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2744. ¡Queremos votar! ¡Queremos votar!




Las sufragistas españolas no están dispuestas a que se les retrase el ejercicio de su derecho al voto ¿A quién vas a votar las mujeres y por qué? Lo que opinan las tres diputadas de las Constituyentes.


Algunas tienen prisa

No bien se había apaciguado un tanto el revuelo producido a raíz de la concesión del voto femenino, cuando ya tenemos otra vez el asunto sobre el tapete. 

Se trata, según parece, de una cosa gravísima. 

La Cámara lo aprobó demasiado deprisa y quiere volver sobre ello mediante una disposición transitoria. Están en su perfecto derecho los legisladores, ¿pero se van a conformar las mujeres? Probablemente algunas no solo se mostrarán de acuerdo con esta enmienda, sino que les parecerá de perlas. Pero hay un sector de mujeres que no están dispuestas a transigir en ningún caso. Estas señoras están en pie de guerra, según parece, hasta el punto de que el miércoles por la tarde y no bien se había presentado a la Cámara la enmienda firmada por los señores Castro, Abeytúa, Peñalba, etc., etc., por medio de la cual se restringe por ahora el sufragio femenino, irrumpió violentamente en los pasillos del Congreso gran cantidad de señoras. Iban muchas. Algún periódico ha dicho que más de cien. Lo cierto es que en un momento se hicieron dueñas del Congreso.

—¡Queremos votar… y en seguida.

Es preciso impedir que las Cortes vuelvan sobre lo que ya tienen acordado! ¡Queremos ver al señor Besteiro!…

Los ujieres corrían de un lado para otro sin saber qué hacer ante aquella invasión. Los diputados no se mostraban tan alarmados, y, en general, oponían galantes sonrisas a la actitud bélica de las señoras mientras comentaban en voz baja: 

—¡Pues las hay muy guapas! ¡Verdaderamente no sabe uno para qué quieren el voto!

Mientras esperaban al señor Besteiro un diputado se acercó a interpelarlas.

—¿Pero, de verdad tienen ustedes tanta prisa por votar?

—¡Ya lo creo! La mujer no puede perder semejante conquista. 

—Si no la pierden. Se trata sencillamente de que empiecen por ejercer su derecho en las elecciones municipales. Hay que empezar despacio… otra cosa sería quizá un peligro… 

Todas se volvieron airadas contra él, ¡pobre hombre!, y claro, lo achicaron. 

—Todo eso son habilidades, ¿sabe usted? Lo que quieren ustedes es que no votemos en tres o cuatro años y, ¡eso no! 

—¡La enmienda es un pastel! 

—¡No lo consentiremos!


Lo que opinan las tres diputadas

No se sabe qué decisión tomarán los señores diputados ante esta campaña sufragista que parece han iniciado las mujeres españolas. Probablemente prosperará la enmienda calificada por ellas de pastel. 

¿Pero de verdad la mayoría de las mujeres tienen esta prisa por votar? 

Con objeto de orientar un poco a los lectores sobre este asunto, he querido conocer la opinión de algunas mujeres representativas. Para empezar nadie mejor que las tres diputadas.

No están unidas; cada una pertenece a un partido distinto y cada una piensa de distinta manera. 

Victoria Kent (radical-socialista), cree que el voto debe retrasarse. A este fin presenta también al Parlamento una proposición igual en el fondo que la de los señores mencionados al principio, pero expresada con más claridad. Esto no quiere decir que yo sea contraria a la concesión del voto. En este momento lo estimo un poco peligroso. La prueba la tiene usted en que las derechas están encantadas de que voten las mujeres. Esas mismas derechas se oponían al sufragio universal en tiempos, alegando que la masa no estaba preparada. ¿Por qué no se oponen ahora, sabiendo como saben que la inmensa mayoría de las mujeres tampoco lo están?… Ese es el peligro.

Así opina Victoria Kent, pero Clara Campoamor (radical) opina de modo distinto. 

—Las mujeres pueden, quieren y deben votar. No le quepa a usted duda, y la prueba está en que contra el voto no se han esgrimido aún argumentos serios. Todos dicen lo mismo: «que no le interesa la política»…, «que no está preparada»…, «que votará al cura»…, «que es un peligro»… Nada de esto es cierto, y si lo fuera, nadie más que los hombres serían los culpables. ¿Por qué las han tenido sin enterarlas de nada? ¿Por qué no las han apartado de la influencia religiosa? 

Aquí —continúa la señorita Campoamor— hay un dilema. O la mujer es capaz de ejercitar este derecho como los hombres, o no es capaz. En el primer caso, hay que respetárselo, igual si se inclina a la derecha que si se inclina a la izquierda. Me parece que democraticamente no hay otra solución. En el segundo caso, o sea en el de los que creen que la mujer no es capaz para el voto y que se aprovecharán de él los enemigos de la República, todavía la tesis es más absurda. Sería tanto como conceder a los reaccionarios más habilidad para captarse el voto de la mujer que la que pueden tener los republicanos de veras.

—¿Pero usted cree que las mujeres tienen mucho interés en votar?

—Yo solo sé que, desde hace dos meses, no dejo de recibir cartas y telegramas de mujeres de todas partes felicitándome por esta campaña. 

—¿Pero usted no cree, como muchos diputados, que el voto femenino puede constituir un peligro para la República?

—Yo no creo que la mujer española se muestre ingrata con esta República, que le concede todo cuanto se le negó antes. 

Todavía falta una diputada a quien preguntar. ¿Como cuál de estas dos pensará? Véanlo ustedes. La señorita Nelken es también sufragista «templada», como la señorita Kent. 

—En principio, la concesión del voto a la mujer, acompañada del disfrute de todos los derechos civiles, me parece un avance muy estimable. Pero… hay que buscar el momento oportuno, porque si no puede resultar todo lo contrario.


Lo que opina una joven católico-monárquica

No importa el nombre. Se trata sencillamente de una joven como hay muchas. Respetuosa con la religión, admiradora del ex rey personalmente, entusiasta de la Corte y de las fiestas aristocráticas… 

—¿Usted cree que debemos votar las mujeres? 

—No faltaba más. Debemos votar y votaremos. ¡Y qué triunfo va a ser el nuestro! Pero aún llegaremos a tiempo para evitar que se cometan estos atropellos contra la religión. Ya verá usted cómo nosotras tendremos más valor que los hombres y nos impondremos acabando con todo esto. 

Cuánto me alegro ahora de no haber dado el nombre. Y más con este Casares Quiroga, que manda a la gente a esos sitios tan raros…


Lo que opina una joven marxista

Tampoco doy el nombre, por si acaso. Bromitas con esa Ley de Defensa de la República… ¡en ningún caso! 

—Yo no creo que sea ningún disparate la concesión del voto a la mujer. Es más, creo que todas las mujeres conscientes están deseando votar. ¿Que muchas son reaccionarias? Es verdad. Pero ¿no van a poder más los cientos de miles de obreras y mujeres de obreros que hay en España? Pero todo esto es secundario; lo interesante, no le quepa a usted duda, es que, con voto o sin él, en España hay ya una nueva generación de mujeres dispuestas a trabajar por la revolución social, que es lo interesante.

—Pero usted, concretamente usted, ¿a quién votaría? 

—No lo sé. A todos los políticos, nuevos y viejos, los encuentro demasiado burgueses.


Lo que opina una cacharrera

Sí, no cabe duda, las mujeres quieren votar. Lo que no se sabe, lo que no se puede adelantar, es el resultado, no obstante haber tratado de tomarles el pulso político.

Al terminar de recoger esta información he pasado por una cacharrería de barrio. La dueña y su hija están dentro. ¿Por qué no preguntarles? También ellas van a volar.

Con no sé qué pretexto les he hecho la pregunta y, enseguida, contesta la madre: 

—Pues, verá usted, no sé lo que decirla. Yo siempre he sido republicana, lo cual que a mi hombre le «mandé» que votara a la República en el mes de abril. Pero es que ahora me han dicho que no sé qué me van a hacer con la tienda.

—Oye, tú —dice dirigiéndose a la chica—, ¿qué es eso que ha dicho padre que harán con la tienda? 

—Nacionalizarla, madre; pero eso no es malo —contesta la muchacha en tono de bachillera. 

—Pues eso, francamente, no me gusta, aunque no sé lo que es. Pero mientras no me lo pongan en claro, ni mi hombre ni yo volvemos a votar la República.

—Diga usted que no —interviene la chica rápidamente—. Es que mi madre está muy anticuada, pero ya la convenceré yo para que vote a Largo Caballero.


Josefina Carabias
Ahora, 29 de noviembre de 1931












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