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1572. Las Trece Rosas, por Dolores Ibárruri

Tapia de fusilamiento de las Trece Rosas ©Javier I. Sanchís


Estoy escribiendo estas líneas sobre la lucha de las mujeres, y en mis manos acaricio un pequeño talismán: una diminuta labor, de un valor emocional inapreciable por su origen.

Lo confeccionó en su celda de muerte la joven Dionisia Manzanares Salas, una de las trece adolescentes, militantes de la Juventud Socialista Unificada, fusiladas por los franquistas el 5 de agosto de 1939 en la cárcel de Ventas. El pueblo las ha llamado las «trece rosas».

La labor está rubricada con las iniciales bordadas D. M. seguida de: Ventas, 11 de mayo 1939. Dionisia entregó esta labor a Juanita Corzo, mi fiel colaboradora y amiga, presa igualmente en Ventas, con el ruego de que si salía con vida me lo entregara a mí. Treinta y ocho años después, al regresar yo a España, mi camarada Juanita me entregó el entrañable recuerdo que ella amorosamente había guardado.

Entre las muchas cartas que recibí a mi retorno a España, he separado una cuya lectura estremece: el trágico relato del fusilamiento de ese grupo de jóvenes militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas, en 1939.

"Hace muchos años —me escribe Agripina Moreno—, llevo guardando en el corazón un mensaje para ti. Un mensaje muy triste. Creí muchas veces que no llegaría a cumplir esta misión que me encomendaron catorce muchachas. Se trata de las «trece rosas» y de otra camarada, llamada Anita.

Un triste día del mes de julio de 1939 llegaba a la cárcel de Ventas un grupo de muchachas, casi niñas. Una de ellas, Pilar Bueno, me contó que venían destrozadas de las palizas y torturas que sufrieron.

Un doloroso e inolvidable cuatro de julio llegó la noticia de que entrarían en capilla. Y así fue. Tocaron a silencio. Las muchachas se colocaron los mejores vestidos que tenían. Al verlas tan serenas, tan firmes y hermosas, ante nosotras se agigantaban y cada minuto que transcurría sentíamos deseos de acompañarlas hasta el fin de sus vidas.

Se las llevaron finalmente el cinco de agosto. Todas estábamos muy nerviosas por no poder volver a verlas. Pero ese día nos llamaron a Aurora Rodríguez y a mí: nos autorizaban a despedirnos de ellas.

Cuando entramos en capilla estaban esperándonos de pie y en fila. Me acerqué a la primera, Pilar Bueno, nos besamos sin decir palabra. Después me tomó las manos y me dijo: «Camarada Agripina, si tienes la suerte de salvarte, cuídate y vive para que nos hagáis justicia. Somos inocentes. Y si algún día ves a nuestra Dolores, le dices que moriremos como dignas discípulas suyas...»

Carmen Bueno me decía: «Me van a fusilar con mi hermano; lo siento por mi querida madre. Somos inocentes. Nos matan porque somos comunistas...»

Juanita Lafite, de 18 años, huérfana de un militar de alta graduación, nos encargó dijéramos al partido y a la JSU que morían dejando bien alta la bandera roja.

Una jovencita apellidada Conesa exclamaba: «Moriremos como comunistas, no permitiremos que nos venden los ojos, nos matarán de cara a nuestros asesinos. Somos inocentes.»

Mary era hija de un guardia civil. Se dio la coincidencia de que cuando llegó el pelotón de ejecución a la cárcel, el jefe de éste se dio cuenta de que entre el grupo que iba a ser fusilado estaba la hija de un guardia que componía el pelotón. Rápidamente fue sustituido. «Decid a la Juventud y al partido que sigan luchando fuertemente unidos. Y que no nos olviden», nos encargó la pequeña Mary.

De Dionisia, dirigente de la JSU, no pudimos despedirnos.

Anita era profesora, lo mismo que su marido, ambos muy jóvenes. Antes de ser fusilados dejaron este mensaje: «Nos matan, pero nunca podrán destruir nuestras ideas, que transformarán el mundo.»

Cuando nos retiramos de tan desgarradora despedida, se unieron a nosotros dos buenas amigas: Matilde Barraqué y Pura de la Aldea. Esta última te conocía mucho de los tiempos en que tú estuviste detenida en las Ventas, durante la República. Me dijo que se hizo comunista por tu ejemplo y conducta en la cárcel.

Al fusilamiento de nuestras jóvenes camaradas asistió una oficiala de prisiones, que era monja teresiana. Cuando regresó de presenciar aquel crimen parecía otra persona. Pasó a la galería y empezó a contar a las presas todo lo que había visto: las muchachas no se dejaron vendar los ojos, murieron a cara descubierta, mirando al pelotón. 

Pilar Bueno, con el puño en alto, murió gritando: «¡Viva la Juventud Socialista Unificada!»

Anita no murió de los primeros disparos y exclamó: «Matadme, criminales, no me enterréis viva.»

La monja entregó a María Lafite, hermana de Joaquinita, que también se hallaba presa, la cinta que adornaba el cabello de la fusilada.

Pronto se vio en la cárcel una reacción por tanta crueldad. Para todas las mujeres de la prisión fue un duro golpe.

Muy temprano al día siguiente llegó a mi celda una compañera de las Juventudes Libertarias, que era poetisa y traía una cuartilla de papel en la mano. Llorando me leyó la primera poesía que se ha escrito sobre nuestras inolvidables «trece rosas». Así las llamó ella...

Querida camarada Dolores, después de realizado este trabajo me siento muy tranquila. Puedo decir a nuestro Partido Comunista y Juventudes: Misión cumplida.

Un fraternal saludo
Agripina Moreno (74 años)
1 de julio de 1977.

Una amiga quiere recordar que las «trece rosas» se llamaban: Joaquina López, Virtudes González, Carmen Barrero, Dionisia Manzanares, Pilar Bueno, Julia Conesa, Blanquita, Victoria, Adela, Martina, Palmira, Anita, Anita López.

Faltan algunos apellidos... El tiempo, los años borran muchas cosas. Pero en los anales de la lucha de nuestro pueblo siempre resplandecerá el valor de las trece muchachas fusiladas en la cárcel de Ventas.


Dolores Ibarruri
"Memorias de Pasionaria (1939-1977)"
Editorial Planeta, 1984










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