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2762. Poetas en la España leal

No hace mucho publicaba esta revista unas líneas sobre nuestros poetas y su actitud durante los días que atravesamos, ante esta nueva hora de todos, como puede llamársela recordando el título quevedesco. La aparición del volumen Poetas en la España leal, con motivo del II Congreso Internacional de escritores aquí celebrado, atrae de nuevo el comentario sobre el tema que en aquellas líneas se debatía.

En el sino de nuestra poesía contemporánea juegan insistente papel las colecciones antológicas; son bastantes ya las publicadas en el idioma propio o vertidas a otros extranjeros. Pero esta breve selección está probablemente llamada llamada a tener un eco histórico, aunque no tuviese cierto el puramente literario.

No es que se trate solamente de un conjunto de poesías de guerra; no. Se trata, al mostrar la continuidad en el trabajo de cada uno de nuestros poetas en estos terribles días, de dar a conocer cómo cada uno de ellos expresa hoy la trágica realidad. El oficio del poeta es aquel donde hallan utilidad cosas desechadas como inútiles por las gentes más satisfechas de su sentido práctico. Y la realidad se nutre a veces de materia tan fantástica... Es probable que andando el tiempo el historiador que quiera dar voz expresa a la hazaña anónima del pueblo que ahora pelea, acuda a los versos de un poeta. Entonces el ciclo quedará ya completo y cerrado, unidos en un abrazo dos elementos que aunque juntos vivan parecen siempre ignorarse: la oscura fuerza tranquila y el luciente ímpetu extravagante.

Las páginas críticas que preceden los versos sitúan justamente cada nombre de poeta en el conjunto. Abre el paso la vieja generación con Antonio Machado, el andaluz dormido y castellano bien despierto. Todos lo conocen; no es necesario el comentario, y por lo demás sería deficiente, porque otros, con más lectura de su obra, pueden hablar mejor que el autor de estas líneas. Es lástima que juntamente con Machado no aparezca J.R. Jiménez. Como en el prólogo se indica, J.R. Jiménez ha estado desde el primer momento al lado de los poetas, lo cual equivale ahora a decir al lado del pueblo. Su nombre, el de uno de los más hondos y conscientes poetas españoles, está al menos visible así, ya que no esté con su poesía.

Los que a éstos siguen, Alberti, Altolaguirre, Gil-Albert, Miguel Hernández, León Felipe, Moreno Villa, Prados, Arturo Serrano Plaja y Lorenzo Várela, están allí con sus voces diversas unidas en una misma angustia y un mismo dolor. Falta tan sólo Vicente Aleixandre, enfermo en Madrid, alejado por fuerza de su trabajo de poeta, ya que no de la poesía, lo único que en definitiva puede consolamos a todos de tanta sombra acumulada sobre la luz y tierra españolas. Y pesa en cada página, como sombra impaciente, el recuerdo de Federico García Lorca. El una sombra... El, que era, más que hombre, desnuda fuerza natural nutrida de lo más sencillo y de lo más remoto del mundo. Pero silencio. Allí donde él esté, sea sombra o memoria, está también lo más hermoso de la vida.

En esta colección hay nombres de poetas que, por ser más jóvenes o de más reciente aparición, no habían figurado en otras antologías. Y precisamente el hecho de encontrar unidas en dichas páginas tres distintas generaciones, con diferentes preocupaciones estéticas, pero con una misma intención actual, da un valor histórico al libro. Mañana, cuando, entre esos poetas, aquellos que tengan la suerte de vivir nuevamente en pacífica y libre tierra española vuelvan a sus fatales rencillas y querellas literarias, tal vez no se acuerden de este libro que los unió a pesar de todo en un haz, pero el libro seguirá fiel a su espíritu por encima de todo y de todos.

Juan Gil-Albert, Miguel Hernández, Arturo Serrano Plaja, Lorenzo Várela, esos son los poetas más jóvenes a que antes aludía. Sus nombres eran ya conocidos de quien siguiera la evolución de nuestra poesía. Gil-Albert había publicado, hace poco más de un año, un libro de bellísimos sonetos, donde un claro sentido de la naturaleza iba expresando con voz de clásico abolengo, en la que se percibía, a veces, un dejo de Góngora y de Mallarmé. El momento más seguro de su trabajo coincide precisamente con la actual inseguridad de la vida española. Los versos que figuran en la colección comentada lo demuestran de evidente manera. Quien lea los poemas A una casa de campo y A la vid, ha de reconocer allí la presencia ineludible de un poeta. Y de un poeta que no se contenta con el trabajo, quizá más halagador para muchos, de la corriente lírica que brota simplemente en un temperamento bien dotado; su instinto y su inteligencia le llevan hacia una poesía difícil, donde tal vez el éxito sea menos inmediato. Pero ¿quién puede torcer los profundos designios de la vocación?

Un temperamento opuesto es el de Arturo Serrano Plaja. El grupo que inició la revista Octubre tuvo en Serrano Plaja uno de los más firmes adeptos. Su carácter, más amigo del arrojo apasionado que de la decisión contemplativa, le predisponía ya a la lucha. Todo el movimiento social español, que desde años atrás venía encrespándose hasta estallar en la guerra civil actual, ha tenido en Arturo Serrano Plaja, según la marcha de su edad, claro está, no un interesado espectador, como en muchos de estos poetas, sino un decidido actor. En su poesía ello se traduce por un ancho afán, por una voz que llama y atrae hacia su cauce lírico las más diversas realidades. Hay allí un deseo de sentirse latir lo mismo ante una íntima efusión personal que ante el  diario trabajo de las gentes humildes; de querer desintegrarse en todo a fuerza de ávida comprensión humana. En su poema Lister palpita una viva calidad española, y esa realidad va expresada con sobria altura lírica.

Hoy faltaría espacio para seguir comentando los restantes poetas; en otra nota puede hacerse más ampliamente. A. Miguel Hernández, ya bien conocido y a quien elogió justa y públicamente J.R. Jiménez, corresponde detallado análisis. De Moreno Villa, de Alberti, de Prados, ya se ha hablado en otras ocasiones. Cierra el libro con tres poemas de ardiente vibración Lorenzo Várela, a quien muchos conocerían por unas interesantes y agudas notas crítica de El Sol.

Tal vez fuera curioso un estudio de nuestra evolución poética contemporánea, desde fines del pasado siglo hasta ahora. Cuántos cambios de expresión, cuántos nombres hundidos en el olvido y que sin embargo tuvieron éxito un día. Sería un ejemplo para nosotros. Si fuera posible distinguir el hilo mágico y perenne entre la uniforme trama gris. Ayer Villaespesa era el poeta para muchos y hoy apenas si se le recuerda. Esta es Castilla, que hace sus hombres y los deshace. Entre nosotros la literatura sólo tiene, cuando lo tiene, presente. Para el poeta muerto, por grande que fuese, no hay supervivencia posible. Hablando sólo de los más ilustres, ¿qué importan a los españoles vivos Garcilaso o Bécquer? Baudelaire o Keats viven aún en el aire, en los serenos cielos que se alzan sobre la tierra donde vivieron. Pero en el tumultuoso y terrible aire español la sombra luminosa de nuestros poetas no puede brillar y pronto se hunde en los infiernos del olvido.

Si por fatal destino no les salva su talento, a estos que hoy forman el volumen Poetas en la España leal, tal vez les salve en la memoria futura el recuerdo de la tempestad a través de la cual se alzaron sus voces, asombradas unas y otras confundidas.


Luis Cernuda
Hora de España núm. 8
Valencia, agosto 1937









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