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3242. Habla el capitán Salinas. Recuerdos de la sublevación de Jaca

Por la carretera adelante marchan dos capitanes con bandera blanca. Van en busca de unos soldados que tienen enfrente, ignorando si, al llegar, estos les harán fuego o les recibirán con un abrazo. Sin embargo, van tranquilos, y confían en el compañero leal y valiente que les ha enviado a parlamentar.

—Son las siete —ha dicho Galán al despedirlos—; si a las ocho no estáis de vuelta, subiré a buscaros. Yo estoy seguro de que aquellos no dispararán sobre nosotros si conseguís llegar a tiempo.

García Hernández y Salinas llegan junto a los llamados leales. Bajan del coche y se dirigen al primer comandante que encuentran.

—Somos dos capitanes de la columna rebelde y venimos a parlamentar. El jefe nos envía.

El comandante se queda atónito; no sabe qué decir…; al fin titubea…, y después dice:

—No sé… Ahora viene el general…

Ha llegado efectivamente el general, y una mirada expresiva se cruza entre él y los capitanes.

Están tranquilos y desafían la mirada del jefe, el cual ve en ellos un no sé qué molesto y desagradable para él. Irritado por la serenidad de los hombres de la bandera blanca, se vuelve hacia los oficiales de su columna y ordena con voz terrible al citado general:

—A esos, que los fusilen inmediatamente.

No han temblado ninguno de los dos capitanes ante la idea de la muerte próxima. Abajo ha quedado Galán, el compañero en quien todos creen, y a ese no le han cogido; lo demás, no importa.

Pero al ser conducidos a Huesca, ya prisioneros, se dan cuenta de que los leales están ametrallando a la columna sublevada.

A pesar del terminante mandato del general, no fueron fusilados inmediatamente los capitanes parlamentarios. Hubo de celebrarse antes el juicio sumarísimo, y el capitán Salinas, por no tener mando en la plaza de Jaca, se libró de ser ejecutado como sus compañeros.

Él mismo me ha contado todo esto y me sigue contando muchas cosas más. Está satisfecho por el triunfo de sus ideales de siempre, pero… su voz, al nombrar a Galán y a García Hernández, tiene un dejo triste.

—Cuando nos llevaban prisioneros —dice Salinas—, estábamos seguros de nuestro fusilamiento; pero nos quedaba la esperanza de que Galán y sus hombres habían de hacerse dueños de la situación, y de que al día siguiente toda España secundaría ya el movimiento. Al llegar a Huesca notábamos que los leales disparaban menos, y los nuestros apenas nada. Esto nos desanimó un poco.

—En Huesca, ¿qué hicieron con ustedes?

—Primero, tomarnos declaración, e inmediatamente encerrarnos.

—¿Juntos?

—Sí. Lo mismo García Hernández que yo comprendimos que de un momento a otro nos buscarían para fusilarnos, y decidimos charlar un rato y fumar unos pitillos hasta que tal ocurriese. Lo que más nos preocupaba era la suerte que habría corrido Galán, pues, a nuestro juicio, de esto dependía todo lo demás. Pero no había manera de enterarse de nada. Estábamos rigurosamente incomunicados. Por la tarde empezamos a ver desde la ventana caras conocidas. Eran compañeros nuestros que venían presos también. Al anochecer, me dijo García Hernández:

«—Ya no es fácil que nos fusilen hoy; es muy tarde.»

«—Lo dejarán para mañana o quién sabe si no nos fusilarán —contesté yo—. Es posible que esperen a recibir órdenes del Gobierno.»

A pesar de que nuestra incomunicación era rigurosa, en aquel momento llegaron a decirme que un comandante quería hablar conmigo de parte de mi padre. Entonces me sacaron de la celda, porque la entrevista había de celebrarse en presencia del Juez instructor. Encontré al comandante visiblemente emocionado. Apenas podía hablar, y por fin me dijo en un tono estremecedor y solemne:

«—Capitán Salinas. Su padre me ha encargado dos cosas: decirle, primero, que le perdona de todo corazón, y después, que muera como un buen cristiano.»

Ya no cabía duda: nos fusilarían al día siguiente a García Hernández y a mí. Volví a la celda dispuesto a pasar durmiendo la última noche de mi vida.

—¿Durmiendo, capitán Salinas?

 —¡Ya lo creo! Llevábamos dos noches sin acostarnos, y había estado todo el día cayéndome de sueño. Precisamente lo que más me contrariaba aquella tarde era pensar que iba a morir sin liquidar mi cuentecita con Morfeo.

—¿Durmió efectivamente?

—Dormí, como pocas veces en mi vida, hasta que me despertaron por la mañana para asistir a la lectura de cargos. Cuando estábamos en esta diligencia, se presentó Galán.

Salinas calla un instante, y por sus ojos pasa una sombra. Después continúa en un tono más grave:

—Venía pálido, desfiguradísimo. García Hernández y yo nos miramos, comprendiendo. Todo estaba perdido. Pero lo que no comprendí en aquel momento es que aquella mirada era la última que cruzaba con García Hernández. Minutos después se llevaron al que había sido mi compañero de celda, y ya no volví a verle más. Galán y yo pedimos que nos dejaran pasar juntos las últimas horas que nos quedaban de vida. Nos llevaron a una habitación y nos sentamos a desayunar. Entonces me lo contó todo. De nosotros no hablamos apenas; lo interesante era lo otro… ¿Estaría perdido definitivamente? Sospechábamos que sí. La mañana, charlando, se nos pasó en un vuelo. Decidimos no asistir al juicio, y a las doce almorzamos los dos con un apetito extraordinario. Poco después vinieron a buscarnos para ver si teníamos algo que alegar. Yo dije que nada. Galán salió, pero a los cinco minutos estaba de vuelta.

«—No me han dejado hablar —me dijo, sentándose en la cama—, y lo siento porque quería haber dicho algunas cosas.»

—A las dos llegaron a comunicarnos la sentencia. Pena de muerte para Galán y García Hernández, cadena perpetua para mí solamente.

—¡La emoción de aquel momento dramático sería enorme!…

—Yo sentí, de pronto, como si acabara de nacer; pero reaccioné y sentí una tristeza infinita, como no la había sentido hasta entonces. Iban a morir en seguida mis dos compañeros… Galán era además el amigo a quien yo más quería. ¡Era triste, muy triste!…

—¿Qué dijo Galán al conocer la sentencia?

—No se alteró lo más mínimo, porque lo esperaba. Al cabo de un momento, exclamó, con acento triste: «Lo mío no me importa…, es natural…, pero yo supuse que al entregarme os salvaba a vosotros. Solo debían matarme a mí… Lo de García Hernández es intolerable…»

Salinas calla de nuevo y se queda aún más triste que antes. Yo no me atrevo a preguntarle nada, pero adivino, sin que él me lo diga, lo que está pensando. Vive de nuevo las dos de la tarde del 14 de diciembre, y hasta me parece que se estremece un poco recordando el último abrazo de Fermín después de conocida la sentencia. Yo querría preguntarle qué le dijo Galán al despedirse, pero no me atrevo. El dolor desinteresado del amigo leal, me ha conmovido a mí también profundamente, y no quiero importunarle más. Pero él, como si hablase consigo mismo, continúa:

—Aquellos minutos fueron angustiosos, pero yo temía que pasasen, porque detrás estaba la hora trágica de nuestra separación definitiva. Galán me abrazó tranquilo, sereno, como nos habíamos abrazado otras muchas veces, y me dijo: «No te preocupes, que no se preocupe nadie por mí; estos me matan, pero yo voy a tener la satisfacción de enseñarles cómo muere un hombre.» Estas fueron las últimas palabras que le oí.

—Usted, Salinas, se quedaría muy apenado.

—Tanto, que he estado después mucho tiempo muy triste. Estaba seguro de que no llegaría a estar un año en la prisión. Claro que no podía pensar que saldría tan pronto.

Han llegado más capitanes sublevados: Gallo, Sediles, Marín y otros.


Josefina Carabias
Estampa, 23 de mayo de 1931  







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