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2545. La Primera República XXVIII (Final)

Tropas Republicanas entrando en el Cantón Independiente de Cartagena


CAPITULO XXVIII

Ya no vi más, porque el divino forjador me sacó del patinillo, no sé cómo ni por dónde, y me encontré con él en lo alto de una calleja de tan áspera pendiente que más parecía despeñadero. Pensaba yo en los volatines que tenía que hacer para el descenso, cuando el titán me cogió en brazos, como si yo fuera un monigote de papel, y me bajó hasta un rellano donde había un pretil. Debajo del pretil se veía la muralla, y más abajo el mar.


Nos sentamos los dos. No pude yo expresar mi estado de espíritu más que con un suspiro, tan hondo y grande como si con él echara toda mi alma. El atleta me miró atentamente, y sus labios de mármol pronunciaron estas palabras desgarradoras: «Floriana es mi novia...».


Ni para temblar me quedaron fuerzas después de oído esto. El corazón se me achicaba, y llegué a sentirlo del tamaño de una nuez cuando el varón estatuario remató así su concepto: «Mi novia es, y ningún mortal puede aspirar a su amor... Te lo digo en el lenguaje vulgar de tu tiempo, y traduzco el lenguaje eterno, para que pueda ser por ti fácilmente comprendido. Las divinidades que gobiernan el mundo han dispuesto que el Fuego plasmador se una en coyunda estrecha con la Feminidad graciosa y fecunda, para engendrar la felicidad de los pueblos futuros. Antes que acabe esta generación se ha de ver en pos de Floriana un enjambre de mil niñas, que al llegar a la edad juvenil encarnarán la belleza, la ternura, la gracia y sutileza educativa que has admirado en la excelsa regidora de esa humilde escuela. Cada una de esas mil criaturas, hijas de Floriana, dará al mundo otras mil. Ya puedes comprender que con un millón de maestras como esta que has visto, tu patria y las patrias adyacentes serán regeneradas, ennoblecidas y espiritualizadas hasta consumar la perfecta revolución social».


Atontado escuché... Hallábame, como si dijéramos, henchido de resignación... Nada se me ocurría que pudiera ser digna respuesta a predicción tan sublime... Yo, Tito Liviano, el hombre raquítico, enclenque, de ruin naturaleza, residuo miserable de una raza extenuada, politicastro que pretendía reformar el mundo con discursos huecos, con disputas doctrinales, fililíes retóricos y dogmáticos requilorios, me sentí tan humillado, que anhelé con toda mi alma huir de la comparación con aquel ser titánico de infinita grandeza... Me levanté, y con la frase más vulgar del lenguaje de mi tiempo le dije: «Ya debo retirarme. Adiós, señor».


Al dar el primer paso vi bajo mis pies una escalera quebrada, empinadísima, en cuyo fondo adiviné un abismo. Viéndome perplejo, el hermoso gigante tiró de mí diciendo: «Por aquí bajarás mejor». Se volvió hacia la muralla y me arrojo por un inmenso talud o escarpa de inconmensurable altura. «¡Adiós, Tito -me dije-, que aquí pereces!...». Contra lo que pensaba, descendí con suave rapidez como si la pendiente fuera de algodones, y caí de pie en la playa, sano y salvo, sin contusión ni rozadura, sin polvo ni el menor desperfecto en mi ropa.



CAPITULO XIX


Al retirarme, vi en mi mente con absoluta claridad que mi papel en el mundo no era determinar los acontecimientos, sino observarlos y con vulgar manera describirlos para que de ellos pudieran sacar alguna enseñanza los venideros hombres. De tales enseñanzas podía resultar que acelerasen el paso las generaciones destinadas a llevarnos a la plenitud de los tiempos. Seguí, pues, en mi atalaya histórica, y presencié fríamente sucesos culminantes que imprimieron mayor interés y bizarría a los anales del Catón. Pero me falta espacio para referiros lo que observé en los meses de Octubre, Noviembre y Diciembre del 73 y la mitad de Enero del 74, por lo cual solicito de vuestra benevolencia un período de higiénico descanso, que no ha de ser corto si me obligo a contaros el bloqueo de Cartagena, con los reñidos combates navales de aquellos interesantes días; el asedio que puso a la Plaza un Ejército Centralista, mandado por el General López Domínguez; el lastimoso asesinato de la República, muerta el 3 de Enero a manos del General Pavía, y después, el dramático desenlace y acabamiento del Cantón, con la fuga de sus temerarios caudillos a las playas africanas.


Ya metidos lectores y narrador en la jurisdicción del 74, seguiremos tan campantes al través de la intrincada manigua de las desgarradoras contiendas civiles, hasta parar en aquella fatalidad histórica que abominamos, no sin reconocer que nuestra incorregible tontería fue Razón transitoria de una Sinrazón que ya ¡vive Dios! va durando más de la cuenta.



Benito Pérez Galdós

La Primera República - Capítulos XXVIII y XIX



Este libro aporta el título de la cuarta novela de la V y última Serie de los Episodios nacionales, publicados por Galdós.





2544. La Primera República XXVII

CAPITULO XXVII

Mi perplejidad y azoramiento me causaban una molestia enfadosa. Viendo que no hacían caso de mí, cual si yo fuera un ente invisible, quise llamar la atención de aquellos cíclopes con gesticulaciones violentas y gritos atroces. Entonces, uno de los herreros dejó a un lado su martillo y la pieza que forjaba, y se llegó a mí risueño. Al ver que al fin había logrado hacer acto de presencia, creo, señores míos... no estoy seguro de ello... creo que me expresé de este modo: «Pero los que aquí trabajan ¿son hombres o qué diantres son?». Antes de contestarme, el forjador se quitó el mandil de cuero dejando ver un tórax espléndido, cual yo no lo había visto nunca en carne mortal. La cabeza y el rostro eran de una hermosura sólo comparable a la que nos ha transmitido la estatuaria helénica.


Con bondadoso acento me dijo aquel que diputé por superior a la estirpe humana: «Ya sé a qué vienes. La que manda en ti te propuso que fueras herrero y sabio para ser hombre y no muñeco. Pero yo advierto que eres demasiado endeble para emprender tarea tan ardua. Sería preciso que te dejaras construir de nuevo. Yo y mis compañeros de trabajo somos forjadores de los caracteres hispanos del porvenir. ¿No comprendes esto?... Pues has de saber, hombrecillo de obcecado entendimiento, que estos hierros son resortes para las voluntades, que no han de doblarse ni romperse. Luego verás cómo trabajamos el acero y otros metales, que han de dar resistencia a los corazones y solidez a los cráneos donde se alberga el pensamiento».


Continuaba yo privado de opinión sobre cosas tan inauditas. Con fugaz razonamiento me dije: «Por Júpiter, que este ensueño es más dislocado y delirante que cuantos hasta ahora me depararon los espíritus juguetones». Y antes que yo pudiera escudriñar la razón de aquel extraordinario prodigio, el hombre perfecto de cuerpo y rostro me cogió por el brazo o por el pescuezo, y llevándome como en vilo, me condujo a otra estancia más grande, en la cual vi dos filas de hombres membrudos y atléticos, que trabajaban en diferentes operaciones de lima, torno y pulimento de metales. Pasando entre ellos pude observar la majestuosa estatura del forjador, comparada con la mía. Con tacones y sombrero, yo le llegaba poco más arriba del codo.


Entramos en un aposento reducido, iluminado por luz cenital. En el centro había una mesa de hierro con tazas y ánforas griegas. Por indicación de la estatua viviente nos sentamos. Oí en derredor mío un musitar festivo de voces femeninas. Manos invisibles nos sirvieron un divino néctar que debía de ser Falerno. Cuando se aproximaban las fantásticas servidoras creí vislumbrar un asomo de facciones humanas, vagamente apreciables a la vista. Me volví y dije: «¿Eres tú Graziella?». Risillas burlonas sonaron alejándose en el aire vago.


La ingestión del vino de los Dioses produjo en mí una súbita iluminación del espíritu, un gozo chispeante, una conformidad expansiva con lo que me pasaba. «Caballero forjador -dije al que ya consideraba como amigo-; confiado en su amabilidad le suplico me saque de una duda. Yo entré en la herrería siguiendo a una señora madura a quien conozco con el nombre de Doña Aritmética. Traspasé la puerta un segundo después que ella y no la vi. ¿Puede usted decirme a dónde ha ido esa señora y el cómo y porqué de desaparecer tan pronto?


-Esa calle por donde has venido -me contestó el hombre de perfectas hechuras- es incómoda y casi intransitable en el trozo más alto. Las personas que tienen que ir a la escuela de párvulos hallan por aquí acceso más fácil, pues sólo un patio, como verás, separa este taller del taller de Floriana. La gran Maestra, imposibilitada de trabajar en el magno colegio que se hizo para ella, no quiere estar ociosa, y en este barrio mísero ha establecido una escuela humilde, para educar a los niños más pobres y desamparados de la ciudad.


-Bien clara es ya para mí la ruta de Doña Aritmética, y ahora comprendo el magnetismo que a estos lugares poderosamente me atraía. ¿Me permitirá usted, señor coloso, que salga yo a ese patio, por lo menos, para ver desde allí el recinto escolar donde la Diosa cría las inteligencias del mañana?».


Levantándose me dijo el artífice de voluntades: «Ven conmigo y verás». Salimos... no sé si por una puerta o por una de esas paredes que permiten la filtración de bultos corpóreos... salimos, digo, al patio, que era irregular, con empedrado menudo y muy bien barrido, completamente llano. Avanzamos luego por un espacio trapezoidal, limitado por medianerías y anexos de casas mezquinas. El patio se angostaba después para ensancharse en una especie de plazoleta. Sorprendiome la pulcritud del empedrado, que indicaba la acción constante de hacendosas manos femeniles. Pero más que esto me sorprendió que nuestros pasos no hacían ni el más leve ruido sobre las piedrecillas, como si estas fueran pelotas de lana.


En la plazoleta vi unas cuerdas en las que estaba tendiendo ropa Doña Gramática. Temblé ante la personificación de la sintaxis enroscada y regurgitativa; pero mi temor se disipó al instante, porque pasamos frente a ella, como a dos palmos de su cara, y no nos vio. Traspasado el cortinaje que formaban las sábanas y manteles puestos a secar, vi unas ventanas bajas, y llegó a mi oído un runrún leve de voces infantiles. Allí estaba la escuela.


Repitiose el fenómeno anterior. No puedo decir si entramos por una puerta o por un muro de materia tan tenue que daba paso a los cuerpos. La escuela era grande, de techo bajo, con pies derechos de madera sin pintar, y trazas de un viejo almacén o depósito de efectos navales. Aún quedaba en él un ligero tufillo de brea. Entre niños y niñas pareciome que había poco más de veinte, todos muy pobres, descalzos la mayor parte, mal vestidos, algunos harapientos y desgreñados.


En el centro del local vi a Floriana, vestida de azul obscuro. Dulce palidez melancólica advertí en su rostro estatuario. Su frente, de proporciones exquisitas, me deslumbró cual si de ella irradiara una claridad que iluminaba el mundo. En derredor de la divina Maestra, un enjambre de pequeñuelos de ambos sexos recibía las primeras migajas del pan de la educación. Les enseñaba las letras y los sonidos que resultaban de unir una con otra. A unos les corregía con gracejo, a otros con besos les estimulaba; a los más chiquitines les sentaba sobre sus rodillas, metiéndoles en la cabeza, como por arte mágico, las cinco vocales. Allí no había palmeta, ni correa, ni puntero, ni ningún instrumento de suplicio. Había tan sólo cariño, halagos, persuasión, y un extraordinario poder espiritual para encender en el cerebro de las criaturas las primeras lucecitas del conocimiento. Un sacerdote santo dando la comunión a los fieles, en las catacumbas, no me hubiese inspirado mayor respeto.


Divagamos por el aula con la libre curiosidad de fantasmas que gozan el precioso don de ver sin ser vistos... En el fondo del local vi a la simpática Doña Caligrafía bregando con las niñas y niños mayorcitos que, llenándose los dedos de tinta y alargando los morros, trazaban palotes, rudimento inicial de la escritura... Llegó el momento del descanso, que fue consuelo de aquellas pobres almitas oprimidas por la grave atención.


Llevando de la mano por racimos a sus chiquitines, Floriana salió a un patinillo donde había un naranjo raquítico y unos girasoles mustios. Allí todos, chicos y medianos, se soltaron a correr y a jugar. Algunas niñas, que habían dejado allí sus peponas, las recogieron y empezaron a zarandearlas con alegres cantos maternales. Los chicos tiraban de peonzas y pelotas. En un rincón del patinillo, Doña Aritmética, delante de un gran barreño lleno de agua, lavaba las caras mocosas y sucias de algunos. En lugar próximo, Doña Geografía se encargaba de peinar a otros las enmarañadas greñas, donde no era raro encontrar habitantes. Después entró Doña Gramática, trayendo la merienda que entregó a Floriana para que la repartiese: era pan y aladroque, que comieron los chiquillos con la gazuza que supondréis.


Luego vinieron los regalitos; a los pequeñuelos descalzos, con los pies llenos de mataduras, les puso Floriana por su mano alpargatitas nuevas; a una niña muy aplicada que en pocos días había aprendido a deletrear, obsequió la Maestra con una pepona muy lozana, con camisa, y chapas de bermellón en los mofletes; a un rapaz espigado y listo, que ya trazaba úes y emes con rara perfección, le regaló una cajita de colores, pincel y lapicero. Entró Doña Caligrafía con un ramo de flores que la Maestra repartió entre las chiquillas, poniéndoselas en el moñete o en el pecho...


«Adiós; hasta mañana»... Besos, cariños, alegría, risas que eran como un himno a la Enseñanza, y desfiló aleteando la infantil bandada.



Benito Pérez Galdós

La Primera República - Capítulo XXVII


Este libro aporta el título de la cuarta novela de la V y última Serie de los Episodios nacionales, publicados por Galdós.




2542. La Primera República XXVI




CAPITULO XXVI

Muchos días, no sé cuántos, después de la visita de la Madre, me sentí un tanto aliviado de mi flojera muscular; el ansia de soledad se amenguó bastante, la idea de morir en plena juventud y la querencia del sepulcro empezaban a serme unas miajas desagradables. Mis amigos Fructuoso, Alemán y Alberto Araus, deseosos de sacudirme y entonarme, me llevaron a una de las islas del Mar Menor, y por cierto que el viaje me causó miedo; creía yo que en mi estado de extenuación no podría recorrer con vida el camino de tierra y mar, que se me antojaba de una longitud fabulosa. No recuerdo el nombre de la pintoresca isla en que me desembarcaron, sacándome en vilo de la chalana. Entendí que era propiedad del barón de Benifayó.

La hermosura del sitio, la pureza del aire, la quietud y transparencia de las aguas, influyeron de tal modo en mi naturaleza física y moral que por la tarde me reconocí muy mejorado. Nos albergamos en una casita donde moraba, con su mujer y unos chiquillos, el guarda de la isla, y tal fue la bondad con que me agasajó aquella excelente familia que mis amigos, previa discusión entre todos, acordaron dejarme allí por dos o tres días.

Aquella noche dormí como un canto. A la mañana siguiente ya era yo otro hombre. Recorrí sin cansarme distancias que el día anterior me habrían parecido considerables. Mis buenos patrones me daban comiditas de enfermo; mas yo prefería las calderetas de pescado fresco con que ellos se alimentaban diariamente. En uno de estos comistrajes, no sé si al segundo o tercer día, mi apetito se desarrolló hasta la voracidad.

Aunque en mi albergue modesto y patriarcal abundaban los utensilios de caza y pesca, no se me ocurrió entretenerme en ningún deporte, pues siempre me repugnó la persecución y matanza de inocentes animales del aire y de las aguas. Mi única diversión era pasear sin fatiga, recorrer la plácida costa de la isla en las partes donde no había cantiles infranqueables, subir a las cimas no muy altas, y tumbarme allí donde encontraba un lugar mullido y fresco para la contemplación del paisaje y la dulce tarea de no hacer nada.

Con este vivir fácil y mis calderetas de mújol fresco al medio día, mis fritangas de barbos y bogas por las noches, con algún hojaldre de añadidura, me reconstituí en mi ser normal apartando mis ojos de la cara fea de la muerte. Lo único que me quedaba de mi trastorno era la incapacidad para contar las horas y los días. Una mañana llegó Fructuoso a verme, y hablando de acontecimientos particulares y públicos vine a entender que estábamos en Septiembre, lo que me causó grande estupor, por mi antedicha ineptitud cronológica.

Entre varias noticias de mediano interés me dio Manrique la de que Salmerón se había negado a firmar las sentencias de muerte dictadas para contener la indisciplina militar. Discutimos un rato sobre si eran o no compatibles la filosofía pura y el impuro arte de gobernar a los pueblos. Sin que lográramos dilucidar punto tan grave, supe que Salmerón se obstinaba en el propósito de dimitir.

Venid a mí otra vez, parroquianos benignos, y os daré una página histórica que me salió, cuando menos lo pensaba, en los días de mi convalecencia. Los amigos que me llevaron a la islita de Mar Menor me restituyeron a Cartagena en una plácida tarde de Septiembre. Apenas llegué a la ciudad y a la redacción de El Cantón Murciano, leí en este periódico la lista del Ministerio que había formado el gran tribuno Emilio Castelar. Vedla aquí:

Presidencia, Castelar; Estado, Carvajal; Gracia y Justicia, Río Ramos; Hacienda, Pedregal; Guerra, Sánchez Bregua; Marina, Oreiro; Gobernación, Maisonnave; Fomento, Gil Berges; Ultramar, Soler y Pla. Salmerón fue elegido Presidente de las Cortes. Era opinión general en Cartagena que don Emilio iba a meter mano a los cantonales, poniendo sitio a la plaza en toda regla.

Sin que yo pusiera nada de mi parte, y hallándome aún a media convalecencia, me vi otra vez llevado a la corriente histórica, que en aquellos días de Septiembre era mansa y sin notorias turbulencias. Dudo que merezcan pasar a los Anales de Clío los acontecimientos que, vistos de cerca, me parecieron de poca monta y no alteraban la marcha indecisa y claudicante del Cantón. Pacificada Valencia, Martínez Campos se acercó a nuestra plaza, llegando hasta La Unión, desde donde sus avanzadas hicieron un reconocimiento hasta las inmediaciones del barrio de Santa Lucía. Contáronme que hubo tiroteo y que las fuerzas centralistas se retiraron a la madrugada.

Y ya que nombro a Santa Lucía, diré que fui a la casa donde cené con la Madre en aquella calurosa noche de Agosto, inolvidable para mí porque en ella me inoculó Doña Geografía, con sus acerbas prohibiciones, la pasión de ánimo que me tuvo medio loco y medio muerto durante más de un mes. La freidora de pescado estaba en su sitio; pero en la casa me dijeron que Doña Mariana había cambiado de residencia y no sabían su paradero.

Sigo pasando ante tu vista, lector discreto, una cinta histórica de menguado interés: iniciativas abortadas, hazañas ilusorias, planes muertos apenas concebidos. Salió Contreras en busca de Martínez Campos, con grande aparato de fuerzas de tropa y Milicias, cañones Krupp, Ingenieros, Caballería, Sanidad Militar, pertrechos de guerra y boca, y demonios coronados. Los dos Ejércitos no se encontraron o no quisieron encontrarse.

Las piezas Krupp de una parte y otra hicieron fuego a larga distancia sin causarse daño de consideración. En el campo cantonal, un caballo fue herido en la boca por un casco de proyectil, avería tan leve que el animal no tardó en curarse; otro casco perforó el parche de un tambor, y un soldado recibió contusiones que apenas merecieron auxilios caseros de la Sanidad. Mejor hubiera sido que me dejara yo en el tintero estas vanas correrías. Conste que las saco sin otra expresión gráfica que unos puntos suspensivos...

Las excursiones marítimas de aquel mes no merecen mayor gasto de tinta. Claro es que luego vendrán hechos de armas tan resonantes que para referirlos toda la tinta será poca. Concretándome a las aventuras marítimas del Cantonalismo en Septiembre del 73, acorto la corriente narrativa para consignar que el viajecito de Gálvez a Torrevieja en el Fernando el Católico, y la sorpresa de Águilas por el Brigadier Carreras en el mismo buque, sólo sirvieron para esquilmar con escaso provecho a estos dos pueblos.

Algo más serio fue lo de Alicante. Carreras se presentó con las fragatas Numancia y Méndez Núñez ante aquel puerto, donde entonces residía el Ministro de la Gobernación, Maisonnave, tan amado de sus coterráneos los alicantinos. Alborotose el vecindario, las fragatas rompieron el fuego contra la Plaza, y ante la obstinada pasividad de esta, los cantonales viraron en redondo y se volvieron a Cartago Espartaria.

Apártate de mi atención, fastidiosa historia pública; déjame volver a mi dulce cuento. La fuerte querencia que no podía echar de mí llevome una tarde a la plaza de la Merced, donde vi que el edificio construido para la magna institución pedagógica estaba cerrado a piedra y barro. Recorriendo las calles adyacentes, con la esperanza de encontrar alguna puertecilla excusada que comunicara con tal edificio, interrogué a unas pobres mujeres que estaban haciendo calceta en el quicio de un portalón cerrado. Dijéronme que la escuela grande se había convertido en almacén de harinas, arroz, bacalao y otros artículos, para el suministro de la Plaza en caso de que le pusieran cerco los condenados centralistas. Las señoras maestras habían desalojado el edificio, llevándose los trebejos de enseñar, mapas, tinteros y la mar de libros.

En esto vi que por angosta puertecilla de un callejón cercano salía una señora con manto negro, en la cual reconocí a Doña Aritmética. Llevaba en sus manos un lío de ropa y un fajo de papeles y cuadernos. No consideré prudente detenerla y hablar con ella, y la seguí a discreta distancia, en conserva, como dicen los marinos... Traspuso la dueña la puerta de San José. La dirección que tomó luego indicome que iba hacia Santa Lucía. Como no miraba hacia atrás y además iba y venía mucha gente por aquellos lugares, pude espiar su ruta fácilmente.

Pasó la dueña por delante de la casa en que yo cené con Mariclío; metiose después en angosta travesía, por donde pasó a una calle de mediana anchura, tortuosa y con altibajos, de caserío desigual, mezquino y pobre. Plebe lastimosa se veía en las puertas o divagaba por un suelo que sin duda fue empedrado y desempedrado por los demonios.

Adelantando en la calle, oí el tintineo vibrante de los martillos sobre el yunque... Doña Aritmética torció a la derecha vivamente. Apresuré el paso para seguirla de cerca. Ella delante, yo detrás, penetramos en una travesía corta, en cuyo fondo vi el resplandor rojizo de una herrería. Allí se metió la dueña, y yo, sin saber ni pensar lo que hacía, me colé tras ella. Dentro de la negrura en que lucían con viva lumbre las llamas de la fragua, los hierros al rojo y las chispas que al golpe de los martillos saltaban, quedeme absorto y paralizado. Por más que miré en derredor mío no vi a Doña Aritmética. Dos hombres hercúleos, con mandiles de cuero, trabajaban en el yunque; un mozo fornido metía los hierros en la fragua, y un guapo chico de tiznado rostro tiraba de la cadena del fuelle.

Yo no sabía qué decir. Por fin me decidí a preguntar tímidamente si había entrado allí una señora de tales y tales señas. Nadie me contestó; llegué a creer que nadie me veía; los cuatro siguieron trabajando como si no hubiera entrado nadie. Repetí mi pregunta con el mismo resultado negativo. Acordeme entonces de que la Madre me dijo en ocasión reciente que para ser hombre y no muñeco debía yo conservar el saber adquirido, completándolo con el vigor físico que dan los trabajos más duros. Pensando en esto llegué a imaginar que me hallaba en un recinto encantado, bajo el dominio de la Madre augusta y eterna, educadora de las naciones.


Benito Pérez Galdós
La Primera República - Capítulo XXVI


Este libro aporta el título de la cuarta novela de la V y última Serie de los Episodios nacionales, publicados por Galdós.





2540. La Primera República XXV




CAPITULO XXV

Historia lastimosa voy a contaros, lectores queridísimos, y empiezo requiriéndoos a concederme vuestra lástima y un piadoso interés por mí, pues se trata de incumbencias particulares, sin mezcla de ningún melindre político, como aquel que dijo, sin trampa ni Cantón... Leedme y afligíos. Consecuencia fulminante de la terrible prohibición o anatema que oí de labios de la vaporosa Doña Geografía, fue que caí en la honda enfermedad que llaman pasión de ánimo, y se manifiesta con intensa desgana de todo menos de la soledad, hastío de la comida, desmayo muscular, aberraciones nerviosas y cerebrales, aborrecimiento del género humano y anhelo de morir.

En mi estrecho cuarto de la fonda me pasaba las noches de claro en claro, los días de obscuro en obscuro, estirado a medio vestir en un sillón de mimbres, empapándome en el amargor de mis melancolías y temblando a cada ruido que me pareciese anuncio de alguna visita. Amables y compadecidos, el fondista y los mozos no sabían qué hacer para despertar en mí las ganas de comer. Me traían platitos de algún guisado selecto, frutas, mariscos, golosinas... Mas, ni por esas; yo no pasaba nada, como no fuera café y algún mendrugo de pan chamuscado a la lumbre. Llegué a desligarme en absoluto de la norma del tiempo; no me importaban los sucesos exteriores, ya fuesen trágicos, ya fuesen ridículos. Sólo la idea de ultratumba me halagaba, adormeciéndome en placentera modorra. Muriendo dejaría de arrastrar los restos miserables de mis ilusiones deshechas y en descomposición. Morir era el descanso, y aunque parezca paradójico, el supremo egoísmo.

Fue a verme Cárceles, que trató de animarme con su jovialidad bonachona. Según él, hallábame atacado de neurosis agudisísima. «Lo que usted padece -me dijo- es una exacerbación del egoísmo, y eso se cura con la actividad, con el trato de gentes y el tomarse interés por las cosas del prójimo y del procomún. Conque ánimo, a comer, y a la calle con los amigos. Le pondré una fórmula; no más que un amargo para abrir el apetito».

Mi amigo, el camarero Alonso Criado, me llevó un día unos comistrajes rarísimos, por si con ellos lograba yo vencer mi desgana. Eran huevas en mojama de un pez llamado mújol, que se cría en el Mar Menor. Las probé y me supieron a demonios. Otro día me llevó dátiles de mar, un marisco sabroso, del cual me dijo Criado que comiendo mucho y bebiendo encima aguardiente era seguro reventar como un triquitraque. Lo caté y no me desagradó; pero me abstuve, porque aunque tenía ganas de irme al otro mundo, no me hacía maldita gracia emprender el viaje con el pasaporte de un cólico miserere.

Después de Cárceles me visitaron Fructuoso y el cartero Sáez, gobernador del castillo de Galeras. El primero me dijo que iba a mandarme a Dorita y sus dos amigas para que me dieran una sesión de bailoteo andaluz, con panderetas y palillos, y me cantaran las coplas cantonales que estaban tan en boga. El valiente cartero me dijo: «Véngase usted conmigo al castillo por unos días, y con aquellos aires y aquellos horizontes ¡recristo! se le quitarán esas murrias». No hablo más de estas visitas ni de las que me hicieron Tonete Gálvez, Alemán, don Pedro Gutiérrez, Roque Barcia, Pernas y otros amigos, porque tengo que consignar la que fue para mí más honrosa y grata.

A media mañana se me presentó un día Doña Gramática, compungida y bien abarrotada de locuciones hiperbólicas y laberínticas, ore rotundo, anunciándome, a fuer de solícita embajadora, la visita de la divina Madre. Afortunadamente, no se corrió demasiado en el mensaje, por priesa de sus quehaceres... Partió deseándome la pronta sedación de mi espasmo neuro-imaginativo... Me arreglé un poco, y al cuarto de hora entraron en mi estancia Mariclío y Doña Caligrafía. Vestían ambas de negro, con mantilla, como señoras mayores de la clase media que, al volver de misa, visitaban a un pobre enfermo. La Madre traía un librito como los que usan las señoras cuando van a sus devociones, y la otra dama una caja de cartón, cruzada con cinta roja, que se me antojó regalito de confituras.

El respeto y la emoción me paralizaron la lengua. Tardé un rato en expresar a la divina Señora el gozo que de verla sentía. «Padeces, querido Tito -me dijo ella, sentándose junto a mí y poniendo su mano en la mía- el morbo europeo, la epidemia de la civilización, que la Medicina del día atribuye a los nervios y la de antaño achacaba a los demonios. Entiendo yo que es flaqueza del cerebro, resultante del vértigo de los goces fáciles, del ansia de asimilar sabidurías de artes y ciencias, que viene a ser la guía del entendimiento. ¿Cree mi buen Tito que estas generaciones, debilitadas por la continua labor pensante y emotiva en el curso precipitado de la vida mental, pueden arrasar las instituciones caducas, y erigir sobre sus ruinas el monumento del Federalismo, que tiene por base las virtudes y el vigor físico de los pueblos?

»A los que como tú se inutilizan para el vivir normal solemos dar el nombre de románticos. Románticos son, pero de estofa ínfima y barata, los que se matan porque la novia se les va con otro, los que se desesperan y reniegan de la Humanidad porque no han podido obtener en un día lo que es fruto de la paciencia en largos años trabajosos.

»Conque ya lo sabes: no quiero verte romántico llorón, ni neurótico, ni flatulento, ni poseído de los demonios, que todos estos nombres han sido aplicados sucesivamente a los enfermos de necedad aguda. Conservando amorosamente el saber que tienes archivado en tu cabeza, ponte a trabajar en una herrería, forjando a fuerza de martillo el metal duro; abre el surco en la tierra, siembra el grano y cosecha la mies; arranca de la cantera el mármol o el granito; agrégate a los ejércitos que entran en batalla; lánzate a la navegación, al comercio, y si logras juntar a tu saber teórico la ciencia práctica que aprenderás en estos trajines, serás un hombre.

»No serás hombre sino un muñeco, si en vez de contener tu alma en la norma de ambición que la Naturaleza concede a los humanos, te lanzas al espacio insondable de las ambiciones locas, quiméricas, fuera de los confines de la realidad. Acabarás de perder tu salud, y con la salud tu vida, si te empeñas en remontarte al cielo para coger la estrella más linda que en él has visto desde la tierra, o si te arrojas en medio del Océano para sacar la perla escondida en el seno más hondo de las aguas».

Tragándome la píldora de indecible amargura que en mi boca puso la Madre excelsa, alabé su elevado conocimiento de las cosas humanas, y el arte sutil con que sabía separarlas de las divinas. Dicho lo que antecede, bajó el tono Mariclío, y de las altas esferas del pensamiento descendió a las más bajas con transición donosa.

Hablamos de la vida cantonal, que ya empezaba a ser aburrida y sin ningún relieve. «Te habrás enterado -me dijo la Señora- de la nueva quijotada de tu amigo el General Contreras. Este señor, que es infatigable en la imprevisión, apenas dio fin a la descomunal aventura en que le quitaron las fragatas, quiso entrar en singular batalla con los molinos de viento. Entre tropa y Voluntarios reunió un ejército de dos mil hombres, y con un tren de Artillería partió por el ferrocarril a la toma de Albacete. Iban con él Pernas y Pozas.

»En la estación de Murcia recibió el aviso de que Martínez Campos, desembarazado ya de los cantonales de Valencia, vendría probablemente contra los de Cartagena. Los que iban a la conquista de Albacete corrían peligro de que el caudillo centralista les cortara la retirada. La intrepidez a secas, sin ninguna otra virtud que la rija y encauce, es cosa muy mala en las andanzas guerreras. Ciego y espoleado por el arrojo siguió don Juan su camino, y en Chinchilla el Coronel Escoda le hizo frente con un corto número de soldados, distribuidos por la carretera.

»Llegó muy a punto el General Salcedo, y sin pelear apenas ni sufrir ninguna baja, derrotó en corto tiempo a los cantonales. En su poder quedaron muchos jefes, oficiales y soldados, el tren de Artillería, las banderas rojas y los cincuenta vagones en que habían hecho el viaje los expedicionarios. El descalabro fue monumental. Como no has salido a la calle en tantos días, no has podido observar que cunde el desaliento y que esta revolución candorosa va de capa caída. Vive de milagro, y el milagro consiste, según veo, en que el Gobierno de Madrid no puede distraer de la guerra carlista la escasa fuerza militar de que dispone».

Fijábame yo con insistencia en el librito, al parecer de misa, que la Madre llevaba en su mano. Notó ella mi curiosidad, y risueña me dijo: «Uso este libro cuando mis disfraces me obligan a entrar en la iglesia. Pero no es el Prontuario de la Misa, sino una obra de mi amigo Jenofonte, titulada Agesilao. La estimo en mucho porque en ella escribió una invocación a mi persona, proclamando mi culto y ensalzando el nombre de Clío con inefable devoción. Además, contiene el libro avisos y sentencias políticas para el gobierno de los pueblos, que hoy conservan el mismo sentido y matiz de actualidad que tuvieron cuatrocientos años antes de Jesucristo. Del manuscrito que me regaló Jenofonte, y que conservo religiosamente entre mis reliquias, me sacó una copia de imprenta el propio Gutenberg, y de aquella copia hiciéronme estotra los impresores de la Biblia Políglota del cardenal Cisneros».

Puso en mis manos el interesante libro. No pudiendo entender una palabra de él, por estar escrito en lengua griega, besé la preciosa reliquia y la devolví a la divina Mariana. Esta cogió de manos de Doña Caligrafía la cajita de cartón que, a mi parecer, guardaba confites o pasteles, y ofreciéndomela me dijo: «Aquí te dejo esta golosina, que no te vendrá mal para poner algún alivio a la inapetencia, que es el peor alifafe de los que sufren el morbo europeo. Son bizcochos riquísimos, de una pasta en que está combinada la dulzura con la substancia provechosa y confortante. Los hacemos en casa, por una receta que a mis hermanas y a mí nos dieron en el monte Hymeto. Algo ha llovido desde entonces».

Dicho esto, y expresada mi gratitud por la visita y por el regalo, despidiéronse las dos damas, no sin que Mariclío me dejase al partir la esperanza de una nueva entrevista en plazo breve. Salieron. Al quedarme zambullido en mi soledad angustiosa, no vi otra manera de retener junto a mí el espíritu de la Madre que deleitarme con la rica ofrenda de sus bizcochos, hechos en casa. Apenas los caté, reconocí en ellos la mágica repostería que fue mi alimento en el viaje absurdo por las entrañas del planeta.

Comiendo de aquel sabroso manjar, se escapaba mi espíritu hacia las penumbras misteriosas de aquellas cavernas y conductos labrados por una ensoñación dantesca o mitológica. Vi el séquito de la divina Floriana, los toros, las ninfas; me vi a mí mismo, caballero en una vaca, restituido a mi ser de sílfido vaporoso. Mi mente se aferró de nuevo a la idea de que lo sobrenatural es lo verdadero. ¿Cuánto tardaría en volver al sentido de la realidad? Meditando en ello me dije: «El Universo es un trinquete, y yo la pelota con que juegan, para pasar el rato, lo humano y lo divino».


Benito Pérez Galdós
La Primera República - Capítulo XXV



Este libro aporta el título de la cuarta novela de la V y última Serie de los Episodios nacionales, publicados por Galdós.


2539. La Primera República XXIV

CAPITULO XXIV

Corrí hacia la Madre y le besé las manos... La emoción no me dejó articular palabra. El rostro de Mariclío era el mismo que vi y adoré en las postrimerías del reinado de don Amadeo, y así la faz como la figura reproducían la Musa de mi sueño mitológico en el viaje subterráneo, pero dignamente avanzada en la madurez fisiológica. Era una Matrona que disfrazaba su majestad con la pobreza del indumento. Vestía una limpia falda de percal con remiendos, y una blusa obscura sobre la cual cruzaba un tosco pañuelo de colorines. Calzaba medias azules y alpargatas valencianas con cintas negras. A su lado y tras ella se sentaban mujeres de variada estampa, todas de clase marinera, y algunos viejos. Uno de estos, el más próximo a la Madre, me pareció poco menos que centenario. Quiso el tal apartarse para dejarme sitio, pero Mariclío no lo consintió, y mandando traer una banqueta me hizo sentar frente a ella, tocando mis rodillas con las suyas.
«Ya tenía ganas de verte, Tito -me dijo con aquel acento de cuya grave dulzura no puedo dar idea-. Aquí me tienes alojada en esta casa humilde y entre esta buena y honrada gente. Arriba ocupo una magnífica estancia, muy holgada y cómoda, con vistas al puerto. Es mi delicia ver desde el balcón la entrada y salida de los barcos mercantes y de guerra. Desde allí atisbo también la ciudad, y veo cuanto en ella ocurre. Ya sabes que mi vista es tan larga como mi pensamiento... Algo tendrás tú que contarme, yo a ti también. Ya hablaremos».

En esto se acercó Graziella con un plato lleno de racimitos de aladroque, recién salidos de la sartén, y lo puso en las manos de la Madre. Esta presentó el plato al anciano que a su lado tenía, diciendo: «El primero que ha de catarlo es mi amigo Juan El Cano». Resistiose el ancianito, y Mariclío, echándole cariñosamente un brazo por los hombros, agregó: «Tú, tú por delante. Donde tú estés serás siempre el primero... Querido Tito, acércate a este hombre venerable y besa su mano flaca ya, pero todavía vigorosa. Aquí donde lo ves estuvo en la de Trafalgar».

Saludé al veterano con la veneración que merecía tal reliquia de los tiempos heroicos. Cogido por el viejo el primer abanico de boquerones, todos le secundamos, comiendo con gran apetito y alegría. La Madre me dijo que ya que merendaba con ella, no me soltaría hasta después de cenar. Las comadres y marineros allí presentes dieron broma al anciano por el trabajo que le costaba masticar el aladroque, y alguno se condolió de su extremada senectud.

Revolviose un tanto engallado el viejo, y les dijo: «Ea, no carguen tanto en la cuenta de mis años, pues, gracias a Dios, no he llegado a los noventa. (Risas.) No se rían: ochenta y nueve cumplí el 12 de Junio. Todavía puedo... todavía soy hombre para cuanto las señoras quieran mandarme. (Más risas.) Y sepan que bien guapo era yo cuando embarqué en el Nepomuceno el 1º de Octubre del año 805. El día de la tremenda batalla con el inglés, día 21, nuestro comandante Churruca y yo caímos heridos al mismo tiempo: yo sané, y aquel grande hombre murió. ¿Verdad, señá Mariana, que habría sido mejor que yo me fuera a pique y don Cosme se salvara? Yo he vivido desde entonces sesenta y ocho años sin servir para nada, y él ¡qué hubiera hecho si viviera!

-Eso no es cuenta nuestra -dijo Mariclío-. Dios sabe cuándo ha de dar y quitar la vida.

-Pues yo le digo a Dios -replicó el viejo blandiendo como espada su mano temblorosa- que los hombres valientes no deben morir hasta que se caigan de viejos.

-Los valientes, amigo El Cano -dijo la Madre-, son los más solicitados por la muerte... Ya viste que también murió Nelson».

Gruñó el viejo mirando al suelo, y apenas le oímos medias palabras rencorosas. Pero el mal genio se le pasó cuando empezaron a repartir copas de un vinillo blanco, transparente y fino. Una vez que remojaron todos el aladroque, la Madre se levantó requiriendo mi brazo para que fuese con ella a su habitación alta, pues quería hablar conmigo despacio y a solas. Subimos por una escalera de palo, que gemía como si le doliesen todas las coyunturas o acopios de su viejo maderamen. La estancia donde moraba Mariclío era grande, limpia, con jalbegue reciente y muebles primitivos. Llevome al balcón, y sentados frente al espléndido panorama del puerto, me habló de esta manera:

«Querido Tito, te mandé a la correría de Contreras por el Mediterráneo para que vieras por ti mismo la incapacidad de esta gente. Ya te habrás convencido de que nada valen los corazones valientes si las cabezas están vacías. Contreras no hizo nada de provecho, y de añadidura le quitaron las fragatas, que sabe Dios cuándo volverán a manos españolas... El arrojo de Gálvez en Orihuela, ¿qué consecuencias ha tenido? El menguado provecho de recoger algunos cuartos, y el enorme perjuicio de irritar a los pueblos cercanos y enemistarlos para siempre con este Cantón.

»Al llegar aquí los prisioneros de Orihuela los llevaron al navío-pontón Isabel II, y en él fueron atendidos y agasajados en la forma más cristiana: eso está muy bien. Por la tarde les visitaron el Brigadier Pozas y el mirífico evangelista Roque Barcia. Este les largó un discurso, que fue como un pedacito del Pentateuco, y llorando les abrazó uno a uno, y aun creo que les bendijo, prometiéndoles la próxima entrada en el Paraíso Federal. Tanto sentimentalismo me parece de muy mal agüero. Creen estos inocentes que las revoluciones se hacen con discursos frenéticos, con abrazos fraternales, con vivas estrepitosos y cantinelas optimistas.

»Cuando esto empezó me agradaba la rebeldía garbosa, el desprecio del Gobierno Central, que por más que se disfrace con arreos y colorines democráticos es siempre una enredosa oligarquía. Pero ya se van desvaneciendo mis ilusiones. Estos caballeros habrían sido aniquilados si no dispusieran de una plaza fuerte tan considerable como Cartagena. Por el resguardo que les da la Naturaleza sostendrán su tinglado algún tiempo, hasta que el Gobierno de Madrid acabe de salir de su desmayo y concierte los resortes de la unidad. No sé si sabes que el General Pavía ha sometido a los federales de Sevilla, después de meter en cintura a los de Granada, y ahora irá contra los de Córdoba. Sobre Valencia está Martínez Campos, hombre que sabe bien su obligación. Él dará buena cuenta de El Enguerino y de sus diez mil Voluntarios alocados. Todavía arde el rescoldo cantonal en Vinaroz, Castellón, Béjar, Cádiz, Sanlúcar y otros muchos pueblos; pero ya se irá apagando. Estos incendios no se apagan con agua, sino con leña... La idea federal es hermosa; es mi mayor encanto, la ilusión de mi vida en esta y en todas las tierras que visito. Pero dudo ¡ay! que pueda implantarla de una manera positiva y duradera un pueblo que ayer como quien dice ha roto el cascarón del absolutismo.

-Verdad es cuanto dices, Madre querida -repliqué yo-. El federalismo nos vino aquí de aluvión, salido del cerebro de un hombre de extraordinario talento. A todos cautivó ese ideal por su grandeza, sin que llegáramos a penetrar las condiciones externas y materiales que son precisas para llevarlo a la práctica. Es como un bien caído del cielo; lo admiramos y celebramos sin saber qué tenemos que hacer para disfrutarlo.

-Tú y tus coterráneos no lo conocíais; yo, por mi calidad y el oficio que me da nombre en toda la tierra, lo conocí en tiempos muy remotos, casi en los días en que mi padre Júpiter nos dio la existencia a mis ocho hermanas y a mí. Éramos nueve jovenzuelas lozanas, frescas, hermosas, ávidas de esparcir por el mundo toda la gala de las artes colmándolo de felicidad y contento, cuando pude ver cómo se formó la maravilla del Anfictionado de Tesalia. La fecha es bastante lejana, Tito. Hablo de tiempos muy anteriores a la guerra de Troya.

»En un extenso y fértil territorio, que cerraban por Norte y Sur elevados montes y por Este y Oeste los mares helénicos, existían varios pueblos o nacioncitas independientes. No siempre reinaba la paz entre ellas, y a las veces se entretenían en guerras crueles por un quítame allá esas pajas. Unos eran pastores, otros labraban la tierra; estos criaban los mejores caballos que en Grecia se conocieron, aquellos tejían el hilo y la lana, o se dedicaban al trajín comercial y a la navegación. Cada uno de tales pueblos, en el curso de la vida, fue comprendiendo que sería más fuerte ligando su particular interés con el interés del pueblo inmediato. Aquí tienes el pacto federal. Dado el ejemplo por dos pueblos, fueron entrando los demás en la misma concordia, y al poco tiempo todos hallaron el vínculo común de un provecho elemental, que sirvió de aglutinante para amalgamar diferentes Estados débiles en un gran Estado poderoso.

»Aquella gran federación ha tenido muy pocos imitadores, y cuando te lo digo yo que tanto y tanto he visto, bien puedes creerlo... ¿Piensas tú que puede establecer sólidamente este bello régimen un país que hasta hace cuatro días no ha conocido la libertad, una raza que aun siendo heterogénea ha vivido amamantada con la leche de la unidad, y aún se adormece en el regazo de la nodriza? Considera lo que pesan sobre tu país el Catolicismo y eso que llamáis el Papado, las viejas rutinas monárquicas, y los enormes intereses inseparables de estas abrumadoras máquinas sociales. Tú, que no puedes traspasar los límites fisiológicos de la existencia humana, no verás realizado el ideal federalista en toda su pureza; yo, que soy vieja eterna, espero ver algún día... algún día, triunfante y dichoso el Anfictionado Español».

Terminada esta encantadora conversación, que elevó mi espíritu dejándome como en éxtasis, la Madre mandó que sirvieran la cena, y sentó a su mesa al marinero de Trafalgar, a otro viejo menos viejo, a dos mujeres y a mí. Frugal fue la cena, dominando en ella los condimentos de pescados sabrosos de fácil digestión. Exquisitas frutas y un vinillo levantino, claro, de ese que llaman ojo de perdiz, completaron el festín modesto. Hablose de diferentes temas: cada cual, según su condición y estilo, hacía la crítica del Cantón, considerando a este como potencia marítima.

El ancianito de Trafalgar aseguró que la Tetuán y la Méndez Núñez, manque les metiesen en las calderas todo el fuego del Infierno, no andarían más de cuatro o cinco nudos. Para nada servían como no fuera para irse a pique. El viejo menos viejo, que era hijo del veterano de Trafalgar, dijo que había hecho toda la campaña del Pacífico en la Numancia, y que a esta fragata la quería como a las niñas de sus ojos. «No hay otra como ella en la mar -exclamó con tanto cariño como si hablara de su familia-. Si algún día me ajogo, deme Dios el gusto de ajogarme en ella».

Sólo estos y otros rasgos salientes de la conversación quedaron grabados en mi memoria. Lo demás se borraba apenas oído. El torbellino de pensamientos que levantó en mi cerebro la evocación que hizo Mariclío del federalismo helénico, me aislaba de aquella charla familiar y rastrera...

Pensé que de sobremesa me daría la Madre otra lección como la que antes recibí de su inmenso saber de las cosas humanas. Pero quiso reservarse para otro momento, y cuando los humildes comensales se alejaron con respetuosa despedida, me estrechó y acarició la mano diciéndome: «Es hora de que vuelvas a tu casa, Tito. No tardaré en avisarte para que vengas otro día. Adiós, hijo. Ya que vas a la fonda, hazme el favor de acompañar a esta buena señora, amiga mía, que va en la misma dirección y no conoce bien las calles».

Cuando esto dijo vi que de la penumbra de la estancia salía una mujer enlutada, de buen talante y rostro severo, la cual llegose a mí con reverencia como poniéndose a mis órdenes. Salimos, y al bajar al portal alumbrado por un brillante farolón, fijéme en la cara de aquella señora, recordando haberla visto en alguna parte. Poco después, mi memoria me dio la solución, y al instante me volví hacia la dama, diciéndole: «Me parece, señora, que tengo el honor de acompañar a Doña Caligrafía. Perdóneme que antes no la reconociera. Hicimos juntos el viaje desde...

-Me llamo Gertrudis -dijo ella con gracia-, y me dedico a la enseñanza de la Geografía. Confunde usted el nombre con la profesión.

-Es verdad -dije yo un poco turbado-. Pero bien seguro estoy de que es usted una de las damas consejeras de Floriana.

-No soy dama consejera; acompaño y sigo a Floriana, que fue mi discípula y hoy es maestra y señora mía. Cosas son estas, don Tito, que no entiende usted ahora ni las entenderá en algún tiempo. Por esta noche, sólo me cumple decirle que nuestra excelsa Doña Mariana se ha valido del piadoso artificio de que vayamos juntos camino de la fonda, para que yo pueda advertir a usted que ponga freno a su pasión por Floriana, y procure apartar de ella su pensamiento. Que para esto hay razones muy poderosas, fácilmente lo comprenderá usted...

-Dígame por Dios esas razones si no quiere dejarme en un dilema terrible: o la desobediencia o la muerte.

-No sea usted romántico, don Tito. Ya sabe usted que a la Madre no le gusta ese romanticismo dulzacho y un poquito enfermizo.

-Pero lo que usted acaba de decirme -exclamé con angustioso desconsuelo- ¿es advertencia, o es mandato riguroso?

-Mandato es rigurosísimo, irrevocable».

En el momento en que yo quise protestar de esta bárbara sentencia, la extraña mensajera de la divina Clío desapareció de mi vista. Di algunos pasos, y un resplandor de luz verdosa me encandiló, dejándome después en tinieblas. Un corto rato estuve ciego. Poco a poco fui distinguiendo los bultos, las casas... Palpando las paredes pude llegar con dificultad a mi alojamiento.


Benito Pérez Galdós
La Primera República - Capítulo XXIV



Este libro aporta el título de la cuarta novela de la V y última Serie de los Episodios nacionales, publicados por Galdós.






2537. La Primera República XXIII




CAPITULO XXIII

Al amanecer del siguiente día llegamos a Motril, población absolutamente indefensa. Allí dejamos los heridos, y el General pudo a duras penas recaudar ocho mil duros en libranzas sobre Madrid, que a mi parecer fue como llevarse papeles mojados. Por la tarde salimos para Málaga. El tiempo cambió, presentándose un Poniente ligero. La fragata embestía la mar con lentas cabezadas. Entrada la noche, dejamos de ver las luces de la Vitoria, que se fue quedando atrás, demostrándonos la impericia del marino que la mandaba. Hicimos señales y moderamos máquina, sin conseguir que nos siguiera en conserva.


Amanecía cuando divisamos dos fragatas. Creyendo Contreras que eran del odiado Gobierno Central y que venían en son de guerra, mandó tocar zafarrancho de combate. Pronto se vio, con ayuda de los anteojos, que una de las fragatas arbolaba bandera inglesa y la otra prusiana. Ya nos disponíamos todos a desplegar nuestros ímpetus heroicos, cuando nuestro General ordenó la prudencia. De improviso, la fragata germánica disparó un cañonazo con bala, que pasó rozando una de las vergas de nuestro palo trinquete.


Paramos. Contreras pidió parlamento y mandó a conferenciar con el alemán a su ayudante Rivero. Pronto volvió este con un pliego que contenía dos órdenes harto molestas: que los barcos cantonales volvieran a Cartagena inmediatamente, y que nuestro General en jefe pasase sin demora a bordo del Federico Carlos. Accedió Contreras a lo que se le pedía, y ya en el barco alemán fue maltratado de palabra por el Comodoro Wernell, que le conminó con ahorcarle como pirata. Contestó nuestro General con tanta dignidad como aplomo que, por el interés de su patria y por evitar una conflagración europea, soportaba resignado el atropello de que se les hacía víctimas a él y a los suyos, protestando enérgicamente del calificativo de piratas, que no merecían en modo alguno las honradas fuerzas cantonales. Como le inculparan de haber hecho fuego contra Almería, alegó que lo hizo porque aquella plaza estaba defendida por fuerzas militares, y previo aviso a los Cónsules extranjeros.


A las seis horas apareció la Vitoria. Preguntaron los alemanes a Contreras si esta fragata haría fuego contra ellos, y don Juan contestó que fuego harían si él lo mandaba; pero que reservaba sus fuerzas para combatir al Gobierno de Salmerón. Volvió el General a bordo de la Almansa, y ordenó que las dos fragatas cantonales hiciesen rumbo a Cartagena. La Vitoria, por sí y ante sí, tocó a zafarrancho tres veces. La fragata inglesa la intimó a seguir su rumbo. Contestó la Vitoria por el telégrafo de señales: No me da la gana, y trató de lanzarse a toda máquina, en son de abordaje, contra el barco inglés. Este, con rápida maniobra, evitó el choque. Entonces, la Almansa ordenó por telégrafo a su compañera que evitase un conflicto.


A consecuencia de esto, el Comodoro Wernell, creyendo que Contreras había faltado a su compromiso, volvió a cogerle prisionero y se lo llevó al Federico Carlos, donde se trabaron en disputa muy agria. Pensó Contreras que el asunto ya no debía plantearse entre caudillos, sino entre caballeros, y desafió al Comodoro, retándole a dirimir oportunamente sus querellas en el campo del honor.


Cerrada la noche, con Poniente leve de popa navegábamos cariacontecidos hacia Cartagena, lamentando el fracaso de la expedición. Muchedumbre de luces nos indicó la presencia de una escuadra: era la inglesa. Nueva parada y parlamento. El Almirante inglés nos dijo que nos detuviéramos en Escombreras, que las tripulaciones podrían entrar en la Plaza; pero que el General Contreras quedaría en rehenes hasta que se recibieran instrucciones de los Gobiernos inglés y alemán... Hartos ya de humillaciones, y con las manos vacías, llegamos a Escombreras el 2 de Agosto.


La Vitoria, enterada de la prisión del General, intentó entrar en Cartagena y atacar a los barcos extranjeros, protegida por los fuegos de los fuertes. Desistió de su empeño por no exponer las vidas de los ochocientos tripulantes de la Almansa, la cual, por ser de madera, no estaba en condiciones para afrontar los riesgos de una lucha. Una Comisión del Gobierno Provisional de Cartagena, con los Cónsules extranjeros, menos el francés, pasó a bordo del Federico Carlos para pedir al Comodoro explicaciones de su conducta. Wernell se justificó diciendo que cuanto había hecho tuvo por causa el bombardeo de Almena, y se negó a poner en libertad a Contreras.


Cuando se conoció en Cartagena lo manifestado por el Comodoro Wernell prodújose, según me contaron luego, inmensa emoción. El Gobierno Provisional, reunido en sesión permanente, debatió la conducta que procedía seguir ante tan grave conflicto. El cartero Sáez, gobernador del castillo de Galeras, pidió que se rompieran las hostilidades contra el Imperio Alemán, actitud temeraria que el joven Cárceles defendió con verdadero frenesí.


Todo aquel día y el siguiente el pueblo invadió las calles pidiendo, con destempladas voces, la guerra a todo trance y asegurando que así había de ser aunque fuera preciso sobreponerse para ello al Gobierno, a la Junta y a Cristo Padre. Acordada, al fin, la ruptura de hostilidades, se alistaron a toda prisa las fragatas Numancia y Méndez Núñez, las cuales, por la impericia de sus tripulantes, embarrancaron a la salida del puerto y costó Dios y ayuda ponerlas a flote. Preparáronse los barcos extranjeros para repeler el ataque. Los vecinos pacíficos se ausentaron de la ciudad.


Siguieron los tratos y regateos. Volvió Roque Barcia a bordo del Federico Carlos y le soltó al Comodoro un discurso bíblico profético; pero el alemán no le hizo caso ni entendía una palabra de aquella jerigonza. Sólo se consiguió que pusiera en libertad a las tripulaciones y soldados de la Almansa y la Vitoria.


Nuevos dimes y diretes entre la Plaza y los extranjeros dieron por resultado que estos prometieran observar neutralidad en la lucha entablada por el Cantón contra el Gobierno de Madrid. El General Contreras, que en el Federico Carlos tenía que dormir en un colchón colocado en el suelo del camarote, porque su voluminoso corpachón no cabía en la litera, fue puesto en libertad el 7 de Agosto... La fragata alemana abandonó las aguas de Cartagena, dejando en poder de los ingleses la Almansa y la Vitoria.


Cuando puse el pie en tierra, creo que el 4 de Agosto, ante una multitud inquieta y gemebunda, la primera persona conocida que me eché a la cara fue Dorita, la cual, con lastimero acento, me dijo que Fructuoso estaba herido en la cabeza y en una pierna, de resultas de un tiroteo en Orihuela, adonde fue con Tonete para sublevar la ciudad y traerse las contribuciones. «Venga usted a verle -me dijo tirándome del brazo-. En casa le tenemos. Aunque sus heridas no son cosa mayor, se queja con grandes alaridos de la soledad, del aburrimiento y de no poder salir por el dolor de la pata».


Olvidándome de mí propio y del descanso que necesitaba, acudí a ver al amigo, a quien encontré en la casa de marras, tendido en un camastro. Las tres sílfides dábanle asistencia cariñosa, y el tiqui-tiqui de la máquina de coser le servía de arrullo para sostener su cerebro en la dulce modorra, ayudándose a ello con sorbitos de ron, según tuve ocasión de observar. Mucho le animó mi visita. Incorporándose en el lecho me contó que se había unido a la expedición de Gálvez a Orihuela, con Pernas, Carreras y Perico del Real, que mandaban fuerzas de Mendigorría, Iberia y Voluntarios de Murcia. A meterse en tales andanzas le había movido la curiosidad más que el apetito de gloria. Los pijoteros laureles que recogió fueron la rozadura de una bala en el cráneo, y el estropicio de la pierna al caerse de una pared. Ved aquí el relato del asendereado telegrafista:


«¡Ay Tito de mi alma, ni a ti ni a mí nos llama Dios por el camino heroico!... Verás: llegamos a Orihuela al amanecer del 31 de Julio, y cátate que en los alrededores de la ciudad nos esperaban cien carabineros a caballo, en la plaza ciento ochenta guardias civiles, y muchos más en las calles y en diferentes casas. A los carabineros pudimos fácilmente cercarlos, y se nos rindieron a discreción diciendo para salvar la pelleja: ¡Todos somos unos! Con ellos se entregaron varios oficiales de bigote de moco y un capitán con toda la barba.

»En la plaza fue más dura la refriega. El Brigadier Piñeiro, Gobernador militar de Alicante, dio la voz de ¡fuego! a la Guardia civil. Se trabó la lucha. Gálvez, que donde pone el ojo pone la bala, tumbó la mar de civiles. Por fin quedamos dueños del campo, sin más pérdidas que un soldado muerto y dos heridos. La baja más sensible fue la mía, Tito, y gracias que la bala no hizo más que rozarme el casco por encima de la oreja. Las averías de la pierna me las causé en un arrebato épico, tirándome de un muro para ponerme a salvo del plomo enemigo. Total, que los vencí, digo, los vencieron Gálvez y los valientes Pernas, Carreras y Perico del Real. Cinco guardias del bando contrario pasaron a mejor vida. Apresamos catorce civiles y cuarenta carabineros. Los demás pusieron tierra por medio más que aprisa, y los triunfadores nos volvimos a casita, todos muy contentos, yo renegando.


-¿Y no trajisteis monises?


-El carrero del furgón en que yo venía como un fardo me dijo que se habían recaudado diez y seis mil duros. Pero como no los conté, ni siquiera los vi, no puedo darte recibo de la cantidad».


Cuando yo me marchaba entró Cárceles, que ya por la mañana estuvo a visitar a Fructuoso en calidad de presunto doctor en Medicina. Las muchachas le saludaron con alegre algazara, y él, tan vivo y diligente en la acción médica como lo era en la revolucionaria, levantó a Manrique los vendajes de la pierna, le puso emplasto nuevo, y después de examinar la matadura de la cabeza le dijo, dándole palmaditas en un hombro: «Lo que tú tienes es holgazanitis, fomentada por el extracto de la uva. Levántate, gandul, y vete al Telégrafo y a la redacción de EL CANTÓN, donde no te faltará tarea».


Preguntado por su reciente aventura, nos dijo Cárceles: «Nada; que salí pitando para Valencia con el tapadillo de prevenir a los federales de allá para que se aguanten contra las tropas de ese perro de Martínez Campos, hasta que les llegue un refuerzo de seis mil hombres que aquí se les prepara... En la fonda de Chinchilla me prendieron y me llevaron a la tierra de las navajas, Albacete. Enchiquerado en el Gobierno civil de aquella ciudad concebí el atrevido proyecto de escapar, y tal como lo pensé lo hice tranquilamente. Al venirme acá encontré por el camino las tropas de Iberia mandadas a rescatarme. Nada: que ya estoy otra vez en Cartagena, dispuesto a pelearme con Dios si no hay aquí sentido y agallas para sacar adelante a nuestro Cantón glorioso».


Salí con Cárceles y le acompañé hasta la redacción de EL CANTÓN MURCIANO. Cuando ya iba camino de mi fonda sentí detrás de mí un siseo penetrante. Volvime... ¡Oh sorpresa!... era Graziella, que me echó la zarpa diciéndome: «¿Dónde te metes, pillastre, que te estoy buscando toda la mañana? Vente conmigo. La Señora te aguarda... ¿De qué te asombras? ¿Qué cara de bobo es esa? Menéate, avefría, que hay que andar un trechito».


Dejeme llevar, poniendo mi paso al compás del suyo ligerísimo. Salimos al muelle, y rondando el puerto llegamos al barrio de Santa Lucía. Próximos a las primeras casas tuve que pararme para tomar aliento: tal era la velocidad con que me llevaba la diabólica hembra. Atormentado por dudas punzantes, le pedí seguridades de que aquello no era una burla. ¿Por ventura quería reventarme llevándome a una regata de andarines? «Anda, mostrenco, sigue -me dijo-, no te pares... no vaya a escapársenos la Señora.


-Allá voy, allá voy -dije yo moderando el paso y aspirando el aire espeso y puro que venía del mar-. Yo te sigo, Graziella; pero no extrañes mi desconfianza. ¿Cómo es posible que en este arrabal apartado, donde no viven más que pescadores pobrísimos, cargadores del puerto y obreros de la fábrica de Figueroa, tenga su residencia la que por su jerarquía y su divinidad está por cima de todas las princesas del mundo? Si quieres que te crea, señálame desde aquí los muros y chapiteles del Palacio donde...

-A ti sí que te voy a dar yo chapiteles -replicó Graziella, acentuando sus palabras con risas y un regular bofetón-. Ven acá, babieca; voy a enseñarte los palacios donde hallarás a la que es Madre tuya y mía y Maestra de todo el género humano».


Cogido del brazo me llevó por delante de unas casas humildísimas, fronteras al puerto. Mujeres en perneras y chiquillos casi desnudos hormigueaban en los sitios de sombra, aspirando la frescura salina de la mar. Llegamos a una casa de apariencia menos humilde, con balconaje de madera del cual pendían redes, en cuyas mallas lucían algunas escamas de los peces recién cogidos en ellas. La puerta era grande, y a un lado y otro se extendían poyos, en los cuales se sentaban hombres y mujeres de distintas edades y de aspecto mísero. Las paredes relucían con el nítido albor de la cal. Quebraban a trechos la blancura una jaula con jilguero, otra con mirlo, y en la parte más alta dos o tres ventanas de desigual forma y tamaño. En la una colgaban ristras de ajos y cebollas, en la otra unos trapos puestos a secar.


Junto a la puerta vi una mujer friendo aladroque (que en Málaga llaman boquerones) en una gran sartén, montada sobre hornilla de barro... Otras mujeres preparaban los pececillos, envolviéndolos en harina y juntándolos por la cola en forma de abanico. Chicos y mozuelas recogían la fritanga, unos para comérsela y otros para repartirla entre personas que estaban dentro y fuera de la casa. Graziella se paró ante el grupo y dijo con inocente sencillez: «Buenas tardes». Eco de ella fuí yo, repitiendo el buenas tardes con el acento más candoroso. Una voz dijo: «Adelante, caballero». Miré, y vi a Mariclío sentadita en el portal, a corta distancia de la freidora.



Benito Pérez Galdós

La Primera República - Capítulo XXIII


Este libro aporta el título de la cuarta novela de la V y última Serie de los Episodios nacionales, publicados por Galdós.