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2265. Febrero, 1936. El triunfo del Frente Popular

Madrid, 16 de febrero de 1936 - Foto: Santos Yubero


Triunfante la República merced a las elecciones municipales celebradas el 12 de abril de 1931, las fuerzas izquierdistas y republicanas vencen también de una manera contundente en las legislativas que tienen lugar el 28 de junio del mismo año para designar a los integrantes de las Cortes Constituyentes. Disueltas las Constituyentes en el otoño de 1933, vuelven a celebrarse elecciones legislativas el 19 de noviembre. Aunque otra cosa se haya dicho muchas veces, hasta el punto de que algunos lo tengan por verdad indiscutible, en esta nueva consulta tornan a obtener mayor número de votos y diputados las organizaciones y partidos adictos a la República que los monárquicos e indiferentes a la forma de gobierno unidos. En efecto, en el segundo Parlamento republicano se sientan 217 representantes derechistas —de ellos 115 cedistas frente a 158 centristas -102 republicanos radicales como núcleo fundamental y 98 socialistas v republicanos de izquierda. En el quebranto sufrido por las fuerzas izquierdistas influyen poderosamente la profunda división entre ellas —socialistas v comunistas presentan candidaturas independientes de los republicanos en casi todas las circunscripciones, mientras las derechas van estrechamente unidas—, el voto femenino, va que es la primera vez que la mujer hace uso del sufragio, y la abstención electoral del millón de afiliados de la C.N.T. que prefieren la acción revolucionaria a la política. Pese a todo, los sufragios republicanos son muy superiores a los monárquicos.

La obra de este segundo Parlamento de la República es clara y netamente negativa. Parece que su única misión consiste en deshacer todo lo que bueno ó malo han hecho las Constituyentes. Con entera claridad lo dice el propio Gil Robles en un articulo publicado en enero de 1936 en el que afirma textualmente: «Fueron muchos los patronos y terratenientes que en cuanto llegaron las derechas al poder, revelaron un suicida egoísmo, disminuyendo los .salarios, elevando las rentas, tratando de llevara cabo expulsiones injustas v olvidando las desgraciadas experiencias de los años 1931 a 1933». La reforma agraria queda totalmente paralizada, la legislación tiene un matiz revanchista que ahonda las diferencias sociales y agudiza los conflictos obreros, mientras la situación económica —por causas internas y por repercusiones de la crisis internacional—reviste caracteres de extremada gravedad. El paro obrero sigue una curva claramente ascendente y a finales de 1935 alcanza ya a más ele 600.000 trabajadores.

El problema político fundamental del período es si la minoría más numerosa de la Cámara la CEDA, que considera accidentales las formas de gobierno v no se ha declarado republicana debe participar en el gobierno de un régimen recién nacido y no totalmente consolidado. Los radicales que constituyen la segunda minoría en número de las Cortes entienden que si; los socialistas v el resto de los republicanos consideran, en cambio, que no y que su acceso al poder equivaldría a una entrega de la República a sus enemigos. Cuando en octubre de 1934 se confían varias carteras a los cedistas, estalla un movimiento revolucionario izquierdista que adquiere particular virulencia en Barcelona y Asturias. A la rebelión vencida sigue una represión que alcanza particular dureza en la cuenca minera asturiana. El segundo bienio republicano —calificado de negro por las izquierdas— tiene una duración ligeramente superior a dos años porque se extiende hasta el 7 de enero de 1936 en que se disuelven las Cortes. Se caracteriza, aparte del problema constitucional de la intervención cedista en el Gobierno, de la revolución asturiana y su represión, por los frecuentes cambios ministeriales, la polarización de la opinión nacional en dos bloques extremos de casi imposible conciliación, los conflictos sociales, las maniobras políticas y los escándalos que desacreditan al partido radical en torno al cual gira la política gubernamental durante estos críticos veinticinco meses. En ellos se constituyen once gobiernos distintos aunque cinco sean presididos por una misma persona, don Alejandro Lerroux lo que demuestra la extremada inestabilidad ministerial fruto de las intrigas personales y la falta de una mayoría parlamentaria homogénea y disciplinada.

Poco después del último gobierno presidido por Lerroux y en el que Gil Robles desempeña la cartera de Guerra, estalla en noviembre de 1935 el formidable escándalo del "estraperlo", en el que aparecen personalmente complicados significados personajes del partido radical, al que suceden pocas semanas más tarde las acusaciones lanzadas por el señor Nombela. La obligada dimisión de los ministros radicales, plantea la crisis total del gabinete que preside Chapaprieta. Le sustituye un gobierno encabezado por Portela Valladares con algunos radicales, independientes v agrarios que, francamente minoritario en las Cortes, es sustituido por otro presidido por el mismo político a finales de diciembre, que el día 7 de enero de 1936 recibe de manos del Presidente de la República el decreto de disolución de Cortes.


Anticomunismo y antifascismo

La «Gaceta» del 8 de enero de 1936 publica tres decretos firmados el día anterior por don Niceto Alcalá Zamora. Por el primero se disuelven las primeras Cortes ordinarias de la segunda República; por el segundo se convocan nuevas elecciones legislativas para el domingo 16 de febrero siguiente y por el tercero se levanta el estado de alarma imperante en la nación y se restablecen las plenas garantías constitucionales durante todo el período electoral.

Cuando comienzan los preparativos y la propaganda con vistas a la próxima contienda electoral, la opinión aparece dividida en dos grandes bloques violentamente enfrentados. De un lado están las fuerzas conservadoras, antimarxistas y contrarrevolucionarias que van desde la Falange hasta los agrarios pasando por la CEDA y el Bloque Nacional; del otro, los partidos republicanos de izquierda, socialistas y comunistas apoyados por las organizaciones sindicales. En el centro sólo quedan los restos del desprestigiado partido republicano radical, los progresistas de Portela, los moderados de Maura, la Liga regionalista catalana v el Partido Nacionalista Vasco. (Esta serie de organizaciones centristas sólo consiguen en conjunto poco más de medio centenar de actas. No obstante, el jefe del Gobierno, don Manuel Portela Valladares, apoyado e inspirado por el presidente de la República, acaricia la engañosa ilusión de hacer triunfar el numero de amigos y simpatizantes suficientes para constituir un partido poderoso que, colocado entre los dos grandes bloques hostiles, impida un choque peligroso y sangriento entre ambas tendencias extremas.) A diferencia de lo que sucede en 1933, las derechas no van totalmente unirlas en las nuevas elecciones, pese a que en una mayoría de provincias se establecen acuerdos entre sus partidos representativos. Gil Robles, seguro del triunfo, prescinde de algunos sectores antimarxistas —la Falange, por ejemplo— para conseguir así los trescientos diputados de la CEDA con los que aspira a gobernar en un futuro inmediato sin cortapisas de ningún género. Como consecuencia de ello los tradicionalistas, los monárquicos alfonsinos y los falangistas tienen que presentar candidaturas independientes en ciertas circunscripciones. Las izquierdas, en cambio, escarmentadas por lo sucedido tres años atrás, logran constituir —no sin largas y difíciles negociaciones— un llamado Frente Popular que comprende desde Unión Republicana al Partido Sindicalista, pasando por la Esquerra catalana, otros grupos republicanos, los socialistas, los comunistas y el POUM. El día 15 de enero se hace público el programa del Frente Popular —en buena parte redactado por don Felipe Sánchez Román, que al final se niega a firmarlo, disconforme con la participación comunista—. Se trata de las directrices de un programa gubernamental que habrá de ser desarrollado desde el poder «por los partidos republicanos de izquierda con el apoyo de las fuerzas obreras en caso de victoria». El programa. relativamente moderado, afirma que sólo gobernarán los republicanos; que no se irá a la nacionalización de la tierra ni de la banca; que toda expropiación se realizará únicamente mediante la oportuna y justa indemnización; que se tomarán medidas para ordenar la producción industrial, el mejoramiento del nivel de vida, la redención del campesino y del agricultor mediano y pequeño; una extensión e intensificación de la enseñanza primaria para terminar con la lacra vergonzosa del analfabetismo y el restablecimiento de las garantías constitucionales, al mismo tiempo que se vigoriza el principio de autoridad y se garantiza el mantenimiento del orden público. Aparte de todo esto y como primera y más urgente medida, propugna una amplia amnistía para toda clase de delitos políticos y sociales, especialmente para los cometidos con ocasión de los sucesos revolucionarios de octubre de 1934.

Fundamento y eje en torno al cual gira toda la propaganda electoral es el anticomunismo para las derechas e el antifascismo para las izquierdas. Resulta significativo consignar al respecto que ni los comunistas ni los fascistas tienen en la España de 1936 la fuerza e influencia que sus enemigos les atribuyen. En efecto, el Partido Comunista no logra una sola acta en las elecciones de 1931 y únicamente consigue la designación del médico Cayetano Bolivar en 1933, mientras José Antonio es derrotado tanto el año que triunfa la República como en 1936. Más curiosa aún es la coincidencia de que los dos primeros diputados que en el Parlamento español se proclaman comunista y falangista —Balbontín el primero y Primo de Rivera el segundo— se llamen José Antonio y que ninguno de los dos sea elegido con la representación que una vez designados ostentan. Balbontín resulta elegido en Sevilla como radical socialista de izquierdas y Primo de Rivera en Cádiz en 1933 formando parte del bloque derechista.


Una jornada electoral tranquila

Aunque la campaña de propaganda electoral se desarrolla en un clima de apasionada vehemencia, la jornada del 16 de febrero discurre en toda España con absoluta normalidad. Desde muy temprano hay una afluencia masiva a los colegios ante los que se forman largas colas que aguardan horas enteras en completa calma. La votación se realiza en todas partes sin alteraciones dignas de mención y el escrutinio concluye en un orden perfecto. El tanto por ciento de votantes resulta superior que en anteriores ocasiones, prueba inequívoca del interés que para todos encierra la contienda ciudadana. Desde primeras horas de la noche del domingo se tiene la firme impresión de una clara victoria del Frente Popular; en la mañana del lunes no sólo se confirman las primeras impresiones, sino que aumenta la magnitud del triunfo logrado por las izquierdas. En Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza y otras ciudades importantes la diferencia de votos no deja lugar a la más mínima duda. Ni siquiera hay que esperar a la segunda vuelta, señalada para el 1 de marzo, porque la veintena de escaños que aún están en el aire no pueden influir ya en el resultado total de la consulta electoral. En efecto, en esta primera vuelta han resultado elegidos 258 diputados del Frente Popular, mientras las derechas no consiguen más que 152 y otros 52 los centristas.

En el nuevo parlamento la minoría mas numerosa vuelve a ser, como en 1931, la socialista, seguida de cerca por las de la CEDA e Izquierda Republicana, que preceden a las de Unión Republicana y Esquerra de Cataluña. Los centristas de Portela Valladares son 16, igual que los comunistas. Doce escaños alcanzan la Lliga Regionalista, los agrarios y los monárquicos. Por último, los tradicionalistas logran 9 diputados, 6 los progresistas y 4 los radicales. Por su parte, Falange Española no consigue una sola acta, pese a presentar candidatos en numerosas circunscripciones.

También el Frente Popular alcanza la victoria por el número de votos logrados, si bien las cifras que unos y otros barajan con posterioridad constituyen motivo de encontradas opiniones y grandes controversias. Existe para ello una causa fácil de explicar: la disparidad en la cifra de las distintas votaciones. Aparte de las arrojadas por la primera vuelta electoral, en torno a las cuales no puede haber discusión, están las de la segunda vuelta celebrada quince días después y la nueva votación efectuada con bastante posterioridad en aquellas circunscripciones en que las actas fueron anuladas por irregularidades o anomalías. En los cuarenta años transcurridos desde entonces, muchos hacen cubileteos con los votos conseguidos en una u otra ocasión, sumando los de la segunda y tercera vueltas a los de la primera para el bando que goza de sus simpatías y no haciendo lo mismo con el adversario. La realidad es que tampoco en este sentido se presta a discusión el triunfo del Frente Popular. Aunque no exista una diferencia aplastante de votos —4.540.000 sufragios para el Frente Popular, contra 4.300.000 sumados los obtenidos por el centro y la derecha— la ley electoral, que concede una prima considerable a la mayoría, determina que los diputados de izquierda casi dupliquen a sus adversarios de la derecha. Aparte, claro está, de los escaños centristas elegidos por los votos de quienes aun siendo moderados, no dejan de ser republicanos y liberales.


Rumores, gestiones y amenazas

Pero todas estas discusiones acerca de los resultados electorales del 16 de febrero de 1936 se producen meses, años e incluso lustros después de ocurridos los hechos. En los primeros días, en las jornadas del 17, 18, 19 y sucesivas del mes de febrero, nadie tiene la más ligera duda de que la victoria es del Frente Popular. Ni el gobierno ni los políticos ni los periódicos lo ponen en tela de juicio. Hay una coincidencia absoluta de pareceres y hasta los más decididos y combativos antimarxistas admiten e incluso proclaman su triunfo. José Antonio Primo de Rivera escribe un famoso artículo en que reconoce el éxito izquierdista, que atribuye a la ceguera política y al egoísmo de las derechas. Gil Robles por su parte visita a Portela Valladares para urgirle a levantar el dique de una declaración del estado de guerra contra los posibles excesos de las masas obreras al conocer toda la magnitud del triunfo conseguido.

No es Gil Robles el único en visitar a Portela Valladares ni en ver en la declaración del estado de guerra una solución momentánea a la crisis planteada por el éxito electoral izquierdista. Según cuenta Arrarás en la página 223 de su biografía de Franco, publicada en Valladolid en 1937, el entonces jefe del Estado Mayor Central realiza diversas gestiones con el ministro de la Guerra, el inspector jefe de la Guardia Civil y el todavía presidente del Gobierno con el mismo objeto. Asimismo conferencian con Portela, Martínez de Velasco, Goicoechea y Calvo Sotelo. Incluso por Madrid circulan insistentes rumores de un golpe de Estado, cuyo objetivo fundamental es impedir que el poder sea entregado, como corresponde constitucionalmente, al Frente Popular triunfante en aquellas elecciones generales. Las últimas que se celebrarán en España durante los siguientes cuarenta años.

El propio don Manuel Azaña se hace eco de estas alarmas y lo hace constar así de una manera expresa en las anotaciones de su «Diario» correspondiente al 19 de febrero de 1936 (páginas 563 y 564 del tomo IV de sus «Obras Completas») si bien no acaba de tomarlas muy en serio. Da por descontado que en cuanto se rumorea no hay más que un exceso de fantasía y despectivamente escribe hablando de los posibles conspiradores: «No creo que haya ninguno dispuesto a jugarse nada en serio». (Lo habrá, desgraciadamente, unos meses después y el resultado será una trágica guerra civil que costará la vida a varios cientos de miles de españoles).

Pero aun triunfante el Frente Popular el 16 de febrero debe esperarse a la segunda vuelta —aunque sus resultados no pueden modificar ya la mayoría parlamentaria— antes de plantear la crisis el gobierno que ha dirigido la consulta electoral y recibir el encargo de formar un nuevo ministerio el representante del bloque victorioso. Sin embargo todo esto no pasa de ser pura doctrina constitucional de difícil aplicación en un país que atraviesa por momentos tan críticos. Aunque ni Azaña ni los partidos republicanos de izquierda tienen la menor prisa por hacerse cargo del poder, el 19 de febrero el señor Portela Valladares, totalmente derrumbado por la victoria izquierdista y abrumado por la amenaza de un posible golpe de Estado, decide abandonar su puesto y esa misma tarde don Manuel Azaña tiene que formar un gobierno que entra en funciones inmediatamente. «Siempre he temido —escribe el interesado— que volviéramos al gobierno en malas condiciones. No pueden ser peores. Una vez más tenemos que segar el trigo en verde».


Eduardo de Guzmán
Publicado en Tiempo de Historia nº 16 marzo de 1976










2261. Mujeres de toda España

Fotografía: Ávila


Mujeres de toda España. Lo que piensan. Lo que dicen. Pero ¿qué votarán?

Las mujeres vascas

No me refiero a las mujeres militantes en uno u otro bando. Me refiero a aquellas, viejas o jóvenes, ricas o pobres, listas o cerradas, que por no ver la política como artículo de primera necesidad, forman, juntamente con otra cantidad semejante de hombres, lo que desde el día 12 de abril de 1931 por la noche ha dado en llamarse «la masa neutra», a la que, sin duda, van dirigidos los millones de carteles que han puesto hechos una pena los pueblos y las ciudades de España.

Las vísperas de la primera elección en la que tomaron parte las mujeres, yo hablé con una campesina de Vizcaya. 

—Y ustedes, ¿qué van a votar? —le pregunté. 

—Ya veremos. 

—Votarán lo que sus maridos, claro. 

—O nuestros maridos lo mismo que nosotras.

—A las mujeres de por aquí, esto de las elecciones no nos coge de nuevas. Siempre hemos tomado parte en ellas. Antes, no votábamos porque no se nos permitía; pero ya andábamos en todos los trámites, como ahora. ¿No trabajamos igual que los hombres? Pues ¿por qué no se nos ha de respetar? Aquí, los maridos no nos dicen tantas tonterías como en otros sitios, ni protegernos o «así hasen».

Por la noche fui a un mitin, y vi una cosa curiosa. El salón estaba totalmente lleno de mujeres. Los hombres oían a los oradores desde la calle gracias a unos altavoces colocados en los balcones. «Esto es el paraíso de las mujeres», pensé. Al día siguiente, que era lunes, me lo expliqué todo. Desde muy temprano comencé a ver mujeres trabajando en los campos, en las fábricas; otras cargaban y descargaban camiones de pescado. Vi tres o cuatro arando con parejas de vacas, y a otras, manejando pesadísimos azadones. Cuando vi todo esto y comprobé que además aquellas mujeres tenían que atender sus casas y criar a sus hijos, no me chocó nada que hubiesen conquistado todos sus derechos políticos. El precio, eso sí, me pareció un poco caro.


Ellas Son las revolucionarias

—Aquí —me ha dicho un señor labrador acomodado de un pueblo de Castilla— las más revolucionarias son las mujeres. Los pocos hombres que pertenecen a la Casa del Pueblo son, en general, moderados, prudentes; pero ellas… no se pierden un mitin, y aprovechan cualquier ocasión para organizar manifestaciones. Son temibles. Por aquí va quedando ya poco socialismo, y si la Casa del Pueblo se sostiene es, sin duda, por las mujeres.

Naturalmente, busqué a aquellas revolucionarias de las que tanto me habían hablado. Una de ellas me lo explicó todo. Era morena y flaca. Llevaba dos chiquillos de la mano y otro colgando del pecho. 

—¿Es cierto que ustedes son en este pueblo más revolucionarias que los hombres? 

—En este pueblo y en todos los de por aquí. Mire usted: antes de venir la República, vivíamos todos como las bestias. No sabíamos nada más que trabajar y sufrir y… echar hijos al mundo. Pero de pronto empezaron a venir por aquí unos señores que «echaban» discursos. Al principio, los hombres no querían ir a oírlos, porque los amos les decían que eran gente mala, que venían a decirnos que quemáramos las fincas y matáramos a los señoritos. Pero nosotras fuimos, y todo aquello que nos habían contado era mentira. Los que «echaban» los mítines eran hombres como los demás, algunos de ellos bastante más señores que los de aquí. No nos dijeron que matáramos a nadie, ni que quemáramos nada. Nos dijeron que teníamos derecho a vivir de otra manera, y que nuestros hijos merecían pan y escuela, lo mismo que los de los ricos, y muchas cosas más que yo no sé decir a usted porque no tengo la instrucción que tienen ellos. No sé decirlo; pero lo entiendo bien. 

—De todos modos, no comprendo por qué las mujeres asimilaron todas esas teorías mejor que los hombres. 

—Pues verá usted. Es que las mujeres, en general, sabemos más que los hombres. Ellos no han hecho en toda su vida nada más que trabajar, y por las noches, ir a la taberna. En cambio, casi todas nosotras, de jóvenes, estuvimos sirviendo, y del trato con los señoritos aprendimos más. Tenemos también más cultura, porque como los jornales de las mujeres siempre fueron más pequeños que los de los hombres, nuestros padres tuvieron menos prisa por sacarnos a nosotras de la escuela. Aquí casi todas las mujeres sabemos leer y casi escribir. De los hombres hay muy pocos que sepan, y esos pocos es porque aprendieron las letras siendo soldados. 

—Y cuando llegue el momento de emitir el voto, ¿a quién votarán ustedes? 

—Ese ya es otro cantar —me dijo la pobre mujer—. Si votamos a los nuestros, nos quitan los pocos jornales que hay. Ya veremos. Ahora, que si viniera un Gobierno que prohibiera que nos obligaran a dar el voto a los amos…


Las muchachas de Azorín

Las señoritas de una capital de provincia castellana se paseaban por la calle principal con unos militares. Era una de esas ciudades que tienen soportarles en la plaza y que parecen dormidas a la sombra de la catedral. Sus abuelas y sus madres habían pasado también por esta calle, hablando siempre de novios y trajes. Así pasearon también ellas hasta el año 1931. Unicamente los tenientes y los trapos habían ocupado hasta entonces sus pensamientos. Pero desde el año 1931… ¡Ah! Desde entonces todo cambió por completo. Lola, Carmen, Angelita, Rosario, María…, abandonaron para siempre el encaje de bolillos y se hicieron militantes. Por las tardes, en el paseo, no se habla de otra cosa.

Cogida del brazo de Angelina, como es costumbre en las ciudades que tienen catedral y soportales, estuve yo un atardecer paseando entre tenientes de infantería. De pronto oí que Angelita le decía a su novio, que, por excepción, era paisano: 

—Oye, mi vida. El domingo no podremos vernos. 

—¿Cómo? ¿Qué dices? 

—Que no podremos vernos. Me han avisado para salir de propaganda. Tenemos que hablar en tres pueblos distintos, y en cada pueblo hemos de recorrer cinco locales. Total, quince discursos. No sé cómo me las voy a arreglar.

El novio de Angelita no protestó lo más mínimo. Él se hacía cargo de que esto de la propaganda es una cosa muy seria. Si acaso, opuso un reparo prudente.

—Pues andad con cuidado, porque en algunos pueblos tiran piedras.

Yo recordé entonces el escándalo que se produjo en mi pueblo hará quince años, cuando llegó allí una propagandista socialista para hablar en un mitin. Las señoras hicieron una novena de desagravios a la Virgen, y las señoritas se santiguaban, no comprendiendo cómo había mujeres capaces de predicar extrañas teorías delante de todo un pueblo. 

Hace días, una señorita de pueblo a quien quise equivocar, porque creí sinceramente que hablaba de memoria, me soltó un discurso que me dejó helada: 

—Yo voto lo que me dicta mi conciencia —terminó diciéndome. Más tarde la pregunté que cómo podía improvisar en un día a veces veinte discursos, y me explicó: 

—En la mayoría de los sitios decimos lo mismo. Y , sobre todo, cuando me corto o se me va el hilo y no sé por dónde salir, digo: «Todo el Poder para el jefe», y durante la ovación tengo tiempo de reponerme. Lo aprendí de una socialista. 

¿Pero decía ella eso? 

—No; ella decía: «Proletarios de todos los países, uníos.» Pero para el caso es igual.


Josefina Carabias
Mundo Gráfico, 12 de febrero de 1936










1841. El día de las elecciones ha sido en Madrid el más tranquilo del año

Madrid, 16  de febrero de 1936. Ciudadanos buscando su nombre en las listas electorales


El día de las elecciones ha sido en Madrid el más tranquilo del año.

¿Pero de verdad hay elecciones? ¿Sí? Pues nadie lo diría. Yo creí que se trataba de una broma que había querido gastarnos ese señor de la melena platino que se llama don Manuel Portela Valladares. 

El sábado, por la noche, habíamos llegado a la máxima tensión.

Yo salí temprano de mi casa, después de haberme despedido de mi familia con lágrimas en los ojos. Una hermana mía me sujetaba, tirándome del impermeable. 

—¡Por Dios, no salgas! Morir por la Patria es grandioso; pero morir por un artículo para el Gráfico… 

Otro familiar, menos impresionable, comprendió que las súplicas eran inútiles, y viendo que la cosa no tenía remedio, me advirtió: 

—Procura que no te den en la cabeza, que es lo peor, y llévate una tarjetita con el número del teléfono en sitio visible para que nos avisen en seguida de la Casa de Socorro.

Arreglados mis asuntos, bajé la escalera, dispuesta a caer víctima del sistema parlamentario, gritando: «¡Viva España y Viva la República!» 

Pero la hija del portero me dio la primera sorpresa: 

—Si no pasa nada. Todo está más tranquilito… 

En efecto, la calle estaba como nunca. El aire agresivo que tenía la gente el sábado se había cambiado en un aire dulce y manso que daba gusto. Nada de gritos ni de miradas de desafío. Unos jóvenes con papeles blancos en la mano se me acercaron y me dijeron en voz muy baja:

—Es conveniente votar al Frente Popular, compañera. Gil Robles es un buen muchacho; pero, sin duda, equivocado. 

Un poco más allá, un correcto caballero me saludó cortésmente: 

—Señorita, ¿tendría usted la amabilidad de votar a las derechas? Ande, no sea tonta. Dios y el jefe se lo pagarán.

Hasta los fascistas, que el sábado parecía que se iban a comer a la gente cruda, se producían versallescamente a la puerta de los colegios. Uno de ellos me dijo:

—¿Sería usted tan gentil que aceptase una papeletíta de Falange?

Para que todo fuera completo, apenas se veían guardias por la calle. Se divisaban algunos a las puertas de los colegios y en los centros oficiales; pero tenían un aire tan beatífico, que daban ganas de convidarles. En la Guindalera presenciamos un espectáculo nunca visto: un cabo de la Guardia civil sonreía…

Cansados de tanto almíbar y sintiendo un poco la nostalgia de «la leña», nos fuimos a los Cuatro Caminos. Calma absoluta también. Ni en toda la glorieta, ni en la calle de Bravo Murillo, ni en la avenida de Pablo Iglesias se veía un solo cartel de derechas. Ante los del Frente Popular la gente se agolpaba; pero no se oía un solo grito contra nadie.

Entramos en un colegio electoral instalado en una Casa de Baños. En una de las secciones, los interventores de derechas estaban sentados en la misma mesa que los del Frente Popular y departían como amigos de toda la vida. Daba gusto verlos…

Como en los Cuatro Caminos tampoco había nada, nos marchamos a los barrios bajos. El fotógrafo Videa iba desconsolado, y me decía: 

—¿Pero cómo me presento yo en el periódico sin una foto de un mal tumulto? Si no hay ni «colas» siquiera… 

En la calle de Embajadores, la gente estaba tan tranquila como en la Guindalera. Ni un grito, ni una voz más alta que otra. De tan aburridos que estaban los guardias, bostezaban. Uno nos dijo: 

—Aquí no pasa nada, ya está visto. Ahora, que en los pueblos se van a dar más que a una estera. 

En vista de ello, y para satisfacer las legítimas ansias de información que sentía el fotógrafo, nos fuimos al pueblo que teníamos más a mano: a Vallecas. Unos guardias civiles tomaban tranquilamente el sol en la plaza del pueblo. 

—¿Pero es que aquí no hay elecciones? —le preguntamos al teniente. 

—Sí; pero la gente ha ido a votar tempranito, y ya están todos en sus casas. Aquí no ocurre nada. 

—Pues nos habían dicho que en este pueblo había muchos socialistas… 

—Sí, es verdad. Pero han sido ellos los primeros en guardar orden. 

Volvimos a Madrid como habíamos salido. Los niños jugaban al fútbol en las calles. Daba gusto… 

Perdóneme, lector. Yo pensaba ofrecerle una información impresionante; pero… la verdad ante todo. Y la verdad es que el día de las elecciones ha sido el día más tranquilo del año.


Josefina Carabias
Mundo Gráfico,  19 de febrero de 1936









1836. Manifiesto del PCE en apoyo del Frente Popular



Manifiesto del PCE en apoyo del Frente Popular en las elecciones de Febrero de 1936.

Llamamiento del Comité Central del Partido Comunista.

¡Por el triunfo del Bloque Popular!
¡A luchar y a vencer!

¡A los obreros, campesinos y antifascistas!

¡Al pueblo laborioso!

Estamos en presencia de una jornada histórica. Sólo unos días nos separan del 16 de febrero, fecha en la cual que va a librarse una gran batalla, de cuyo resultado depende el porvenir del pueblo que trabaja y sufre, de las masas que buscan con ansia su liberación. Son éstos unos momentos tan importantes en la historia del movimiento popular de España, que el triunfo en las urnas va a representar un paso decisivo hacia la liquidación de un período de sangrienta dominación y de represión cruel, hacia la liquidación de la esclavitud y del hambre que el pueblo laborioso padece, si la victoria es conseguida por las fuerzas de la libertad y del progreso, agrupadas en el Bloque Popular y dirigidas por el proletariado revolucionario que, de salir triunfantes las fuerzas negras, que representan los verdugos de la Ceda y los monárquicos, significaría la bárbara acentuación de una política vengativa y rencorosa, de una política de exterminio y de hambre, como la que durante dos años ha asolado a la España popular, que ha robado el pan a las masas explotadas, que ha hundido en la más negra miseria a los trabajadores del campo, que ha sepultado en presidio a los mejores hijos del pueblo. Esta política de ferocidad que ha estremecido de horror, por su terrible inhumanidad, en Octubre al mundo civilizado. Política de pandillas reaccionarias inmorales, que ha lanzado a la desesperación y a la ruina a los modestos empleados, a los modestos comerciantes e industriales, y que ha borrado toda perspectiva de vida noble a la joven generación española. Esa política, representativa de las castas retrógradas que pretenden barrer hasta los últimos vestigios de democracia y que no se detienen en sus intenciones de destruir la República como régimen que el pueblo trabajador conquistó, para clavar sobre su cuerpo la espuela infamante de la dictadura fascista, de la orgía desenfrenada, de la expoliación, realizada por terratenientes y banqueros, por la Iglesia y por los caciques monárquicos.

¡Las elecciones del 16 de febrero no son unas elecciones ordinarias!

Y no lo son, porque el resultado de estas elecciones va a tener, como inmediata consecuencia, abrir amplios cauces a la libertad y a la democracia, o la victoria de la dictadura vaticano-fascista; la victoria de las fuerzas que representan la revolución democrática, las fuerzas del progreso y del bienestar del pueblo, o el triunfo de la contrarrevolución más abyecta. Es este un dilema inexorable que no admite términos medios.

Nuestros esfuerzos para crear el Bloque Popular han sido coronados por el éxito.

El Partido Comunista ha propugnado desde hace un año, con tesonera insistencia, la imperiosa necesidad de construir un arrollador movimiento de izquierdas, en el que formaran, al lado de las fuerzas proletarias, al lado de los obreros y campesinos, los republicanos de izquierda, los hombres amigos del pueblo y de sus libertades. Un movimiento potente e invencible, capaz de aniquilar hasta el fin a las fuerzas odiosas del Bloque de Octubre y de hacer imposible su resurgimiento. Un movimiento que, expresado en las Alianzas Obreras y Campesinas y en los Bloques Populares, barra el pasado reciente y abra anchos horizontes a las aspiraciones proletarias.

Y hoy contemplamos, con alegría revolucionaria, que nuestra idea y nuestros esfuerzos se han convertido en hermosa realidad. Una realidad que promete conducir al pueblo laborioso de España por la senda de su emancipación.


El Bloque Popular debe vencer en esta lucha

Debe vencer, porque de nuestra voluntad y de nuestra conciencia de clase tiran las manos, crispadas por penosos sufrimientos, de los 30.000 prisioneros de Octubre. Debe vencer, porque así lo esperan, sumidos en la horrible agonía de las horas de capilla, el centenar de proletarios condenados al garrote vil, para que se ponga término a su torturante duda con el rápido indulto. Debe vencer, porque este triunfo abrirá los cauces para que consigan pan los millares y millares de familias obreras, víctimas del hambre por las represalias patronales en Octubre, y será el trabajo o el subsidio para el millón de hambrientos a causa del paro forzoso. Debe vencer el Bloque Popular, porque ello significará la reivindicación de la memoria de los héroes y mártires del glorioso Octubre y la reparación a la familia de las víctimas de la terrible represión de Asturias, León, Vizcaya, etc. Y es necesaria esta victoria, porque del Bloque Popular esperan los pueblos de Cataluña, Euzkadi, Galicia y Marruecos justa satisfacción a sus deseos de liberación y, todo el país, un mejoramiento de su situación política y económica.

En alto el programa del Bloque Popular, cuya bandera es irresistible y hace temblar a la España reaccionaria.

El programa elaborado por las fuerzas que integran el Bloque Popular no es nuestro programa totalitario. No. Ese programa es sólo la parte mínima de las amplias aspiraciones de las masas trabajadoras y antifascistas. Refleja el principio de la reconquista de las reivindicaciones perdidas, y señala el comienzo de un avance hacia las justas aspiraciones proletarias. Declaramos que el Partido Comunista va a luchar con fe y entusiasmo por el total cumplimiento del programa que ha contribuido a elaborar en el seno del Bloque Popular. Pero declaramos también que no hemos de ocultar ni velar nuestras intenciones. Los comunistas aspiramos a la realización de un programa más avanzado, del programa integral de la revolución democráticoburguesa, y, bajo la hegemonía del proletariado, transformarla en revolución socialista.

Pero el Partido Comunista conoce la etapa histórica que nos incumbe recorrer, y sabe que, para dar cumplimiento a las tareas esenciales de la revolución democráticoburguesa para arrancar hasta las raíces del peligro de un retorno al 19 de noviembre de 1933, es preciso actuar a fondo en el problema de la tierra, sin cuya solución radical y revolucionaria no hay posibilidad de un régimen democrático.

Luchamos porque la tierra sea de quien la trabaja.

Queremos y luchamos porque sean expropiadas sin indemnización las tierras de señorío, de los ex nobles, de los grandes terratenientes, de la Iglesia y de las órdenes religiosas, y que las tierras expropiadas sean entregadas inmediata y gratuitamente a los obreros agrícolas y a los campesinos pobres para que la trabajen individual o colectivamente, según decidan libremente.

Luchamos por el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos.

Queremos acabar con ominosa opresión del Poder Central en Cataluña, Euzkadi, Galicia y Marruecos, y dar a estos pueblos plena libertad a su vida política, económica, en el uso de su idioma, en el desarrollo de su cultura y en su derecho a la autodeterminación.

Luchamos por democratizar al Ejército.

Queremos reparar la obra nefasta de Gil Robles y demás fascistas en el ministerio de la Guerra; porque se repongan en los mandos a los republicanos probados y demócratas, eliminando a los enemigos declarados del pueblo, a los monárquicos y a los fascistas. Por los derechos democráticos de los soldados.

Luchamos por la disolución y desarme de las bandas y organizaciones fascistas y monárquicas.

Queremos acabar con esas madrigueras de criminales y pistoleros a sueldo, con los antros de conspiración que organizan el asalto a las libertades populares con el propósito de instaurar una dictadura sangrienta. Luchamos por el desarme y disolución de las organizaciones monárquicas y fascistas, por la clausura de sus centros y clubs, y por la confiscación de sus propiedades y bienes.

Luchamos por el pan y el trabajo para los parados.

Queremos poner fin a la criminal ofensiva del hambre, desencadenada por la burguesía fascista y reaccionaria; obligar al estado y a los patronos a dar trabajo o subsidio a los parados y un censo de parados e iniciación inmediata de obras de utilidad pública para absorber el paro forzoso.

Luchamos por el derecho de reunión, plena libertad de Prensa, de manifestación y de huelga.

Queremos dar al pueblo laborioso sus más indeclinables derechos democráticos, acabando con la vergüenza de la mordaza y de la clausura de sus centros y con la constante persecución de sus militantes revolucionarios.

Luchamos por la igualdad de derechos políticos y sociales para la mujer y para la juventud obrera.

Queremos poner término a esa infame diferenciación de sexos y edades con que se encubre la más vil explotación. Nuestra consigna es: a trabajo igual, salario igual. Plenos derechos políticos desde los dieciocho años.

Luchamos contra la guerra.

Queremos que España entre en el concierto de los pueblos que quieren la paz, a cuya cabeza está la Unión Soviética. Luchamos por la solidaridad y la defensa del pueblo etíope, avasallado por el imperialismo fascista de Italia. Luchamos contra los preparativos de una nueva matanza mundial y por la defensa de la URSS, patria socialista de los trabajadores del mundo.

Luchamos por los Soviets, por la dictadura del proletariado.

Queremos derrumbar, hundir definitivamente el régimen de explotación y de miseria, levantando sobre sus ruinas la sociedad socialista. Queremos hacer feliz y dichosa a la Humanidad en una sociedad donde los obreros y los campesinos en el poder sean la garantía de su propio bienestar, realizando la unión invencible de nuestros hermanos de la Unión Soviética, que, bajo la genial dirección del más grande discípulo de Lenin, Stalin, conducen a los constructores del nuevo mundo a las más gloriosas cumbres.

Por todo esto luchamos y lucharemos los comunistas dentro del Parlamento y fuera de él.

Y es con nuestra fisonomía de comunistas, de bolcheviques, con la cual hemos declarado, y hoy lo ratificamos, que hemos de marchar unidos a quienes prefieren la luz de la libertad y el progreso a la negra y sangrienta noche del fascismo. Porque en estos momentos, la mejor forma de luchar por el socialismo es marchar en apretado haz todas las fuerzas populares contra la reacción y el fascismo, que es el enemigo de todos y el obstáculo fundamental para el desarrollo de la Humanidad liberada.


El Bloque Popular debe de continuar después de las elecciones

Esbozadas quedan algunas de las tareas fundamentales de la revolución democráticoburguesa. Estas no se cumplen con el triunfo del día 16, sino que se inician. Por eso somos fervientes partidarios de la continuidad de los Bloques Populares en todo el país después de las elecciones. Dar por finalizada su misión el día 16, significaría un gravísimo peligro para nuestros compromisos, para la realización del programa concertado, y nos multiplicaría los obstáculos para llevar a cabo la obra común: la desarticulación del poderío económicopolítico de la reacción y el fascismo en España, y sería más penoso el camino a recorrer por el proletariado y los campesinos en su marcha hacia la consecución de sus definitivas aspiraciones.

El 16 de febrero no puede ser la fecha tope para el frente de izquierdas, sino ruta amplísima hacia el cumplimiento de cuanto el pueblo laborioso espera del Bloque Popular. Los Bloques Populares, cuyas fuerzas populares deben ser los obreros y campesinos y sus organizaciones, deben continuar y ampliarse después de las elecciones, y ser los portavoces y los realizadores del programa y de las reivindicaciones de la revolución democráticoburguesa. De ahí nuestra consigna: ANTES Y DESPUÉS DE LAS ELECCIONES, NI UN PUEBLO, NI UNA ALDEA SIN ALIANZAS OBRERAS Y CAMPESINAS, SIN BLOQUE POPULAR.

¡Adelante en este camino! Las fuerzas proletarias deben ser la vanguardia permanente en el cumplimiento del pacto acordado. Sus fuerzas unidas en la acción, concentradas en las Alianzas Obreras y Campesinas, deben ser los pilares en que descanse ese poderoso movimiento de todos los antifascistas unidos.

Comunistas y socialistas así lo hemos entendido. También la mayoría de nuestros hermanos anarquistas y de la CNT se disponen a cumplir con su deber de clase. La experiencia les ha hecho aprender sobre su propia carne a quién beneficia la “abstención”, y pasan, y deben de pasar aún más por encima de los que quieren desviarles de su camino de clase. Saludamos llenos de júbilo, la decisión de esos camaradas anarquistas como condenamos con vigor a los “abstencionistas”. Ellos van a reforzar las filas del Bloque Popular, van a ocupar puestos de vanguardia en la lucha del 16 de Febrero.


¡Unidos somos invencibles!

¡No debilitemos en lo más mínimo la organización! De nada servirá el entusiasmo si éste no está expresado de forma orgánica. Frente a los poderosos enemigos que tenemos que vencer, sólo un arma es eficaz: la acción común, el frente único proletario, la organización de todo el pueblo laborioso en Bloques Populares.

¡Camaradas! A través de la agitación y organización de la campaña electoral, millares de nuevos soldados de la Revolución deben engrosar las filas del Partido Comunista.

¡Obreros antifascistas: Por la victoria!

¡Contra la reacción y el fascismo! ¡Por el triunfo del Bloque Popular!

¡Adelante! ¡Todos a una, el día 16, a rescatar para el pueblo lo que sólo al pueblo pertenece!

¡Viva el frente único proletario! ¡Viva el Bloque Popular antifascista!

¡Viva el Partido Comunista!


Comité Central del Partido Comunista

El Partido Comunista utiliza el Parlamento como una Tribuna revolucionaria. Los diputados comunistas son soldados de la revolución que se dedican por entero a los dictados del proletariado y de su partido.

Todos los camaradas designados candidatos han firmado en blanco la renuncia al cargo de diputado, acto que significa poner su cargo a disposición del Partido.


Imprenta “Lucha Obrera”
C/ Galileo, 14
Madrid