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3492. El diputado de las Constituyentes que fue chófer hasta el 14 de abril

El diputado Juan Grau Jassans - Foto: Badosa


Al pié del volante de su "taxi"

Este diputado de las Constituyentes, alto, enjuto de carnes y rostro anguloso, tiene una mirada y un gesto que es todavía el del hombre que anduvo a la aventura por medio mundo, a mamporros con la vida. 

Los periódicos, esta vez, han descartado orígenes y antecedentes; se han detenido poco en lo anecdótico, en lo exterior de todos estos hombres que así aparecen como faltos de historia, cuando hay alguno, como este Juan Grau Jassans, que cuenta en su haber una vida repleta de accidentes, que le retenía, hasta el último momento, al píe del volante de su "taxi", en su oficio sencillo de chófer. Esto sí lo han dicho los periódicos: concejal, diputado luego, y por todo título, taxista. 

—¿Hasta cuándo estuvo usted ejerciendo su oficio? 

—Hasta la misma tarde del 14 de abril —nos responde. 


De Palermo en un barco francés

Juan Grau Jassans, diputado para las Constituyentes de la República, nos había dicho nuestro informador, guarda una historia que es un reportaje. Toda su vida está en la calle, entre las cajas de frutas de los muelles del Grao valenciano, hasta las avenidas internacionales del Broadway. 

—Soy hijo de una familia humilde —nos dice—. Mi padre era mecánico y mi madre trabajaba en una fábrica de tejidos. 

—¿Y su primera salida?

—¡Y casi única! Dejé la escuela apenas cumplidos los catorce años, para entrar de meritorio en una tienda de mercería. Aquel trabajo estaba tan reñido con mi naturaleza que, al primer choque serio de mi carácter, lo abandoné defintiivamente, a los tres años de aprendizaje, en que me entró un deseo invencible de andar y de correr.

Un día marché a Valencia, en un mal pasaje de tercera, que pagué con mis modestos ahorros. Pero esto no tiene la menor importancia. El aprieto fué ya en Valencia, donde al poner píe en tierra y hecho un buen arqueo, me hallé poseedor de la extraordinaria cantidad de sesenta céntimos. Yo, claro, no había medido bien las consecuencias de mi marcha; pero tampoco me preocupé mucho de la gravedad del caso, y menos se me ocurrió volverme atrás. 

Tenia escasos diez y siete años, un buen apetito y un anhelo insaciable de andar, de ver cosas, de ser libre. Pues nada, que había caído en Valencia en un tiempo excelente: los naranjos, rebosantes de fruta, me ofrecieron la posibilidad, por lo menos, de no morir de inanición. Viví en el Grao dos semanas así: me desayunaba con naranjas, almorzaba naranjas y cenaba naranjas.

El menú resultaba poco variado, pero no puede negarse que era sano. 

—¿Cómo resolvió usted aquella situación? 

—A decir verdad, aún lo ignoro. En mis horas de ocio —veinticuatro cada veinticuatro horas— tuve ocasión de relacionarme con gente de mar. Estábamos en plena conflagración mundial, y la marina atravesaba una crisis aguda de hombres. Una mañana, en que por hallarlas más a mano, decidí desayunarme con las naranjas de un cajón de los que había en el muelle para la exportación, en el momento mismo de apoderarme de una de ellas, una voz a mí espalda me recriminó: 

—Te vas a pasar una temporadilla a la sombra. ¡Eso no se hace! 

Volví el rostro y me encontré con un hombre imponente; un auténtico lobo de mar como esos que ya había visto en las ilustraciones de las novelas de Julio Verne y que tanta impresión me habían causado. No tardamos mucho en hacernos amigos. 

—Tú lo que quieres —me dijo— es comer. Tú tienes vocación de marinero. 

Me lo quedé mirando sin responderle nada, y a los dos días vino a mí encuentro, muy alegre, agitando al aire la documentación y el permiso de embarque para mí. 

—Ya he encontrado lo tuyo: una plaza de palero en un barco francés que hace el viaje a Inglaterra. Al principio, el trabajo es muy rudo, pero ya te irás acostumbrando hasta que pares en maquinista. 

Y así fué como me hice a la mar, con rumbo a Liverpool, la primavera del año 16, cuando ejercer el oficio de la marinería era una audacia y un heroísmo... 


Haciendo de camarero en La Habana 


—No sé si nací o no para marino. El hecho es que lo fui tomando el gusto, y hubo un momento en que lo confundí con mí verdadera vocación. Hice algunos viajes de Liverpool a Marsella, y siempre a la búsqueda de una nave en que enrolarme con rumbo a Norteamérica. La encontré al fín, pero cuando una mañana amarró en Boston nuestro trasatlántico, ¡adiós ilusiones! Resulta que no me dejaban desembarcar porque, según la Ley, el marinero termina su viaje en el puerto en que se enroló. 

—¿Y no desembarcó usted? 

—Eso no se pregunta —nos ataja con una sonrisa—. Desembarqué. Me valí de la noche, como ocurre en las novelas. Y me encontré en Boston, una ciudad desconocida, en una noche cerrada y sin un centavo en el bolsillo, porque los diez con que desembarqué tuve que abonarlos en el trayecto del puerto a la ciudad. Permanecí poco en Boston y emprendí rumbo hacia La Habana, en donde trabajé de camarero. El oficio no me interesaba. No era nada movido para una persona que, como yo, tenía entonces el alma de azogue. Lo dejé con una excusa banal, porque estaba muy bien considerado en la casa en que me hallaba. Todo consistió en un mal gesto que me hizo derribar la cafetera sobre la espalda de un cliente, y a mí que se me antojó no pasarle la mano por la espalda... 


Por tierras de Yucat

Por aquellos días se inició una corriente de emigración hacía el Estado de Yucatán, en donde se hacía la tala de la cimbara. Me enrolé, y me llevaron a Mérida con no sé cuantos emigrados más. Uno de los más ricos hacendados de esta población, que conocía Barcelona, se interesó y tomó mucho interés por mí al saberme barcelonés, y me contrató para su hacienda. 

Era un trabajo brutal, en una tierra cuajada de reptiles, árida, seca y desierta. Me nombraron segundo encargado, me armaron de un gran machete, me calaron un enorme sombrero y me hicieron dueño de un hermoso caballo. He dicho dueño por decir, ya que yo no sabía montar, y el caballo no era el más a propósito para aprender con él. 

Al irlo a tomar de las bridas el primer día, se dio a trotar tan desaforadamente que me llevó arrastrando como cosa de un kilómetro, imposibilitándome durante un mes y pico para todo trabajo. 


Acusado de un complot de intento de asesinato de Wilson

—Ai cabo de muy poco tiempo de vida normal, ya ardía de nuevo en deseos de ir a otra parte. Quería conocer de cerca la vida de los yanquis, y un día me encaminé hacia el puerto del Progreso y me enrolé en un barco como segundo cocinero. 

—¿También? 

—No. No se alarme usted. Yo no sabía de la cocina más cosa que comer. Así es que no pude extrañar que apenas llegados a Nueva Orleáns me tuvieran preparada la cuenta. Al fin y al cabo, no era otro mi deseo. Marché en tren a Nueva York, y ya en ese monstruo de ciudad comienza la parte más seria de mi vida, acusado en un complot absolutamente imaginario. Se trataba nada menos que de un intento de asesinato de Wilson. 

La víspera del regreso de Europa del presidente de los Estados Unidos, nos detuvieron a catorce españoles y nos metieron, sin más explicaciones, en un calabozo. Al siguiente día nos enteramos de las causas de nuestra detención porque todos los periódicos de Nueva York daban la noticia en primera página, con grandes titulares: "Catorce españoles detenidos cuando estaban preparando un complot para el asesinato de Wilson." Una cosa sería, como usted ve. Nos sometieron a un interrogatorio severísimo. 

"¿Dónde tienen ustedes las bombas? ¿Dónde han guardado las bombas? ¿De qué han llenado ustedes las bombas?" 

Todavía no sabemos de qué bombas se trataba, de qué complot ni de qué niño muerto. Pero el caso fué que nos costó nuestro disgusto y mucho trabajo que nos dejasen en libertad. 


Conspirando a ochenta kilómetros por hora

Y aquí tenemos a nuestro hombre, el hoy diputado a Cortes por la provincia de Barcelona Juan Grau Jassans, tostado por todos los soles de la tierra, facturado a Europa en un trasatlántico español.

—Traía pasaporte para Barcelona, pero me quedé en Cádiz, fui a La Línea y estuve trabajando en Gibraltar de dependiente de ultramarinos en un economato para la tropa. Un salto a Tánger, y más tarde, una épica entrada en las ramblas por esa puerta de la Paz que figura en todas las colecciones de postales barcelonesas para turistas. 

Necesitaba ganarme la vida. Trabajar. Pero ¿en qué? Pues... en lo primero que viniese a mano. Y aprendí a conducir un automóvil. Entonces, mi intervención en la vida política y social se hace más intensa. A pesar de todo, no dejo un momento mi trabajo. Conspiro trabajando: en mi coche y en los momentos más difíciles, se maduraban combinaciones revolucionarias, se conspiraba a sesenta, a ochenta por hora, en las barbas mismas de la Policía, sin despertar la menor sospecha. Y en mi coche me sorprendía el 14 de abril, y aquel día les salieron alas a los neumáticos ...


J.D.B.
Estampa, 8 de agosto de 1931









3444. Las modistillas viguesas quieren una República de orden

Modistillas viguesas - Foto: Pacheco



Las modistillas viguesas quieren una República de orden y admiran a Ramón Franco y prefieren los hombres morenos.


Vigo y La Coruña son actualmente las dos rivales gallegas, las dos capitales más importantes de aquella región; ambas cosmopolitas y de brillante y limpia historia. 

Vigo, quizá más comercial, más dinámico y activo, con una base más sólida en la industria, es una ciudad menos espiritual que La Coruña. Vigo ofrece todas las características de una moderna ciudad norteamericana: vida agitada, nerviosa, en la que se acusa constantemente la «lucha por el minuto», el afán del trabajo... 

La Coruña es otra cosa. La sensación que allí se experimenta es la de hallarse en una ciudad en la que todo el mundo vive de sus rentas. El ritmo de la vida es mis lento, más suave, más frívolo... Es, en fín, La Coruña una ciudad femenina, luminosa y riente como una mañana de Mayo.


*


Unos días en la «perla del Atlántico», con la valiosa colaboración de Pacheco, el fotógrafo de Crónica, son suficientes para hacer una serie de reportajes de la hermosa ciudad de la Oliva. 

—¿Por cuál empezaremos? 

—Dése una vuelta por la calle del Príncipe y las «avenidas», y hable de nuestras modistillas. No lo piense más. 


Queremos una República de orden

Un amigo me presenta. 

Cuando se enteran de que van a salir retratadas en Crónica, saltan de contentas. Hablamos de política. 

Una me dice resueltamente: 

—Aquí todas somos revolucionarias, ¿sabe? 

Las otras repiten a coro: 

—Pero revolucionarias pacíficas, de orden. 

Y una morenita de ojos azules, aclara: 

—Queremos una República moderada, sin sangre. Digalo usted en Crónica. 

—Se lo prometo 

—¿Usted conoce a Ramón Franco? 

—Le conoce todo el mundo. ¿Por qué me lo pregunta? 

Duda unos momentos antes de contestarme. Al fín se decide: 

—Qué simpático es, ¿verdad? 

—Y que valiente —tercia otra—. Mire... 

Y me enseña un retrato del famoso piloto del Plus Ultra que lleva guardado cuidadosamente en el bolso. 

—Le advierto a usted que es casado... 

—¿Pero es que sólo se puede admirar a los hombres solteros?... 

Es una razón que convence. 


Preferimos los hombres morenos

Pasamos al tema amoroso. Y como si se hubiesen puesto de acuerdo, responden todas a mi pregunta: 

—Nos repugnan esos niños tontos, afeminados, que se depilan las cejas y antes de salir a la calle ensayan la forma de caminar y de accionar ante el espejo. 

—No saben ni hacernos el amor siquiera. 

—A mí, el hombre me gusta que tenga carácter Para eso es el hombre Y el que se deja dominar por la mujer merece el desprecio de los de su sexo. 

—Yo lo quiero moreno, con el pelo ondulado y sin bigote. Y, sobre todo, que tenga talento y buenos sentimientos. 

—Pues el mío ha de tener el pelo rubio y los ojos azules. 

—Ay, hija, vaya un gusto el tuyo— le reprochan todas. 

Yo intervengo, conciliador: 

—Un momento. Un momento. Vamos a proceder a una votación. ¿Les parece? 

—Sí, sí— contestan. 

—Bueno, vamos a ver: ¿a usted cómo le gusta? 

—Moreno. 

—¿Y a usted? 

—Moreno. 

—¿Y a usted?... 

Y de esta forma ha terminado la discusión, porque la mayoría se ha pronunciado en favor de los hombres morenos. 

Ya lo saben los rubios; en Vigo han sido derrotados. 

No tienen partido. 


El amor a la profesión

—¿Están ustedes contentas con su profesión? 

—¿Y por qué no hemos de estarlo? 

—Yo, por mi parte, no la cambiaría por otra. 

—Ni yo. 

Una se ha reservado su opinión. Es rubia, con el talle suave y ondulante, y unos ojos misteriosos que reflejan un espíritu melancólico. Lord Byron se hubiese enamorado de ella en el acto. Yo la observo en silencio. 

—Y usted, señorita: si no fuese modistilla, ¿qué le gustaría ser? 

—Qué sé yo... Artista de cine. 

—Me lo suponía. 


Aspiramos a tener un taller propio

Es la hora de entrar a los talleres. Se despiden. Antes formulo la última pregunta: 

—Dentro de su profesión ¿a qué aspiran ustedes? 

—Pues a tener un taller propio y... a casarnos con un hombre que nos haga felices. ¡Adiós, adiós!... 

Se han ido. Sus risas cantarinas y picarescas suenan en la calle del Príncipe como el eco lejano de una canción de juventud ... 


J. Conde Rivera
Crónica, 21 de junio de 1931








3442. La mujer en la Pedagogía. María de Maeztu

María de Maeztu en la Residencia de Señoritas, 1931 (Foto: César Benítez)


Hace 15 años en Madrid, una mujer sola y sin apoyo inicial de nadie, puso en movimiento la idea de fundar la Residencia de Señoritas, donde las mujeres, principalmente provincianas, tuvieran un hogar acogedor donde albergarse que les permitiera asistir a la universidad y formar su cultura. El propósito cayó en medio de la indiferencia y del escepticismo de aquel tiempo en que el tema cultural de la mujer interesaba a tan poca gente. Pero María de Maeztu, autora de la idea, es hija de inglesa y vasco, y no se amilanó por los obstáculos. Luchó denodadamente, y por fín logró ver realizado su propósito. La Residencia de Señoritas comenzó a funcionar bajo un plan modesto, con el reducido pensionado de tres alumnas.

Hoy está instalado en diez hoteles rodeados de jardines. El pensionado asciende a 200 alumnas. Posee buena biblioteca, laboratorios para estudios y prácticas de Química e Historia Natural y magnífico campo de tenis. El Instituto Internacional de Boston, que tan nobilísima ayuda presta a la formación cultural de la mujer española, les ha concedido el espléndido edificio de la calle de Miguel Ángel, donde tienen instalados los salones de la biblioteca, la dirección y las oficinas. 

Como en 1915, María de Maeztu sigue siendo la inspiradora y directora de este gran núcleo de cultura femenina. E igual que entonces, perdura el lema espiritual y docente original de su fundación: "perfeccionamiento de la naturaleza humana por medio del cultivo desinteresado del espíritu, del desenvolvimiento de los sentimientos más puros y de la formación moral del carácter".

A los tres lustros de existencia —primavera de edad, madurez de formación—  la Residencia de Señoritas es, sin duda, la más solida y brillante institución docente femenina que tenemos en España, y al frente de ella ha sabido demostrar María de Maeztu que no sólo es una gran figura de la pedagogía española, sino formidable propulsora de este gran movimiento femenino. 

Por tal motivo, hemos recabado su criterio sobre los tres temas enunciados a continuación, en torno a la Universidad, a la juventud y a la mujer, sobre los que muy pocas personas en nuestro país pueden hablar con tanta autoridad y experiencia como la señorita Maeztu.


Misión de la Universidad 

—La misión de la Universidad, en cualquier país y en determinada época, dependerá del concepto que se tenga de la Escuela y del Instituto —habla la maestra—. Estas tres instituciones han de formar el hombre culto y prepararle para el ejercicio de su profesión o para su labor investigadora y científica. Sin Universidad es cierto que no hay Escuela; pero sin Escuela ni Instituto, no hay Universidad. Si la Escuela primaria no educa, la voluntad no forma el carácter y da al niño los elementos de instrucción —número, forma y palabra— sobre los cuales hace descansar Pestalozzi toda la enseñanza elemental; y si el Instituto no crea el hábito de pensar, ni forma el juicio con la intensificación de las Matemáticas y de las lenguas clásicas, la Universidad, a pesar de sus altas aspiraciones, no podrá hacer con sus alumnos una recia labor científica. Los tres grados de la enseñanza —primaria, secundaria y superior— son correlativos y están en función el uno del otro. Toda reforma universitaria debe implicar la de la Escuela y la del Instituto, para que colaboren estrechamente al mismo fin. 

—La actividad docente (enseñanza de las disciplinas que forman el plan de estudios) y la actividad investigadora (creación de la Ciencia) corresponde a aptitudes muy distintas do la mente humana que rara vez se dan juntas. El investigador o el especialista son los hombres que tienen talento analítico; en cambio el que trasmite la ciencia y busca el camino más adecuado para llegar a la inteligencia del alumno y exponerle con claridad y precisión las ideas centrales de la materia que explica, ha de poseer talento sintético. No me atrevo a afirmar hasta donde puede realizar la Universidad ambas funciones por no conocer con honda intimidad la vida universitaria. Pero creo que la enseñanza en este grado de la cultura, más aún que los anteriores, debe de ser intuitiva, esto es, creadora; que no se limite el alumno a recibir el conocimiento ya hecho, sino que lo recree y elabore de nuevo en su mente hasta convertirlo en médula mental. Además considero esencial que el profesor esté en estrecha comunicación con sus alumnos para conocer las almas jóvenes y ganar así si confianza. 

—Creo que la reforma más urgente que se impone en la Universidad es suprimir esas clases de centenares de alumnos que existen actualmente, distribuyéndolos en grupos pequeños donde el maestro pueda realizar con el estudiante una labor activa y educadora.


La mujer ante la cultura

—Soy optimista. Si no creyese que la mujer tiene la misma capacidad que el hombre para recibir y asimilar el contenido de la cultura superior, no estaría al frente de esta Residencia, cuyo propósito inicial al fundarse no fué otro que el de responder afirmativamente a esta pregunta. Y, en efecto, por mí han contestado varios centenares de mujeres jóvenes que han pasado por las aulas universitarias en los quince años que tiene de vida esta casa: licenciadas y doctoras en todas las Facultades, que han sido el honor y el orgullo de su clase y han merecido y obtenido las más altas calificaciones. 

—Ahora bien, ¿cuál será el papel de la mujer en las creaciones científicas? El camino recorrido es todavía demasiado breve para un vaticinio rotundo. Cuando yo fundé esta Residencia, apenas había una muchacha estudiando en la Universidad. Hoy, en algunas Facultades, hay más mujeres que hombres y, si continuamos a este paso, no sería aventurado afirmar que dentro de algunos años gran parte de las actividades intelectuales estarán en manos femeninas. Por consiguiente, no se puede decir hasta dónde puede llegar su potencia creadora y su desarrollo científico; pero por la experiencia ya adquirida, hay que sentirse grandemente optimista. 


Reflexión sobre la juventud actual

—Si he de juzgar por esta agrupación de mujeres jóvenes que conmigo viven, tengo que decir que la juventud actual es mejor, más sana y sincera, más libre de prejuicios, más recta y clara en su conducta, más valiente y decidida que las de nuestra generación. Algunos opinan que es menos generosa y más egoísta. No lo sé, pero el egoísmo es respetable y legítimo cuando sirve a la salvación de la propia vida interior. Aquel falso recato, aquel miedo ante la lucha por la vida y el temor a perder su jerarquía, que mantenía a la mujer de la clase media española, en el hogar, atenta a la labor de encaje, esperando al príncipe libertador y ajena a toda inquietad intelectual, ha dado paso a una otra mujer de vida más limpia y auténtica. Nuestra juventud es rebelde, pero esto no es una cualidad peculiar de nuestra época. Lo ha sido siempre, y tiene que serlo en esa edad en que el nivel de las aguas tranquilas no se ha conseguido. Hasta este instante, en los años de infancia y adolescencia, ha vivido el muchacho sumido en el mundo de la fantasía, entre sueños y en sueños. Era como una cosa entre otras cosas; no sentía la necesidad de pronunciarse a si mismo como distinto, solo y único. Pero en este momento, con la formación de la personalidad, se opera un milagro insospechado: surge la conciencia que distingue el yo del no yo; las cosas y las personas están infinitamente lejanas... le parece que no tienen por qué respetarlas. Por primera vez se encuentra dueño de sí mismo y formando parte de una generación que con él empieza; advierte la distancia que le separa de sus padres y maestros y se rebela porque aspira a la formación de un mundo nuevo y mejor. Se siente libre y no admite más traba ni mandato que el que ha de dictarle su conciencia moral. Por eso la educación no puede hacer más que robustecer esta conciencia. 

—El americano Lindsey, en su último libro, cita datos muy curiosos de rebeldías de muchachos y muchachas jóvenes, pero no estoy de acuerdo con él al señalar la causa del mal. "El joven —dice— salta por encima de la ley y la quebranta porque la ley se empeña en desconocer sus necesidades vitales; y añade que "la hipocresía de la sociedad es la única responsable y culpable de este fracaso". No; yo entiendo que el desconocimiento que se tiene de los impulsos y anhelos de la juventud ha producido esta incomprensión que padecemos. El padre no conoce al hijo; el maestro no conoce al discípulo; el uno vive ausente del otro. 


Tito L. Menéndez
Ahora, 24 de abril de 1931







3421. Lo que esperan de la República las mujeres que ganan su vida pobremente y con gran esfuerzo. Las planchadoras




Hay un poco de injusticia en la despiadada critica que hacen los hombres a nuestra afición a trapos y adornos. «Con tal de lucir, no les importa la fatiga ni las penurias de miles y miles de obreras hermanas.» 

Deliberadamente olvidan sastres..., camiseras..., y, sobre todo, a las planchadoras. Cuando se ponen las camisas brillantes como espejos, que fingen una coraza sobre el pecho, poco piensan ellas en el sudor que ha costado el brillo de esa pechera, ni en el del cuello, que presta una falsa gallardía a su cabeza. 

Cierto que existen fábricas con todos los adelantos modernos, donde la obrera no se cansa, porque la máquina maravillosa, dotada de inteligencia casi humana, y a veces más que humana, lava, seca, plancha y dobla. ¡Pero hay tan pocas fábricas y tanto taller pequeño, donde el trabajo se hace a mano! ¡Y qué trabajo! Agotador como ninguno, y que proporciona un porcentaje subidísimo de enfermas del pecho. 

Taller pequeño, como casi todos. Una mesa grande en el centro, cubierta con un trapo muy blanco. En redor, cinco mujeres, guapas casi todas, que se doblan sobre la plancha para «hacer más fuerza». Choca el contraste de su alegría con lo duro de su labor. Hay una morena preciosa. Alta, esbelta, con unos ojos dorados inmensos. Tipo de española neta. Es elegante, a pesar de su modestísimo traje de percal. Cuando entramos, está hablando la maestra: «¿Has sacao el brillo al del pico?» 

—¿...? 

—Con mucho gusto. Y si quiere usted, empezare yo por aquello de que soy la maestra, y se pierde categoría, ¿sabe usted? 

—¿...? 

—Estas no saben lo que es trabajo (¿...?) Yo empecé el oficio un poco tarde, a los veinticinco años. Pagué cincuenta pesetas pa que me lo enseñaran. Pero a los tres meses ya trabajaba por cuenta de la maestra, que me pagó una cincuenta y tenía que estar de pie y con la plancha ¡catorce horas! 

—¿...? 

—Poco a poco fui haciéndome clientela, hasta que empecé a ganar diez reales y la comida, planchando en casas particulares. Pero trabajaba menos ¡Nueve horas na más! 

— No puedo ni contar los trabajos que he pasao hasta que he podio poner estas cuatro paredes. ¡Ya ve usted, una casa tan pequeñal Pero me sirve pa sacar a mis hijos adelante.

—¿...? 

—Soy viuda. 

—¿...? 

—Lo peor es sacar brillo. Hay mucha camisa blanda. Pero vuelven a estar de moda las pecheras duras, y eso mata mucho. Sobre todo ahora que viene el calor. 

Interrumpe la morenita: 

—¡Caray, maestra, no sea usted ansiosa, que ya ha consumido usted el tumo! Ahora me toca a mí 

—¿...?

—Ponga usted mi nombre, que me gusta un rato que salga en la Crónica. ¡Cuando lo vea quien yo sé...! ¡La caraba en moto! 

—¿...?

—Me llamo Julia del Pino. Empecé a planchar a los trece años, y tengo diez y nueve. 

—¿...?

—Póngalo usted todo. Pa una vez que se ve una en letras de molde, hay que aprovecharse. Soy oficiala.

—¿...?

—Mire usted: las camisas las pagan a cuarenta céntimos, y yo me vengo a planchar unas catorce por día. 

—¿...? 

—Desde las nueve hasta la una, y desde las tres a las siete y media. 

—¿...? 

—Según las ganas que tenga de trabajar. Me vengo a sacar en la semana unas treinta o treinta y cinco pesetejas: entrego en mi casa veinticinco, y lo demás... pa divertirme un poco, y pa adornarme un poco más. 

—¿...?

—¡Mujer! Polvos, collares de los chinos; todas esas cosas necesarias. 

—¿...? 

—Los novios... ¡Están muy fanés para regalos! 

—¿...?

—Esto se mejoraría... casándome. ¡Que trabajen los maridos! 

—¿...? 

—¿El lado bueno de esto? Pues... no lo sé. 

—¿...?

—Lo peor es el calor y el estar de pie, que no dejan trabajar. Se gana menos, y se sisa menos también... 

—¿...?

—Amos, déjate de tonterías —interrumpe otra—. Esto se mejoraría poniendo ventiladores, sillones ... Una mesita con pastas y tres o cuatro chicos guapos pa distraernos, y pa... que trabajaran ellos... 

—¿...?

—¿Nosotras? ¡Mirar na más! 

Una pobre mujer, con huellas hondas de sufrimiento en su cara, nos dice: 

—Llevo doce años viuda. Cuando me quedé sola aprendí a planchar pa acabar de criar a mi chico, y créame usted a mí: tiene razón ésta. Este oficio no lo mejora más que eso. Un hombre que nos saque de penas casándose con nosotras... 

—Amos, señora, siempre está usted con jipíos —interrumpe la vivaracha aprendiza—. Yo gano una peseta, me saco muchas propinas y vivo en la gloria. ¿Hombres, pa qué? ¿Que asquito de tíos! 

Su cara de pilluela dibuja un gesto graciosísimo. 

Hay una carcajada general, que produce indignación enorme en la chiquilla, que trata de convencerme a toda cesta de su experiencia en la materia, y se queda gritando, mientras nos alejamos: «¿Pero me vais a contar a mí? ¡Yo tengo once años y sé lo que me digo!» 


Florencia M. Marqués
Crónica, 14 de junio de 1931









3420. Lo que esperan de la República las mujeres que ganan su vida pobremente y con gran esfuerzo. Las verduleras

Plaza de Lavapiés de Madrid. Vendedoras de verduras ofreciendo su mercancía (Foto. Cámara)


Calle de la Ruda... Cabecera del Rastro, entraña viva de la chulería madrileña. Un gentío inmenso, que a duras penas puede abrirse paso, llena la estrecha calle. Entre la multitud van y vienen mujerucas con un puñado de verduras en la mano, que ofrecen insistentemente. El griterío ensordece. Un insulto restalla de pronto: «¿Pero se ha creído usté que yo lo robo? ¡Nos amolao la señorita del charles! Chica, regálaselo; a ver si se compra una piel más honrá, que la que lleva es de gato...» Poco a poco las vendedoras hacen causa común con la ofendida, hasta que la causante del tumulto, que tampoco se muerde la lengua, se pierde a lo lejos. Hay un silencio para escuchar a una rifadora, que grita: «¡El veintisiete! ¡El corte de bata en el veintisiete! ¿Quién lo tiene?» «¡Yo!», dice una que lleva al cuello des o tres ristras de ajos, que fingen collares monstruosos. «Pero qué suerte tié la Paca, siempre le toca algo... Pa mí que...» «¿Qué quieres decir?», responde airada la de la rifa, y hay otro conato de pelea. 

No veo la ocasión de acercarme sin peligro para la integridad de mi persona. Con algo de miedo, interpelo a una... y mi sorpresa es grande al ver que no sólo suaviza su voz, sino que me sirve de amable mediadora con sus compañeras. Habla asi: 

—¿...?

—Nos venimos a sacar unas dos pelas diarias, y en los días que repican fuerte hasta diez reales 

—¿...? 

—¡Pues tengo cinco chicos! 

—¿...?

—Como si lo fuera, porque mi hombre se ha declarao huelguista oficial. ¡Le han dao una credencial pa eso! 

—¿...?

—Pues que no trabaja nunca, y se aprovecha de las huelgas pa unirse a la comitiva. 

—¿...?

—¡Figúrese usté! No le puedo decir que a coci sólo, porque sale muy caro para los pobres. Pero entre las herejes y las patatas inconsolables... 

—Mudas, que dice el pueblo: las once mil vírgenes alguna vez, pa que vean que somos cristianos. Y, cuando se puede, un poco de carne, pa no perderla de vista. Vamos tirandillo... 

—¿...?

—Vivo en la Pradera. Pago cinco duros de cuarto... Bueno, pago es mucho decir. El casero es muy bueno, y me espera... 

—Regálale una cama turca, que se va a cansar —comenta una. —Además, como el comunismo está al llegar, ¿pa qué me voy a molestar en pagar, si to va a ser de tos. ¿Verdá usté? 

—A mí, con que me toque una de tres pisos con ascensor, estoy conforme —dice otra—.

—Ele. Y a mí una casa en la calle Alcalá, con portero de levita, que viste mucho. 

—¿...?

—Ah, ¿pero no van a dar na? Pues, entonces, ¿pa qué sirve eso? 

—¿...?

—Nosotras queremos que nos rebajen les impuestos, que nos cuestan cuatro pesetas por metro. ¡Casi na! ¡Ocho pesetas por mes! Que hagan colegios ande tener a los chicos recogios y... na más. ¿Qué más va a pedir una que salú y mucha venta? ¿Verdad. chicas?

—¡Sí! ¡eso! ¡Muy bien dicho! —Oiga usted, ¿puede usted decir to esto en la  Crónica?

 —¿...?

—Pues cuente usted con unas parroquianas; que ya era hora de que se acordasen de nosotras. Digo, y pa sacarnos en un periódico de lujo. ¡En cuanto me vea mi marido retrata en él se va a creer que he cometió un crimen! 


Florencia M. Marqués 
Crónica, 31 de mayo de 1931