocos trozos de pan mojado. En el extremo más alejado había un pequeño refugio con un ventanuco que se encontraba en parte sobre el nivel del suelo. Lo iluminamos con la linterna desde la ventanilla y de inmediato dimos rienda suelta a nuestra alegría. Un objeto cilíndrico en un estuche de cuero, de más de un metro de alto y diez centímetros de diámetro, estaba apoyado contra la pared. Se trataba seguramente del cañón de la ametralladora. Nos precipitamos a través de la abertura y descubrimos que el estuche de cuero no contenía nada perteneciente a una ametralladora, sino algo que, en nuestro ejército desprovisto de armas, resultaba aún más valioso. Era un enorme telescopio, de sesenta o setenta aumentos por lo menos, con un trípode plegable. En nuestro sector no se conocían esos telescopios y los necesitábamos desesperadamente. Lo sacamos de manera triunfal y lo colocamos contra el parapeto para llevárnoslo más tarde con nosotros.

En ese momento, alguien gritó que los fascistas se acercaban. Sin duda el estrépito de las detonaciones se había hecho mucho más intenso. Resultaba obvio que los fascistas no lanzarían un contraataque desde la derecha, pues ello implicaba atravesar la tierra de nadie y asaltar su propio parapeto. Si tenían sentido común nos atacarían desde el interior de la línea. Me dirigí hacia el otro extremo de la posición, que tenía forma de herradura, de modo que otro parapeto nos protegía a la izquierda. Un fuego graneado procedía de esa dirección, pero no tenía mayor importancia. El peligro estaba enfrente, pues allí no contábamos con protección alguna. Una lluvia de balas pasaba por encima de nuestras cabezas. Parecía proceder de la otra posición fascista sobre la línea; era evidente que el Batallón de Choque no había logrado capturarla. Ahora el ruido resultaba ensordecedor. Era el estruendo incesante, como un redoble de tambores, de una masa de fusiles que yo estaba acostumbrado a oír desde cierta distancia; por primera vez, me encontraba en medio de él. A estas horas el fuego se había extendido ya, desde luego, varios kilómetros a lo largo del frente y en torno a nosotros. Douglas Thompson, con un brazo herido que le colgaba inútil a un costado, se aguantaba recostado en el parapeto y disparaba con una sola mano hacia los fogonazos. Alguien cuyo fusil se había atascado, le recargaba el suyo.

Éramos unos cuatro o cinco en este lado. Estaba claro lo que había que hacer. Había que arrastrar los sacos de arena desde el parapeto delantero y levantar una barricada en el lado no protegido; y había que hacerlo sin demora. Las balas pasaban muy alto todavía, pero la altura podía reducirse en cualquier momento. Por los fogonazos a nuestro alrededor calculé que nos las veíamos con cien o doscientos hombres. Comenzamos a tirar de los sacos para arrastrarlos unos veinte metros hacia adelante y apilarlos de forma desordenada. Era una tarea ímproba. Los sacos eran grandes, cada uno pesaba un quintal, y moverlos exigía un gran esfuerzo. A veces la arpillera podrida se rasgaba y la arena húmeda caía sobre nosotros como una cascada, metiéndosenos por el cuello y las mangas. Recuerdo haber sentido un profundo horror ante todo aquello: la confusión, la oscuridad, el ruido, el barro, la lucha con los sacos que reventaban, y todo el. tiempo estorbado por el fusil, que no me atrevía a dejar en ninguna parte por temor a perderlo. Hasta le grité a alguien mientras avanzábamos a trompicones llevando un saco: «¡Esto es la guerra! ¿No es espantoso?». De pronto, una sucesión de largas figuras comenzó a saltar por encima del parapeto de delante. Cuando se aproximaron, vimos que llevaban el uniforme del Batallón de Choque y nos alegramos, pensando que eran refuerzos; sin embargo, sólo eran cuatro, tres alemanes y un español. Más tarde nos enteramos de lo que les había ocurrido a las milicias de choque. No conocían el terreno y, en la oscuridad, habían avanzado en dirección errónea hasta toparse con la alambrada fascista, donde muchos de ellos perdieron la vida. Estos cuatro se habían perdido, por suerte para ellos. Los alemanes no hablaban una palabra de inglés, francés o español. Con gran dificultad y muchos gestos, les explicamos lo que hacíamos y les pedimos ayuda para construir la barricada.

Los fascistas habían hecho traer una ametralladora. La podíamos ver escupiendo fuego como un buscapiés a unos cien o doscientos metros; las balas pasaban por encima de nosotros con un chasquido seco y continuo. No tardamos en colocar bastantes sacos como para contar con un parapeto bajo, detrás del cual los pocos hombres que estábamos a ese lado de la posición nos podíamos echar y disparar. Yo estaba de rodillas detrás de ellos. Un disparo de mortero silbó y se estrelló en alguna parte de la tierra de nadie. Ése era otro peligro, pero necesitarían algunos minutos para ubicar nuestra posición. Ahora que habíamos terminado de luchar con esos malditos sacos de arena podía incluso resultar de alguna manera divertido el ruido, la oscuridad, los fogonazos que se acercaban cada vez más, nuestros propios hombres respondiendo a los fogonazos. Hasta había tiempo para pensar un poco. Recuerdo haberme preguntado si tenía miedo, y haberme respondido que no. Afuera, donde quizá había corrido menos peligro, me había sentido casi enfermo de miedo. De pronto, alguien volvió a gritar que los fascistas se acercaban. Esta vez no había duda al respecto, pues los fogonazos se veían mucho más cercanos. Vi uno a menos de veinte metros. Evidentemente avanzaban por la trinchera de comunicación. A veinte metros estábamos a tiro de granada; éramos ocho o nueve, muy cerca unos de otros; bastaría una sola granada bien colocada para hacernos volar por los aires. Bob Smillie, con la sangre chorreándole por la cara debido a una pequeña herida, se puso de rodillas y arrojó una granada. Nos agachamos, esperando el estallido. En la trayectoria fue dejando una estela de chispas, pero no explotó. (Por lo menos una cuarta parte de estas granadas eran inútiles.) Yo tenía solamente las de los fascistas y no sabía con certeza cómo manejarlas. Pregunté si todavía les quedaba alguna granada. Douglas Moyle buscó en el bolsillo y me pasó una. La arrojé y me tiré boca abajo. Por uno de esos golpes de suerte que suceden una vez al año logré arrojar la granada exactamente en el sitio donde había visto un fogonazo. Se oyó el estruendo de la explosión y de inmediato un alboroto infernal de alaridos y quejidos. Por lo menos le habíamos dado a uno de ellos; no sé si murió, pero sin duda estaba malherido. ¡Pobre desgraciado! ¡Pobre desgraciado! Sentí un vago pesar mientras le oía gritar. En ese instante, a la tenue luz de unos fogonazos, vi o creí ver una figura de pie cerca del lugar de donde habían salido los disparos. Dirigí en esa dirección mi fusil y disparé. Hubo otro alarido, pero creo que seguía siendo de la víctima de la granada. Se arrojaron varias granadas más. Los próximos fogonazos que vimos estaban ya muy lejos, a cien metros o más. Los habíamos hecho retroceder; por lo menos provisionalmente.

Todos comenzaron a maldecir y a preguntar por qué demonios no nos mandaban refuerzos. Con una metralleta o veinte hombres con fusiles limpios podíamos defender ese lugar contra un batallón. En ese momento Paddy Donovan, que era el segundo en la línea de mando tras Benjamín y había sido enviado en busca de órdenes, trepó por encima del parapeto delantero.

—¡Eh! ¡Salid! ¡Todos afuera, inmediatamente!

 —¿Cómo?

—¡Hay que retirarse! ¡Salid!

—¿Por qué?

—Ordenes. ¡De vuelta a nuestras líneas y a paso ligero!

Algunos ya escalaban el parapeto de delante. Varios trataban de transportar una pesada caja de municiones. Pensé en el telescopio que había dejado apoyado contra el parapeto, al Otro lado de la posición. Pero entonces vi que los cuatro integrantes de las milicias de choque, actuando, supongo, según una orden misteriosa recibida con antelación, habían comenzado a correr por la trinchera que conducía a la otra posición fascista, donde los esperaba la muerte. Ya habían desaparecido en la oscuridad. Corrí tras ellos, tratando de traducir al español la orden de retirada hasta que por fin grité: «¡Atrás! ¡Atrás!», que quizá tenía el mismo significado. El español me entendió e hizo retroceder a los otros. Paddy aguardaba junto al parapeto.

—Vamos, daos prisa.

—Pero, el telescopio...

—¡Al diablo el telescopio! Benjamín aguarda afuera...

Trepamos hacia el otro lado. Paddy aguantó la alambrada para que pasara. En cuanto nos apartamos de la protección que ofrecía el parapeto fascista nos encontramos con un fuego infernal que parecía proceder de todas partes, también de nuestro sector; pues todo el mundo disparaba a lo largo de la línea. Dondequiera que nos dirigiésemos, una nueva lluvia de balas pasaba junto a nosotros; nos condujeron de un lado a otro en la oscuridad como a un rebaño de ovejas. El hecho de arrastrar la caja de municiones —una de esas cajas que contienen mil setecientas cincuenta cargas y pesan casi un quintal— dificultaba la marcha, sobre todo porque también llevábamos granadas y fusiles abandonados por los fascistas. Aunque la distancia de parapeto a parapeto no era ni de doscientos metros y la mayoría de nosotros conocíamos el terreno, en pocos minutos nos encontramos completamente perdidos. Chapoteábamos al azar en el barro, sabiendo únicamente que las balas venían de ambos lados. No había luna para guiarse, pero el cielo se estaba poniendo un poco más claro. Nuestras líneas estaban al este de Huesca; yo quería quedarme donde estábamos hasta que los primeros rayos de la aurora nos indicaran dónde quedaba el este, pero los demás se opusieron. Seguimos chapoteando, modificando nuestra dirección varias veces y haciendo turnos para tirar de la caja de municiones. Por fin, vimos la baja línea plana de un parapeto frente a nosotros. Podía ser la nuestra o la fascista; nadie tenía la menor idea de adónde íbamos. Benjamín reptó sobre su vientre entre unos altos hierbajos blancuzcos hasta situarse a unos veinte metros de aquélla y gritó una contraseña. Un grito de «¡POUM!» le respondió. Nos pusimos de pie, avanzamos hacia el parapeto, vadeamos una vez más la acequia y nos encontramos a salvo.

Kopp nos aguardaba adentro con unos pocos españoles. El médico y los camilleros ya no estaban. Parecía que todos los heridos habían sido rescatados con excepción de Jorge y uno de nuestros propios hombres, llamado Hiddlestone, que habían desaparecido. Kopp, muy pálido, caminaba sin cesar. Incluso los pliegues de grasa de la nuca se le veían pálidos; no prestaba ninguna atención a las balas que pasaban por encima del bajo parapeto y se estrellaban cerca de su cabeza. La mayoría de nosotros estábamos agazapados detrás del parapeto buscando protección. Kopp murmuraba ininterrumpidamente: «¡Jorge! ¡Coño! ¡Jorge!». Y luego, en inglés: «¡Si Jorge ha muerto, es terrible, terrible!». Jorge era su amigo personal y uno de sus mejores oficiales. De inmediato se dirigió a nosotros y pidió cinco voluntarios, dos ingleses y tres españoles, para buscar a los hombres que faltaban. Moyle y yo, junto con tres españoles, nos ofrecimos.

Cuando salimos, los españoles murmuraron que estaba clareando peligrosamente. Era cierto; el cielo tenía ya una ligera tonalidad azulada. Había un tremendo follón de voces excitadas procedentes del reducto fascista. Evidentemente habían vuelto a ocupar el lugar con fuerzas más numerosas. Estábamos a cincuenta o sesenta metros del parapeto cuando nos vieron o nos oyeron, pues lanzaron una cerrada descarga que nos obligó a echarnos de bruces. Uno de ellos arrojó una granada por encima del parapeto, signo seguro de pánico. Permanecíamos estirados sobre la hierba, aguardando una oportunidad para seguir adelante, cuando oímos o creímos oír—no tengo dudas de que fue pura imaginación, pero entonces pareció bastante real— voces fascistas mucho más cercanas. Habían abandonado el parapeto y venían a por nosotros. «¡Corre!», le grité a Moyle, y me puse en pie de un salto. ¡Cielos, cómo corrí! Al comienzo de la noche había pensado que no se puede correr cuando se está empapado de pies a cabeza y cargado con un fusil y cartuchos. Supe en ese momento que siempre se puede correr cuando uno cree tener pegados a los talones a cincuenta o cien hombres armados. Si yo corría velozmente, otros podían hacerlo aún con mayor rapidez. Durante mi huida, algo que podría haber sido una lluvia de meteoritos me sobrepasó. Eran los tres españoles que nos habían encabezado. Alcanzaron nuestro propio parapeto sin detenerse y sin que yo pudiera alcanzarlos. La verdad es que teníamos los nervios deshechos. Sabía, en todo caso, que a media luz, donde cinco hombres son claramente visibles, uno solo no lo es, de manera que resolví continuar explorando por mi cuenta. Me las ingenié para llegar a la alambrada exterior y examinar el terreno lo mejor que pude, lo cual no era mucho, pues debía yacer boca abajo. No había señales de Jorge o Hiddlestone y retrocedí reptando. Más tarde supimos que ambos habían sido llevados mucho antes a la sala de primeros auxilios. Jorge tenía una herida leve en el hombro. Hiddlestone estaba gravemente herido, una bala le había atravesado el brazo izquierdo, rompiéndole el hueso en varios lugares; mientras yacía en el suelo, una granada explotó cerca de él produciéndole numerosas heridas. Me alegra poder decir que se recuperó. Más tarde me contaría que se había arrastrado de espaldas algunos metros hasta encontrar a un español herido, con el cual, ayudándose mutuamente, logró regresar.

Ya estaba aclarando. A lo largo de la línea todavía resonaba un fuego sin sentido, como la llovizna que sigue cayendo luego de una tormenta. Recuerdo que todo tenía un aspecto desolador: las ciénagas, los sauces llorones, el agua amarilla en el fondo de las trincheras y los rostros agotados de los hombres cubiertos de barro y ennegrecidos por el humo. Cuando regresé a mi refugio en la trinchera, los tres hombres con quienes la compartía ya estaban profundamente dormidos. Se habían arrojado al suelo con el equipo puesto y los fusiles embarrados apretados contra ellos. Todo estaba mojado, dentro y fuera. Una larga búsqueda me permitió reunir bastantes astillas secas como para encender un pequeño fuego. Luego fumé el cigarro que me había estado reservando y que, con gran sorpresa por mi parte, no se había roto durante la noche.


Tiempo después supe que la acción había resultado un éxito. Se trataba meramente de una salida para que los fascistas apartaran tropas del otro lado de Huesca, donde los anarquistas volvían a atacar. Yo supuse que los fascistas habían utilizado cien o doscientos hombres en el contraataque, pero un desertor nos dijo más tarde que eran seiscientos. Creo que mentía —los desertores, por motivos evidentes, a menudo tratan de caer bien mediante adulaciones—. Era una gran pena lo del telescopio. La idea de haber perdido ese magnífico botín me duele aun ahora.


George Orwell


Primera edición de "Homage to Catalonia". Secker and Warburg, Inglaterra, 1938











1579. Homenaje a Cataluña V

Al este de Huesca nada o casi nada ocurrió hasta finales de marzo. Estábamos a mil doscientos metros del enemigo. Cuando los fascistas fueron obligados a retroceder hasta Huesca, las tropas del ejército republicano que dominaban esa parte del frente no se habían mostrado demasiado fervorosas en su avance, de modo que la línea formaba una especie de bolsa. Más tarde sería necesario adelantarla —tarea muy incómoda bajo el fuego—, pero por el momento el enemigo no parecía existir; nuestra única preocupación consistía en combatir el frío y conseguir suficientes alimentos.

Mientras tanto, la rutina diaria mejor dicho, nocturna—, las tareas cotidianas. Hacer guardia, patrulla, cavar. Lluvia, barro, vientos ululantes y ocasionalmente nevadas. No fue hasta mediados de abril que las noches se tornaron algo más cálidas. Allí arriba, en la meseta, los días de marzo se parecían en su mayoría a los de Inglaterra, con sus brillantes cielos azules y vientos continuos. En el lugar donde la línea del frente atravesaba huertos y jardines desiertos, la cebada de invierno ya tenía unos treinta centímetros de altura, capullos blancos se formaban en los cerezos y, buscando en las zanjas, se podían encontrar violetas y una especie de jacinto silvestre semejante a un ejemplar borde de campanilla azul, inmediatamente detrás de la línea corría un hermoso y burbujeante arroyito verde: era la primera agua transparente que había visto desde mi llegada. Cierto día apreté los dientes y me metí en ella para darme el primer baño en seis semanas. Fue lo que podría llamarse un baño breve, puesto que el agua era principalmente agua de deshielo y la temperatura no debía de andar muy por encima de los cero grados.

Mientras tanto, nada ocurría; jamás ocurría nada. Los ingleses habían adquirido el hábito de decir que ésa no era una guerra, sino una maldita pantomima. Casi nunca estábamos bajo el fuego directo de los fascistas. El único peligro provenía de las balas perdidas, las cuales, como las líneas del frente se curvaban hacia adelante en ambos lados, procedían de varias direcciones. Todas las bajas en ese periodo se debieron a esta causa. Arthur Clinton recibió una bala misteriosa que le aplastó el hombro izquierdo, inutilizándole el brazo para siempre, según me temo. De vez en cuando había algo de fuego de artillería, pero con muy poca eficacia. El silbido y el estallido de los proyectiles era considerado, en realidad, como una especie de diversión. Los fascistas nunca arrojaban bombas sobre nuestro parapeto. Unos centenares de metros detrás de nosotros había un establecimiento de campo, con grandes edificios, llamado La Granja, utilizado como depósito, cuartel general y cocina en nuestro sector. Ése era el blanco de los artilleros fascistas, pero como estaban a cinco o seis kilómetros de distancia y no apuntaban bien, jamás lograron algo más que romper las ventanas y desconchar las paredes. Sólo se corría peligro si uno se encontraba ascendiendo cuando comenzaba el fuego y si las bombas caían a ambos lados del camino. Aprendimos casi enseguida el misterioso arte de adivinar por el sonido de un proyectil a qué distancia caería. Las bombas que los fascistas disparaban en ese período eran vergonzosamente malas. Aunque usaban proyectiles de 150 milímetros, nunca hacían un orificio mayor de dos metros de ancho por uno de profundidad, y por lo menos uno de cada cuatro no explotaba. Corrían los habituales cuentos románticos de sabotaje en las fábricas fascistas y de proyectiles sin explotar en los que, en lugar de la carga, se encontraba un pedazo de papel con la leyenda «Frente Rojo», pero nunca vi ninguno. La verdad es que se trataba de proyectiles viejísimos; alguien encontró una vez una espoleta con la fecha de 1917. Los cañones fascistas eran de la misma construcción y calibre que los nuestros, y a menudo se reacondicionaban los proyectiles sin explotar y se los volvía a utilizar. Se decía que había un viejo proyectil, con un apodo propio, que viajaba todos los días de un lado al otro sin explotar jamás.

Por la noche se solían enviar pequeñas patrullas a tierra de nadie para que se ubicaran en zanjas cavadas cerca de las líneas fascistas y trataran de escuchar sonidos (toques de trompeta, bocinas de automóvil, etcétera), que indicaran actividad en Huesca. Había un constante ir y venir de tropas fascistas, y los informes de esas patrullas permitían calcular, en cierta medida, la envergadura de tales movimientos. Teníamos orden especial de informar sobre el sonido de campanas de iglesias. Según parecía, los fascistas siempre oían misa antes de entrar en acción. Entre los campos y los huertos había chozas de barro abandonadas que era recomendable explorar con un fósforo encendido luego de tapar las ventanas. A veces se encontraba un valioso botín, tal como un hacha pequeña o una cantimplora fascista (mejor que las nuestras y muy codiciadas). También se podían explorar durante el día, pero entonces había que hacerlo casi todo el tiempo a cuatro patas.

Resultaba extraño arrastrarse por esos campos vacíos donde todo se había detenido en el preciso momento de la cosecha. Los cultivos del año anterior no se habían tocado. Las viñas sin podar serpenteaban sobre el terreno, las mazorcas de maíz estaban duras como piedras, la remolacha se había hipertrofiado en enormes masas leñosas. ¡Cómo deben de haber maldecido a ambos ejércitos los campesinos!

A veces, grupos de hombres salían a recoger patatas en tierra de nadie. A dos kilómetros a nuestra derecha, donde ambas líneas estaban más próximas, había un campo de patatas frecuentado por ambos bandos. Nosotros íbamos durante el día, y ellos sólo por la noche, ya que se encontraba dominado por nuestras ametralladoras. Una noche, con gran indignación nuestra, se lanzaron en masa y limpiaron todo el terreno. Descubrimos otro campo un poco más adelante, donde prácticamente no había ninguna protección y teníamos que recoger las patatas de bruces, posición realmente agotadora. Si las ametralladoras fascistas nos descubrían, debíamos aplastarnos como la rata que pasa por debajo de una puerta, mientras las balas desmenuzaban los terrones de tierra a nuestro alrededor. En ese momento parecía valer la pena. Las patatas comenzaban a escasear. Si uno conseguía llenar una bolsa, podía cambiarlas en la cocina por una cantimplora de café Y continuaba sin ocurrir nada, y no parecía que las cosas fueran a cambiar. «¿Cuándo vamos a atacar? ¿Por qué no atacamos?», eran las preguntas que uno oía día y noche entre españoles e ingleses. Cuando se piensa en lo que significa luchar; resulta extraño que los soldados anhelen hacerlo y, no obstante, sin duda, lo desean. En los períodos estacionarios de la guerra, hay tres cosas que todos los soldados anhelan: una batalla, más cigarrillos y una semana de permiso. Ahora estábamos algo mejor armados que antes. Cada hombre tenía ciento cincuenta cargas de munición en lugar de cincuenta, y sucesivamente fueron entregándonos bayonetas, cascos de acero y unas pocas granadas. Corrían constantes rumores sobre inminentes batallas, rumores que, según he pensado desde entonces, eran difundidos de forma deliberada para mantener alta la moral de la tropa. No necesitaba gran conocimiento militar para darme cuenta de que no habría ninguna acción importante en ese lado de Huesca, por lo menos en aquel momento. El punto estratégico era la carretera que conducía a Jaca, en el otro sector. Más tarde, cuando los anarquistas atacaron la carretera de Jaca, nuestra tarea consistió en hacer «ataques de distracción» y obligar a los fascistas a retirar tropas del otro lado.

Durante todo este tiempo, unas seis semanas, sólo se realizó una acción en nuestra parte del frente. Fue un ataque que nuestras tropas de choque dirigieron contra el Manicomio, un asilo para enfermos mentales fuera de uso que los fascistas habían convertido en una fortaleza. Varios cientos de refugiados alemanes que servían en el POUM habían constituido un batallón especial llamado Batallón de Choque, el cual, desde un punto de vista militar; se encontraba a un nivel superior al alcanzado por el resto de la milicia. Sin duda, se parecían más a soldados que cualquier otra tropa que yo haya visto en España, exceptuando la Guardia de Asalto y sectores de la Columna Internacional. El ataque, como de costumbre, se vio frustrado. ¿Cuántas operaciones efectuadas en esta guerra por tropas del gobierno no acabarían por frustrarse? El Batallón de Choque tomó el Manicomio por asalto, pero los hombres de no recuerdo ya qué milicia, encargados de apoyarlo ocupando la colina vecina al Manicomio, sufrieron una derrota aplastante. El capitán que los comandaba era uno de esos militares de carrera, de lealtad dudosa, a quienes el gobierno persistía en emplear. Fuera por miedo o por traición, puso sobre aviso a los fascistas arrojando una granada cuando estaban a doscientos metros. Me satisface poder decir que sus hombres lo mataron en el acto. Pero el ataque perdió su carácter de sorpresa, y los milicianos fueron machacados por un fuego cerrado y expulsados de la colina. Al anochecer; la milicia de choque tuvo que abandonar el Manicomio. Durante toda la noche, las ambulancias enfilaron el abominable camino a Siétamo, terminando de matar a los heridos graves con sus vaivenes.

Por aquel entonces todos teníamos piojos. Si bien seguía haciendo frío, la temperatura ya permitía su aparición. Sobre asquerosos bichos corporales tengo una amplia experiencia y puedo afirmar que, en cuanto a ensañamiento, el piojo sobrepasa a todo lo conocido. Otros insectos, los mosquitos por ejemplo, hacen sufrir más, pero, por lo menos, no son bichos residentes. El piojo a veces se asemeja a un diminuto cangrejo, y vive preferentemente en los pantalones. Aparte de quemar la ropa, no hay otra manera conocida de librarse de él. En las costuras de los pantalones depositan sus brillantes huevos blancos, como diminutos granos de arroz, que originan grandes familias a extraordinaria velocidad.

Creo que a los pacifistas les sería útil ilustrar sus escritos con fotografías ampliadas de piojos. ¡Gloria de la guerra, sin duda! En la guerra, todos los soldados tienen piojos, al menos cuando hace bastante calor. Los hombres que lucharon en Verdún, Waterloo, Flandes, Senlac, Las Termópilas, todos ellos tenían piojos arrastrándose por sus testículos. Nosotros logramos mantenerlos a raya, hasta cierto punto, quemando los huevos y bañándonos con tanta frecuencia como podíamos soportarlo. Nada, sino la existencia de piojos, me hubiera arrastrado hasta ese río helado.

Todo escaseaba: botas, ropa, tabaco, jabón, velas, fósforos, aceite de oliva. Nuestros uniformes se caían a pedazos, y muchos de los hombres carecían de botas y usaban sandalias con suela de esparto. Por todas partes se veían pilas de calzado desgastado. Una vez mantuvimos ardiendo un fuego durante dos días a base de botas, que no constituían u  mal combustible. Por esa época mi esposa se encontraba en Barcelona y solía mandarme té, chocolate y hasta cigarros, cuando era posible conseguirlos; incluso en Barcelona todo escaseaba, en especial el tabaco. El té era un regalo del cielo, aunque carecíamos de leche y casi nunca teníamos azúcar. Desde Inglaterra siempre enviaban paquetes a los hombres de nuestro contingente, pero nunca llegaban; alimentos, ropa, cigarrillos, todo era rechazado por la oficina de correos o confiscado en Francia. Resulta bastante curioso que la única entidad que logró mandar paquetes de té —y, en una memorable ocasión, una lata de bizcochos— a mi esposa fue la Army and Navy Stores. ¡Pobre Army and Navy! Cumplían su deber con notable eficacia, pero quizá se habrían sentido más felices si el contenido hubiera ido a parar al bando franquista de la barricada. Lo peor era la escasez de tabaco. Al comienzo se nos entregaba un paquete de cigarrillos por día, luego sólo ocho cigarrillos diarios y después cinco. Por fin, hubo diez días espantosos en que no se distribuyó nada de tabaco. Por primera vez en España, vi algo que se ve todos los días en Londres: gente recogiendo colillas. Hacia finales de marzo se me infectó una mano; me la abrieron y tuve que llevar el brazo en cabestrillo. Tuve que ingresar en un hospital, pero no valía la pena ir a Siétamo por una herida tan leve, de modo que permanecí en el llamado hospital de Monflorite, que no era otra cosa que un centro de distribución de heridos. Estuve allí diez días, parte de ellos en cama. Los practicantes me robaron casi todos los objetos de valor que poseía, incluidas la máquina fotográfica y las fotos. Todos robaban en el frente, como efecto inevitable de la escasez, pero el personal hospitalario siempre era el más ladrón. Tiempo después, en el hospital de Barcelona un norteamericano, que había viajado para unirse a la Columna Internacional en una nave que fue torpedeada por un submarino italiano, me contó que lo habían llevado herido hasta la orilla y que, mientras lo subían a la ambulancia, los camilleros le robaron el reloj de pulsera.

 Mientras tuve el brazo en cabestrillo, pasé varios días felices vagando por la campiña. Monflorite era el acostumbrado amontonamiento de casas de barro y piedra, con estrechas callejuelas tortuosas semidestrozadas por los cañones hasta el punto de parecerse a los cráteres de la luna. La iglesia había quedado muy mal parada, pero era usada como depósito militar. En toda la vecindad había sólo dos granjas: Torre Lorenzo y Torre Fabián, y sólo dos edificios verdaderamente grandes, sin duda las casas de los terratenientes que alguna vez dominaron la zona; su riqueza contrastaba con las chozas miserables de los campesinos.

Justo detrás del río, cerca de la línea del frente, había un enorme molino harinero con una casa de campo. Sentía vergüenza al ver la enorme y costosa maquinaria oxidándose inútilmente y las tolvas de madera destrozadas para alimentar el fuego. Más tarde, para conseguir leña destinada a las tropas situadas en la retaguardia, se enviaron en camiones grupos de hombres que arrasaron el lugar sistemáticamente. Solían romper el suelo de una habitación arrojando en ella una granada. La Granja, nuestro almacén y cocina, probablemente había sido alguna vez un convento. Tenía grandes patios y dependencias exteriores, que ocupaban poco más de media hectárea, con establos para treinta o cuarenta caballos. Las casas de campo en esa región de España no encierran interés desde el punto de vista arquitectónico, pero sus granjas, de piedra enjalbegada, con arcos redondos y magníficas vigas, son lugares de gran nobleza, construidos de acuerdo con un plan que probablemente no ha sufrido alteraciones a lo largo de siglos. A veces, uno sentía una especie de oculta simpatía hacia los ex propietarios fascistas, al ver cómo trataba la milicia los edificios confiscados. En La Granja, toda habitación que no estuviera en uso había sido convertida en letrina —un horrible amontonamiento de muebles destrozados y excrementos—. La pequeña capilla adyacente, con las paredes perforadas por proyectiles, tenía el suelo cubierto de excrementos. En el gran patio donde los cocineros distribuían las raciones, el amontonamiento de latas oxidadas, barro, bosta y residuos en putrefacción era asqueante. Confirmaba una vieja canción militar: ¡Hay ratas, ratas, ratas, ratas grandes como gatas en el almacén de intendencia!

Las que había en La Granja misma realmente eran grandes como gatos, enormes bestias hinchadas que se tambaleaban sobre lechos de excrementos, demasiado audaces como para huir a menos que se disparara contra ellas.

Por fin había llegado la primavera. El azul del cielo era más suave, el aire se tornó de pronto perfumado. Las ranas chapaleaban ruidosamente en las zanjas. Alrededor del bebedero al que acudían las mulas de la aldea encontré exquisitas ranas del tamaño de un penique, de un color verde tan brillante que la hierba joven parecía opaca a su lado. Los chicos salían con baldes en busca de caracoles, y luego los asaban vivos sobre planchas de hojalata. En cuanto el tiempo mejoró los campesinos comenzaron a aparecer para la labranza primaveral.

Prueba la confusión que envuelve a la revolución agraria española el hecho de que no pude averiguar con certeza si la tierra estaba colectivizada o si los campesinos simplemente se la habían dividido entre ellos. Me imagino que, en teoría, estaba colectivizada, pues era territorio anarquista y del POUM. En cualquier caso, los propietarios habían desaparecido, los campos se cultivaban y el pueblo parecía satisfecho. La cordialidad que nos dispensaban los campesinos nunca dejó de asombrarme. Para algunos de los más viejos la guerra debía de carecer de sentido; evidentemente ocasionaba una escasez general y deparaba a todos una vida triste y monótona. Además, hasta en los mejores momentos, los campesinos odian tener tropas establecidas entre ellos. Con todo, se mostraban invariablemente cordiales; supongo que se debía a la idea de que, por intolerables que pudiéramos resultarles en algunos aspectos, los protegíamos de sus antiguos patrones. La guerra civil es algo extraño. Huesca no estaba ni a diez kilómetros de distancia, era la ciudad mercado de esta gente, tenían parientes allí y todas las semanas de su vida la habían visitado para vender sus gallinas y sus verduras. Y ahora, desde hacía ocho meses, una barrera impenetrable de alambradas y ametralladoras los separaba de ella. A veces olvidaban está situación. En cierta oportunidad, me encontraba hablando con una anciana que llevaba una de esas diminutas lámparas de hierro en las que los españoles queman aceite de oliva. «¿Dónde puedo comprar una lamparilla como ésta?», le pregunté. «En Huesca», me respondió sin pensar, y luego ambos nos echamos a reír. Las chicas de la aldea eran espléndidas criaturas llenas de vida, con negrísimos cabellos y ondulantes andares. Tenían una actitud desenvuelta y franca de camarada, como de hombre a hombre, lo cual probablemente era una consecuencia de la revolución.

Hombres de raídas camisas azules y pantalones de pana negra, con sombreros de paja de ala ancha, araban los campos detrás de las mulas, que sacudían rítmicamente sus orejas. Sus arados eran unos artilugios espantosos que sólo revolvían el suelo, sin abrir nada que pudiera considerarse un surco. Los aperos de labranza eran penosamente anticuados debido al alto precio de todo lo que fuera de metal. Un arado roto, por ejemplo, se arreglaba una y otra vez hasta quedar constituido casi por completo de remiendos. Horcas y rastrillos se hacían de madera. No se conocían las palas en ese pueblo en que casi nadie poseía botas; cavaban con una azada ridícula semejante a las que se utilizan en la India. Había una grada que procedía directamente de las postrimerías de la Edad de Piedra. Estaba hecha de tablones unidos entre sí y tenía el tamaño de una mesa de cocina; en cada tablón se habían hecho centenares de agujeros, en cada uno de los cuales se había colocado un trozo de pedernal tallado con esa forma siguiendo el mismo procedimiento que los hombres solían utilizar hace diez mil años. Recuerdo mi sentimiento cercano al horror la primera vez que vi uno de estos objetos en una choza abandonada en tierra de nadie. Tuve que pensármelo dos veces antes de darme cuenta de que se trataba de una especie de grada. Me enfermó pensar en el trabajo que debía de haber dado la construcción de semejante cosa, y en la pobreza que obligaba a utilizar pedernal en lugar de acero. Desde entonces ha aumentado mi simpatía por el progreso industrial. A pesar de todo, en la aldea había dos tractores modernos, confiscados sin duda al principal terrateniente de la zona.

Una o dos veces fui a pasear por el pequeño cementerio, situado a unos dos kilómetros. Los caídos en el frente se enviaban por lo general a Siétamo, pero allí se daba sepultura a los muertos de la aldea. Era extrañamente distinto de un cementerio inglés. ¡No existía ninguna reverencia hacia los muertos! Por todas partes crecían arbustos y hierbajos, y en más de un lugar se apilaban huesos humanos. La ausencia de inscripciones religiosas en las lápidas era casi completa y esto resultaba tanto más sorprendente porque todas ellas correspondían al periodo anterior a la revolución. Creo que sólo vi una vez el «Rezad por el alma de Fulano de Tal», común en las tumbas católicas. La mayoría de las inscripciones eran puramente seculares, con ridículos poemas sobre las virtudes del difunto. Quizá en una de cada cuatro o cinco tumbas se advertía una pequeña cruz o una referencia formal al Cielo, que algún ateo industrioso generalmente había logrado atenuar con un punzón.

Me sorprendió que la gente de esa región de España careciera de genuinos sentimientos religiosos, en el sentido ortodoxo. Durante toda mi estancia nunca vi persignarse a ninguna persona, a pesar de que ese movimiento llega a hacerse instintivo, haya o no haya una revolución. Evidentemente, la Iglesia española retornará (como dice el refrán: la noche y los jesuitas siempre retornan), pero no cabe duda de que con el estallido de la revolución se desmoronó y fue aplastada hasta un punto que resultaría inconcebible incluso para la moribunda Iglesia de Inglaterra en circunstancias similares. Para el pueblo español, al menos en Cataluña y Aragón, la Iglesia era pura y simplemente un fraude sistematizado. Y es posible que la creencia cristiana fuera reemplazada en cierta medida por el anarquismo, cuya influencia está ampliamente difundida y que, sin duda, posee un matiz religioso.

Precisamente el día en que regresé del hospital hicimos avanzar nuestra línea hasta la que era realmente su ubicación adecuada, unos mil metros hacia delante, siguiendo el arroyuelo situado a unos doscientos metros de la línea enemiga. Esta operación debió haberse realizado muchos meses antes. En ese momento se hacía porque los anarquistas estaban atacando en la carretera de Jaca y nuestro avance obligaba a los fascistas a distraer algunas tropas para hacernos frente. Pasamos sesenta o setenta horas sin dormir, y mis recuerdos se pierden en una suerte de bruma o, más bien, en una serie de imágenes: el espionaje en la tierra de nadie, a unos cien metros de la Casa Francesa, una granja fortificada que pertenecía a la línea fascista. Siete horas tirado en un horrible pantano, en un agua con olor a juncos, donde el cuerpo se hundía cada vez más; el frío paralizante, las estrellas inmóviles en el cielo negro, el áspero croar de las ranas. Aunque era abril, fue la noche más fría que recuerdo de España. A unos cien metros detrás de nosotros, los equipos de trabajo se dedicaban intensamente a su tarea, pero había un silencio total, exceptuado el coro de las ranas. Sólo una vez durante la noche oi un ruido, el sonido familiar de un saco de arena aplastado con una azada. Resulta extraño que, algunas veces, los españoles puedan llevar a cabo una brillante hazaña de organización. Todo el movimiento Se desarrolló según un hermoso plan. En siete horas, seiscientos hombres construyeron seiscientos metros de trinchera y parapeto, a distancias que oscilaban desde ciento cincuenta a trescientos metros de la línea enemiga, y ello en tal silencio que los fascistas no oyeron nada y sólo se produjo una baja. Al día siguiente hubo más, desde luego. Cada hombre tenía asignada una tarea, hasta los ayudantes de la cocina llegaron de pronto, cuando el trabajo estaba ya realizado, con baldes de vino mezclado con coñac.

Y nada más despuntar el alba los fascistas descubrieron que estábamos allí. El bloque blanco y cuadrado de la Casa Francesa, aunque situado a unos doscientos metros, semejaba levantarse por encima de nosotros, y las ametralladoras en las ventanas superiores, protegidas con sacos de arena, parecían apuntar directamente hacia nuestra trinchera. Nos quedamos contemplándola boquiabiertos, preguntándonos cómo era posible que los fascistas no nos vieran. Entonces hubo un horrible remolino de balas y todo el mundo cayó de rodillas y comenzó a cavar frenéticamente, ahondado la trinchera y levantando pequeños montículos en el borde. Mi brazo seguía vendado, no podía cavar, y pasé la mayor parte de ese día leyendo una novela policíaca cuyo nombre era El prestamista desaparecido. No recuerdo el argumento, pero sí, muy claramente, el hecho de estar allí leyéndola; la arcilla húmeda del fondo de la trinchera debajo de mí, el cambio constante en la posición de mis piernas para dar paso a los hombres que corrían agachados, el crac—craccrac de las balas pocos centímetros por encima de mi cabeza. Thomas Parker recibió un balazo en medio del muslo, lo cual, como él decía, estaba más cerca de ser un DSO de lo que le hubiera gustado. Se producían bajas en toda la línea de fuego, pero mínimas en comparación con lo que habría pasado si nos hubieran descubierto durante la noche. Un desertor nos contó después que cinco centinelas fascistas fueron fusilados por negligencia. Incluso en ese momento habrían podido masacrarnos si hubieran tenido la iniciativa de traer unos pocos morteros. Resultaba difícil transportar a los heridos a lo largo de la angosta y abarrotada trinchera. Vi a un pobre diablo, con los pantalones oscuros de sangre, caer de su camilla y jadear agonizante. Había que cargar a los heridos a lo largo de unos dos kilómetros, pues aunque existía un camino, las ambulancias nunca se acercaban mucho al frente. Cuando lo hacían, los fascistas tenían la costumbre de bombardearlas, lo cual podía explicarse por el hecho de que en la guerra moderna nadie tiene escrúpulos en utilizar una ambulancia para transportar municiones.  Y entonces, a la noche siguiente, la espera en Torre Fabián para iniciar un ataque que fue suspendido en el último momento vía telégrafo. En el suelo del granero donde aguardábamos, una delgada capa de granzas cubría gran cantidad de huesos humanos y vacunos mezclados, y todo el lugar estaba invadido por las ratas. Las monstruosas bestias surgían a raudales por todas partes. Si hay algo que odio es una rata corriendo sobre mi en la oscuridad. Aquella noche tuve la satisfacción de darle a una de ellas un buen puñetazo que la mandó volando por el aire.

Y entonces, la espera de la orden de atacar a cincuenta o sesenta metros del parapeto fascista. Una larga línea de hombres agazapados en una zanja, con las bayonetas asomando por el borde y el blanco de los ojos brillando en la oscuridad. Kopp y Benjamín en cuclillas detrás de nosotros, junto a un hombre que llevaba un receptor telegráfico sin hilos a hombros. Hacia el oeste, en el horizonte occidental se veían resplandores rosados, seguidos a los pocos segundos por enormes explosiones.

Y entonces el ruido, pip—pip—pip, procedente del telégrafo y un susurro ordenando que nos retiráramos mientras todavía nos fuera posible. Lo hicimos, pero no con bastante rapidez. Doce infortunados muchachitos de la JCI (la liga juvenil del POUM, correspondiente a la JSU del PSUC), que habían estado apostados a sólo cuarenta metros del parapeto fascista, se dejaron sorprender por la aurora y no pudieron escapar. Tuvieron que yacer allí todo el día, apenas cubiertos por los matorrales, mientras los fascistas disparaban sobre ellos cada vez que se movían. Al caer la noche, siete habían muerto y los otros cinco se las ingeniaron para arrastrarse en la oscuridad hasta nuestra posición.

Y entonces, durante muchas de las mañanas siguientes, el fragor de los ataques anarquistas al otro lado de Huesca. Siempre el mismo fragor. De pronto, en algún momento de la madrugada, el estallido inicial de varias docenas de bombas que explotan simultáneamente —incluso a esa distancia, un estallido diabólico y desgarrante—, y luego el estruendo ininterrumpido de fusiles y ametralladoras, curiosamente similar al de los tambores. Poco a poco, el fuego se iría extendiendo a todos los frentes que rodeaban Huesca, y nosotros nos precipitaríamos a las trincheras para apoyarnos adormecidos contra el parapeto, mientras un fuego carente de sentido pasaba sobre nuestras cabezas.

Durante el día, los cañones tronaban a rachas. Torre Fabián, nuestra nueva cocina, fue bombardeada y parcialmente destruida. Resulta curioso que, cuando uno contempla el fuego de artillería desde una distancia segura, siempre desea que el artillero dé en el blanco, aunque éste contenga la cena propia y la de algunos camaradas. Los fascistas disparaban bien esa mañana; quizá se trataba de artilleros alemanes. Localizaron Torre Fabián con bastante precisión: un tiro pasado, un tiro corto y luego: fsss—¡BUM! Las vigas saltaron por los aires y una plancha de uralita posándose como un naipe arrojado sobre una mesa. El siguiente proyectil arrancó la esquina de un edificio tan limpiamente como podría haberlo hecho un gigante con un cuchillo. Los cocineros sirvieron la cena de manera puntual, hazaña sin duda memorable.

A medida que pasaban los días, íbamos distinguiendo las diferencias de los cañones invisibles, pero audibles. Había dos baterías de cañones rusos de 75 mm que disparaban desde nuestra retaguardia y que, de alguna manera, evocaban en mi mente la imagen de un hombre gordo golpeando una pelota de golf. Eran los primeros cañones rusos que veía o, más bien, oía. Tenían una trayectoria baja y velocidad muy alta, de modo que uno oía la explosión, el silbido y el estallido del proyectil de manera casi simultánea. Detrás de Monflorite había dos pesados cañones que disparaban pocas veces al día, con un rugido profundo y sordo semejante al aullido de distantes monstruos encadenados. En la fortaleza medieval de Monte Aragón, tomada por las tropas leales el año anterior (fortaleza que en toda su historia nunca había sido conquistada, según se decía), y que dominaba uno de los accesos a Huesca, funcionaba un pesado cañón, construido sin duda en el siglo XIX. Sus grandes proyectiles pasaban silbando con tanta lentitud que uno tenía la sensación de que podía correr a la par de ellos. Un proyectil de este cañón sonaba algo así como un ciclista que pasara pedaleando y silbando al mismo tiempo. Los morteros de trinchera, tan pequeños como eran, producían el peor ruido. Sus proyectiles son una especie de torpedo alado, de forma similar a los dardos que se arrojan en los sitios de recreo, y del tamaño de un botellín; explotan con un sonido metálico diabólico, como el de algún monstruoso globo de acero al estrellarse sobre un yunque. A veces nuestros aeroplanos sobrevolaban el lugar y soltaban esos torpedos aéreos cuyo tremendo rugido hace temblar la tierra a tres o cuatro kilómetros de distancia. Los disparos de la artillería antiaérea fascista punteaban el cielo como nubecitas en una mala acuarela, pero nunca vi que se acercaran siquiera a mil metros de un aeroplano. Cuando un avión desciende en picado y emplea su ametralladora, las descargas se perciben desde abajo como un batir de alas.

En nuestro sector no era mucho lo que ocurría. Doscientos metros a nuestra derecha, donde los fascistas se encontraban en terreno más alto, sus tiradores apostados mataron a unos cuantos de nuestros camaradas. Doscientos metros a la izquierda, en el puente sobre el río, tenía lugar una especie de duelo entre los morteros fascistas y los hombres que construían una barricada de cemento que atravesaba el puente. Los pequeños proyectiles funestos pasaban por encima —sss— crash—sss—crash— produciendo un ruido doblemente infernal cuando se estrellaban contra el camino asfaltado. A unos cien metros, se podía estar perfectamente a salvo y observar las columnas de polvo y humo negro que se elevaban como árboles mágicos. Los pobres diablos en los alrededores del puente pasaban gran parte del día ocultos en los pequeños refugios cavados cerca de la trinchera. Pero hubo menos bajas de lo que podría haberse esperado, y la barricada, una pared de cemento de medio metro de espesor, con troneras para dos ametralladoras y un pequeño cañón de campaña, fue construyéndose sin interrupciones. El cemento era reforzado con viejos armazones de cama, aparentemente el único hierro que había podido encontrarse para ese fin.


George Orwell


Primera edición de "Homage to Catalonia". Secker and Warburg, Inglaterra, 1938