Campesinos detenidos en La Villa de Don Fadrique (Toledo) tras los sucesos de 1932 ( Foto: Alfonso/AGA) |
Toda
mi genealogía quedaría prendida en la pata de una paloma viajera. Detrás de mí
ninguna historia que me enaltezca o me rebaje. Mis antepasados no fueron,
ciertamente, ni conquistadores en América, ni tan siquiera hidalgos pobres y
solemnes amantes de la caza y de los libros. Nada de esto. Fueron, sin duda
alguna, gentes de modesta condición, plebeyos, pueblo anónimo y colectivo. De
otra parte, los que no heredamos pergaminos que certificaran la pureza de
nuestra sangre, no sabemos de nuestra ascendencia más que hasta donde alcanzan
nuestros ojos. Sé que uno de mis abuelos era obrero molinero, en tierra de
trigo y de molinos; otro fue un campesino pobre que, gracias a su hermosa
letra, se desligó del terruño y se hizo memorialista. De allí deriva el camino
en el que me encuentro. Mi abuelo era memorialista. Mi padre perfeccionó un
poco más la letra y fue escribano: peticiones y papeles oficiales, rúbricas y
filigranas caligráficas. Y, en fin, yo cierro, como escritor, la evolución
profesional. Perdióse la caligrafía, mas no el gusto y la profesión literaria.
Soy
natural de Castilla. De la alta Castilla de tierras incultas, secas, duras,
cocidas de sol y sed. A pesar de todo el aditamento que se me dio, no puedo
disimular mi ascendencia campesina. Llevo conmigo la agobiada pesadez, la fría
sequedad, los silencios infinitos de los pastores de mi tierra. Los horizontes
extensos, las mesetas desnudas y doradas, la tierra esquemática y árida, los
tejares de las casas y los cierzos invernales hacen de nosotros, castellanos,
hombres impasibles, secos, algo esfinge y tenebroso. Se nos llama místicos.
Toda la mística española nació de Castilla. Pero pienso que nuestra mística es
una evasión de nuestra pobreza. Cuando, a través de los siglos, la pobreza
llega a ser dramática, el sentimiento místico nace y se convierte en consuelo.
Mi
padre intervenía activamente en la política local. Y mi infancia está llena de
clamores litigantes y de las bataholas picarescas de la politiquería. En un
ambiente rural, pobre, donde casi todos los mozos se hacen curas o soldados, me
dio por escribir. Jamás pude explicarme este misterio; tal vez la soledad que
ayuda a cualquier cosa, como ocurre al pastor en su gusto por tocar el
caramillo. Aprendí a escribir como nuestros toreros aprenden a sortear el toro;
a fuerza de lances de capa, a fuerza de ir de aquí para allá, de plaza en
plaza, de pueblo en pueblo. Esto es toda mi Universidad. Me acuerdo que, hace
dieciséis años, una compañía de cómicos ambulantes estrenó una obra mía, en una
venta pueblerina convertida en teatro.
Conozco
muy bien las campiñas de España, lo que equivale a conocer bien España, porque
mi país es tierra y campesinado, es aldea y primitivismo. Toda nuestra
literatura clásica, con su punto culminante en Don Quijote, es un
producto rural, de posadas y caminos, de aldeas de labriegos y pastores. Creo
que en este sentido, continuo la tradición.
Pero
como todo campesino, durante algún tiempo estuve subyugado por la ciudad, por
este otro mundo moderno del capitalismo y la civilización. De entonces dada mi
adhesión a los movimientos literarios de posguerra; algunos años de periodismo,
un libro de crítica musical sobre Debussy, un tomo de poemas: Urbe,
otro de narraciones, dos libros sobre el cinema, etcétera.
Luego
llegó un momento en nuestro país, en que el proceso revolucionario rompió el
idilio de los poetas con las musarañas. Fui uno de los primeros que se
angustiaron ante el dilema, ante el destino de nuestro tiempo y de nosotros
mismos. Hoy, luego de un largo proceso, después de haber sometido mi vida y mis
ideas a muchas vicisitudes, comprendo que no ha sido fácil descender del
paraíso de las musarañas al campo vivo y real del proletariado. Los jóvenes
escritores se encuentran hoy ante muchas ideas ya formuladas y caminos ya
trazados. Pero nosotros tuvimos que abrir la marcha, con el riesgo de la
impopularidad y el abandono de las ventajas que la burguesía otorgaba a los
espíritus acomodaticios.
Gracias
a mis convicciones revolucionarias vencí el fermento campesino que llevaba en
mi sangre. Comprendí entonces, guiado por el marxismo, lo que era España: un
feudalismo retrógrado, y, por consiguiente, comencé la lucha contra ese
feudalismo en donde era necesario librar batalla: en los campos.
De
esta época, y sobe temas agrarios y revolucionarios, datan tres novelas: La
turbina, Los pobres contra los ricos y Reparto de
tierras (que se publica ahora en francés). Más
tarde, recogiendo el ambiente de angustia del mundo y de España, publiqué
recientemente un libro de poemas: Vivimos en una noche oscura,
poemas dramáticos, atravesados de dolor y esperanza. Y en fin, en la presente
hora, acaba de aparecer un libro de farsas teatrales, donde la sátira entra, en
libre juego con todos los temas políticos y sociales.
De Reparto
de tierras desearía decir alguna cosa, aunque sea en breves líneas. En
España esta novela no necesita explicación alguna; se la comprende, porque se
encuentra allí todo el relieve real de la vida. En Francia, no sé, Francia
tiene otro proceso histórico y, por esto mismo, otros problemas, otra
literatura, otra realidad, otra mentalidad de público.
El drama
español es más elemental, lo que debe reflejarse en su literatura. Os
encontráis en otro nivel, que corresponde a un capitalismo más avanzado. Si en
esta España semifeudal, me entregara en mis novelas a divagaciones
intelectuales y a problemas espirituales, que nadie comprendería, cometería, de
una parte un grave error de dialéctica, y, por otra, una traición respecto a la
causa revolucionaria; ser fiel a la realidad histórica de su país es el primer
deber del escritor revolucionario.
Reparto
de tierras, dejando de lado lo anecdótico de los problemas actuales,
quiere ser la novela del semifeudalismo español. Por esto la acción se sitúa en
Extremadura y, concretamente en la parte de Extremadura donde las
supervivencias del feudalismo son las más fuertes… Y los elementos que entran
en la narración novelesca son elementos de carácter típicamente feudal: la
tierra, la iglesia, el terrateniente, el campesino, mi amor por el «campesino»
es mi odio contra el feudalismo que lo hace esclavo, que le embrutece y, como
estoy convencido de que sólo la revolución puede liberarle, quiero enseñarle a
ser revolucionario, lo que equivale a enseñar a un prisionero a romper las
rejas de su calabozo.
César M. Arconada
Nueva
Cultura, Valencia, núm. 11, marzo-abril de 1936
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