A nuestros amadísimos diocesanos:
En estos momentos gravísimos, tal vez decisivos para la suerte de la
religión y de la patria, un deber pastoral en que van envueltos los puros
amores que debemos a Dios y a nuestro país, nos obliga a dirigiros este
documento de paz.
Y lo hacemos en forma conjunta los obispos de Vitoria y Pamplona, porque es
en la demarcación de nuestra jurisdicción, en parte de ella y no fuera de ella,
donde ha surgido un problema pavoroso de orden religioso-político, a cuya
solución va ordenado este documento.
Conocemos nuestra responsabilidad al publicarlo; hasta podríamos abrigar
temores sobre su eficacia si vuestra fe acendrada y el respeto que siempre
habéis profesado al magisterio eclesiástico no nos diera la certeza moral de
que seremos obedecidos. Sobre todo temor humano está el santo amor y temor de
Dios, a quien, antes que a todo lo humano, debemos el servicio de nuestra
conciencia y de nuestra vida. Obispos de este país vasconavarro, hijos de él,
nacidos de vuestra raza y sangre, compenetrados con vuestra historia y
tradición, que son las nuestras, encumbrados a la altísima dignidad episcopal y
representantes, por razones de naturaleza y de oficio, de la vieja fe
cristiana, que aún lo informa todo en este país, podemos deciros con el Apóstol
que sólo Dios sabe cómo os amamos a todos en las entrañas de Jesucristo, con
amor de hermanos según la sangre, de hijos de una misma patria, de padres según
el espíritu.
En virtud de esta paternidad que nos obliga, como al Apóstol, a pesar de
todo y contra todo, a toda suerte de esfuerzos para conformaros según Cristo,
os decimos hoy, cuando nuestra tierra sagrada se empaña en sangre,
generosamente vertida por los hijos de este país, hijos nuestros de Vasconia y
Navarra; en el fragor de la lucha, que asuela nuestros campos y destruye
nuestras bellas ciudades, cuando el estampido del cañón retumba en nuestros
deliciosos valles, oíd a vuestros obispos y recapacitad sobre lo que os
decimos. Os hablamos puesta la mente y el corazón en Dios y en la Iglesia, en
vosotros, en nuestra historia gloriosa y en nuestro país, por fuera y por
encima de toda conveniencia puramente humana, de todo partidismo político.
Oídnos.
El espectáculo de nuestra región
España pasa por días de prueba como no los haya sufrido en siglos. A un
quinquenio de revolución política ha sucedido bruscamente cruentísima
revolución social. Luchan unos ejércitos contra otros, mientras en campos y
poblados las pasiones desatadas revuelven y ensangrientan todo. Vasconia y
Navarra se han alzado en armas. En el fondo del movimiento cívico-militar de
nuestro país late, junto con el amor de patria en sus varios matices, el amor
tradicional de nuestra religión sacrosanta. El espectáculo que ofrece hoy
nuestra región es único en el mundo. Habéis hecho a Dios la ofrenda de docenas
de miles de vidas. Muchas de ellas han sucumbido ya. Vasconia y Navarra llevan
la marca gloriosa de la sangre derramada por Dios.
Amadísimos hijos nuestros: Nos, obispos de la santa Iglesia, no podemos
pronunciarnos más que en el fuero de nuestra conciencia sobre el magno hecho de
que es teatro España en estos momentos. Pero sí que podemos y debemos hacerla
pública y autoritativamente en el gravísimo episodio que, efecto de la lucha
general, se ha producido en nuestro país. Adivináis seguramente lo que vamos a
deciros, porque está en el fondo de la conciencia de todos. Pero a los hijos se
les habla claro y queremos vaciar nuestro corazón en el vuestro en palabras que
no tendrán más veladura que la de la emo¬ción del dolor con que os las decimos.
Quisiéramos, y lo hemos intentado con todo empeño, antes que volaran en alas de
prensa y radio a todo hogar vasconavarro y a toda España, decírselas al fondo
del alma de los dirigentes, para añadir al de nuestra autoridad el prestigio de
sus nombres y la eficacia de su buena voluntad.
Quiénes luchan en el frente de batalla
Y lo que os decimos sabéis todos, hijos de Vasconia y Navarra, es que los
frentes de batalla luchan encarnizadamente y se matan hijos de nuestra tierra,
de la misma sangre y raza, con los mismos ideales religiosos, con igual amor a
Dios, a su Cristo y a su Iglesia, que tienen por ley de su vida la doctrina y
la ley de Jesucristo, que comulgan todos en su Cuerpo santísimo, pero que han
sufrido la aberración de batirse por la diferencia de un matiz de orden
político.
Esto es gravísimo. Pero lo que conturba y llena de consternación nuestro
ánimo de prelados de la Iglesia es que hijos nuestros, amantísimos de la Iglesia
y seguidores de sus doctrinas, han hecho causa común con enemigos declarados,
encarnizados de la Iglesia; han sumado sus fuerzas a las de ellos, han fundido
su acción con la de ellos y acometen fieramente, con todo género de armas
mortíferas, a los enemigos de ellos, que son sus propios hermanos. Así se
realiza en nuestro país —que lo fué en todo tiempo de paz de égloga, de unidad
de espíritu— la tremenda palabra del Evangelio, según la que los hijos se
levantarán contra el padre, y el hermano contra el hermano; con la desventaja
de que en el Evangelio de la paz no hay guerra sino con los enemigos del propio
Evangelio, y aquí, región cristianísima, se matan los hijos del mismo
Evangelio.
Lo que no es lícito
Hijos amadísimos: Nos, con toda la autoridad de que nos hallamos
investidos, en la forma categórica de un precepto que deriva de la doctrina
clara e ineludible de la Iglesia, os decimos: Non licet.
No es lícito en ninguna forma, en ningún terreno, y menos en la forma
cruentísima de la guerra, última razón que tienen los pueblos para imponer su
razón, fraccionar las fuerzas católicas ante el común enemigo. La doctrina de
la unión ante los enemigos del cristianismo, antes que todo, sobre todo, con
todos, tan reiteradamente inculcada por el papa actual en el orden pacífico de
las conquistas del espíritu, en la estrategia del apostolado, en las luchas
blancas de los comicios o de la labor legislativa, debe aplicarse totalmente,
sin género de excusas, a los casos de guerra en que se juega el todo por el
todo, doctrina e ideales, haciendas y vidas, presente y futuro de un pueblo.
Lo absolutamente ilícito
Menos lícito es, mejor, absolutamente ilícito es, después de dividir,
sumarse al enemigo para combatir al hermano, promiscuando el ideal de Cristo
con el de Belial, entre los que no hay compostura posible, y el ideal,
prescindiendo de otros que quizás quieran conservarse incontaminados, es el
exterminio del enemigo, del hermano en este caso, ya que la intención primera
de toda guerra es la derrota del adversario.
Llega la ilicitud a la monstruosidad cuando el enemigo es este monstruo
moderno, el marxismo o comunismo, hidra de siete cabezas, síntesis de toda
herejía, opuesto diametralmente al cristianismo en su doctrina religiosa,
política, social y económica. Y cuando el sumo pontífice, en documentos
recentísimos, dice anatema al comunismo y previene contra él a todos los
poderes, aun no cristianos, y les señala como ariete destructor de toda
civilización digna de tal nombre, dar la mano al comunismo en el campo de batalla,
y esto en España, y en este cristianísimo país vasconavarro, es aberración que
sólo se concibe en los ilusos que han cerrado los ojos a la luz de la verdad,
que ha hablado por su oráculo en la tierra.
Otras razones
Hay más aún, que no hacemos más que apuntar. Hay la razón del escándalo
social que produce este contubernio; hasta nuestro enemigo tiene derecho a
exigirnos seamos consecuentes con nuestras doctrinas.
Hay la razón de la caridad, en su mandato más grave, y su fundamento más
profundo, que es el respeto a la vida del hermano. La ilicitud del pacto de
guerra no exime de la responsabilidad del quinto mandamiento de la ley de Dios,
que pudiese ceder ante las exigencias de una guerra justa y lícita.
Y hay, amadísimos hijos nuestros, una razón que no queremos callar, razón
que no desdora a nadie y que es timbre de gloria para el país vasconavarro. En
el quebranto profundo que ha sufrido el sentimiento religioso en España,
Vasconia y Navarra, sin que desconozcamos el declive del espíritu religioso que
sufren todos los pueblos modernos, ha conservado, más que nación alguna,
nuestras viejas creencias. Unidos todos, seremos para España ejemplo y
esperanza en las horas difíciles de reconstrucción espiritual, que tal vez se
aproximen. Rotos por la discordia, perderemos la fuerza de cohesión que
conserve nuestro cristianismo ancestral y quebrantaremos el resorte de
expansión, no material, que jamás se movió nuestra raza para la conquista de
ningún vellocino de oro, sino de esta fuerza de apostolado que nos ha dado
secularmente la primacía del espíritu fuera de nuestra propia casa.
Una consideración errónea
No queremos terminar sin manifestaros una convicción íntima y sin deshacer
un reparo.
Es la convicción, hija del conocimiento que de vosotros tenemos, que nadie
hay capaz en nuestro país, de los que hacen profesión de católicos, que preste
su nombre y su colaboración a los enemigos de la Iglesia sin la intención
ulterior de sacar de la concordia circunstancial mejor partido para los
intereses de la religión del país. Celosos de vuestras tradiciones y
costumbres, de vuestros fueros y franquicias; celosos, sobre todo, de la fe que
profesáis y que tan enraizada está en el alma de las generaciones que os
precedieron, vuestro deseo íntimo y vuestra intención última es conservar el
sagrado propósito de tantas cosas nobles y santas, que os han dado, entre las
regiones de España, una fisonomía inconfundible.
Nos, amadísimos diocesanos, estamos, como vosotros, enamorados de todo lo
nuestro. A nadie queremos ceder el primer puesto, que nos toca por derecho de
naturaleza y de jerarquía, en el amor legítimo a la región y a todos los
factores espirituales e históricos que la han conformado según nos la legaron
nuestros progenitores. Pero hemos de deshacer el reparo que podría derivar del
fundamento mismo de nuestra convicción. Si vamos —podréis decirnos— a la
conquista de atribuciones autonómicas históricas en el orden
político-religioso, ¿no podría ceder la fuerza de las razones adu¬cidas, dando
un momento la mano al adversario, pero conservando íntegras nuestras posiciones
espirituales, no dando un paso en el camino del abismo que de él nos separa?
No es lícito hacer un mal para que de él se derive un bien
No; esta razón no debilita un ápice las nuestras. Primero, porque para un
católico la primera de las razones es la de autoridad, cuando se ventilan
intereses del espíritu y aquellos otros que, sin ser puramente espirituales,
dicen relación a la conducta moral y a la vida eterna. Luego, porque no es
lícito hacer un mal para que de él derive un bien, ni se puede anteponer la
política a la religión: antes que la patria está Dios, a quien debemos amor
sobre todas las cosas. Y, finalmente, porque es grave peligro pactar con un enemigo
tenaz, poderoso, irreductible, como lo es el que hoy pretende la hegemonía
sobre España: porque la fidelidad a los pactos no obliga a los sin Dios,
fundamento único de toda obligación moral; porque el comunismo no se contenta
con menos que con todo, y porque al final de la contienda, cuando os halléis,
tal vez en minoría, frente a un enemigo irreconciliable, por principios y por
objetivo social, quedaréis en el desamparo en que quedan siempre las minorías
en régimen de democracia autocrática, ya que el comunismo ha hecho compatible,
en el hecho de la vida social, esta antilogía de regímenes políticos.
Meditad lo que os decimos, carísimos hijos nuestros. Pensad que la ruina de
España es la de todos: que en ella, como en el regazo de una madre, caben todos
sus hijos, sin perder su fisonomía particular. Un régimen de sensatez y de
comprensión puede en España resolver toda aspiración legítima. Vuestra actitud
de hoy podría ser gaje de futuras ventajas, como podría acarrearnos la pérdida
definitiva de lo que más queremos después de Dios. No os faltarán mentores, en
estas horas gravísimas, que os señalen los caminos que debáis seguir.
Nos, entre tanto, amadísimos hijos, quedamos levantando el corazón y las
manos a Dios, pidiéndole con gemidos del alma que abrevie los días de prueba
que pasamos. Que la memoria de los muertos haga pensar a los vivos. Que ellos,
desde el cielo, logren la paz y las ventajas para la religión y la patria, por
las que lucharon. Ved cuánta ruina ha acumulado nuestro enemigo en nuestro solar
patrio. Oremos todos para que cese la calamidad presente y para que aparezca la
aurora presurosa de días felices. Que la sangre de los hijos de esta tierra
haga germinar en ella frutos de grandeza temporal y de vida eterna.
Si, como lo esperamos confiadamente, escucháis, amadísimos hijos, nuestros
implorantes gemidos y auténticas y superiores enseñanzas, tendremos además el
grandísimo bien de que se derramará menos sangre de todos los de Vasconia,
hijos también nuestros muy amados.
Con estos sentimientos, y reiterándoos a todos el amor entrañable que en
Cristo os profesamos, os damos nuestra bendición, que queremos sea
especialísima para cuantos se sacrifican en estos momentos por la religión y
por la patria.
A 6 de agosto de 1936, fiesta de la Transfiguración del Señor.
Mateo Múgica Urrestarazu,
obispo de Vitoria
Marcelino Olaechea Loizaga, obispo de Pamplona
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