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3103. El chiquitín que nació bajo las bombas en la carretera de Málaga a Almería

Es inolvidable esa dramática estampa de los evacuados de Málaga, huyendo carretera adelante, con los chiquillos a cuestas, con los restos de los hogares que en la precipitada marcha pudieron recoger... Entre aquel tropel de gentes doloridas marchaba una mujer,  Antonia López. A su lado, taciturno, prietos los puños y los dientes, su marido, Antonio Muñoz. Este llevaba en brazos a un pequeñuelo que escasamente tenía dos años y que había enfermado durante las últimas horas tristes vividas en Málaga. Los bombardeos de la aviación y la escasez de alimentos de los últimos días habían tenido a los malagueños dentro de un verdadero infierno. 

A las tres de la madrugada había salido de Málaga este matrimonio. Durante el resto de la noche estuvieron oyendo constantemente los cañonazos. Después, los aviones sobre la carretera... 


iNo pudo nacer en Málaga!

Antonia López, joven aún, pero envejecida por las últimas horribles horas vividas en la capital, y aumentado el dolor por la obligada evacuación y penosa marcha, estaba embarazada. Horribles dolores le obligaron a detenerse a poca distancia del pueblecito llamado Almuñecar. Allí mismo, en plena carretera de Málaga a Almería, nació el pequeño Juan. 

En el pueblecito próximo tuvo que quedarse unas horas, y más tarde se la trasladó a Almería. Por pocas horas el pequeñuelo no pudo nacer en Málaga. 


Refugicados

En los magníficos pabellones de la Casa de Maternidad de Barcelona han ido a juntarse bajo el mismo techo pobres mujeres refugiadas de Madrid y de Málaga. Esta guerra cruel les ha llevado allí, juntándolas, después de tener que abandonar sus casas, de tener que separarse de los familiares y hasta de sus propios maridos. Les queda como único consuelo el que han podido continuar al lado de sus queridos pequeñuelos. 

Visitamos la Casa. Nos acompaña una de las simpáticas y abnegadas enfermeras, llamada Dolores Busquets. Tiene a su cargo esta joven la sección destinada a niños en observación. La dependencia, instalada con todo el confort que exige la Medicina moderna, tiene varios departamentos, separados unos de otros con vallas de cristalerías. En cada uno de ellos hay dos camitas de hierro esmaltadas. 

En algunos de los departamentos observamos que hay mujeres que tienen a los «peques». 

—Son sus madres —nos explica la enfermera Busquets—. Todas ellas son refugiadas de Málaga y Madrid, y al ingresar aquí sus pequeños ha sido necesario que pasaran por esta sala de observación. Alguno llegó enfermito de las jornadas de viaje... 


Allí estaba aquella buena mujer 

En uno de los departamentos está Antonia López, aquella buena mujer que dio a luz en el camino de Almería. La encontramos arropando a su pequeño, que duerme en una de las camitas. Al otro lado está el mayor: un rubito de mirar triste. Parece que se haya dado cuenta de todo el drama que viven él y sus familiares. 

—En Málaga vivíamos en el Paseo de los Tilos —dice Antonia López, contestando a nuestra pregunta—. Cuando llegó la orden de evacuar la capital, Antoñito estaba ya enfermo y asustado de los continuos bombardeos que sufríamos. 

—¿Su marido quedó en Andalucía? 

—No. Siguió con nosotros. Nos llevaron a Almería, de donde nos sacaron pronto, trasladándonos hacia Alicante, y de paso por Valencia, a Tortosa, donde estuvimos dos días; después, a Tarragona, y de allí nos trasladaron a Barcelona. El Sindicato de la Metalurgia había encontrado trabajo para mi marido. Desde que llegamos a Barcelona no lo he vuelto a ver. 

—¿Trabajará fuera de la capital? 

—No. Pero lo colocaron en una industria de guerra, y como trabajan los días festivos inclusive, no puede venir. El nene nota mucho su falta. 

—¿En Málaga estuvo su marido en el frente? 

—Allí trabajaba también en otra fábrica, que seguramente estará ya destruida.


Aquel pequeño será catalán 

Juan, que es el pequeño nacido camino de Almería, ha despertado. Su madre va junto a su cunita. Este pequeño, que no pudo nacer en su tierra y que lo primero que oyó al venir al mundo fueron los cañonazos y la aviación facciosa, va a ser catalán. Está sin inscribir y lo vamos a hacer en Barcelona. 

En aquel momento apareció una de las sirvientas de la sección llevando la comida para los pequeñuelos. Se originó tal griterío, que decidimos salir corriendo, sin entretenerles un solo momento en su esperada hora de la papilla. 

Antonia López y sus compañeras de Málaga y de Madrid me han dicho que están muy bien tratadas y satisfechas del acogimiento que se les da; pero... 

Es inevitable. Por muy bien que se encuentren, es imposible borrar de su mente aquellas horas trágicas y el triste recuerdo de la familia deshecha y del hogar perdido. 


J. Aymami-Serra
Mundo Gráfico, 31 de marzo de 1937






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