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3493. La historia y ejecución de José Daniel Miranda Lara, ejemplo de compromiso

Imagen de José Daniel Miranda Lara y de un ramo de flores, junto a su nombre en el Memorial en la tapia del Cementerio de San José

 

Pepa Miranda, activista de la Memoria Histórica y Democrática, nos ofrece el relato de la vida ejemplar de compromiso y asesinato de su abuelo, José Daniel Miranda Lara, que por dignidad y para mantener viva su memoria merecía ser difundida para que se conozca, cuando se aproxima el 85 aniversario de su ejecución por los fascistas, un trágico final que siguió su bisabuelo y otras tres mujeres de la familia, en otra tapia, la del cementerio de Loja. Para que nunca se olvide, para que nunca se repita.

 


Los caminos que seguiste,
 hoy me señalan el mío,
 aunque jamás sabrás que te llevo
 conmigo
 como una lámpara de oro para
 alumbrarme el camino

 Marguerite Yourcenar

 

 

Eran las dos de la madrugada cuando los golpes en la puerta de la vivienda rompía el silencio de la calurosa noche del 28 de julio del 36, dos energúmenos, a las ordenes de los sanguinarios mandos de Falange, apodados el "Rascas o Cortezas" y "la Paquita”, sacaban de la cama a mi abuelo Pepe Miranda Lara y se lo llevaban detenido a la cárcel del pueblo, situada en los bajos del Ayuntamiento de Padul en lo que sería el principio de una tragedia que marcaría la vida de mi familia, generación tras generación, hasta nuestros días. 

 

Nunca conseguí que alguno de los testigos de la terrible madrugada, hiciera un relato completo y coherente de aquella trágica noche, solo frases sueltas, un suspiro que, acompañado de un recuerdo, se quedaba suspendido en el aire sin terminar la frase, palabras sueltas, inconexas dichas más para sí mismas que como respuesta a alguna pregunta. Palabras carentes de sentido, fuera de su contexto, que, en aquellos momentos, me generaban irritación, solo muchos años después he entendido que les aliviaban, les servía de pequeñas válvulas de escape, para librarse del dolor, la locura y el espeso silencio que les rodeo toda la vida.

 

No sería una detención muy diferente de la del resto de sus compañeros y de todos, los que como ellos se habían convertido para los golpistas, en los instrumentos necesarios para emprender una acción rápida y violenta a modo de ejemplo y escarmiento para el resto de la población. No se trataba de una actuación aislada de unos extremistas pendencieros y borrachines, hábilmente utilizados, por su carácter violento. Todo estaba planificado, organizado y dirigido hacia colectivos muy concretos, alcaldes, concejales, médicos, maestros, miembros de Partidos Políticos y Asociaciones Obreras. Todos los detenidos aquella noche no lo fueron por casualidad. 

 

Ya en la primavera anterior, uno de los artífices del golpe de estado el General Mola, había distribuido instrucciones reservadas, en las que se indicaba que “se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado”.

 

A los golpes en la puerta debieron seguir los gritos, los insultos, las palabras soeces y humillantes, en presencia de unos niños, asustados y desconcertados, despertados en mitad de la noche sin saber qué está ocurriendo, para encontrar a su padre empujado e insultado por unos desconocidos, con el miedo que produce desconocer los motivos de esa situación.

 

 

¡Qué miedo el azul del cielo!
¡Negro! * 

 

Los dos adultos, mi bisabuelo y abuela, en ese momento serían conscientes de que estaba ocurriendo, lo que desde hacía 10 días estaban temiendo y esperando. De hecho, en la sede de la Agrupación Socialista habían preparado la salida del pueblo de varios compañeros, escondidos en el doble fondo de un carro, tal como lo hizo el compañero de mi abuelo el doctor Rejón Delgado, otro de los que estaba en la lista junto a los detenidos esa madrugada.

 

Mi abuela, ya muy mayor, recordaba cómo lo animaba a que se marchara, y cómo él siempre le respondía que: “no tenía nada que temer, porque nada había hecho”, además de no estar dispuesto a dejarla sola con cinco niños, y el abuelo mayor y enfermo. Cuando ella hablaba de esos trágicos momentos, lo hacía con una mezcla de tristeza y melancolía, pero sobre todo con el orgullo de haber compartido los mejores años de su vida con un hombre excepcional y el brillo de sus los ojos, era el de una adolescente hablando de su héroe, del hombre al que admiró y sobre todo amó profundamente durante toda su larga vida.

 

En la cárcel de Padul estuvieron solo cuatro días, terribles y frenéticos días para mi abuela y bisabuelo, tratando de encontrar a alguien que pudiera ayudarles, que pudiera hacer alguna gestión para sacarle de la cárcel, en medio del miedo y la desesperación de ir tocando en puertas que no se abrían, con el tiempo que se les escapaba sin poder hacer nada para salvar su vida.

 

Solo 40 años después, escuché a mi abuela hablar de aquellos hechos, cuando trataba de convencernos, a mi padre y a mí, de que no apareciéramos en las candidaturas a las primeras elecciones municipales de abril del 79, tras la vuelta a la Democracia. Nos repetía, casi llorando: “no os señaléis más” que bastante hubo con ellos, os va a pasar como al abuelo, que cuando pasó lo que pasó, nadie lo conocía, nadie podía, o nadie quería hacer nada por salvarlo…

 

Y seguía contándonos cómo lo recordaba en el patio de la casa rodeado de sus compañeros. “El abuelo, decía, tan grande, en medio de todos ellos, que le escuchaban casi sin respirar, era la imagen de Cristo rodeado de sus discípulos. Y como a Cristo a él también lo abandonaron todos. ¡con lo que él había ayudado a todo el que pasaba por un apuro! Y tras un profundo suspiro, terminaba diciendo: “tanta lucha para nada, y tanta pena y tanto sufrimiento para toda la vida, que eso nadie sabe lo que fue…”

 


¡Negro de día en Agosto!
¡Qué miedo!* 

 

De la estancia en la cárcel de Granada, a la que fueron trasladados el día 1 de agosto poco sabemos, no hay ningún tipo de documentación, las fichas se quemaron en el patio de la prisión y si algo queda no es posible consultarlo. Solo hay un testimonio gráfico, la mitad de una foto, (desconozco quien pueda tener la otra mitad) en la que aparece mi abuelo con otras cuatro personas en el patio de la cárcel. Dos de ellos también de Padul corrieron su misma suerte, también fueron fusilados la misma madrugada. De los otros dos desconocidos no hay ningún dato, ni nombre en el reverso, ni nadie del entorno familiar que los conociera.

 

Había visto esa imagen muchas veces en la “caja de fotos” de mi abuela, pero cuando me dijeron el lugar en el que estaban, tuve la sensación de que la veía por primera vez y, desde entonces, no ha dejado de sorprenderme. Me inquieta la serenidad con la que esos hombres miran a la cámara, no hay nada que haga sospechar el lugar donde están y lo que les espera. Si tenemos en cuenta que solo estuvieron seis días en ese lugar de tortura, dolor y miedo, en esa antesala de la muerte, es posible que algunos, o todos, ya estuvieran en “capilla”. Esa foto, como casi todo, no deja de ser una incógnita más de todas las que rodean su asesinato.

 

Y no deja de ser doloroso, que casi un siglo después sigamos reclamando justicia y buscando los restos de personas que, en un momento de la historia de este país, debieron pensar que ya estaba bien de abusos y de injusticias, que había llegado el momento de actuar para conseguir una sociedad más justa, más igualitaria y más solidaria. Actuación inspirada y sustentada por los sólidos valores republicanos de los que eran firmes defensores. Se encontraron desde un primer momento con la oposición frontal de la derecha local, cuyos miembros no estaban dispuestos a perder ni uno solo de sus privilegios, para lo que no dudaron en utilizar la fuerza y el terror para lograr sus objetivos.

 


¡Qué espanto en la siesta azul!
¡Negro!* 

 

La historia de mi abuelo no difiere demasiado de la de miles de personas que aquellos primeros días, tras el Golpe de Estado, se convirtieron en instrumentos de los golpistas para implantar el terror para escarmiento de la población.

 

Mi abuelo era un empresario local, trabajador, honesto y muy respetuoso con todo el mundo. Muchos han sido los testimonios de personas que le conocieron, que me han hablado de su honestidad su seriedad y su buen hacer como empresario.

 

Era el Presidente de la Casa del Pueblo de Padul y actuaba como asesor de la Corporación Municipal en la que su padre era el Alcalde. Era un miembro muy activo de la Agrupación socialista siendo el fundador y Presidente de la Sociedad Obrera “La Alianza”, cuyos Estatutos son una lección de socialismo real y pragmático.

 

Los socialistas de Padul, estaban convencidos de que la acción política y la lucha eran los únicos medios a su alcance para transformar el mundo, su pequeño mundo. La autonomía económica de que gozaban muchos de sus afiliados, sus profundas convicciones republicanas, sus trayectorias vitales (algunos tenían carreras universitarias, habían vivido en países extranjeros o procedían de otros lugares del país) les hacían tener una visión distinta de la realidad social del municipio, y no aceptaban ni las condiciones laborales, ni de vida de la mayoría de la población, ni la marginación, ni el analfabetismo, ni la miseria, ni los abusos.

 

Ellos estaban dispuestos a cambiar todo lo que consideraban injusticias contra la población más indefensa, y así lo recogen también en los Estatutos de la Sociedad Obrera La Alianza. Estatutos que se presentan en el Gobierno Civil de Granada el día 15 de mayo de 1931, firmados por mi abuelo como Presidente y un señor llamado Eugenio Cueto como vocal. Esta fecha y otras noticias de la prensa local, me hace pensar, que cuando se proclama la República, ya venían de un largo recorrido de lucha y activismo político.

 

En la Casa del Pueblo hablaban de libertad, de educación y progreso, de cooperativas de trabajo y de crear mecanismos para proteger a sus familias si sufrían algún infortunio. Hablaban de futuro y de cómo afrontarlo con medidas concretas, de libertad y de cómo ejercerla, de las cuestiones que les preocupaban y afectaban a sus vidas, del escaso trabajo y de la humillante manera en que los propietarios lo distribuían, de los salarios de miseria, y frente a eso veían en la creación de cooperativas una solución para superar la miseria a que les sometían, y quizás influenciados por la Institución Libre de Enseñanza, la educación de sus hijos también era motivo de debate y preocupación. Todo este hervidero de ideas y acción les abrían una puerta a la esperanza y por primera vez tenían confianza en un futuro que seria mucho mejor para ellos y sus hijos, porque ya la resignación no era su única opción. Empezaban a no resignarse a aceptar la explotación laboral, ni la marginación, ni el analfabetismo, ni la miseria, con el fatalismo que se acepta lo inevitable.

 

Todo esto, para la derecha era una amenaza y un riesgo, eso suponía que se tambalearan los cimientos de una sociedad que había permanecido siglos inamovible, donde la riqueza estaba en manos de unos pocos que utilizaba al resto en régimen de semiesclavitud, para seguir incrementando su patrimonio.

 


¡Negro en las rosas y el rio!
¡Qué miedo!*

 

Esa derecha, no estaba dispuesta a perder ni uno solo de sus privilegios, y reaccionó de manera virulenta. Hay un informe del presidente del Sindicato Agrario local dirigido a Lerroux en el que acusa a los socialistas de generar conflictos entre los trabajadores agrícolas incitándoles a actos violentos. Dan cuenta de que la Casa del Pueblo se había convertido en un lugar de conspiración y agitación social en la que sus afiliados son manejados a su antojo por su Presidente (mi abuelo) y en la que se recibe con frecuencia a los elementos más exaltados del socialismo granadino.

 

No dudaron en impedir la celebración de un mitin organizado por mi abuelo (según algunos testimonios, era un extraordinario mitinero) en el que estaba prevista la intervención de Don Fernando de los Ríos, Ramón Lamoneda, y el Doctor Rejón, concejal y compañero, y él mismo. No solo les recibieron a tiros, si no que les tuvieron secuestrados en un corralón, donde se habían refugiado, hasta la llegada de la las Fuerzas de Seguridad. Existe un documento en el Archivo del Congreso en el que Don Fernando de los Ríos manifiesta su queja por la tardanza de las fuerzas del orden en acudir a rescatarlos.

 

La celebración de elecciones era motivo de enfrentamientos y denuncias para impedir a los socialistas ejercer su derecho al voto o formar parte de mesas electorales o los pucherazos electorales que incluso dio lugar a la anulación de las últimas elecciones celebradas en abril del 36.

 

Tras años de enfrentamientos con la derecha local que, desde la proclamación de la Republica y el nombramiento de la primera Comisión Gestora, trataron de acabar con ellos de todas las formas posibles, con acusaciones, denuncias, coacciones; el Golpe de Estado les dio la oportunidad de actuar inmediatamente contra quienes trataban de arrebatarles sus privilegios. Solo 10 días después del Golpe la mayoría de los miembros, alcaldes y concejales socialistas estaban encarcelados, habían huido hacia un exilio del que nunca volverían o terminaron frente a un paredón, en un barranco o una cuneta, de los que posiblemente nunca serán recuperados.

 


¡Negro de día en mi tierra!
¡Negro!*

 

Muchas veces he pensado cómo serían las últimas horas de vida de mi abuelo:

 

¿Cómo viviría esos tensos momentos desde que el carcelero abrió la puerta de la celda y comenzó a leer los nombres, hasta que se encontró en la tapia frente a los fusiles cargados de muerte?

 

Qué sudor frío recorrería su cuerpo al oír su nombre? ¿Por qué no hay ni una nota de despedida? ¿Qué desesperación sentiría al pensar en sus niños? En su mujer tan joven y tan alegre, en su padre ya mayor…

 

Mi abuelo era un hombre fuerte y muy valiente (lo demostró en numerosas ocasiones), pero en esos momentos, no dejaba de ser un ser humano ante la muerte. Una muerte cruel e injusta, como todas las de los seres humanos, que esa y otras muchas madrugadas, vivieron tan trágicos momentos.

 

Y tendría miedo, mucho miedo y rabia y abandono y dolor…

 


¡Sobre las paredes blancas!
¡Qué miedo!*


Solo tenía 40 años y toda una vida de ilusiones y proyectos por delante.

 

Cuando se conoció su asesinato, la Guardia Civil apostó a una pareja en la puerta de su domicilio para impedir a su familia que pudieran llorarle acompañados de familiares y amigos. 

 

Mi bisabuelo, también llamado Pepe Miranda, siete días después del fusilamiento de su hijo dejó un estremecedor escrito en el que relata su detención y encarcelamiento, las personas que lo detuvieron y de las noticias que le llegaron de su asesinato. Ese día de agosto no podía sospechar que solo cuatro meses después, él con tres mujeres más de la familia, serian asesinados en otra tapia, la del cementerio de Loja.

 

Esa madrugada del 7 de agosto, como tantas otras madrugadas, a muchas personas se le rompieron de golpe sus sueños, sus proyectos, sus ilusiones, y empezó la etapa más trágica y negra de la historia de este país, y el silencio cayó como una losa sobre la vida y muerte de muchos hombres y mujeres en un intento de ocultar y olvidar a los que fueron los auténticos héroes de aquellos hechos.

 

Ellos fueron los que permanecieron leales a la Republica y los que pagaron con su vida sus ansias de libertad, su deseo de un mundo mejor, más justo, solidario y fraterno. Hoy, tantas décadas después, nos sigue hiriendo que este país siga sin saldar con ellos una deuda de gratitud y de justicia, los familiares seguimos buscando sus restos, reclamando el reconocimiento de su heroísmo y la dignificación de su memoria, y, en mi caso, cumpliendo la voluntad de mi bisabuelo, que en una libreta en medio de muchas fechas y datos de nacimientos, bautizos, casamientos, dejó camuflado el relato de la detención y asesinato de su hijo para conocimiento de los más curiosos de la familia y para que nunca lo olvidaran.  

 

 

Pepa Miranda

Publicado en El independiente de Granada, 4 de julio de 2021

 

 

*Estrofas intercaladas del poema de Juan Ramón Jiménez ‘Trascielo del cielo azul’.  









3487. El cuartel de caballería

El capitán de guardia del regimiento de caballería de Valencia asesinado el 1 de agosto de 1936 (Foto. Archivo ABC)


Desde su cuartel adusto, 
en las riberas del Turia, 
un oficial renegado 
estás bravatas sufría: 
"Valencia, huelo tus campos; 
Valencia, tú serás mía; 
te tomaré por sorpresa 
cuando amanezca de día. 
El pueblo estará dormido 
cuando por Andalucía 
me habrán enviado moros 
mis amigos de Sevilla. 
¡Qué matanza está en los aires, 
que frenesí me domina 
cuando veo las acequias, 
pardas de sangre teñidas! 
Apagaremos la lumbre 
de esa bandera maldita; 
e impondremos por las armas 
la de España, que es la mía. 
Tú, forjador de Sagunto; 
tú, pescador de Gandia, 
se te avecinan las horas 
de rendirme pleitesía; 
cerrarás tus Sindicatos, 
trabajarás todo el día, 
para que sobre tus hombros 
descanse la monarquía. 
¡Ay los olores de huerta, 
los olores que me envía, 
para placer de mí casta, 
dueña y señora de vidas!"
Hablaba así el renegado 
con el odio que tenía, 
en un cuartel de caballos, 
en las riberas del Turia. 
El río viejo pasaba, 
pasaba, pero lo oía 
cuando nocturno, entre hierbas
hacia el mar se dirigía. 
Su venerable cabeza,
por el dolor sacudida, 
emerge por los cañizos 
aprovechando la umbría, 
donde las ramas ocultan 
su potente voz herida:  
"¡Oh tierra que voy regando. 
Quieren arrancar tu vida,
los traidores militares 
ociosos en sus guaridas! 
No pasan ya los soldados 
sobre el puente, por el día, 
no pueden ver las palmeras 
que en calabozos se hastían.
Iremos a liberarlos 
de manos de villanía, 
porque están hoy los villanos
sentados en blanda silla." 
Dijo la voz, y emanando 
del cauce que discurría, 
va la ciudad desvelada, 
pregona por las esquinas, 
por los caminos del puerto 
expande el eco que hacía: 
"Vuestro viejo río os llama. 
¡Traición se os hace en su orilla!"
En la ciudad se consumen 
nerviosas las energías, 
quince noches esperando 
a los de caballería. 
Nadie duerme en sus cercados;
las azoteas vigilan 
muchachos carabineros, 
que van cazando fascistas. 
Alumbradas las mansiones. 
en calles de burguesía, 
simulan escaparates, 
donde la, muerte se enfría. 
"¡Valencia: de madrugada  
querrán tenerte rendida,
con un reguero de sangre, 
manchando tu lozanía!" 
Sordos rumores se escuchan 
al interior de la villa, 
que se discute en los grupos, 
la voz del río cernida. 
Está poblada la noche 
de extraños seres que anidan 
por los árboles copudos, 
y en las acequias vigilan. 
"¡Valencia, cruza del mar 
ese mi puente sin vida,
que por él los militares 
quieren invadir la villa! 
No puedes enviar hijos 
a batirse en serranía, 
mientras cerrado el peligro,
tan cerca esté en tus orillas." 
La voz ha sonado en Cuarte, 
y en el Portal de Valldigna, 
por Ruzafa a Encorts se extiende 
y por la Correjería; 
los finos abaniqueros, 
que ahora llevan carabina, 
los de las manos pintadas 
para la ebanistería, 
los que destilan azahar, 
los riberiegos de Alcira, 
los que cargan en los barcos 
cestos de huerta florida, 
noctámbulos por caminos 
sus pasos ya se avecinan, 
del olor a los caballos 
en la Alameda dormida.

En el adusto cuartel 
de las riberas del Turia, 
escuchan los militares 
esos pasos que venían. 
No saben si serán pasos 
o ramajes que movían, 
si ese rumor es de agua. 
o de gente que acrecían. 
Extinguen la radio alegre, 
que están oyendo Sevilla
y al punto con claridad
llegan las voces; decían: 
"Los militares traidores 
gozan momentos de vida. 
¡Abrid las odiosas puertas 
o asaltamos la guarida! 
Valencia está con nosotros; 
no es vuestra. Valencia es mía; 
Los obreros y artesanos 
que la trabajan y pintan 
lo sabemos por la, boca
del anciano río Turia." 
Palidecidos escuchan 
la sentencia de agonía, 
que en una nube de horror 
les cae de tal cercanía. 
Se agitan por corredores, 
salen al patio y fustigan; 
los soldados van reacios, 
formando en la compañía. 
Todo se vuelve enemigo, 
a su soberbia sucia,
cuando por última vez 
ordenan poner las bridas. 
"Es inútil, renegados 
que aleteáis con angustia; 
las verjas están colmadas
de un temblor de valentía, 
y las ametralladoras 
que habéis puesto en las cornisas, 
no consiguen sino enfrente 
quebrar las cristalerías. 
¡Ésas llaves, insurrectos 
abrid, que el pueblo está encima; 
si le matáis tanta sangre 
yo os he de traer sequía! 
Reinaréis sobre unos campos, 
de charcas sin lozanía, 
donde los mosquitos cundan 
la peste por mis orillas!" 
Despacio amanece, fresca, 
la veraniega colina, 
cuando con su mano, el río, 
las verjas de hierro abría; 
miles de rostros asoman 
por la noche esclarecida, 
con insomnes voluntades 
y el gran tumulto que hacían: 
"¡Venid, valencianos todos, 
los de antiguas Gemanías, 
pisoteemos las piedras 
de la flor de cobardía!" 
Ya relinchan los caballos, 
porque tienen alegría, 
ya los presos van en hombros, 
que ya nadie los fusila; 
ya las armas se arrebatan 
de manos de la perfidia
para volar a los campos
de Teruel y Andalucía.
Los militares huyendo, 
rapaces los perseguían 
y un oficial renegado 
sale a la livor del día 
disparando su pistola, negra, 
cual furia asesina, 
que a un miliciano ha doblado 
con la muerte que caía. 
Arremeten compañeros, 
blancos de pavor en ira; 
desde la acacia un balazo 
al teniente lo derriba, 
quedando los sesos sucios 
sobre la jardinería. 
¡Ay; ni su madre conoce 
a este montón con heridas! 
"No te han enviado moro:'
tus amigos de Sevilla, 
pues que los huertanos cantan: 
Valencia, te tengo mía, 
para que con tus vergeles 
nutras la sangre aguerrida 
que sale a batirse el alma 
contra la peña encendida." 

Y regresaba a su cauce, 
como antaño, el río Turia.


Juan Gil-Albert
Septiembre, 1936


El Mono Azul, 15 de octubre de 1936








3486. El poema en armas

Una miliciana descansa sobre los restos de un avión franquista  - Foto: Marín, Ahora, 26 de septiembre de 1936


En el país en donde la juventud del mundo
de cenizas caídas y rosas se levanta.
Allí donde crecida la muerte, bien regada,
los truhanes quisieron asesinar al Hombre,
hacia la Libertad encaminado.
En el país en donde nació un mundo,
yo sé que ahora, en este instante mismo,
a las cuatro, a las seis, pelean mis hermanos.

Quiero cantar delante de un Arco de la Sangre
ya destruido allá, y en un retrato, vivo,
de Lenin, popular y fallecido.
Quiero cantar a España incorporada,
a la superación de una etapa terrible,
al Comité de Salud Pública, al pueblo en armas,
a la sangre en armas.


Raúl González Tuñón
Ocho documentos de hoy, 1936