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3047. Carmen Almandoz, maestra y alcaldesa de Segura (Guipúzcoa)

Hasta hace unas semanas no existía en nuestro país más que una alcaldesa: la de Gallur, que nuestro colega Ahora descubrió en un reportaje. La reciente renovación de Ayuntamientos ha multiplicado el tipo. Hay centenares de alcaldesas. Se puede asegurar que en todas las provincias se encuentran algunas. En la información que sigue, y en otras que daremos en los números próximos, presentamos unas cuantas. 

—Señorita, usted que es maestra, ¿puede decirme si la palabra alcaldesa está bien empleada aplicándola, como se hace estos días, a la mujer que por las disposiciones recientes haya sido llamada a ocupar la presidencia de un Ayuntamiento? 

Esta pregunta se la hacía yo a la maestra del pueblo guipuzcoano de Segura, una de las cinco que hasta ahora han resultado elegidas en la provincia para el primer puesto de una corporación municipal. Se llama Carmen Almandoz esta muchachita de veintiséis años, que lleva muy gentilmente su belleza sobre unos zapatitos comprados en San Sebastián la tarde de asueto de algún jueves. 

—Pues verá usted—me contesta ella—. Alcaldesa..., alcaldesa..., ¿no será la mujer del alcalde? 

—Eso me parecía a mí; pero, aun a riesgo de faltar a la propiedad gramatical, yo no le podría llamar a usted más que alcaldesa. 

—No entiendo por qué. 

—Pues es sencillo. Pasa usted repiqueteando suavemente en el alfalto de estas calles bien cuidadas de Segura y no hay forastero —viajante, comisionista o agente de Seguros— que le niegue el piropo a que su belleza le da derecho. Considere usted lo terrible que sería para él adquirir luego el convencimiento de que había estado enamorando al alcalde. ¿Cree usted en el refrán ése de que él nombre no hace a la cosa? Sí que la hace, sí. Y hasta la deshace. Alcaldesa, alcaldesa es mejor. 

—Al menos para andar por la calle, ¿no? 

—Y hasta al pie de los bandos. De otra manera su firma resultaría siempre un poco falsificada: "Yo, el alcaide, Carmen Almandoz. Hay un sello que dice: "Alcaldía Constitucional de Segura." ¿Quién va a pensar, leyendo eso, que tiene usted unos pies tan chiquitos y unos ojos tan grandes? 

Ha de saber el lector que esta conversación la hemos sostenido la señorita Almandoz y yo en la fonda del pueblo, donde ella se hospeda y donde todos la tratan cariñosamente. Luego, en el Ayuntamiento, ya nos hemos puesto más graves. 

—¿Se propone usted trabajar mucho al frente de la comisión gestora del Municipio? 

—Me propongo imponerme en seguida de todos los asuntos que hay en trámite y administrar bien el presupuesto en estos tres meses que ha de durar mi gestión. Entiendo que la República no me ha puesto aquí para otra cosa. 

—¿Y no le da a usted miedo esto de los presupuestos ? 

—Administro el mío desde que salí de la Normal y tuve que ir a regentar una escuela perdida allá por las montañas de Asturias. No creo que el presupuesto del Municipio, por ser mayor, sea más difícil de a justar. 

—¿Es usted vasca? 

—Soy del pueblecito de Astigarraga, cerca de San Sebastián. 

—¿Le interesa la política? 

—La siento como la sienten hoy tantas mujeres de esta tierra, pero no pertenezco a ninguna agrupación determinada. Tampoco traería la política al Ayuntamiento. Ya le he dicho que el encargo que me ha dado el Gobierno es puramente administrativo y procuraré cumplirlo en el mejor acuerdo con mis otros dos compañeros de comisión. 

—¿Han celebrado ya alguna sesión? 

—La de constitución solamente. La primera ordinaria la celebraremos esta tarde. Espero que no reñiremos. 

—Yo estoy seguro de ello, señorita alcaldesa. 


José R. Ramos
Estampa, 11 de febrero de 1933










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