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3068. Margarita Salaverría, la primera diplomática española

Por primera vez en España, va a formar parte del Cuerpo diplomático una mujer

Esto no es una interviú. Y no lo es, entre otras razones, porque Margarita Salaverría, la protagonista de esta información detesta la interviú, o mejor dicho, se niega rotundamente a ser interviuvada.

Ahora bien, Margarita Salaverría no me puede impedir que yo satisfaga la  legítima curiosidad de mis lectores, contándoles lo que sé de esta mujer, de esta muchachita, la primera española que ha ingresado en el Cuerpo diplomático.


La que iba a ser abogada

Hace seis años que conocí a Margarita Salaverría. no sé si fue en un paseo, en un café, o en un salón de té. Es lo mismo. El caso es que mis amigas me dijeron: 

—¿Ves aquella chica que está allí? Pues tiene la cabeza a pájaros, exactamente lo mismo que tu. También dice que quiere ser abogada. Es muy simpática. ¿Quieres conocerla?

—Si... Ya lo creo... 

La llamaron y entonces se celebró la interviú que Margarita no ha querido que repitamos.

Acabábamos de salir del instituto. Éramos dos bachilleras en toda la extensión de la palabra, y teníamos, como decían nuestras amigas, muchos pájaros en la cabeza. 

—¿De modo que tú vas a estudiar Derecho?

—Si, empezaré ahora. ¿Y tú también?

—Yo también. La gente dice que no es carrera a propósito para la mujer...

—Si, eso dicen. Pero ya veremos. Casi ninguna chica estudia Leyes.

—¡Claro! Si nos dejaran ser jueces, notarios, registradores, como a los hombres...

—A mi lo que más me gusta es la carrera diplomática...

—Pero, por ahora, tampoco nos dejan ingresar. Quien sabe si más tarde ...


En la Universidad

En la Universidad volvimos a encontrarnos. Margarita era una muchacha muy estudiosa y muy inteligente, pero eso no quita para que alguna vez nos viéramos temblando ante las barbas de Gascón y Marín ni para que más de un día deseásemos que la tierra se tragase al señor Jiménez de Asúa o a don Alolfo Posada. Después la perdí de vista, porque seguíamos cursos distintos. La última vez la encontré a la puerta del aula de Derecho Mercantil y la compadecí tanto como ahora la admiro.

—Mucho ojo con Garriguez ¡Es de cuidado!

—Eso de dicen todos —contestó señalando a los compañeros.


Las oposiciones

No volví a verla, y hace poco leí que había decidido presentarse a las oposiciones de diplomáticos. Gracias a la República, la toga nos daba los mismos derechos que a los hombres, y Margarita era la primera muchacha que se disponía a hacerlos valer. Fui a verla y su madre me dijo:

—Es inútil que usted intente nada para el periódico. Ella no quiere que a ésto se le dé publicidad. Dice que es una opositora simplemente, como cualquiera de los cientos de chicos que se presentan. Además de que lo más verosímil será que no gane las oposiciones.

—¿Cuándo empezó a prepararse?

—En octubre. Trabaja mucho, eso sí. A mí me da pena ver el esfuerzo que está haciendo.

Poco después hablé con un opositor compañero y un poco rival de Margarita, por tanto.

—Va admirablemente preparada —me dijo—. Yo estoy casi seguro de que sacará la plaza. Y no porque sea una mujer como algún mal pensado pudiera suponer, sino porque se lo merece. Allí se le trata como a uno de tantos y se le somete a las mismas pruebas.

Hace muy pocos días que el Ministerio de Estado publicó la lista de los nuevos diplomáticos, entre los que figura Margarita Salaverría, pero tampoco ahora quiere decir nada.

—¿Qué voy a decir yo? —ha contestado a mis requerimientos—. El hecho de haber obtenido plaza en unas oposiciones no tiene nada de particular. Hay tantos...

—Pero el hecho de ser la primera diplomática...

—Eso si. Pero ha sido una casualidad; lo mismo que soy yo pudo ser otra...

No hay quien la saque de aquí lectores ¿Que le vamos a hacer!

Pero yo me despido muy contenta, y ustedes también deben estarlo, porque España estará admirablemente representada en el extranjero por esta muchacha inteligentísima, trabajadora, y por añadidura, joven, elegante y bonita. 

Así es, yo se lo aseguro a ustedes, la primera mujer diplomática de nuestro país y una de las primeras del mundo.


Josefina Carabias
Estampa, 25 de febrero de 1933








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