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1946. Tomasa Cuevas

Tomasa Cuevas, sentada a la derecha. Prision de Amorebieta, 1942 
Con diecisiete años trabajaba en una fábrica de pastas para sopa en Guadalajara. Había un compañero que siempre me echaba una mano en los trabajos más duros. Un buen día, hacía el año 34, me dijo: pequeña, tengo que pedirte un favor. Me llevó a una ventana que daba a la calle y me dijo: ¿ves aquellos tíos que hay allí? pues son policías, están esperando a que salga y me van a detener, ¿por qué?, le pregunté. Ya te lo explicaré, me contestó, yo tengo aquí un paquetito, te lo vas a llevar, pero guárdalo y no le digas nada a nadie; a nadie, eso es solo para ti y para mí.

Efectivamente, cuando salió le detuvieron y yo me llevé el paquetito a mi casa y lo escondí. Entonces todavía no estaba metida en política. Al día siguiente vino a verme el que era el secretario general del Partido en Guadalajara, que se llamaba Raimundo Serrano, y me dijo: oye peque --que aquello de peque todavía me queda como mote-- ¿Santos te ha dado algo para mí? Ni para ti ni para nadie, le contesté yo, a mi no me ha dado nada Santos. El venga a insistir y yo venga a negarme, porque Santos me había dicho que no se lo diera a nadie. Así durante varios días en los que Raimundo me salía en el camino y me pedía el paquete. Yo seguía negando que me hubieran dado nada para él, hasta que un buen día se presentó con una nota de Santos, porque como entonces teníamos guardias de asalto que eran nuestros, a través de uno de ellos habían sacado la nota de la cárcel. Sólo así cedí y le entregué el paquete, pero aquella fue ya mi perdición de comunista, porque a partir de entonces ya todo era: peque guarda esto, peque esconde esto otro, peque ve a ver a fulano de tal y dile que le espero en tal sitio, te dará una cosa y me la das a mí.

Así pasó el tiempo hasta que me detuvieron por primera vez a finales del 34. Acababa de suceder lo de los mineros de Asturias, cuando lo de octubre, y por Guadalajara pasó una expedición de niños hacia Madrid, donde les cuidarían mientras los padres estaban en la cárcel. Con otros compañeros de la fábrica fui a la estación y un guardia de asalto dio un meneo a un crío y le dije: no toqué usted a ese crío porque como lo haga le voy a dar una hostia y me voy a cagar en su madre ¡A un guardia de asalto! Me detuvo, claro.

Me llevaron al calabozo de la Dirección General de Seguridad y me preguntaron que quién me había mandado ir a la estación. Nadie, contesté, yo he visto niños allí y he ido a ver qué pasaba. ¿Y no te ha mandado nadie? No, yo he visto niños allí y he ido a ver. Pero tú has amenazado a un guardia y te has cagado en su madre. Bueno, yo le he amenazado, pero no me he cagado en nadie, le he dicho que lo haría si tocaba al niño, pero como no le ha tocado ni le he dado la hostia que le había prometido ni me he cagado en nadie. Estuve tres días en el calabozo.

En esa época ya tenía yo el carnet de las Juventudes, el número siete. Raimundo me había reunido un día con otros para proponernos formar las Juventudes Comunistas, porque hasta entonces sólo existía el Partido, y nos explicó lo que significaba: las consecuencias son estas y estas, todo lo que me podía pasar siendo comunista. No pasa nada, le dije yo, si hay que luchar, se lucha; si a los once años tuve que ir a trabajar, justo es que luche yo con vosotros por mis derechos y si hay que ir a la Juventud, pues a la Juventud.

Cuando salí de aquella primera detención fui a mi casa. Vivíamos en una planta baja y cuando llegué, mi padre estaba con una zapatilla esperándome, porque su idea era darme una paliza para que no repitiera. Entra, entra, me decía. El iba retrocediendo mientras me lo decía y yo iba entrando. Teníamos la puerta a la calle y un pasillo, una comuna, un retrete comunal de los de entonces, donde yo tenía el carnet de las Juventudes escondido, y cuando llegué a él abrí la puerta, lo saqué y le dije a mi padre: mire, soy comunista, tengo que luchar por mis derechos y como ya se ganarme el coscurro, con esto estaré en la casa, pero sin esto me voy. Mi padre dejo la zapatilla y dijo: mira hija, yo no supe luchar por lo mío, lucha tú por lo tuyo. Mi madre dijo: ¿esa era la paliza que le ibas a pegar?

Yo seguía cogiendo puntos y trabajando en la fábrica, porque la vida nuestra era muy puñetera. Mi padre ganaba veinticuatro pesetas y mi madre estaba enferma del estómago con una úlcera sangrante, así que seguía cogiendo puntos por la noche. Como no teníamos una luz aparente me subía en la mesa con una silla, me sentaba debajo de la bombilla y allí cogía los puntos.

Mi madre tenía que tomar mucha leche, así que por las mañanas me busqué un trabajo para repartir leche por las casas con dos cántaras. Me daban quince pesetas. En invierno se me quedaban las manos agarrotadas de llevar las cantaritas de leche y las clientas se la tenían que servir ellas mismas porque yo no podía, pero a mí me daban dos litros. En la casa donde vivíamos pagábamos quince pesetas de alquiler y como las dueñas de la casa no tenían agua corriente y tenían que llevarla con un cántaro, un día sí y otro no yo iba también a llevarles el agua por las tardes, cuando salía de la fábrica, y me pagaban con el recibo de la casa. Así íbamos trampeando.

En esa época también me eché novio. Era un muchacho muy majo y muy guapito y nos queríamos. Un día vino y me dijo que no podíamos salir porque tenía que hacer una chapuza, yo le dije que de acuerdo y en cuanto el se fue me marché yo también porque tenía una reunión de las Juventudes, que se celebraban en una casa que teníamos en la plaza de la Concordia, en Guadalajara. En la puerta había un grupito de gente, entre los que estaba mi novio, que miraba a los que entraban. Yo le vi, pero entré en la casa. Cuando empezó la reunión entró el grupito que estaba fuera y mi novio con ellos. Así me enteré que él también estaba en las Juventudes y él se enteró de que estaba yo, porque hasta entonces, como éramos clandestinos, no lo sabíamos.


Tomasa Cuevas
(Brihuega, Guadalajara, 7 de marzo de 1917 — Barcelona, 25 de abril de 2007)
"Comunistas. (Memorias de lucha y de clandestinidad)"











1577. La abuela Canuta



Era de un pueblo próximo a Madrid. La detuvieron y la condenaron porque no pudieron atrapar a su hijo, luchador de siempre y que logró pasar a Francia con nuestro Ejército. Tenía más de setenta años, de pelo canoso, bajita, con la cara curtida aunque algo pálida por el encierro. Pañuelo a la cabeza, saya, blusa y varios refajos.

Aquella noche, cuando me escapé, como cada noche, pasé a despedirme de la amiga a quien llamaban "la madre de las penadas" Matilde Landa, la encontré con la cara tensa, aunque más pálida y con los rasgos tensos y con los ojos con una expresión de tristeza contenida. Comprendí que había "saca" (sacar hacia la muerte).

Las compañeras que trabajaban en la oficina de la prisión se las arreglaban para avisarlas. Solo pregunté. ¿Quién? Con la barbilla me señaló a la abuela, dormía en la celda que estaba enfrente. En aquel momento, con el petate extendido, la mujer se iba a despojar de sus ropas. Nos miramos aterradas. ¿Qué iba a pasar cuando se la llevaran? La mujer volvió la cabeza y yo sonreí, supongo que con una sonrisa torpe. "Que hija: ¿A despedirte de las penadas?" "Si abuela, a darles las buenas noches." "Hasta mañana." "Hasta mañana."

Pasé la noche en blanco, a mi lado, en el petate inmediato, tenía una chiquilla con su madre condenada a muerte, a su padre ya le habían fusilado, estaba como siempre, con los ojos abiertos y el corazón en tensión. El silencio de las noches tristes se fue extendiendo, era un silencio espeso, duro, único, un silencio audible lleno de odio, miedo, impotencia. Ni un grito de rebeldía, nada.

Por la mañana volé a la galería; la mujer había estado tan serena, tan firme, que no hubo ni un grito. Se vistió lenta y segura. La funcionaria, nerviosa ante el silencio y los ojos llenos de expresión de las mujeres, quiso meterle prisa, la respuesta, tan clara como llena de desprecio, fue: "Espere, ¡no ve que me estoy amortajando en vida!"

Se despidió de todas y ya desde la puerta de la galería se volvió para decir: "Y para esto le he rezado yo tanto a San Antonio; ya no le rezo más."


Tomasa Cuevas
Presas. Mujeres en las cárceles franquistas









1500. Tomasa Cuevas. Detención y tortura

Miguel Nuñez y Tomasa Cuevas


Me detienen el 4 de abril del 45, y dos días después a Miguel. Nos habíamos conocido un año antes, cuando yo llegué desterrada a Cataluña. Curiosamente, nos conocimos haciendo paquetes para la Navidad de los presos. A Miguel le llamábamos el «político-militar», porque tenía un pie en cada lado, en el aparato político y en la guerrilla, y yo hacía de enlace entre uno y otra.

Muy de cerca me tocó lo peor de la represión, las ejecuciones de compañeros: Puig Pidemunt, Mestres, Carrero y Valverde, que era mi contacto. Fue cuando les detuvieron, precisamente, que «fabricamos» a Estrella, porque a Miguel el partido le ordenó que no le diera el sol, y estuvimos dos meses encerrados en una casa, sin salir para nada. Podríamos decir que, en este sentido, nos casó Creix.

Cuando me detuvieron a mí, fue terrible. Ya me estaban esperando, porque venía de una condena cumplida en Segovia, tenía antecedentes. Yo tenía mucho miedo, porque los camaradas me habían hablado de las torturas de la Vía Layetana, pero bueno, tenía claro cuál era mi deber y el miedo no me frenó: llegué a transportar bombas en mi bolso.

Al final, nos siguieron y nos detuvieron a unos cuantos, a Juanito Cuadrado lo hirieron gravemente, porque hubo tiroteo. A mí me cogieron a punta de pistola y me llevaron ante los hermanos Creix, Polo y Quintela. Empezó a pegarme Polo, que era tan bajito como yo. Luego me apretaba la cabeza entre sus manos, una presión terrible por las orejas que producía muchísimo dolor. Terminé sangrando por la nariz y por la boca, y me rompieron un diente de un puñetazo, que logre escupir. Fueron varios días de tortura y al final ya no sabía en qué día estábamos.

Creix tenía el caso estudiado, me contaba las cosas que había hecho a veces con bastante detalle, y trataba de entablar conversación conmigo, de convencerme para que dejara el partido pero antes contándoles todo lo que querían saber, claro. Me decía que me habían seguido varios días y me preguntaba por las citas que tenía, con quién me veía, para qué. Me habían visto en una cita en la Rambla Catalunya, con Josep Fabregat, y me preguntaron mucho por él, pero yo me mantenía en mis trece, yo no sabía nada de nada porque se habían confundido de persona. Pero llamaron a los ocho policías que me habían seguido, en días sucesivos, y me hicieron un careo con ellos. Me identificaban sin ninguna duda, que no había error y que la persona a la que siguieron era yo.

Todo esto duró varios días, y mientras preguntaban iban pegándome. Recuerdo muy bien la noche más terrible, porque me dejaron secuelas que todavía arrastro. Polo me lanzó contra la pared y me pegaba y me pegaba, hasta que la cabeza dio muy fuerte contra el muro y me caí, casi desmayada. Entonces vino Creix, me levantó por los brazos, me levantó y luego me sentó en una silla. Para evitar que perdiera el conocimiento, me clavó un pisotón muy fuerte sobre las uñas de los dedos; el dolor fue tan intenso que me despertó, y Polo siguió pegando y preguntando, pero no me sacaron nada.

Aquellos días me costaron dos años de hospital para rehacerme de las torturas, pero me quedó una lesión crónica en la nuca y la columna vertebral desviada.













965. Testimonios de mujeres en las cárceles franquistas

Tomasa Cuevas Gutiérrez
(Brihuega, 7 de marzo de 1917 - Barcelona, 25 de abril de 2007)



Barcelona 1940

“Vivíamos semiocultas en casa de una amiga de la infancia; en aquella época acoger a personas  en nuestras condiciones era de gran solidaridad. Fueron meses de una angustia moral. Vivíamos cerca de la prisión Modelo de Barcelona y al ir al hospital a ver a mi madre tenía que pasar por allí; el espectáculo de decenas de personas alrededor de la prisión era escalofriante; compuesto principalmente por mujeres y niños, escuálidos, tristes, callados, pegados a sus madres o a sus abuelas, en sus caras se reflejaba toda la tragedia en que vivían. La visión de aquella multitud que esperaban horas y horas para hacer entrega de lo poco que habían podido reunir a costa de prescindir ellos de lo más esencial. El dolor callado y reprimido de los familiares a los que devolvían el paquete porque el destinatario ya no lo necesitaba: había sido fusilado en el Campo de la Bota.

A mí una de las cosas que más me impresionaba de aquella multitud era su terrible silencio, siendo centenares, a veces daban la vuelta a la prisión por su longitud, apenas se oía un murmullo. Todos se sentían prisioneros, los de dentro y los de fuera; quizás más los de fuera por la cantidad de humillaciones a que se veían sometidos, con desventaja respecto de los que estaban presos; porque éstos sabían dónde tenían al enemigo, y sin embargo, los familiares tenían que subsistir y resistir toda una serie de vejaciones que los “vencedores” intentaban imponer a toda costa. Poco se ha dicho de esa lucha sin la cual muchos de los que han sobrevivido a los años de encierro no habrían podido resistir.

Ante tanto atropello y injusticia surgió la natural rebeldía de juventud, que si bien nos veíamos disminuidos en todos los aspectos, quedaba en nuestro interior el deseo de libertad por el cual habíamos luchado. Volvimos a encontrarnos jóvenes de la JSU que habíamos estado juntos en Francia; nos relacionamos, comentábamos los acontecimientos internacionales, nos pasábamos los partes de guerra que suministraba la embajada inglesa, por ese solo hecho había ya gente en la cárcel; sentíamos la necesidad de ayudar a los perseguidos, pero la situación personal de casi todos nosotros era tan difícil que no abarcamos mucho.

Por aquel entonces se produjo la entrega de Companys a Franco y como un reguero de pólvora  corrió la noticia; se comentaba con verdadera consternación el hecho, y cuando se produjo el fusilamiento, fueron muchas las personas que se pusieron distintivos de luto; primeros signos externos de una resistencia que no cesaría durante cuarenta años.

Nuestra situación era agobiante; mi madre llegó a transtornarse. Vivía atormentada ante la idea de que en cualquier momento pudieran detenerla. Estar escondida, perseguida como malhechores cuando su conciencia no la hacía sentirse culpable de nada, le produjo tal estado de desesperación que la condujo hasta el suicidio. Este terrible hecho trajo consigo más complicaciones y seguramente fue el punto de partida para que la policía me localizase, al tener que ser llevada mi madre al hospital tuve que identificarme. Mi hermano [Fernando Salvo] seguía en Bilbao cumpliendo el servicio militar después de haber pasado el periodo de prisionero, y aunque le avisé de lo que ocurría, no pudo conseguir el permiso hasta pasados dos días. Mientras, mi madre estaba en el depósito de cadáveres porque yo carecía de medios para poder enterrarla; es fácil imaginar lo que esto me afectó; ya no me importaba que me localizaran, pasé momentos de una fuerte depresión. Era como sentirse culpable de lo que le había ocurrido a mi madre. Pasarían muchos años antes de que pudiese hablar de este hecho con serenidad. 

Mi hermano consiguió el dinero para el entierro con no pocas dificultades, y una vez enterrada nuestra madre consideramos que yo debía irme de Barcelona, el motivo por el cual había venido acababa de desaparecer; pero, tal como estaban las cosas, tampoco era fácil conseguir un salvoconducto para el desplazamiento, ni una casa donde ir. Mi hermano recurrió a una compañero suyo de la época en que estuvo prisionero y éste respondió inmediatamente que su casa estaba a nuestra disposición y allí me fui.

En el intervalo que medió entre carta y carta, la policía me había localizado en la casa que habían ocurrido los hechos; pero ya no estaba en ella, moralmente no podía resistir estar en aquel lugar. Así fue cómo me desplacé a Hellín [Albacete], que es donde residía Ángel [Vizcaya], el amigo de mi hermano con su mujer Paquita; una pareja admirable que me brindaron su amistad y lograron con su comprensión y afecto conseguir una cierta tranquilidad” 


De Hellín a Madrid: lucha clandestina (1940­-1941)

“La vida de la aldea, el contacto con la gente sencilla, pero principalmente el afecto y la comprensión de esos amigos, Ángel [Vizcaya] y Paquita, hizo que me fuese reponiendo de la terrible depresión que me había producido la muerte de mi madre, y poco a poco volví a sentir la necesidad de participar de nuevo en otras cosas que no fuese sólo vivir. 

Ángel gozaba de una gran simpatía en la aldea y su pasado le daba una autoridad y un respeto ante sus paisanos. De ahí que encontró buena acogida la idea de organizar un Socorro Rojo hacia los perseguidos y encarcelados; independientemente de esa actividad él quería relacionarse con personas que pudiesen orientarle en el aspecto político y para ello se desplazó a Madrid. En uno de sus viajes le di las señas de Chelo [Consuelo Alonso].

En el intervalo de uno de sus viajes recibí noticias a través de mi hermano, de que una antigua compañera de la Juventud había llegado a España procedente de América y deseaba verme, por lo cual  debía  desplazarme yo a Madrid. Allí me encontré con Perpetua [Rejas]; traía muchos proyectos, entre ellos la reorganización de la Juventud [Socialista Unificada] cuando esto fuera posible. Para empezar me encargó desplazarme a Vigo en busca de las señas de un camarada que precisaba empezar a organizar el trabajo [Eleuterio Lobo], lo cual yo realicé. Mientras me encontraba fuera, a Chelo la fue a visitar un individuo que le dijo pertenecer a la organización, y que venía de parte de Ángel para avisarme de unas detenciones que habían ocurrido en Barcelona. Quería verme a toda costa; Chelo le dijo que  yo estaba fuera, pero él presionaba alegando que era importantísimo para la reorganización del trabajo; ante su insistencia ésta le preparó una entrevista para cuando yo regresara. A mi vuelta de Vigo me encontré con mi hermano que se había ido de Bilbao al tener conocimiento de las detenciones de Barcelona y por miedo a que sus ramificaciones le alcalzasen, se había trasladado a Madrid.

Tuve la entrevista con el individuo en cuestión, la primera vez sola y la segunda acompañada de Perpetua, que por una extraña coincidencia nos habíamos encontrado en la calle en el momento en que ésta se iba a efectuar. Esta persona tenía gran interés en que la relacionase con camaradas del Partido que yo conociera, y a su vez me hablaba de otras a las que yo no conocía; ante mi poca “colaboración”, según él, iba a dar cuenta a los organismos superiores; y así estaban las cosas cuando fui a la segunda entrevista, en un bar de la Glorieta de Cuatro Caminos. En el momento en que iba a entrar salieron varios policías con pistolas en la mano, encañonándome y obligándome a subir a un coche, que ya estaba preparado. Fue una detención espectacular por el despliegue de fuerzas empleadas; fui conducida a Gobernación. A Perpetua también la habían detenido junto a mí; me incomunicaron en la celda siete; celda de triste historia que hasta motivó una copla por la gran cantidad de personas que por ella habían pasado y sufrido.

Los primeros interrogatorios fueron para mi identificación; yo llevaba documentación prestada por la que era novia de mi hermano. Averiguaron mi verdadera identidad por los registros efectuados en casa de Perpetua, donde yo vivía; sin embargo en ningún momento había dado yo ese domicilio. De las palabras persuasivas se pasó a los insultos y más tarde a los golpes, distinguiéndose por su dureza el tal Carlitos, célebre por sus “brillantes servicios” al lograr introducirse en el movimiento guerrillero.

Fueron cayendo grupos; entre ellos  estaba mi hermano, Chelo, Ángel, el  compañero de Vigo [Eladio Rodríguez], y camaradas que no conocía ni sabía quiénes eran.

Me achacaban una responsabilidad que no había tenido y que yo no aceptaba. Mi negativa era sistemática; ello exasperaba a los que me interrogaban y su reacción era contundente. Un día me carearon con Perpetua, después de una de estas sesiones en que había habido de todo, insultos, golpes, etc., insistiendo en que no negara más, que todos  aquellos  papeles  e informes  que habían encontrado en  casa de Perpetua me pertenecían; una vez más negué y fue entonces cuando ella me hizo aceptar que me pertenecían, alegando que había sido por encargo mío que ella los había escrito. Me di cuenta entonces que lo que pretendía es que la desligara, con la esperanza que al tener documentación extranjera había esa posibilidad. Sólo entonces acepté que toda aquella documentación era mía. La situación cambió, ya no hubo más golpes y los interrogatorios se   espaciaron al aceptar por  mi parte toda la responsabilidad de aquellos papeles. 

Permanecí un mes en Gobernación, siempre incomunicada. Supe por los mismos policías que [Eleuterio] Lobo había sido detenido. Con él no había tenido ninguna relación, pero eran sus señas las que yo había ido a buscar a Vigo y las que fueron entregadas a Perpetua a mi vuelta. 

Después de este tiempo pasado en Gobernación, en que es fácil adivinar las horas de angustia y temor, no sólo por la suerte propia sino por la de todos los demás, fui trasladada junto a Perpetua, Chelo, Antonia [Benito] una chica que no conocía, Lobo y mi hermano a Barcelona. En la estación vimos al individuo que se había hecho pasar por camarada junto a Carlitos y ya no dudamos de la trampa que había tendido a Chelo como consecuencia de la misma habíamos caído todos. Estuvimos unos días en Jefatura en Barcelona, tras lo cual nos llevaron a nuestras respectivas prisiones” 


Traslado a Barcelona: incomunicada en Les Corts (1941-­1942)

“Al llegar a Las  Corts  nos  incomunicaron; en la prisión estaban el resto de las compañeras del expediente al que nos habían incorporado. El edificio era un antiguo convento habilitado como cárcel. Esto suponía que las condiciones de alojamiento fuesen insuficientes para tanta reclusa como allí había, y ni qué decir tiene que tampoco había lugar para una incomunicación. Como es lógico trajo sus problemas, que resolvieron habilitando una dependencia alejada del resto de la prisión y allí nos pusieron a las cuatro que veníamos de Madrid, en una habitación pequeña con una ventana que daba al patio de la comunidad de las monjas, que eran las que hacían de carceleras [Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl]. 

El problema del aseo y el de nuestras necesidades se planteó a continuación, por las mañanas nos suministraban un cubo de agua y nos permitían salir de la habitación a otra contigua donde podíamos lavarnos un poco y efectuar nuestras necesidades, y para el resto del día nos daban una lata vacía de conservas que teníamos que emplear para todo. 

El período de adaptación fue duro, pero en ningún momento surgieron roces; la relación entre nosotras fue siempre cordial, esforzándonos en todo momento por superar cualquier reacción negativa: sufrimos desarreglos intestinales provocados por la clase de comida, compuesta de berzas y cebollas hervidas. Pasábamos hambre, porque una de las condiciones de la incomunicación es no poder recibir ninguna clase de ayuda del exterior. 

Las compañeras de la prisión a veces lograban burlar la vigilancia de la monja que nos custodiaba y durante el reparto del rancho, que es cuando nos abrían la puerta de la celda, pasarnos algunas cosas. Perpetua y Chelo tuvieron la icteria; yo contraje una colitis que ya no me abandonaría en los diecisiete años que pasé en la prisión. La situación en el correr de los meses se hizo penosa; fueron nueve, pero mucho más penosa tuvo que ser para mi hermano, que los pasó solo. Nosotras éramos cuatro para compartir las interminables horas del día. Moralmente resistíamos esa incomunicación bastante bien; Chelo era muy ocurrente y nos hacía reír más de una vez; éramos jóvenes y fáciles a la risa, por dura que fuese la situación, asombrándose por ello las monjas.

Como los días se nos hacían interminables, a Chelo se le ocurrió que podíamos estudiar algo; pero claro, con papel y lápiz no había que contar, materia prohibida; entonces entonces descubrimos que una de las paredes de la habitación podía servirnos de pizarra si nos facilitaran tiza. Después de una larga consulta de la monja a sus superiores, un día nos trajo el tesoro de una barra de tiza. Chelo, que era la “culta”, se convirtió en profesora. 

Aquello contribuyó a que los días fuesen más cortos; se podrían contar muchas anécdotas de aquellos meses, pero se haría interminable. Únicamente quiero destacar que en todos nuestros actos hubo la buena voluntad de salir airosa de las pruebas a que nos   veíamos   sometidas. El sentimiento de camaradería y ayuda mutua presidió por encima de todo; motivos de angustia tampoco faltaron; el desconocimiento de la situación jurídica en que nos encontrábamos  la policía quiso un par de veces sacarnos a diligencias­ hacía que algunas noches no descansáramos tranquilas en nuestros jergones” 


Levantamiento de la incomunicación y falsa denuncia de  Mundo Obrero  (1942­-1943)

“Era a finales de mayo de 1942 cuando nos levantaron la incomunicación. Aquel día la prisión entera vibró de alegría. Fueron a recibirnos a la puerta de la habitación que nos había servido de celda una cantidad enorme de compañeras. Nos abrazaban, las mayores con los ojos llenos de lágrimas; nos dimos cuenta entonces de cómo habían seguido nuestra situación, nunca había habido una incomunicación tan larga. Con gran dificultad pudieron hacernos un sitio; había tan poco espacio que era un problema, pero todo el mundo se estrechaba con tal de que nos pudiésemos acomodar. Es admirable cómo el sentido de solidaridad se impone por encima de cualquier egoísmo personal; entramos a formar parte de la comuna de las compañeras del expediente.

La prisión estaba regida por monjas con su peculiar forma de tratar a las personas, con sus favoritismos, con una frialdad y falta de humanidad ante tanta tragedia que les rodeaba. Por un lado nos trataban como a niñas descarriadas y por otro como poseídas por todos los demonios. En estas condiciones es fácil comprender los enfrentamientos, sobre todo por cuestiones religiosas. La comida era mala, boniatos hervidos con berzas, combinación difícil de ingerir. Las compañeras que tenían familiares que las atendiesen lo pasaban regular; pero había infinidad de ellas traídas de otras prisiones, desconectadas de los suyos, que carecían de lo más indispensable; por ejemplo, jabón. Este producto constituía un verdadero tesoro poseerlo; la limpieza era casi una obsesión; luchábamos con todos nuestros recursos para no ser invadidas por los piojos y la sarna, elementos naturales en tal hacinamiento.

Se trabajaba en labores de ganchillo y media; se llegó a crear una pequeña industria; con ayuda de los familiares que lo vendían contribuyó a solucionar muchas de las más elementales necesidades; e incluso muchas mujeres pudieron ayudar a sus hijos, que los tenían recluidos en colegios de beneficiencia tras haber fusilado a su padre y apresada su madre.

Poco a poco el fantasma del hambre se iba alejando debido a la actividad manual que había surgido. También se iba configurando una vida más regular, más organizada; las presas políticas no queríamos convertir el período de reclusión en tiempo perdido, sino de provecho, y con ese fin se organizaron grupos de estudios, de formación política, de cultura en general; había una gran actividad política, la discusión de periódicos que caían en nuestras manos y algún que otro material del Partido. Todo ello comportaba un riesgo, la vigilancia de las monjas era estrecha; la vida la hacíamos principalmente en el patio de la prisión, con unas horas determinadas en las salas, que al estar tan repletas era del todo imposible que no surgiesen roces. Roces que carecían de importancia. Valoro el grado de tolerancia y comprensión de la mayor parte de las compañeras; no estábamos preparadas para  una prueba  semejante  y,  sin embargo, se  supo  dominar el egoísmo propio en beneficio de la colectividad.

El día de comunicación con el exterior era un día de fiesta para las que tenían la suerte de ver a la familia, pero también de tristeza para aquellas que estaban alejadas de los suyos por muchos kilómetros de distancia. Eran los grandes contrastes imposibles de evitar; las noticias transmitidas a través de las comunicaciones no eran muy alegres, casi siempre llegaba alguna de la brutal represión a que estaba sometida la gente, fusilamientos, detenciones. A decir verdad fueron los célebres “bulos” de la familia quenos infundían la esperanza de un fin inmediato de aquella situación, lo que nos ayudómucho a no caer en estado de desesperanza; el papel jugado por los familiares en los años de mi encierro ha tenido mucha importancia.

Serían en los primeros meses del año 1943 cuando en Mundo Obrero se publicó una nota acusándome de la caída de los compañeros Diéguez, Larrañaga y Girabau. La sorpresa por mi parte fue tan grande como la perplejidad, yo no conocía a esos camaradas, ni sabía exactamente quiénes eran. No comprendía de dónde podía partir tal acusación, y no acepté ni por un momento tal afirmación. Esto trajo muchas discusiones entre las compañeras, las que aceptaban sin más la noticia y las que dudaban de la veracidad de la misma debido a que sabían cómo me había comportado con respecto a Perpetua. Se dividieron las opiniones sobre las medidas que debían tomar respecto a mí, dado el carácter grave de la situación, teniendo en cuenta que esos camaradas habían sido fusilados y pertenecían a la máxima dirección del Partido. A mí se me dio la posibilidad de defenderme, es bien cierto, y cometí una equivocación debido a una lealtad mal entendida. Creía que descubrir un fallo de Perpetua era comprometerla en favor mío y sentí escrúpulos en hacerlo; las repercusiones fueron terribles para mí.

Yo había ido a Vigo por las señas de una camarada que estaba en Madrid y con quien Perpetua quería conectar para trabajar juntos. Pues bien, luego supe que esta persona era Eleuterio Lobo, que había estado en Portugal con Diéguez, Larrañaga y Girabau. Dichas señas se las había entregado a Perpetua a mi regreso a Madrid. Y ésta las puso en una caja de cerillas que fue encontrada por la policía, junto con todo un montón de papeles, en el registro que hicieron después de nuestra detención. 

Posiblemente fue esto lo que trajo la detención de Lobo. Sobre el comportamiento de Lobo me limito a copiar un párrafo del testimonio de condena que obra en mi poder:

Eleuterio Lobo Martín, soldado del ejército republicano, liberada España pasó a Francia y de allí a Méjico, donde tomó contacto con las organizaciones exteriores frentepopulistas, que le enviaron a España con la misión de enlazar y transmitir instrucciones a las clandestinas que funcionaban en el interior del país; desembarcando en Portugal para cumplir la misión que se le había confiado, penetró en nuestro territorio por la frontera norte portuguesa el día 22 de agosto de 1941, dirigiéndose a Madrid donde celebró algunas entrevistas hasta que fue detenido el día 13 de septiembre del mismo año, después de haber sido, al parecer, obligado por su actitud indiscreta, a entregar las notas y direcciones   que traía   al que entonces   era responsable nacional del Partido Comunista, Heriberto Quiñones (ejecutado). Con anterioridad a su detención demostró unactivo arrepentimiento, colaborando eficazmente a la desorganización de aquellos con quienes antes había colaborado".

Hoy es más fácil enlazar los hechos pero por aquel entonces fue imposible. Solamente había una acusación y mi negativa a aceptarla. Existía además el testimonio de Perpetua sobre mi comportamiento y la clave de la detención de Lobo la tenía ella, punto de partida para que el Partido llegara a comprender cómo la policía pudo localizar a Diéguez, Larrañaga y Girabau. Ésta no suministró ni entonces ni después, ninguna prueba para un mejor esclarecimiento de los hechos.  Lamento tener que recordar esos episodios, máxime cuando esa persona ya no existe, pero hay otras que pueden dar veracidad de los mismos. 

La situación en nuestra comunidad era de una gran tensión por la diversidad de opiniones que existían; hasta el punto de que ésta se deshizo. La misma diversidad alcanzaba al resto de las compañeras. Unas, partidarias de mi total aislamiento y otras que se mostraban más tolerantes.
            
En este estado de discusión estábamos cuando vino a la prisión de Les Corts el general Jesualdo de la Iglesia [juez instructor del Tribunal Especial de la Masonería y el Comunismo] a procesarnos. Pedía siete penas de muerte, varias condenas de treinta, veinte, quince y seis años de cárcel para los que formábamos el expediente. Pocos días después del procesamiento llegó la libertad de Clara [Pueyo], procesada por el artículo 30, que suponía petición de pena de muerte. La extrañeza fue grande. Más tarde se dijo que había sido falseada la firma del general. En Les Corts quedaron procesadas con este mismo artículo Isabel [Imbert] y Perpetua [Rejas]. De la cárcel Modelo salieron igual que Clara dos más, quedando, sin embargo, Calderón con petición de pena de muerte.

A los pocos días fuimos trasladadas a Madrid y se hizo cargo de nuestro expediente el coronel Eymar. Nuestro traslado fue penoso por dos razones: por la tensión existente entre nosotras y por la incógnita de nuestro futuro” 


Tomasa Cuevas
Testimonios de mujeres en las cárceles franquistas