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2905. Los toreros, carne y almo del pueblo,luchan por la causa popular




En la gesta magnífica que el pueblo español desarrolla para la defensa de sus libertades, no podía faltar el concurso de los toreros.

Idolos populares auténticos, forjados por la admiración y el entusiasmo de las multitudes, los toreros son carne y alma del pueblo. Nacen de la cantera popular, y casi siempre de sus capas más humildes estos mozos que deslumbran por una noble ambición de gloria se juegan gallardamente su vida por el triunfo. La razón  principal del éxito de los toreros, su pervivencia como figuras de excepción en la vida española, está en su honda raigambre popular. El pueblo les tiene por suyos, y se satisface con  sus triunfos porque los considera propios. Muchachos nacidos del más puro venero popular, en el anónimo de la gente que trabaja y sufre, hambrienta de todo, de pan y de justicia, el torero es para el pueblo un tipo heroico surgido de sus propias entrañas que logra, a costa de sangre, redimirse de la miseria y conquistar nombradía.

La justicia que el pueblo ejerce con sus aplausos o sus censuras en las plazas de toros es automática y desinteresada. La fama del torero surge así por obra de un plebiscito espontáneo de mas pura categoría democrática.

He aquí la clave de la intensa simpatía popular por por los toreros. El pueblo los hace, los consagra o los hunde, y contra estos fallos clamorosos de la opinión popular no valen influencias ni habilidades  políticas, ni ninguna de las otras injerencias que han mixtificado el sentir del pueblo en otras zonas de la vida social. Los toreros, carne y alma del pueblo, son del pueblo siempre. Y ellos, conscientes de su origen y de a lo que ello obliga, están siempre a disposición del pueblo. No hay una causa generosa de solidaridad, de filantropía social, a que los toreros no hayan sido los primeros en contribuir ofreciendo su trabajo, su dinero y su vida.

No podía, pues, faltar su concurso en esta épica lucha que el pueblo ha emprendido por la defensa de sus libertades. 

Y desde los primeros momentos, desde las horas más dramáticas, los toreros han empuñado, unos, las armas; otros han colaborado esforzadamente en los servicios civiles; todos se han ofrecido generosamente para tomar parte en espectáculos cuyos productos vayan a remediar los estragos de la subversión. 

Unos dan su sangre; otros, su dinero; todos, su trabajo para la causa del pueblo. 

En la Sierra hay un grupo de toreros peleando bravamente. El novillero Luis Prados (Litri II), responsable político de un grupo, ha visto premiado su heroísmo recibiendo, primero, la insignia de alférez; después, la de teniente de Milicias, en pleno campo de batalla. 

Con él pelean sin descanso el vallecano Miguel Palomino, Vrasmonte,  Joselito Migueláñez, Pepe Hillo, Borocao, N Martín, Aldeano, Pedro Miranda, Martinito, Fortuna Chico, Alcolea, Martitos, Curro Rcyna, Saturio Torón y muchos más que no aspiran ahora a los ecos del renombre, sino al cumplimiento de sus deberes de ciudadanos.

Un bravo ex matador de toros, célebre en tiempos, el asturiano Bernardo Casielles, luchó heroicamente en el Cuartel de la Montaña, en Getafe y en Carabanchel. Sin tomarse tregua, Casielles marchó a Guadarrama, tomó parte en el épico asalto del pueblo a las primeras cumbres, salvó con magnífico valor, con férvido entusiasmo, un momento difícil y cayó gravemente herido por un casco de metralla, en el instante mismo en que los milicianos, alentados por su palabra y su valor, barrían al enemigo. 

Otro torero, el banderillero de Belmonte, José Pérez (Nili), ha dado un alto ejemplo de civismo prestando espontánea y generosa colaboración a las autoridades municipales en el gran trabajo, de importancia decisiva, que han supuesto los abastecimientos en los primeros días de lucha. 

Y muchos otros diestros de todas las categorías: Cagancho, Niño de la Palma, Bienvenida, Maravilla, Chiquito de la Audiencia, Félix Colomo, cien más cuya enumeración sería pro lija, rivalizan en disponer espectáculos a beneficio de las víctimas. 

Los toreros cumplen patrióticamente su deber. Carne y alma del pueblo, lo mismo que se juegan gallardamente la vida por la fama, la ofrecen ahora generosamente por el triunfo del pueblo. 


J.F.
Mundo Gráfico, 12 de agosto de 1936






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