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3361. ¿Cuál debe ser la labor de las mujeres en la República? IV

Mujeres trabajando en la fábrica de cerillas La Fosforera en Carabanchel, Madrid. Años 30


Margarita Nelken

Margarita Nelken, inteligencia luminosa y combativa, espíritu periodístico de fibra, da a su respuesta un noble ardimiento: 

—¿La actuación de la mujer en la República? lo preferiría decir «la actuación frente a la mujer», pues lo más necesario, a mi juicio, es enterar a la mujer de lo que es la República. Una petición reciente, firmada por unas señoras que ostentan su fe de católicas como pendón político, y por las sirvientas, porteras y hasta niñas pequeñas de dichas señoras (esto no es humorismo sino afirmación comprobable y comprobada), ha puesto una vez más de manifiesto la lamentable ignorancia política y social de un gran sector de la feminidad española. La confusión entre el acatamiento de un dogma y la imposición de una creencia: entre la supresión de la enseñanza religiosa obligatoria y la prohibición de la enseñanza religiosa; entre el respeto a las autoridades eclesiásticas en el orden espiritual y la sumisión a las mismas en el orden temporal; entre la firmeza de creencias religiosas y el hacer depender la ley de estas creencias, aun para quien no las tuviere (cual, verbigracia, en la cuestión del divorcio, que ningún país hace «obligatorio», sino simplemente «posible»); entre, incluso, el respeto a la religión y a las comunidades religiosas, y la tolerancia dentro de las comunidades religiosas de actividades industriales que suponen, por su existencia al margen de toda ley, una competencia ilícita para el resto de la producción: esa confusión, fruto de una ignorancia que raya en la falta de sentido común, demuestra bien a las claras que lo más urgente, con respecto a la mujer española, es la necesidad de cultura. 

Y no me refiero a instrucción escolar o universitaria, sino a esa cultura que proviene de la amplitud de miras, de la comprensión «humana» de la vida, y que es norma elemental en todos los pueblos civilizados, por muy arraigadas que sean en ellos las creencias religiosas. 

Por lo tanto, a mi juicio, la actuación de la mujer en la República ha de constituir en España, ante todo, una obra de enseñanza, de divulgación, de cultura, en una palabra, por parte del reducido número de las «preparadas», para con aquellas que carecen de preparación y sólo por eso —entiéndase bien, sólo por eso, no por falta de capacidad— demuestran en sus manifestaciones o en su inhibición un desconocimiento absoluto de aquello mismo que constituye su principal preocupación.


«Hildegart» 

La joven y entusiasta propagandista, que a la edad en que las niñas de antaño jugaban con sus muñecas o confiaban a las margaritas sus nacientes conflictos sentimentales, se entrega a la labor de vulgarizar temas difíciles y espinosos, y de aclarar conceptos que han merecido secular y espesa incomprensión, es un símbolo de la evolución que han realizado nuestras juventudes. Hildegart ha respondido a nuestra encuesta: 

—La labor de la mujer debe ser doble, como es doble también su personalidad. El sentido depurador del feminismo sitúa a la mujer ante un horizonte de derechos, pero ante la realidad de unos deberes. La noción de la responsabilidad, al penetrar en el espíritu de la mujer, le hará ver lo que debe dar para poder exigir. 

Dentro del núcleo femenino español hay en la actualidad dos sectores, el de una minoría que se ha preocupado de los candentes problemas de España cuando el hablar de libertad era sentar plaza de rebelde y el luchar contra la Monarquía ocasionaba molestias y persecuciones. Otra, la de la masa que se ha unido al sentir republicano por sugestión del momento o por imperativo de la necesidad. Unas y otras tenemos un deber que cumplir con la República. Ayudarla con nuestra propaganda y con nuestra mayor instrucción. 

La cooperación inmediata que la mujer debe prestar a la República será la de alistarse en los partidos políticos ya existentes, no la de crear núcleos femeninos que mantengan la hoy más que nunca ridícula separación de sexos. 


Matilde Muñoz
Crónica, 21 de junio de 1931








3212. La odisea de una capitana. Anita Carrillo

Anita Carrillo fué primero una ráfaga del campo andaluz, una de esas niñas que los turistas suelen encontrar "pintorescas" y buenas modelos para sus "kodaks", y que la realidad de la miseria cotidiana obliga a ganarse el pan, el pobre cacho de pan, como un hombre, a la edad en que las niñas de los países sin tanto pintoresquismo y tanto latifundio van a la escuela y tienen juguetes. Luego fué una mocita pinturera que seguía trabajando como no se debería trabajar, y muy pronto, a los dieciocho años, una casadita hacendosa, que tenía su pisito de Málaga como los chorros del oro. Luego fué, igual que su compañero, una militante socialista. Y luego, por fin, igual siempre que su compañero José Torrealva, una buena militante comunlsta de La Línea. Y luego ya... 

Luego viene la sublevación, que sorprendió a Anita Carrillo de dirigente del Partido en La Línea. El viernes 16 de julio, ante la inminencia de ''lo que se veía venir", se reúne en La Línea el Bloque Popular. Los comunistas, por mediación de un informe de los Torrealva, exponen la gravedad de la situación. Como en todas partes: dilaciones, vacilaciones... Nadie responde. El 17 llegan de Algeciras dos coches con oficiales fascistas, que vienen a sublevar la guarnición. Esta, ese día no se subleva, cierto, pero el 18 entra un tabor de Regulares con morteros y ametralladoras, y la guarnición se rinde. Torrealva y Anita, con unos cuantos compañeros, van al Partido y recogen toda la documentación, que Anita quema ella misma en su casa. Tras lo cual, obedeciendo órdenes, marcha a Gibraltar. La Línea ya está totalmente ocupada por los rifeños; los elementos significados de los partidos de izquierda se internan en los huertos. A los tres días, a Anita le llega la noticia de que su marido ha sido muerto; sin pensar más se disfraza y regresa a España. En la Aduana, repleta de falangistas, un carabinero escudriña indolentemente el cabás de esa inglesa estrafalaria, con gafas, sombrero absurdo y falda cubriéndole los tobillos. Anita, pasado ese primer peligro, va derecha a los huertos donde están "los huidos"; allí tiene la alegría de encontrarse vivo a su compañero, y con él y otros tres camaradas se queda a vivir esa vida, que parece inverosímil, de espera de las fuerzas anunciadas de Estepona, que nunca acaban de llegar, pero que aquellos cinco empecinados esperan día tras día, durmiendo en los cañaverales y con seis pistolas y ciento ochenta tiros para defender la existencia de los cinco contra todo lo que pueda surgir. 

Y así, veintiocho días. El que hace veintinueve, lo que sucedió fué un grito desgarrador, brotado con riesgo de la propia vida de quien lo profería, de la garganta angustiada de la hija de un huertano, un viejo luchador: "¡Peeepe! ¡Los civiles!" Estaban copados por los del tricornio y los moros; un huertano, un pobre miserable, los había vendido. Y allí estaban, con ese grito de aviso desesperado metido en el temblor del cuerpo, y sin saber por dónde buscar una salida, ni atreverse a mover. Y así, ¿cuántos minutos o cuántas horas? El hecho es que un camarada del Partido, Manolo Corral, uno de los futuros héroes de la guerra en los frentes del Sur, se vistió de aldeano y cruzó cerca de ellos, descubriéndoles la única posible salida del cañaveral: "Seguidme, que estáis copados." Para seguirle había que saltar tapias; con los fugitivos estaba un chiquillo de quince años, herido, y que no podía andar; Anita se lo puso en la cadera y con él saltó como los demás, tapia tras tapia, de huerto en huerto, hasta el último. Y vuelta a disfrazarse, esta vez de hortelana, con un pañuelo a la cabeza, y a llegar jugándose el todo por el todo, hasta el bote preparado por el bueno de Manolo Corral. 

Al pontón de Gibraltar. ¿A ponerse a salvo? Eso no lo hacen unos comunistas. A pedirle al cónsul pasaportes para volver a Estepona en una motora y empezar a luchar. Torrealva organiza unas compañías de Milicias, el batallón Méjico, que muy pronto se hará famoso como "batallón de choque". Anita es el "responsable político" de la tercera compañía, y al formarse poco después la compañía de ametralladoras y ser nombrado Torrealva comandante, el jefe de la columna nombra a Anita responsable político de esta nueva compañía, "por ser quien más confianza le inspiraba". Por cierto, que el nombramiento se extiende en esta forma: "Al compañero Anita Carrillo." Y hasta el 6 de febrero la existencia de Anita se confunde con la de este "batallón de choque", que tan alto había de dejar el pabellón de los voluntarios malagueños. Después del duro combate del pantano de El Chorro, la "responsable político" es felicitada por el jefe de la columna por el arrojo con que se ha batido, y a petición de la compañía, es propuesta para recompensa. 

El 6 de febrero... ¿Cómo hablar con serenidad de lo que no debió nunca ocurrir, y es más terrible que cuanto pudiera describirse? Anita está en el cuartel, en su puesto, en Málaga. Se da cuenta de lo que pasa y va a decírselo a su marido, que se encuentra herido en el hospital: que el enemigo está en puertas. Torrealva se niega a creer lo que no puede, lo que no debe ser. El batallón se halla dispersado en tres puntos distintos: "la responsable" no puede abandonarlo. Está bien. Quedará en el cuartel en espera de órdenes. Las órdenes llegan, y las dan los médicos del hospital: hay que evacuarlo en seguida, cómo sea. Anita llena cinco camiones de la columna con heridos y sale al frente de ellos hacia Almería. El batallón se batirá en retirada, con un heroísmo de locura, paso a paso, hasta Motril.

Camino de Almería. Bombardeo por tierra, mar y aire. Los falangistas, valientes ante las mujeres, los niños y los heridos, ametrallan por detrás ese éxodo, que parece resucitar, en pleno siglo XX, los pánicos dé las huidas de los tiempos más remotos de la Historia. (Sólo que entonces no había fascismo, y tamaña barbarie no se podía imaginar.) Anita es contusionada por la explosión de una bomba de avión; sufre fuerte hemoptisis, y al llegar —¡por fin!— a Almería, ingresa en el hospital. 

Hoy, ya está curada. Y fuerte y animosa como el primer día.

—¡Qué magnífica eres, Anita!  

Y la capitán responsable de una compañía de ametralladoras, rápida nos contesta: 

—¿Magnífica? Nada de eso. Soy comunista. 


Margarita Nelken
Estampa, 27 de marzo de 1937







3139. Para que los luchadores del pueblo no tengan frío

Fotografía de Vicente López Videa


Una iniciativa generosa de la diputado socialista Margarita Nelken ha movilizado en Madrid todo un ejército femenino. Milicianas pacíficas y laboriosas, que en vez del fusil y la cartuchera tienen en sus manos largas agujas de metal o de pasta y madejas de hilos de lana. 

Margarita Nelken pidió a las mujeres madrileñas que ayudasen a los luchadores por la causa del pueblo proveyéndoles de prendas de abrigo de confección casera: jerseys de punto, cuellos y bufandas, que les defiendan del frío en estas madrugadas que, pese al rigor de la canícula,'son ya cruelmente frías en las crestas serranas. 

Apenas la voz amiga de la Radio lanzó el llamamiento, una legión de trabajadoras, muchachas de la clase media, obreritas de la aguja, empleadas y artesanas, formó «cola» en la secretaría de la Casa del Pueblo donde se organizaba el reparto de lana para las prendas. 

La «mano de obra» se ofreció generosamente por varios millares de madrileñas, ávidas de colaborar, cada cual a su modo, en el esfuerzo heroico de las Milicias populares. 

Acabaron pronto con la provisión de madejas que fábricas y comercios habían ofrecido espontáneamente. Las más humildes sólo podían contribuir con sus manos hacendosas y hábiles, dispuestas a trabajar sin descanso. Pero son muchos millares ya las madrileñas que invirtiendo sus pequeños ahorros, las «sisas» del modesto presupuesto cotidiano, en madejas de lana están en sus hogares, durante la tregua de sus labores caseras, trabajando afanosamente en la labor «de punto», que irá a los cuerpos de los luchadores impregnada de una tibia fragancia femenina. 

Manos diligentes de artesanas habituadas al trabajo; manos pulidas y finas de modistas y empleadas; manos fragantes de artistas y burguesitas antes ociosas, mariposean incansables desde hace muchos días tejiendo esas prendas de abrigo. Los dedos suaves que saben de los ardientes contactos del amor y de las santas caricias de la maternidad, juegan veloces con los fonjos hilos, con las finas agujas calceteras. 

En la dramática tensión de las horas que vivimos, esta labor hogareña y silenciosa tiene un entrañable sentido de colaboración espiritual. Las manos trabajan; pero el pensamiento puede volar, mientras tanto, a su antojo.Y mientras «las vueltas» del tejido crecen entre las agujas afanosas, la mujer puede imaginar el destino de la prenda, que, hecha aún un blando ovillo tibio, descansa en su regazo. El jersey o la bufanda será para un hombre, un hermano desconocido que en aquellos mismos momentos se estará jugando bravamente la vida por defender esta vida, esta libertad, este hogar donde la mujer trabaja. 

Estas prendas que las madrileñas con tanta generosidad trabajan serán para los combatientes las más preciadas. No serán el abrigo anónimo lanzado en series enormes por las máquinas de las grandes industrias. Estos otros jerseys y bufandas tejidos individualmente tendrán un hondo prestigio sentimental: cada uno representará varias horas de la vida de una mujer —hermana, madre o esposa— que los tejió poniendo en la labor un fervor de su corazón, un deseo de ventura, un anhelo profundo de su alma de mujer por que el Destino favorezca al hombre que ha de llevarlo sobre su pecho, ofrecido gallardamente a la muerte. 

Mujeres madrileñas: Que vuestra generosa colaboración se extienda en un alud de entusiasmo y de esfuerzo por todos los ámbitos de la ciudad, capital y símbolo de la nueva España que se está forjando, en una trágica depuración, ante el asombro del mundo. Contribuid todas a esta obra de piedad y civismo; que no haya una mano ociosa ni un céntimo dilapidado en frivolidad. Los soldados del pueblo, los que luchan en llanuras extremeñas y serranías castellanas, no deben pasar frío en estas madrugadas agosteñas, gélidas ya en las campiñas. El dinero de que podáis disponer, aun sacrificando pequeños hábitos de coquetería; todas las horas libres que tengáis deben convertirse: en madejas de lana, las monedas; en trabajo, el tiempo de ocio, para ayudar a los bravos luchadores del pueblo.

Hay muchas maneras de hacer la guerra, de colaborar en la gran empresa en que la nueva España fragua su porvenir. La vuestra es de estímulo y de piedad. Ya estáis también en los frentes de combate y en los hospitales de sangre. En la retaguardia, en el refugio de vuestros hogares, vuestra obra no será menos fecunda. Que vuestras manos, ungidas por el amor, santas por la maternidad, no estén ociosas mientras puedan.


Juan Ferragut
Mundo Gráfico, 2 de septiembre de 1936








2743. ¡Queremos votar! ¡Queremos votar!




Las sufragistas españolas no están dispuestas a que se les retrase el ejercicio de su derecho al voto ¿A quién vas a votar las mujeres y por qué? Lo que opinan las tres diputadas de las Constituyentes.


Algunas tienen prisa

No bien se había apaciguado un tanto el revuelo producido a raíz de la concesión del voto femenino, cuando ya tenemos otra vez el asunto sobre el tapete. 

Se trata, según parece, de una cosa gravísima. 

La Cámara lo aprobó demasiado deprisa y quiere volver sobre ello mediante una disposición transitoria. Están en su perfecto derecho los legisladores, ¿pero se van a conformar las mujeres? Probablemente algunas no solo se mostrarán de acuerdo con esta enmienda, sino que les parecerá de perlas. Pero hay un sector de mujeres que no están dispuestas a transigir en ningún caso. Estas señoras están en pie de guerra, según parece, hasta el punto de que el miércoles por la tarde y no bien se había presentado a la Cámara la enmienda firmada por los señores Castro, Abeytúa, Peñalba, etc., etc., por medio de la cual se restringe por ahora el sufragio femenino, irrumpió violentamente en los pasillos del Congreso gran cantidad de señoras. Iban muchas. Algún periódico ha dicho que más de cien. Lo cierto es que en un momento se hicieron dueñas del Congreso.

—¡Queremos votar… y en seguida.

Es preciso impedir que las Cortes vuelvan sobre lo que ya tienen acordado! ¡Queremos ver al señor Besteiro!…

Los ujieres corrían de un lado para otro sin saber qué hacer ante aquella invasión. Los diputados no se mostraban tan alarmados, y, en general, oponían galantes sonrisas a la actitud bélica de las señoras mientras comentaban en voz baja: 

—¡Pues las hay muy guapas! ¡Verdaderamente no sabe uno para qué quieren el voto!

Mientras esperaban al señor Besteiro un diputado se acercó a interpelarlas.

—¿Pero, de verdad tienen ustedes tanta prisa por votar?

—¡Ya lo creo! La mujer no puede perder semejante conquista. 

—Si no la pierden. Se trata sencillamente de que empiecen por ejercer su derecho en las elecciones municipales. Hay que empezar despacio… otra cosa sería quizá un peligro… 

Todas se volvieron airadas contra él, ¡pobre hombre!, y claro, lo achicaron. 

—Todo eso son habilidades, ¿sabe usted? Lo que quieren ustedes es que no votemos en tres o cuatro años y, ¡eso no! 

—¡La enmienda es un pastel! 

—¡No lo consentiremos!


Lo que opinan las tres diputadas

No se sabe qué decisión tomarán los señores diputados ante esta campaña sufragista que parece han iniciado las mujeres españolas. Probablemente prosperará la enmienda calificada por ellas de pastel. 

¿Pero de verdad la mayoría de las mujeres tienen esta prisa por votar? 

Con objeto de orientar un poco a los lectores sobre este asunto, he querido conocer la opinión de algunas mujeres representativas. Para empezar nadie mejor que las tres diputadas.

No están unidas; cada una pertenece a un partido distinto y cada una piensa de distinta manera. 

Victoria Kent (radical-socialista), cree que el voto debe retrasarse. A este fin presenta también al Parlamento una proposición igual en el fondo que la de los señores mencionados al principio, pero expresada con más claridad. Esto no quiere decir que yo sea contraria a la concesión del voto. En este momento lo estimo un poco peligroso. La prueba la tiene usted en que las derechas están encantadas de que voten las mujeres. Esas mismas derechas se oponían al sufragio universal en tiempos, alegando que la masa no estaba preparada. ¿Por qué no se oponen ahora, sabiendo como saben que la inmensa mayoría de las mujeres tampoco lo están?… Ese es el peligro.

Así opina Victoria Kent, pero Clara Campoamor (radical) opina de modo distinto. 

—Las mujeres pueden, quieren y deben votar. No le quepa a usted duda, y la prueba está en que contra el voto no se han esgrimido aún argumentos serios. Todos dicen lo mismo: «que no le interesa la política»…, «que no está preparada»…, «que votará al cura»…, «que es un peligro»… Nada de esto es cierto, y si lo fuera, nadie más que los hombres serían los culpables. ¿Por qué las han tenido sin enterarlas de nada? ¿Por qué no las han apartado de la influencia religiosa? 

Aquí —continúa la señorita Campoamor— hay un dilema. O la mujer es capaz de ejercitar este derecho como los hombres, o no es capaz. En el primer caso, hay que respetárselo, igual si se inclina a la derecha que si se inclina a la izquierda. Me parece que democraticamente no hay otra solución. En el segundo caso, o sea en el de los que creen que la mujer no es capaz para el voto y que se aprovecharán de él los enemigos de la República, todavía la tesis es más absurda. Sería tanto como conceder a los reaccionarios más habilidad para captarse el voto de la mujer que la que pueden tener los republicanos de veras.

—¿Pero usted cree que las mujeres tienen mucho interés en votar?

—Yo solo sé que, desde hace dos meses, no dejo de recibir cartas y telegramas de mujeres de todas partes felicitándome por esta campaña. 

—¿Pero usted no cree, como muchos diputados, que el voto femenino puede constituir un peligro para la República?

—Yo no creo que la mujer española se muestre ingrata con esta República, que le concede todo cuanto se le negó antes. 

Todavía falta una diputada a quien preguntar. ¿Como cuál de estas dos pensará? Véanlo ustedes. La señorita Nelken es también sufragista «templada», como la señorita Kent. 

—En principio, la concesión del voto a la mujer, acompañada del disfrute de todos los derechos civiles, me parece un avance muy estimable. Pero… hay que buscar el momento oportuno, porque si no puede resultar todo lo contrario.


Lo que opina una joven católico-monárquica

No importa el nombre. Se trata sencillamente de una joven como hay muchas. Respetuosa con la religión, admiradora del ex rey personalmente, entusiasta de la Corte y de las fiestas aristocráticas… 

—¿Usted cree que debemos votar las mujeres? 

—No faltaba más. Debemos votar y votaremos. ¡Y qué triunfo va a ser el nuestro! Pero aún llegaremos a tiempo para evitar que se cometan estos atropellos contra la religión. Ya verá usted cómo nosotras tendremos más valor que los hombres y nos impondremos acabando con todo esto. 

Cuánto me alegro ahora de no haber dado el nombre. Y más con este Casares Quiroga, que manda a la gente a esos sitios tan raros…


Lo que opina una joven marxista

Tampoco doy el nombre, por si acaso. Bromitas con esa Ley de Defensa de la República… ¡en ningún caso! 

—Yo no creo que sea ningún disparate la concesión del voto a la mujer. Es más, creo que todas las mujeres conscientes están deseando votar. ¿Que muchas son reaccionarias? Es verdad. Pero ¿no van a poder más los cientos de miles de obreras y mujeres de obreros que hay en España? Pero todo esto es secundario; lo interesante, no le quepa a usted duda, es que, con voto o sin él, en España hay ya una nueva generación de mujeres dispuestas a trabajar por la revolución social, que es lo interesante.

—Pero usted, concretamente usted, ¿a quién votaría? 

—No lo sé. A todos los políticos, nuevos y viejos, los encuentro demasiado burgueses.


Lo que opina una cacharrera

Sí, no cabe duda, las mujeres quieren votar. Lo que no se sabe, lo que no se puede adelantar, es el resultado, no obstante haber tratado de tomarles el pulso político.

Al terminar de recoger esta información he pasado por una cacharrería de barrio. La dueña y su hija están dentro. ¿Por qué no preguntarles? También ellas van a volar.

Con no sé qué pretexto les he hecho la pregunta y, enseguida, contesta la madre: 

—Pues, verá usted, no sé lo que decirla. Yo siempre he sido republicana, lo cual que a mi hombre le «mandé» que votara a la República en el mes de abril. Pero es que ahora me han dicho que no sé qué me van a hacer con la tienda.

—Oye, tú —dice dirigiéndose a la chica—, ¿qué es eso que ha dicho padre que harán con la tienda? 

—Nacionalizarla, madre; pero eso no es malo —contesta la muchacha en tono de bachillera. 

—Pues eso, francamente, no me gusta, aunque no sé lo que es. Pero mientras no me lo pongan en claro, ni mi hombre ni yo volvemos a votar la República.

—Diga usted que no —interviene la chica rápidamente—. Es que mi madre está muy anticuada, pero ya la convenceré yo para que vote a Largo Caballero.


Josefina Carabias
Ahora, 29 de noviembre de 1931












2436. La vida social y las mujeres. La preparación profesional

Septiembre, mes de las preparaciones: próximas las reaperturas de cursos, los muchachos piensan, o sus padres piensan por ellos - esperemos que febrilmente -  en la necesidad de ser algo, de prepararse para algo. Esto los muchachos y algunas muchachas. Convendría que fuesen todas ellas, por lo menos todas las que, socialmente, pecuniariamente - los dos términos aquí tienen casi el mismo sentido - pueden asemejarse a los muchachos “en preparación social”, válganos la frase.

Todavía son muchos y muy fuertes los prejuicios que detienen la acción social de la mujer, y no nos referimos aquí a la acción social puramente objetiva, sino a aquella personalísima, inherente y circunscrita a la misma y única personalidad de quien la realiza: al trabajo hecho con el fin de independencia propia. Sin embargo, a pesar de las impedimentas de orden moral y de las barreras salidas al paso en el orden material, es cada día mayor el número de las mujeres que trabajan y mayor aún el de las que desean o desearían trabajar; pero esta evolución, considerada por algunos como el nec plus ultra de nuestro posible feminismo, requiere imperiosamente una educación adecuada: una educación encauzada, si no desde un principio, al menos mucho antes del fin, con vistas a esa acción social; en una palabra, la emancipación económica de las mujeres, para no ser obra únicamente del azar, de la suerte en alguna que otra ventajosa colocación o del empleo de especiales aptitudes, exije, tomando estas palabras al pie de la letra, una “preparación profesional”. Septiembre es, más que ninguna otra época, propicio para pensar en ello.

Ante todo, no hay que confundir “preparación profesional” con la asistencia durante algún tiempo a una de las llamadas escuelas profesionales femeninas; es lógico y está muy bien que una muchacha que desea para el día de mañana poderse ganar la vida empleándose en una oficina siga durante algún tiempo cursos de mecanografía o de contabilidad; pero ello es muy poco y conduce casi invariablemente a este absurdo: la mecanógrafa no  sabe más que mecanografía, y a veces, cuando es un primor de muchacha, taquigrafía; la tenedora de libros no sabe más que teneduría de libros, y, muy raras veces, sabrá escribir correctamente una carta comercial, y aun suponiendo que al salir de la escuela profesional posean estos conocimientos simultáneos, les faltará siempre esa soltura que proviene, no ya de la costumbre de un trabajo, sino, más que nada, del hábito de pensar en que habrá de realizarse este trabajo; les faltará, no ya la práctica material, relativamente fácil de adquirir cuando se está ya en posesión de los necesarios conocimientos, sino la “práctica moral” que se adquiere tan sólo, insensiblemente, a lo largo de toda una educación. El no haber pensado en su trabajo hasta el día de su empleo, más aún que el ser principiantas, es causa de que nuestras muchachas tengan que ser meritorias o de que deban contentarse con reducidísimos sueldos, precisamente cuando necesitarían independizarse económicamente. La falta de preparación profesional impide el conveniente desarrollo de su acción social.

Y éstas son las que ya, en cierto modo, están preparadas. Pero: ¿y las otras, las que no se han preparado para nada y al pensar en su obligado porvenir de trabajo sólo sentían pasar por su mente la palabra “trabajo”, un trabajo indefinido, impreciso, algo vago y lejano, sin cuerpo ni exigencias precisas? Las mismas aspirantes a empleos oficiales, a Teléfonos, etcétera..., piensan en ello desde su preparación  inmediata, desde que estudian el programa del concurso de admisión, antes no; y no olvidemos que lo mismo esta clase de trabajadoras, así como las que asisten a escuelas especiales (incluso las del Magisterio), son, en nuestra clase media, la reducidísima excepción. Las artesanas, con sus aprendizajes, entienden mejor las obligaciones de su futura situación.

Insistamos en que por “preparación profesional” no queremos decir propiamente los estudios en escuelas profesionales. (Estudios que, no obstante, nos parecen, salvo rarísimas excepciones, excesivamente rudimentarios: la mecanógrafa que teclea muy de prisa, pero sin ortografía, es hoy día en nuestra bendita tierra un tipo representativo.)  Llamaríamos profesionalmente preparada a una muchacha que, lo mismo como pudiera hacerlo, por ejemplo, un hermano suyo, se encontrase tácitamente convencida, desde el principio de su educación y durante toda su educación, de que su vida habrá de girar alrededor de un trabajo, y, por lo tanto, desde lo antes posible, de determinados trabajos.

Son cada día más las mujeres que quieren, por sí mismas, bastarse a sí mismas; son muchos los padres de la pequeña burguesía que quieren que sus hijas trabajen y que contribuyan, lo mismo siguiendo sus inclinaciones que violentándolas, a los gastos del hogar familiar; son todavía muy pocos los padres que piensan en el porvenir de sus hijas absolutamente lo mismo como en el de sus hijos. Y, sin embargo, el antagonismo perfecto de la lamentable mujer que busca trabajo sin saber dónde ni cómo, es la figura insuperablemente digna de la muchacha que sabe cómo y dónde habrá de caminar.

Se ha hablado ya, pero no lo bastante, de lo convenientes que son para las muchachitas adolescentes los estudios científicos, que impiden, con la rigurosa precisión de pensamiento que requieren, el desarrollo hiperestésico de la imaginación y de los arrechuchos sensibleros, que son todo lo contrario de la sensibilidad. Si los estudios antiimaginativos convienen por lo tanto aún más a las mujeres que a los hombres, es decir, son aún más convenientes para ellas, lo que aquí entendemos por preparación profesional es igualmente conveniente para los dos sexos. Hay una inconsciente costumbre del cerebro, una insensible y natural evolución en un sentido determinado que es todo el resultado de la educación, y que nada puede reemplazar más tarde. En la mujer, como en el hombre, la preparación profesional conduce naturalmente a la dignidad profesional, y la niña que sabe, no porque se lo hayan dicho, sino porque igual que al niño se lo han hecho sentir, que será algo por sí misma y que de ese algo que sea le vendrá toda su dignidad, esa niña no tendrá nunca la idea de que habrá de casarse para que la mantengan. Idea esta que rebaja la virtud de la esposa burguesa al comercio de la ramera, que coloca a la mujer en condición indigna frente al marido, y que hace de la mujer sin marido ganapán el ser más lamentable.

La preparación profesional no implica el que la mujer deba siempre y a toda costa bastarse a sí misma: vivir, por ejemplo, de padres hacendados y respetuosos de la libre personalidad de su hija o de un  hombre al que se quiere y por el cual se es querida, aunque no conduce a la perfecta dignidad del ser útil a sí mismo y a los demás, no implica forzosamente desdoro ante su propia conciencia; pero la hija sometida por falta de independencia económica a normas familiares que no son las suyas o la mujer que pesa como carga insufrible sobre el hombre a quien no quiere o que la desprecia, muestran o ignorar cuál es la verdadera dignidad o ser incapaces de manifestarse como seres responsables. La preparación profesional no les permitiría esa situación vergonzosa, como no le permite al hombre vivir indignamente, y la generalidad de hoy será la excepción de mañana.

Muchas escuelas técnicas y profesionales, mucha libertad en el acceso a las carreras, a los empleos y a los oficios, sí; pero también, no ya para algunas muchachas de familias necesitadas o “particularmente avanzadas”, sino para todas, la preparación profesional, único medio eficaz de la dignificación de la mujer; único medio de que el trabajo de la mujer no aparezca, a pesar de sus estudios de última hora, cosa improvisada y postiza, y único medio de que desaparezca esa figura tan lamentable, pero tan indigna y - mirando bien las cosas - tan baja, de la mujer, hermana o parienta solteras o esposa sin cariño, mendigando del hombre un derecho a la vida que él no quiere reconocerle.

Y es que la vida debe ser llevada en sí por cada uno, hombre o mujer; la mujer que vive de un pariente, por muy cercano que éste sea, es siempre un parásito, y la mujer que vive de un hombre sólo por haberse entregado a él, legítima o ilegítimamente, es siempre una mujer que se ha vendido, y la dignidad personal no puede venir de repente, con la necesidad, ni a la mujer ni al hombre. Pero esto son los padres, los educadores, quienes son, naturalmente, responsables de ello.


Margarita Nelken
El Fígaro, 8 de septiembre de 1919, pág. 5  








1861. Discurso de Margarita Nelken sobre el Proyecto de Congregaciones Religiosas

Discurso sobre el Proyecto de Congregaciones Religiosas, pronunciado por Margarita Nelken el 1 de marzo de 1933


Señores diputados, el intervenir yo en este debate obedece únicamente a la convicción de que era necesario que una voz de mujer se dejase oír al tratarse un asunto que, según se nos asegura constantemente en los sectores de la extrema derecha, apasiona sobre todo a las mujeres.

Y no es, señores diputados, que en mí hagan mella esas afirmaciones: están todavía demasiado recientes los debates en torno a la ley de Divorcio, cuando un día y otro día, en la prensa de la derecha, en las propagandas de la derecha y en las intervenciones de los señores diputados de la derecha, se nos aseguraba que la mujer en España repugnaba de esa ley. No sé lo que pasaría si la mujer en España llegara a no repugnar de esa ley, porque el hecho es que, apenas implantada, había sólo en la Audiencia de Madrid unas 700 demandas de divorcio, firmadas en su mayoría por mujeres, y no necesito deciros, señores diputados, el trabajo, el agobio de trabajo que la ley de Divorcio da a todas nuestras Audiencias.

No me hacen, pues, mucho efecto esas declaraciones de que la opinión, la inmensa mayoría desea o no que se apruebe el dictamen sobre el proyecto de ley de Congregaciones. Además, bien sé que, quitando un pequeño sector, que mientras no se nos demuestre lo contrario tenemos derecho a creer que, asimismo, representa fuera del Parlamento un pequeño sector, por encima de todas las discordias que de momento puedan separar las fracciones de este Parlamento, en este punto concreto, no de persecución, sino de implantación de una ley que ha de dar por fin la paz a los espíritus tanto tiempo perseguidos, estamos perfectamente de acuerdo los distintos sectores de esta Cámara.

Hay en este tema un doble aspecto social y moral, incluso un aspecto tan delicado, que es muy difícil tratarlo sin, al parecer, pecar de sectarismo, y es el aspecto que concretamente se refiere a la asistencia a los enfermos de las religiosas en los hospitales y en los asilos. No creo yo, desde luego, que una religiosa sea una persona que carezca de ninguno de los méritos que puedan adornar a una persona seglar; no solamente admito la paridad, sino que, si queréis, incluso quiero admitir que todas las religiosas, cuanto más de acuerdo estén con sus convicciones, con las que les llevaron a pronunciar votos, más incompatibles serán con la vida, no digo de una República, sino simplemente de nuestros días.

Para una religiosa, el mundo, el mundo terrenal, no puede existir; para una religiosa sólo debe existir una segunda vida, a la cual tienden todos sus actos, y todo lo que en ella pueda ser sacrificios, esto la hará tanto más digna de respeto para un creyente; para quienes no somos creyentes sólo servirá para distanciarla de nosotros. Es natural que una mujer que se cree en posesión de una verdad absoluta y de una verdad que es nada menos que la felicidad eterna, por bondad, por caridad, por convicción quiera hacer disfrutar de esta felicidad eterna al mayor número posible de sus semejantes, y así nos encontramos, señores diputados, con que aquello que es una perfección desde el punto de vista católico, desde el punto de vista de los no católicos es un instrumento de opresión. Serán muy pocos, quitando los sectores de la derecha, serán muy pocos los señores diputados que están en la Cámara que no tengan el recuerdo por sí mismo, por algún familiar, por algún compañero, de verdaderas torturas morales infligidas en nombre de esa perfección en el momento sagrado de la muerte. No voy a traer aquí, si se me obliga los traeré, pero no creo útil traer ejemplos que están en la memoria de todos nosotros, ejemplos verdaderamente pavorosos; porque, señores diputados, si para un creyente el momento del tránsito supremo se encuentra consolado con la asistencia junto a su lecho de un simbolismo religioso que ha de conseguirle la máxima esperanza, para el que no ha tenido nunca esta creencia o para el que no la quiere ya tener, ese simbolismo que se le impone, que se le ha impuesto a la fuerza, sólo representa la angustia de la opresión que le ha perseguido durante toda la vida. Esta es la verdad de los hospitales, señores diputados. Los que aquí hablamos en nombre de aquellos que tienen que ir a sufrir sus enfermedades y a morir en los hospitales, nosotros sabemos que esa caridad de las religiosas es la mayor crueldad, la mayor frialdad, la mayor dureza. Sólo quiero recordar esto: que hasta que desde hace muy poco tiempo, desde que hace apenas pocos meses el temor precisamente a esta ley ha aconsejado mayor prudencia en el ejercicio de este proselitismo, a los enfermos en los hospitales se les despertaba a una determinada hora de la mañana para rezar. Los señores que aquí hablan en defensa de estas Congregaciones y que no han tenido que ir a ningún hospital, cuando hayan pasado una noche de sufrimiento, una noche de insomnio y después de esta noche interminable hayan, por fin, conciliado el sueño, habrán tenido a las personas encargadas de su custodia, para decir, en la casa: «Silencio, no despertarle, que ha pasado mala noche.»

A los enfermos, en los hospitales, se les despertaba, hubieran pasado o no una noche de sufrimientos; y yo sé de una enferma, sé de una recién operada, que después de una noche de sufrimientos horrendos, habiendo, por fin, conciliado el sueño de madrugada, fue despertada a las siete de la mañana con estas palabras: «Si no reza, no tendrá desayuno.»  Esto no es sectarismo siquiera. ¿Qué se les va a pedir a unas mujeres que, por santas que sean (no quiero dudar de su santidad), son casi todas completamente incultas, completamente alejadas de todo lo que supone su función de enfermeras? ¿Cómo se les va a exigir que tengan conocimientos que nadie se cuidó de darles? La imposición de un hábito, el pronunciamiento de unos votos, podrán abrir el camino del cielo; no pueden dar, por desgracia, la ciencia infusa.

Y si vamos a tratar de lo que han sido hasta hace muy poco las religiosas en las cárceles, entonces veremos que aquella crueldad de los hospitales adquiría aquí su grado máximo, porque tenían todavía menos sentido de responsabilidad que en los hospitales y en las clínicas. Lo peor de todo al emplear una enfermera, al emplear una maestra, al emplear quien sea en el cargo que sea, es saber que no se le podrá exigir responsabilidad; y las religiosas no tienen que dar cuenta más que a su superiora. Ni los médicos, ni los practicantes, ni el director de la cárcel pueden darles órdenes, porque saben las religiosas que si esas órdenes no quieren cumplirlas no perderán por ello el pan; antes lo perderán el médico o el directos de la cárcel.

El otro día se censuró aquí la actuación de la Srta. Victoria Kent, como directora general de Prisiones, por haber separado a las monjas de la Cárcel de Mujeres de Madrid. Al Sr. Lamamié de Clairac, que tanto se apiadaba de los malos tratos, de la falta de comodidades y de consideración personal reservados a aquellos a quienes teníamos derecho a castigar como traidores a la Patria, brindo yo esta estampa, que es muy poco idílica: la de unas muchachas estudiantes, en diciembre de 1930, unas muchachas acostumbradas ellas también a la vida muelle y a ser rodeadas de y de toda clase de respetos, que por haber sido llevadas a la cárcel de Madrid por haber hecho alguna propaganda antimonárquica, fueron en la cárcel, por encima de órdenes y de la voluntad del directo, fueron por aquellas religiosas confundidas con las pobres mujeres más degradadas, y ya entienden los señores diputados lo que quiero decir. Y aquí en esta misma Cámara tienen asiento dos diputados, uno de ellos ausente ahora, el Sr. Pérez de Ayala, y el otro presente, D. Luis de Tapia, que en unión de aquel gran caballero y gran corazón que fue don Adolfo Buylla, y en unión de quien ahora os dirige la palabra, hubieron de intervenir, durante la Dictadura, en un asunto que había llevado a la Cárcel de Mujeres de Madrid a una muchacha italiana.

Esta muchacha se llamaba Gabriela Tranquillo. Don Luis de Tapia seguramente no habrá olvidado este asunto. Esta muchacha, perfectamente educada, perfectamente cultivadaperteneciente a la única aristocracia que merece respeto, que es la del espíritu y es la del estudio, había entrado en España en unión de un compañero suyo con el cual vivía maritalmente. Era comunista. Al ser detenido el muchacho, fue detenida ella también, arguyéndose que había hecho una declaración falsa al inscribirse como esposa legítima. Se la llevó a la cárcel y allí empezó el calvario de aquella mujer; D. Luis de Tapia lo recordará. Una muchacha, como ya he dicho, educadísima, prudentísima, incapaz de un gesto ni de una palabra que pudieran ofender. Entró en la cárcel por la tarde, y a determinada hora, a las cinco o a las seis, una de las monjas le dijo que se iba a rezar el rosario. Ella, con toda prudencia, dijo, sencillamente, como una cosa natural, natural en todos los países civilizados, menos en España, hasta la República, dijo que no era católica. ¡Nunca lo hubiera dicho! No hubo humillación ni vejación que le fueran ahorradas; no hubo tortura moral que no se le haya infligido; no pudo recibir ni una sola vez la comida que de fuera la mandábamos sus amigos, ni pudo ver a un médico estando enferma; estaba tuberculosa.

Para refinamiento de crueldad, al preguntar por su compañero se le dijo que había muerto, cosa que era incierta, y se la quiso obligar a compartir el lecho con una de aquellas desgraciadas, que para mayor desgracia estaba aquejada de una enfermedad repugnante.

Esto lo han hecho las monjas en la Cárcel de Mujeres de Madrid y en todas las cárceles donde se las ha dejado estar. ¡Cómo no lo iban a hacer! Ni tenía sentido de responsabilidad, ni tenían cultura de ninguna clase y su pobre mentalidad de pobres fanáticas les hacía creer que la religión consiste en eso, en imponerla a la fuerza y en vengarse, como fuese, de quien se resistiera a esta imposición.

Yo puedo asegurar a la Srta. Victoria Kent que aunque su paso por la Dirección de Prisiones no hubiera dejado otra huella que el quitar por fin de las cárceles a mujeres que no tenían ningún título, fuera de sus tocas, para estar allí, sólo por eso el nombre de la Srta. Victoria Kent será recordado con gratitud por todos los espíritus liberales.

Hay, verdaderamente, una cosa que me sorprende, y es el momento en que se quiere hablar aquí de libertad de conciencia. ¡A buena hora habláis de libertad de conciencia!

Antes dije que todos los señores diputados que no fueran de la derecha, y hasta de la extrema derecha, saben, no de uno, de varios casos sangrantes análogos al que yo acabo de relatar. Pero no hace falta buscar fuera de aquí ningún caso. Aquí está un compañero de Parlamento (digo compañero de Parlamento, no de partido, lo cual quita a mis palabras lo que pudierais ver en ellas de sectario o de subjetivo); aquí, en este Parlamento, se sienta el hijo del ilustre , y el ilustre  fue atacado a ciriazos en las calles de Oviedo, por un cura trabucaire, un día que no se descubrió al paso de una procesión. En este mismo Parlamento, en estas Cortes Constituyentes de la República se ha pedido una pensión para la viuda y los huérfanos de aquel hombre que en La Arboleda fue encarcelado también por no haber saludado a una procesión y murió loco en la cárcel. El día que uno de vosotros pueda decir que se le ha perseguido por no haber saludado el símbolo de otra religión o que no ha podido cumplir con los deberes religiosos que él quería, ese día tendréis derecho a hablar de lo que llamáis libertad….

Había olvidado, al hablar de los hospitales, hacer la distinción obligada entre las monjas de los hospitales y las de los sanitarios de pago. En el sanatorio, como se paga, y el enfermo es un cliente, desde luego, no se le ha impuesto jamás ninguna convicción religiosa.  ¿Por qué no lee S.S. lo que dijo D. Fernando de los Ríos de las Hermanas de la Caridad?

¡Y se habla de la cultura! Cuando yo veo que se habla de la cultura que dan las Congregaciones religiosas, yo, verdaderamente, no me explico cómo siendo España el país que más conventos tiene, es el país donde en las clases proletarias tiene más analfabetismo…  y menos cultura en las mujeres de las clases elevadas. Una de las grandes sorpresas de todos los diplomáticos extranjeros que vienen a España es esta incultura verdaderamente cerril de las mujeres de la clase media y de la clase alta que salen de los conventos.

Confundir la letra picuda y el chapurrear el francés con la cultura es una triste cosa.

Luego esas mujeres a quienes se ha tenido alejadas e ignorantes de todas las corrientes de la cultura moderna, estas mujeres firman protestas como aquella tan donosa de madres de alumnos de los jesuitas. Yo las recuerdo, recuerdo las firmas, conozco a muchas de las firmantes, y sólo cabe decir: ¿Y ustedes cómo saben si han educado bien o mal a sus hijos si ustedes no están educadas?

Lo que pasa es que la Iglesia, con muy bien tino, con el talento de organización que nadie le puede regatear, se ha cuidado muy mucho de no enseñar ni siquiera elementos de Historia a las mujeres. Estas muchachas y estas mujeres católicas que dicen: «Sí, pero a nosotras, las mujeres, quien nos redimió fue el Cristianismo.» Estas mujeres ignoran una cosa tan esencial como ésta: Que en el Concilio de María, en el año 581 (esto, si es cuento o no, mejor lo sabrán sus señorías), se discutió nada menos que esto: si las mujeres tenían alma o no.

Pasa con esto como con las artes y con la civilización toda, que hay, yo no me atrevo a decir un truco, pero, en fin, un recurso que consiste en que todo lo malo, todo lo que hoy juzgamos ignorancia o cosa criminal hecha por gente de iglesia o en nombre de la Iglesia en siglos pasados, se nos dice: ¡Ah, fruto de la época! En cambio, todo lo bueno se dice: ¡Ah, fruto de las Ordenes religiosas! No; o todo lo malo y todo lo bueno, o ni todo lo bueno ni todo lo malo.

Pasa con esto como con los palimpsestos. Se alejaba a los benedictinos, que han tenido la santa paciencia de hacer aflorar debajo del texto que los borró, el texto antiguo. Y se nos dice: los benedictinos devolvieron la cultura clásica. Si primero no hubieran cubierto el texto antiguo con otros textos más modernos, no tenían por qué haber hecho otra de tanta paciencia.

Y toda la cultura de la Iglesia, todo lo que se debe a la Iglesia, todavía no sabemos si nos puede compensar de aquella que se perdió en los incendios de bibliotecas como las de Alejandría, que se incendió por los primeros cristianos para destruir toda la cultura que hasta entonces existía.

Yo no digo que sea por culpa de la Iglesia, yo no digo que sea obra del Cristianismo, pero lo cierto es que la decadencia de la cultura femenina en España ha coincidido con el incremento del cristianismo. Porque no valen ciertos ditirambos que se enseñan en los manuales de literatura a las niñas para hacerles creer en ciertas glorias literariocristianas, no; de aquella Catalina de Aragón, a quien se atribuyen unas  acerca de los salmos y unas que, como se ha podido descubrir con textos auténticos, fueron escritas en 1548, o sea trece años después de la muerte de su presunta autora; de aquella Catalina de Aragón no se enseñan, en cambio, a las niñas de los conventos las cartas que escribía a su padre, Fernando el Católico, y que obran en los archivos, que yo no puedo inventar. En esas cartas se ve cómo aquella princesa sufría en Inglaterra no sólo toda clase de humillaciones, sino verdadera necesidad, verdadera miseria, y cómo su padre, Fernando el Católico, a quien incluso se habló de canonizar, hacía oídos de mercader a aquellas quejas de su hija, porque estaba muy ocupado en algo que tampoco se enseña a las niñas de los colegios de monjas: estaba ocupado en olvidar lo que Doña Juana la Loca había de decir, los celos extremos de su esposa, o sea el histerismo desenfrenado de Isabel de Castilla; estaba muy ocupado en olvidarlo, apenas hubo bajado al sepulcro aquella santa reina, en los brazos de una linda francesita, Germana de F. Esto no tendría ninguna importancia, como no la tiene tampoco el decir que aquella Oliva Sabuco de Nantes –que todavía no hace mucho tiempo se ha ensalzado en una de esas fiestas a que son tan dadas las monjas de los colegios, aquella Oliva Sabuco de Nantes, a quien su padre, D. Miguel, endosó –-ésta es la palabra- nada menos que en realidad no escribió jamás una línea, pues también obra en los archivos, y allí se puede ver, se puede consultar y estudiar aquel proceso tan donoso según el cual el padre reclamaba a su hija los derechos que había percibido por esos libros, pues –de esto se alegrarán nuestras feministas, el buen D. Miguel Sabuco creía que un libro firmado con nombre de mujer se vendería mejor que firmado con nombre de varón; pero él mismo declaró que él quería dar a su hija la honra de los escritos, mas no su provecho.

¿Quiere esto decir que no ha habido, desde el incremento del Cristianismo, mujeres preclaras en España? De ningún modo. Bastaría un solo nombre, el de la Doctora de Avila, tan perseguida, que tanto hubo de luchar contra la Iglesia y contra las Ordenes religiosas; bastaría el nombre de Sor María de Agreda, la que aconsejaba al rey que no hiciere caso de los validos, ni de los ricos, ni del ato clero, que le querían apartar de lo que era su pueblo; bastaría el nombre de una condesa de Montijo, que fue perseguida por el Santo Oficio y por Godoy; por el Santo Oficio, por haber traducido una obra de Voltaire y por ser jansenista, y por Godoy, porque se le atribuía un discurso de recepción en la Academia del conde de Teba, que atacaba la legitimidad del Poder real; bastarían estos nombres para que con todo respeto tuviéramos que hablar de la cultura de algunas mujeres excepcionales a lo largo de los siglos de cristianismo en España. Pero eran excepciones. El nivel medio ni volvió ni ha vuelto todavía a ser lo que era durante el Imperio romano y durante la Córdoba del Califato.

Que las princesitas o las niñas de casa grande supieran el latín a los ochos años, no tenía nada de particular; se aprendía el latín como hoy las institutrices enseñan el inglés o el francés. Cultura, no la había. En cambio, en la España romana, no me perdonaríais, señores diputados, que yo os hiciera la ofensa de citar ni siquiera algunas de aquellas mujeres que constituían el nivel medio, simplemente el nivel medio de la intelectualidad femenina. Pero bastará recordar el de Lope, en que citaba aquella Pola Argentaria, esposa y colaboradora de Lucano en «la Argentaria Pola, que fue también docta española»; bastará con recordar aquel epigrama, tan graciosamente traducido por un poeta festivo del siglo XVIII, por D. Francisco Micón, marqués del Mérito, epigrama de Marcial, en que ensalza las virtudes, virtudes intelectuales, verdaderamente singulares de Teófila, la mujer de Cayo Rufo, y bastaría recordar en el siglo V, en las postrimerías del Imperio, aquella mujer Serena, la sobrina de Teodosio el Grande, aquella mujer que supo agrupar en torno a ella una verdadera corte de escritores y poetas, una corte que no ha tenido similar hasta las Cortes del Renacimiento italiano; aquella mujer que cuando se ha descubierto en el siglo XVI, en Roma, la piedra sepulcral de su hija Augusta, la esposa del emperador Honorio, en que quedaba la inscripción: «Fue erudita, digna discípula de su madre», cuando aquel descubrimiento, en la Roma renacentista, los ingenios, que despreciaban todo lo que no era su Italia, porque era entonces Italia lo más alto de la civilización occidental, hubieron de pensar que también en España había habido una civilización pareja a la suya.

Y luego, nuestras doctoras en Medicina, nuestras poetisas de la Córdoba del Califato, todas aquellas muchachas que iban a la Universidad musulmana. Esto no lo saben las mujeres que hoy creen que en España no ha habido cultura para ellas hasta que se la han dado las Ordenes religiosas. Y es natural que así sea; la fuerza de las Ordenes religiosas está en el sentido unilateral de su enseñanza: se enseña tan sólo la parte que les conviene, la otra queda a obscuras. Y así, una vez justifican la Inquisición, y la llamada «Los cien mil hijos de San Luis», y otras dejan en la sombra, con mucho cuidado, todas las gestas populares, desde la de los Comuneros hasta la de la guerra de la Independencia.

Pero hoy en el mundo entero se pide una rectificación de este sentido unilateral de la Historia. En los demás países se pide esta rectificación para extirpar el chauvinismo, el fascismo, lo que pueda hacer creer a ningún niño que por haber nacido en determinado lugar ha nacido con una superioridad sobre los de otros países. 

Nosotros necesitamos rectificar también la enseñanza, no sólo en el sentido patriotero, sino en un sentido que o no puedo decir religioso, porque no tiene nada que ver la religión con la explotación que se hace de la misma.

Y en cuanto a las Escuelas Pías, de que hablaba antes el señor Carrasco Hormiguera, precisamente en las Escuelas Pías se practica lo que se llama caridad y se da también enseñanza a los niños pobres. Los niños pobres entran por una puerta distinta a la de los niños ricos, para que, desde pequeños, los niños ricos sepan que tienen una certidumbre en el privilegio de su fortuna, y los niños pobres se acostumbran a una resignación, que es humildad. Aquí, en Madrid, existe desde hace muchos años una casa de educación donde también van los niños pobres y los niños ricos, pero van completamente confundidos, no con unas cuantas becas, como en las casas religiosas, becas que se reservan generalmente a niños de antiguos alumnos o de aristócratas venidos a menos, cuyos nombres han de dar lucimiento a la casa, sino realmente confundidos, realmente iguales los pobre y los ricos. Y así van a las colonias de vacaciones. Así han ido los hijos de muchos de los que aquí estamos, sin que ellos mismos supieran si eran hijos de padres que pagaban por ellos o hijos de padres que no podían pagar. Los que de cerca o de lejos, directa o indirectamente, nos sentimos integrados con todo fervor a la obra de D. Francisco Giner, sólo podemos encogernos de hombros al oír hablar de la caridad de las escuelas católicas.

Y ahora viene un punto, tal vez el más delicado de tratar y, desde luego, el que a mí, como socialista, como representante de obreros, más me interesa: es el del trabajo en las comunidades religiosas. No es ésta la primera vez que en este recinto va a oírse mis juicios sobre esta cuestión. En las Cortes monárquicas, ya los elementos de izquierda hubieron de enfrentarse con el entonces ministro de Instrucción Pública para preguntar por qué se había formado expediente a una maestra que había puesto en manos de sus alumnas un libro mío que trata de estas cosas. Recuerdo principalmente, con gratitud que no puede extinguirse nunca, el discurso del Sr. Prieto y los artículos vibrantes de los Sres. Zulueta, Alomar y Leopoldo Alas. Decía yo en aquella obra, y tengo que repetir ahora con toda crudeza, que, sin quererlo, por supuesto, inconscientemente, todo lo inconscientemente que queráis, las congregaciones religiosas que se dedican a la industria tienen una gran responsabilidad en el fomento de la prostitución en España. Y esto se explica muy fácilmente.

En el Consejo Superior de Protección a la Infancia presenté yo, por aquel entonces, una moción para que se instaurara en las fábricas y talleres que emplean determinado número de mujeres, guarderías para los hijos de esas obreras, y los demás vocales del Consejo me dijeron: «Si logra usted que solamente seis fábricas, seis patronos, se avengan voluntariamente a esto, nosotros lo formularemos como petición oficial.»

En efecto, hubo un solo patrono, una sola fábrica que se avino voluntariamente a esta petición. Era una fábrica de bombillas. ¿Sabéis por qué, señores diputados? Porque en los conventos no se fabrican bombillas. Todos los demás patronos me dijeron algo que me obligó a darles la razón: «¿Cómo quiere usted –-me decían- que yo, que tengo un establecimiento de ropa blanca, o de bordado, o de planchado, o de lavado; yo, que estoy sujeto a impuestos, a inspecciones; yo, que tengo que luchar con la competencia ilícita de casas que, porque se llaman religiosas, explotan mi misma industria, sin ninguna de mis cargas, me abrume con una carga más?» Y tenían razón aquellos patronos, porque como en las congregaciones religiosas no se retribuye a las obreras, como sólo se las paga con una mala comida, porque también es curiosa la estadística de tuberculosas que salen de esos asilos, y se las puede tener inclinadas sobre el bastidor de bordar desde que amanece hasta que se pone el sol, se puede dar muy barata la mano de obra. De ahí que la industria libre no pueda retribuir bien a sus obreras y que España sea hoy el único país donde una mujer no pueda honradamente vivir de un trabajo de costura, de bordado o de planchado.

Pero hay más. Había ese sentido tan especial que dabais a la beneficencia. Teníais la beneficencia acaparada y cerrábais vuestras puertas precisamente a quienes más necesitaban que se les abrieran. La mujer que salía de maternidad, con un hijo en brazos, si no tenía junto a ella lo que el pueblo llama tan gráficamente la sombra de un marido, no tenía ninguna puerta donde llamar, porque hasta en el comedor de madres lactantes se le negaba la entrada si era una madre soltera. Y nos encontrábamos con que no se la protegía porque era soltera y con que el trabajo que se la podía ofrecer no se le remuneraba como era debido porque en el convento de enfrente se hacía una competencia ilícita en ese mismo trabajo.

¿Qué queríais que hiciera aquella pobre mujer? Lo que tantas y tantas han hecho.

Porque en otros países las mujeres se venden muchas veces por afán de lujo o por vicio, y yo, que he estado durante meses en los servicios de higiene de la Dirección de Seguridad, con un permiso especial para interrogar, para estar junto a las desgraciadas que acababan de salir de San Juan de Dios, os puedo asegurar que aquí el 90 por 100 se prostituyen por miseria, y muchas veces para no dejar en la Inclusa a su hijo o para no cometer un infanticidio.

El otro día el Sr. Pildain pronunció aquí un discurso que yo no tuve la fortuna de oír, pero que he tenido el placer de leer, y no ve S.S. en estas palabras el menos retintín; digo el placer, porque estamos tan poco acostumbrados a que elementos del sector del Sr. Pildain se pronuncien con esa mesura y esa elevación de tono, que es una verdadera fortuna que alguien como S.S. se produzca de esta forma en los debates.

Pero el Sr. Pildain, que habló aquí elocuentemente de lo que sucedió en Francia cuando la discusión de la ley Combes, y citaba palabras de Waldeck-Rousseau, olvidó un pequeño detalle, y es que la discusión de la ley Combes en Francia, aquella máxima tolerancia a que aludió su señoría, tuvo lugar más de un siglo después de la gran revolución. Es un detalle, al parecer sin importancia; pero es lo cierto que en Francia se ha podido y se puede ser hoy muy tolerante, porque se empezó por ser de otro modo muy distinto. En Francia no hay un señor sacerdote que se atreva a levantarse en una Cámara, ni en ninguna parte, para decir algunas cosas tan distantes de todo sentimiento humano como las que aquí hemos oído a veces; porque aquí, cuando la secularización de cementerios, hemos escuchado a un señor sacerdote protestar que los huesos de un católico hubieran de reposar junto a los huesos de un descreído. Yo creía, la verdad, que para un creyente, de cualquier religión que fuese, lo que importaba después de la muerte era el alma y no los huesos.

Y aquí hemos oído a ese mismo señor sacerdote protestar de que se quisiera equiparar ante la ley a los niños nacidos dentro y fuera de legítimo matrimonio. Ante esto yo me pregunto si no estaremos equivocados los que recordamos las palabras: «Dejas a los niños que vengan a mí.» Por lo visto, Cristo dijo: «Que vengan a mí los de legítimo matrimonio y los demás que se mueran de hambre.»

Cuando el Sr. Pildain vaya o torne a París, seguramente irá o habrá ido a un lugar al que van todos los turistas, que es el cementerio del «Père Lachaise», célebre por sus monumentos y por los muertos ilustres que allí reposan; aquel cementerio, que es de mucho antes, de muchísimo antes, Sr. Pildain, que la discusión de la ley Combes y de la separación de la Iglesia y del Estado, es un cementerio en el que reposan juntas unas y otras, personas de las más distintas y opuestas confesiones, y aquel cementerio, como su nombre lo indica, está construido en los jardines del que fue famoso confesor. Como no puedo permitirme la libertad de dar un consejo al Sr. Pildain, me limitaré a dirigirle un ruego, que es el siguiente: cuando vaya o torne a París, visite estos dos puntos de la capital francesa que, según nos han dicho tantos y tantos literatos, son los más cargados de espiritualidad que hay en el mundo: uno, junto a los muelles del Sena, allí donde se divisa Nuestra Señora, madre de catedrales; otro, junto al Arco de la Estrella, desde donde, en el atardecer, se ve a los Campos Elíseos envueltos en el gris perla de la Isla de Francia. Desde el primero de estos lugares, a la vez que hacia Nuestra Señora, mire hacia enfrente, fíjese en el letrero de aquel muelle, es el muelle Voltaire, y recuerde S.S. que Voltaire, en vida, no fue admirado hasta el frenesí, como nos aseguran que lo ha sido, por sus contemporáneos, por su obra literaria, sino por su acción cívica, porque Voltaire era el que defendió la libertad de conciencia, el que exigió la revisión de los procesos del caballero de Le Barre y de la familia Calás, ajusticiados por el fanatismo católico; y cuando esté en el Arco de la Estrella, fíjese en el nombre de una de las espléndidas avenidas que allí desembocan: es la Avenida Hoche. Desde hace más de cien años, en aquella Francia, cuya tolerancia encomiáis, los niños aprenden en los manuales de historia, en la escuela laica gratuita y obligatoria, que Hoche fue el pacificador de la Vendée. Con este nombre se le conoce. Y ¿cómo pacificó la Vendée Hoche? ¡Ah, Sr. Pildain, si nosotros ni remotamente pensáramos en pacificar así aquellas provincias de S.S., que hoy están agitadas – -reconozcámoslo- sobre todo por propagandas no siempre de muy buena fe; aquellas provincias en que las mujeres, un tiempo, se dieron a colgarse crucifijos ostentosos, no en símbolo de una fe que nosotros respetaríamos y que no necesita ostentación para ser respetada, porque hemos visto crucifijos sobre pechos que muy poco les favorecían! Pues bien, en la Vendée llevaban los hombres también, como protesta contra la República que se acababa de instaurar, un sagrado corazón de Jesús. Pues ahora, cuando las mujeres de Bilbao se encrespan tanto porque se retire de una de sus plazas un monumento que en todo caso no debería estar expuesto jamás, por propio respeto de la religión, al escarnio de cualquier transeúnte, sino que debiera, para mayor reverencia, hallarse dentro de un templo, cuénteles S.S. cómo pacificó Hoche la Vnedée: la pacificó danto a sus tropas orden de fusilar, sin juicio de ninguna clase, sin contemplación alguna, a todo el que ostentara en el pecho un sagrado corazón de Jesús.

Refiriéndoos a nosotros habláis de sectarismo, habláis de intolerancia, cuando no hemos querido responder jamás en igual forma a vuestro fanatismo. Y eso que estamos aquí, no la generación que Francia tuvo en tiempos de Combes, sino la misma generación que tenemos sangrando todas las humillaciones, todas las vejaciones; estamos aquí los que no hemos podido tener un hijo militar porque en las Academias había que ser católico a la fuerza; estamos aquí los que no hemos podido tener a nuestros hijos jugando con otros porque se les insultaba llamándoles moros, como si el ser moro fuera un insulto al lado de ciertas otras cosas.

Nosotros no queremos responder a eso, pero no nos provoquéis, porque creéis que habláis en nombre de una mayoría y yo os puedo asegurar, os puedo afirmar, que si el país está descontento es porque cree que vamos demasiado despacio. En otras naciones, la muchedumbre, en momentos de conmoción nacional, asaltan Bancos y palacios; aquí quema conventos, aquí van donde saben que se encuentran quienes los han oprimido durante siglos y siglos. No nos obliguéis a contestar con las mismas armas, porque no queremos hacerlo. La única libertad es la de poder ser verídicos para con nosotros mismos, y esa libertad, única que se podía tener, nos la habéis quitado vosotros. No es que yo crea que mientras exista un hombre que pueda tener un sus manos los medios económicos de otra o de otras personas, la libertad de conciencia será completa; yo bien sé que no; pero, por lo menos, ese mínimo de respeto humano de que vosotros no habéis tenido idea mientras habéis podido imponer por la fuerza vuestro credo, no queráis que lo recobremos a la fuerza también. Porque todas esas sensiblerías que destacáis en vuestra Prensa no pueden hacernos mella a los que tenemos recuerdos tan sangrantes como los que antes he citado, ni nos puede conmover a la tristeza de quien, asegurando que es representante en la tierra de quien dijo: «No matarás», bendice, alegremente, aeroplanos de bombardeo.

Y ahora, para terminar, voy a decir algo que ya manifesté en Bilbao, en aquel Bilbao en donde queréis encender una guerra ficticia valiéndoos de unas pobres mujeres ignorantes; yo dije en Bilbao que en cualquier país del mundo puede que tuviera la Iglesia, puede que tuvieran las órdenes religiosas derecho a hablar y a ser escuchadas con respeto, menos en España. En España no tenéis autoridad para hablar ni de sacrilegios, ni de agravios, porque cuando con más autoridad podíais haber hablado de ello, que fue el día en que un rey perjuro al juramento hecho sobre los Evangelios y que por eso debía ser para vosotros doblemente sagrado, mandó perpetrar un doble asesinato, que no otra cosa fue aquel doble fusilamiento en un día que, según vosotros, el Señor manda santificar, ninguna voz salió de vuestro seno para protestar, no en nombre de la Justicia, no en nombre de la solidaridad, no en nombre del sentido humano, sino simplemente en nombre de los deberes cristianos, escarnecidos por aquel sacrilegio.  

Por eso yo, en nombre de todos aquellos que han muerto en los hospitales, oprimidos hasta su último momento; en nombre de aquellas mujeres que han salido de la Maternidad con un hijo en brazos y han tenido que dejar ese hijo en la Inclusa o que lanzarse a la prostitución porque un fanatismo ciego les cerraba todas las puertas; en nombre de aquellas mujeres que hoy, todavía, no se pueden ganar honradamente la vida porque en unas casas que se llaman religiosas, otras que dicen haber renunciado al mundo, impiden con su competencia que su trabajo les proporcione el indispensable sustento; en nombre de todos estos oprimidos por quienes ahora nos hablan tanto de libertad, pido, sin ningún espíritu de venganza, con toda serenidad, pero con toda energía, que se cumpla inexorablemente o cuanto antes el artículo 26 de la Constitución